La venganza de Ken Malory

Nieves Hidalgo

Fragmento

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Prólogo

Texas. Rancho Siete Estrellas. 1869

Se estaba muriendo.

El hecho en sí apenas le importaba. Lo que sí le afectaba, lo que le hacía renegar era la frustrante sensación de haberle fallado a Lidia.

Desde el aciago día en que perdió a su esposa y al hijo que esperaban había tratado de vengarlos, y en ese momento, con la guadaña de la muerte cerniéndose sobre él, en lo único que podía pensar era en que no había cumplido su promesa.

Alguien hablaba a su lado, pero Kenneth Malory apenas captaba las palabras, los sonidos se desvanecían igual que las luces y los colores dejando a su alrededor un vacío, un frío contra el que ya no se veía capaz de luchar.

En imágenes superpuestas y aceleradas rememoró lo acontecido desde aquella tarde, cuando su vida dejó de tener sentido…

Había salido con el grueso de sus hombres para recuperar algunas cabezas de ganado dispersas por el valle. Esa destemplada madrugada nada indicaba que su mundo pudiese ponerse cabeza abajo. No quiso despertar a Lidia al marchar, pues la noche anterior se durmieron tarde, jugando ambos sobre el lecho revuelto como dos adolescentes, entre risas y caricias, haciendo después el amor de forma sosegada.

Lidia era una chiquilla, apenas había cumplido los dieciocho años; morena y delgada como los juncos del río, de piel suave, delicada, femenina. Una criatura capaz de convertir al mismísimo diablo en San Miguel Arcángel. Al conocerla, él había pensado que era justo lo que necesitaba, lo que le hacía falta después de haber participado en una guerra despiadada de la que guardaba infaustos recuerdos, que lo había marcado a sangre y fuego. Se enamoró de ella y fue correspondido.

Esperaban un bebé, faltaban apenas tres meses para el alumbramiento y él se sentía en el séptimo cielo desde que supiera la noticia. La vida les sonreía. Tenía veintiocho años, un rancho próspero, más de tres mil cabezas del mejor ganado y el tesón suficiente como para ampliarlo.

Pero la maldita tormenta que había estallado la noche anterior lo trastocó todo. Un rayo había destrozado una de las empalizadas, algunas reses escaparon y él había tenido que ausentarse para recuperarlas.

No le gustaba alejarse de su esposa estando ella en aquel estado, a pesar de que apenas existían conflictos en el territorio. Por otro lado, su rancho se encontraba alejado de la ciudad, lo suficiente como para que apenas recibieran visitas, aunque iban con cierta frecuencia al rancho de su hermana Vicky, felizmente casada con el bueno de Clay. Dejó a dos hombres de guardia: el joven Conrad y Bob Bradfort, un cascarrabias que ya había trabajado para su padre. Bradford conocía el rancho como la palma de su mano y, protestón o no, era eficiente en su trabajo, por lo que tenía su plena confianza y su aprecio.

Pero recuperar las reses había llevado más tiempo del previsto, el ocaso pintaba de rojo el horizonte cuando regresaron a Siete Estrellas agotados y sudorosos.

Fue su abuelo quien le diera nombre al rancho inspirándose en las creencias de los indios, por quienes siempre mostró un respeto que inculcó a sus descendientes: los lakotas hablaban de Siete Personas Originales y tenían Siete Fuegos de Consejo, y los pawnees se guiaban por la posición de las Siete Estrellas —las Pléyades— para determinar el año ceremonial.

Faltaba algo menos de media milla para llegar al rancho cuando distinguieron la columna de humo negro. Con el corazón oprimido por un miedo súbito, espoleó a su montura dejando al resto de sus hombres atrás.

La casa estaba en llamas.

Descendió del caballo con el nombre de su esposa en los labios, antes incluso de que el animal frenara la alocada carrera a la que lo había obligado. La visión de los cuerpos de Bob y Conrad, acribillados a balazos en la escalinata de la entrada, lo dejó paralizado unos segundos antes de lanzarse de cabeza hacia las llamas, que ya lamían los muros y el tejado, parte del cual se derrumbó apenas atravesó el umbral.

