Todo lo que quiero (Serendipity Magazine 2)

Hollie Deschanel

Fragmento

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Capítulo 1

Hugo se frotó el rostro con una mano, cansado. Su despacho debía ser el lugar más tranquilo de aquel edificio y, sin embargo, esa mañana estaba inundado de personas que hablaban en diferentes idiomas mientras Recursos Humanos adaptaba la sala de reuniones. Por supuesto, no se mostró esquivo ni puso malas caras al verlos toquetear sus lápices, su teclado y el bloc de notas que descansaba sobre su escritorio. Ya había asumido que le tocaba estar al frente de aquel concilio antes de que Holden, su mejor amigo y director de la revista, perdiese la cabeza.

Y nadie quería ver al bueno de Holden decapitado.

—Cacarean como gallinas —farfulló, apoyado en la pared, con la sensación de estar sumergiéndose en un estanque de fango capaz de engullirlo por completo—. Lo peor es que encima luego se pondrán a chillar ahí dentro.

Hablaba solo, por supuesto. El director estaba reunido con ellos y el resto del equipo de la revista no metía sus narices en ese tipo de asuntos.

Bueno, o casi todos. Siempre había excepciones.

—¿También se tiran de los pelos o eso solo pasa en las películas?

El hombre se sobresaltó al oír una voz femenina muy cerca de donde estaba. Solo tuvo que ladear la cabeza a tiempo de ver una cabecita rubia que le llegaba por debajo del hombro.

—Diría que es un mito, pero con esta gente… Quién sabe.

Vega le sonrió a modo de respuesta. Esa mujer estaba besada por el sol, y la prueba estaba en el rubio de su pelo, que brillaba más en verano, en el dorado de sus ojos y en el bronceado de su piel. Estaban a mitad de septiembre, con el bochorno correspondiente, y ella seguía luciendo la señal del bikini en el cuello. Suponía que también en el resto de su cuerpo, pero no iba a preguntárselo.

—Holden lleva toda la semana paniqueando. —Ella, con el descaro que la caracterizaba, apoyó la mano en su hombro y sonrió más amplio—. ¿Quiénes son?

—Los accionistas de las tres revistas. La inglesa, la española y la francesa. Creo que intentan llegar a un concilio para expandir horizontes, pero va a salir fatal.

Cualquier persona le habría advertido a Hugo que no hablase de esos temas con una empleada, pero era Vega, la mejor periodista que tenían en el equipo, la primera que contrataron y que había demostrado con creces, en los últimos tres años, que se merecía todos los honores. Con ella era fácil hablar porque no había que dar muchas explicaciones, simplemente responder sin más.

—Eres muy poco halagüeño, eh. ¿Qué pasa si todo va bien y hacéis que la revista sobresalga? Este año estamos vendiendo muchos más ejemplares y nos llaman de muchos más sitios.

Sí, era cierto. Y ese honor había que concedérselo a la empleada temporal que tecleaba al otro lado de la oficina. Martina Nogués, sin pretenderlo, consiguió poner a Serendipity Magazine en el punto de mira y darle una publicidad que les hacía muchísima falta. Algo de lo que él se quejó al principio, por supuesto. Hasta que comprendió que esa mujer, que no tenía vena de periodista, no se merecía ninguna bronca. Al contrario, todos allí dentro tenían que darle las gracias por el empujón. Ella puso el mecanismo a funcionar y, en ese momento, Holden y él tomaban el relevo.

El principal problema que lo tenía con ojeras bajo los ojos y una actitud pesimista era que ese tipo de gente que se aglomeraba en su despacho no era fácil de tratar. En realidad eran expertos en quejarse por todo y en defender arcaicas formas de dirigir una empresa. Pero Holden y él tenían modos diferentes de hacer las cosas y no pensaban claudicar tan fácilmente.

De ahí que se escondiera en el pasillo mientras acomodaban la sala de reuniones. No quería poner buena cara demasiado tiempo, no le quedaba paciencia para eso. Hugo debía ser la persona más pasota de los que habitaban allí dentro normalmente, y el que menos sabía mantener una conversación por cortesía. La sinceridad le quemaba por dentro como un fuego a plena potencia. Y al conocerse tan bien, evitaba los conflictos y se limitaba a elegir las guerras en las que merecía la pena luchar.

—¿Ves ese grupo de ahí? —Señaló la puerta abierta de su despacho. Al otro lado la gente reía y hablaba como si nada—. Son hienas peleándose por el último trozo de carne. El que consiga quedar por encima de los demás, se lleva el premio gordo. Da igual que vendas más que ellos, o que hagas las cosas bien; si creen que estás haciéndolo de forma indebida, tratarán de amedrentarte hasta que cedas.

—Impresionante. Ahora me pasaré toda la mañana imaginándolos como las hienas de El rey león —se quejó Vega, dándole un toquecito en el hombro antes de apartarse.

Hugo no se sorprendió por sus palabras. Ella era así, imposible de comprender. Su mente iba en una línea tan diferente a la suya que lo raro era que se soportasen más de cinco minutos ese día. Normalmente él se alejaba todo lo posible de su trayectoria por muchas razones, entre las que se encontraba su manera de expresarse y las carcajadas que soltaba en los momentos más inoportunos, o su impetuosa forma de ser. Vega Ballester debía ser la única mujer en el mundo nacida de un huracán.

Y lo peor de todo era que era guapa a rabiar. Eso nunca lo había dicho en voz alta, pero tenía ojos en la cara. La miraba cada día y sentía que el mundo estaba muy mal repartido. Su melena rubia era larguísima, ondulada, e incluso cuando se la recogía en una coleta alta había algunos mechones que lograban soltarse y agolparse en su rostro redondeado. Tenía facciones de duende, con la nariz respingona, al igual que su barbilla, y los ojos grandes y castaños. Un marrón precioso que atrapaba en su interior diminutas motas de oro. Y por si eso no fuera suficiente, encima tenía los labios llenos y rosados, unos dientes tan rectos que parecían sacados de un anuncio de dentífrico, y la estatura perfecta.

