Capítulo 1
Un salón de Brooks’s, Londres. Principios de julio de 1883
Lord Bramble Rosegarden miró a su abuelo, el conde de Abbott, con el ceño fruncido.
—¿Cómo que no me pasarás más la asignación?
Estaban en un salón de su elegante club, Brooks’s, donde cada tarde solía tomar el té, antes de iniciar lo que llamaba su «ronda de diversiones», que podía variar desde una velada musical hasta una bacanal desenfrenada en una mansión de las afueras, aunque sus preferencias siempre pasaban por asistir al teatro, lo único en la vida que alejaba aquella eterna sensación de tedio e infelicidad que ocultaba tras todas sus sonrisas, y que trataba de ahogar en el alcohol de sus fiestas.
La visita de su abuelo lo había tomado por sorpresa y había alterado el breve espacio de paz en el que solía leer el periódico. Los condes de Abbott se encontraban en esos momentos alojados en Rosegarden Park, pasando unas inesperadas vacaciones con la familia y, aunque la mansión familiar estaba cerca de Londres, no solía gustarles ir y venir con aquel calor sofocante.
Además, su abuelo era miembro de White’s, y no simpatizaba con muchos de los que los rodeaban en esos momentos, distribuidos por el elegante salón. Que estuviera allí ya había sido indicio de que algo grave pasaba.
Que hablase de su asignación fue lo que terminó de provocar todas las alarmas.
—Ya te lo he dicho. Tu abuela me está volviendo loco y esto se ha terminado.
—Pero ¿qué he hecho? —replicó Bram. Se le ocurrían muchas razones para eso, para terminar en la cárcel por inmoral y apóstata, e incluso para ser expulsado del Imperio inglés a las tierras bárbaras del exterior, pero nada de lo que hubieran podido enterarse sus abuelos. O eso esperaba.
Hablaban en susurros. En el lugar se encontraban demasiados amigos de su hermanastro, lord Thorn Rosegarden, el mayor de los hermanos Rosegarden, y ni su abuelo ni él deseaban que se supiera que le pasaba una mensualidad. Lord Abbott lo hacía desde que Thorn le retirase la suya, por una confusión en la que estaban implicados un fumadero de opio y una chinita encantadora, la hermosa Xia, cuyo nombre significaba «puesta de sol».
La guerra entre Thorn y los condes de Abbott había sido siempre muy fructífera para Bram. Aunque habían vuelto a hablarse, por influencia de la reciente esposa de Thorn, lady Rosalynn, y hasta había surgido aquella invitación a pasar unas semanas del verano en la mansión familiar, se trataban lo menos posible.
Algo que a Bram le venía muy bien, porque una de las razones por las que él no quería que se supiera nada de aquello era que Thorn, por influencia de Rosalynn, no solo le había restituido la paga de otros tiempos, sino que la había aumentado, y ahora era mucho más generosa.
Bram nunca había vivido en tal abundancia. En las últimas semanas, los burdeles de Londres nadaban en champán a su costa. Pero, al parecer, estaban a punto de expulsarle de ese Paraíso, como si fuera un demonio.
Lord Merlin Carter-Stone, conde de Abbott, lo miró con esa expresión decidida que guardaba para las ocasiones especiales. Por lo general, era un hombre cauto y discreto que se mantenía en un segundo plano, y era su esposa, lady Cordellia, la que hacía y deshacía a su antojo. Él no, él guardaba silencio y la seguía por el mundo como un perrito faldero.
Pero, a veces, a saber cómo o por qué, surgía un temperamento insospechado en él, y ponía esa mirada, algo reservado para ciertos momentos.
Como ese.
—Tienes una fama terrible, jovencito —dijo, con firmeza—. Yo entiendo que un caballero de tu edad necesite tener una o dos amantes, pero lo que se cuenta por ahí... —Hizo una pausa, quizá esperando a que Bram se defendiese tachando todo aquello de mentiras, pero no lo hizo. Era felizmente cierto, y tenía por norma no arrepentirse nunca de sus actos—. O sientas la cabeza y te comprometes con alguien que aprobemos, o no volverás a ver un penique de mi dinero.
Bram se removió inquieto en su asiento junto a la gran chimenea, que estaba apagada en esos momentos. Por su mente, empezó a pasar una lista de rostros y profesiones que entrarían en conflicto, de dejar de recibir los pagos por sus muchos servicios.