No escuchó nada salvo el latir desacompasado de su sangre, estaba sordo a las voces de sus hombres que, desesperados y puestos ya manos a la obra para intentar apagar el incendio, gritaban previniéndole sobre el peligro de un desplome total. Esquivando cascotes y vigas ardiendo cruzó el salón, con la esperanza de que Lidia estuviera a salvo de aquel desastre.

Al empujar la puerta del dormitorio se quedó clavado en el suelo.

Ella estaba allí, sobre la cama, con el vestido cubierto de sangre.

Le sobrevino una arcada y cayó de rodillas. Quiso morir en aquel instante. Cerró los ojos para no ver, pero la imagen de ella seguía allí, lacerándolo, atorando la rabia en su garganta, enloqueciéndolo. Lloró. Y se explayó furioso gritando contra todo y contra todos, incluyendo a Dios, por haber permitido semejante barbarie.

Doblado sobre sí mismo, medio ahogado por el humo que le impedía respirar, no encontró fuerzas para incorporarse. Fue su capataz quien, con riesgo de su propia vida, lo sacó de aquel infierno. En cuanto pisó el porche se derrumbó y no supo más. Ni siquiera se enteró de que sus muchachos rescataron el cuerpo de su esposa antes de que el fuego consumiese la vivienda por completo.

Al despertar, minutos más tarde, la casa no era sino unos cuantos muros ennegrecidos de los que continuaban saliendo volutas de humo. Preguntó por Lidia y le indicaron el granero. Rechazó la ayuda de uno de sus jornaleros para llegar hasta allí, aunque le ardía la garganta, sus piernas parecían de gelatina y caminaba a trompicones.

Habían colocado los cadáveres en el suelo, cubriéndolos con mantas. Volvió a ser presa de las náuseas, pero se rehízo para llegar hasta el cuerpo de su esposa. Lo descubrió, se dejó caer de rodillas y acarició su rostro con mano trémula. Salvo por la sangre del vestido, ella parecía dormida.

No recordaba haber llorado desde que fuera un mocoso, una vez que vio a su abuelo dispararle a un caballo que se había roto una pata, pero en ese momento las lágrimas se le desbordaban sin control, sin vergüenza alguna, como el único consuelo para soportar el horror.

Los enterraron en la pequeña colina que dominaba el valle. Él mismo cavó las tres tumbas aquella misma noche, negándose a que lo ayudaran, como si agotarse en la penosa tarea fuera un modo de expiar su culpa por no haber estado en el rancho cuando fue atacado, por no haber estado donde debía para protegerlos.

Al alba hicieron recuento porque, además de sembrar la muerte, los asesinos les habían robado: faltaban seis hermosos caballos. Los asaltantes de Siete Estrellas no dejaron testigos, pero sí pistas. Y una tenía firma: la de un inconfundible mustang de color café con el morro blanco, un magnífico animal de buena alzada e impetuoso que él mismo había cazado y domado personalmente para regalárselo a su esposa. Arion, que así lo llamó Lidia, era una montura fácil de rastrear, le ayudaría a encontrar a los asesinos y se juró dar con ellos, aunque fuera lo último que hiciese en la vida.

Dejó la reconstrucción de su casa en manos de su hermana y su cuñado, el gobierno del rancho a su capataz y, apenas dos días después de enterrar a su esposa, salió en busca de los criminales.

Sus pesquisas dieron fruto un poco más tarde, en un pueblo cercano, donde algunos paisanos le dieron cuenta de haber visto pasar a cinco forasteros conduciendo media docena de caballos, uno de los cuales respondía a la descripción del mustang.

Poniendo a prueba la virtud de la paciencia, que aprendió durante su estancia entre los comanches cuando era un chiquillo, Ken fue interrogando a cuanto hombre, mujer o niño se fue encontrando en su camino. Volvió a acompañarlo la suerte algo después, al enterarse del nombre del sujeto que, al parecer, comandaba el grupo de criminales: un tal Larry Timms, más conocido como Tuerto aunque, según le dijeron, veía a la perfección con ambos ojos.