Su metro cincuenta y nueve era el acompañamiento ideal para todas las curvas que tenía. Hugo sabía que, de haber estado en otra época de su vida, donde su corazón no estuviera emponzoñado y su mente al punto del colapso, se habría atrevido a derrapar por todas y cada una de ellas.

Pero claro, era Vega. La irreverente, impulsiva y escandalosa Vega Ballester. Y a las mujeres como ellas era mejor mantenerlas lejos. De esa forma los problemas no lo alcanzaban.

Quizá por eso le caía tan mal. Lograba sacarlo de quicio casi todos los días que asomaba la cabeza por la redacción.

Excepto ese.

Curiosamente estaba de lo más tranquila y eso nunca era bueno.

—¿Hoy no tienes nada que hacer?

—Sí, pero es que esto es más interesante. Y necesitaba café.

Dios, un café le iba de perlas en ese momento.

—¿Podrías prepararme uno a mí también?

Vega enarcó una de sus delgadas y rubias cejas, preguntándose a qué venía tal alarde de amabilidad por su parte.

«¿Y este qué se habrá fumado hoy? Si casi siempre pasa por al lado de los demás como si no existieran», pensó.

—Bueno, supongo que puedo hacer el trabajo de esa secretaria que te niegas a contratar. —Encogió uno de los hombros y se marchó hacia la sala del café.

Hugo trató de respirar con tranquilidad, pero percibió el perfume de Vega y se le revolvió algo por dentro. Elegía siempre una fragancia muy suave, a flores, y le recordaba constantemente a la primavera. A las flores de naranjo que se abrían por fin y dejaban ir su aroma por las calles de la ciudad. En Dénia, su ciudad natal, era mucho más reconocible. Allí en Barcelona solo lo encontraba entre esas cuatro paredes, gracias a una mujer que no soportaba.

«Céntrate, anda, que tienes un grupo de hienas esperándote». Carraspeó y notó la necesidad de fumarse un cigarrillo. Se había prometido a sí mismo dejar de fumar por el último toque de atención por parte de su médico. Basar su dieta en café, cigarros y cereales era lo peor que podía hacer en esa época turbulenta de su vida, pero cuando te divorcias a la fuerza y te prohíben ver a la persona que más quieres en el mundo, cuesta demasiado volver a la normalidad y acallar las voces en tu cabeza que amenazan con arrastrarte al pozo más profundo.

Un par de minutos más tarde, Luis se acercó a su despacho y les indicó que estaba todo listo. La sala de reuniones estaba justo al lado. Amplia, con una mesa enorme y varias mesas. Usaban ese espacio tan poco que casi siempre estaba consumido por la oscuridad y el polvo; esa mañana, sin embargo, brillaba con luz propia.

Entraron todos y se acomodaron sin dejar la charla que mantenían. En ese momento, justo cuando iba a limpiarse las manos sudorosas en el pantalón y respirar hondo para calmar sus nervios, la cabeza de Holden asomó por la puerta con una ceja alzada.

—¿Vas a entrar o no?

—Que sí, pesado. Ya voy.

Su amigo volvió dentro y él escuchó el ruido de unos tacones acercándose. Vega traía consigo una expresión un poco turbada.

—Se ha acabado el café, y me había preparado primero el mío, así que tendrás que llevarte mi taza.

Hugo se preguntó qué importancia tenía la taza si solo quería un poco de cafeína que le ayudase a aguantar la mañana que le esperaba. Aceptó de buen grado lo que le ofrecía, sin reparar mucho en ello o en su ceja alzada, y se encaminó hacia la sala.

—Gracias, señorita Ballester.

Ella, clavándole los ojos en la espalda, encogió los hombros.

Una vez dentro, se quedó mirando a las doce personas que rodeaban la mesa. Holden era el único que seguía de pie. Al ver lo que sostenía con la mano, sonrió de forma socarrona y le señaló.

—Bonita taza.

Fue entonces cuando Hugo se fijó mejor en ella. Rosa y con purpurina, la taza tenía una única frase: «El perreo es mi religión y hoy es día de misa». Era, literalmente, el vaso más escandaloso que alguien pudiese llevar a la reunión con los accionistas de Serendipity Magazine.

Queriendo darse un golpe en la frente por su estupidez, cerró los ojos un instante y contó hasta cinco. «Maldita sea, Vega, la que me has liado». No podía esconderla a esas alturas, ni salir a pedirle explicaciones, así que se limitó a sentarse en la mesa, dejarla a un lado y abrir el dosier idéntico que todos tenían delante.

Ya que iban a hablar de él, por lo menos disfrutaría de la velada tanto como le fuese posible.

A media tarde, una vez todo el mundo salió de la redacción y solo quedaban cuatro personas dentro, Vega se encaminó hacia el despacho del subdirector y llamó a la puerta. Dentro aún estaba Hugo, con las mangas de la camisa remangadas y el pelo negro alborotado de tantas veces que pasó las manos por ellos. Parecía frustrado, pero no la miró mal en ningún momento.

—Vengo a por mi taza —dijo ella—. Me la regalaron por mi cumpleaños y no quiero que se extravíe.

Hugo se atrevió a hacer contacto visual con ella por fin. Las ojeras bajo sus ojos se veían más pronunciadas que de costumbre.

—Ah, sí. Esa cosa horrorosa.

