Capítulo 1
Adler Park, Bath, julio de 1816
Cuando lady Georgiana Cathworth abrió los ojos aquella mañana, jamás pensó las sorpresas que la vida le depararía a partir de entonces. La primera de todas: hacía un sol extraordinario. Y conociendo el clima de la vieja Albión, esto podría considerarse inusual de por sí, pero lo era aún más teniendo en cuenta los interminables días de lluvia y cielos rojos que venían dándose desde meses atrás, como si el mundo se hubiera quedado sin verano.
Sentada en la cama, soltó un largo suspiro y dijo:
—¡Gracias al cielo! ¡Un poco de sol! Si tengo que pasarme otra semana más encerrada en Adler Park por culpa de la lluvia me moriré de aburrimiento.
Su doncella, Amy, cinco años mayor, más menuda y delgada que ella, esperaba que abandonase el lecho extendiendo el fino batín de seda para cubrirla. Cuando entró a servir en la casa, siendo una niña, tenía el pensamiento de que la gente de la clase de los Cathworth jamás se aburría. Que, teniendo tantos placeres a su alcance, vivían siempre felices. Pronto se dio cuenta de que se equivocaba: sus vidas, con clima desapacible o no, eran a menudo tediosas, repetitivas y llenas de apariencias. Sobre todo en lo referente a las damas, que eran pájaros de hermosas plumas encerradas en palacios de oro.
Ella, al menos, tenía la libertad de salir al campo en sus ratos libres. Georgiana no podía cruzar un pasillo sin que hubiera veinte ojos vigilándola, y desde que había cumplido los diecinueve años y sido presentada en sociedad, aún más. A pesar de sus vestidos y sus sábanas del mejor tejido, no la envidiaba. Prefería dejarse la espalda sirviéndola que vivir en su piel; que soportar la constante vigilancia a la que la sometían su padre, el marqués de Adler, y su hermano Charles, futuro heredero de hasta la última cuchara.
Amy temía que algún día la muchacha, como llama de vela que se ahoga en su propia cera hasta que encuentra una forma de volver a brillar, desprendiese un fogonazo tan intenso que los cegaría a todos. Sin embargo, en contra de lo que pudiera esperarse, la joven seguía siendo disciplinada, y es que había recibido la mejor educación que pudiera esperarse para una señorita. No obstante, Georgiana tenía el permiso de su familia para ser abierta de mente y tener pensamientos propios, siempre y cuando estos no contravinieran a la que sería su única obligación con los Cathworth: obtener un matrimonio ventajoso para asegurar la estabilidad familiar.
La doncella la ayudó a ponerse el batín mientras le decía:
—Su prima quedó en venir a tomar el té. Sin duda tendrá un día animado.
—Lo había olvidado por completo —murmuró, y enemiga de las verdades a medias, reconoció al instante—: A ti no puedo mentirte, querida Amy, en realidad me he forzado a olvidarlo.
Siendo que las unía gran confianza, la doncella se sintió libre de hablar.
—Pero su compañía siempre le ha sido muy agradable.
—Siento que me cuesta hablar con ella ahora que se va a casar. No puedo evitar tener cierta envidia al escucharla enumerar las beldades de su futuro esposo o de su futura vida en Northumberland. —Apretó los labios tras una tortuosa exhalación—. Eso está muy cerca de Escocia. Sabes que adoro los paisajes escoceses. Ay, ¡envidia! —dijo consternada—. Qué mal pecado. Con lo mucho que la quiero. No se lo digas, por favor.
Sabía de sobra que no había forma dentro de las normas del decoro en la que una doncella fuese a chismorrear con la sobrina de un duque sobre lo que pensaba su amiga, que era, por otra parte, hija de un marqués. Claro que, si hablaba el dinero, podía haber excepciones, algo que no sucedía en este caso.
—Mis labios están sellados.
—Siempre has sido discreta con nuestros asuntos. No se puede decir lo mismo de otras doncellas, por eso me gustas tanto. —Georgiana se giró y la tomó de las manos con la familiaridad que tantos años juntas le habían otorgado—. ¿Crees que algún día seré tan afortunada como ella?
