Prólogo
Mía arrugó la nariz nada más sentir el escozor del vodka bajar por su garganta. Se había sentido mucho más liviana desde que aceptó acudir al pub de moda en Barcelona junto a sus amigas y compañeras de trabajo. Era muy complicado mantener la ansiedad controlada cuando la vida la ponía entre la espada y la pared con situaciones cada vez más complicadas. Quizá por eso no dudó en asentir con la cabeza esa misma mañana, en el pasillo de la redacción, en el momento que Bárbara sugirió que necesitaban una noche de chicas.
Tenía la cabeza embotada y el corazón herido. Cualquier mujer en su situación se habría escondido debajo de las mantas de la cama a esperar que, con suerte, el dolor de su pecho desapareciera. Por supuesto, Mía no era tan fatídica. Casi siempre optaba por permanecer en movimiento, incluso en las peores épocas, y una mala relación no iba a hundirla.
—Odio esto de no poder bailar —se quejó Vega, una de sus amigas, mientras se atusaba la larga y ondulada melena rubia con los dedos—. ¿Por qué la gente se cree que la pista debe ser una jungla donde reclamar una pareja sexual? Míralos, no dejan de refregarse los unos con los otros.
A su lado, Mía lanzó un vistazo en dirección a la pista de baile. La gente solía acoplarse allí para rozarse con todo el que se pusiera a tiro. Sonrió. Nunca había encontrado satisfacción alguna en menear las caderas al son de los últimos éxitos de reguetón, pero sabía que Vega vivía por y para el perreo, y eso de estar encerrada en una discoteca sin poder bailar la ponía de mal humor.
—¿Qué tal si pedimos otra ronda de chupitos? —sugirió Mía, y se relamió los labios. Esa noche estaba dispuesta a cogerse la borrachera de su vida. E iba por el buen camino, porque empezaba a reírse de todo y le costaba enfocar a quien tenía delante—. Invito yo.
—¡Pero que esta vez sea vodka de piruleta! —Bárbara, su otra amiga, se acercó de inmediato a la barra.
—La última ronda y se acabó, por favor —dijo Martina.
La única que parecía contener aún un poco de sentido común era ella, Martina. De las cuatro, era la más sensata junto a Mía, pero a veces le tocaba ser el ancla de aquel barco que nadaba a la deriva en un mar repleto de alcohol.
El camarero les sirvió una fila de chupitos que sujetaron antes de brindar y llevárselos a los labios. Mía jadeó al sentir el resquemor en su garganta. Tan desacostumbrada como estaba a beber, el alcohol le quemaba por dentro. O tal vez estaba reparando aquellas heridas abiertas que Luis le había dejado a modo de recordatorio.
Por unos instantes recordó lo que le había dicho ese día. «Estás enferma. Necesitas ir a terapia. No es normal que seas un témpano de hielo». Sus palabras sí que quemaron. De la misma forma que si le hubiese caído encima una ola gigante de lava. «No voy a perder más mi tiempo en alguien como tú».
Mía se frotó la cara y respiró hondo. No lo culpaba. Apostaba a que ningún hombre volvería a acercarse a ella en cuanto supiera que era un pedazo de piedra insensible que no se excitaba con nada ni con nadie. La libido y ella eran incompatibles. Agua y aceite. A veces sí que le apetecía tener sexo, pero enseguida se bloqueaba y se cerraba en su mundo.
Luis no era el único que, en los últimos dos años, la había hecho sentir un bicho raro. Ella ya iba a terapia, hablaba semanalmente con una psicóloga increíble, pero a la hora de dar el último paso, no era capaz. Su cuerpo la traicionaba, se enfriaba. Y hacía sentir mal a las dos partes implicadas.
—Dios —Bárbara, a su lado, la sacó de su ensoñación—, ¿habéis visto semejante maromo? —Señaló a un rubio muy alto que se había acoplado en la esquina de la barra, algo cabizbajo—. Porque estoy casada, sino le entraba ahora mismo.
—Qué cerda —Vega se carcajeó de su amiga—. Si no tienes posibilidades. Es demasiado guapo, y te aseguro que esos solo van a por las rubias tetonas a las que no les importará si las deja insatisfechas.
—¿Y por qué las iba a dejar insatisfechas? —cuestionó Bárbara, de pronto muy interesada.
Vega cogió aire antes de expresar su opinión.
—Porque los tíos guapos follan fatal.
—¿Eso lo sabes porque…?
—Una vez me lie con uno que estaba igual de bueno que ese y te aseguro que no llegué a sentir ni cosquillas. —Vega se encogió de hombros—. No valen la pena.
—Hugo es guapo —intervino Martina, sonriendo con diversión—. Ya sabemos por qué a veces pareces amargada.
