Prólogo
Londres, 1871
Anna estaba tumbada sobre su cama, oculta debajo de las mantas, hecha un ovillo. Habían pasado cuatro meses desde que Gowin se marchara, y su corazón continuaba hecho pedazos. Aquella jovencita de cabello dorado, iris azulado y rostro angelical, lucía demacrada. Una mancha violácea se había adueñado de su piel, circundando la parte inferior de sus ojos. Los intentos desesperados de sus hermanas, de sus padres y también de Sophia o de Juliet para que saliera de su recámara y paseara, al menos, por los jardines de la mansión, estaban resultando infructuosos.
La relación de Anna con su madre no había vuelto a ser la misma. La acusaba de tenerle un odio enfermizo a Gowin y de ser la responsable de su precipitada salida del que había sido su hogar durante los últimos ocho años.
Anna acarició su vientre mientras esbozaba una triste sonrisa y se preguntaba dónde y cómo estaría él: su amor.
Cuando escuchó como la llave con la que cerraban su alcoba cada noche, a petición de Eliza, se insertaba en la cerradura, Anna no reaccionó.
—Señorita Anna —le dijo Florence, el ama de llaves—, su madre quiere que baje a desayunar con ella y con sus hermanas.
Richard había vuelto a viajar a Tyneside y no regresaría hasta finales de mes. Su vuelta se esperaba para el día veintiocho de febrero, martes.
—Dígale a su señora que no tengo apetito —le respondió Anna.
—Permítame que insista, señorita Anna.
—Y a mí, permítame decirle que se marche de mi recámara ahora mismo… No olvido cómo le fue con el chisme a mi madre, aquel día.
Anna hablaba de la mañana en la que besó a Gowin por primera vez, en la cocina. Fue sorprendida por Sophia, quien nunca la habría traicionado; no podía decir lo mismo de aquella estirada mujer hacia la que Anna no sentía estima alguna.
—Me debo a mi señora —se justificó, sin vacilar, Florence.
—Pues vaya y dígale a su señora que no me pienso mover de aquí.
Desde aquel aciago día, Anna se había negado a compartir mesa con su madre. Sí había tomado té con sus hermanas y con Juliet, en la biblioteca, o en su propia recámara. También había permitido que Richard la visitara. Ella se había tumbado sobre su regazo y, en completo silencio, su padre le había acariciado el cabello mientras ella había llorado amargamente.
***
El ama de llaves regresó al comedor y en su rostro se podía leer que, esa mañana, tampoco había logrado su propósito.
—No piensa bajar, ¿verdad, Florence? —inquirió Eliza.
—No, mi señora —le respondió el ama de llaves.
—Está bien… Puede retirarse, Florence, y dígale a Lizzie que le suba el desayuno a Anna.
—¿Qué esperaba, madre? ¿Pensaba que Anna iba a seguir siendo la misma de antes después de lo que le hizo? —La miró con rabia Frances.
—Vuestro padre y yo hicimos lo correcto —siguió justificándose Eliza.
—De haber dependido solo de padre, no lo habría enviado al destierro —dijo Catherine.
—No exageres, Catherine. Ese muchacho solo era el mozo de cuadras.
—Ese muchacho es el hombre del que Anna está enamorada, madre. Acéptelo —manifestó Alice.
—¿Aceptarlo? No digas tonterías, Alice. A Anna se le acabará pasando, retomará su vida y, llegado el momento, conocerá a alguien que sí esté destinado a ella.
—¿Alguien con dinero, madre? —interpeló Frances.
—Alguien que no forme parte del servicio… Y, ahora, tengamos el desayuno en paz. No quiero escuchar una sola palabra más sobre Anna y…
—Gowin, madre… El hombre al que ama su hija.
—Catherine, o te callas o te marchas a tu recámara —le advirtió Eliza.
—Si me da a elegir, prefiero irme, madre.
—Tú te quedas ahí sentada, Catherine, y cierras la boca. ¿Me has entendido?
—Sí, madre.
—Anna me preocupa —comenzó a decir Eliza pasados unos minutos. Tenía lágrimas en los ojos—. Apenas toma alimento, ha perdido peso, tiene vómitos, y no me deja acercarme a ella.
—Fue intransigente con ella, la abofeteó, repudió a Gowin e hizo que se marchara de la mansión… ¿No cree que se lo merece, madre?
—No seas tan dura conmigo, Alice… Yo solo quiero lo mejor para vosotras.