—No llames fea a mi cáliz de misa —refunfuñó ella, acercándose con descaro a su escritorio y cogiéndola de allí—. Que tú tengas mal gusto no quiere decir que los demás seamos de la misma opinión.

«Manda cojones que la llame así», pensó Hugo, sin saber si reír o llorar.

—¿Tienes idea de lo que significa presentarte ante todos los accionistas con una taza así?

—Intenté advertirte, pero no me prestaste atención.

Touché. Eso no se lo podía negar. Al menos fue sincera y no buscaba excusarse. Lo que pasaba era que Hugo no soportaba ser el centro de atención por cosas criticables, entre ellas, su comportamiento o falta de seriedad. Trabajaba a diario en esa revista para levantarla de donde estaba y que alcanzara la fama que se merecía.

Era su salvavidas, su última bala, y no pensaba permitir tonterías que lo pusieran en riesgo.

—Bien, pues la próxima vez cambia de taza.

—La próxima vez —dijo ella, con el ceño fruncido— te haces el café tú mismo. No soy tu secretaria, Hugo.

Ella no solía mostrarse cortés con nadie porque los conocía demasiado bien y porque Holden siempre pedía que lo tuteasen. Con Hugo Millán no pensaba hacer la diferencia, le sentara bien o no.

El subdirector de Serendipity clavó los nudillos sobre el escritorio al incorporarse de la silla y le mantuvo la mirada el tiempo suficiente para comprender que tratar con Vega no resultaba fácil. Si alguien estaba dispuesta a llevar la contraria allí dentro, era ella. Siempre sería ella.

—Sé que no lo eres, joder. Solo te he pedido… Mira, déjalo. —Resopló, cansado—. Supongo que ya has terminado tu trabajo, así que puedes irte.

Hizo ademán de volver a su escritorio, recoger sus cosas y marcharse a casa, pero algo se lo impidió. Quizá fue el hecho de que él no parase de mover papeles sobre su mesa, resoplase tres veces por segundo o se lo viera totalmente agotado. Llevaba casi un año así, taciturno y, ¿por qué no decirlo?, amargado. Poco o nada quedaba de ese Hugo que se paseaba por allí dos veces al mes con una sonrisa en la cara y con ganas de aprovechar el día. Toda esa situación lo había roto por dentro, y ya solo se veían las grietas de su alma.

—¿Todo ha ido bien? —preguntó entonces, en un tono de voz neutral—. En la reunión, digo.

Hugo exhaló un profundo suspiro. No le sorprendía que ella siguiera ahí parada, junto a la puerta, subida en unos tacones imposibles y llevando una falda de tubo oscura, una camisa blanca con botones que ponían a prueba su resistencia a la altura de los pechos y una coleta alta que le ayudase a aguantar las largas horas de trabajo. Porque esa era la imagen más nítida que tendría de Vega sin importar los años que pasaran.

La diferencia de ese día era su expresión de comprensión, como si percibiera algo que a él le pasaba por alto o que fingía que no sabía.

Y no le pareció justo pagar con una de sus empleadas el día de perros que estaba teniendo.

—Vamos a implantar unos cambios bastante favorables a finales de año, lo cual ha estado genial. Excepto por la parte en que me obligan a pasar los próximos meses aquí anclado, en esta mesa, vigilando que los próximos desfiles y reportajes sean un éxito. Porque nadie quiere al director cargado de trabajo. Es quien debe ir a las reuniones y viajes de empresa.

—¿Y qué tiene de malo? Sé que trabajar en pijama en el sofá de casa mola un montón, pero tampoco es agradable aislarse tanto. Además, los desfiles están yendo bastante bien. Marisa Deison fue un encanto con nosotros la semana pasada, y Víctor Lomana nos ha concedido la primera entrevista después de sacar la colección nueva. Puedes decir lo que quieras, pero estamos en el mejor momento de la revista, y aún quedan meses para que se acabe el año.

«Todo eso ya lo sé», quiso espetarle. «El problema soy yo, que no quiero estar aquí porque ya no creo en nada».

—¿Sabes que Víctor Lomana se quedó sorprendido contigo? Llegó a pedirme tu teléfono —recordó de pronto, aferrándose a eso para desviar el tema de su malestar a algo mucho más superficial—. Creo que le gustaste.

—Debe ser porque a veces parezco vestida como una profe de inglés muy recta y dicen por ahí que a él le gustan las dominatrix —canturreó, divertida, haciendo alusión al escándalo del año anterior donde señalaban directamente al diseñador como asiduo a contratar los servicios de amas que lo dominasen durante toda una noche—. Lástima que ese rollo no me va. Supongo que debo darte las gracias por no darle mi número de teléfono.

Hugo pensó que la cabeza le estaba fallando cuando la repasó una vez más con la mirada, dándose cuenta de que, efectivamente, parecía una profesora. Sobre todo con aquellas gafas de montura dorada que, en ese momento, colgaban de su escote. Nunca pensó que le gustaría tanto imaginar a una mujer ejerciendo el papel de maestra, pero ahí estaba, notando la tensión en todo su cuerpo. En unas partes más que en otras.

Era inaceptable.

—Los gustos privados de cada persona no son algo que me interese. —Hugo se pasó la mano por el pelo negro que le caía sobre la cara y le rozaba ya los hombros—. Te lo digo por si quieres hacer algo al respecto.

—Hace mucho que dejaron de gustarme los capullos —repuso ella—. Prefiero que me dominen a dominar. —Encogió uno de sus hombros, ignorando cómo se le tensaban los hombros y se le oscurecía la mirada—. Buenas noches, Hugo.

Ni siquiera se le escaparon de entre los labios una respuesta acorde. En su cabeza solo se le quedó grabada la penúltima frase que había dicho. Esa mujer tenía tanta facilidad para decir las cosas que simplemente le colapsaba la cabeza.

