El hombre que sedujo a Theodora Black (Bilogía Traición en el Támesis 1)

Bethany Bells

Fragmento

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Un breve resumen...

Por si te sirve de ayuda, debes saber que lady Minerva Ravenscroft, hija del duque de Manderland, llamada cariñosamente Minnie, desapareció misteriosamente hace siete años, cuando solo tenía quince. Con la ayuda del rey, la familia removió cielo y tierra buscándola, pero resultó inútil.

Incluso cuando ya casi todos dejaron tal empeño por imposible, su hermano mayor, lord Arthur Ravenscroft, marqués de Badfields, el demonio de Londres, el mayor crápula del imperio, siguió buscándola incansable.

Así llegó a descubrir que uno de los principales enemigos de su padre, lord Dankworth, había propiciado ese secuestro con la intención de usar a la joven de rehén. Gracias a eso, ha podido contar todo ese tiempo con el respaldo político y con la fortuna de lord Manderland, al que ha arruinado sin mayor escrúpulo.

Tras esas acciones de Dankworth hay algo más, una intriga que se remonta a los tiempos de la amenaza napoleónica, y que poco a poco se va desvelando gracias a los esfuerzos de tres amigos: el duque de Gysforth, el marqués de Rutshore y el marqués de Badfields (protagonistas de la trilogía Un día en el Támesis, en la que se narra todo lo que te estoy contando).

Se sabe que Dankworth se mueve en dos niveles: uno, intrigando contra la Corona como líder de una sociedad secreta llamada La Estirpe, de la que forman parte caballeros de gran importancia, y cuyas intenciones todavía no se han desvelado; otro, en el submundo de Londres, tras organizar una red que controla la delincuencia, un buen modo de conseguir fondos para sus intrigas, bajo el título de «Rey en la noche».

En su búsqueda sin fin de Minnie, lord Badfields llegó al extremo de seducir y casarse con la hija de Dankworth. De ese modo tuvo acceso a más información y pudo interceptar una carta escrita por su hermana en un lugar cuyo nombre no se mencionaba, pero que, gracias a algunos detalles, una amiga de lord Rutshore, Theodora Black, pudo deducir que se trataba del sultanato de Aljana.

La señorita Black, especialista en Historia antigua, una mujer hermosa que siempre viste de negro y que arrastra algún misterio propio, se comprometió a hacer lo posible por liberar a Minnie.

Por eso fue a una fiesta en El Cairo...

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Capítulo 1

Una fiesta en el palacio de Mehmet Alí, valí (gobernador) de Egipto.

Finales de octubre de 1827

Theodora Black se detuvo un momento en el umbral del gran salón de baile.

Al parecer, la fiesta estaba siendo todo un éxito, como todas las que ofrecía el valí. Esa, en concreto, se celebraba en honor de Hamid Omar Abd an-Nasir, el nuevo embajador que el Imperio otomano había destinado al sultanato de Aljana.

El hombrecillo, pequeño y afable, había llegado a Egipto desde Constantinopla acompañado de un séquito de cincuenta hombres armados, casi un centenar de esclavos y doce carros de buen tamaño, en los que llevaba una gran cantidad de regalos y muestras de afecto para el señor de Aljana, pero también para el valí y otros dignatarios egipcios.

No en vano, el sultán Mahmut II, señor supremo del Imperio otomano, se sentía temeroso, mucho, por la cada vez más firme situación egipcia. Desde el éxito de la expulsión de los franceses, su valí, Mehmet Alí, había apuntalado su posición de tal manera que, en esos momentos, Egipto se encontraba integrado en el imperio más de una forma nominal que efectiva; algo que, en realidad, no era raro en los sectores más alejados del centro de poder.

Dora se acercó a saludar al embajador, puesto que su padre y ella lo habían conocido en Constantinopla el año anterior, durante uno de sus viajes, y luego buscó con la vista a Mehmet Alí.

No tardó en encontrarlo. Estaba al fondo del salón, cerca de la salida que conducía a los jardines. Y, por suerte, estaba hablando con uno de los dos príncipes de Aljana que habían acudido a El Cairo para escoltar al embajador hasta su capital, Kaamla.