El sastre. El zapatero. El perfumista. Sus dos burdeles habituales, las tres queridas que mantenía en casitas coquetas en Londres, su propio apartamento, donde llevaba a todas las amantes. El tipo de Whitechapel que se ocupaba de avisarle para las apuestas de caballos y combates…
Todos ellos se iban a enfadar mucho con él si su abuelo cumplía su promesa. Contaba con ese dinero para pagarles, ya que no era ahorrador, precisamente, y el resto se lo había gastado en champán.
Bram empezó a sudar.
—Abuelo, por favor. Todavía soy muy joven.
—Veintitrés años, no tardarán en ser veinticuatro, en noviembre. A tu edad me casé yo. Pero nadie dice que contraigas matrimonio de inmediato, muchacho, no es eso —añadió, más amable. O magnánimo—. Pero sí tienes que empezar a cortejar a alguien, iniciar un compromiso con alguna jovencita apropiada. Eso contentaría a tu abuela. —Suspiró y le palmeó el brazo—. Hazlo, Bram. Te conviene.
—Lo pensaré.
Su abuelo afirmó la mandíbula.
—Bien, bien. Pues, cuando te decidas, avísame, para que ordene a los abogados que reanuden la asignación. De momento, está paralizada. —Al ver su expresión de espanto, se apiadó un poco—. No te disgustes, es cosa de tu abuela. Desde que Thorn se casó, no deja de darme la lata.
—Thorn solo se casó para evitar que yo pudiera llegar a ser marqués de Farrose, de tener él algún accidente en sus juergas. O Bush, para el caso.
—Sí, probablemente. Pero ya ves que eligió bien. Lady Rosalynn es encantadora, y yo le agradeceré siempre que nos invitase a tu abuela y a mí a pasar unos días a Rosegarden Park, con vosotros. Bueno, con tus hermanos. —Ahí estaba, el reproche por el hecho de que Bram estaba viviendo en Londres desde hacía varias semanas. No había vuelto por Rosegarden Park excepto para dar algún paseo por los alrededores con Thorn y Bush. Y solo porque Bush había insistido hasta casi suplicar—. Espero que no olvides el cumpleaños de tu abuela. Y que estés allí será condición sine qua non para que algún día te restaure la asignación. Te lo advierto muy en serio.
—Ya, bueno… —No tenía pensado ir, no era algo que le agradase, pero claro, estando así las cosas, como para decirlo—. Por supuesto que tenía previsto ir. Y llevarle un gran regalo.
—Eso me alegra. —Apretó los labios—. Os echamos mucho de menos, Bram. Mucho. Deberíais vivir con nosotros, en Abbott Manor. Ese maldito juez…
Se refería al juicio por la tutela que tuvo lugar tras la muerte de sus padres, pocos años antes, en un naufragio durante un viaje a Francia. Los condes de Abbott habían deseado acoger a sus nietos pero, para sorpresa de todos, su padre había dejado escrito que deseaba que la tutela la ejerciese Thorn, el hijo de su primer matrimonio.
Thorn, único hijo de la primera esposa de su padre, lady Rosamund —fallecida al darle a luz—, siempre había vivido lejos de Rosegarden Park, de internado en internado. Así había sido, desde muy niño, desde poco después del nacimiento del propio Bram. Este no se lo reprochaba, porque no había sido por voluntad propia. Su madre, lady Peony, había sido una mala arpía que apenas había dejado espacio a su alrededor para sus propios hijos, como para admitir los de nadie más, por mucho que lady Rosamund hubiese sido su amiga en otros tiempos. Ja. Seguro que solo la había rondado para poder ir seduciendo a su marido.
En cualquier caso, por eso Thorn había visitado Rosegarden Park lo menos posible, y a ellos los trataba de hermanastros, no de hermanos. No había habido amor fraternal de ningún tipo, ni siquiera una lejana simpatía.
Sin embargo, llegado el momento, tras leer la carta de su padre, en la que le conminaba a cuidar de sus cinco hijos menores, Thorn se había enredado en una agria batalla legal por la tutela de sus hermanastros, a la que también aspiraban sus abuelos maternos, los condes de Abbott. Y se salió con la suya, pese a su edad —era todavía un joven de veinticinco años por entonces— y pese al poder de lord Merlin.
La única vez que Bram le había preguntado al respecto, Thorn lo había mirado con desdén y le había dicho:
—Soy un Rosegarden. Siempre nos salimos con la nuestra, siempre.