—Lo será mucho más, porque se casará con alguien mejor en rango y atractivo.
—El futuro marido de Violet es, que Dios me perdone por pensar así del prometido de mi amiga, escandalosamente guapo. Y además es marqués.
—Pues el suyo lo será aún más. Y, como mínimo, siendo usted la hija de un marqués, merece un duque.
—¡Como mínimo! —Georgiana rio, sintiéndose más animada, gesto que su doncella imitó de forma sincera—. ¿Crees que conoceré a algún otro duque la próxima temporada? Los que he visto hasta ahora eran todos viejos y aburridos. Y sus narices, demasiado grandes.
—No sabía que el tamaño de la nariz fuese tan importante.
—Y el de las pantorrillas. Detesto las que son pequeñas. Todo buen hombre que se precie ha de tenerlas, por lo menos, del tamaño de la cabeza de Horace.
Horace era el mayordomo y estaba dotado de una buena testa, por lo que volvieron a reír ante tal exageración.
—Ciertamente no eran muy agraciados, por lo que me ha referido.
—Tampoco los marqueses. Ni los vizcondes. Creo que el único vizconde del que podemos presumir hasta el momento es lord Caverty. Aunque... —Georgiana soltó sus manos, ceñuda—. Es como de la familia.
Georgiana adoraba al vizconde Caverty. Su propiedad, Lannely Manor, colindaba con Adler, por lo que se habían criado juntos. Siendo el mejor amigo de Charles, su hermano, compartían mucho tiempo y se había forjado una confianza tal que era como un hermano para ella. Pensar en él en términos de belleza se le antojaba extraño.
—¿Y cuál es el inconveniente?
—Que no podría evaluar su atractivo pertinentemente —respondió convencida—. Cada vez que lo veo pienso en Charles. Nos hemos criado tan unidos que me parece otro hermano mayor.
—Una lástima, porque es bien apuesto, y sus pantorrillas son, al menos, un tercio de la cabeza de Horace.
Georgiana a punto estuvo de soltar una sonora carcajada; en cambio, miró a la doncella con gesto suspicaz.
—¿Y desde cuándo te has fijado en tantos detalles?
—En una velada hubo que coserle una media, pues se le quedó enganchada en una silla que debía tener un clavo suelto —respondió, y no mentía—. Fue algo urgente y no pudo hacerlo la costurera, así que me encargué. No íbamos a dejar que fuera por toda la fiesta con un agujero.
—Pobre James... con lo presumido que es. Mi hermano podría haberle prestado una de las suyas.
—Su hermano, señorita, tiene las piernas más delgadas.
—Eso es cierto, sus dos piernas hacen una sola de las del vizconde. Ni con un arreglo podría haberse hecho el intercambio. —Aunque el físico de James era más abigarrado que el de Charles, hecho que se reforzaba con las largas caminatas que practicaba el vizconde, aquella era, de nuevo, una exageración—. Supongo que porque Caverty tiene antepasados escoceses. —Como con su doncella no tenía secretos ni medía sus palabras, dijo—: Imagínatelo con kilt...
Se miraron, siendo sus mejillas presas de un rubor casi escarlata a causa de lo lejos que habían volado sus imaginaciones. Pronto, Georgiana sacudió la cabeza y agregó:
—Pero es el mejor amigo de mi hermano y no es menester que pensemos en él así —zanjó—. ¿Has elegido ya un vestido para mí?
—El azul. Es perfecto para un día como hoy. ¿Desea vestirse ya?
Georgiana respondió afirmativamente.
Mientras Amy la ayudaba con el aseo y la vestimenta, hablaron sobre muselinas y encajes. Después, la dama, pues no dejaba de darle vueltas en la cabeza, retomó el tema anterior de la misma forma en la que lo había cortado.
—Además, tampoco es que lord Caverty sea el más guapo de los amigos de Charles. Piensa en Henry. O en Arthur.
A Amy le costó ubicarse, pero cuando lo hizo, asintió.
—Sin duda son los dos muy apuestos, aunque los ojos del vizconde tienen algo especial: su castaño es muy hermoso.
