La guardaespaldas

Katherine Center
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Fragmento

 Capítulo 1

1

El último deseo de mi madre fue que me tomara unas vacaciones.

—No le des más vueltas y hazlo —había dicho recogiéndome un mechón de pelo detrás de la oreja—. Reserva un viaje y vete. Como hace la gente normal.

Hacía ocho años que no me tomaba unas vacaciones.

Y yo le había respondido:

—Vale. —Que es lo que haces cuando tu madre enferma te pide algo. Pero a continuación, como si estuviéramos negociando, añadí—: Solo por esta vez.

En aquel momento, naturalmente, yo no era consciente de que sería su último deseo. Pensaba que se trataba de una conversación más de hospital en mitad de la noche.

Y de repente era la noche tras su funeral. No podía dormir y lo único que hacía era dar vueltas en la cama mientras la escena se repetía en mi cabeza: la forma en que mi madre me había sostenido la mirada y apretado la mano para sellar el trato, como si tomarse unas vacaciones pudiera ser algo importante.

Eran las tres de la madrugada. Mi ropa para el funeral colgaba del respaldo de la silla. Llevaba desde la medianoche esperando que me invadiera el sueño.

—Está bien, está bien —dije en alto a nadie en particular.

Repté sobre la colcha para coger el portátil del suelo y, a la luz azulada de la pantalla y con los párpados medio caídos, busqué «billetes de avión más baratos adonde sea», encontré una web que ofrecía una lista de destinos sin escalas por setenta y seis dólares, bajé por la página como si estuviera jugando a la ruleta rusa, aterricé al azar en Toledo, Ohio, y le di a «comprar».

Dos billetes a Toledo. No reembolsables, al parecer. Una oferta de San Valentín para tortolitos.

Ya está. Promesa cumplida.

El proceso me llevó menos de un minuto. Ya solo me faltaba obligarme a ir.

Sin embargo, seguía sin poder dormir. A las cinco, justo cuando el cielo empezaba a clarear, desistí, agarré las sábanas y las mantas y me arrastré hasta el vestidor, donde me hice un ovillo sobre un nido improvisado en el suelo y caí redonda, al fin, en la oscuridad sin ventanas.

Cuando desperté eran las cuatro de la tarde. Presa del pánico, me levanté de un salto y corrí por la habitación —abotonándome mal la blusa y golpeándome la espinilla con el canto de la cama— como si llegara tarde al trabajo.

Pero no llegaba tarde al trabajo. Mi jefe, Glenn, me había dicho que no fuera a trabajar. De hecho, me había prohibido que fuera. Durante una semana.

—Ni se te ocurra aparecer por la oficina —había dicho—. Quédate en casa y llora.

¿Quedarme en casa? ¿Llorar? Ni de coña. Más que nada porque —ahora que había comprado esos billetes de avión a Toledo— necesitaba encontrar a Robby, mi novio, y conseguir que me acompañara. Normal, ¿no? Nadie va a Toledo solo. Y menos aún por San Valentín.

Todo me parecía muy urgente en ese momento.

Si mi estado anímico hubiera sido otro, podría haber escrito a Robby para que se pasara por mi casa después del trabajo y haberlo invitado amablemente a acompañarme. Después de una cena y una copa. Como una persona cuerda.

Puede que hubiese sido un plan mejor.

O que hubiese conducido a un resultado mejor.

Pero yo no era una persona cuerda en ese momento. Era una persona que había dormido en un vestidor.

Para cuando llegué a la oficina —justo al final de la jornada laboral— tenía el pelo a medio cepillar, la camisa a medio remeter y un programa con la foto del instituto de mi madre en la portada todavía doblado en el bolsillo de la americana del traje pantalón que había llevado en el funeral.

Supongo que no es muy normal presentarte en el trabajo el día siguiente de enterrar a tu madre.

Había hecho mis indagaciones al respecto, y el permiso por fallecimiento de un familiar era, por lo general, de tres días, mientras que Glenn me estaba obligando a tomarme cinco. Otras cosas sobre las que había indagado durante mi noche en vela: «Cómo vender la casa de tus padres», «Cosas interesantes que hacer en Toledo» (una lista sorprendentemente larga) y «Cómo vencer el insomnio».

En resumen: todo indicaba que no debía estar allí.

Por eso titubeé al llegar a la puerta del despacho de Glenn. Y por eso acabé escuchando sin querer —o queriendo— a Robby y a Glenn hablar de mí.