Él parpadeó, renuente a admitir cuánto admiraba a su hermano mayor. Rio, también despectivo, se encogió de hombros y se fue, pero esas frases se habían quedado marcadas a fuego en su alma y siempre trataba de cumplirlas.
Como tendría que hacer en esa ocasión, aunque todavía no supiera cómo.
Bram y su abuelo dieron por concluido aquel té tan incómodo y salieron fuera. En la acera, ofreció su coche a su abuelo para que lo llevase a White’s, y él inició un paseo sin rumbo y sin dejar de darle vueltas a cómo solucionar su problema. No tenía ningún plan ni se sentía motivado a buscarlo. Estaba demasiado deprimido; por eso, cuando se encontró con unos amigos, hasta le costó sonreír. Algo insólito en lord Bramble Rosegarden.
—¿Adónde vas, Rosegarden? —preguntó uno de ellos.
Lord Charles Cherry, conde de Darney y heredero del marqués de Greyrock, iba del brazo con su prometida, lady Pamela Willmore, hija del conde de Keys. Como de costumbre, la acompañaba de carabina su hermano pequeño, lord Vincent, que caminaba detrás, a un par de pasos, con su eterna cara de tedio.
Vincent, que se consideraba un poeta y tenía los grandes gastos de un poeta, solo accedía a ser su escolta a cambio de una generosa paga extra, que Darney le daba encantado para que los dejara a solas en los momentos oportunos.
Algo que, por otra parte, también hacía Bram.
Se encogió de hombros, tan aburrido como Vincent.
—Nada. Solo daba un paseo.
—¡Venga al teatro con nosotros, milord! —exclamó lady Pamela, feliz cual pizpireta. En público siempre se hablaban de usted, nada que ver con su trato cuando estaban a solas.
Bram la miró con simpatía. Pobrecilla, no le gustaría saber en qué compañías había estado su futuro esposo la noche anterior, y con qué brío había follado con todas ellas. Claro que, a Darney tampoco le gustaría saber que la muchacha en cuestión había retozado más de una tarde en la cama de Bram, en el bonito apartamento que tenía en Londres para esos asuntos.
Por suerte para ambos, él sabía guardar un secreto. ¡Qué demonios, sabía guardarlos por miles!
—¿Qué van a ver? —preguntó, con genuino interés, porque si algo lo motivaba en la vida era una buena obra de teatro.
De haber podido aspirar a un trabajo remunerado, le hubiese encantado poder escribir libretos, contar sus propias historias y dirigir las puestas en escena. Para él, todo lo relativo al mundo de las candilejas tenía una magia muy especial. Era algo que le emocionaba hasta lo más profundo. Le hacía arder la sangre con tanta intensidad como un buen orgasmo.
—Una dama en apuros, la última obra de Willy Fellows, en The Magic.
—Ah…
Bueno, quizá no todo tuviera magia, al fin y al cabo. Willy Fellows le parecía un autor pésimo, a la altura de su capacidad interpretativa. Su único mérito era que había heredado el teatro familiar, ganado, según rumores, por una abuela muy hermosa que había sido amante de un marqués.
También decían que había sido mejor empresaria que actriz, pero que, llevada por su ego, casi había arruinado el negocio a fuerza de tomar para sí los personajes protagonistas.
Daba la impresión de que el nieto había llegado al mundo decidido a rematar ese trabajo, y con mayor ahínco. Mal actor, peor dramaturgo, pésimo empresario... Ni siquiera tenía la gracia y la belleza de su abuela, con lo cual, nadie dudaba de que The Magic había caído en un declive imparable, y que no tardaría otra generación en cerrar sus puertas.
Lo cual, en opinión de Bram, sería una bendición para el mundo del teatro. Las historias de Willy Fellows estaban llenas de tópicos y su estilo era malo y pretencioso, un mal intento de imitar a Shakespeare, sin talento alguno. Ir a ver ese estreno le apetecía tanto ir como recibir una coz en la peor parte posible de su anatomía.
—No sé… —empezó, tratando de elaborar rápidamente una excusa. Mala cosa, porque su creatividad se esfumaba cuando estaba preocupado. Por suerte, no hubo necesidad de más.
—Hay una actriz nueva —le dijo su amigo Darney, y le lanzó con disimulo la mirada habitual que usaban cuando salían de cacería nocturna por el Londres más oscuro y disoluto—. Dicen que es la nueva amante de Bertie.