Era fácil de deducir que se trataba de uno de ellos por la riqueza de sus ropajes, oro y diamantes en el turbante incluidos, y el emblema blanco y dorado de su país, que portaban unos esclavos pocos pasos por detrás. ¿Dónde estaría el otro? Bueno, no importaba. Cualquiera de ellos podía servirle. O ninguno. A saber qué conocían, hasta qué punto estaban implicados en el asunto de lady Minerva y hasta dónde podría convencerlos para ayudarla.

Dora caminó con paso firme hacia el valí, que estaba hablando animadamente con su invitado. Él sonrió al verla.

—Señorita Black, está usted tan hermosa como siempre.

Mehmet Alí rondaba ya los sesenta años, pero parecía tan lleno de energía y determinación como en 1799, cuando llegó al país ostentando el cargo de segundo oficial de un cuerpo de apoyo albanés. A pesar de su total falta de escrúpulos, lo que lo había llevado a triunfar de aquella forma devastadora, Dora lo admiraba, y mucho. ¡Ese sí que era alguien hecho a sí mismo! Según decían, en sus comienzos había sido mercader de tabaco, pero lo dejó para alistarse en el ejército del Imperio otomano.

—Gracias, excelencia —le dijo, dejando pasar el cumplido sin más y devolviéndole la sonrisa—. Una reunión deliciosa.

—Muchas gracias. Si le digo la verdad, no la esperaba. ¿Se encuentra bien? —preguntó. Sus ojos se deslizaron por su vestido negro, elegante y sobrio, pero poco adecuado para una fiesta. Hasta ella admitía que estaba confeccionado con una tela demasiado recia para un salón de baile. Sus únicos adornos eran los puños de volantes de encaje blanco que sobresalían de las mangas, la amplia pechera del mismo tejido que se extendía por el frente de la chaqueta y el camafeo enmarcado en plata que cerraba el cuello. Theodora se removió, incómoda—. He oído que tuvo un percance en su actual excavación. Que se hizo daño en un brazo.

Ella pasó los dedos de la mano derecha por la manga que ocultaba el corte que recorría su antebrazo izquierdo. Era tan largo que incluso subía por el codo, la zona que seguía siendo más dolorosa con diferencia. No se trataba de una herida profunda, pero sí dolorosa, y muy dramática de aspecto. No había desaparecido en los dos días que habían pasado desde que se le cayera encima parte del techo del pasadizo que estaban apuntalando en la nueva excavación.

¡Por Amón! ¡Qué maldita suerte la suya! Justo cuando tenía ese compromiso que no podía demorar ni eludir. El año anterior, un viejo amigo, Edward Truswell, marqués de Rutshore, le había pedido un favor: localizar en algún rincón de Oriente a una joven inglesa, lady Minerva Ravenscroft, la hija pequeña del duque de Manderland, que llevaba ya siete años desaparecida.

Dora apenas recordaba a lady Minerva. Minnie, como la llamaban cariñosamente sus allegados, era unos pocos años menor que ella y únicamente coincidieron de pasada en lugares como Bond Street o Hyde Park. Siempre le pareció una criatura tan hermosa como salvaje, igual que su hermano mayor, el marqués de Badfields, uno de los mejores amigos de Eddie.

Lady Minerva había desaparecido en extrañas circunstancias cuando solo tenía quince años, y su paradero había sido un completo misterio durante todo ese tiempo. La propia Dora, que había intentado indagar discretamente en Egipto y otros países cercanos, a través de contactos de todo tipo, no había logrado encontrar el más mínimo rastro.

Ya había dado el asunto por perdido, pensando que no podría ayudar a Eddie, cuando, pocos meses antes, surgió una pista. Al parecer, su hermano, lord Badfields, había interceptado una carta en la que se mencionaba que Minnie estaba en un lugar del que solo se podía deducir que se trataba del sultanato de Aljana.