—Hannah se va a pillar un cabreo descomunal cuando se lo digas —fue lo primero que oí. La voz de Robby.

—A lo mejor te ordeno que se lo digas tú. —La de Glenn.

—A lo mejor deberías reconsiderarlo.

—No hay nada que reconsiderar.

Suficiente. Abrí la puerta de un empujón.

—¿Qué hay que reconsiderar? ¿Quién va a decirme qué? ¿Por qué exactamente me voy a pillar un cabreo descomunal?

Más tarde me miraría al espejo y recibiría de él la imagen que ambos vieron en el momento en que se volvieron hacia mi voz. Digamos, simplemente, que entrañaba ojos rojos, medio cuello de la blusa arrugado bajo la solapa de la americana y una cantidad significativa de rímel mezclado con lágrimas del día anterior.

Resultaba inquietante, pero Glenn no era una persona que se inquietara fácilmente.

—¿Qué haces aquí? —preguntó—. Largo.

Tampoco destacaba por su dulzura.

Marcando territorio en el hueco de la puerta, adopté una postura firme.

—Necesito hablar con Robby.

—Puedes hacerlo fuera de la oficina.

Tenía razón. Prácticamente vivíamos juntos. Cuando no estábamos trabajando, claro. Que era la mayor parte del tiempo.

Pero ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Esperarlo en el aparcamiento?

—Cinco minutos —negocié.

—No —dijo Glenn—. Vete a casa.

—Necesito salir de mi casa —dije—. Necesito hacer algo.

Eso a Glenn le traía sin cuidado.

—Tu madre acaba de morir —dijo—. Ve con tu familia.

—Ella era mi familia —repliqué, cuidando de no elevar la voz.

—Justamente —dijo Glenn, como si hubiese pillado el mensaje—. Tienes que pasar el duelo.

—No sé cómo hacerlo —dije.

—Nadie sabe cómo hacerlo. ¿Quieres un manual de instrucciones?

Le clavé una mirada asesina.

—No me importaría.

—Tu manual es: largo de aquí.

Negué con la cabeza.

—Sé que crees que necesito… —titubeé, pues no sabía muy bien qué creía Glenn que yo necesitaba— quedarme en casa y pensar en mi madre… Pero, en serio, estoy bien. —Luego, y no mentía, añadí—: No estábamos muy unidas.

—Estabais lo bastante unidas —repuso Glenn—. Fuera.

—Déjame… archivar cosas. Lo que sea.

—No.

Ojalá pudiera decir que Glenn —grande como un tanque, con la cabeza calva y moteada de pecas, como si alguien las hubiera espolvoreado con un pimentero— era de esos jefes que parecían ariscos pero en el fondo solo pensaban en lo que era mejor para ti. Pero la mayoría de las veces Glenn solo pensaba en lo que era mejor para Glenn. Y había decidido que ahora mismo yo no estaba en condiciones de trabajar.

Lo entendía. Había sido una época extraña. Apenas había llegado a casa después de un trabajo en Dubái cuando recibí una llamada de urgencias para informarme de que mi madre se había desplomado en un paso de peatones.

De repente me descubrí llegando al hospital para enterarme de que mi madre no podía dejar de vomitar y no sabía en qué año estaba ni quién era el presidente del país; recibiendo de una médica con carmín en los dientes el diagnóstico de que mi madre sufría una cirrosis terminal, e intentando disentir diciendo: «¡Mi madre ya no bebe! ¡Ya no bebe!»; yendo esa misma noche a su casa para coger sus calcetines esponjosos y su manta favorita y encontrando su alijo oculto de vodka; vaciando frenéticamente hasta la última botella en el fregadero y haciendo correr el agua para que se llevara el olor, pensando entretanto que mi mayor desafío iba a ser conseguir que mi madre cambiara de vida.

Otra vez.

Dando por sentado que habría tiempo para eso.

Como hacemos siempre.

Pero mi madre se fue antes de que yo tomara plena consciencia de que perderla era una posibilidad.

Era mucho con lo que lidiar. Hasta Glenn, que tenía la inteligencia emocional de una taladradora, lo entendía, pero lo último que yo quería era quedarme en casa y pensar en ello.

Iba a convencerlo de que me dejara volver al trabajo aunque fuera lo último que hiciera en la vida. Y después convencería a Robby para que me acompañara a Toledo. Y entonces quizá, solo quizá, conseguiría dormir.

