1
Yo siempre había llevado una vida bastante intachable. Antes de dejar a mi marido y huir a Hollywood, apenas había roto un plato (por lo menos ninguno del que se hubiera enterado mucha gente). Por tanto, cuando de pronto todo se desintegró como papel mojado, no pude librarme de la sospecha de que estaba cantado desde hacía tiempo. Tanta vida impecable era, sencillamente, antinatural.
Por supuesto, no desperté una mañana y decidí abandonar alegremente el país, dejando a mi pobre marido preguntándose qué era ese sobre que había en su almohada. Estoy exagerando para que parezca más dramático de lo que en realidad fue, lo cual me sorprende porque nunca he tenido debilidad por el drama. Y, ya puestos, tampoco por palabras como «debilidad».
El caso es que desde el asunto de los conejos, y yo diría que incluso antes, la situación con Garv se había vuelto incómoda y extraña. Luego sufrimos un par de lo que optamos por llamar «reveses». No obstante, en lugar de fortalecer nuestro matrimonio —como solía suceder a los afortunados protagonistas de las revistas femeninas de mi madre—, nuestra marca particular de reveses tuvo exactamente el efecto anunciado: lo volvieron todo del revés. Se aposentaron entre Garv y yo y nos distanciaron. Aunque nunca lo dijo, sé que Garv me echaba la culpa.
Y no se lo recriminé, porque yo también me culpaba.
En realidad se llama Paul Garvan, pero cuando le conocí éramos unos adolescentes y entonces nadie llamaba a nadie por su nombre. Micko, Macker, Toolser y Pedazo de Capullo eran algunos de los apelativos por los que conocíamos a nuestros colegas. Él era Garv, siempre le conocí por ese nombre, y solo le llamo Paul cuando estoy muy cabreada con él. Mi nombre es Margaret, pero Garv me llama Maggie salvo cuando le cojo el coche y se lo rayo con la columna del aparcamiento (algo que sucede con más frecuencia de lo que imaginas).
Yo tenía veinticuatro años y él veinticinco cuando nos casamos. Había sido mi primer novio, como mi pobre madre no se harta de contar a la gente. Cree que con eso demuestra que yo era una buena chica que no iba por ahí acostándose con todo bicho viviente. (Siendo la única de sus cinco hijas que no lo hacía, ¿cómo iba a culparla por alardear de mi sospechosa virtud?) Lo que mi madre se olvida convenientemente de mencionar es que Garv fue mi primer novio, pero no el único.
En fin.
Llevábamos nueve años casados y no sé decir exactamente cuándo empecé a pensar en el fin de nuestra relación. No porque lo deseara, sino porque creía que si imaginaba lo peor en cierto modo garantizaba que no ocurriera. Sin embargo, garantizó todo lo contrario.
El final llegó con una brusquedad apabullante. De la noche a la mañana mi matrimonio pasó de ser una realidad viviente —aunque yo estuviera haciendo cosas extrañas, como beberme las lentillas— a dejar de existir. Me pilló totalmente desprevenida, pues siempre pensé que era preciso pasar por un período de lanzamiento de platos e intercambio de insultos antes de agitar la bandera blanca. En mi caso todo se vino abajo sin cruzar una sola palabra, y yo, sencillamente no estaba preparada.
Dios sabe, no obstante, que debería haberlo estado. Unos días antes me había despertado por la noche muy inquieta. Me ocurría a menudo, generalmente por culpa del trabajo y el dinero. Ya sabes, lo de siempre: mucho de lo primero y poco de lo segundo. Pero últimamente —o quizá desde hacía tiempo— estaba preocupada por Garv y por mí. ¿Mejorarían algún día las cosas? ¿Habían mejorado ya y no era capaz de verlo?
La mayoría de las noches no llegaba a ninguna conclusión y caía de nuevo en un sueño intranquilo. Pero esta vez me asaltó una desagradable visión. Como en una radiografía, contemplé la rutina diaria, el lenguaje íntimo y el pasado compartido, y pude penetrar en mí y en Garv, en todo lo que había sucedido en los últimos tiempos. Todo se me mostró sin tapujos y me asaltó un pensamiento claro y espantoso: Tenemos un grave problema.
Eso me dejó literalmente helada. Se me erizó el vello y entre mis costillas se instaló un escalofrío. Aterrorizada, traté de animarme pensando en el montón de trabajo que me esperaba al día siguiente, pero fue inútil. Luego, a fin de asustarme, me recordé que mis padres se estaban haciendo mayores y que me tocaría cuidar de ellos.
Al rato volví a dormirme, me rasqué el brazo derecho hasta levantarme la piel, rechiné los dientes con deleite, desperté con la sensación familiar de una boca bañada en arenilla y seguí tirando como siempre.
Iba a recordar que «Tenemos un grave problema» cuando quedó claro que así era.
La noche en cuestión habíamos quedado para salir a cenar con Elaine y Liam, unos amigos de Garv. Y quién sabe, si el nuevo televisor extraplano de Liam no se hubiera desprendido de la pared para caerle en el pie y romperle el dedo pulgar, obligándonos de ese modo a salir a cenar en lugar de quedarnos en casa, quizá Garv y yo no nos habríamos separado.