Mía, viendo venir la tormenta que iba a desatarse, se escabulló con la excusa de ir al baño a refrescarse.
Adoraba a sus amigas, pero tenían una tendencia insana a buscarse las unas a las otras solo por el gusto de oír sus propias réplicas. Vega estaba saliendo con Hugo, su jefe en la redacción, y sí, era un hombre guapísimo. No como el rubio de la barra —que le lanzó una mirada curiosa al pasar por su lado—, sino más bien clásica. Bárbara estaba casada con un piloto francés que todavía no sabía pronunciar bien las erres, tenían un hijo y buscaban el segundo. Por el contrario, Martina salía con el director de Serendipity Magazine, donde todas trabajaban, y estaba intentando convencerlo de que ya era hora de casarse.
Todas ellas guardaban algo en común: habían encontrado el amor. La única que faltaba era Mía y se negaba en rotundo. Odiaba la idea de volver a caer en las garras de un sentimiento tan traicionero. Por más que tratase de solucionar sus propias limitaciones, no iba a conseguirlo si cuando tenía que demostrarlo, más allá de estar ahí, su cuerpo la saboteaba y la hacía ver como una anomalía.
Entró al baño, se mojó la cara y se quitó los restos de pintalabios con un poco de papel. Total, ya no le hacía falta. Esa noche solo pretendía salir un rato, beber y volver a casa a dormir la mona. Salir un poco de la rutina asfixiante de esa semana en la que Luis ya no estaba; ni él ni sus besos ni sus caricias.
Solo vacío.
Nada más salir, le dio con la puerta a alguien. Sus oídos captaron el quejido masculino que le hizo soltar un rápido «ayvacuántolosiento» que sonaba un poco pastoso debido a su borrachera. Alzó la mirada un poco y se cruzó con la cara más bonita del mundo.
Y no estaba exagerando.
Ese hombre —el rubio de la barra— la contemplaba con la sombra de una sonrisa en los labios. Sus ojos azules resplandecían como dos zafiros perdidos en mitad de la nieve. Su nariz era algo amplia, su mentón cuadrado, sus labios carnosos y el pelo le caía en mechones desordenados por el rostro. En su oreja izquierda brillaba un pendiente de plata en forma de cruz, que colgaba de una argolla. Pero incluso cuando su rostro era simétrico y armonioso, lo que más le llamó la atención de él fue el pequeño lunar que la saludaba desde la esquina de su ojo.
—No pasa nada —repuso él, y su voz era ronca, muy sexy—, es normal que no me hayas visto.
—Esto me pasa por ir con prisas.
—¿Tienes que volver con tu novio?
Mía notó una sacudida en el estómago. Sabía que tenía que sentirse mal por Luis, pero la reacción de su cuerpo se debió a que escucharlo le estaba provocando diversas emociones muy confusas en ese instante.
Tragó saliva y negó con la cabeza.
—Estoy soltera —y afirmarlo sí que le supo amargo.
El rubio desconocido chasqueó la lengua y acortó la distancia entre ellos. Se encontraban en una zona en la que molestaban, puesto que la gente necesitaba entrar y salir del baño, así que él, con mucho cuidado, la agarró del codo y se la llevó a una zona más oscura y tranquila. Las miradas curiosas no llegaban hasta allí.
—Casi mejor —dijo él—, no me gusta entrarle a chicas guapas con novios capaces de partirme la cara.
Mía estuvo a punto de decirle que dudaba mucho que alguna persona quisiera deformar su nariz o abrirle el labio, porque eso supondría afearle, y nadie quería eso. Pero el significado de sus palabras logró calar en ella a través de la niebla del alcohol y se ruborizó cual quinceañera.
—¿Me estás entrando?
Él se rio por su curiosa pregunta.
—Lo iba a intentar, sí. Te vi antes desde lejos, y la verdad es que me pareciste guapísima.
Fue el turno de Mía para reírse.
—Oye, si esto es una apuesta con tus amigos, déjalo, ¿vale? No me van estos rollos.
Intentó marcharse con la dignidad como escudo. No sería la primera vez que la usaban de comodín porque las chicas guapas estaban todas cogidas, o no querían nada con ellos, y pretendían desquitarse usándola como si fuese una simple muñeca. Hacía demasiado que había dejado atrás esa etapa. No necesitaba más malos recuerdos con los hombres. Pero una de las manos del desconocido, cálida y grande, la sostuvo de la cintura y la retuvo. Mía alzó la cabeza, dispuesta a pedirle que la dejase ir y se largase con sus putos amigos. No obstante, sus ojos azules la cautivaron junto a una sonrisa preciosa.