En una exhibición de poderío que los retaba a detenerme, me adentré en el despacho y tomé asiento en la butaca libre frente a la mesa de Glenn.

—¿De qué estáis hablando? —pregunté, cambiando de tema—. ¿Es esto una reunión?

—Es una conversación —dijo Glenn, como si supiera que yo había puesto la oreja.

—Tú no tienes conversaciones, jefe —dije—. Tú solo tienes reuniones.

Robby, guapo a rabiar con esas pestañas negras festoneando sus ojos azules, me miró como celebrando mi observación.

Me tomé unos segundos para admirarlo. Mi madre se había quedado muy impresionada cuando se lo presenté. «Parece un astronauta», me dijo, y así era. Robby, además, llevaba el pelo rapado al dos, conducía un Porsche vintage y rezumaba seguridad en sí mismo de una manera absolutamente sexy y astronáutica. Mi madre estaba impresionada conmigo por salir con él. Y, para ser franca, yo estaba impresionada conmigo misma por la misma razón.

Robby no solo era el hombre más guay con el que había salido nunca; también era la persona más guay que había conocido nunca.

Pero esa no era la cuestión. Me volví de nuevo hacia Glenn.

—¿Qué es exactamente lo que vas a ordenarle a Robby que me diga?

Glenn suspiró, en plan «Supongo que no hay escapatoria», y dijo:

—Pensaba esperar a que por lo menos —me miró de arriba abajo— te hubieras duchado… El caso es que vamos a abrir una sede en Londres.

Fruncí el entrecejo.

—¿Una sede en Londres? —inquirí—. ¿Y qué tiene eso de malo?

Pero Glenn continuó.

—Y vamos a necesitar a alguien…

Mi mano salió disparada hacia arriba.

—¡Lo quiero! ¡Es mío!

—Para montar la oficina y ponerla en marcha —terminó Glenn—. Serán dos años.

¿Hola? ¿Londres? ¿Ir a Londres con un proyecto gigante que requeriría tanta adicción al trabajo que ninguna otra cosa importaría durante dos años enteros?

Al cuerno con las vacaciones. Apúntame ya.

Sucesivas oleadas de alivio me invadieron con solo pensarlo. Un proyecto así de absorbente podría distraerme de todos mis problemas. Sí, por favor.

Entonces me percaté de que Robby y Glenn me estaban observando de una forma extraña.

—¿Qué? —inquirí mirando a uno y otro.

—Será uno de vosotros dos… —dijo Glenn señalándonos a Robby y a mí.

Naturalmente. Yo era la protegida que Glenn llevaba años preparando y Robby era el sexy experto que había robado a la competencia. ¿Quién más podía aspirar al puesto?

Yo seguía sin ver dónde estaba el problema.

—Y eso significa —continuó Glenn— que el que no vaya de los dos tendrá que quedarse aquí.

Hasta ese punto amaba mi trabajo: la idea de estar dos años separada de mi novio no me inquietó. Ni lo más mínimo.

Hasta ese punto, también, ansiaba volver al trabajo.

—Anunciaré mi decisión sobre Londres después de Año Nuevo —dijo Glenn—. Hasta entonces, consideraos competidores por el puesto.

Aquí no había competición. El puesto iba a ser mío.

—Vale —dije encogiéndome de hombros, en plan «¿Y qué?»—. Hemos competido otras veces. —Señalé a Robby con el mentón—. Nos gusta competir. E independientemente de quién gane, dos años no es tanto tiempo. Ya nos apañaremos, ¿verdad?

De haber prestado más atención, quizá me habría percatado de que Robby estaba menos entusiasmado con la idea que yo. Pero en ese momento estaba demasiado desesperada para pensar en nadie salvo en mí.

Me daba miedo sentir el impacto completo de la muerte de mi madre. Me aterraba estar atrapada en casa sin distracciones. Solo pensaba en escapar —preferiblemente a un país bien lejano— lo antes posible.

La semana siguiente Robby y yo teníamos programada una misión de veinte días en Madrid, pero ni siquiera estaba segura de cómo iba a aguantar hasta entonces.

En primer lugar, tenía que sobrevivir a los días de duelo que me quedaban.

—Teniendo en cuenta lo que escuché sin querer —dije señalando la puerta—, esperaba una mala noticia.

—La mala noticia no es esa —dijo Robby, mirando a Glenn.

También yo me volví hacia Glenn.