El caso es que yo había rezado para que Elaine y Liam cancelaran la cena. Las probabilidades eran muchas: las últimas tres veces que habíamos quedado no habían cuajado. La primera vez Garv y yo anulamos la cita porque debían traernos la mesa de la cocina. (No, claro que no llegó.) La segunda vez, Elaine —que es un pez gordo en pensiones— tenía que ir en coche a Sligo para despedir a un montón de gente. («El nuevo Jag llegó justo a tiempo.») La tercera vez ideé una excusa que Garv apoyó con una rapidez sospechosa. Hoy les tocaba a ellos.
No es que Liam y Elaine no me cayeran bien. Bueno, lo cierto es que no me caían bien. Como he dicho, ella es un pez gordo en pensiones y él corredor de bolsa. Son guapos, les sale el dinero por las orejas y tratan mal a los camareros. Son de esa clase de personas que parece que siempre anden comprándose coches y yéndose de vacaciones.
Todos los amigos de Garv eran encantadores, con la clara excepción de Liam. El problema era que Garv era de esos tipos que se empeñaban en ver solo lo bueno de las personas, o por lo menos de la mayoría de ellas. En teoría es una gran cualidad, y yo no tenía inconveniente en que él viera lo bueno de las personas que me caían bien, pero cuando insistía en hacer lo mismo con la gente que no me gustaba, ya no me hacía tanta gracia. Él y Liam se habían hecho amigos en el instituto, cuando Liam era un muchacho mucho más simpático que ahora, y aunque para complacerle Garv había intentado desprenderse del afecto que le tenía, no lo había conseguido.
No obstante, hasta Garv admitía que Elaine era insoportable. Hablabamuydeprisa. Disparabapreguntascomounaametralladora. ¿Quétaleltrabajo? ¿Cuándopiensanascenderte? Su encantador dinamismo me provocaba una parálisis tartamuda. Para cuando conseguía chapurrear una respuesta, ella ya había perdido el interés y pasaba a otro tema.
Pero aunque Liam y Elaine me hubieran caído bien, aquella noche en concreto yo no tenía ganas de salir. Poner buena cara y fingir buen humor es mucho más difícil cuando tienes público delante. Además, en casa me esperaba un montón de aterradores sobres marrones que requerían mi atención (más dos series de televisión impacientes por atender mis necesidades y un sofá irresistible que me llamaba a gritos). El tiempo era demasiado valioso para perder toda una noche divirtiéndome fuera de casa.
Yo «trabajaba» en un bufete de abogados que tenía muchos tratos con Estados Unidos. Su especialidad era concretamente el derecho de espectáculos. (Después de casarnos, Garv, por ser un chico excelente, fue destinado cinco años a la sede que tenía su compañía en Chicago. Yo trabajé para uno de los grandes bufetes de abogados de la ciudad, de modo que cuando tres años atrás regresamos a Irlanda, juré que conocía en profundidad el derecho de espectáculos estadounidense. Lo malo era que aunque había asistido a clases nocturnas y obtenido algunos diplomas en Chicago, no era una abogada en toda regla. Eso significaba que recibía un montón de trabajo, casi todo el abuso y una parte mínima de la pasta. En realidad, hacía de intérprete. Una cláusula que significaba una cosa en Irlanda podía significar otra en Estados Unidos, por lo que me dedicaba a traducir los contratos estadounidenses al derecho irlandés y redactaba convenios que fueran válidos en ambas jurisdicciones.)
Vivía presa de un miedo leve pero constante. A veces soñaba que me había dejado una cláusula esencial y que mi bufete era demandado por cuatro trillones de dólares, dinero que deducían de mi salario a razón de siete libras y media por semana, obligándome con ello a trabajar allí el resto de la eternidad para poder devolverlo. Otras veces soñaba que estaba sentada en la oficina y de pronto me daba cuenta de que estaba desnuda pero necesitaba levantarme para utilizar la fotocopiadora.
El caso es que el día que el globo estalló yo estaba de trabajo hasta las cejas, tanto que mi nuevo programa de fitness se fue al garete. Últimamente había caído en la cuenta de que morderme las uñas era el único ejercicio que hacía en todo el día, así que ideé un astuto plan: en lugar de pedir a Sandra, mi ayudante, que viniera a recoger las cintas del dictáfono, andaría los veinte metros que me separaban de su despacho y se las entregaría en mano. Pero ese día en concreto no disponía de tiempo para caprichos. Estaba a punto de fracasar un acuerdo con un estudio de cine y si no terminaba el contrato esa misma semana, el actor abandonaría el proyecto.
(Sé que por un breve instante mi trabajo te ha parecido fascinante. Créeme, era tan fascinante como una úlcera. Ni siquiera las esporádicas comidas en restaurantes caros lo eran. Nunca conseguía relajarme, pues el cliente siempre hacía alguna pregunta que exigía una respuesta larga y detallada justo cuando acababa de llevarme el tenedor a la boca.)
El guionista —mi cliente— estaba ansioso por cerrar el trato para así recibir sus honorarios y alimentar a su familia (y para que su padre pudiera finalmente estar orgulloso de él, pero me estoy yendo por las ramas). Los abogados de Estados Unidos habían empezado a trabajar a las tres de la madrugada, hora estadounidense, para intentar llegar a un acuerdo, y el día fue un ir y venir de e-mails y llamadas telefónicas. Al final del día pusimos el punto a la última i y cruzamos la última t, y aunque estaba molida, me sentía ligera y contenta.
Entonces recordé que habíamos quedado con Liam y Elaine y una nube pasó por encima de mi cabeza. No es tan horrible, me dije para consolarme, al menos cenaré bien. A Liam y Elaine les encantaban los restaurantes selectos. Pero estaba exhausta. ¡Ojalá nos tocara a nosotros cancelar la cita!
