Amor y otras estúpidas palabras

Elena Montagud

Fragmento

1. Amigos con derechos

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Amigos con derechos

«Relación informal, sin compromisos».

Por desgracia, me he dado cuenta demasiado tarde

de que no estoy hecha para ese tipo de relaciones.

Yentonces Víctor le propuso ver a otras personas porque, según él, es mejor que se lo tomen con calma.

—Ajá —asiente Dani mientras da un buen trago a su cubata.

—Pero tampoco creo que se lo estuvieran tomando de manera tan intensa, ¿no? Son amigos y de vez en cuando quedaban para darse un gustillo… —prosigue Celia sin apenas coger aire para respirar.

Ahí están mis supuestos dos mejores amigos conversando sobre lo que me ocurrió hace un par de semanas. Y digo «supuestos» porque están cotilleando sobre mí y compartiendo sus impresiones acerca de lo que me planteó mi lío, amigo con derecho a roce, rollo —como queramos llamarlo— como si no me encontrara delante de ellos. Que no es que sea alta, pero tampoco excesivamente baja, y mucho menos transparente, pues con la camiseta naranja fosforito que llevo es posible distinguirme desde el otro extremo del pub.

—Si te he entendido bien, lo que Víctor quiere es tirarse a todas las que le dé la gana.

—¡Vale! —exclamo provocando que mis amigos se sobresalten y me miren como si me hubiera materializado delante de ellos de repente—. Creo que necesito una copa.

—Lo que necesitas es pasar de ese estúpido de una vez por todas —declara Dani, y no es la primera vez que me lo dice. Dejé de contarlas tras los dos primeros meses de estar con Víctor, y llevamos «juntos», sea lo que sea lo que eso signifique, año y medio—. Esta es la ocasión perfecta para hacerlo, Evi. Sé que lo consideras un amigo y que sigues coladita por él, pero está claro que lo que quiere es acostarse con todo lo que se le ponga por delante. Aprovecha y haz tú lo mismo.

—No es tan sencillo —protesto mientras nos dirigimos a la barra del local para pedir una copa—. Bueno, la cuestión es que, en realidad, sí tendría que serlo. Porque estamos a gusto, sin complicaciones, nos lo pasamos bien… fuera y dentro de la cama.

—Aun así, tú no te sientes bien pensando en que se acueste con otras, ¿no? —termina Celia por mí.

A ella sí le gusta Víctor, pero tampoco es un triunfo porque a Celia todo el mundo le es simpático. Es la persona más amigable, empática y maja que he conocido en mi vida. Se lleva genial con todos, es comprensiva, tranquila y tiene una sonrisa permanente. Todo lo contrario que Dani, quien, si una mañana se levanta decidido a estar de mal humor el día entero, lo cumple. Mi amigo no tiene pelos en la lengua y es de esos que o te cae genial o te cae fatal; no hay un término medio con él. Pero también es una de las personas más sinceras que conozco: si piensa que debe decirte algo bueno, te lo dirá. Si es algo malo, también, aunque te haga llorar como a un bebé. Su lema es que es mejor herir a un amigo con la verdad que destruirlo con las mentiras. Y luego, en este trío nuestro de amistad tan dispar, estoy yo que, según ellos, soy la friki de los modelitos raros y la loca de las palabras. Pero no soy ninguna loca, en serio, tan solo una enamorada de las palabras y de la lectura.

—Yo voy a reconocer que tiene buen culo. —Dani arruga la nariz como si se sintiera culpable por pensar eso—. Claro que no tanto como para obviar que es un inmaduro y un gilipuertas. Podrías haber conocido a alguien mejor mientras te acostabas con él, Evi. Has dejado pasar muchos trenes. —Sacude la cabeza con un suspiro y le dedico una mirada furibunda.

—Démosle un voto de confianza. Tal vez ha sido sincero y lo único que quiere es un periodo de reflexión sobre el conflicto —media Celia.

—¿A qué llamas «conflicto»? ¿A no saber tenerla guardada dentro de los pantalones?

Ignoro los comentarios de ambos. Aún siento algo por Víctor y, por mucho que intento pasar de él porque no me hace ningún bien estar así, no lo consigo. De manera que esta noche tengo que tratar de olvidarlo y pasármelo en grande.

Al llegar a la barra, me inclino hacia delante con la intención de pedir un chupito de Jäger. Es jueves y hay una cantidad ingente de universitarios que han decidido, al igual que nosotros, que necesitan una noche de fiesta. Casi todos son de primer curso, almas aún cándidas en busca de nuevas experiencias. Celia, Dani y yo también nos corrimos nuestras buenas juergas durante ese primer año. Con el paso del tiempo fuimos serenándonos… un poco.

—¡Un chupito de Jäger, por favor! —grito, para ver si el camarero se entera. Si me echo más hacia delante me caeré de morros detrás de la barra.

Pero no se digna hacerme el menor caso, sino que se dedica a atender a unas chicas que han llegado después de nosotros.

Me vuelvo hacia mis amigos y les pregunto, señalándolas a ellas y después a mí:

—¿Es porque soy plana?

—Tú eres preciosa, Evi. Lo que pasa que a ese le van más los guapos.