—¿Y cuál es la mala noticia?

Glenn se negó el menor titubeo.

—La mala noticia es que te saco de Madrid.

Mirando atrás, presentarme con semejante pinta en la oficina —ojos de loca, pelos de recién levantada y cara de desesperación— probablemente no me estaba ayudando. Quizá tendría que haberlo visto venir.

Pero no lo vi venir.

—¿Me sacas de Madrid? —pregunté, pensando que a lo mejor no había oído bien.

Robby clavó la mirada en la ventana.

—Te saco de Madrid —confirmó Glenn. Luego, añadió—: No estás en condiciones de ir.

—Pero… —No supe qué alegar en mi favor. ¿Cómo iba a decir: «Eso es lo único que me ayuda a mirar hacia delante»?

Glenn hundió las manos en los bolsillos. Robby oteó por la ventana. Finalmente, pregunté:

—¿A quién vas a enviar en mi lugar?

Glenn miró de reojo a Robby. Luego, dijo:

—Voy a enviar a Taylor.

—¿Vas a enviar… a Taylor?

Asintió.

—Es nuestra segunda mejor opción —declaró, como si eso zanjara el tema.

No lo zanjaba.

—¿Vas a enviar a mi mejor amiga y a mi novio a Madrid y a dejarme sola tres semanas enteras? ¿Con mi madre recién fallecida?

—Dijiste que no estabais tan unidas.

—Y tú dijiste que estábamos lo bastante unidas.

—Oye —dijo Glenn—, esto es lo que se llama una decisión empresarial.

Negué con la cabeza. No iba a funcionarle.

—No puedes dejarme en tierra y desmantelar toda mi red de apoyo. Ese viaje es mío. Esos clientes son míos.

Glenn suspiró.

—Irás la próxima vez.

—Quiero ir esta vez.

Se encogió de hombros.

—Y yo quiero que me toque la lotería, pero no va a ocurrir.

Hice un inciso para respirar y dije:

—Si Taylor va a Madrid en mi lugar, ¿adónde voy yo?

—A ninguna parte —contestó Glenn.

—¿A ninguna parte?

Asintió.

—Necesitas descansar. Además, está todo completo. —Consultó su portátil—. Yakarta está cogida. Colombia está cogida. Baréin. Los directivos petroleros de Filipinas. Todo cogido.

—¿Y qué se supone que voy a hacer?

Glenn se encogió de hombros.

—Ayudar en la oficina.

—Hablo en serio.

Pero Glenn continuó.

—¿Aprender ganchillo? ¿Montarte un jardín de suculentas? ¿Centrarte en tu crecimiento personal?

No, no, no.

Glenn, sin embargo, no daba su brazo a torcer.

—Necesitas un descanso.

—Odio los descansos. No quiero un descanso.

—No se trata de lo que quieres, sino de lo que necesitas.

¿Quién se creía que era, mi terapeuta?

—Necesito trabajar —dije—. Estoy mejor cuando trabajo.

—Puedes trabajar aquí.

Pero también necesitaba escapar. Noté un nudo de pánico en la garganta.

—A ver. Me conoces muy bien, sabes que no puedo quedarme quieta. No puedo quedarme aquí y… hundirme en la miseria. Necesito moverme, necesito ir a algún sitio. Soy como los tiburones: tengo que estar siempre en movimiento. Necesito que me entre agua en las branquias. —Me señalé la caja torácica con las manos para mostrarle dónde tenía las branquias—. Si me quedo aquí —dije finalmente—, moriré.

—Chorradas —espetó Glenn—. Morirse es mucho más difícil de lo que crees.

Glenn detestaba que la gente suplicara. Aun así, supliqué.

—Envíame a algún lugar, adonde sea. Necesito salir de aquí.

—No puedes pasarte la vida huyendo —dijo Glenn.

—Sí puedo. Por supuesto que puedo. —Por la expresión de su cara comprendí que habíamos llegado a un callejón sin salida, pero no me di por vencida—. ¿Qué me dices de Burkina Faso? —inquirí.

—Voy a enviar a Doghouse.

—¡Le llevo tres años de antigüedad!

—Pero él habla francés.

—¿Qué me dices de la boda en Nigeria?

—Voy a enviar a Amadi.

—¡No lleva aquí ni seis meses!

—Pero su familia es de Nigeria. Y habla…

—Vale, olvídalo.

—… Yoruba y un poco de igbo.