«¿Y cómo te gusta que te dominen?», le habría preguntado. «Seguro que eso es más interesante que tu gusto por las tazas ridículas».

Pero Vega ya estaba fuera de su alcance.

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Capítulo 2

Hugo removía los garbanzos de su plato mientras escuchaba, a través del teléfono y de fondo, a su madre. Como mujer que se había pasado los últimos años sin preocuparse de nada, que entonces su voz estuviera teñida de congoja hacía que su corazón se rompiese un poquito. No podía jugar al «déjame en paz, tengo cosas peores de las que ocuparme» porque, para empezar, si estaba donde estaba, era gracias a sus padres. Al dinero que emplearon en él, en su universidad y en los másteres que estudió después.

Negarles su ayuda suponía escupir en todo el trabajo duro que realizaron cuando él no era más que un crío que no sabía nada de la vida.

—El banco ya no nos quiere hacer más préstamos —siguió diciendo—, y lo entiendo. Debemos una buena cantidad de dinero, y a los inversores del proyecto. No puedo creer que se paralice toda una obra por estas cosas. ¿No se supone que es mejor acabarla e intentar remontar?

—Fue una estafa, y si es un terreno que no se puede usar para edificar en él, entonces esa idea queda descartada —explicó él con calma—. Papá ya te lo contó.

—No es su culpa que ese hijo de… puta —espetó al fin— lo engañase.

Apretó los labios con fuerza, conteniendo un «claro que sí, era su deber saber cómo funcionaba su propio negocio», pero no iba a meter más el dedo en la llaga. Su madre no necesitaba más reproches. Los dos vivieron muy bien cuando construir edificios y urbanizaciones enteras daba muchísimo dinero, y en ese momento lloraban por mantenerse a flote con el poco dinero que les quedaba. Y aunque Hugo no comprendía qué clase de personas eran incapaces de guardar una cantidad en un fondo de pensiones por si acaso ocurría algo así, no los juzgaría.

Hicieron lo que creyeron correcto. Punto. Él se desligó de ese mundo y podía decir que era afortunado de vivir bien, y todo gracias a haber sido contratado como el subdirector de una revista de moda que cada vez cosechaba más éxitos.

No era que fuese el trabajo de sus sueños. Al principio solo echaba un cable y, desde hacía tres años, era el subdirector oficial. Si bien se limitó a aparecer poco tiempo por la oficina. Odiaba el despacho que tenía al final del pasillo, tan aséptico, tan lleno de ruido de tráfico y carcajadas al otro lado de la pared.

Pero la vida no era justa, y los accionistas no daban margen, así que tendría que abandonar su casa cada día y acudir a la redacción a hacer su trabajo mientras Holden diseñaba las nuevas secciones y contrataba otras marcas que quisieran colaborar.

Lo peor de todo era que no podía negarse. Necesitaba el dinero para pagar a su abogado —uno de los mejores del país— y también ayudar a sus padres. Dejarlos caer en las deudas sin echarles un cable lo convertiría en un hijo de mierda.

—¿Está buscando alguna manera de sacar más información?

—Sí, pero está difícil. —Su madre suspiró al otro lado de la línea—. Sus compañeros dicen que lo mejor sería dejarlo en manos de los abogados, hasta que el juez dicte sentencia. Pero nos presionan de todos lados para cobrar y… —Tragó saliva—. No sabemos qué más hacer. Necesitamos ir pagando las deudas como sea, Hugo.

Sabía que su madre no hacía a propósito nada de aquello, que solo pedía ayuda porque no había nadie más a quien acudir. El resto de su familia tenía sus propios asuntos y no iban a sacrificarse por ayudarlos. Además, no hablaban de una cantidad asequible, precisamente.

—Bueno, tranquila. Ya verás que todo irá arreglándose.

—Lo que más me jode es que podamos perder la casa. —El tono de voz de su madre era muy agudo, como si estuviera conteniéndose para no llorar—. Aquí está todo lo que tenemos y… Y no sé, Hugo, no sé qué hacer.

Se presionó el puente de la nariz con los dedos para apagar el fuego que le quemaba las entrañas. Preocuparse por todo iba a acabar con él. Tenía la mente funcionando a toda máquina cada día de su vida. Entre lo de su divorcio, la custodia por su hijo y el problema con sus padres… era un milagro que no le hubiera dado un ataque al corazón.

—Mamá, de verdad, preocupándote por todo eso no harás que pase una u otra cosa. Estamos intentando ponerle solución y es lo que importa —trató de calmarla—. Anda, descansa y hablamos mañana.

—Vale, cielo. Un beso.

Odiaba cortarle así, pero tampoco podía vivir de drama en drama. No tenía tanto dinero. Literalmente estaba viviendo en uno de los pisos más pequeños del mundo. Era diáfano, conectaba el salón con la cocina, tenía un baño normalito y una habitación donde solo consiguió meter una cama grande, un armario y un mueble para la televisión. Acceder a algo mejor estaba fuera de su jurisdicción hasta que solucionara sus asuntos.

Y no parecía que fuese a pasar pronto.

Encima tenían un cóctel de empresa ese mismo viernes, y estaba obligado no solo a asistir, sino a intimar con el resto de empleados y poner buena cara. Algo que detestaba con todo su corazón. Desde el primer momento, se había mostrado esquivo con ellos para que no pensaran que era como Holden. Alguien debía tener mano dura allí dentro, y estaba claro que su mejor amigo no era el indicado.

Muchísimo menos desde que se había enamorado e iba silbando por todos lados como si la vida fuese un cuento de hadas.

Para Hugo, la vida era una puta mierda. El amor, una patraña. Y su puesto de trabajo, un simple castigo.