Ya le ha salido a Dani «el radar», como lo denomina él. Me aparta de un empujón y se coloca donde estaba yo hace un par de segundos. Levanta una mano y chasquea los dedos. No es un chico tímido, pero cuando bebe aún se suelta más. En realidad, los tres somos idénticos en eso. Otra cosa en común para forjar nuestra sólida amistad.

El camarero se da la vuelta de inmediato y Dani alza tres dedos.

—¡Tres chupitos de Jäger! —exclama.

—¡No, Jäger no! —protesta Celia.

—No seas tan quejica, que cuando tú tienes penas bien que quieres ahogarlas en copazos.

—¿Quién tiene penas aquí y ahora? —intervengo forzando una sonrisa.

La verdad es que no ando llorando por los rincones, pero, como he dicho antes, no acabo de estar bien. Me siento dolida, molesta y extraña. Y reconozco que, a pesar de no tener nada serio con Víctor, no me esperaba eso de él. Quizá me creé unas expectativas que no concuerdan con la realidad, porque conozco a Víctor desde hace años y siempre ha sido un poco mujeriego. De hecho, estaba convencida de que nunca tendría nada con un chico así, que solo seríamos amigos. Con todo, acabé haciéndolo. Y se supone que mientras nos acostábamos, no había nadie más en nuestras vidas. Pero por lo que parece se ha cansado de eso… Me dijo que debíamos tomárnoslo con más calma. Puede que lo asustara cuando le propuse vivir conmigo (por cuestiones puramente económicas, en serio), no sé. La cuestión es que Víctor ha decidido alejarse, y yo, desde entonces, me siento mal. Entre dolida, insegura y desilusionada. Cabreada con él y hasta con los tíos en general.

El camarero sirve a Dani los tres chupitos con una sonrisa seductora en el rostro. Nunca pisa el gimnasio, pero la genética —yo afirmo que tiene ancestros vikingos— esculpió su cuerpo como si de una escultura se tratase. Ni a Celia ni a mí se nos pasa por alto que el barman escribe algo en una servilleta y que se la entrega a Dani con los chupitos. Él la coge sin decir ni mu, luego agarra el vasito y nos insta a que hagamos lo mismo. Brindamos y nos los bebemos de golpe. A Celia se le arruga toda la cara y profiere un gritito. Bebe muy de vez en cuando, más que nada cuando no encuentra la solución a algo, y eso no suele ocurrir a menudo ya que siempre sabe qué hacer, y si no lo sabe medita un rato y se siente mejor.

De vuelta en la pista preguntamos a Dani qué le ha anotado el camarero en la servilleta, aunque ya nos lo imaginamos. En cuanto se la saca del bolsillo y la desdobla, lo confirmamos: es el número de teléfono del barman.

—¿Lo llamarás? —quiere saber Celia entornando sus ojos azules.

—Guapa, ¿por quién me has tomado? —Esboza una sonrisilla y luego exclama—: ¡Pues claro que lo llamaré! ¡¿Tú has visto cómo está ese tío?!

Dani es bisexual y afirma que se enamora de las personas y no de sus sexos, pero, en realidad, nunca lo he conocido enamorado. Desde que vio Las crónicas de Narnia, espera que un príncipe al estilo de Ben Barnes venga a buscarlo y se lo lleve a algún reino mágico donde vivir liberados de prejuicios por siempre jamás. Eso sí, por el camino hacia el amor eterno el tío va disfrutando. Celia y yo hemos perdido la cuenta de sus ligues. Los últimos han sido casi todos chicos. Chicos que a mi amiga y a mí nos provocan un infarto de lo jamelgos que están cada vez que los vemos, sea en foto o en persona…, aunque casi nunca nos da tiempo a conocerlos en persona: Dani cambia de chico como de calzoncillos.

Tras terminar de sonar la última canción de Harry Styles —Celia es devota de este cantante—, ella intenta reprimir un bostezo sin mucho éxito.

—Disculpadme, pero es que esta semana estoy agotada. Desde que pusieron el menú degustación en el restaurante viene mucha gente.

A Celia la conocí en el instituto. Una vez me contó que lo que le llamó la atención de mí fue mi forma de vestir, tan distinta a la de las demás chicas. A mí ella me ganó con su brillante sonrisa y su calma. Después también fuimos juntas a la misma facultad, aunque no cursamos la misma carrera. Ella eligió Comunicación y yo opté por Estudios hispánicos. Celia quiere ser guionista, pero de momento no ha encontrado una oportunidad en lo suyo, de manera que trabaja en un restaurante muy pijo que encaja poco con su forma de ser y en el que echa muchas horas. Claro que cuando aprieta la necesidad económica…

—Pues mañana pienso ir resacoso a la empresa. Y que se fastidien —espeta Dani con ademán orgulloso.