—He venido solo —murmuró cerca de su oído—. El cuerpo me pedía un poco de alcohol.
—¿Y por qué quieres que yo te haga compañía?
—Pareces la única sensata aquí dentro. Evitas el contacto visual con la mayoría, lo cual me indica que no buscas ninguna presa.
Mía se relamió los labios. Ella no había buscado compañía en su vida.
No se lo dijo. La dignifica se mantenía a fuerza de voluntad.
—¿Tú sí?
Lo vio negar con la cabeza. Le tenía tan cerca que su aliento le rozaba el cuello, la mejilla, filtrándose por entre sus cabellos castaños. Olía bien, a un perfume que no reconocía, y era cálido.
—Te acabo de decir que necesitaba un poco de soledad. Pero claro, uno nunca está listo para encontrarse con una chica como tú.
Pensó que la estaba vacilando. No sería el primero ni el último. Cada vez que salía con Vega y las demás, la mayoría de chicos que le hablaban lo hacían con la única intención de buscar una cita con alguna de ellas. Normalmente era Vega, la rubia más guapa del mundo. Y se desinflaban igual que un globo al saber que estaba comprometida ya, y se olvidaban de ella.
Por más palabras bonitas que ese rubio de ojos azules —un clásico en cualquier lugar— le estuviera dedicando, no cambiaba nada; pensaba usarla y luego marcharse de allí. Así que Mía, inspirando profundo, se giró hacia él y le posó ambas manos en el pecho, dispuesta a alejarlo nada más terminase.
—Todas mis amigas tienen novio y yo no soy la segunda opción de nadie. Gracias por el interés y pasa buena noche.
Una vez más, sus intentos por huir quedaron en nada cuando él la abrazó por la cintura y le dio un mordisquito juguetón en la punta de la nariz. Mía tembló igual que una hoja al viento. ¿Qué estaba sucediendo?
—No sé quiénes son tus amigas ni me importan. Tú eres la que me ha gustado. ¿Puedo saber cómo te llamas?
Aturdida y con el corazón en la garganta, le susurró su nombre.
—Mía —repitió él. Y de su boca sonaba mejor—. Sí, te pega. —Su sonrisa se hizo más amplia—. Bien, Mía. Pues espero que no sigas pensando que eres una apuesta o quiero algo con tus amigas, porque estoy desentrenado ligando con mujeres, y bastante difícil es ya como para que encima dudes de mis intenciones.
—Eres demasiado guapo —se le escapó a ella.
El chico ronroneó del gusto, sobre todo nada más ver el rubor de sus mejillas, el rastro de pintalabios rojo en sus labios, y esa sombra de ojos oscura que perfilaba los ojos verde castaños más bonitos del mundo.
—¿Eso te molesta?
—No, pero puedes tener a la que quieras de este sitio.
—Te quiero a ti, pequitas.
El temblor de sus piernas no fue nada comparado con el de sus manos cuando él la tomó de las mejillas y le estampó un beso de película. Empezó suave, tanteando el terreno por si ella deseaba apartarse, y poco a poco fue abriéndose paso entre sus labios con la lengua, dándole suaves lametones y mordisquitos. Mía lo recibió con gusto. Ese contacto quemaba más que la arena del desierto. Lo notaba en todos lados y le embotaba los sentidos.
Por inercia rodeó su cuello con los brazos y lo atrajo un poco más hacia ella. El rubio emitió un ronco sonido antes de agarrarla por la nuca y comerle la boca de forma sucia, exigente. Hasta la hizo girar de manera que quedase apoyada en la pared mientras su otra mano repasaba el contorno de su cintura y sus caderas.
Mía dejó de pensar en algún momento. La lógica nunca era bienvenida en un acto como ese. Además, el tipo besaba tan bien que se sorprendió a sí misma queriendo más. Y no solo eso. En el interior de su pecho, y en las entrañas, un fuego ardía cada vez más violento. El deseo iba adueñándose de ella con la misma certeza de que amanecería en pocas horas.
¿Qué estaba mal con ella? ¿Por qué su cuerpo jugaba de esa manera? Ella nunca se excitaba hasta ese punto. Era hielo, todas sus últimas parejas lo habían dicho. Y, aun así… Dios, estaba enferma de verdad.
Lo apartó con suavidad, en busca de aire y un poco de sentido común. Liarse con un desconocido en la pista de baile de un pub atestado de gente no era lo más recomendable. Ni mucho menos después de una ruptura como la de unos días atrás.
«Nadie quiere aguantar a alguien como tú».
La voz de Luis se abrió paso en su mente y trató de congelarla, de hacerla sentir avergonzada por estar húmeda y deseosa de otro beso. Abrió los ojos y se encontró con el azul intenso de los de él. Ese azul capaz de aturdirla.