—Si eso fuera cierto, Gowin estaría aquí, madre —señaló Frances.
—Siempre lo supisteis, ¿verdad? —Elevó la mirada Eliza.
—Sí, madre —le respondió Catherine.
—¿Y cómo es posible que no tratarais de hacerla entrar en razón?
—Anna es nuestra hermana, la queremos sin condición, madre… No podíamos hacer otra cosa que escucharla y apoyarla, eso es lo que se espera de nosotras. —La miró con aversión Frances.
—¿Y de mí?, ¿qué se esperaba de mí?
—Lo mismo, madre —le dijo la mayor de sus hijas.
—Si me disculpáis, hijas.
Eliza se limpió los labios, depositó la servilleta sobre la mesa, se puso de pie y abandonó del comedor.
—¿Creéis que comienza a tener remordimientos? —inquirió Catherine.
—No lo sé, pero no me da la sensación de que se arrepienta de haber echado a Gowin —indicó Frances.
—Pienso igual que tú, Frances —manifestó Alice—. A madre le duele el desdén de Anna, pero no lamenta que él ya no esté.
***
Anna se incorporó y caminó hacia la ventana. Su mirada se detuvo sobre el cielo. Estaba nublado y pensó que no tardaría en descargar su furia, en forma de agua, sobre aquel impío suelo del barrio de Mayfair. Nada había vuelto a ser igual desde aquella tarde, desde que aquel carruaje se alejara de la mansión y regresara sin Gowin. En el rostro de él pudo ver el mismo dolor que llevaba adornando su faz desde aquel aciago día. Gowin no había luchado por ella, pero tampoco había tenido demasiadas opciones. Al final, ella, la persona que menos quería perjudicarle, se había convertido en la razón de su desdicha. Anna se preguntaba acerca de la suerte que pudiera estar corriendo. De repente, había perdido a la única familia que había tenido desde que se quedara huérfano y se había tenido que marchar a un continente desconocido, solo, y con el corazón hecho añicos. Ella sabía que Gowin la amaba tanto como ella a él. No podía aceptar que aquello fuera una despedida definitiva.
Anna trató de huir, en las noches, y en los días siguientes a su partida. Esa era la razón por la que cerraban la puerta de su recámara con llave. Durante el día, era más sencillo mantenerla vigilada.
—Señorita Anna —escuchó decir a Lizzie—, le traigo el desayuno.
—Déjalo encima de la mesa —le dijo Anna sin mirarla.
—¿Le importa que le prepare el baño mientras lo toma, señorita Anna? —le preguntó la doncella.
—No, no me importa; pero te marcharás en cuanto esté listo —le hizo saber Anna.
—Desde hace un mes no me deja acompañarla en sus baños, señorita Anna, y me obliga a mentirle a su madre —se lamentó Lizzie.
—Si no quieres mentirle, dile la verdad. Nadie te lo impide. —Anna se giró para mirarla y a la doncella le impactó ver el cambio que había ido experimentando—. Puedes seguir el ejemplo de Florence o de Lucy, o puedes ser mejor persona. Depende de ti.
Lizzie agachó la mirada y se dispuso a preparar el baño. Ella no quería correr la misma suerte que Lucy. Anna se negó a seguir viviendo bajo el mismo techo que la persona que le había destrozado la vida; y, al día siguiente de la partida de Gowin, la doncella también abandonó la mansión. En su lugar, habían contratado a Clara, una sobrina de Rose, la cocinera. Lemuel, un joven oriundo de Essex, se había convertido en el nuevo mozo de cuadras.
Anna apenas tomó unas cuchadas de puré. Sí apuró el vaso de leche.
—Su baño está listo, señorita Anna —le hizo saber Lizzie.
—Puedes retirarte —le indicó Anna.
La doncella azuzó la lumbre antes de abandonar la recámara. Anna se desprendió del camisón y se introdujo en la bañera.
—Anna, soy Frances, ¿puedo pasar?
La pregunta de Frances se hizo acompañar de unos sutiles golpes sobre la puerta.
—Claro, puedes pasar —le dijo Anna.
Frances caminó hacia uno de los laterales de la bañera, se agachó, apoyó sus brazos sobre el borde y le sonrió a su hermana.
—¿Cómo te encuentras hoy, Anna?
—Radiante —ironizó ella.
—Anna, por favor… Tienes que tratar de sobreponerte a todo esto. —La miró con ternura Frances.