Daniel estudió Ciencias empresariales en otra facultad. No le hacía mucho tilín esa opción, pero sus padres lo presionaron de lo lindo y creo que por no escucharlos más se metió allí. A decir verdad, se le dan bien los números y la contabilidad, y al final no le disgustó del todo la carrera. Su hermano mayor lo enchufó en la empresa donde trabaja y ahora son compañeros. A Celia y a mí nos disgusta el ambiente laboral en el que se mueve nuestro amigo. Por lo que nos ha contado, existe una cultura empresarial muy masculina y, en ocasiones, tiene que soportar comentarios homófobos que se filtran como bromas. También cuentan chistes delante de él… y a veces hasta su hermano se une a los otros. Dani lo disculpa porque dice que luego le pide perdón, pero pasan los días y vuelve a suceder. Y es que Lucas, su hermano, es un poco estúpido. Nunca me ha caído bien. Los tres nos conocemos desde niños, pues mi familia y yo estuvimos viviendo en la misma calle que ellos hasta que nos mudamos. Aun así, nos seguimos viendo regularmente.

Para ser sinceros, a Dani le chifla la actuación y sabemos que su gran sueño sería estudiar Arte dramático. Celia y yo le hemos insistido más de una vez en que se lance a perseguirlo, pero le echa para atrás lo difícil que es vivir como actor, y a Dani le gustan los caprichos y viajar. No es que yo sea una experta en cine, pero creo que tiene talento. Se le da bien interpretar. En ocasiones, después de mucho pedírselo y para darnos el gusto, recrea alguna escena de nuestras películas favoritas o inventa otras, y quedamos alucinadas.

Buscamos un espacio libre y más tranquilo para charlar un poco y, mientras nos abrimos paso por el atestado pub, Dani —espoleado por el alcohol— continúa con su perorata en contra de Víctor.

—Siempre me ha dado mala espina, Evi. Es un pícaro que se las sabe todas. ¡Mándalo a la mierda de una vez! ¡Ni mantener vuestra amistad ni nada!

He de reconocer que Víctor había ido de frente hasta ahora, incluso solía afirmar que «la monogamia es una burda mentira impuesta por la sociedad». Aun así, se me antojó que conmigo podía ser distinto, que tal vez quería una relación más seria, aunque nunca hubiéramos hablado de eso. Creo que es algo que nos ha pasado a todos…, me refiero a lo de hacernos unas ilusiones que no se corresponden con la realidad.

—Si a Eva le incomoda la situación, que lo hable con él con tranquilidad —interviene Celia—, pero no debe actuar impulsivamente. Son amigos desde hace años…

—¡Tía, deja de dorar la píldora a ese tipo! —Dani corta a Celia, y esta arruga la nariz, molesta.

—¿Sabéis de dónde viene esa expresión? —inquiero.

Me miran con cara de «Cállate», y finjo que me coso la boca. Entiendo que la explicación sobre su significado es un poco inadecuada en este momento, cuando estamos de copas en un pub.

—Me pido un Uber y me largo, a ver si pillo a Eric despierto aún y termino bien la noche —nos informa Celia.

Eric es el novio de mi amiga y tiene tres años más que nosotros. Se conocieron cuando empezamos la carrera, una noche en que salimos de botellón. Es un chico muy majo, sencillo e inteligente. Tienen bastantes cosas en común y siempre he pensado que hacen una buena pareja. A mí me habría encantado que Celia compartiera piso conmigo, pero Eric y ella se mudaron hace poco menos de un año y les va bien la convivencia.

—¡Me parece fatal que te marches ya! ¡Habíamos quedado para animar a Eva! ¿No ves que se enrollaba con un estúpido y que necesita encontrar un compañero de piso? ¡Compórtate como una buena amiga y deja el polvo para otro día! —la regaña Dani.

Se enfrascan en una discusión, como de costumbre, y necesito otro chupito porque la cabeza se me va a otro problema: encontrar ya un compañero de piso. La anterior me dejó en la estacada de repente, después de haber pasado algunos meses sin pagar su parte de los gastos de luz, agua y comunidad con la excusa de que iba muy mal de pasta, que necesitaba tiempo. Y yo, como una tonta, se lo concedía hasta que me percaté de que cada mes (y fueron al menos cinco) aparecía con un bolso de marca nuevo. Cuando hace unas semanas decidí que iba a darle un ultimátum, fue ella misma la que me comunicó que se largaba. ¡Y sin pagarme las deudas! Dani lleva insistiéndome desde entonces en que le plante una denuncia, pero no se me dan demasiado bien los conflictos y tampoco quiero que mi madre se entere de lo tonta que he sido. Como consecuencia de haberme hecho cargo yo de esos gastos, me he quedado sin un euro y, si no le encuentro pronto sustituto, a ver quién es la guapa que paga este mes. Podría pedírselo a mi madre, diréis… Pues no. Eso nunca. Porque me soltará una perorata sobre el hecho de ser tan pánfila y crédula, y me sentiré también peor en relación con Víctor…, así que prefiero resolverlo sola.

Mi madre se mudó hace más de un año con su novio, con quien lleva dos años. Casi el mismo tiempo que nuestra relación lleva enfriándose más aún, algo que se originó tras la muerte de mi padre. Reconozco que no me sentó nada bien que conociera a alguien tan pronto y que lo vi como una traición hacia mi padre, aunque poco a poco he conseguido relativizarlo. Cuando me dijo que se marchaba a vivir con Ernesto me sentí aliviada porque así tendría más intimidad y no habría tantos roces entre nosotras.

Animada por Celia, decidí proponer a Víctor que se viniera al piso. En cuanto se lo comenté, se destapó la caja de Pandora.

—¿Vivir juntos?