Pero no le quedaba de otra que levantarse cada día, colocarse uno de sus trajes, peinarse la melena que se negaba a recortar y fingir que seguía siendo el mismo de tiempo atrás, cuando las cosas aún no le habían explotado en la cara y él todavía creía en algo. Por insignificante que fuese.

Vega suspiró al ver cómo estaba quedando el artículo de esa mañana. Le tocaba hablar en la web sobre la importancia de los estampados que se llevaban esa temporada y cómo combinarlos con ciertos complementos que no apagasen el encanto del leopardo y otras texturas de animales.

Ella odiaba ese tipo de cosas. Le gustaba el mundo de la moda, sí, pero cuando tenía sentido. Traer algo tan hortera de la época de los ochenta era retroceder muchísimo en el enorme avance que habían hecho desde que los pantalones de campana dejaron de llevarse.

Hasta ella se había asegurado de eliminar cualquier foto donde saliera con uno de ellos puesto.

Trató de concentrarse, pero siempre acababa levantándose de la silla y paseándose por las instalaciones con cualquier excusa: un café, ir al baño, cotillear lo que hacía Mía o Luis… No sabía estar horas y horas en la misma posición, y eso que en realidad era bastante disciplinada y acababa todo su trabajo antes de volver a casa.

Esa mañana, sabiendo de antemano que Mía, la fotógrafa de la revista, estaba haciendo un reportaje a una de las modelos de lencería más conocidas del país, bajó a hacerle una visita.

Su compañera era una mujer algo reservada, al menos en apariencia. Vega sospechaba que solo se le daba mal hacer amigos. Tal vez de pequeña la marginaron por algo y le hicieron creer que su opinión no era relevante. De ahí que ella se molestase en entablar conversación tanto como le fuera posible. Le encantaba hacer amigas nuevas.

—Qué envidia me dan las modelos que usan conjuntos de sujetador y braguita de encaje y no se le sale ningún michelín —se quejó la rubia nada más cruzar las puertas de la sala.

Mía estaba pasando las fotos a su ordenador y no se fijó en que tenía compañía hasta oír su voz. Se subió las gafas por el puente de la nariz, sonriendo, y le ofreció asiento en el sofá del fondo.

—Pero si estás estupenda.

—Eso es porque llevo una semana a dieta. Una de esas milagrosas que encontré en una revista digital.

—¿Sabes que eso se puede considerar deslealtad a Serendipity?

—Anda ya. —Se rio, acomodándose en el sillón—. Simplemente necesitaba algo que me animase a meterme en el vestido que quiero llevar este viernes.

Mía hizo una mueca.

«Está claro que no quiere ir, pobrecita», pensó la rubia, apiadándose de ella. En el fondo el cóctel solo era una forma de celebrar el tercer año consecutivo que Serendipity llevaba abierta en España. Cada septiembre organizaban una cena de empresa y luego pasaban a una sala privada donde poder beber, bailar y entablar amistad con los compañeros. No era que hubiese caras nuevas —excepto ese año, que ya no estaría Bárbara, y Martina los acompañaría—, pero nadie se quejaba por comer una buena langosta sin poner un solo euro.

—¿Sabes? Podríamos ir juntas. Ya sabes, permiten llevar un acompañante y eso. Normalmente la gente lleva a su pareja, pero yo estoy soltera este año, como el anterior, y creo que así no nos aburriríamos.

Vega suplicó porque dijese que sí. No quería aguantar los arrumacos de Úrsula y su marido, o los de Martina y Holden. Estaba pasando por su época de ser el Grinch; odiaba el amor y prefería ponerse mascarilla cerca de las parejas felices que maravillarse porque fuesen felices.

Y no era que no se alegrase por ellos, simplemente no se sentía con fuerzas de fingir que le encantaba el romance en todas sus facetas. Hasta ella tenía derecho a cansarse de esa patraña después de dos rechazos consecutivos con los últimos hombres que había intentado conocer.

—De acuerdo —dijo Mía, y parecía igual de aliviada—. No será tan mala idea sentarse con alguien que no te cuente cómo fue su divorcio.

Hablaban de Julio, por supuesto. Era un hombre insoportable en todas sus facetas. Desde que su esposa lo había dejado, no paraba de hablar mal de cada mujer que se le cruzaba. Lo peor era que ligaba un montón. Contra todo pronóstico, a las chicas les caía bien cuando lo conocían a través de alguna aplicación de ligue. Luego él pasaba de ellas e iba a por otra víctima.

Ninguna mujer dentro de la redacción lo soportaba. Pero ese no era motivo suficiente para pedir su despido.

—Creo que deberían vetarle la entrada a la cena, de verdad. —Vega se presionó las sienes con los dedos, adelantándose a la charla insoportable que tendría que aguantar esa noche por su parte—. Si me emborracho y me suelta alguno de sus comentarios, te juro que…

—Para eso estaré yo allí —intervino Mía—. Controlarte no puede ser muy difícil.

Vega sonrió, pero fue una sonrisa culpable. Cada vez que se emborrachaba —y pasaba con mucha frecuencia— tendía a hacer cosas de las que luego se arrepentía. Como llamar a su ex y decirle que era un gilipollas, bailar encima de la barra de un bar, hacer un striptease en una farola y alguna cosilla más. Intentaba controlarse cuando se trataba de un evento de Serendipity porque no necesitaba escándalos en su historial, pero Bárbara no se encontraba en esta ocasión, y ella era la única capaz de cortarle de raíz el consumo de champán o tequila.

Por eso era de vital importancia que Mía y Martina hicieran bien su trabajo. Ella tenía un problema, lo reconocía, pero de ahí a controlarlo… existía un abismo.