Justo cuando había perdido toda esperanza, sonó el teléfono.
—Liam se ha roto un dedo del pie —dijo Garv—. Se le cayó encima el televisor extraplano que acaban de comprarse. —Liam y Elaine tenían todos los artículos no perecederos conocidos por el hombre, e insisto en lo de hombre. Yo, mujer, con un móvil y un rizador de pelo estoy más que satisfecha. Pero Garv, como buen hombre, se pirraba por lo digital y lo Bang & Olufsen—. Por tanto, se aplaza la cena.
—¡Bien! —exclamé. Luego recuperé el decoro—. No lo digo por él ni por su dedo, pero he tenido un día agotador y...
—No te preocupes —me interrumpió Garv—, a mí tampoco me apetecía. Estaba a punto de llamarles para contarles que nuestra casa se había incendiado.
—Genial. Bueno, nos vemos en el rancho.
—¿Qué hacemos con la cena? ¿Quieres que compre algo?
—No, ya la compraste ayer. Hoy me toca a mí.
Me hallaba apagando aparatos como una posesa cuando una voz me preguntó:
—¿Te marchas, Maggie?
Era Frances, mi jefa, y aunque el «¿ya?» fue mudo, yo lo oí.
—Sí —contesté para evitar malentendidos—. Me marcho. —Educada pero firme, procurando mantener mi voz propensa-al-tembleque libre de indicios que delataran mis temores.
—¿Está listo el contrato para la reunión de mañana por la mañana?
—Sí —respondí. Era mentira. Frances se refería a otro contrato, uno que ni siquiera había comenzado. No tenía sentido contarle que me había pasado el día rematando frenéticamente un gran acuerdo. Ella era una superarribista camino de convertirse en socia y había hecho del trabajo férreo un arte. Raras veces salía del despacho y, según la opinión popular (no es que ella fuera precisamente popular), dormía debajo del escritorio y se aseaba en los lavabos del personal, como una mendiga.
—¿Puedo echarle un vistazo?
—Todavía no lo he pulido del todo —repuse con tirantez—. Preferiría terminarlo antes de enseñártelo.
Frances me clavó una mirada suspicaz demasiado larga.
—Lo quiero en mi despacho antes de las nueve y media.
—Claro.
El buen humor generado por la cancelación de la cena se había desvanecido. Mientras Frances regresaba a su despacho martilleando el suelo con sus tacones, contemplé el ordenador que acababa de apagar. ¿Debía quedarme a trabajar un par de horas en el contrato? No podía. Estaba vacía. De entusiasmo, de ética laboral, de todo. Vendría al despacho temprano por la mañana.
Apenas había comido. A la hora del almuerzo, en lugar de tomarme un descanso había buscado en el cajón de mi mesa media barra de Mars que recordaba vagamente haber dejado allí unos días antes. Para mi deleite, la encontré. Le arranqué la pelusa y los clips, y debo confesar que estaba deliciosa.
Así pues, cuando salí del trabajo estaba hambrienta, y sabía que no había nada en casa. La comida representaba un problema para Garv y para mí. Sobrevivíamos como la mayoría de la gente que conocíamos, con comida para microondas, comida para llevar y comida de restaurante. De vez en cuando —por lo menos antes de que las cosas entre nosotros se torcieran—, tras hacer limpieza de nuestras preocupaciones ordinarias, dedicábamos un rato a preocuparnos de nuestro bajo consumo de vitaminas. Entonces nos decidíamos a adoptar hábitos más sanos y comprábamos un frasco de multivitaminas que dejábamos arrinconado al segundo día. O nos entraba la locura en el supermercado y nuestros brazos escorbúticos llenaban el carro de cabezas de brécol, zanahorias de un naranja sospechoso y suficientes manzanas para alimentar a una familia de ocho durante una semana.
«Nuestra salud es nuestra riqueza», decíamos con alegría, porque parecía que el simple hecho de comprar alimentos crudos ya tuviera, de por sí, un efecto positivo. El verdadero problema surgía cuando se hacía evidente que teníamos que comérnoslos.
Llegado ese momento, los acontecimientos parecían conspirar para echar por tierra nuestros planes culinarios: cuando no teníamos que trabajar hasta tarde, teníamos que asistir a una cena de cumpleaños. Nos pasábamos la semana tratando en vano de no pensar en toda la fruta y la verdura fresca que suplicaban a voces nuestra atención.
Entrar en la cocina nos resultaba casi insoportable. Imágenes de coliflores y uvas flotaban en un rincón de nuestra conciencia, impidiendo que nos sintiéramos en paz con nosotros mismos. Poco a poco, día a día, a medida que los alimentos se iban estropeando los tirábamos a escondidas, sin confesar al otro lo que estábamos haciendo. Y cuando el último kiwi rebotaba en el cubo de la basura, finalmente el nubarrón se diluía y podíamos relajarnos de nuevo.
Siempre preferiré una pizza congelada, es mucho menos estresante.
Y es justamente lo que compré para la cena de esa noche. Entré corriendo en el supermercado y eché en la cesta un par de pizzas y cereales para el desayuno.
Fue entonces cuando el destino intervino.
Puedo pasar sin chocolate varias semanas seguidas. Vale, varios días. Pero en cuanto le pego un mordisco quiero más, y ese mediodía la barra de Mars había despertado a la bestia. Por eso cuando vi las cajas de trufas artesanas en la sección de congelados decidí, en un ataque de «qué diablos», comprarme una.