Estábamos cenando en un Burger King, uno de sus lugares favoritos. Todo lo grasiento y perjudicial para la salud le encanta a Víctor. Y todos nos preguntamos cómo es que está delgado y tiene un cutis tan estupendo. Misterios de la vida.

—Cuando estaba a punto de poner los anuncios —le dije, y me encogí de hombros tratando de aparentar indiferencia—, pensé que podrías venirte tú. Nada, compañeros y ya está, por supuesto… Bueno, compañeros, compañeros… Somos amigos y algo más. ¡Y así no tendríamos que ser tan silenciosos cuando nos acostemos! —Me reí yo sola porque él se mantuvo muy serio.

—Eva, tía, es que yo estoy guay en casa de mis padres. No tengo que pagar nada y puedo ahorrar. Ya sabes que quiero comprarme ese bajo de dos mil euros del que te hablé.

El año pasado también se compró una batería. Le gusta tocar y se esfuerza, pero a mí no me parece que lo haga bien.

—Además, nosotros estamos genial como hasta ahora, ¿no? Con nuestra independencia y eso… Y he estado pensando en algo, nena. —Se terminó la última patata frita que le quedaba y sorbió de la pajita antes de continuar—: Llevamos ya un tiempo acostándonos solo tú y yo…

—Casi año y medio —le recordé.

—¡Año y medio, nada menos! —Soltó un silbido al tiempo que sacudía la cabeza. Me quedé callada, con la hamburguesa en las manos—. He pensado que deberíamos abrirnos.

—¿Cómo? —pestañeé confundida.

—Ya sabes, conocer otra gente. Deberíamos disfrutar de nuestra juventud.

—¿Qué quieres decir?

—Que me apetece acostarme con otras chicas. Tú y yo podemos seguir viéndonos también, claro… Pero es que necesito vivir más experiencias, nena.

Reconozco que soy de las que cuando se acuesta con alguien no siente las ganas de hacerlo con nadie más. Y mucho menos si estoy enamorada. Entiendo que él quiera acostarse con otras, aunque me joda. Aun así, cuando me lo propuso me sentí…, no sé, como abandonada.

—Todavía nos queda un montón de vida por delante. Me encantas, nena, pero hay todo un mundo ahí fuera. —Y extendió los brazos para reafirmar su frase.

Unos días después le dije a Víctor que yo no era capaz de acostarme con otros y con él al mismo tiempo. Llegamos a la conclusión de que era mejor seguir siendo solo amigos y ya está, no tener más intimidad. Porque, en el fondo, yo sentía algo por él y no iba a estar cómoda sabiendo que se acostaba con otras y conmigo. Prefería cortar de raíz y regresar a la amistad que habíamos compartido antes de liarnos. Ahora, sin embargo, tampoco estoy segura de eso. Después de todo…, ¿puedo ser simplemente amiga de Víctor?

—¡Al menos se lo ha dicho a la cara! ¡Habría sido peor que fuera por detrás!

—Celia, bonita, ¡deja de ser tan flower power, que no vivimos en el mundo de los unicornios!

Mientras mis queridos amigos discuten, lo veo. A Víctor. En la pista, bailando con una morenaza de las que quitan el hipo. No corre ni una pizca de aire entre ellos. En el fondo no es raro que me lo encuentre aquí, estamos en un pub que frecuentan casi todos los jóvenes de entre dieciocho a veintipico, próximo a la zona universitaria pero famoso en toda la ciudad y al que Víctor y yo hemos venido más de una vez porque nos pilla cerca de nuestro barrio.

Agarro a cada uno de mis amigos de un brazo. Ellos siguen a lo suyo y les doy un pellizco.

—¡Ay! Pero ¡¿qué te pasa, Eva?!

Señalo hacia donde se encuentran Víctor y la chica, que cada vez le arrima más su firme trasero. Y él, en lugar de apartarse, se queda plantado en el mismo sitio y la coge de la cintura. Le ha faltado tiempo. Sin poder evitarlo, me entra un cosquilleo molesto en el estómago al verlo así.

—Lo que yo os decía —suelta Daniel con los brazos cruzados.

Por unos instantes no sé muy bien qué hacer. ¿Largarme e irme a casa, sola y cabreada? La verdad es que no soy así. ¿Me acerco y lo saludo porque somos amigos y personas civilizadas?

Celia y Daniel se mantienen a la espera de mi reacción y yo, poniéndome cada vez más nerviosa y con un sinfín de etimologías en mi cabeza, los abandono y me lanzo hacia la barra. El camarero está sirviendo un par de chupitos de tequila que, lo más probable, serán para las dos chicas que hay a mi lado. No les doy tiempo a cogerlos. Se los arrebato al barman y, ante la estupefacta mirada de ellas, me los bebo de golpe. ¡Dios, qué fuertes están!

—¡¿Qué haces, tía?! —chilla una con voz aguda.

Saco el monedero de mi bolso y planto, con un manotazo, un billete de cinco y una moneda de euro en la barra. La noche de los jueves los chupitos cuestan un euro con cincuenta.

—Ponles cuatro. Las invito.