Ese era el punto crucial. Glenn tenía una reputación que proteger.

—Te enviaré —dijo como si hubiésemos acabado— cuando lo considere oportuno. Te enviaré cuando sea lo mejor para la agencia. Nunca te enviaré por delante de alguien más cualificado.

Afilé la mirada, retándolo a contradecirme, y declaré:

—No hay nadie más cualificado que yo.

Empleando como un arma su depurado poder de observación, me examinó de arriba abajo.

—Tal vez sí, tal vez no —dijo al fin—. Pero enterraste a tu madre ayer.

Le sostuve la mirada.

Siguió hablando.

—Tienes el pulso acelerado, los ojos rojos y el rímel corrido. Hablas deprisa y tienes la voz ronca. No te has peinado, te tiemblan las manos y te cuesta respirar. Estás hecha un desastre. Así que vete a casa, date una ducha, come cosas que te reconforten, llora la muerte de tu madre y luego búscate un par de aficiones, porque te garantizo que no irás a ninguna parte hasta que pongas tu vida en orden.

Conocía bien ese tono de voz. No discutí más.

Pero ¿cómo iba a volver al trabajo si Glenn no me dejaba volver al trabajo?

2

¿He contado cómo me gano la vida?

Normalmente intento postergarlo todo lo posible, porque una vez que lo sepas —una vez que te desvele mi profesión— elaborarás una larga lista de conjeturas sobre mí… y todas ellas serán erróneas.

Sin embargo, supongo que no puedo seguir aplazándolo. Mi vida resulta incomprensible si no sabes a qué me dedico. De modo que ahí va: soy agente de protección ejecutiva. Aunque nadie sabe nunca qué significa eso.

En otras palabras, soy guardaespaldas.

Mucha gente lo confunde y me llama «guardia de seguridad», pero para que quede claro desde ahora: eso no es, ni remotamente, lo que yo hago. Yo no me paseo por el aparcamiento de un supermercado montada en un carrito de golf. La mía es una profesión de élite. Requiere años de entrenamiento. Exige habilidades altamente especializadas. Es difícil entrar y es una extraña combinación de glamour (viajes en primera, hoteles de lujo, gente con muchísimo dinero) y rutina (hojas de cálculo, listas de verificación, contar los recuadros de las moquetas de los vestíbulos de los hoteles). Básicamente, protegemos a la gente muy rica (y en ocasiones famosa) de las personas que quieren hacerles daño. Y nos pagan muy bien por ello.

Sé lo que estás pensando.

Estás pensando que mido uno sesenta y cinco, soy mujer y no precisamente corpulenta. En tu mente aparece el estereotipo del guardaespaldas —puede que un portero de discoteca con las mangas de la camiseta estrujándole los bíceps— y te percatas de que soy justamente lo opuesto. Estás preguntándote cómo es posible que sea buena en lo que hago.

Vamos a aclarar eso.

Los gorilas hinchados de esteroides constituyen un tipo de guardaespaldas: un guardaespaldas para la gente que quiere que todo el mundo sepa que tiene un guardaespaldas.

Pero resulta que la mayoría de la gente no quiere eso. La mayoría de los clientes que necesitan protección ejecutiva no quiere que se sepa.

No estoy diciendo que los tipos grandes no cumplan su función. Pueden tener un efecto disuasorio, pero también pueden provocar el efecto contrario. En realidad, todo depende del tipo de amenaza.

La mayoría de las veces estarás más seguro si tu protección pasa desapercibida. Y yo soy buenísima pasando desapercibida. Todas las agentes de PE lo somos, de ahí que estemos tan solicitadas. Nadie sospecha nunca de nosotras.

Siempre se creen que somos la niñera.

Yo llevo a cabo una clase de protección que la mayoría de la gente, incluido el cliente, no sabe que se está produciendo. Y soy la persona con menos pinta letal del mundo. Me tomarías por una maestra de parvulario antes que sospechar que podría matarte con un sacacorchos.

Y sí que podría matarte con un sacacorchos, por cierto. O con un bolígrafo. O con una servilleta.

Pero no lo haré.

Porque si las cosas llegan a un punto en que no me queda más remedio que matarte, a ti o a quien sea, significa que no he hecho mi trabajo. Mi trabajo es anticiparme al daño antes de que se materialice y evitarlo.

Si he de clavarte un tenedor en el ojo, he fallado. Y yo no fallo. No en mi vida profesional, al menos.