A saber qué habría ocurrido si no la hubiera comprado. ¿Es posible que algo tan benigno como una caja de trufas alterara por completo el rumbo de mi vida?
Garv ya estaba en casa y nos saludamos con cierto recelo. No habíamos previsto pasar la noche solos. Habíamos contado con Liam y Elaine para diluir el ambiente enrarecido entre nosotros.
—Acabo de hablar con Donna —dijo—. Te llamará mañana al trabajo.
—¿Qué ha pasado ahora? —Donna tenía una vida amorosa complicada y, en calidad de una de sus mejores amigas, era mi deber aconsejarla. Aun así, también le gustaba hablar con Garv para obtener lo que denominaba el «punto de vista masculino», y Garv le daba consejos tan sabios que Donna lo había rebautizado como doctor Amor.
—Robbie quiere que deje de afeitarse las axilas. Lo encuentra muy sexy, pero Donna tiene miedo de parecer un gorila.
—¿Qué le aconsejaste?
—Que no hay nada malo en que las mujeres tengan pelo...
—Bien dicho.
—... pero que si no quiere, debe decirle a Robbie que ella dejará de afeitarse las axilas el día que él lleve bragas. Lo que es bueno para uno ha de serlo para el otro y todo eso.
—Eres un genio.
—Gracias.
Garv se quitó la corbata, la arrojó sobre el respaldo de una silla y se mesó el pelo para sacudirse los últimos vestigios de su ser laboral. En la oficina llevaba el cabello peinado hacia atrás, pero fuera del trabajo dejaba que el flequillo le cayera sobre la frente.
Algunos hombres son tan guapos que en el momento de conocerlos sientes como si te dieran con un mazo en la cabeza. Garv no es uno de ellos. Él, más bien, es de esa clase de hombre que ves diariamente durante veinte años y de repente una mañana te despiertas pensando: Caray, qué agraciado. ¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta antes?
Su atractivo más evidente era la estatura. Pero como yo también soy alta, nunca iba por ahí diciendo «¡Oooh, mira cómo me pasa!». No obstante, con él podía llevar tacones, lo cual era de agradecer. Mi hermana Claire había tenido un marido de la misma estatura que ella y debía ir siempre plana para no violentarle. Y mi hermana adora los tacones.
Luego el marido tuvo un lío y la dejó. Supongo que no hay mal que por bien no venga.
—¿Qué tal el trabajo? —me preguntó Garv.
—Fatal. ¿Y tú?
—También. Gocé de diez agradables minutos libres entre las cuatro y cuarto y las cuatro y veinticinco, cuando estuve en la salida de incendios fingiendo que todavía fumaba.
Garv es actuario, lo que le convierte en blanco fácil a la hora de acusarle de aburrido, y en el momento de conocerle es posible confundir su tranquilidad por sosería. En mi opinión, considerar el hecho de devorar números como sinónimo de aburrido es un error; uno de los hombres más aburridos que he conocido en mi vida era aquel estúpido novelista que Donna tenía por novio. Salimos una noche a cenar y nos soltó un ROLLO insufrible. Se embarcó en un monólogo acerca de otros escritores sobrepagados, cabrones de oropel, y después empezó a interrogarme sobre cómo me había sentido con respecto a esto y aquello, explorando e indagando con la intimidad de un ginecólogo. «¿Cómo te sentiste? ¿Triste? ¿Puedes especificar un poco más? ¿Te partió el corazón? Ahora empezamos a progresar.» Luego se ocultaba en el servicio de caballeros y yo sabía que estaba escribiendo en una libreta todo lo que le había contado, para utilizarlo en su novela.
—No tienes por qué envidiar el televisor extraplano de Liam —dije a Garv, feliz de fingir que su desánimo se debía al hecho de que su amigo tuviera más artículos imperecederos que él—. ¿Dices que le atacó? Quizá deberían sacrificarlo.
—¡Ja! —Garv se encogió de hombros como suele hacer cuando tiene envidia—. No lo envidio.
(Tan dispuesto a hablar de los problemas de Donna, habrás reparado, no obstante, en su renuencia a hablar de sus propios sentimientos, aunque solo tengan que ver con un televisor.)
—¿Tienes idea de lo que ha pagado por él? —dejó escapar.
Por supuesto que la tenía. Cada vez que iba al centro con Garv teníamos que pasar por la sección de electrónica de Brown Thomas y detenernos delante del susodicho televisor para admirar sus doce mil libras de esplendor. Aunque Garv tenía un buen sueldo, no ganaba ni de lejos la cifra telefónica de Liam. Y entre la hipoteca, el gasto de mantener dos coches, la adicción de Garv a los CD y mi adicción a los bolsos y las cremas faciales, el presupuesto no daba para televisores extraplanos.
—Anímate. Es probable que el televisor se rompiera al caer de la pared. Además, podrás permitirte uno muy pronto.
—¿Tú crees?
—Claro que sí. En cuanto terminemos de amueblar la casa.
Eso pareció dar resultado. Con el ánimo algo más alto, Garv me ayudó a vaciar las bolsas. Fue entonces cuando ocurrió.
Extrajo mi caja de trufas «qué diablos» y, con un destello en los ojos, exclamó:
—¡Eh, mira, otra vez esas trufas! ¡Parece que nos sigan!