—Por favor, bésame de nuevo —le pidió ella, avergonzada.
Si algo iba mal con ella, entonces no pasaría nada si volvía a perderse unos minutos en esa boca hecha para el pecado. No tardaría en sentirse asqueada y salir huyendo, como siempre. Pero por lo menos se llevaría la experiencia.
En esta ocasión, el rubio la besó con más calma. Si se había dado cuenta o no de que era una contradicción andante, poco le importaba. Solo quería hundir la lengua en su boca para explorarla con descaro. Sabía y olía muy bien, y era el hombre con los labios más bonitos del mundo. La idea de dejárselos enrojecidos e hinchados le llenaba el pecho de orgullo femenino.
Por una vez en su vida, sería ella quien se llevase el trofeo a casa. Aunque solo fueran unos simples besos.
—¡Dios mío! —exclamó una voz femenina cerca de ellos—. ¡Tía, es Unai! ¡Míralo!
Mía pestañeó en cuanto él se apartó de golpe. Lo escuchó soltar una maldición y girarse en dirección a las dos chicas jóvenes que habían sacado ya el móvil y le tomaban fotos.
—Buah, tía. ¿Y si nos acercamos a pedirle un autógrafo? ¡Esto hay que subirlo a Instagram!
—Es que no me puedo creer que esté aquí. ¿Vive en Barcelona?
—No sé, tía. Pero vamos a pedirle una foto, porfa. Una no se encuentra un modelo famoso en una discoteca tan sosa como esta.
Algo dentro de Mía se rompió. Quizá fuese la realidad abriéndose paso a través de la escena ilógica que acababa de pasar. O simplemente los malos recuerdos pesaban más que los buenos. Al final, lo que importaba era que ese rubio de ojos azules pertenecía al mundo de los famosos. Y aunque ella no lo hubiese reconocido, no pensaba caer en los brazos de él. Ni de ningún otro que fuese tendencia en las redes sociales y en las revistas del país.
Con el miedo subiéndole en oleadas, salió corriendo de allí, empujando a varias personas a su paso. Bárbara, Martina y Vega estaban aún en la barra. Al verla aparecer con los ojos vidriosos y la barbilla temblorosa, se acercaron de inmediato y, sin hacer más preguntas, la sacaron de allí.
Siempre era mejor alejarse del foco de cualquier malestar.
De camino a casa, mientras Martina conducía, les contó lo ocurrido. También el miedo que había sentido nada más enterarse que el rubio —el que Vega insistía en que follaba mal— era famoso. La mirada de tristeza de Bárbara, su psicóloga, no le ayudó a sentirse mejor.
Se había fallado a sí misma una vez más al permitir que el peor recuerdo de su existencia le jodiera la noche.
Pero tenía claro que no pensaba caer de nuevo en las garras de un famoso capaz de destrozarle la vida solo porque tenía fama y dinero, y estaba a salvo de cualquier represalia.
Capítulo 1
—Menudo reportaje, nene.
Unai levantó la cabeza y sonrió a su mejor amiga, a la única mujer a la que mantenía cerquita —aparte de su madre y sus dos hermanas— para que lo soportase en esos días difíciles donde la cabeza le iba a explotar y solo le apetecía quedarse en la cama, durmiendo, sin rendirle cuentas a nadie.
—¿Esto tiene Photoshop por algún lado? —Luna seguía observando con atención la pantalla de su ordenador, ladeando la cabeza hacia un lado y otro, sin decidirse del todo si era un montaje o su amigo había crecido bastante mejor de lo que pensaba—. Bah, dime la verdad.
Él soltó una carcajada.
—Nunca dejo que me hagan retoques. Como mucho el color y eso, para que se vea mejor. Pero todo eso que ves —señaló su portátil— es natural, nena.
Luna silbó y dirigió sus ojos castaños a él. Una sonrisita juguetona se adueñó de sus labios.
—Qué pena que no me gusten los hombres, porque estás para hacerte uno o dos hijos.
—Anda, qué exagerada —riéndose, se giró en la cama y apoyó el mentón en sus brazos. Desde allí, con el sol pegando fuerte, el rubio de su pelo y el azul de sus ojos parecían de otro mundo—. Es un reportaje bastante normalito.
—Sales vestido de bombero y policía. Te aseguro que la gente no se limita a apreciar lo artístico de la foto.
Sí, Unai lo sabía. La mayoría de personas solo le comentaban cosas muy básicas cuando subía algo a sus redes sociales. «Guapo, sexy, menudo repaso te daba, vaya culazo». Pero eso a él no le interesaba lo más mínimo. A nadie le amargaba un dulce; no obstante, cuando siempre leías y escuchabas lo mismo, terminabas agotado. Se consideraba una persona que desempeñaba un trabajo concreto. No estaba ahí para ser solo una cara bonita.