—¿Más que el añil de los de Arthur? Es tan exótico, y su cabello tan oscuro y brillante... —Tanto ella como la doncella guardaron una exhalación en exceso apasionada—. Sin duda es, de los amigos de mi hermano, el más apuesto. Aunque teniendo en cuenta su carácter, me pregunto quién será la desafortunada que sea su esposa. Ya sabes de su fama.
La doncella, prudente, trató de quitarle peso al asunto.
—Todos los jóvenes disfrutan de su libertad.
—No puede decirse lo mismo de nosotras. —Georgiana suspiró—. Aunque una cosa es disfrutar de ella, como hacen Charles o James, y otra lo que hace Arthur: está quemando la suya en una pira que puede verse desde Westminster. Deberíamos hacerlo venir todos los inviernos para ahorrar en troncos.
Rieron juntas una vez más; y mientras chismorreaban otro tanto sobre la fama del incorregible Arthur Belaford, la doncella terminó de ayudar a vestirse a su señora. Tras despedirse, la dama bajó a desayunar.
Capítulo 2
Georgiana estaba posando una cucharada de la fantástica mermelada de arándanos que Ruthy, la cocinera, magistralmente confitaba, cuando la puerta se abrió.
Por ella apareció Charles, con una expresión triste en su rostro de perfecciones casi apolíneas. Había infinidad de damas prestándole atención, pero él no estaba para esos asuntos: la enfermedad de su padre, el marqués de Adler, que lo había postrado en la cama desde hacía meses, y ese extraño clima que tantos problemas estaba dando lo mantenían ocupado a las riendas de todo antes de lo previsto. Al fin y al cabo, solo tenía veinticinco años. Entre la guerra, los estudios y la enfermedad no había tenido oportunidad de hacer su Grand Tour o de tomarse más tiempo de ocio del que pasaba en el club de caballeros con sus amigos. Y sospechaba que para la siguiente temporada estaría ya viajando a Londres para atender a sus obligaciones en el Parlamento en lugar de su padre. La vida iba más aprisa de lo que él habría querido.
Saludó a su hermana con un beso en la mejilla y alabó, como de costumbre, su belleza y el gusto de su vestido. Ella señaló lo bien que le sentaba aquella levita verde.
—Gracias, Georgiana —dijo Charles tomando asiento—. Vengo a contarte algo que te alegrará.
—Dime que con las lluvias se ha inundado la iglesia y no tendremos que ir a misa mañana.
Desde que el clérigo de toda la vida se retirase, los sermones se le hacían menos entretenidos, pues el nuevo no tenía su encanto y viveza.
—Por Dios, ¡hermana! —regañó él, en tanto que ella aguantaba una risa—. No digas eso.
—Lo siento, pero no puedo fingir entusiasmo alguno con el reverendo Willianson.
«A pesar de que a Amy le parezca terriblemente apuesto», pensó, para a continuación regañar mentalmente a su doncella: «Amy, tales pensamientos son indecorosos tratándose de un ministro de la iglesia. Un hombre respetable, un...».
—¿Georgiana?
Su hermano le había hablado sin que ella se percatase.
—Perdón, estaba absorta en recordar su último sermón.
—Te decía que hay que tener paciencia con él. Es joven y está recién llegado a la parroquia, ya aprenderá lo que nos gusta.
—¿No puedes traer a otro? Para septiembre se habrán ido todos a otra iglesia a causa del aburrimiento.
—Mucho mejor, así disfrutamos de más espacio durante los sermones.
Georgiana mordió su tostada, desahogando su frustración. Su hermano le dedicó una sonrisa mientras cogía una para untarla también.
—Qué mermelada tan exquisita —observó tras probarla—. Suerte que disponemos de buena despensa, ya se habla de escasez de víveres. Pero dejemos eso, no quiero enturbiar tu ánimo de buena mañana —suspiró, y cambió de tema—. He estado viendo a padre.
—¿Cómo lo has encontrado?