—¿Me puedes explicar cómo hacerlo, Frances?
Los ojos de Anna se habían posado sobre el agua.
—Tienes que empezar por querer, Anna… Sé que no es fácil, pero tienes que pensar que Gowin va a estar bien.
—¿Mejor que aquí? Venga ya, Frances… Me gustaría morirme. —Frances la miró horrorizada—. Si no fuera por…
—¿Por qué, Anna?
—Oh, Frances, apártate, creo que…
A Anna no le dio tiempo de terminar su frase. Tras aguantar una arcada, le sobrevino el vómito.
—Por el amor de Dios, Anna, estás enferma —se alarmó Frances—. Voy a llamar a…
—No, no llames a nadie… Tú solo tráeme la toalla.
Anna se puso de pie, dándole la espalda a su hermana, y Frances cubrió su cuerpo.
—Anna…
—¿Qué?
France no le respondió. En su lugar, la sostuvo por los hombros y la obligó a darse media vuelta.
—¡Dios mío, Anna, estás embarazada!
A Frances le caía un mar de lágrimas por las mejillas.
—Este es el motivo por el que aún sigo aquí, Frances. —Apretó una sonrisa Anna—. Una parte de Gowin se quedó conmigo, crece en mi interior. Él sigue formando parte de mi vida.
—Él te amaba tanto como tú lo amabas a él.
—Lo sigo amando, Frances… Que él ya no esté no cambia todo lo que siento —le dejó claros sus sentimientos Anna.
—Eso es algo que nunca he puesto en duda. —Frances se mantuvo pensativa durante unos segundos—. ¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde hace un mes —fue sincera Anna.
—Nunca nos dijiste que Gowin y tú… Padre y madre tienen que saberlo, Anna. Necesitas que te vea un doctor.
—Prométeme que no dirás nada, Frances. Deja que yo lo gestione —le pidió Anna.
—Sabes que no puedes ocultarlo para siempre, Anna… Estás muy delgada y… ahora, sé qué está causando tus vómitos… ¡Oh, hermana!
Frances no pudo evitar acercarse aún más a ella y rodearla con sus brazos.
—Voy a cuidar de ti y de tu bebé —le susurró Frances al oído—. No tengas miedo. Estoy a tu lado, y Alice, Bella y Cath también lo estarán.
—Ninguna de nosotras pudimos evitar la marcha de Gowin —musitó Anna.
—Lo sé, y no sabes cuánto lo lamento… Esta vez, será diferente, te lo prometo.
Anna se aferró a su cuerpo y se dejó querer. Había estado necesitando compartir su secreto con alguien. Sabía que Frances estaba en lo cierto. Tarde o temprano, sus padres descubrirían su estado. Anna tan solo tenía que encontrar el momento adecuado para contarles lo que en realidad estaba sucediendo con ella, y no creía que este existiera.
***
Bella había decidido pasear por los jardines de Riderland House. Thomas había salido muy temprano para asistir a una reunión de negocios. A los duques de Riderland la vida les sonreía. Su amor no había decrecido. El paso de los meses no había hecho sino que este se volviera más pasional, más envolvente, e incluso más irracional, si era posible. Sin embargo, Bella comenzaba a convivir con la pena. A esas alturas, y dada su activa vida sexual, no entendía por qué aún no se había quedado encinta.
—Buenos días, mi amor —la saludó Thomas, besándola en los labios y sentándose a su lado.
—Buenos días. —Le sonrió Bella—. Llegas pronto. ¿Está todo bien?
—De maravilla… Pero tú vuelves a tener esa mirada —le dijo Thomas.
—¿Qué mirada?
—Triste, pensativa, perdida…
—Thomas, yo… ¿Y si no puedo darte un heredero? —dejó salir sus temores Bella.
Bella sabía que no podía ocultarle nada a su esposo. No quería hacerlo. Después del altercado con Caroline, habían acordado que no se ocultarían nada el uno al otro. Bella se negó a volver a dormir en aquella recámara, la que habían compartido desde que se desposaran, y Thomas, después de agradecerle su sinceridad y de haber entendido sus razones, la había complacido.
—Mi amor, tienes que relajarte. Sé que tendremos un hijo, o dos, o tres, o…
—Para. —Le sonrió Bella.
—Al menos, he conseguido mi propósito —le dijo Thomas antes de adquirir un semblante más serio—. No quiero que la idea de darme un hijo se convierta en una obsesión para ti, Bella, porque no lo es para mí. Sé que seremos padres y que seguirás haciéndome el hombre más feliz de este mundo.
