Prólogo
Ese mes de julio el calor azotaba con fuerza, sin ninguna clase de compasión por los pobres mortales que vivían en la Tierra. Más exactamente en la isla de Creta.
Sofía Spanos entró en el vestíbulo del aeropuerto de Rétino con la lengua fuera, como los perros que en la calle buscaban los sitios frescos y las sombras frondosas.
Ella había llegado en el coche con el aire acondicionado. Hasta ahí su viaje había estado bien. Lo complicado fue encontrar aparcamiento entre tanto vehículo. Sobre todo en aquella época del año en la que todas las islas griegas se llenaban de turistas buscando sol y playa. Y Creta era una de las más demandadas esa temporada.
Precisamente por eso estaba ella allí. Para recoger a unos turistas muy especiales. Se trataba de los futuros suegros y cuñados de su mejor amiga, Daniella.
En realidad, ellos venían desde Denver para asistir a la boda de su hijo Jason con Daniella, por lo que no se podía decir de modo abierto que fueran unos turistas cualesquiera.
Sofía no podía quejarse, porque ella misma se había ofrecido a recibirlos y a acomodarlos, ya que la casa de su amiga no estaba todavía preparada para albergar a mucha gente. Estaban remodelándola y las obras iban muy despacio.
Se detuvo a tomar aliento unos minutos y aprovechó para leer los indicadores de los vuelos. Se suponía que sus protegidos, por llamarlos de algún modo, iban a tardar al menos quince minutos en aterrizar.
Se le abrieron los ojos como platos al descubrir que el avión procedente de Denver había aterrizado con antelación.
—¡Madre mía!
Había llegado tarde y, para colmo, al salir de casa, no se le había ocurrido nada mejor que ponerse unos tacones de vértigo. Lo primero que había cogido del zapatero.
Se puso nerviosa. También por decirlo de otra manera, porque ella no se ponía nerviosa, sino histérica. En ese estado se le cerraban la mente, los oídos, y aunque lo ojos no, era como si sí. Dejaba de ver. Se volvía ciega. Todo era oscuridad delante de ella.
Rosa, la madre de Daniella, le habría dicho: «Céntrate. Respira. Deja que fluya la energía positiva y deshecha la negativa».
Tomó aire con fuerza llenando los pulmones de oxígeno, de aire acondicionado del aeropuerto, aromas de diferentes colonias y perfumes y, por supuesto, del olor corporal de algunos, que ese día se habían olvidado del desodorante.
Abrió los ojos, que había cerrado sin darse cuenta. Pero seguía igual de histérica que segundos atrás, así que pasó a la acción. Buscar a los Taylor.
Las descripciones que tenía de ellos eran pocas. Daniella le había dicho que uno de los hermanos de Jason se le parecía en altura y tamaño. Jason era un tío grande, por lo que no debía ser muy difícil encontrarlo. Además, decían que era guapete.
En ese mismo momento, cuando ya se disponía a correr de un lado a otro como pollo sin cabeza, lo vio. El tío era enorme. Casi igual de alto que de ancho. Quizá tenía la cabeza un poco pequeña para su cuerpo, pero era atractivo. Aunque no tan exagerado como le habían contado. Sin duda, Jason lo era mucho más.
Caminó hacia él con paso decidido. Justo, él la miró y ella le regaló una de sus sonrisas más amables. La misma que les ponía a los clientes de su librería.
Iba con la disculpa preparada en la punta de la lengua, cuando un tipo se cruzó en su paso y la golpeó con una maleta de hierro —debía de ser de hierro por lo menos— en las espinillas.
Cayó como un árbol recién talado, además sin doblar el cuerpo ni nada. Eso sí, se levantó tan rápido que quiso pensar que, de los cientos de personas que había por allí, ninguno la había visto.
—Lo siento, no te vi —dijo el sujeto que le había hecho polvo los tobillos.
Ella no se dignó a mirarlo, aunque no se privó de pensar en lo muy estúpido que era. Se centró en su objetivo. Allen Taylor.
—¡Bienvenido a la isla de Creta!
El hombre al que se dirigía no le respondió. Solo se limitó a contemplarla con ojos cargados de lujuria. Le dio la impresión de que era de esos tipos a los que les saludaba una chica y ya pensaban que esa noche follaban.
—Tengo el coche aparcado a unos minutos de aquí. —Buscó al resto de la familia con los ojos. No vio a nadie más.
El hombre parpadeó con sorpresa. Entonces Sofía recordó que no hablaba griego y lo repitió en inglés.
—Disculpa —dijo el hombre del maletón, que todavía no se había marchado y seguía pululando por allí.
—Estás perdonado —le respondió sin echarle un solo un vistazo, más que desechándolo con la mano, igual que si fuera una molesta mosca. Al hacer el movimiento notó que le dolía todo el brazo y se lo frotó.