Miré a Garv, miré la caja y miré de nuevo a Garv. No tenía la menor idea de qué estaba hablando.
—Ya sabes —insistió maliciosamente—. Las mismas que tomamos cuando...
Se interrumpió en seco. Arrugué la frente y le miré intrigada. Él también me miró y sucedieron varias cosas al mismo tiempo. El brillo travieso de sus ojos desapareció para ser reemplazado por el miedo. Pánico, diría yo. Y antes de que los pensamientos hubieran adquirido algún orden en mi conciencia, lo supe. Garv estaba hablando de otra persona, de un momento íntimo compartido con una mujer que no era yo. Y de un momento reciente.
Sentí que caía, que seguiría cayendo el resto de mi vida. Entonces me obligué a detenerme y supe algo más: supe que era incapaz de soportarlo. No podía soportar ver cómo la espiral descendente de mi matrimonio arrastraba a otras personas hacia su vórtice.
Inmóviles, la mirada clavada en el otro, le supliqué en silencio que dijera algo que lo explicara, que lo hiciera desaparecer. Garv, sin embargo, tenía el rostro paralizado por el miedo, el mismo miedo que sentía yo.
—Yo... —farfulló, pero la voz se le quebró.
El dolor me horadó la muela y, como si estuviera soñando, me descubrí saliendo de la habitación.
Garv no me siguió. Se quedó en la cocina. No oí ningún movimiento y supuse que seguía donde le había dejado, lo que interpreté como un reconocimiento de su culpa. Todavía inmersa en mi pesadilla, cogí el mando a distancia y encendí la tele, esperando despertar pronto.
2
No cruzamos una palabra en toda la noche. Quizá debí exigirle detalles: ¿quién era ella?, ¿desde cuándo? Pero ese no era mi estilo y después de todo lo que habíamos pasado últimamente no me quedaban fuerzas para luchar.
Ojalá me pareciera más a mis hermanas, unas artistas a la hora de expresar su dolor, expertas en dar portazos, aplastar teléfonos, lanzar objetos contra las paredes y gritar. El mundo entero tenía que enterarse de su rabia-decepción-hombre traidor-ratón de chocolate que faltaba en la nevera. Pero yo había nacido sin el gen de la diva, de modo que cuando la adversidad me alcanzaba, generalmente la guardaba en mi interior, donde le daba vueltas y más vueltas tratando de comprenderla. Mi desgracia era como esos pelos que crecen hacia dentro y se hacen un ovillo cada vez más grande bajo la piel. Sin embargo, todo lo que entra tiene que salir, y mi dolor salía invariablemente en forma de eczema en mi brazo derecho. Barómetro infalible de mi estado emocional, esa noche me picaba tanto que me rasqué hasta hacerme sangre.
Me acosté antes que Garv y, para mi sorpresa, conseguí conciliar el sueño. ¿La conmoción, quizá? Transcurrido un tiempo indeterminado desperté y permanecí tumbada, mirando fijamente el manto de oscuridad. Debían de ser las cuatro de la madrugada. Las cuatro de la madrugada es el momento más desapacible del ser humano, cuando tenemos más bajo el ánimo. Es el momento en que la gente enferma muere. El momento en que la gente torturada se derrumba.
Tenía la boca pastosa y me dolía la mandíbula. Mis dientes habían estado rechinando otra vez. No me extrañaba que la muela siguiera reclamando mi atención en un último y desesperado grito de auxilio antes de que acabara de hacerla papilla.
Con una mueca de dolor, hice frente a la desagradable revelación: Garv y la mujer de las trufas. ¿Estaba realmente liado con ella?
Presa de dolor, acepté que probablemente lo estaba. Había indicios. Visto con objetividad, debía concluir que decididamente lo estaba. No obstante, ¿no parece siempre diferente cuando es tu propia vida la que está en el punto de mira?
Había temido tanto que ocurriera algo así que casi me había preparado para ello. Sin embargo, ahora que parecía una realidad, me daba cuenta de que en absoluto estaba preparada.
A Garv se le había iluminado el rostro al ver «sus» trufas... Había sido espantoso presenciarlo. Sin duda ocultaba algo, pero me resultaba demasiado doloroso aceptarlo y opté una vez más por la incredulidad. Si me estuviera engañando con otra, me habría dado cuenta, ¿o no?
Lo lógico habría sido preguntárselo directamente y poner fin a mis conjeturas, pero seguro que mentía como un cosaco. O peor aún, seguro que me decía la verdad. Sin venir a cuento, me asaltaron frases de una película de serie B. «¿La verdad? —Acompañada de un labio arrugado—. ¡No podrías SOPORTARLA!»
Mi cabeza seguía dando vueltas. ¿Sería una compañera de trabajo? ¿Era posible que yo la hubiera conocido en la fiesta de Navidad de su empresa? Hurgué entre los recuerdos de aquella noche en busca de una mirada sospechosa o un comentario con segundas, pero solo recordaba a Garv bailando el horá con Jessica Benson, una colega. ¿Podía ser ella? Aunque había estado muy simpática conmigo. Por otro lado, si yo me estuviera acostando con el marido de otra, probablemente también me haría la simpática...
Además de las mujeres con las que Garv trabajaba, estaban las novias y esposas de sus amigos y también mis amigas. Me avergonzaba pensarlo siquiera, pero no podía evitarlo. De pronto ya no me fiaba de nadie y sospechaba de todos.