Las veces que hablaba de ello con sus amigos o su familia, llegaba a la conclusión de que nadie lo comprendía del todo. La mayoría de sus argumentos se basaban en: «Te quejas por gusto, cualquiera querría tu trabajo». ¿Y qué? ¿Solo por eso debía conformarse? ¿No quejarse ni una sola vez? ¡Por favor! Tenía sentimientos, entre ellos ansiedad y miedo a decepcionar a todas las personas que confiaban en él. Que apostaban por él.
¿Eso no contaba?
—Sí —repuso él, y no sonó muy contento—, seguro que se vuelven locos.
Luna lo miró de reojo, preguntándose qué mosca le habría picado. Estaba demasiado raro en las últimas semanas, y por más que le preguntaba, siempre le respondía con un «estoy bien; cansado pero bien», y acto seguido le pedía que cambiase de tema.
A las personas no se las podía obligar a hablar de lo que no querían sacar de dentro, y solo por eso lo respetaba. Ya hablaría cuando le apeteciera o se sintiese preparado.
—Bueno, esta semana tienes otro reportaje, ¿no?
—Sí, una campaña de desodorante. Me han pedido que pose como si fuese un superviviente de una guerra futurista o algo así. El rodaje del anuncio fue una pasada. —Se le escapó una sonrisita al recordarlo.
Su amiga se relajó un poco.
—¿Cuándo se estrena?
—Dentro de un mes. —Unai se dio la vuelta y extendió los brazos todo lo largo que podía en esa enorme cama que usaría solo por un día. Con los ojos clavados en el techo, suspiró—. No tengo ganas de ir a la radio hoy.
—Sabes que no te queda de otra. —Luna, como su amiga y estilista, se acercó a él y le dio con la almohada en la cabeza. Escuchó su grito mientras se empezaba a partir de risa—. Así que levanta el culo de ahí y ponte en marcha. No pienso llevarme otra bronca de Don Pepe por tu culpa.
Unai tuvo que morderse el interior de la mejilla antes de soltar una carcajada. Don Pepe era la manera en que ellos dos llamaban a su mánager, José Salvatierra, en la intimidad. El único hombre en el mundo de la moda capaz de catapultar a sus empleados a la fama en cuestión de meses, usando métodos un poco cuestionables. Por supuesto, también tenía sus cosas buenas, aunque las eclipsaba al mantenerse pegado a las botellas de vino de Tío Pepe que se pimplaba a escondidas o con alguna de sus muchas amigas. De ahí que tanto Luna como él decidieran apodarlo Don Pepe. Ningún otro nombre le sentaba mejor.
—No creo que hoy te preste mucha atención. Me dijeron que ayer estuvo en el Ritz con una de las vedettes que nos cruzamos en la última fiesta, y se pasaron gran parte de la noche en la piscina privada del hotel.
—No me jodas. Y una aquí haciendo malabares para llegar a fin de mes —exageró—. Te juro que a veces me dan ganas de atropellarlo con el mini.
—Bueno, piensa que en la cárcel no te dejarían tener esas uñas fabulosas.
Ella se miró esa obra de arte que le había hecho una de sus compañeras, un diseño en burdeos con telas de araña superrealistas, y sonrió con soberbia.
—Pues también es verdad. —Abanicó los dedos delante de él antes de bajarse de la cama—. Te doy media hora. Si en treinta minutos no estás abajo, te envío a Don Pepe y le digo que anoche te quedaste hasta tarde viendo capítulos de One Piece y que se te han pegado las sábanas por ese motivo.
—Pero qué mala persona eres. —Unai entrecerró los ojos sobre ella.
—No lo sabes tú bien, babe.
Su amiga se fue como si nada, cerrando de un portazo. Él se quedó un par de minutos más en la cama, agotado. Todo su cuerpo comenzaba a quejarse, con dolores varios y ciertos mareos, de esa etapa de su vida en la que abusaba del café para mantenerse despierto y dormía apenas cinco horas que no le ayudaban a recuperar energía suficiente.
Lidiar con ese tipo de vida tenía su lado bueno y su lado malo. Encontraba muchas cosas fascinantes, hacía viajes increíbles, conocía gente muy interesante y su cuenta corriente crecía cada vez más. Encima había hecho amistades que, si bien no eran de esas que durarían toda la vida, le ayudaban a pasar veladas muy amenas cuando la prensa se paseaba entre los desfiles de moda o en las fiestas más importantes del mundillo.