O sea que mi trabajo no va de aplicar la violencia, sino de evitarla. Requiere mucho más cerebro que fuerza. Requiere preparación, observación y una vigilancia constante.

Requiere hacer predicciones y reconocer patrones y hacerse una composición del lugar antes incluso de entrar en una estancia.

No es solo algo que haces, es algo que eres. Y seguramente mi destino se decidió en cuarto grado, cuando me contrataron de vigilante de vehículos de alta ocupación y me dieron una chapa y una banda fosforescente. (Todavía tengo esa chapa en la mesilla de noche). O quizá en séptimo, cuando nos mudamos a un piso a una manzana de una academia de jiu-jitsu y convencí a mi madre para que me apuntara. O puede que se decidiera por todos esos novios horribles que mi madre traía constantemente a casa.

Independientemente de la causa, cuando vi una mesa de reclutamiento junto a la caseta de oferta laboral del campus durante mi primer año de universidad, con un letrero azul marino y blanco que rezaba ESCAPA AL FBI, no lo dudé ni un segundo. Escapar era mi actividad favorita. Cuando superé con creces las pruebas de diligencia, reconocimiento de patrones, capacidad de observación, retención auditiva y altruismo, me reclutaron al momento.

Esto es, hasta que Glenn Schultz llegó y me fichó.

El resto es historia. Él me enseñó todo lo que sabía. Empecé a viajar por el mundo, este trabajo se convirtió en mi vida y no volví a mirar atrás.

Porque me encantaba. No me quedaba otra: tenía que encantarme. Tienes que darlo todo. Has de estar dispuesta a ponerte delante de una bala, y no es una decisión insignificante, porque algunas de las personas a las que proteges no destacan por su amabilidad. Y que te peguen un tiro duele. Es un trabajo de alto riesgo y mucho estrés, y para hacerlo bien has de verlo como algo más importante que tú.

Por eso la gente que ama esta profesión ama esta profesión, porque tiene que ver con quién eliges ser cada día.

Viajar por todo lo alto también es un puntazo.

Generalmente, es mucho trabajo. Mucho papeleo, muchas visitas previas al lugar en cuestión, muchas anotaciones preliminares. Tienes que apuntarlo todo. Estás constantemente en guardia. No es precisamente un curro relajante, pero engancha.

Esta vida hace que la vida ordinaria parezca aburrida.

Hasta la parte tediosa de este trabajo resulta, en cierto modo, emocionante.

Siempre te estás moviendo. Nunca estás quieta. Y estás demasiado ocupada para sentirte sola.

El trabajo perfecto para mí.

Esto es, hasta que Glenn me obligó a quedarme en Houston justo cuando más necesitaba escapar.

El mismo día que Glenn me sacó del proyecto de Madrid, mi coche se negó a ponerse en marcha y Robby acabó acompañándome a casa en su Porsche vintage bajo una lluvia torrencial.

Eso me iba bien. De perlas, de hecho, porque todavía no le había propuesto lo de Toledo.

Tal vez fuera por la lluvia —la cual caía con tanta fuerza que los limpiaparabrisas, incluso a la velocidad máxima, apenas conseguían apartarla—, pero el caso es que no fue hasta que llegamos a mi casa cuando me percaté de que Robby no había abierto la boca en todo el trayecto.

Con la que caía no podía bajarme del coche, así que Robby apagó el motor y observamos el agua cubrir las ventanillas como si estuviéramos en un túnel de lavado.

Me volví entonces hacia él y dije:

—Hagamos un viaje.

Robby arrugó la frente.

—¿Qué?

—Por eso fui hoy a la oficina, para invitarte a un viaje.

—¿Adónde?

Empecé a arrepentirme de mi arbitraria elección. ¿Cómo exactamente vendías Toledo?

—Conmigo —respondí, como si hubiera sido otra la pregunta.

—No lo entiendo —dijo Robby.

—He decidido tomarme unas vacaciones —dije, en plan «No es tan difícil de entender»— y me gustaría que vinieras conmigo.

—Tú nunca te tomas vacaciones —observó Robby.

—Pues ahora sí.

—Te he invitado a tres viajes diferentes y las tres veces te has escaqueado.

—Eso era antes.

—¿Antes de qué?

«Antes de que mi madre muriera. Antes de que me dejaran en tierra. Antes de que me quitaran Madrid».

—Antes de que comprara billetes no reembolsables a Toledo.

Robby me miró de hito en hito.