—¿Y tú no tienes pareja? Novio, follamigo, ligue puntual…

Mía se rio bajito, negando con la cabeza. Se escudaba detrás del portátil para no tener que mirarla directamente.

—No tengo mucho tiempo libre.

—Venga ya, si te vas siempre a tu hora y no haces muchos turnos extra. Algo seguro que tienes. Un tío que te guste mucho y con el que quedes de vez en cuando para tomar una copa.

—Que no, de verdad. Yo… —Mordisqueó su labio inferior, pensativa—. Hace más de tres años que no estoy con nadie.

Vega bizqueó al escucharla y se incorporó de golpe para sentarse mejor en el sofá.

—¿Por qué no? A ver, que si te gustan las chicas y no me lo quieres decir, tranquila. Sé que está feo dar por hecho que a las mujeres solo les pueden gustar los hombres.

—No, no. Si no es eso. De gustarme las mujeres no tendría ningún problema —aseguró la fotógrafa en un tono cálido y cercano—. Mi ex fue un tipo muy bueno, tanto que me costó superar la ruptura. Y cuando por fin había sanado y estaba lista para darme otra oportunidad, me di cuenta de que en realidad no quería empezar nada nuevo con otra persona. Estaba demasiado bien sola.

Esa declaración le sorprendió bastante menos que una historia truculenta. El mundo estaba repleto de personas que entendían que la soltería, el vivir por y para ti, no era algo tan terrible. Tenía su puntillo, como todo. A Vega también le pasaba, aunque a veces echaba de menos tener a alguien con quien compartir una cerveza, un baile y un buen revolcón. Conseguir un hombre con quien establecer un límite marcado entre el sexo de calidad y la ausencia de amor era cada vez más difícil. Y era que la mayoría buscaba una exclusividad que ella no sabía entregar sin agobiarse.

—Los buenos hombres son los peores —dijo, y parecía más un pensamiento al aire que una opinión—. A ellos cuesta más olvidarlos.

Mía cabeceó, dándole la razón. Cuando una persona te toca con su amor, su empatía, comprensión y fidelidad, acabas bebiendo los vientos por ella hasta el fin del cuento de hadas y mucho más allá.

—Pero no te preocupes, que ya verás que en el pub donde solemos ir encontrarás a un tío que valga la pena. Los polvos de una noche no son mi fuerte, pero llevo tanto sin sexo que no me importaría saltarme mis propias reglas y enrollarme con alguien que me quite toda esta tensión del cuerpo.

Frente a ella, Mía sonrió. Le gustaba muchísimo el desparpajo y la franqueza de su compañera. La sentía como un poco de agua fresca en mitad de un desierto.

De pronto se escucharon unos pasos acercándose y la figura de Hugo apareció en la puerta de la sala. Echó un vistazo a ambas mujeres, sin saber qué hacían allí sentadas, sin hacer nada, mientras los demás se ocupaban del trabajo correspondiente.

—¿Es día de cotilleos y no me he enterado?

Vega resopló y se levantó con pesadez. «Es horrible que esté aquí todo el santo día, antes no teníamos tanta vigilancia». Pero le pagaban por estar aporreando las teclas, no por estar de cháchara en un sofá, así que se acercó a él y se despidió con la mano de Mía.

—Estaba en mi descanso —se defendió ella, con un tono algo insolente.

Hugo la siguió por el pasillo hacia el ascensor, frunciendo el ceño.

—Tú tienes descansos cada veinte minutos, Vega. Y que yo sepa, eso no está estipulado en ningún lado de tu contrato. —Hugo se mostraba tenso y enfadado. Exudaba amargura por cada poro de su piel. Incluso se había recogido la melena en un moño que dejaba entrever el alcance de esa barba que ya no se quitaba nunca—. ¿Sabes que te podría bajar el sueldo por esto?

Ella se tensó toda al oírlo. ¡Lo que le faltaba! ¡Que viniera a poner orden cuando todo funcionaba bien!

Giró el cuerpo hacia él y entrecerró los ojos, dispuesta a pelear esa guerra con todo el arsenal que poseía. Y no era poco.

—Soy la mejor periodista que tienes en tu plantilla y sería absurdo que me bajaras el sueldo cuando hago mi trabajo por encima de vuestras expectativas, y siempre consigo sacar adelante todo lo que se acumula en mi mesa. ¿Qué pasa? ¿De pronto ir a tomar un café está prohibido?

Hugo se alisó unas arrugas inexistentes de la chaqueta que llevaba a juego con sus pantalones. Le encantaba ir vestido de traje a la oficina, hacerles entender que venían a trabajar, no a pasar el rato. Aquella redacción no era un instituto donde parlotear sobre lo bueno que estaba Leonardo DiCaprio o si el profesor de matemáticas era un imbécil.

Si tenía que ponerlos en su sitio, lo haría. No pensaba dejar que se columpiasen más en el límite de lo correcto, como Holden hacía.

—No has bajado a tomar un café, señorita Ballester. Estabas de cháchara fuera de tu horario de descanso cuando arriba te espera una montaña de trabajo —increpó él, señalando el techo—. Si eres incapaz de desempeñar el papel por el que se te paga, entonces tendremos que buscarnos a otra periodista que se lo tome en serio.

Todo su cuerpo se tensó de golpe. Vega odiaba las confrontaciones, le ocurría desde pequeña. Bastaba con sentirse presionada para explotar como una bomba y embestir como un toro. Le costaba horrores mantener la boca cerrada en situaciones así, donde ponían en entredicho algo sobre ella o directamente afirmaban algo incierto.