Charles, al contrario que su hermana, sí estaba dispuesto a mentir. No quería preocuparla, a pesar de que la gravedad de la salud de su padre era terrible. La enfermedad había llegado una vez más a Adler Park y había que ser muy iluso como para pensar que no se cobraría otra vida. Sin embargo, en lo cotidiano, prefería fingir que no era así, que aún había esperanzas. Hacerle a su hermana la vida más agradable. Cuando el marqués muriera, él sería su único protector hasta que encontrase un esposo adecuado.
—Bien. Ha tomado sus huevos cocidos, como de costumbre, y lo he dejado leyendo el periódico mientras criticaba a voz alzada a media Cámara de los Lores y otra media de los Comunes.
Ella rio de forma comedida. Le encantaba la vehemencia de su padre en cuanto a la política.
—Creo que echa de menos Londres.
—Tiene ese defecto, sí.
—Nunca te ha gustado esa ciudad, hermano, y no tendrás más remedio que convivir con ella.
—Será como una esposa mal escogida —murmuró con resignación.
—Entonces en el matrimonio tendrás que elegir bien o no soportarás tu vida. —Georgiana le lanzó un guiño mientras levantaba la taza de té, con finura, para beber despacio. Su hermano rio y ella dijo—: Iré a ver a papá más tarde.
—Se alegrará, sin duda.
—¿Era de él de lo que querías hablarme?
—No, quería comunicarte dos cosas: una tiene que ver con James y otra con la prima Violet. ¿Cuál quieres escuchar primero?
—Háblame de James, por favor. Los meses que pasa en Londres se me hacen terriblemente largos.
Charles alzó un poco las cejas, sorprendido. Sabía que Georgiana apreciaba a Caverty como si de su hermano se tratase, pero a juzgar por el tono, parecía que su añoranza fuera muy profunda.
—Diría que sientes celos del Parlamento.
—Me roba a los caballeros que me rodean y hace que todo el mundo se marche a Londres. Bath parece un sepulcro en esos meses.
Su hermano rio.
—Por San Jorge, qué exagerada eres. Aquí la temporada es igualmente bulliciosa y en los veranos sigue habiendo muchas oportunidades de hacer vida social. Demasiadas, en mi opinión.
—La gente más importante está allí y también las mejores fiestas. Londres es definitivamente superior.
Charles suspiró. Detestaba ese lugar.
—La propia reina Charlotte ha estado en nuestra ciudad en más de una ocasión.
—Estupendo, pues que Su Alteza se quede en Bath cuanto quiera. Yo daría mi fortuna por pasar una noche en Almack’s.
—Suerte que no puedes disponer de ella —le dijo con un guiño—, en cualquier caso: ¿quieres escuchar la noticia o vas a estar hablando de esa ciudad detestable toda la mañana?
Georgiana dio un bocado a su tostada y asintió, pensando en lo fastidioso que se ponía Charles con la gran ciudad. Le gustaba la vida en el campo, con la ventaja de tener cerca Bath, pero detestaba las aglomeraciones y opinaba que en las ciudades no había más que vividores y embaucadores. En eso se parecía muchísimo a su padre.
—James ha regresado ya y viene a visitarnos —dijo él.
—¡Qué maravillosa noticia! ¡Por fin!
—Pues esta te gustará todavía más: la prima Violet ha mandado mensaje urgente diciendo que su carruaje ha sufrido un percance y no podrá pasar a verte hoy.
Georgiana bebió un poco más de té, alegre por la primera noticia, aunque pestañeando extrañada a causa de cómo había referido su hermano la segunda. Mientras posaba la taza con esmero sobre el plato, preguntó:
—¿Por qué crees que me alegrará no ver a mi mejor amiga?
Charles la miró con media sonrisa. Conocía a la joven lo suficiente como para que sus gestos no le pasasen desapercibidos.
—La última vez que estuvo hablándote de su futura boda tenías la misma cara que la Medusa de Caravaggio.
—Cielo Santo, y la exagerada soy yo... —dijo ella aguantándose la risa.
—Tú no te viste, pero si vuelve a ocurrir te pondré un espejo delante.
—Muy bien, Perseo —se burló—, y dime, ¿qué le ha pasado al carruaje de la prima?
—Se ha quebrado una de las ruedas al intentar sacarlo de un barrizal donde se había atascado. Los caminos están casi intransitables. A ver si con el buen tiempo de hoy se secan un poco.
