Bonjour, mi amor (Amour en Lyon 1)

Ana E. Guevara

Fragmento

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Capítulo 1

—¡Qué frío hace! —fue lo primero que solté al bajarme del avión en la terminal 2 del aeropuerto de Saint Exupéry.

El avión que me había traído en vuelo directo desde Barcelona era uno de esos pequeños con hélices en vez de motores, y por lo visto, los pasajeros de dichos aviones no teníamos derecho a llegar directamente a la terminal. El avión se había quedado aparcado en lo que a mí me pareció el medio de la pista, y tuvimos que ir a pie hasta el edificio principal.

Mal empezábamos, Francia, pensé mientras me levantaba el cuello de la chaqueta para proteger mi nuca del viento que soplaba inclemente. Claro que parte de la culpa también era mía, porque había decidido mudarme al país vecino en pleno mes de febrero, y dada la cercanía de los Alpes, no es de extrañar que ahora tuviera doce grados menos que en Barcelona y yo estuviera helándome.

Tras varios bonjour y merci dichos a todo aquel que se me quedaba mirando, por fin conseguí llegar a la zona de recogida de equipaje. Llevaba dos maletas en las que se podía meter un pívot de baloncesto dentro, pues una cosa era tener que mudarme de forma improvisada, y otra muy distinta era hacerlo sin llevar la ropa adecuada.

Al pasar por las puertas automáticas del aeropuerto vi mi imagen reflejada en ellas y me dije que se notaba a la legua que era española. Pelo castaño formando unas ondas desordenadas por encima del hombro, ojos marrones y labios gruesos. Un metro sesenta de pura alegría española, me dije antes de que las puertas se abrieran y yo comenzara mi aventura francesa.

Mi historia es la de cualquiera en esta maldita época que nos ha tocado vivir, estudié una carrera que apenas tiene salidas laborales pero que a mí me encantaba: Filología Hispánica. Tras varios años dando tumbos en institutos marginales donde fui perdiendo poco a poco mi vocación, y tras suspender dos oposiciones seguidas y quedarme sin trabajo por los recortes en educación, decidí probar suerte ampliando mis horizontes. Y fíjate si se ampliaron que decidieron cruzar la frontera norte del país y acabar en territorio vecino.

Había un puesto de profesora de Español en un collège, con incorporación inmediata, pues el profesor anterior había sido diagnosticado de cáncer y estaría de baja al menos un año, así que decidí mandar el currículo. Total, lo había enviado ya hasta al Ikea de Sabadell, no pasaba nada por buscar suerte en otro país. Y eso fue justamente lo que sucedió, que, por primera y casi única vez en mi vida, tuve suerte en algo y fui la elegida. La entrevista fue por Zoom, porque ni yo pensaba ir hasta Lyon para que me dijeran que no, ni ellos estaban dispuestos a pagarme el billete de avión. Les gusté, me gustaron, y dos días después estaba firmando un contrato de un año como profesora nativa de Español.

Y así, amigas mías, fue como una chica del extrarradio barcelonés aterrizó en Lyon con el curso ya empezado.

* * *

Mover dos maletas que pesaban casi lo mismo que yo, primero en tranvía y luego en metro hasta el centro de la ciudad, no fue nada fácil, pero mi aventura no había hecho más que empezar. Con tan poco tiempo para buscar piso me tuve que quedar con lo que me propusieron desde el collège: un piso compartido en el barrio de la Croix Rousse, que por lo que pude saber gracias a Google, es la zona bohemia de Lyon, donde viven los artistas y los domingos hay brunch en todos los restaurantes.

Está bien, podía vivir con eso, me dije. Lo que yo no sabía era que ese barrio está en cuesta, pues se asienta sobre una colina, y mi piso quedaba en lo alto de una de esas subidas. Dos maletas, una cuesta y una mujer de sesenta kilos. Nunca fui muy buena en matemáticas, pero el cálculo lo hice rápidamente: iba a ser una tortura llegar hasta mi alojamiento.

«Ahora es cuando aparece el apuesto francés que echa una mano a nuestra desvalida protagonista», estaréis pensando, ¿verdad? Pues no, ahora es cuando se pone a llover. Porque esto es Francia, y porque como ya os lo he dicho antes, soy una persona con muy mala suerte.