—¿Te has levantado hoy con el pie izquierdo, Hugo? Porque te aviso que de eso no tengo la culpa. —Caminó hacia él y alzó la barbilla, enfrentándose a ese hombre de metro ochenta que parecía contener un tanque entero de cianuro con el que ir matando a todos a su paso—. Mi trabajo siempre ha sido impecable, me dé un paseo por la redacción o no, y eso lo sabes muy bien. Nunca te has preocupado de si estoy en mi mesa porque, para empezar, jamás usas tu despacho más de dos días al mes. Simplemente ignoras lo que ocurre a tu alrededor. Y ahora que estás aquí vienes a cambiar las cosas porque te molesta que la gente vaya a su ritmo. —Se rio con sequedad—. Venga, Hugo, relájate. No hemos fallado nunca, yo la que menos. Estoy comprometida con esta revista desde que Holden me recibió a la hora de firmar el contrato. ¿Qué problema tienes conmigo?

Dos titanes repletos de electricidad mantuvieron la mirada el uno sobre el otro. Vega no iba a ceder, ni siquiera porque ese hombre la estuviera haciendo sentir diminuta, casi por debajo de las axilas, mientras le mantenía la mirada. Él los tenía oscuros y ella de un dorado impresionante. Eran la noche y el día, la luna y el sol. Y se estaban retando como nunca antes.

—Mi problema contigo —empezó él, y la señaló con el dedo— es que te tomas a risa todo. Vas por la redacción con la idea de que te pertenece el suelo que pisas, de que puedes torear a Holden y salir airosa. Pero se te acabó el chollo, guapa. Esta vez pienso hacer que te quedes en tu silla toda la mañana, como tus compañeros, y cumplas con tu horario sin excepciones.

Vega pensó que ese hombre se veía muy sexy enfadado. Fue un simple inciso en medio de su discurso de «voy-a-meterte-en-vereda» que no le importaba en absoluto. Ella era fuego, y el fuego no se atrapa de ninguna manera. Lo expandes, lo transportas, pero no puedes alcanzar el punto donde la llama deja de provocarte quemaduras.

—Voy y vengo porque mi trabajo es estresante. Seguro que lo sabes bien, antes era tu sección —enarcó una ceja y se cruzó de brazos, sin percatarse de la milésima de segundo en la que Hugo le miró el escote de forma muy descarada—, y la dejaste en mis manos. No te has preocupado de ella en casi tres años, ¿qué tiene de diferente mi forma de trabajar? Si todo el mundo os dice que vaya yo a los eventos porque se sienten más cómodos conmigo —recordó, ansiosa por gritarle toda una lista de cosas increíbles que sabía hacer a la hora de conseguir que los famosos se abrieran con ella y se lo pasaran bien—. Y tú, señor Millán —odiaba llamarlo así, pero ya que estaban con esas, bien podía darse el gusto de decírselo y que además él supiera que lo hacía de forma irónica—, solo eres el tipo que viene a este lugar una vez al mes, como la regla.

»Y como tal, no eres bienvenido. Ni tú ni tus quejas absurdas.

Hugo se aproximó a ella y las puntas de sus pies rozaron los tacones de ella. Notó una sacudida eléctrica que lo dejó fuera de servicio unos segundos. «Maldita sea». Concentrarse cuando el perfume floral de esa mujer le penetraba las fosas nasales con cada bocanada de aire que daba era mucho más difícil que cambiar su pulso acelerado. Qué facilidad tenía para aletargar sus sentidos y borrar de su cabeza el siguiente reproche.

—Soy el subdirector, el que va a controlar el trabajo desde hoy hasta el final de año, por lo pronto. Holden no va a estar disponible para daros una sonrisita y un par de palmadas en la espalda, diciéndoos que todo va bien. Porque no lo va. Los accionistas están presionándome y no voy a permitir que nos pongan trabas a la hora de crecer porque piensen que no hacemos bien nuestro trabajo. ¿Lo vas entendiendo ya o no?

—Sí, vamos. Que tienes que ponerte al día después de estar un año tocándote los cojones.

«Dios mío, Vega, pero ¿qué estás haciendo? ¿No ves que te puede echar?». Sí, lo tenía claro, pero era que ella no estaba hecha para ser sumisa o complaciente. Le compraba el discurso de «ve-y-siéntate-en-tu-silla», ya que era su deber, pero no que se lo dijese con esos aires de superioridad, como queriendo imponerse a la fuerza por miedo a que las represalias le estallaran en la cara.

Ella no era ninguna estúpida. Sabía muy bien lo que le pasaba a Hugo: le dolía la vida. Y cuando la vida es así de perra contigo, buscas mantener el control en el único lugar donde no necesitas que te den problemas.

Por supuesto, Vega no iba a dejar que él la amedrentase con su verborrea. Podía decirle lo mismo con un tono más sosegado y unas palabras más adecuadas, y hasta que eso no pasara, no daría su brazo a torcer.

Por infantil que fuese.

—Ser una buena periodista no te hace imprescindible en esta empresa. Tú misma lo has dicho, yo hacía tu trabajo antes y no me comportaba como tú —espetó Hugo, sin paciencia alguna—. Y te aseguro que, si tengo que volver a ello, lo haré con gusto. Cualquier cosa con tal de perderte de vista. Porque estoy cansado de verte rotar por todos los pasillos de este edificio molestando a todo el mundo.

—¿Molestando al resto o molestándote a ti? —se atrevió a preguntar, manteniendo la calma, a pesar de que le temblaba todo el cuerpo—. Desde el primer día, me has mirado por encima del hombro, creyéndote superior, cuando en el fondo no me has enseñado nada. Todo lo que he aprendido aquí ha sido gracias a otros, no a ti, quien se suponía que era mi mentor. Y si tantos problemas tienes con mi forma de gestionar mis horas de trabajo, háblalo con Holden. Creo que él no comparte la misma opinión.

