Prólogo
Las navidades de Abril
Dos meses antes
—Abril, ¿qué ocurre? —preguntó Lola algo preocupada.
—Nada, nada... Acaban de llegar unos amigos.
—Pues parece que fueran armados con pistolas. Cielo, ¿por qué estás tan asustada?
—Está Mario —susurró.
—¿Mario? El que te gus...
—Ssssshhhh, que estás en altavoz. Sí, ese. Voy a darle la vuelta a la cámara, pero no digas nada, ¿vale?
Un chico moreno, muy atractivo, se dirigía hacia ella. Lola pudo entender por qué su amiga llevaba colada por él desde que tenía uso de razón. No es que fuera guapo, de hecho Diego lo era bastante más. Era otra cosa. Algo que hacía que no pudieras dejar de mirarlo.
—Pequeña, ¿cómo estás? —saludó él.
Ese apelativo les dolió a ambas.
—Bien, hablando con una amiga que está fuera. Luego te veo.
—Vale.
Sin decir nada más, Lola vio a través de la pantalla cómo Abril la llevaba a otra habitación y cerraba la puerta.
—¿Soy yo o parece un modelo?
—Lo parece. Está mucho mejor que en las fotos que nos enseñaste, pero si te va a hacer daño verlo, es el hombre más horrible sobre la Tierra.
—Ya os dije que no seguía colgada de él. Fue solo un amorío de juventud. Tengo que volver a saludar a sus padres y esas cosas. Te llamo con el brindis, ¿quieres?
—Estaré esperándote. Dile a tu tía que añoro su flan de almendra y garantízale a tu hermano que iré medio pedo antes de los turrones.
—En serio, ¿qué pasó entre vosotros el año pasado? Desaparecisteis casi dos horas.
—Eso no es verdad, estábamos en la terraza.
—En pleno diciembre y con el frío que hacía...
—Abril, sé una buena chica y ve a saludar a los invitados. Venga, que es de mala educación.
—Noah borracho es muy parlanchín. Voy a darle ya otra cerveza.
—No seas mala. Te quiero, nos vemos en unas horas.
—Te quiero.
Colgó la videollamada mientras se tiraba en la cama y miraba el techo. Necesitaba un momento para asumir lo que acababa de pasar. Hacía unos meses, debido a una publicación de Instagram, Mario y ella habían retomado el contacto directo. Hasta el momento, se limitaban a saber el uno del otro en encuentros con familia o amigos, y lo que Noah pudiera contar. ¿Quién había roto la comunicación? Abril había culpado a la distancia y la rutina del día a día. Sabía que Mario, al igual que su hermano, no era muy amigo del teléfono, pero después de esas últimas conversaciones, algo le decía que detrás de todo había más. Se armó de valor para enfrentarse de nuevo a todas las partes alteradas de su ser.
Mario vio cómo se abría la puerta de la habitación, había tenido los ojos fijos en ella desde que Abril la cerrara hacía una eternidad. «Pequeña, ¿cómo estás?», reprimió un escalofrío de rechazo ante el recuerdo de esa frase. Se había puesto nervioso, esa era la única explicación para cagarla tanto, tan rápido y en tan poco tiempo. Dos minutos, lo que se tarda en llegar desde la puerta de la casa al salón. Eso era lo que él había tardado en tirar por la borda todos los pequeños avances de las conversaciones de esos meses.
Recuperar el contacto comentando algunas de las historias había sido casual y no premeditado. Una suerte del destino y las redes sociales. Ellos siempre se habían llevado bien, que la vida los distanciara era otra cosa. Eso se había dicho todas esas noches, que solo estaba recuperando el contacto con la hermana de su mejor amigo, una amiga al fin y al cabo. Pero después de las últimas conversaciones, algo dentro de él había resurgido con más fuerza; y ahora, viéndola tan guapa y segura de sí misma, se desbocaba hasta límites insospechados. Y eso último era lo que había hecho que él empezara a verla con otros ojos: la seguridad. Tenía delante de él a una mujer decidida y no se le ocurría mejor afrodisiaco.