Bertie. Ese era el apodo por el que, en su círculo más íntimo, era conocido el príncipe Alberto, primogénito varón de la reina Victoria y, por tanto, heredero del imperio al completo. Tenía ya más de cuarenta años y estaba casado desde hacía mucho, pero no parecía decaer en su gusto por los devaneos con el sexo femenino. Bram no podía culparle por eso, al contrario. Y, si había escogido a esa actriz, solo podía indicar que era, ciertamente, muy hermosa.
De modo que era eso, Darney iba a tantear el género mientras paseaba a su prometida. Si la actriz era lo bastante agraciada, esperaría a que terminase todo interés de Bertie por ella, y lanzaría sus redes. No tardaría en ponerle una casita, en la que la visitaría cada tarde, hasta aburrirse de ella, algo que solía ocurrir en un plazo entre tres semanas y tres meses.
Bram suspiró. No estaba de humor y odiaba el teatro de Fellows, pero tampoco tenía nada mejor que hacer. Además, si la joven actriz era de verdad lo bastante bella, podía divertirse robándosela a su amigo. Sí, ¿por qué no? Esa clase de juegos, auténticas competiciones, siempre le levantaban el ánimo.
La obra resultó tal como esperaba, una exaltación del lujo y la opulencia de las clases altas, formada por seres exquisitos siempre amenazados por la barbarie de la plebe. En pocas palabras, la historia iba de una hermosa lady secuestrada por unos maleantes contratados por un malvado nonagenario, un nuevo rico sin linaje alguno, que deseaba casarse con ella.
Por suerte, la muchacha lograba escapar y, gracias a la ayuda de un joven y guapo ladrón —personaje que empezaba mal al ser interpretado por el propio Willy Fellows, un cuarentón caduco y carente de atractivo, y que terminaba peor al resultar ser un duque de incógnito, en un alarde de imaginación que casi logró que Bram lanzara un grito—, conseguía salir del laberinto de callejones hediondos en el que tantos delincuentes se empeñaban en vivir, y regresar a su hogar, un palacio en el que se adivinaba para ambos una larga vida llena de felicidad conyugal y esplendor. Fin.
Dada semejante historia, en otras circunstancias, Bram bien hubiera podido llegar a considerar que morir de forma repentina en la butaca en la que estaba sentado hubiese sido la mejor opción, la más piadosa. Morir, antes que soportar ni un momento más aquella tortura.
Pero no fue así.
No podía serlo, puesto que la joven que interpretaba a la atribulada lady Violet era una criatura realmente preciosa.
Según el cartel de la obra, se llamaba Tess Newhill, y no solo era bella de rostro, grácil de figura y poseedora de un carisma que hacía que no pudieras apartar los ojos de ella una vez la habías visto, todo ello virtudes propias de muchas actrices que ya había admirado y convertido en sus amantes.
También, además de todo eso, mostraba esa finura en sus movimientos tan propia de las damas educadas simplemente para decorar el mundo de sus futuros maridos. Algo que las hacía muy diferentes de las mujeres que habían tenido que defenderse con uñas y dientes, al crecer en la parte más dura de la vida.
—¿Sabes algo de ella? —le preguntó a su amigo en el descanso, aprovechando que su prometida y su hermano estaban saludando a unos conocidos.
El otro rio por lo bajo.
—Te gusta, ¿eh? Pues lo siento, pero va a ser mía.
—Eso todavía está por ver —replicó Bram, sin dejarse importunar—. Seguro que esa belleza tiene algo que decir al respecto.
—Por supuesto. Dirá «sí, por favor, milord, gracias por prestarme su atención», y luego «¡Sí, sí, sigue, sigue, más, más!». —Ambos rieron—. Si quieres podemos apostar. Pero debería ser algo realmente… interesante.
—No sé… ¿Mil libras para el primero que se acueste con ella?
—Mil libras para el primero que se acueste con ella. —Cerraron el trato con un estrechar de manos entre caballeros, algo que Bram siempre encontraba tremendamente irónico—. Entonces, esto es la guerra, amigo mío, y no voy a darte facilidades. —Se inclinó hacia él, magnánimo—. De todos modos, sí puedo decirte que afirma que es viuda, y de origen humilde, aunque guarda celosamente su pasado.
Bram contempló el vestíbulo lleno de gente, pensativo.
—Demasiado elegante para una descripción tan simple —murmuró—. ¿Es cierto que es la nueva amante de Bertie?
—No lo sé, puede que lo sea, pero yo me lo he inventado. —Rio y se encogió de hombros—. Pam no quería venir y tuve que tentarla. ¡No iba a decirle q