Por el contrario, no tenía apenas intimidad. A veces lo paraba mucha gente si iba por la calle de algunas ciudades muy concurridas, lo interrumpían mientras disfrutaba de una cerveza con sus amigos, iban a casa de sus padres a molestar, lanzaban rumores falsos sobre él y no le permitían tocarse los huevos en las semanas que más agotado se encontraba.
Y a Unai le apetecía quejarse, vivir un poco sin normas ni una persona detrás de él que le relatara todo lo pendiente de su agenda. Ir a conciertos, a cenas, viajar por placer y no sentir que la mayoría de gente se le acercaba por interés. No recordaba bien la cantidad de personas que lo miraban con el símbolo del euro en las pupilas mientras le hacían la pelota.
«Pero hay que seguir», pensó, levantándose al fin de la cama. «El show debe continuar».
Tardó casi veinte minutos en vestirse, arreglarse y coger las cosas que solía llevar encima cuando le tocaba un día de entrevistas interminables. Había aceptado ser la imagen del nuevo perfume de Víctor Lomana porque era uno de los diseñadores más importantes del país y trabajar con él siempre traía consigo un saco lleno de oportunidades. Lo único que le desagradaba del diseñador era su actitud prepotente para con sus trabajadores. Sin embargo, Unai no era nadie para decirle cómo comportarse.
—Buenos días, José —saludó a su mánager nada más salir del ascensor y dirigirse hacia la recepción del hotel. Ese día estaban en Madrid—. Ya nos podemos ir.
El hombre, a pesar de tener una frondosa melena entrecana, barba bien recortada y un traje de dos piezas bastante caro, se mostraba siempre muy cercano y parlanchín. Por eso le sorprendió verlo tan tenso y con un cigarro en la mano. No era propio de él.
—Menos mal que apareces. Necesito hablar contigo.
—¿Qué ocurre?
—Ven, vayamos a un lugar más tranquilo. —Se lo llevó hacia la sala de reuniones del hotel, vacía en ese instante, y lo miró con preocupación—. Hay algo que necesito comentarte, Unai.
—¿Algo ha ido mal con la campaña? ¿Necesitamos repetir la grabación del anuncio?
—No, no. Ojalá fuera eso, por lo menos tiene solución. —Nervioso, se pasó la mano por el pelo. Eludía su mirada casi todo el tiempo, como si le diese vergüenza tener que decir ciertas cosas en voz alta—. Hace tiempo que la prensa está hablando mucho de ti, ya lo sabes. Estás creciendo mucho y, claro, eso llama a los periodistas porque son un montón de hienas.
—Si es por el rumor de que me lie con Violeta, ya te digo que nos da bastante igual. En ningún momento tuvimos affaire alguno, solo nos llevamos bien.
Violeta era una youtuber de maquillaje muy conocida en Chile, y eso la llevaba a colaborar con muchas marcas y a coincidir con otras estrellas del mundillo en festivales y pasarelas. Los dos se conocieron un año atrás, en una fiesta privada de una diseñadora holandesa, y se hicieron bastante amigos. De ahí que la prensa decidiera emparejarlos, pese a que Violeta tuviera pareja y estuviera comprometida.
Tras hablarlo entre ellos, dieron un comunicado público aclarando el asunto. Se suponía que eso cortó de pleno los escándalos, pero Unai no se fiaba en absoluto de las revistas de cotilleos. Cada día conseguían lanzar un rumor nuevo, fuese cierto o no.
—No —insistió José—, no se trata de ella.
—Vale, me estás asustando. ¿Han conseguido emparejarme con otra mujer que desconozco?
—Para nada, y ese es el problema —explicó al fin—. La gente empieza a rumorear que no tienes pareja y que rechazas a todas las posibles candidatas porque eres… —Carraspeó, cada vez más agitado—. Ya sabes, homosexual.
La reacción de él fue echarse a reír. Eso sí que tenía gracia.
No la idea de que la gente pensara que fuera gay. Eso le daba bastante igual. Su familia le había enseñado valores y empatía desde pequeño, así que creció bastante cerca del colectivo. Hasta Luna, su mejor amiga, salía con una chica. El amor y la sexualidad de cada individuo le traían al pairo. Lo que sí le hacía gracia era que se aferraran a esa posibilidad para darle explicación a su falta de escándalos. «Siglo veintiuno y todavía se creen que ser gay es algo malo. La madre que los trajo».
—¿Y qué pasa?
José pestañeó, sorprendido por su pregunta.
—¿Acaso lo eres?
—No. Pero si lo fuese… ¿habría algún problema?