Georgiana iba a hablar del asunto cuando llamaron a la puerta. Era un lacayo con dos cartas urgentes para Charles. Preocupado, las tomó, dejando de lado su desayuno. Al abrir la primera, contrajo el entrecejo, pero ni por asomo fue tan pronunciado como con la segunda: habría podido sujetar una cuchara en el surco que se le dibujó. Ver crispado el rostro tan bello de su hermano alertó a Georgiana, que dejó de comer de inmediato.
—¿Qué sucede, Charles?
«Una catástrofe», pensó. Sin embargo, no podía verbalizar de ninguna de las maneras lo que la segunda carta transmitía. Georgiana no debía saber nada y se enfocó en hablarle de la primera, aplacando su nerviosismo con entereza.
—Me temo que he de marcharme inmediatamente a Londres. Hay problemas en nuestras propiedades.
Georgiana no solía importunar a su hermano preguntándole por asuntos de las tierras, así que no interrogó al respecto; no obstante, se mostró contrariada por su partida.
—Pero, Charles, con estas lluvias no es seguro hacer trayectos tan largos.
—Hablaré con James; siendo que acaba de regresar de Londres, él mejor que nadie podrá hablarme de cómo se encuentran los caminos.
—¿Y qué pasa con papá? Te necesita aquí.
—Lo entenderá. Al fin y al cabo, son asuntos de la familia.
—Empiezan los días de caza y nos han invitado a un sinfín de eventos. No podemos prescindir de ti.
—Nuestros amigos lo comprenderán. Además, empiezo a pensar que este año no será en absoluto buena. El guardés ya me ha dicho que este tiempo tan inusual ha hecho mella en la época de cría.
A Georgiana, los asuntos de la caza no la preocupaban tanto como las invitaciones a las fiestas que algunas familias hacían todos los veranos. La enfermedad de su padre la había obligado a interrumpir su primera temporada. Él, que lamentaba tal contratiempo, y sabiendo que su estado se prolongaría, a principios de junio había dado permiso para que la joven pudiera disfrutar de alguna fiesta. Sin Charles en Adler Park y sin su tía Agatha, la viuda McCreary, que se encontraba visitando a unos familiares en Escocia, no podría acudir a ninguna velada, pues eran sus habituales supervisores.
—¿Cuánto tiempo estarás fuera?
—No sabría decirte. Los viajes son algo imprevisible. Un mes, quizá menos.
—Un mes... —Se le hacía una eternidad.
—Lo lamento, querida hermana. —Charles se levantó—. Tus ganas de baile tendrán que esperar.
—Es mi primer año en el mercado matrimonial.
—Pero no el último —dijo él, con una sonrisa, acercándose a ella—. Entonces sí estaríamos en un apuro. Y no lo llames así, que tengo la impresión de que eres una hortaliza.
—Todo el mundo lo llama así —Georgiana suspiró. No era la primera vez que Charles se marchaba en medio de algo importante; ya debería de estar acostumbrada a sus ausencias, pero en esa ocasión se sentía más decepcionada que nunca—. Dime la verdad. Es un ardid tuyo y de la prima Violet para que no eclipse su compromiso.
—Sí, por supuesto. También nos unimos para orquestar la fuga de Elba de Napoleón.
—Te lo estoy diciendo en serio.
—En absoluto. —La tomó de las manos y, tras besar su dorso, la miró con franqueza—. Hay problemas en Londres, eso es todo.
A pesar de que le pareció sincero, frunció los labios con disgusto.
—Entonces iré contigo.
—Estaré muy ocupado como para acompañarte a las fiestas. Te aburrirás.
—Tenemos amigos allí que podrán escoltarme.
—No me fío de que hagas un largo viaje con este tiempo.
—Ah —Georgiana gruñó soltándose de él—. Una guinea por cada excusa que me das y tendría más fortuna que ningún hombre de esta tierra.
Charles iba a tratar de consolarla cuando un criado llegó anunciando a James.
—¿Quieres venir a saludarlo? Seguro que ha traído chocolates para ti. Siempre lo hace, aunque se gasta lo indecible.