¿Y Donna? Ella y Garv se reían como locos y, para colmo, ella le llamaba doctor Amor. Sintiendo un escalofrío, recordé haber leído en algún lugar que los apodos eran una prueba irrefutable de que entre dos personas había tomate.
Con un leve suspiro descarté a Donna. Era una de mis mejores amigas. Me resultaba imposible creer que pudiera hacerme algo así. Además, por razones que solo ella conocía, estaba loca por Robbie, el excéntrico. A menos que fuera un pretexto, claro.
Lo que realmente me convenció de que Garv no estaba liado con Donna era el hecho de que esta le había hablado de sus callos. De hecho, se había quitado la bota y el calcetín y le había plantado el pie en las narices para que viera lo asquerosos que eran, y si tienes una aventura apasionada con alguien no haces esas cosas. Ofreces misterio, sujetadores incómodos y piernas afeitadas las veinticuatro horas del día.
¿Y mi amiga Sinead? Garv era un encanto con ella. Pero apenas hacía tres meses que Sinead había puesto a Dave, su novio, de patitas en la calle. Seguro que estaba demasiado frágil para enrollarse con el marido de su amiga, e incluso para que un hombre normal se le insinuara. A menos que para Garv el atractivo de Sinead residiera en su fragilidad. Pero ¿acaso no tenía suficiente con la mía? ¿Por qué salir a buscar platos rotos cuando en casa tenía un montón de añicos?
De pronto advertí que Garv también estaba despierto. Lo delató su falsa respiración profunda. Eso significaba que podíamos hablar, solo que en realidad no podíamos. Lo habíamos intentado durante meses.
No oí la inspiración que antecede a la palabra, por eso me sobresalté cuando la voz de Garv alteró el negro silencio.
—Lo siento.
Lo siento. No podría haberme dicho nada peor. Las palabras flotaron tenazmente en la oscuridad, resonando en mi cabeza una y otra vez, cada vez más distantes, hasta que me pregunté si las había imaginado. Pasaron unos minutos. Sin ofrecer una respuesta, le di la espalda y, para mi sorpresa, volví a dormirme.
Esa mañana nos despertamos tarde. Tenía sangre fresca debajo de las uñas de tanto rascarme el brazo. El eczema había regresado con todo su ímpetu y, si esto seguía así, tendría que volver a dormir con guantes. Pero ¿iba a seguir así? Volví a sentir que caía.
Me entretuve con duchas y cafés y cuando Garv dijo «Maggie» y trató de detener mi incesante ajetreo, le evité y, sin mirarle a los ojos, repuse: «Llego tarde».
Salí de casa llevándome a cuestas la sensación de vacío de las cuatro de la madrugada.
Pese a haber evitado a Garv, llegué tarde al trabajo. El contrato no estaba en la mesa de Frances a las nueve y media. Mi jefa suspiró «Oh, Maggie» con un tono que indicaba no-estoy-enfadada-contigo-sino-decepcionada. Ese tono tenía como objetivo llegar a donde no llega una bronca y hacerte sentir avergonzada. No obstante, agradecí que no me gritara, una reacción, me temo, muy diferente de la que Frances esperaba.
Me sentía confusa y al mismo tiempo curiosamente tranquila, como si hubiese esperado una catástrofe y me produjera un extraño alivio que finalmente se hubiera cumplido. Puesto que ignoraba cómo comportarme en esta clase de situaciones, decidí imitar a mis colegas y sumergirme de lleno en el trabajo. ¿No era extraño que después de tan espantosa conmoción siguiera funcionando con normalidad? Fue entonces cuando me percaté de que no paraba de boicotear el doble clic de mi ratón porque la mano me temblaba.
Logré concentrarme durante unos segundos en una cláusula del contrato, si bien en ningún momento me abandonó la sensación de que algo iba realmente mal. A lo largo de los años, como todas las parejas, Garv y yo habíamos tenido nuestras peleas, pero ni con la más encarnizada de ellas me había sentido así. La peor de nuestras riñas comenzó con un forcejeo sobre el color de una falda y desembocó en un amargo empate con acusaciones de daltonismo y susceptibilidad.
(Garv: ¿Qué tiene de malo que sea marrón?
Yo: ¡Todo, pero no es marrón, es morada, jodido daltónico!
Garv: Oye, no es más que una falda. Solo he dicho que me sorprendía que la compraras marrón.
Yo: ¡Pero es que no es marrón! ¡Es MORADA!
Garv: Estás sacando las cosas de quicio.
Yo: En ABSOLUTO. Jamás me compraría una falda marrón. No me conoces lo más mínimo.)
En aquel momento pensé que nunca se lo perdonaría. Me equivocaba. Pero esta vez era diferente, de eso estaba espantosamente segura.
A la hora de comer, por mucho que lo intenté, no conseguí interesarme en la montaña de trabajo urgente acumulado en mi mesa, así que fui a la calle Grafton en busca de consuelo, que se tradujo, una vez más, en gastar dinero. Sin una pizca de entusiasmo compré una vela aromática y una imitación barata, entre comillas, de un bolso Gucci. Pero ni una cosa ni otra consiguieron llenar el vacío. Luego me detuve a comprar calmantes para la muela, y una mujer con bata blanca y cara anaranjada se interpuso en mi camino para decirme que si compraba dos productos de Clarins —siendo uno de tratamiento facial—, me obsequiaban con un regalo. Desganada, me encogí de hombros y dije:
—Vale.