—Por supuesto que no. —El mánager parecía ofendido de pronto—. Hoy día cada uno va y viene con quien quiera, no serías el primer modelo gay o bisexual. —Hablaba con mucho respeto y sinceridad. Se notaba mucho que ese hombre no juzgaba mal a la gente—. Lo que pasa es que les resulta muy extraño que no tengas pareja.
—Es que no quiero tenerla. —Unai empezaba a desesperarse. ¿Qué les había dado en ese momento con buscarle novia? Si era que no le apetecía—. ¿Es la prensa la que decide cómo tengo que vivir mi vida?
—Mira, Unai. Sabes que yo os aprecio mucho e intento protegeros, pero hay marcas muy… Bueno, ya sabes, la dirigen gente con la mente más cerrada. Estaría genial que hoy día la mayoría dejase de tener prejuicios, pero los tienen, y te está cerrando puertas la posibilidad de que te gusten los hombres.
—Vale, lo entiendo —mintió. ¿Cómo coño iba a entender a los retrógrados que lo rodeaban? Ni de coña, pero había que aparentar—. Pero basta con decirles que es falso, y punto.
José le sonrió con condescendencia.
—Tan fácil como eso… pues no es, chico. Ellos se fijan mucho en la vida privada de la imagen de su empresa y no quieren colaborar con personas que entren dentro de ese grupo que ellos llaman… —Ni terminó la frase; sus mejillas se tiñeron de rojo por la vergüenza—. Ya sabes cómo son. Y no me gustaría que perdieras tu trabajo por esto.
—Putakumie, José. —Chasqueó la lengua, de pronto sintiéndose enfadado por todo el asunto—. ¿Sabes lo que me estás soltando?
Sonaba a broma. ¿Qué más les daba a los demás con quién se acostara? ¿Eran ellos los que iban a pagarles los condones? Es que mandaba cojones que hasta en un trabajo como ese hubiera discriminación. Y lo peor era que él no había hecho nada malo en ningún sentido. Tenía muy claro que le gustaban las mujeres, pero si le gustasen los hombres también, no pretendería vivir encerrado en el armario, como si Narnia lo esperase al otro lado.
Había luchado mucho por llegar hasta allí y no iba a soltarlo todo de golpe por eso. Algo se tendría que hacer para solucionarlo. José era un hombre sabio, de esos que sabían salir del paso, ¿no?
—Sí, chico. Lamentablemente… sé lo que estoy diciendo. Y mira, si dependiera de mí, pues pasaría del tema. Pero me están presionando con esto, no quieren perder posibles campañas, ¿entiendes? No somos solo tú y yo, Unai. Tienes que… Bueno, ya sabes, echarte un par de ligues.
Unai sonrió hasta mostrar sus dientes. Parecía más una mueca desdeñosa.
—Mira, no me toques los cojones. Me parto los cuernos por estar al pie del cañón en todo, y hay muchos otros modelos en este país que han presentado a sus parejas, y eran del mismo sexo, y no les ha pasado nada.
—Ellos ya tienen otro nivel de fama. Tú estás empezando —le recordó José.
La pulla le dolió, sí, pero no aplacó su enfado. Notaba en las entrañas el calor abrasador de esa furia y decepción que le provocaba la conversación que mantenían.
Es que sonaba a película rancia de humor de los cincuenta.
—¿Y solo por eso tengo que echarme novia?
—Si te vieran de vez en cuando con otras mujeres, sería más fácil.
—¡Es que no quiero usar a nadie para mantener mi empleo! Se supone que para eso me formasteis, ¿no? Para hacerlo bien y que mi talento sirviese de algo. Por Dios, José, que soy una persona con sentimientos.
Su mánager suspiró, bajando la mirada unos segundos.
—¿Crees que yo estoy de acuerdo con esto?
—No te veo pidiéndoles que dejen de juzgarme por la forma en que uso mi polla —soltó de sopetón—. Está bien que me digan que vaya más al gimnasio, que coma mejor, que no suba stories echando pestes de ciertas marcas, pero… ¿de mi vida privada? Por favor, José.
—Mira, yo he intentado convencerlos, pero los de arriba mandan. Quieren que empieces a codearte con mujeres, que se te vea feliz con ellas, aunque luego, en la intimidad, te vayas con otro hombre —le explicó, sin saber cómo decir aquello sin sonar como un gilipollas—. A mí tu vida privada me da igual mientras no interfiera de forma negativa, y ahora es lo que está pasando, así que no te toca de otra que pasar por el aro.
—¿Y si me niego?
Ya intuía cuál sería la respuesta mucho antes de escucharla.
—Un modelo sin respaldo es un modelo fracasado.
Apretó tanto la mandíbula que le palpitó un músculo en el mentón. ¿Dónde estaba Luna cuando la necesitaba? Seguro que a ella se le ocurrían mejores argumentos en un tema tan delicado como ese. Pero no, se encontraba solo, sin ayuda, y con un mánager que lo miraba con lástima.