Averiguar la identidad de los restantes componentes de la banda no fue difícil, habían ido dejando más muertos a su paso, se los buscaba por robo de ganado, por el asalto a una diligencia, y tenían puesto precio a sus cabezas.

Dos meses después de empezar a rastrearlos se dio de bruces con el primero de sus enemigos, un hombre alto, desgarbado, de rostro cetrino y ojos oscuros, llamado Will Williams. Al parecer, la banda se había separado, cada cual había tomado su camino tras repartirse el producto de sus últimos hurtos, y aquel fulano viajaba solo.

Anochecía cuando llegó al pueblucho donde le dijeron que habían visto a Williams. El lugar no era más que una calle polvorienta, cuatro casas, una taberna sobre cuya entrada se mecía un tablón agujereado en el que se leía Molly’s, y un almacén que, si se fiaba de la cruz colgada a un lado, debía hacer también las veces de iglesia. Un poco más allá, un cochambroso cuchitril parecía ser la oficina del sheriff.

Ató su montura y entró en la cantina, ocupada a aquellas horas por unos pocos parroquianos, se acercó al sucio mostrador y preguntó por el hombre al que buscaba. El dueño del local, un sujeto de abundante cabellera despeinada y prominente barriga cubierta por un mandil de color indefinido, pasó un trapo sobre la desgastada madera tras estudiarle de arriba abajo. Sus ojos oscuros se desviaron hacia el revólver que Ken lucía en la cadera derecha, demasiado bajo, y no se pensó mucho de qué lado tenía que estar.

—Habitación número tres —contestó—. ¿Le sirvo algo antes?

—Déjelo para luego.

En la cantina se había hecho el silencio. Lo normal, porque su llegada debía suponer, con toda probabilidad, el único hecho interesante de aquel día. Nadie le quitaba los ojos de encima, pero ninguno le cortó el paso cuando se dirigió hacia la escalera. Eso sí, un par de jugadores del cuarteto que componía una mesa de póker, tiraron sus cartas y abandonaron el local.

Ken subió muy despacio, con la sangre espesándose en las venas, deleitándose incluso con el ruido de los tacones de sus botas haciendo rechinar los escalones, ansiando el momento de encontrarse cara a cara con su enemigo. Se paró frente a la puerta marcada con el número indicado y tomó aire. Desde el interior del cuarto le llegó el eco de una risa femenina y las palabras soeces de una voz de varón. Abrió la puerta de una patada haciendo que rebotara contra la pared.

El sujeto al que buscaba, que se encontraba de pie, sin pantalones y con el calzón interior a medio bajar, dio un brinco al verlo aparecer.

—¡Qué demonios...!

—Oye, guapo —protestó la chica—, espera tu turno.

Una sonrisa forzada estiró los labios de Malory, pero en su mirada no había rastro de humor mientras su mano derecha acariciaba la culata de su revólver.

El tal Williams, de pronto, pareció tener mucha prisa en volver a subirse la ropa. A Ken le daba igual, porque le importaba una mierda mandarlo al infierno en pelotas.

—¡Ey, amigo, cálmate! —pidió el cuatrero.

—Fuera —ordenó Ken a la muchacha en un tono que no admitía réplica, sin perderlo de vista.

Ella, lo mismo que el dueño del tugurio donde trabajaba desde hacía un año, sabía distinguir a los hombres, a fin de cuentas vivía de ellos. Y el que acababa de aparecer no admitiría más que obediencia. Se cubrió con rapidez y salió a toda velocidad.

Con un gesto, Ken le indicó a su oponente que tomara la pistola que descansaba sobre la coqueta.

—¿Qué mosca te ha picado, muchacho? ¡De qué va todo esto, maldita sea! —Williams no disimulaba su nerviosismo, pero al tiempo se acercaba con precaución y pasos medidos a su cartuchera—. Ni siquiera te conozco.

—¿No recuerdas a una joven morena y embarazada, en un rancho cerca de Austin?

El otro tuvo un sobresalto, pero acostumbrado a una vida de peligro donde un segundo equivalía a seguir respirando o morir, no se preocupó de hacer más averiguaciones: estiró la mano, alcanzó su arma y su dedo se curvó en el gatillo.