La mujer no daba crédito a su buena suerte, y cuando me aconsejó los productos más caros —sueros en frascos diminutos—, volví a encogerme de hombros y dije:
—De acuerdo.
Me gustaba la idea del regalo, la encontraba sumamente reconfortante, pero cuando lo abrí en el despacho me pareció mucho menos atractivo de lo que insinuaba la fotografía: una sombra de ojos de un color muy raro, un mini-mini-mini tubo de maquillaje, cuatro gotas de crema para los ojos y un dedo de perfume avinagrado.
Después de la decepción llegó el remordimiento, que fue creciendo a medida que se alargaba la tarde. Tenía que dejar de gastar dinero. Así pues, en cuanto llegó el momento razonable de marcharme, regresé a la calle Grafton para tratar de devolver el bolso —no podía devolver los productos Clarins porque ya había abierto el regalo—, pero se negaron a reembolsarme el dinero y me dieron un vale. Y antes de llegar al coche mi mirada se posó en unas chanclas de flores amarillas y, como si el cuerpo me abandonara, me descubrí en el interior de la zapatería tendiendo mi tarjeta de crédito.
Esa noche fui a una fiesta del trabajo e hice algo que no acostumbro hacer en las fiestas del trabajo: me emborraché. Y la pillé de verdad, tanto que en uno de mis innumerables regresos del lavabo tropecé con Stuart Keating y le embestí. Stuart trabajaba en otro departamento y siempre había sido amable conmigo. Todavía recuerdo su cara de sorpresa cuando me abalancé sobre él. Luego nos besamos, pero apenas unos instantes antes de obligarme a desembragar. ¿Qué demonios estaba haciendo?
—¡Lo siento! —exclamé y, horrorizada conmigo misma, regresé a la fiesta, recogí mi chaqueta y me marché sin despedirme de nadie. Frances me observaba desde el fondo de la sala. Su expresión era indescifrable.
Cuando llegué a casa, Garv me estaba esperando con los nervios de punta, como un padre inquieto. Intentó hablar conmigo, pero mascullé con voz gangosa que necesitaba dormir y corrí a la habitación, mientras él me pisaba los talones. Dejé la ropa en cualquier sitio y trepé hasta la cama.
—Bebe un poco de agua —dijo Garv, y oí el ruido de un vaso al tocar la mesita de noche.
Pasé del vaso y de él, pero justo antes de sumergirme en el piadoso olvido del sueño recordé que no me había quitado las lentillas. Demasiado cansada y borracha para ir hasta el cuarto de baño, las dejé caer en el oportuno vaso, prometiéndome que por la mañana las limpiaría con la solución. Mas al llegar la mañana, de seca tenía la lengua encolada al paladar. Alargué instintivamente una mano hacia el vaso y bebí el agua de un trago. Solo cuando la última gota descendía por mi garganta me acordé de las lentillas. Me las había bebido. Otra vez. La tercera en seis semanas. Eran de las desechables, pero aun así...
Al día siguiente, para seguir con mi buena racha, perdí el trabajo.
No fue exactamente un despido, pero no me renovaron el contrato. Era de seis meses y dado que desde mi regreso a Dublín ya me lo habían renovado cinco veces, pensé que se trataba de una mera formalidad.
—Cuando empezaste a trabajar aquí —dijo Frances—, nos tenías muy impresionados. Eras trabajadora y responsable.
Asentí con la cabeza. Esa era yo, cuando tenía un buen día.
—Pero desde hace seis meses tu nivel de trabajo y dedicación ha bajado en picado, llegas tarde, te vas pronto...
Yo escuchaba con cierto asombro. En realidad siempre había sabido que las cosas no iban bien, pero creía que me las había ingeniado para mostrar al mundo una imagen de normalidad.
—... has estado distraída y te has tomado diez días de baja por enfermedad.
Podría haber saltado de la silla y echado un discurso sobre las razones por las que había estado distraída y dónde había pasado los diez días de baja. No obstante, permanecí sentada con el rostro impasible. Eso era asunto mío y de nadie más. Paradójicamente, pensé que Frances debería haber notado que algo me ocurría y haber sido más tolerante conmigo. Sospecho que he tenido momentos más lúcidos.
—Queremos gente que se interese por su trabajo...
Abrí la boca para replicar que yo me interesaba, pero entonces comprendí, asombrada, que en el fondo me traía sin cuidado.
—... y muy a mi pesar debo comunicarte que nos es imposible renovarte el contrato.
Hacía muchos años que nadie me despedía. De hecho, la última vez tenía diecisiete años y estaba haciendo de canguro para unos vecinos. Había metido furtivamente a mi novio en la casa después de acostar a los niños porque una casa sin adultos era una tentación demasiado grande. Pero el horrible niño, de nombre Damian, me vio sacar a mi novio de la casa. Nunca lo olvidaré, en lo alto de la escalera, con aquella expresión tan malvada. Los padres no volvieron a solicitar mis servicios. (Francamente, casi me alegré.)
Desde entonces nadie había vuelto a despedirme. Yo era una buena trabajadora, no tanto como para ganar el premio al mejor empleado del mes, pero sí razonablemente responsable y productiva.
—¿Quieres que me vaya? —pregunté débilmente.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Ahora sería un buen momento.
Por extraño que parezca, fue la pérdida de mi trabajo lo que finalmente me decidió a dejar a Garv. No entiendo muy bien por qué, pues lo cierto es que no resulta fácil dejar a alguien, por lo menos en la vida real. En la ficción todo parece más sencillo: si no ves claro vuestro futuro juntos, lo lógico es largarse. Así de sencillo. O si él tiene un lío, serías una idiota si te quedaras.