Me largo dejándolas con la boca abierta. Mis amigos, que han contemplado todo lo que he hecho, me siguen con la mirada. Dani tiene una sonrisa en el rostro y Celia parece patidifusa. Víctor está diciendo a la morena algo al oído y tienen las bocas cada vez más cerca. La presión que siento en el estómago se torna más real. Pienso en lo que opinan Celia y Dani: en que disfrute yo también. Pues… ¿por qué no? La noche es joven, yo soy joven y llevo bastante alcohol en las venas. Recuerdo que, desde que hemos llegado, Celia ha insistido en que hay un chico que me lanza miradas todo el rato. Lo busco por el pub y lo veo cerca de Víctor y su nuevo ligue. Qué casualidad. Tal vez esto sea cosa del destino. Es muy alto, de cabello castaño, ancho de espaldas, buen cuerpo. Justo en ese instante se da la vuelta y nuestras miradas conectan. También es bastante atractivo de cara. Un poco serio, pero eso le otorga un aire misterioso. Le sonrío, aunque él no me devuelve el gesto, tan solo sigue observándome con atención al tiempo que bebe de una copa con un líquido transparente. Me lanzo a la pista como un carnívoro en busca de su presa.

—¡¿Adónde vas, Eva?! —pregunta Celia.

Cuando me sitúo al lado del chico, estoy bastante cerca de la parejita, pero Víctor no repara en mí. Me arrimo sin ningún disimulo al desconocido y empiezo a bailar muy cerca de él. Dándole la espalda, bailo de la manera más desinhibida que sé. Por unos segundos, noto que estoy rozándolo con el trasero como un rato antes hacía la chica que está con Víctor. En otras circunstancias me habría muerto de vergüenza. Sin embargo, me digo a mí misma que esta noche voy a triunfar. Muevo las caderas al ritmo de la música y, entonces, noto una respiración en el cuello. Se me pone la piel de gallina cuando el chico toca mi hombro desnudo con los dedos y pregunta:

—¿Nos conocemos?

Por su tono de voz no parece molesto, sino curioso. Así que, envalentonada por el alcohol, el desplante de Víctor y la voz atrayente del desconocido, continúo bailando. En un intento de movimiento sexy, me vuelvo meneando la melena para soltarle algo como «No te conozco, pero me gustaría», y le derramo la copa encima. Él, con los brazos abiertos, mira su camisa empapada y luego dirige los ojos hacia mí. Le sonrío de forma coqueta y me dispongo a disculparme, pero antes de que pueda hacerlo me grita muy cabreado y en un inglés perfecto, por lo que adivino que no es español:

Are you crazy or what?!

¿Que si estoy loca? Pero ¿qué dice este?

Y después se da la vuelta y me deja allí con la boca abierta.

2. Capullo

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Capullo

«Envoltura dentro de la cual se encierra el gusano de seda para transformarse en crisálida. También empleado como término malsonante y coloquial para referirse a una persona estúpida o molesta». Este último sentido es mi

favorito para dedicárselo a ciertas personas.

Me quedo callada mientras lo veo alejarse, sin saber muy bien cómo reaccionar. Cuando logro hacerlo, decido seguirlo. ¿Quién se ha creído que es para hablarme de esa forma? ¡Tirarle la copa ha sido un accidente y me iba a disculpar!

Alcanzo al chico antes de que se pierda entre el gentío porque no consigue pasar. Quizá tendría que dejarlo estar y punto, pero mi vena impulsiva mezclada con el alcohol ha tomado el control. Le doy unos toquecitos en el hombro con el índice y le pregunto:

—¿Piensas que no te he entendido o que no sé inglés?

Echa un vistazo a su alrededor con un gesto petulante.

—Por lo que he constatado hasta ahora, el nivel de inglés en España no es que sea el mejor del mundo —replica.

¡Ja! Seguro que es el típico extranjero prejuicioso, porque desde luego español no es, aunque lo habla muy bien… Pero tiene un ligero acento que no logro identificar a causa del jaleo de la discoteca. ¿Acaso se cree que aquí todos somos unos zopencos en los idiomas? He conocido unos cuantos así debido a mi trabajo: para ganar algún dinerillo también doy clases de español de forma autónoma a algunos extranjeros y los ayudo con las correcciones de sus tesis o sus trabajos finales de máster y grado.

Ahora que me fijo bien en el chico, tiene aspecto de ser un pijo redomado. No deja de observarme con altivez. Lleva una camisa blanca de manga corta de Prada que contrasta con su piel bronceada, unos pantalones oscuros de aspecto caro también y el cabello castaño engominado con la raya al lado. Parece el típico estirado que te mira por encima del hombro… ¿Cómo puede haberme resultado, siquiera, atractivo? Debe de haber sido el Jäger, que es muy maquiavélico.

A pesar de su mirada burlona, no tengo por costumbre ser antipática. Además, como le he tirado la bebida encima, me propongo invitarlo a otra. Así que le digo en inglés:

Come on, I’ll buy you a drink!

Arquea las cejas, sin apartar su mirada de la mía.

—No, gracias, no necesito que me invites a ninguna bebida —responde—. ¿Y por qué no me hablas en español? ¿Tienes miedo a que lo hable mejor que tú? —Con una sonrisita engreída, desliza la vista de mi cara a mi cuerpo, y yo cambio el peso de un pie a otro.