Kenneth no le dio ninguna oportunidad. No podía ni quería dársela. Desenfundó en un segundo, disparó y la bala se alojó en el vientre de su rival, que se dobló sobre sí mismo, escapándosele el revólver entre los dedos.

—Mi esposa te manda sus saludos, cabrón.

Sin hacer caso de los gritos lastimeros del herido pidiendo un médico le dio la espalda y bajó la escalera despacio. Ningún matasanos podría salvarle la vida a aquel hijo de perra, que tardaría horas en ir al encuentro de Satanás.

En el saloon seguía sin oírse ni el vuelo de una mosca y todas las miradas rehuyeron la de aquel sujeto alto y vestido de oscuro que, con paso tranquilo, se acercó a la barra.

—Whisky.

Esperando a que le sirvieran, se acodó en la madera y echó un vistazo al local.

—¿Ha llegado a pagarte por tus servicios? —preguntó a la chica que expulsara del cuarto. Al ver que negaba, depositó un par de monedas sobre el mostrador, que el cantinero se apresuró a recoger, y dejó dos billetes que empujó hacia ella—. Siento las molestias.

Vació su bebida de un trago y abandonó el garito para dirigirse hacia la oficina del representante de la ley. Tenía que cobrar los quinientos dólares por la captura de Will Williams. «Vivo o muerto», rezaba el cartel pegado en el tablón de anuncios que arrancó antes de empujar la puerta.

—Por supuesto, muerto —murmuró entre dientes.

***

Por desgracia, su siguiente objetivo no estaba solo, sino acompañado por dos compinches. La ira nunca era buena consejera, se debía mantener la cabeza fría y todos los sentidos alerta. Pero él no actuó con sensatez en aquella ocasión, la rabia lo dominaba. Ni siquiera reparó en los dos fulanos, solo en Brandon Potters, porque el velo rojo que le cubría los ojos, el de la furia que no remitiría hasta que hubiese matado a toda la banda de Timms, no le permitió proceder con la frialdad necesaria. Tras meses de búsqueda, harto de tragar el polvo de los caminos, de dormir en tugurios infestados de chinches y comer lo primero que le ponían en el plato, su rabia había aumentado. Tal vez por eso solo se centró en quien quiso ver: uno de los hombres que mataron a su esposa.

El tipo se reía a carcajadas y babeaba sobre el rollizo cuerpo de una mujerona sentada en sus rodillas.

—¡Potters!

De inmediato, el sujeto hizo a un lado sin consideración alguna a la mujer y echó mano a su revólver.

No fue lo bastante rápido. La bala de Malory le entró por el ojo derecho lanzándolo contra una de las mesas de juego, que volcó.

Ken no tenía nada contra los otros dos individuos, ni siquiera sabía que iban con el hombre al que perseguía, pero ellos se sintieron amenazados, de modo que desenfundaron y dispararon casi al unísono, alcanzándolo de lleno en el pecho.

Por eso se estaba muriendo.

Se preparó para ir a rendir cuentas al Altísimo y maldijo en su fuero interno haber caído de forma tan lamentable, como podría haberlo hecho un novato. Lo que era peor, sin llevar a cabo el ajuste de cuentas que prometió ante la tumba de Lidia.

Abriéndose paso a través de la negrura que iba amortajándolo creyó oír una voz, airada y exigente, que le exhortaba a no rendirse.

—Resiste, Ken. ¡Condenado seas, resiste!

La identificó enseguida porque era un tono decidido que conocía muy bien, y sus labios se estiraron en una mueca que pretendió ser sonrisa. Con esfuerzo, abrió los ojos para encontrarse con el rostro preocupado y lloroso de su hermana Vicky.

—Hola, mocosa.

—No hables, solo aguanta.

—No sé, no sé… Duele como mil diablos.

Notó que le cortaban la camisa y lo lamentó, porque incluso ahora, en situación tan postrera, pensó con un atisbo de ironía que era una lástima perder una prenda que le gustaba.