Sin embargo, en la vida real sorprende lo mucho que las cosas conspiran para mantenernos juntos. Pensamos vale, está claro que ya no nos hacemos felices el uno al otro, pero me llevo tan bien con su hermana y él cae tan bien a mis amigos que nuestras vidas están demasiado entretejidas para poder escapar. Y además, esta es nuestra casa. ¿Y ves esos lupinos del jardín? Los planté yo. (Bueno, plantarlos, lo que se dice plantarlos, no. Lo hizo un viejo muy raro llamado Michael, pero yo fui el cerebro de la operación.)
Dejar a alguien es una odisea. No solo estaba despidiéndome de una persona, sino de toda una vida.
La conmoción de perder el trabajo me convenció de que todo lo demás se estaba desmoronando. Una vez abierta la puerta a un desastre, las posibilidades de que se produjeran otros parecían infinitas, y pensaba que no tenía más remedio que aceptar la vida tal como venía. ¿Que he perdido un trabajo? ¿Por qué no ir a por todas y perder también un matrimonio? El nuestro había recibido tantos golpes durante los últimos meses que, en cualquier caso, ya solo quedaba de él el nombre.
Cuando Garv regresó del trabajo, yo estaba en el dormitorio volcada en un intento patético de hacer las maletas. No entiendo cómo hay gente que consigue escapar furtivamente a medianoche. La mayoría de las personas (si son como yo) acumulan demasiadas cosas.
Garv me miró y tuve la impresión de estar soñando.
Parecía sorprendido. O quizá no.
—¿Qué haces?
Era mi entrada para la dramática despedida que la gente pronuncia en la ficción. ¡Te dejo! Lo nuestro ha TERMINADO.
En lugar de eso, bajé la cabeza y dije entre dientes:
—Creo que es mejor que me vaya. Hemos hecho lo posible y...
—Ya. —Garv tragó saliva—. Ya. —Entonces asintió con la cabeza y eso fue lo peor, su resignación. Por lo visto estaba de acuerdo conmigo.
—He perdido el trabajo.
—Cielos. ¿Cómo ha sido?
—He estado distraída y me he tomado demasiados días de baja.
—Qué cabrones.
—Lo sé. —Suspiré—. El caso es que no creo que pueda con la hipoteca de este mes, así que te lo daré de mi cuenta de Cosas Bonitas para Señoritas.
—Olvídalo. Yo me haré cargo.
Entonces se hizo el silencio y quedó claro que la hipoteca era lo único de lo que pensaba hacerse cargo.
Quizá debería haberme enfadado con él y la mujer trufa. Quizá debería haberle despreciado por no prometerme ardientemente que no me dejaría ir, que lo nuestro tenía solución.
Pero lo cierto era que, en aquel momento, quería marcharme.
3
Disfuncional. Así me gustaría describir a mi familia, los Walsh. En realidad no me gustaría describir así a mi familia. Me gustaría describir a mi familia como el prototipo para el clan Brady. Me gustaría describir a mi familia como los Walton de Los Walton. Pero, por desgracia, disfuncional es lo mejor que puedo decir de ella.
Tengo cuatro hermanas y la certeza de que las cuatro viven bajo el lema: Cuantos Más Dramones Mejor. (Ahí va un ejemplo. Claire fue abandonada por su marido el día que había dado a luz a su primer hijo; Rachel es una adicta —rehabilitada—; Anna no tiene los pies en la tierra; y Helen, la menor, en fin, a Helen es difícil describirla...) A mí, sin embargo, nunca me ha gustado el caos y no alcanzaba a comprender por qué era tan distinta de ellas. En mis momentos de soledad imaginaba que era adoptada, pero nunca acababa de creérmelo del todo porque, por mi aspecto, estaba claro que era una de ellas.
Mis hermanas y yo llegamos en dos versiones: el modelo A y el modelo B. Las A son altas y de aspecto sano, y si nadie las controla tienen tendencia a la robustez. Yo soy una A de los pies a la cabeza. Mi hermana mayor, Claire, y la que va detrás de mí, Rachel, también lo son.
Las B, por el contrario, son una monada. Menudas, de larga melena oscura, ojos verdes y rasgados y piernas esbeltas, mis dos hermanas menores, Anna y Helen, constituyen una muestra inequívoca del género. Aunque Anna es casi tres años mayor que Helen, parecen casi gemelas. A veces hasta mi madre las confunde, si bien, ahora que lo pienso, probablemente se deba a su resistencia a utilizar gafas. Para facilitar las cosas, Anna —una neohippy— viste como si hubiera estado revolviendo el baúl de los disfraces, mientras que Helen es la que tiene el aire de psicosis.
Las del modelo A son altas y fuertes. No necesariamente gordas. No necesariamente. De hecho, las A han tenido épocas de esbeltez; cuando están sumidas en la anorexia, algo no tan improbable. Ha ocurrido, aunque por desgracia no a mí. Yo nunca he sufrido trastornos alimenticios. Al parecer, y según Helen, me faltaba imaginación.
Pese a no sufrir trastornos alimenticios, sospechaba que padecía una clase de bulimia: la bulimia consumista. Tenía la sensación de que me pasaba los días comprando cosas e intentando devolverlas. Esa tendencia había provocado recientemente una acalorada discusión en mi familia. Helen se estaba lamentando de lo d