Aunque tal vez el vestido rojo de cuello en pico que dejaba las clavículas al descubierto y se ajustaba a sus curvas también tuviera algo que ver. Además, se había recogido la larga melena morena en un despreocupado moño que dejaba algunos tirabuzones libres y mostraba el cuello. Estaba más que seguro de que lo único que quería era besarla.
Ahora, los problemas eran otros: el primero, romper la barrera de la amistad; y el segundo, que confiara en él. Había dificultado lo primero llamándola «pequeña», y lo segundo seguía siendo un misterio.
Abril se acercó mientras él seguía sumido en el debate interno. Ella aprovechó ese momento para fijarse en los detalles: pantalón y chaqueta negros, camisa morada y corbata violeta claro. El pelo, algo largo, caía liso; él parecía estar a kilómetros de distancia. Llenó sus pulmones al máximo, ya no era la chica asustadiza que se había ido de Erasmus sin saber nada de la vida; ahora era una mujer hecha y derecha y podía con eso.
—Cuánto tiempo —consiguió decir, disimulando los nervios que le producía estar tan cerca.
—Ya veo que demasiado, ahora no me das un abrazo ni nada —respondió con más seguridad de la que sentía.
Fue ella la que dio el primer paso, rodeándole la cintura con las manos, juntando el cuerpo al de él. Pasó los brazos por la espalda e hizo presión para atraerlo más. Apoyó la cabeza en su cabello, que descansaba sobre su pecho, y aspiró su aroma.
Se recrearon en ese abrazo más de lo esperado para un saludo. Cuando se distanciaron, ella seguía siendo incapaz de mirarlo.
—¿Quieres una cerveza?
—Vale. Y ya que vas mete el cava en la nevera. —Mientras le daba una bolsa con tres botellas, ella lo miró extrañada—. ¿Qué? ¿Esperabas que viniéramos sin traer nada?
—No, claro, pero las has tenido en la mano un buen rato, ¿ya se te ha olvidado que en esta casa todo el mundo puede ir a la nevera?
—Eso será, ¿me haces memoria?
Y mientras decía eso, una mano distraída apartaba uno de los tirabuzones al tiempo que con los dedos rozaba levemente el cuello. A ella se le paró la respiración.
—Cerveza —murmuró alejándose de él como si se quemara.
El frío de la nevera la ayudó a bajar el calor que esa caricia le había provocado. ¿Qué acababa de pasar? Pegó una de las cervezas a sus mejillas, suspiró y cerró la puerta.
Mario la esperaba apoyado entre la entrada de la cocina y el ventanal de la terraza.
—Me alegro de que por fin tu madre decidiera aceptar la invitación.
—Yo también. De verdad que era absurdo pasar este día los tres solos cuando Soledad siempre ha insistido en que viniéramos.
—Y en que no tenéis que traer nada.
—No se lo digas a tu tía, pero también hemos traído croquetas.
—Croquetas de Tere. No pienso decir ni una palabra —dijo ella moviendo los hombros feliz por el banquete que pensaba darse.
—Es complicado cuando tienes dos en la boca —respondió él recordando alguna anécdota de la infancia.
—Yo creo que ahora me pueden caber hasta tres.
Los dos abrieron los ojos al máximo: él, por la sorpresa; y ella, porque no esperaba que esas palabras pudieran malinterpretarse tanto. Se lanzó a taparle la boca con las manos mientras él reía y retrocedía para que no lo hiciera.
Forcejeando, muertos de risa, salieron a la terraza. Abril aprovechó el pequeño bordillo de la salida para llegar a su altura, taparle la boca y mirarlo fijamente a los ojos.
—No lo digas. —No necesitaba que hablara, los ojos miel le gritaban todo lo que estaba pasando por su cabeza en ese momento—. Lo sé, ha sonado muy mal, pero en mi cabeza sonaba mejor.
Terminó la frase bajando las manos y dando un paso al frente para descender el escalón.
—Solo has dicho que te podías comer tres croquetas.
—Y tú has pensado...
—¿Yo? Has sido tú la que se ha tirado encima de mí para que no dijera nada.
—No hacía falta, te he leído la mente.
—No sabía que podías hacer eso. Tendré que controlar mis pensamientos entonces.