Y a esa fiesta del valí iban a asistir los dos príncipes de Aljana, los dos hijos varones del sultán. Los dos que seguían vivos, al menos. Mustafá era el primogénito, nacido de la primera esposa, la kadine Zurah. La segunda esposa, una inglesa encumbrada a reina favorita o haseki, le había dado dos, pero, por lo que Dora había descubierto al investigar la historia reciente del lugar, el mayor, Alí, había muerto muy joven, muchos años atrás.

Tendría que tratar el asunto con los príncipes, aunque no tenía muy claro cómo abordarlo. La última carta de Eddie había incluido unas notas de un exaltado lord Badfields en las que lo urgía a actuar cuanto antes. Le dejaba libertad absoluta para negociar su rescate desde un aspecto económico, al que podía añadir su influencia política y cuanto considerase sensato prometer.

Pero también suministraba una buena retahíla de amenazas de todo tipo para el caso de que se negasen a su liberación, entre las que destacaba la afirmación de que lady Minerva, aunque se tratase oficialmente de la hija pequeña de lord Manderland, era en realidad hija bastarda del rey George IV.

Dora no podía negar que había quedado muy impresionada, pese a saber que aquel hombre tenía bastardos dispersos por todo el imperio. Por lo que decía Badfields, el monarca todavía no estaba informado de los detalles de lo ocurrido, pero llevaba años buscando a la joven y montaría en mayestática cólera de llegar a enterarse de que no querían liberarla.

Y Badfields se lo diría, de no quedar más remedio. Las consecuencias de algo así podían ser imprevisibles. Su afirmación de que el rey enviaría la flota inglesa a arrasar Kaamla a cañonazos parecía poco probable, pero sí que supondría la retirada del apoyo inglés al gobierno de Aljana, que quedaría librado a su suerte frente a las aspiraciones de conquista del Imperio otomano o del propio Egipto.

Así que allí estaba ella, teniendo que encontrar solución a un delito criminal que se había transformado en un conflicto político considerable. Y, como era lógico, había metido la pata incluso antes de empezar.

Había mucho trabajo en la excavación y no había querido volver a El Cairo hasta el último momento, lo que había hecho imposible llamar a una modista, y sus dos vestidos de noche carecían de mangas. Como no era cosa de presentarse en una fiesta así mostrando semejante herida o vendada como una momia, había optado por ponerse uno de los trajes que usaba para asistir a conferencias y reuniones de carácter académico.

Había esperado que fuera suficiente para la ocasión. Por desgracia, el resto de los asistentes no pensaban lo mismo, a decir de sus expresiones, sobre todo las mujeres. Seguro que todos creían que era una institutriz que se había colado, a saber cómo, para pescar marido.

«¡Oh, por Anubis, me da igual!», pensó. ¿Qué demonios importaba lo que llevase puesto, o lo que pensara esa gente? Total, no iba a sorprender a nadie. Todo el mundo sabía que Theodora Black era una excéntrica y que jamás se comportaría como se esperaba de una dama.

Normal. No lo era. Se consideraba una experta en Historia antigua, y una anomalía total en su tiempo. Alguien así no encajaba en ninguna parte.

—Eh, sí —replicó, con un gesto de disculpa, al darse cuenta de que se había demorado un poco, perdida en sus pensamientos—. Pero estoy perfectamente, gracias. No se preocupe.

El valí la miró como el día en que, teniendo ella catorce años, se desmayó durante un acto público al que había acompañado a su padre. Culparon al calor, al vestido negro que había empezado a llevar, se empeñaba en vestir así... La llamaron «niña terca».

No sabían que había sido la pena y la debilidad por no querer comer, por desear morirse. Qué mala época fue aquella, tan poco después de lo de Messina. Mehmet Alí fue el primero al que vio, al recuperar el sentido, en la escalinata de un templo, no recordaba cuál. El valí sonrió y pareció leer algo en su mirada, porque le dijo:

—No, joven señorita Black, hoy no —le susurró, procurando que nadie más oyese—. Ni tampoco mañana. No puede morirse antes que yo. —Le guiñó un ojo—. Lo tiene prohibido.

Esa noche, había el mismo velo de preocupación en sus ojos. Definitivamente, debió volver antes de la excavación y ocuparse de aquel infierno de la manga. Pero era tarde para lamentarse. Intentó parecer indiferente.