—¡Ni se te ocurra morirte, Ken! —siguió ordenándole su hermana—. ¿Me oyes? ¿Me oyes, Ken? Si te mueres, soy capaz de... de... ¡¡de matarte!!

¿Habría oído de verdad su quejumbrosa carcajada antes de que todo desapareciese para él?

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Capítulo 1

Boston. 1870

Abby secó las plumillas, tapó el tintero y se limpió las manos, recogiendo después todo lo que ya no le era necesario. Apiló las hojas que acababa de escribir, su último artículo, se masajeó la nuca y se reclinó en la silla. Un mechón de cabello rubio, casi blanco, le cayó sobre los ojos y lo sopló, echándoselo hacia atrás. El gesto, infantil e irritado, no le pasó desapercibido al sujeto apostado al otro lado de la oficina.

Sin otra intención que deleitarse con la graciosa figura de la muchacha, John Crafford la observó a placer mientras ella se levantaba para acercarse; sus ojos grises chispeaban de satisfacción, como cada vez que finalizaba un buen trabajo.

—No deberías mirarme de ese modo, Johnny, viejo buitre —bromeó ella, sentándose en una esquina de la mesa—. Es malo para tu salud y no quiero que Emy me eche la culpa de que te pase algo.

—¿Qué tiene de malo alegrarse la vista con una mujer tan bonita como tú, Abby? —respondió tras una larga carcajada—. Soy un pobre viejo que ya no tiene recorrido. Además, sigo enamorado de mi mujer.

—Bonita. ¡Bah! Sobre todo así, con un mandil lleno de tinta y la cara tiznada.

—Incluso así, manchada, tu naricilla resulta de lo más atractiva.

Abby St. James aceptó el cumplido porque no dejaba de ser un requiebro sin ninguna doble intención, y se pasó un dedo por la cara para borrar la presunta mancha de tinta. Conocía a John desde hacía cuatro años, cuando entró por primera vez en la oficina pidiendo una oportunidad para hacer lo que más le gustaba en la vida: ser periodista.

En ese tiempo John había pasado ya la barrera de los sesenta, toda su vida había transcurrido entre papel y tinta, estaba cansado y andaba buscando un ayudante. Claro que nunca se había planteado contratar a una muchacha que parecía recién salida de la escuela. Le había lanzado una mirada paternal y desestimado su ofrecimiento con buenas palabras, pero ella sabía lo que quería y tenía agallas para luchar por ello; a pesar de aparentar fragilidad no se había dejado amilanar por la negativa, muy al contrario.

—Soy capaz de escribir excelentes artículos si me da la ocasión de demostrárselo. Y también puedo ilustrarlos.

Esa última oferta de realzar el texto con dibujos le interesó y acabó aceptándola. Al principio, John le había encomendado pequeños artículos de sociedad, noticias sobre espectáculos, necrológicas y alguna columna más de entretenimiento para los lectores, que —como ella siempre le recriminaba— nadie leía.

Abby nunca se callaba lo que pensaba. Le agradecía haber sido contratada porque era su auténtica vocación, heredada de su tío Thomas, a quien toda la familia había tildado siempre de juerguista, borracho y soñador. Por ese orden. Pero, sobre todo, de loco.

—Es posible que también yo tenga esa vena de locura —solía decirle a John con buena dosis de humor—, porque desde muy pequeña quise seguir sus pasos.

Poco a poco, a pesar de todas las trabas y limitaciones con las que tuvo que lidiar por razón de su sexo, Abby fue demostrándole al director del Herald Mirror, aquel pequeño periódico que intentaba abrirse camino entre los grandes, como el Boston Herald, su innegable capacidad para conseguir arrancar buenos reportajes de investigación, escribiendo excelentes artículos que aumentaron las ventas. Desde chiquita había sido entusiasta de cualquier novela con tinte policíaco, su personaje preferido era Auguste Dupin, el primer detective de ficción creado por la pluma de Edgar Alan Poe, y su historia de cabecera Los crímenes de la calle Morgue, publicada hacía treinta años. Se le daba bien descubrir los trapos sucios y se dedicó a ello con ganas, sin dejar de lado los artículos de sociedad que tanto odiaba.