Mario le dio un trago a la cerveza sin dejar de mirarla, mientras apoyaba la espalda en la barandilla.
Sus ojos la retaban para que preguntara qué clase de cosas pensaba, pero fuera lo que fuera lo que él iba a decir, no estaba preparada.
—No voy a seguir por ese camino. Cuéntame: ¿por qué tu madre ha dicho que sí?
—No lo sé. Tu tía y ella están ahora más juntas que nunca. Van a algunos grupos de adultos. En alguna de esas ocasiones, Soledad lo propuso y mi madre dijo que sí.
Abril rio entendiendo lo que había pasado. Jamás ningún Morales dejaría que un amigo pasara solo esas fechas si estaba en su mano ayudar. Por eso se juntaba tanta gente en casa ese día.
Una familia sui generis, eso eran. Una mezcla de amigos desparejados, vecinos de toda una vida y familiares lejanos, unidos bajo un mismo techo. Para celebrar en la mejor compañía unas fechas muy duras de tragar en soledad.
Habían sido Teresa y Fabián, los padres de Mario, los encargados de hacerlas sentir en casa en las primeras navidades sin sus padres. Soledad, su tía, se había sumido en una depresión demasiado profunda. Perder a una hermana y a su mejor amigo de golpe... Los dos pilares fundamentales de su vida. Los únicos de una familia de ocho que no le habían dado la espalda ante sus locuras de juventud. Fue un mazazo que tardó varios años en digerir. En la vida diaria se hizo cargo de sus sobrinos y jamás tuvieron un problema, pero esas fiestas las pasaron en casa de Mario. Allí, rieron pese a la tristeza, y por primera vez desde lo ocurrido Noah volvió a coger la guitarra.
—¿En qué piensas? —preguntó dando otro trago.
—En la vez que tu madre nos invitó a pasar estos días en su casa.
Se sonrieron con dulzura. Vio cómo las lágrimas amenazaban con salir de los ojos negros, y aprovechando la cercanía la abrazó. Le dio un dulce beso en la cabeza y comenzó un suave balanceo tratando de calmarla.
Sin soltarla, abrió el abrigo que aún llevaba puesto y la cobijó. Por suerte para él, Abril seguía sumida en la nostalgia de su recuerdo y no fue consciente de la reacción que ese gesto le provocó. El calor de su cuerpo pegado a la fina tela de la camisa hacía que su corazón latiera a mil por hora. Como cuando consigues adelantar posiciones con una chica en una discoteca. No era la primera vez que la abrazaba. Sin embargo, ahora todo era diferente, tenía la imperiosa necesidad de aferrarla con fuerza y no soltarla.
Desde que Noah les propusiera ir a la cena no había hecho otra cosa que pensar en ella, en verla y hablar. Llevaba discutiendo con él mismo dos meses, no hacía más que entrar en su cuenta de Instagram y ver sus fotos, examinarlas al detalle preguntándose si alguno de esos chicos era su pareja. Habría querido sonsacarle a Noah si estaba soltera, pero nuevamente había fracasado, todo lo que se le ocurría para tal propósito le parecía forzado o estúpido. Sencillamente, nada salía natural cuando se trataba de Abril.
Abril escuchó los latidos apresurados de Mario al apoyarse en su pecho. Pero el calor que desprendía, así como su aroma, lograron reconfortarla de tal manera que no le dio importancia. Respiró profundamente tratando de calmar ese ataque de nostalgia. Con los ojos cerrados escuchó la voz queda de Mario.
—Eso mismo debió recordar tu hermano cuando dijo que no tenía sentido que no pasáramos las fiestas con nuestra familia. Y Soledad tardó na y menos en sumarse a ello. Se lo agradezco, la verdad, porque necesitábamos una Navidad diferente.
Se apartó, preocupada por esas palabras.
—¿Y eso? ¿Ha pasado algo?
—No, no te asustes, está todo bien. Es solo que... no sé, igual los años. Esta vez me apetecía estar con más gente.