—De verdad, no pasa nada, excelencia. Ya está cicatrizando y apenas duele.

Él dudó un momento y asintió, con expresión comprensiva.

—Pero ¿qué sucedió? No supieron darme detalles...

—Nada importante, en realidad. Estábamos apuntalando un pasadizo y uno de los maderos se quebró. —Se le ocurrió pensar que Mehmet Alí era uno de los pocos hombres con los que podía hablar con soltura de algo así. Estaba segura de que no replicaría, atónito, que qué estaba haciendo ella apuntalando nada en la fría oscuridad de una vieja tumba, en vez de sirviendo el té con elegancia en un salón—. Pero, por suerte, no pasó nada grave.

—Me alegra que así fuera. ¿Y su padre? —Simuló buscar alrededor—. ¿No se encuentra con nosotros?

—No. Permita que le trasmita sus saludos, y ambos le pedimos disculpas por su ausencia. Me temo que no se encontraba bien.

—¿Seguro? —preguntó él, con desconfianza, pero sin enfado. Más bien parecía divertido—. Pues yo me temo que sir Sylvester siempre ha sido reacio a asistir a mis fiestas.

Dora dudó. Odiaba mentir, y él parecía dispuesto a sacarle los colores si continuaba en ese empeño. Pero admitir la verdad... «¿Por qué no?», se dijo, rebelde. Un poco de sinceridad siempre resultaba refrescante.

—Vale, muy bien, es cierto. —Sonrió y se encogió de hombros—. Pero debe entenderlo, excelencia, tenía algunos amigos mamelucos.

La pulla se refería a la noche de 1811 en la que Mehmet Alí invitó a cenar a su palacio a los príncipes mamelucos, herederos de los esclavos guerreros de origen turco, eslavo o circasiano, que habían creado el sultanato de Egipto siglos atrás. Los mamelucos habían perdido prácticamente todo su poder en el enfrentamiento con ingleses, franceses y otomanos, pero Mehmet Alí siempre tuvo muy claro que se trataba de una situación temporal y que, en cualquier momento, podían intentar recuperar el control de la zona.

Por eso, aprovechando la investidura de su hijo Tussum como general de los ejércitos de Arabia, Mehmet Alí invitó a los mamelucos a su palacio y los obsequió con toda clase de exquisiteces. Al salir, ya entrada la noche, tenían que pasar por un callejón estrecho.

Las fuerzas del valí estaban situadas a ambos lados, sobre muros y tejados, bien alerta, y, en cuanto los tuvieron donde querían, abrieron fuego. Fue una masacre. No en vano, el suceso pasó a la historia como «La matanza de los mamelucos».

Veinticuatro príncipes mamelucos habían aceptado la invitación y habían acudido acompañados de cuatrocientos hombres. No importó su número. Los abatieron a todos, o a casi todos. La leyenda decía que uno de los príncipes había conseguido escapar, saltando un muro con su caballo, y Dora sabía que era cierto, porque ese hombre había acudido a su padre, buscando ayuda, y el baronet organizó las cosas para que pudiera salir del país.

Mehmet Alí entrecerró los ojos; pero, tras unos segundos, se echó a reír.

—Sin duda es usted la mujer más original que he conocido nunca, mi querida Theodora. Valiente y lista como un hombre, muy lista.

«De lo que se deduce que no hace falta ser un hombre para tener esas cualidades», pensó ella, pero disimuló su mueca. Ya había rozado el límite esa noche, con semejante agudeza absurda. Debía recordar que no podía ponerse a malas con el valí de Egipto.

Le dedicó una reverencia.

—No merezco tanta consideración, excelencia.

—¿No? Yo diría que sí. —Hizo un gesto a su acompañante. El corazón de Dora se aceleró. Había llegado el momento, por fin—. Permita que le presente a Sultán Mustafá Ibn Keled Al-Kabir, príncipe heredero de Aljana.

Dora sabía que, en Aljana, como en el Imperio otomano, los hijos del sultán llevaban ese mismo título delante del nombre, y las mujeres, detrás, como ocurría en el caso de las famosas Princesas de Oro, las tres hijas rubias nacidas de su esposa inglesa. Solo recordaba el de la mayor, Anaan Sultán.