Llegué a la puerta del piso empapada, agotada y de muy mal humor. Era un inmueble de cinco plantas construido en sólida piedra, posiblemente a finales del siglo XIX o principios del XX. Por fuera me gustó, tenía algo de esa decadencia francesa que se ve en las películas, y no estaba mal conservado del todo. Solo recé porque el edificio tuviera ascensor, o mi piso estuviera en un primero.

Llamé al interfono «Gaillard», que según me dijeron mis nuevos jefes esa iba a ser mi compañera de piso, y esperé pacientemente. La puerta se abrió con un clic y yo me deslicé al interior para aparecer en un pasillo relativamente mal iluminado con una serie de buzones alineados a la derecha y una preciosa escalera de piedra al fondo. El suelo era de baldosas hidráulicas que mostraban un intrincado diseño. Me gustó. A pesar del frío, de la lluvia que goteaba por mi frente y por mi espalda, me gustó.

—¡Hola! —me dijo una voz amigable por el hueco de la escalera—. Es el tercero, el ascensor está justo ahí detrás.

«¡Ascensor!». Estaba salvada. Metí mis maletas y me di cuenta de que no había espacio para que entrara yo, a menos que me sentara encima de ellas, cosa que hice sin dudarlo, porque no pensaba subir hasta el tercero tras haber cargado esas dos monstruosidades cuesta arriba yo sola.

Cuando la puerta se abrió en el piso correspondiente, me di cuenta de que no estaba sola, allí me estaba esperando una joven de más o menos mi misma edad, con el pelo rubio lacio casi hasta mitad de la espalda, unos preciosos ojos azules y una nariz respingona.

—Hola, me llamo Julie —dijo tendiéndome una mano que yo estreché por pura inercia, pues ya me estaba acercando a darle dos besos, menos mal que me contuve a tiempo.

—Yo soy Ana.

—Ven, te ayudo a meter tus cosas en casa para que entres en calor.

—Sí, por favor.

El piso era pequeño pero muy coqueto: suelo de parqué de cien años, grandes ventanas que daban a la calle y colores suaves. Pocas cosas, pero elegidas con gusto y una sensación hogareña que se respiraba en todos los rincones.

—Esa es tu habitación —dijo mi anfitriona señalando una puerta a la derecha del pasillo en el que me encontraba ahora—. Allí está el salón, que está abierto a la cocina, el baño, el váter y esa de ahí es mi habitación. No es muy grande, pero es suficiente. Puedes ponerte cómoda, o cambiarte mientras yo preparo algo caliente. ¿Prefieres té o café?

—Un té estaría bien, gracias.

Arrastré mis maletas, con miedo de dañar el parqué, hasta mi cuarto. Julie tenía razón, no era nada del otro mundo: una cama pegada a la pared cercana a la ventana, un armario empotrado, una mesita de noche y un escritorio con su correspondiente silla. Pero había una viga de madera maciza que cruzaba una parte del techo y mi ventana daba a un patio interior tan bonito como el exterior del edificio. Coloqué una maleta encima de la cama y rebusqué como una posesa un pijama polar que me había comprado justo antes de venir. Si Julie iba a ser mi compañera de piso más le valía irse acostumbrando a verme con esas pintas, pues no soy de las que se arregla para estar en casa.

Cuando salí, ella ya me estaba esperando sentada en el sofá con las piernas cruzadas en la postura del loto. «Una chica flexible», pensé mientras sentía dolor en mis articulaciones solo con mirarla. Levantó una ceja, divertida, al verme con mi atuendo, pero no dijo nada, simplemente dio un sorbo a su bebida y ocultó su rostro tras su taza.

—¿Qué tal el viaje?

—Bien, desde Barcelona no son ni dos horas de avión. He pasado casi tanto tiempo volando como tratando de llegar desde el aeropuerto hasta aquí.

Ella soltó una risa cantarina. «Así es como deben reírse las hadas», pensé.

—Podría haber ido a recogerte, pero no sabía el horario de tu vuelo.

—No pasa nada; además, me ha venido bien para ir practicando el francés.