¿Qué está insinuando este tío? ¡Es un capullo en toda regla! Ahora me arrepiento de haber meneado el culo delante de él, de haberlo seguido para intentar disculparme y de querer pagarle una copa. Pues va a quedarse sin ella, desde luego. Que se la costee él, que seguro que cada mañana se sumerge en una bañera de oro macizo llena de billetes.

A pesar de todo, no puedo mantener la boca cerrada.

—Perdona, pero no. No creo que controles la lengua mejor que yo.

Regresa su mirada a la mía y entorna los ojos. No sé qué se le estará pasando por la cabeza, aunque casi prefiero no saberlo. Y entonces, como si me hubiera leído el pensamiento, dice:

—Eso habría que verlo. Tendrías que demostrarme de lo que eres capaz de hacer con ella.

El alcohol me nubla un poco la mente, por lo que no adivino en ese momento el doble sentido, y contraataco.

—Te lo demuestro cuando quieras. Soy filóloga y… ¡Oh!

Cierro la boca cuando, de repente, se arrima tanto que nuestros cuerpos vuelven a rozarse como en la pista. El pulso se me acelera. Se inclina hacia mí y a punto estoy de echarme hacia atrás, pero no lo hago. Su rostro está demasiado cerca del mío. ¿Qué va a hacer? Noto su respiración en mi boca. La suya, entreabierta, se aproxima a la mía. Sin apenas ser consciente, cierro los ojos. No soy capaz de controlar mi propio cuerpo. Pasan unos segundos en los que no ocurre nada y, cuando vuelvo a mirarlo, descubro que se ha separado y me contempla como si fuera una extraterrestre.

—¿Pensabas que iba a…? —empieza, pero alzo un dedo y le hago callar, muerta de vergüenza.

Se yergue y hace un gesto de disgusto, como si mi mera presencia le supusiera un horror.

—Como rechazas esa bebida gratis, me marcho.

No sé por qué le he informado de lo que voy a hacer, debería largarme y punto. No pinto nada aquí y, sin embargo, mis pies no se mueven. Supongo que mi mente no entiende por qué se ha pasado toda la noche mirándome y ahora es tan antipático conmigo. ¿Será porque le he arruinado la camisa?

—Pues no, no quiero tu bebida… Y la verdad es que no sé qué pretendías hacer en la pista, pero no me interesa para nada.

—Pero ¿qué dices?

—Que has sido tú la que se ha acercado a mí. Yo estaba tan tranquilo y tú has venido toda directa y luego me has seguido hasta aquí…

—¡Y tú te has tirado casi toda la noche lanzándome miraditas!¡Y me has rozado la espalda! —exclamo—. Y… y… ¡has intentado besarme! —añado con voz aguda.

—¿Qué? —Suelta una risita irónica y niega con la cabeza—. No eres mi tipo. No me van las chicas que pueden causarme un ataque epiléptico. Si te miraba era porque es imposible apartar los ojos de esa… esa… ropa. —Baja su mirada hasta mi camiseta.

¡¿A qué viene este ataque tan ridículo y gratuito?!

Aunque, pensándolo bien, supongo que lleva razón en que no soy su tipo. Viéndolo a él, lo más probable es que le vayan las pijas con los morros llenos de colágeno, forradas e igual de estiradas.

Me ignora y se pide una botella de agua. Cuando se da la vuelta, continúo allí. Arquea las cejas y me mira desde su altura, que es mucha.

—Eh… ¿Necesitas algo? —me pregunta en su tono petulante.

—No, qué va, es que voy a pedirme una copa —miento, pero me lanzo a la barra.

—No pretenderás que te invite, ¿no?

—¡Por supuesto que no! Yo tampoco acepto invitaciones de antipáticos.

Sacude la cabeza mientras pasa por mi lado, pero antes de marcharse se inclina de nuevo hacia mí.

—En serio, si quieres ligar esta noche, conmigo lo tienes difícil —me susurra al oído—. A mí no me van tan… lanzadas. Y digo esa palabra por ser políticamente correcto, más que nada.

¡Será capullo! ¡Desde luego que jamás me acercaría a un tipo como este y mucho menos para ligar con él! Lo observo con los brazos en jarras y dejo que se marche. Ya me he cansado de tanta tontería. Segundos después, un poco más serena, barro el pub con la mirada y me percato de que Víctor ha desaparecido. ¿Se habrá ido con la morena? A unos metros de distancia descubro a mis amigos, que continúan plantados donde estaban.

—Menuda cara de perro que traes, Evi —me suelta Dani una vez que los alcanzo con andares apresurados.

—¡Jamás te había visto intentar ligar así con un chico! —exclama Celia.

—Bueno, es que me he dicho que por qué no ligaba yo también esta noche. —Resto importancia al asunto con una mano y me excuso—. También es verdad que el alcohol me ha nublado la razón. Me niego a beber más Jäger a partir de ahora.

—Siempre repetís lo mismo Celia y tú y siempre acabáis cayendo de nuevo. Menudas reincidentes —se mofa Daniel—. Pero oye, lo que has hecho ha sido digno de una de las mejores actuaciones de Emma Stone. El pelo y las pecas las traes ya de serie.