Miró al príncipe con curiosidad y nerviosismo contenido. Mustafá. Así que aquel era el primogénito del gobernante de Aljana, el casi legendario Keled Ibn Jaram Al-Kabir, un hombre que había sacado a su país del estancamiento económico y político de otros tiempos y había sabido sortear los continuos intentos de anexión por parte del inmenso Imperio otomano.

Él sí que era independiente, sin medias tintas. Para su pueblo, al que había llevado a la prosperidad y había llenado de orgullo, era incluso más que un hombre; se había convertido en todo un símbolo.

Lástima que los símbolos mortales envejecieran. Keled era ya un anciano y todo el mundo esperaba que abdicase de un momento a otro, incluso había rumores de que no se encontraba bien de salud. Mustafá era su hijo mayor y, por tanto, el heredero, según las leyes de Aljana.

Tras verlo, Dora solo pudo rezar para que ocurriese un milagro por el bien de su país, porque no le cayó simpático. El hecho de no ser particularmente agraciado, al contrario, era lo de menos: tenía la mirada dura y fría de quien no es capaz de meterse en piel ajena, y el gesto de la boca terminaba de volverlo inquietante.

Quizá estaba siendo injusta, porque no dejaba de ser una primera impresión, pero lo dudaba. Ella podía no ser muy sociable, pero se le daba bien estudiar a la gente, tanto la viva como la muerta.

Por lo demás, Mustafá era de poca estatura, era incluso ligeramente más bajo que la propia Dora, que alcanzaba casi el metro setenta, y tenía unos hombros anchos y un rostro cuadrado, con nariz aguileña. Bajo el voluminoso turbante de seda, la gran barba se mezclaba con su abundante pelo negro, todo bien cepillado, brillante. Algunos mechones iban trenzados con hilos cuajados de pequeños diamantes, el producto más apreciado de Aljana.

—Un placer, alteza —se obligó a decir, con una inclinación cortés. Mustafá la miró serio.

—Señorita Black... —dijo, seco, y con un fuerte acento árabe.

—La señorita Black es hija de sir Sylvester Black, uno de los más reputados entendidos en Historia antigua —siguió explicando el valí, con soltura—. Ella misma es una experta en el tema. Dirige las excavaciones arqueológicas como podría hacerlo cualquier hombre.

—En realidad, es mi padre el que las dirige.

—Tonterías, tonterías. Siempre es usted demasiado humilde, una virtud muy valiosa en una mujer —añadió, en beneficio de Mustafá—. Pero yo insisto en que es una gran historiadora.

—Se lo agradezco. —Nunca se sentía cómoda hablando de sí misma, así que decidió llevar la conversación hacia otro punto. Sobre todo cuando se le ocurrió que eso podría suscitar la curiosidad del príncipe—. Yo también he oído hablar mucho de Aljana. De hecho, siento un gran interés por el estudio de la historia de su país, sobre todo en cuanto a las circunstancias de su fundación y sus conexiones con el Antiguo Egipto, alteza.

También incluyó a Mustafá por el sistema de mirarlo mientras hablaba, en un intento de interesarlo en el tema e iniciar una conversación que los acercase un poco, pero se encontró con un semblante hostil, por completo. ¿Había dicho algo inconveniente? Imposible. Todavía no le había dado tiempo.

—¿Podría concederme unos minutos a solas, alteza? —se apresuró a añadir, dirigiéndose a Mustafá.

—Claro, claro —accedió el valí, sin molestarse por la indirecta. Hizo un gesto a su alrededor—. Den una vuelta por la sala mientras hablan, o salgan a los jardines si lo prefieren. Hace una noche maravillosa. Una auténtica noche egipcia.

—Lo que su alteza prefiera, no quiero quitarle mucho tiempo —aceptó ella, agradecida por la ayuda del valí, pero nada deseosa de quedarse completamente a solas con aquel príncipe que tan negra impresión le daba—. ¿Le parece bien, alteza?

Hubo un momento incómodo en el que dio la impresión de que Mustafá no iba a decir nada. Al

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