—Lo hablas bastante bien, con acento, pero no está mal. No sabía que a los españoles se os daban tan bien los idiomas.

—¡Y no se nos dan! —respondí divertida—. Mi madre se educó en un colegio de monjas donde el francés era obligatorio, y, desde entonces, piensa que toda mujer que quiera ser algo en la vida debe aprenderlo. A mí me apuntaron a clases de francés; y a mi hermano, de alemán.

—¿Y habla tan bien como tú?

—¡Para nada! Lo único que sabe decir en alemán es Bayern de Múnich y Heineken.

Las dos nos reímos de buena gana. Pasamos la siguiente hora poniéndonos al corriente de la vida de la otra y cómo había conspirado el universo para que acabáramos compartiendo piso en ese barrio lionés.

Julie era la menor de tres hermanas y era bailarina en la Ópera de Lyon, que no se encontraba demasiado lejos de donde estábamos ahora. Su anterior compañera se había mudado con su novio hacía un par de meses y estaba encantada de volver a compartir piso con alguien.

También me puso al corriente de los demás habitantes del inmueble. El ático lo ocupaba madame Lamberet, la dueña del edificio, una señora de unos setenta años bastante excéntrica. Su marido era un gran industrial textil que había muerto unos años antes y le había dejado en herencia una suma importante de dinero. No tenía hijos y las fiestas que daba en su casa eran famosas en todo Lyon.

En el cuarto A vivía una pareja de mediana edad, ella trabajaba en el hospital Edouard Herriot y él era conserje en un colegio. El cuarto B estaba ocupado por un joven artista. Se sabía poco de él, pues apenas abandonaba su piso, pero según los rumores, tenía mucho talento.

En el tercero B vivía monsieur Blanchet, un cascarrabias de mucho cuidado. Le molestaba el ruido, los olores fuertes, la gente, el pelo de los animales... Cualquier cosa podía hacer que se plantara en tu casa para echarte la bronca. En el tercero A estábamos nosotras.

Pasamos al segundo piso, en el A vivía una pareja de lesbianas de unos cuarenta años que se apuntaban a cualquier manifestación que se organizara en el barrio. En el B vivían dos hermanos, él era un gótico gay, y ella trabajaba como encargada en una floristería no muy lejos del edificio.

Todo el primero estaba ocupado por una clínica de reeducación y fisioterapia. Entraba y salía gente constantemente y por eso era muy importante que la puerta del piso estuviera siempre cerrada con llave. No era la primera vez que algún ladrón entraba a robar en el edificio haciéndose pasar por paciente.

Pedimos unas pizzas, pues estábamos pasando un momento la mar de agradable; me veía viviendo ahí, con Julie como compañera de piso, tomándonos un té juntas cuando volviera a casa después del trabajo.

Tras informarme del horario de basuras —la orgánica se sacaba los lunes, miércoles, jueves y sábados; mientras que para el reciclaje era los martes y viernes; para el vidrio había un contenedor en una plaza cercana—, nos despedimos hasta el día siguiente.

Me fui a dormir con el sonido de las gotas de lluvia golpeando contra el cristal y me dije que había tomado una buena elección al abandonar todo lo que conocía para lanzarme a esa aventura.

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Capítulo 2

Esa mañana me levanté antes de que sonara el despertador, estaban tan emocionada por comenzar mi trabajo que, antes de que las primeras luces del día iluminaran el cielo, yo ya estaba duchada, vestida y maquillada. Desayuné un café con leche y salí a comprarme algo tan francés como un croissant para acompañar mi primer desayuno en tierras francesas.

No muy lejos de casa había una panadería, nada del otro mundo por fuera, pero un maravilloso olor a mantequilla y pan recién hecho salía por la puerta cada vez que un cliente la abría. Guiada por ese olor, como el coyote en los dibujos animados, mis pasos me condujeron hasta el interior. El local estaba decorado con cierto aire rústico, con una foto en blanco y negro de quien supuse sería el dueño, que trabajaba en un horno de leña.

Cuando estuve frente al mostrador me quedé sin saber qué elegir, todo tenía tan buena pinta que parecía que había sido fabricado por los mismísimos ángeles. La dependienta me miraba con gesto impaciente, pues se iba empezando a formar cola det

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