Lo único malo de todo el asunto era tener que firmar sus trabajos «policíacos» como H. L. ―utilizando las iniciales de su segundo nombre, Helena, y del apellido de soltera de su madre, Lawson―. Era el único modo de guardar en el anonimato su verdadera identidad, haciendo creer a los lectores que se trataba de un hombre. Pero era eso o nada, porque aún no era aceptable que una dama destacase en según qué cometidos, no quería preocupar a su familia y, además, el viejo Crafford se negó a permitir que se pusiera en el punto de mira de los corruptos a quienes acosaba. Su último trabajo, de hecho, había levantado ampollas. Tras su publicación, uno de los hombres de confianza de Nathaniel Bradstreet Shurtleff, alcalde de Boston, Miles Manson, fue cesado y acusado de malversación gracias a lo que ella había descubierto. Desde que Bradstreet fuese nombrado alcalde los gastos municipales se habían estado disparando, en parte por su poco acertada política, en parte porque Manson desviaba dinero a sus negocios personales.

Manson era un tipo desaprensivo en toda la extensión de la palabra. Un sujeto que no le hacía ascos a ningún asunto que le reportara buenos beneficios: contrabando, prostíbulos, mercancías robadas, incluso coqueteaba con asesinos. Despechado, había tomado represalias contra el periódico, llegando a enviar sicarios para que destrozaran las oficinas, lo que les supuso dos semanas de no poder sacar el diario a la calle. Además, juró vengarse del «chupatintas» que había escrito el artículo. Abby, por primera vez en su vida, agradeció no haber firmado con su nombre real. En cualquier caso, a pesar de la lógica preocupación, ni ella ni Crafford cesaron en su empeño profesional porque, para ellos, lo primero era la noticia.

—Deberías marcharte ya —aconsejó la joven—. Emy va a echarte los perros si llegas tarde a casa. O me los echará a mí por entretenerte.

—Ya está acostumbrada —repuso él, al tiempo que sacaba el reloj del bolsillo del chaleco y lo miraba—. Pero sí, debería irme.

—Ya cierro yo, no te preocupes.

—No me gusta que te vayas sola a estas horas.

—¡Vamos, John! ¿Qué me va a pasar? Ya no soy una niña y estoy a pocos minutos de casa.

Él acabó por dejarse convencer, recogió el abrigo y el sombrero y se acercó a ella para darle un beso en la mejilla.

—Buenas noches, pequeña.

—Hasta mañana. Dale recuerdos a tu esposa.

A solas ya, la joven ordenó la mesa de su jefe, cubrió las máquinas, dio un último vistazo a la oficina y se puso abrigo y sombrero. Al abrir la puerta, se coló una ráfaga de viento frío que la hizo renegar. Estaban a finales de abril, pero el tiempo se mostraba más desapacible que de costumbre. Rezando para que no empezara a llover, sujetó el bolso debajo del brazo y echó a andar calle abajo.

Inhaló una bocanada de aire fresco y sintió la misma opresión de siempre al pasar junto a los altos edificios. Boston la agobiaba. Las casas de cuatro y cinco plantas apenas permitían ver otro horizonte que no fuese el del ladrillo. A ella le gustaba la amplitud de los espacios abiertos, la inmensidad de los verdes campos; la ciudad le provocaba la sensación de estar encerrada entre cuatro paredes.

Sus tiempos más felices se remontaban a la infancia, cuando pasaba los veranos en la propiedad de su tía Winnie, junto al lago Erie. Por desgracia, su tía había muerto el mismo día en que ella cumplió los quince.

Atravesó la calle, desierta a esas horas, y caminó con paso decidido por la acera que daba a la barroca Old North Church, fundada en 1723, durante la época colonial británica. El viento racheado estuvo a punto de hacer que el sombrero saliese volando y renegó por lo bajo mientras aceleraba para llegar cuanto antes a casa de su hermana y su cuñado, desde que decidiera divorciarse.