Georgiana se levantó al momento.
—Él está pendiente de mis caprichos, no como mi hermano. —Le sacó la lengua.
—Qué insolente eres. —Charles rio, sabiendo que no era un ataque malicioso—. Debería dejarte encerrada antes de marcharme.
—No te atreverás, Charles Percival Cathworth.
—Yo no apostaría tu mejor vestido a lo contrario.
Georgiana abandonó la habitación antes que él, mentón alzado, mientras su hermano trataba de alcanzarla para tirarle del lazo trasero del vestido y así chincharla. A veces hallaban el momento de recordarse que hubo un tiempo en que no eran más que niños que jugaban por Adler, sin otra preocupación que el color del cielo; sin otra prohibición que la de no mancharse de hierba o no saltar en los charcos. Cuando la muerte aún no los había tocado llevándose a su madre y sus otros hermanos. Llevándose, como se llevaría pronto, al marqués, aunque Charles no quisiera pensar en ello.
Capítulo 3
Si el vizconde Caverty tuviera que elegir otro lugar sobre la tierra que le gustase más que Lannely Manor, su hermosa residencia, este sin duda sería Adler Park.
Adoraba la forma en la que la mansión se erguía como dueña y señora de una colina sobre el río Avon. Desde ella podía dominarse buena parte del paisaje, y las vistas desde la terraza trasera eran espléndidas. Su frontal tenía un bonito pórtico, con columnas toscanas, y a pesar de no ser muy alta, pues solo contaba con dos pisos sobre tierra, y la buhardilla, la esbeltez de sus blancas ventanas la hacía parecer enorme. En los días grises, cuando el sol se colaba caprichoso entre las nubes, iluminaba la propiedad haciendo que la piedra clara de sus muros brillase, emocionando con su magnificencia. Había bosquecillos de árboles centenarios circundándola y cada detalle en sus jardines había sido escogido minuciosamente. Solo cabía contener el aliento al mirarla. Incluso en aquellos días en los que el sol apenas iluminaba, y cuando lo hacía poseía una luz de lo más mortecina, se veía hermosa.
No obstante, el edificio o el resto de la propiedad no eran lo único que James amaba de Adler Park. En ella vivían tres de las personas más importantes de su vida: tres almas afines que habían sabido llenar sus pérdidas.
James había crecido siendo el menor de sus hermanos, que se contaban por siete. Tan elevado número alejaba la idea de que título alguno llegase hasta él, pero primero la consunción y después las fiebres lo habían dejado huérfano de padre, madre y hermanos. Murieron los dos últimos en 1814, cuando él estaba combatiendo bajo las órdenes de Wellington, y así fue como, a los veinticuatro años, heredó una casa enorme, solitaria y cargada de problemas que no sabía cómo resolver, pues no había sido educado para ello. Él era un militar, después de todo. Se le hacía más sencillo pensar en morir en el campo de batalla que en lidiar con títulos de propiedad y datos económicos.
Por suerte, el padre de Charles, amigo del suyo, tomó partido en su educación y lo ayudó a olvidar la guerra y convertirse en vizconde. No obstante, aún guardaba sus armas y uniforme, así como los recuerdos. Algunos felices, de historias de compañerismo; otros oscuros, que lo hacían despertarse en mitad de la noche envuelto en sudor. A menudo era difícil soportar los silencios en Lannely. Por eso, en cuanto regresaba de cumplir sus obligaciones en Londres, pasaba mucho tiempo en Adler Park o en Bath, para disfrutar en el club o pasar la soirée en los salones con Charles, Henry y Arthur. Todo lo malo se olvidaba cuando estaba en compañía de sus amigos. Igual que cuando estaba con Georgiana. La muchacha, tan vivaz, era un soplo de aire fresco. Le gustaba pensar que sus hermanas se le habrían parecido de haber sobrevivido a las fiebres.
Aguardó en el salón la llegada de ambos y, cuando los vio aparecer, recibió un abrazo fuerte de Charles y una genuflexión más formal por parte de la joven, aunque llena de entusiasmo. Georgiana lo observó por unos segundos, vigilando de no parecer des