Eso y que empezaba a ver todo el daño que le había causado su relación con Izaskun. Tres años con ella y lo había aislado de su gente, solo su amistad con Noah parecía intacta. Trataba de compensar aquello poco a poco, volver a la normalidad de su ser, ese Mario alegre que conocía a medio Badajoz, que tenía amigos y conocidos hasta en el Infierno.
Los dos se miraron sonriendo y dieron un trago a la cerveza.
—Me alegro de que decidierais venir. Va a ser una gran noche.
—Estoy seguro. Te he echado de menos —dijo de pronto, volviéndola a abrazar.
—Y yo —confesó entre sus brazos.
Y era cien por cien sincera. Después de esas conversaciones casuales se daba cuenta de que, al principio consciente, después inconscientemente, se había alejado de él. Primero porque le dolía verlo con otras chicas y más tarde porque sentía que ya no tenían nada en común. Ahora se alegraba de haber recuperado esa parte de confianza que les permitía hablar de todo.
Noah los llamó para empezar a cenar.
La noche transcurrió de un modo animado, llena de comida. Cada invitado había llevado algo. Si en otras casas había un plato estrella el día de Nochebuena, en la de Soledad era la sorpresa. El menú dependía más de los invitados que de la tradición.
Abril y Mario se habían sentado juntos, cerca de la puerta de la terraza. Justo enfrente de ellos, Noah, pletórico por cenar con su medio hermano. Se inclinaba sobre la mesa para poder escuchar lo que le tenía que decir.
—Puedes sentarte a su lado si quieres.
Su hermano se encogió de hombros y se atusó el pelo castaño claro. Sus ojos verdosos, igual que los de su madre, la miraron divertidos.
—No, así está bien. Vosotros lleváis más sin veros. Tomadlo como mi regalo de Papá Noel.
Y la carcajada de sus compañeras de piso sonó con fuerza en la cabeza de Abril, acompañada de las palabras de Lola: «Yo le habría puesto un lazo rojo ya sabes dónde».
Acalorada, buscó algo para beber y lo único que encontró fue la copa que su vecino le había llenado de vino. La cogió y se la tomó de un trago.
Por suerte, Noah cambió rápido de conversación, centrándose en su compañera de al lado. La hija de una amiga de Soledad.
—Genial, voy a pasar la cena viendo ligar a mi hermano. —Remugó.
Mario enarcó una ceja.
—No está ligando, solo es amable. Si ligara ahora se movería un poco para quedar más enfrentado a ella y de ese modo provocar que solo lo vea a él. Se pasaría la mano por el pelo y, en el mismo movimiento, por su mandíbula, hasta dejarla casualmente apoyada en la mejilla, con el pulgar rozando el labio inferior. —Como si lo escuchara, su amigo realizó el movimiento y los dos abrieron mucho los ojos.
—Ala, es como si lo dirigieras. ¿Qué más haría?
—Esto no es un juego.
—Venga, es eso o que me cuentes cosas de tu vida, como por ejemplo: ¿por qué acabó tu relación con Izaskun?
Era lo único de lo que tanto él como su hermano se habían negado a hablar.
La miró de reojo, la conocía y sabía que solo había propuesto ese tema por su firme negativa a contarle lo ocurrido. Cogió la copa de vino, le dio un sorbo y, aclarándose la garganta, dijo:
—Atenta, porque si de verdad está ligando no tardará en buscar una excusa para acercarse a su oído a susurrarle cualquier tontería que la haga reír.
Sin dejar de mirar el espectáculo que tenían enfrente, los dos cogieron una croqueta y se la llevaron a la boca. Abril por poco se atraganta al ver cómo su hermano retiraba uno de los mechones que caía distraído y se acercaba para hablar.
Él le dio unos ligeros toques en la espalda.
—¿Estás bien?
—No. ¿Siempre es igual?
—La mayoría de las veces.
—Qué ascazo.
—Oye, cada uno tenemos nuestros trucos. A tu hermano le funciona eso, otros se lucen en el gimnasio o ligan por internet. Todos repetimos las mismas pautas y más cuando sabemos que funcionan. Lo que me asombra es que sea capaz de hacerlo aquí y ahora.
—¿Todos repetís las mismas pautas? ¿Cuáles son las tuyas?