Protestar o insultar no iba a cambiar nada. Las marcas lo querían siendo el chuloplaya que la gente pensaba que era en la intimidad. El macho más macho del lugar. Quien le decía a las mujeres cómo moverse a su alrededor y cuándo le esperaban en la cama.
Y por ahí no pensaba ir. Él no iba a tratar mal a ninguna mujer, y mucho menos como un recurso indispensable para seguir manteniéndose donde estaba.
—Entonces ¿qué se supone que haga? José, sabes cómo soy. Yo…
—Cualquier mujer sirve, Unai. Siento decirlo así, que suena fatal, pero es lo que toca. Si tu amiga Luna no fuese superconocida, tal vez podríais hacer un teatro…
«Para teatros estoy yo», pensó él, agotado. La frustración y el enfado lo iban a tener todo el día echando fuego por los ojos, y aún le quedaban dos entrevistas por el camino.
«Si lo llego a saber, me quedo dormido».
—Piénsatelo, ¿vale? Pero si me permites un consejo, no eches a perder lo que has conseguido por esto.
—Es que esto no es comprarse un coche nuevo o llevar otro corte de pelo. Es invadir mi privacidad y usarla como currículo para salir en pelotas en una nueva campaña de calzoncillos. No sé si lo entiendes, José.
El hombre, más bajito que él, se limitó a apretar los labios y seguir mirándolo como si agradeciera no estar en su pellejo. Entre los dos existía una diferencia abismal; mientras José ligaba con toda la que se pusiera a tiro, Unai prefería no mezclarse con ninguna mujer. Tenía sus razones, y eran de peso. Pero ya ni eso le permitían decidir.
Si no se follaba a todas las que le decían «hola», automáticamente era gay. Y lo usaban no solo como intento de insulto, sino también a la hora de vetarle a las campañas a las que pretendía acceder. Joder, le iba a estallar la cabeza. ¿Cómo saldría del paso sin tener que meterse en la cama de otra mujer o comprar un polvo falso de cara a la galería?
Lo tenía jodidísimo.
Capítulo 2
Unai golpeó el saco con más fuerza de la necesaria. Se sentía frustrado y cabreado desde que había hablado con Don Pepe sobre su futuro laboral si no solucionaba el inconveniente que las marcas se habían buscado para cerrarle las puertas en las narices. Él prefería llamarlo putada, que a fin de cuentas es lo que era.
Después de su conversación efímera y fría, sus ánimos habían descendido hasta el Inframundo. Probablemente Hades se estaba divirtiendo jugando a la pelota con sus ilusiones pisoteadas. Unai, para variar, se desquitaba en el gimnasio de la empresa al que acudía siempre que posaba sus pies en tierras catalanas.
Barcelona era su segunda casa. Allí tenía amigos y conocidos, y una vida más o menos estable en la que se escondía cuando todo lo sobrepasaba. Como ocurría en ese momento. La rabia y la desesperación lo consumían igual que la llama a una vela. ¿Por qué tenían que aparecer problemas tan absurdos a joderle la vida? ¿Es que tenía el karma sucio, quizá? Si en el pasado había sido un asesino en serie, lo lamentaba profundamente, pero no tenía sentido seguir pagando por cosas de las que ni se acordaba.
—El saco no tiene la culpa —le dijo Elías, apoyado en uno de los rings del gimnasio, donde la gente practicaba kick boxing y boxeo—. Vas a hacerte daño en las manos si sigues así.
—Estoy hasta los cojones —espetó Unai de malas formas—. ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? ¿Echarme una novia en menos de un mes para que las marcas me dejen seguir colaborando con ellas después del verano? Es absurdo.
Su amigo cabeceó, distraído. No dejaba de seguir con la mirada la rapidez y la furia con la que los puños de Unai se estrellaban contra uno de los sacos que colgaban del techo con una cadena. Nunca lo había visto así de enfadado, y por mucho que le pesara, entendía muy bien la sensación que le quemaba como fuego desde dentro.
—Tal vez esa sea el punto. —Elías esbozó una sonrisa sosegada nada más recibir la furibunda mirada de su amigo desde la distancia—. Una novia falsa es una buena solución. Si en las películas funcionan, ¿por qué no en la vida real?
Unai dejó de golpear el saco y se rio entre dientes con sequedad.
—Porque la vida real no tiene guionistas de Hollywood detrás, Elías. ¿Cómo voy a buscarme una novia falsa? ¿Te has vuelto loco?
—A lo mejor, pero después de una mañana escuchando tus lloriqueos y frustraciones, es lo único que se me ha ocur