—Nadie como tú sabe hacer que me serene, Thomas.
—Tú eres mi única prioridad, amor mío. No soporto verte rodeada de tristeza, me hace sentir que soy incapaz de hacerte feliz.
—No, mi amor. —Bella sostuvo su rostro entre sus manos—, a tu lado siento que la vida es pura magia. A tu lado lo tengo todo… Es solo que…
—Shhhh…. —le impidió continuar Thomas—. Démosle tiempo al tiempo, Bella… Y, mientras tanto, sigamos haciendo el amor.
—Eso es algo a lo que no pienso renunciar nunca, ¿me has oído? —Lo miró con pasión Bella.
—Te he oído, y te secundo.
Thomas acercó sus labios a los de Bella y los besó con vehemencia. Acto seguido, la rodeó con uno de sus brazos y Bella apoyó la cabeza sobre su hombro. Estando a su lado, Bella sentía que nada podía hacerle daño. No obstante, no podía dejar de preguntarse si algo no marchaba bien en su interior.
***
Richard regresó el día acordado y, después de saludar a su esposa, a Alice, a Frances y a Catherine, que lo recibieron haciendo derroche del infinito amor que le tenían, quiso ver a Anna. La encontró sentada en una silla, de frente a una de las ventanas.
—Hola, padre —lo saludó Anna sin apartar la mirada del horizonte.
Richard caminó hacia ella y se agachó a su lado.
—¿Cómo te encuentras hoy, hija?
—Bien —fue la escueta respuesta de Anna.
—No lo parece, Anna… No puedes seguir así, cariño mío. Me parte el alma verte en este estado —sonó afligido Richard.
—No debiste hacer que se marchara, padre. —La mandíbula de Anna comenzó a temblar.
—No tuve otra opción, hija.
—Siempre hay opciones, padre; pero lo más fácil para madre y para usted era enviarlo lejos, alejarlo para siempre de mí, evitar el escándalo.
—Anna, yo…
—No sufra, padre. A usted lo he perdonado… ¿Sabe por qué? —Richard negó con la cabeza—. Porque fue bueno con él, porque lo trajo a mi vida, porque sé que lo quería.
Richard tuvo que esforzarse para no romper a llorar. Para él tampoco estaba siendo fácil lidiar con la desidia de Anna, con la presión de su esposa, o con la asunción de sus propias decisiones.
—Necesito que vuelvas a ser la de antes, Anna —le dijo Richard mientras acariciaba su rostro enfermizo.
—La Anna a la que conoció ya no existe, madre y usted la mataron.
Anna lo miró por primera vez a los ojos, y Richard pudo ver el vacío. Aquello le heló la sangre.
—Anna, hija…
—Padre, antes de marcharse, tengo que decirle algo… —Richard la observó con expectación y con amargura—. Pídale a Bella y a Thomas que vengan a la mansión, mañana. Necesito deciros algo y, por favor, le pido que no me haga ninguna pregunta.
—Haré lo que me pides.
Richard la besó en la frente antes de volver a dejarla a solas.
***
—Padre, ¿está seguro de que Anna va a bajar? —le preguntó Catherine.
El matrimonio Atwood, junto con cuatro de sus hijas y Thomas, se habían reunido en el salón principal de la mansión.
—Eso me dijo —le respondió Richard.
—¿Puedes parar, Frances? —le pidió Eliza.
Frances movía sus piernas compulsivamente. Ella era la única persona que conocía el secreto de Anna y comenzaba a temerse la tormenta que volvería a cernirse sobre los cimientos de aquella casa y de su familia.
—Estoy nerviosa, madre.
—Todos lo estamos, Frances… Creo que Anna nos va a pedir que la recluyamos en un convento —expresó en voz alta sus temores.
—Más quisiera… —farfulló Frances.
—Tú sabes algo. —La escudriñó con la mirada Catherine.
—Cállate, Cath.
—Callaos las dos —les pidió Eliza.
Anna acababa de atravesar la puerta del salón. Llevaba puesto tan solo el camisón, y se había cubierto con una bata. A Thomas, quien había pasado cuatro meses sin verla, se le erizó el vello de la piel al contemplarla. Pensó que se trataba de otra persona. Nada quedaba en ella de la vitalidad que siempre tuvo. Sus ojos lucían apagados, amoratados, y se le notaban los huesos de los pómulos.