El hombre pesado se dio por aludido y continuó su camino. Sofía lo observó de reojo, sin dejar de mostrar sus facciones más amables hacia el otro tipo. Lo primero que pensó de la persona que la había hecho caer era que se iba a cocer los pies con las botas camperas que llevaba.
—Señorita, creo que me ha confundido —dijo el gigante de dos por dos. Eso debía de medir como poco.
—No —contestó. ¿Cómo podía decirle eso cuando se acababa de desollar los hombros? Ahora que lo pensaba bien, había caído de lado. Lo dicho, igual que un árbol.
—¿Se encuentra bien?
Si no llevaba a la familia de Jason sana y salva al hotel, la mataban.
—Sí. —Trató de coger su equipaje, pero él se resistió a dárselo. Tuvieron un pequeño rifirrafe en el que el tipo ganó por abusón.
—Señorita, si no desiste, tendré que llamar a las autoridades.
—¿Piensas que estoy tratando de robarte?
—O de secuestrar. Ya le he dicho que...
—¡Soy Sofía! ¡Me envía Jason!
—¡Como si la envía el Papa! No voy a ir a ningún lado con usted.
¡Pues sí que empezaban bien! Le habían dicho que Allen era muy cabezón, pero aquello rallaba en lo absurdo.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? Te estoy diciendo que tu hermano me ha pedido...
—No tengo hermanos —declaró, molesto.
Se quedó petrificada.
—¿No eres Allen Taylor?
—No.
—¿Estás seguro?
—¡Señorita, por favor!
Seguro que otra persona, poniendo cara de bobo, no superaba a la de ella.
Sintió que alguien se le acercaba con decisión. Alcanzó a ver las botas camperas. ¡Ya estaba otra vez ese pesado de la maleta! Se volvió a él con los brazos en jarra.
—¿A ti qué te pasa? —le encaró. Era más alto de lo que había creído en un principio.
—Yo soy Allen Taylor. —Llevó el índice donde había dejado su equipaje—. Y ellos son mi familia.
Un grupo de tres personas —un matrimonio y un jovencito de no más de dieciocho años— la contemplaban como si fuera obtusa.
Sofía deseó que volviera a golpearla, caer, y no levantarse hasta que no quedase nadie en el aeropuerto.
Capítulo 1
Sí. Me sentí mortificada frente al volante, hundiendo los dedos en la funda rosa que lo cubría. Y digo hundiendo, porque en realidad las manos no se me veían. Mi intención había sido comprar un cubrevolante mullido, pero aquello era como el pompón de algunas de las animadoras que salían en los partidos de baloncesto de mi localidad.
Allen, el brutote que me había lesionado, estaba sentado a mi lado. Había tenido que echar el asiento hacia atrás para poder meter sus largas piernas bajo la guantera. Su madre, Rachel, iba tan apretada detrás de él como podían ir los huevos de un ciclista.
—Quizá debí decirle a Jason que me prestara su coche, que es más grande, pero no caí en ello —me disculpé, mirando a la mujer por el retrovisor.
—No pasa nada, querida.
Allen volvió medio cuerpo hacia mí. Lo miré de reojo porque tampoco quería apartar la vista de la carretera. Un accidente hubiera sido ya lo último que me faltaba para ese día.
—Hablando de caer... —empezó a decir con una de las sonrisas más burlonas y traicioneras que había visto nunca. John, el hermano pequeño que viajaba entre su madre y su padre, soltó una risilla. ¡Cómo me hubiera gustado estamparle la garrota de seguridad en la cabeza!— ...será mejor que te pongas hielo en el hombro.
Asentí. En el hombro, en el brazo, en los tobillos... Iba a necesitar un congelador extragrande para tanto hielo.
—No me duele nada —contesté haciéndome la dura—. ¿Tú qué llevas en la maleta?, ¿un muerto?, ¿o tal vez las espuelas?
El hombre frunció el ceño con un gesto que hasta parecía sexi.
—Te dije que no trajeras las botas camperas —comentó Rachel.
—Estuve buscando las chanclas que me compré la última vez que vine y no las encontré.
—No podías encontrarlas. Se las merendó una vaca —respondió John.
—¿Una vaca come chanclas? —pregunté, extrañada.
Tengo que admitir que no entiendo mucho de animales, pero ya tenía que pasar hambre la vaca para llegar a esos extremos.
—Florinda, sí —admitió el jovencito—. Se comió hasta mi sombrero.
—¡Venga ya! —exclamó Allen girándose para ver a su hermano—. Sé sincero y di que te deshiciste de él.
—Me quedaba enorme y era... feo —aceptó.
—Ah, ¿sí? —Rachel le dio una colleja y el chico se quejó.
—¿A dónde nos vas a llevar, Sofí? —preguntó Allen regresando a su posición inicial.