—¿Y qué te ha dicho ese tío bueno? Porque de repente se ha ido a la barra y tú lo has seguido, y en un momento dado parecía que iba a bes…

—¡Es el mayor capullo que he conocido en mi vida! —corto a Celia con un grito, y ella abre mucho los ojos, sorprendida—. Es una de esas personas prepotentes y llenas de prejuicios.

—Vaya, pues la verdad es que era muy guapo. —Mi amiga se encoge de hombros y, de manera disimulada, lo busca con la mirada hasta dar con él.

Para mi sorpresa, se encuentra unos pasos más allá de nosotros, con otro chico.

—Guapo será, pero cuando te topas con alguien con esa actitud tan repelente se le quita todo el atractivo —replico.

Para mi desgracia, él está observándome de nuevo. ¿Y ahora qué quiere? ¡Parece que esté perdonándome la vida con esos ojos fríos y esa seriedad! Sin embargo, atisbo también en ellos algo que no logro entender, algo distinto… ¿Es curiosidad? No, no puede ser. Pero noto una sensación extraña en el cuerpo y me apresuro a desviar la mirada.

Poco después Celia, que no ha parado de bostezar, nos informa de que su Uber está al llegar y la acompañamos a la salida. Hace un rato que no veo al antipático desconocido por ningún lado, así que imagino que se habrá marchado. No obstante, cuando ya estamos cerca de la puerta noto un roce en la muñeca. Me doy la vuelta para averiguar de quién se trata y me topo con el capullo engreído. Bajo la vista hacia mi mano, pues aún está tocándome y siento un calambre que, en el fondo, no me disgusta. Por unos segundos vuelvo a pensar que tiene algo que llama la atención. No sé si es su altura, su piel bronceada o su mirada… También me doy cuenta de que, un poco más allá, un grupito de chicas se lo comen con los ojos mientras cuchichean entre ellas.

—¿Ya se va la señorita pelirroja? ¿Al final no has encontrado ninguna conquista? Pues es una pena porque son casi las cuatro de la madrugada y ya no vas a tener ningún éxito esta noche…

Pero… ¿quién se ha creído que es este gilipuertas? Me planto las manos en las caderas y en el tono más irónico posible le espeto:

—Tú, en cambio, con lo «majo» que eres seguro que ya habrás conseguido que unas cuantas caigan a tus pies. Dime, ¿cuántas han sido? ¿Cero? ¿Menos diez?

El chico curva el labio superior ligeramente hacia arriba. ¿Ha sido eso un atisbo de sonrisa? ¿Y qué confianzas son esas para llamarme «pelirroja»? Vuelve a mirarme de arriba abajo y recuerdo que, hace un rato, se ha metido con mi camiseta naranja fosforito. ¡Una de mis favoritas! De modo que rápidamente le doy la espalda. Y entonces noto que le he golpeado con mi larga melena en toda la cara.

Fuck! —grita.

Esbozo una ancha sonrisa al oír su exabrupto. ¡Nadie se mete con mi camiseta! Además, se merece el golpe por ser una maldita pesadilla.

Una vez fuera, mis amigos guardan silencio, aunque intercambian miradas de soslayo.

—Se supone que de Víctor te atraía esa actitud prepotente y chulesca, ¿no? —se atreve a decir Dani.

—No, no te equivoques —le rebato con un dedo en alto—. Víctor nunca ha sido como ese tío. Puede que sea un pelín creído, como él, y que a veces se le vaya la pinza, pero nunca se ha metido conmigo ni con mi forma de vestir —les recuerdo—. Ese tipo, en cambio, ha sido un capullo integral.

Dani contempla mi camiseta unos segundos con las cejas arqueadas.

—Chica, es que te colocamos en plena Quinta Avenida y te confunden con un cartel de neón.

Le lanzo una mirada asesina y le hago un corte de mangas. Mientras tanto, Celia ya está subiendo en su Uber e ignoro a Daniel para despedirme de ella. Después los dos decidimos que también es hora de marcharnos porque, además, él tiene que levantarse en menos de cuatro horas para ir al trabajo. Compartimos el taxi, y cuando ya nos encontramos cerca de mi casa —es la primera parada— me coge de la mano.

—Ni Víctor ni ese tío te merecen —me susurra—. Estás muy por encima de ellos, Evi. Lo que necesitas es un chico guapo, inteligente, amable, ingenioso… con el que puedas compartir esas pasiones tuyas y pasarte horas hablando de libros y palabras.

—¿Existe algún chico así por ahí? De momento solo los he encontrado en la ficción —murmuro, y mi amigo ladea el rostro con una sonrisa.

El taxi se detiene delante del portal del edificio donde vivo. Le dejo a Dani un billete de cinco euros para que pague mi parte. Me inclino y le doy un abrazo.

—Gracias por la noche de hoy, la necesitaba.

—Y yo mañana voy a necesitar un cubo de café, pero… ¡lo que sea por mi mejor amiga!

Celia, Daniel y yo nos chinchamos en ocasiones, como seguramente sucede en todos los grupos de amigos, pero siempre estamos ahí para escucharnos los unos a los otros, nos tenemos tanta confianza que hasta el tema más vergonzoso se convierte en uno divertido. Nos apoyamos, nos ayudamos, hacemos locuras juntos y, lo que demuestra que la nuestra es una amistad auténtica, es que pensamos en voz alta delante de los otros y, sobre todo, nos mostramos tal como somos.