Esbozó una mueca al recordar el escándalo mayúsculo que ocasionó aquella decisión por su parte. Porque lo había sido. Mayúsculo. En otra ciudad con ideas menos conservadoras no hubiese tenido tanta repercusión, pero... ¿en Boston? En Boston eso era impensable.

Jeremy Preston había sido su galante y adorable admirador desde que ella tenía catorce años, siempre atento, regalándole flores o bombones y pendiente de ella. La familia Preston era una de las más importantes de la ciudad e igualaban en poder y riqueza a la suya, de modo que todos dieron por sentado que estaban destinados a unir sus fortunas. También ella acabó convenciéndose de que Jeremy era un buen partido y, además, le gustaba. No es que estuviera locamente enamorada de él, pero le agradaba lo suficiente como para aceptar que pidiera su mano. Contrajeron matrimonio una semana después de que ella cumpliera los diecisiete años. Y con la pomposa ceremonia a la que acudió la flor y nata de Boston, de la que se hicieron eco todos los periódicos, su vida se fue al traste. Le parecía mentira cómo habían ido sucedido las cosas...

Jeremy dejó de ser el caballero de brillante armadura que la cortejara, para convertirse en un esposo obsesionado en no dar que hablar y seguir las estrictas normas sociales que su clase le exigía. Aquello que le había parecido una novedosa iniciativa durante el noviazgo —su amor por el periodismo—, se tornó de pronto en una estupidez de tomo y lomo que no iba a admitir en modo alguno. No solo acabó por vigilar sus idas y venidas, sino que le prohibió hablar de reportajes. Y eso, unido a la desidia de su marido en las relaciones íntimas, un completo fiasco por incomparecencia en la cama, acabó por hacer que tomara una decisión. Porque, aunque no había tenido experiencia con otros hombres antes de la boda, a lo que ellos jugaban nada tenía que ver con lo que una pareja enamorada debía hacer en el lecho. La convivencia entre dos personas de sexo opuesto no se podía limitar a un frío beso al marcharse al trabajo —Jeremy manejaba con éxito el bufete de abogados de su familia—, o una sonrisa igual de fría al regresar a la hora de la cena; el matrimonio de sus padres estuvo repleto de caricias y risas cómplices y el de su hermana discurría por la misma senda. Ella, aunque práctica, tenía también una vena romántica que no quería sepultar, así que había intentado con todo su empeño salvar su matrimonio. En vano. Jeremy, cuando no llegaba muy cansado —hecho que sucedía casi siempre—, se limitaba a apagar las luces, meterse en la cama y hacerle el amor —o como se quisiera llamar a un par de jadeos rápidos—, como si se tratara de una obligación.

Podría incluso haber vivido con eso. Pero no con las exigencias de un marido que le prohibía, cada vez con mayor virulencia, que le gritaba y amenazaba para que abandonara el periódico de John, en el que había comenzado a trabajar sin pedirle permiso. Fue la gota que colmó el vaso de su paciencia —siempre poca—, de modo que se dirigió a un bufete e inició los trámites del divorcio.

Ambas familias pusieron el grito en el cielo, como era de esperar. Un divorcio en la conservadora y austera sociedad de Boston era casi tan ignominioso como cometer un crimen. Y ella lo había cometido.

Melissa, su hermana mayor, no quiso ni oír hablar de que se quedara a vivir sola, de manera que no le quedó más remedio que trasladarse a su casa. El bendito Ted Barrymore, su cuñado, la recibió con los brazos abiertos y, por fortuna, era de una pasta que nada tenía que ver con la de Jeremy, tenía un carácter más abierto y permisivo, y no puso impedimento alguno para que ella continuara colaborando en el Herald Mirror, incluso animó a que lo hiciera.

Con veintidós años ya, era una mujer adulta, sabedora de sus propios defectos y, quizá, incluso más tozuda que en aquellos años pasados. Pero libre. Después de recobrar su propio apellido se juró que ningún hombre volvería a controlar su vida ni le diría lo que tenía o no tenía que hacer.

Abstraída como iba en sus recuerdos, un inesperado sonido a su espalda la obligó a dar un respingo y volver la cabeza.

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