—Me alegra veros a todos. —Apretó los labios Anna, esgrimiendo una triste sonrisa.
Al dar un paso al frente, la cabeza comenzó a darle vueltas. Anna se tambaleó. Richard y Thomas la sujetaron, haciendo que se sentara en uno de los divanes. Frances no tardó en acomodarse a su lado.
—Anna, hija, tienes que dejar que te vea un doctor —le dijo Eliza.
—No finja que le importo, madre. —Le clavó una dura mirada Anna.
—Es que me importas, Anna.
En los labios de Anna se dibujó una irónica sonrisa.
—Hermana —se agachó Bella delante de ella—. Madre tiene razón, tienes que dejar que te vea un doctor. Estás enferma.
—No, Bella, no estoy enferma —Anna se llevó ambas manos a su vientre—. Estoy embarazada.
Capítulo 1
—Has dicho… ¿embarazada? —Eliza la miraba con espanto.
—Eso he dicho, madre.
—Pero… ¿cómo ha podido pasar?
—¿Quiere que se lo explique, madre?
Thomas no pudo evitar torcer una sonrisa. Él, al igual que Richard, Bella, Alice, Catherine y la propia Eliza, estaban impactados. No era el caso de Frances, quien apretó fuerte la mano de Anna.
—¿Gowin es el padre? —le preguntó Richard.
—Sí —le respondió Anna mirándolo a los ojos.
—¿Eso es lo único que se te ocurre preguntar, Richard? —lo censuró Eliza—. Tu hija y ese… muchacho nos faltaron al respeto, en nuestra propia casa, ¿y tú le preguntas si el hijo es de él? Esto no puede ser verdad.
—Estoy esperando un bebé fruto del amor, madre.
—Cállate, Anna.
—¿Me va a volver a pegar si no lo hago, madre? —la desafió Anna.
—¿Cuándo le has pegado a nuestra hija? —La miró con perplejidad Richard.
—Fue el día que decidisteis echar a Gowin de esta casa —se pronunció Frances.
—No sabía nada —mostró su desconcierto Richard—. No esperaba algo así de ti, Eliza.
—¿Pero si esperabas que tu hija se quedara embarazada del mozo de cuadras?
—Sigue faltándole al respeto, madre. Ese fue el motivo por el que me abofeteó, por defender el honor de Gowin… Padre. —Anna buscó la mirada de Richard—, cómpreme un pasaje en el próximo barco que zarpe hacia América. Buscaré al padre de mi hijo y nunca más volverán a saber de mí.
—Eso no va a pasar, Anna. Eres mi hija, y esa criatura que crece en tu interior es mi nieto —le dijo Richard.
—No, Richard… Espero que no estés pensando en dejarlo estar. —Eliza sacudió la cabeza—. Anna se irá de esta casa, hoy mismo, la llevaremos a la casa de campo de los Thompson, esa familia goza de nuestra más absoluta confianza.
—Anna no va a ir a ningún sitio, madre —elevó el tono de voz Alice.
—Eso no lo decides tú, Alice.
—Yo tampoco voy a permitir que se la lleve de aquí, madre —le hizo saber Frances.
—Supongo que ya conoce mi postura, madre. —La desafió con la mirada Catherine.
—Si no la quiere en casa, se vendrá con Thomas y conmigo a Riderland House, madre; pero no la va a alejar de nosotras —dejó clara su postura Bella.
—La idea es alejarla de Londres, no sacarla de esta casa para llevarla a otra que está al lado… ¿Tú no tienes nada que decir, Richard?
—Anna no va a ir a ningún sitio, Eliza.
—Olvidaba tu debilidad por ese muchacho… —A Eliza no le sorprendió la postura de su marido—. Está bien, te quedarás en esta casa, Anna; pero nadie sabrá que estás encinta.
—No pienso esconderme, madre —le dijo Anna.
—Harás lo que se te ordene, Anna… Tendrás a ese bebé, ninguna de nosotras queremos convertirnos en unas pecadoras ante los ojos de Dios; pero, cuando nazca, lo llevarás a una casa de beneficencia o lo darás en adopción.
—¿Cómo ha dicho, madre?
Frances tuvo que ayudar a Anna a ponerse de pie.
—Lo que has oído, Anna.
—Escúcheme bien, madre. —A Anna le corrían dos mares de lágrimas por las mejillas—. Tendrá que matarme si pretende que abandone a mi hijo. ¿Es que no ha tenido suficiente con