Sí, bueno, Holden nunca se quejaba porque era una persona mucho más tranquila. La conocía tan bien que se esforzaba por hacer la vista gorda cuando escuchaba reguetón mientras tecleaba en su ordenador o iba a por tres cafés a la cafetería de enfrente en la misma mañana. Entre ellos nunca hubo un atisbo de bronca; el director confiaba en ella, pese a sus excentricidades.

Pero no por ello iba a ser la que agachara la cabeza frente a un hombre que se gastaba en sus trajes de chaqueta lo mismo que les pagaba al mes a sus empleados. Y sin pisar las oficinas más de tres días seguidos. Vega simplemente disfrutaba de verlo caer con todo el equipo después de recibir un buen tirón de orejas por parte de los accionistas. Acusarla a ella de no hacer su trabajo —cosa que no era cierta— mientras él se escondía en su casa, en pijama, sin rendirle cuentas a nadie, era bastante irónico.

Y para dar ejemplo, primero había que predicar.

—¿Vas a estar poniéndomelo difícil todo el tiempo, verdad? —Resopló Hugo, cansado de tratar con ella y solo llevaba diez minutos en su presencia.

Vega le dedicó una caída de pestañas que pretendía dejarlo fuera de juego sin necesidad de palabras.

En sus ojos castaños, se vislumbró el nacimiento de un sentimiento de interés que a ninguno de los dos les pasó por alto, aunque fueron bastante expertos en fingir que no pasaba nada.

—Quizás deberías aprender a tratar con la gente antes de dar lecciones. Aquí damos más del cien por cien de nosotros sin exigir que nos subáis el sueldo y sin quejarnos. Creo que ese es un mejor tema para reflexionar.

Pulsó el botón del ascensor y se metió dentro tan rápido que el cabello rubio, repleto de ondas, bailó sobre su espalda como si fuese su despedida. Porque hacerle una peineta a uno de los jefes no era nada ético ni profesional, ni mucho menos maduro.

Por muchas ganas que tuviera de hacerlo.

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Capítulo 3

Mía fue bastante puntual la noche de la cena. Se había postrado en la puerta del restaurante con un vestido negro, largo, de escote en forma de uve y unos tirantes finísimos. Casi todos sus compañeros se quedaron prendados de ella nada más verla por el evidente cambio drástico que presentaba. Estaban más que acostumbrados a verla en vaqueros, camisetas sencillas y una coleta alta. Así que de pronto se sentían un poco confusos por la mujer perfectamente maquillada que les sonreía con timidez.

Todos, excepto Vega.

Ella le sonrió como si fuese un padre orgulloso al ver a su hija convertirse en la mujer más bonita del mundo. Y eso que ya sabía que Mía lo era. Vega tenía el don de hacerle entender a sus amigas que valían mucho más de lo que el resto opinaba, y no solo por el físico, que eso era lo de menos. Según ella, era mucho más importante cultivar la mente y el corazón, tener empatía y saber escuchar para entender y no para responder.

—Madre mía, qué afortunada soy. Qué guapa estás, eh —la saludó, dándole un beso en la mano como si nada.

Mía enrojeció un poco, presa de esa timidez que siempre la coartaba cuando en realidad quería hablar abiertamente de algo. Con su compañera solía abrirse un poco más, pero aún le costaba socializar fuera de su círculo cercano. Y Vega, intuyéndolo, le daba espacio para que fuese a su ritmo.

—Tú tampoco estás nada mal.

—Lo sé. —Vega le guiñó un ojo—. Me he pasado por la peluquería hoy y me han hecho una maravilla de rizos. ¿Te puedes creer que de pequeña quería ser como Shirley Temple?

—¿No te pilló demasiado lejos la época dorada de la niña favorita de Hollywood?

—Puede. Lo que pasa es que mis abuelos eran muy fans de ella y del cine clásico en general, así que me tocó empaparme de todas esas películas que ningún niño debería ver cuando están de moda los Power Rangers y Pokémon.

—A mí siempre me tocó ser la de rosa, y me gustaba el amarillo —comentó Mía, riéndose al ver cómo se atusaba los tirabuzones que le caían con gracia hasta los hombros.

—Por lo menos a ti te gustaban esos dos. Yo era fan del que iba de rojo, pero siempre me decían lo mismo: «Vega, las niñas tienen que ser niñas, ¿qué es eso de que te gusta el papel de un hombre?» —Imitaba la voz ronca de un adulto promedio con la cabeza llena de ideas arcaicas—. Y en ese momento, con diez años, pues no lo entendía. Luego crecí, y me empecé a cabrear y a responder, así que me mandaron al psicólogo.

—¿Por qué?

—Porque a la gente no le gusta que las niñas sean listas y se rebelen. —Encogió uno de sus hombros y se retiró el abrigo antes de entrar al restaurante—. Las prefieren calladitas, para que no molesten. Eso es lo que siempre me susurraba mi abuela cuando estábamos a solas. Fue la que me enseñó cómo funcionaba el mundo, y cómo encararlo, dicho sea de paso. —Le entregó el bolso y lo demás a la persona que estaba en consigna, sin prestar mucha atención a lo que ocurría a su alrededor—. Así que, en vez de enviarme una vez por semana al psicólogo, me enviaron dos.

—Eso es horrible.

—Qué va. —Hizo un movimiento con la mano, restándole importancia—. Ir al psicólogo una vez en la vida, como mínimo, debería ser obligatorio. A mí me ayudó mucho. Gracias a eso superé el drama del divorcio de mis padres y la visión tan cerrada de mi abuelo.

Mía la miró con algo de lástima, aunque ella no se diese cuenta. Un niño

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