Nada más entrar en casa, dejo el bolso en la consola y la fina chaqueta en el perchero. Me dirijo a toda prisa a mi dormitorio y me lanzo a la cama. De súbito aparece en mi cabeza el capullo de esta noche y suelto un bufido. Me acomodo de lado y cierro los ojos, dispuesta a dormir sin desvestirme siquiera, por el cansancio. Entonces Víctor y aquella chica se abren paso en mi mente. ¡Maldita sea! ¿Es que nadie va a dejarme en paz?

Me tapo la cara con la almohada, maldiciendo y rogando para que el sueño me venza pronto.

3. Sebastian

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Sebastian

«Proveniente del idioma griego. Derivado del verbo “sebázo”: reverenciar, honrar». Aunque, en este caso, su portador no merece ninguna reverencia.

El lunes me levanto temprano, como de costumbre, para ir a la facultad. Es mi espacio seguro, en él me siento feliz y cómoda entre libros y palabras. Lo reconozco: me gusta estudiar y, en ocasiones, puedo ser bastante competitiva en este ámbito.

Una vez en la cocina, me preparo un tazón de leche con cacao. Dani aún se ríe de mí respecto a esto, a pesar de conocerme desde hace tantos años. Pero yo no soy mucho de cafés, a no ser que lleven una cantidad ingente de azúcar, caramelo, chocolate o nata, y sé que esas opciones no son muy buenas para mis arterias.

Apenas tardo en la ducha y en vestirme, por lo que una hora después salgo a la calle con BTS —una de mis bandas K-pop favoritas— resonando en mis oídos. De camino a la facultad me encuentro con algún que otro conocido del barrio. No sé sus nombres, pero de tanto vernos ya hasta nos saludamos. Como la mujer bajita de pelo violeta que pasea cada mañana a su yorkshire o el chico de treinta y pocos años trajeado que me sonríe cada vez que me ve y que creo que a Dani le molaría. El trayecto hacia la Universidad de Barcelona, por la Gran Via de les Corts Catalanes, es uno de mis favoritos. Me gusta adivinar el destino de la gente con la que me cruzo e imaginar posibles historias.

En tan solo veinte minutos me planto en la entrada de la facultad de Filología y comunicación y, como cada mañana, alzo la vista y contemplo la imponente fachada de uno de los edificios históricos —conocido como la Universidad Central— más bellos de la ciudad. A simple vista, se diría que es un lugar regio y austero, pero una vez dentro destaca el contraste entre la tradición y la modernidad, que no solo se reduce al edificio neogótico. A pesar de ser la más antigua, también es la universidad líder en el campo de la investigación. Incluye patios con plantas y árboles en los que pierdo la noción del tiempo en muchas ocasiones ya que no parece que estés en pleno centro de Barcelona. A mucha gente le llama la atención también que en el interior del edificio haya galerías de arte, especialmente la de fotografía en la primera planta. Cuando traspaso las puertas de la facultad, siempre me imagino que he entrado en Hogwarts. Lo siento, una que es un poco friki.

Saludo a un par de compañeros con los que me cruzo por los pasillos y me voy directa al aula donde se imparte la primera clase de los lunes, una de mis favoritas: Historia de la lengua española. La imparte Rafa, que es mi tutor desde el año pasado y se ha convertido en una de las personas más importantes para mí. Compartir despacho con él gracias a la beca de colaboración está siendo una experiencia maravillosa, ya que es un hombre muy inteligente —aunque algo despistado— y lo considero como un segundo padre. Cuando regresé tras la muerte del mío, me ayudó tanto que pasó a ser más que un simple profesor. Tenemos tanta confianza que él me cuenta cosas de su familia —¡hasta he cenado con su esposa y su hija y son encantadoras!— y yo le hablo de mi vida e incluso de mis rayadas mentales.

Para ser sincera, tendría que haber terminado la carrera hace casi dos años. Siempre he sido una buena estudiante y desde el instituto supe que quería dedicarme a algo relacionado con la lengua. Pero la muerte de papá nos pilló por sorpresa: un accidente de tráfico causado por un conductor que esa noche había decidido beber más de la cuenta. Fue bastante duro porque yo era la niña de los ojos de mi padre y él era todo mi mundo. No tenía secretos para él, y me escuchaba siempre e intentaba darme los mejores consejos. Tras su muerte me vine abajo, no sabía cómo continuar sin él. Al principio me sumí en un estado de tristeza y apatía que no me permitía hacer mi vida. Dejé aparcada la carrera y asistí a terapia. Cuando empecé a sentirme mejor, me di cuenta de que quería seguir estudiando. Deseaba hacer lo que sabía que a mi padre le habría gustado que hiciera. Me importaba que se sintiera orgulloso de mí, allá donde se encontrara. Siempre me había animado a perseguir mis sueños, como había hecho él. Todavía lo echo mucho de menos, pero ya no duele. Ahora lo recuerdo con cariño y nostalgia, y trato de recordar todos los momentos bonitos que vivimos juntos.

Cuando papá falleció, mi tutor de la facultad —por aquel entonces aún no lo era, pero sí uno de mis profesores fa

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