Dani no me había mentido. Algunas veces lo hacía para tomarme el pelo, pero en esta ocasión, no. Me había dicho que Allen era guapete, y realmente lo era. Más incluso que Jason. Tenía unos ojos preciosos de un color entre azul y gris con el iris perfectamente delineado en un tono verde botella. Podía decir que eran únicos, pero no era así. Cole los tenía iguales. Lo que tampoco era de extrañar si tenía en cuenta que Cole era el hijo de Allen.
La verdad es que era una historia un tanto complicada la de ese hombre. Yo la sabía porque Dani y su madre, Rosa, me la habían contado. No habían tenido más remedio que hacerlo, puesto que a Adara, la hermana mayor de Dani, le fue creciendo la tripa de forma inexplicable. Ingenua yo, que creí que se inflaba a comer. Pero no. Lo cierto es que Allen y Adara habían tenido un pequeño desliz del cual nació Cole.
Digo que la historia era complicada porque, al parecer, a Allen le gastaron una broma en un momento en el que se encontraba delicado. ¿Para qué andarse por las ramas? Allen estaba borracho perdido. Más que un mosquito en un cubata.
El caso es que sus amigos de allí, de Denver —que, por cierto, debían ser unas joyitas—, le metieron en un avión con destino a Atenas.
Justo al llegar, más confundido que un bizco señalando al sol, conoció a Adara y ella trató de ayudarlo. De hecho, tuvo que ayudarle bastante bien, aunque no voy a ser yo quien la juzgue. Aunque ¡qué cojones! Adara es más puta que las gallinas.
Lo cierto es que ella se quedó embarazada, él volvió a su casa sin saberlo, y se había enterado el año anterior. ¡Se había montado un follón increíble! Allen quería conocer a su hijo y casarse con Adara. Adara se había casado con un tenista y divorciado, y salido con un modelo de ropa interior y ahora... la verdad, no tenía ni puta idea de con quién estaba. Pero ella nunca había querido tener a Cole. —Yo no lo habría tenido, desde luego—. Quizá ahí la culpa la había tenido Rosa. Tampoco me voy a meter en ello.
A lo que iba. Adara se desentendió del crío y Dani y Rosa lo criaron. Cuando mi amiga alcanzó la mayoría de edad, lo adoptó como propio y se convirtió en su tutora legal.
Allen había enviado a su hermano Jason a conseguir las pruebas de paternidad, pero la carne es débil, y el hombre se enamoró de Dani. De modo que ahora mi amiga y Jason se iban a casar, y Allen había dejado que ellos siguieran con la custodia. Claro que, a cambio, ellos le dejaban ver a su hijo siempre que quisiera.
O sea, un follón increíble. Pues ahora Cole tenía dos padres. O iba a tenerlos en cuanto Dani y Jason se casasen.
—Voy a llevaros al hotel La perla, que pertenece a Vasili Dalaras. Es el prometido de Rosa. Ahí vais a estar muy bien. Es cinco estrellas y ha dicho que os traten mejor que bien.
—¿Por qué no podemos ir a casa de Dani? —inquirió Allen.
Otra vez volví a mirarlo de reojo, y el muy... canalla me estaba dando un repaso de los buenos. Casi puedo decir que me estaba escaneando. Bueno, mejor lo afirmo porque se me endurecieron hasta los pezones. Tuve que encogerme y sacar chepa para tratar de disimularlo.
—La casa sigue en obras. ¿Está el aire condicionado un poco alto?
Estiré el brazo para manipularlo y entonces escuché que Allen soltaba una risilla. Lo fulminé con la mirada, pero él contemplaba el paisaje por la ventanilla, de modo que no me vio. Yo sabía por qué se reía el muy tunante.
—Así está bien, querida —dijo Rachel.
No toqué nada y dejé escapar el aire lentamente por entre los dientes. Eso sí, apreté el acelerador con fuerza. Quería llegar al hotel cuanto antes. Allen me ponía muy nerviosa, y eso que él no iba atento a mi manera de conducir. Pero solo con sentir su presencia a mi lado, y oler la fresca fragancia masculina que llenaba el coche, el corazón se me aceleraba.
—¿A qué te dedicas, Sofía? —me preguntó Rachel con curiosidad. O a lo mejor era para que la conversación no decayese, no sé.
—Tengo una librería en Heraklion.
—¿Has cerrado para venir a buscarnos?
—No. Me he tomado unos días de descanso, aunque sigo recibiendo pedidos por internet.
Poca leches recibía, la verdad. La librería estaba de capa caída y apenas tenía clientes. Sí las cosas continuaban de ese modo, no iba a tener más remedio que cerrar.
—Nosotros nunca hemos salido de Colorado. Bueno, Allen sí. Él ha venido más veces.
Asentí porque ya lo sabía.
—¿Hay tiburones en Creta? —quiso saber John.
—Mar adentro. A la costa es poco probable que lleguen —le respondí.
—¿Pero han venido alguna vez?
—Alguna. ¿Te gusta nadar?
El chico se encogió de hombros.
—Me defiendo.
—En el hotel hay piscina, pero