—¿Toledo? —Si antes estaba desconcertado, ahora estaba flipando—. La gente no va de vacaciones a Toledo.

—De hecho, tienen un jardín botánico famoso en todo el mundo.

Robby suspiró.

—Ni de coña vamos a ir a Toledo.

—¿Por qué no?

—Porque anularás los billetes.

—¿Qué parte de «no reembolsables» no has entendido?

—Te conoces muy poco, de verdad.

—No veo dónde está el problema —dije—. Querías hacer un viaje y ahora vamos a hacerlo. ¿No puedes decir «Qué bien» y aceptar?

—De hecho, no puedo.

Su voz sonó extrañamente intensa. Tras pronunciar esas palabras, se inclinó hacia delante y deslizó los dedos por los relieves del volante de una forma que llamó mi atención.

¿He mencionado que soy capaz de leer el lenguaje corporal de los demás como otra gente lee un libro? Hablo el idioma corporal mejor que el inglés. En serio. Podría ponerlo en mi currículum como mi primera lengua.

Crecer como hija de mi madre me obligó a aprender lo opuesto al lenguaje verbal: todo aquello que decimos sin palabras. Lo convertí en una estupenda especialidad, la verdad. Pero si me preguntaras si es una bendición o una maldición, no sabría qué decir.

Cosas que leí sobre Robby en ese segundo: que no estaba contento, que temía lo que se disponía a hacer y que iba a hacerlo de todos modos.

Sí. Pillé todo eso por el movimiento de sus dedos sobre el volante. Y la rigidez de su postura. Y la fuerza de la siguiente inspiración que hizo. Y el ladeo de la cabeza. Y la manera en que sus ojos empleaban las pestañas de escudo.

—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué no puedes aceptar?

Bajó la mirada. A continuación, una inhalación interrumpida, un breve apretón de mandíbula, un enderezamiento de los hombros.

—Porque —dijo— creo que deberíamos cortar.

Imposible, pero cierto: me dejó petrificada.

Me volví hacia el salpicadero. Tenía una textura que imitaba el cuero.

No lo había visto venir. Y yo siempre veía venir todo.

—Los dos sabemos que lo nuestro no funciona —Robby continuó.

¿Los dos lo sabíamos? ¿Sabe alguien que una relación no está funcionando? ¿Es algo que se puede saber? ¿O acaso todas las relaciones necesitan cierto grado de optimismo para sobrevivir?

Dije lo único que se me ocurrió.

—¿Estás cortando conmigo? ¿El día después del funeral de mi madre?

Robby reaccionó como si estuviera enfadándome por un tecnicismo.

—¿Mi elección del momento es lo más importante aquí?

—¿Tu terrible elección del momento? —pregunté, haciendo tiempo para que mi cerebro asimilara la situación—. No lo sé. Tal vez sí.

—O tal vez no —dijo Robby—, porque no olvides que no estabais muy unidas.

Que fuera cierto no lo justificaba.

—Eso da igual.

Yo creo que la elección del momento sí importa. Había dormido un montón de días en el sofá de una habitación de hospital, despertándome un promedio de cinco veces cada noche para que mi madre vomitara en un cubo de plástico. La había visto quedarse en los huesos dentro de ese fino camisón de hospital.

Había visto la vida que me había dado la vida apagarse ante mis ojos.

Después de eso me había tocado organizar el funeral hasta el último detalle. La música, la comida… Me había pasado el día saludando a amigos del instituto, colegas de trabajo, exnovios, compañeros de mi madre de Alcohólicos Anónimos y compinches de borracheras. Había encargado las flores y me había subido la cremallera del vestido negro yo sola, y hasta había montado un pase de diapositivas.

Robby estaba equivocado.

Porque, pese a todo, yo quería a mi madre.

No me gustaba, pero la quería.

Y, además, Robby me subestimaba, porque cuesta mucho más querer a alguien que es difícil que querer a alguien que es fácil.

Yo era más fuerte de lo que pensaba. Probablemente.

En cualquier caso, estaba a punto de averiguarlo, porque cuando la lluvia empezó a amainar y apreté las yemas de los dedos contra el cristal de la ventanilla, me oí decir con una voz queda e insegura que ni siquiera yo reconocía:

—No quiero dejarlo. Te quiero.

—Eso lo dices —dijo Robby entonces, con una firmeza en la voz que nunca olvidaré— porque no sabes lo que es querer.

Glenn nos lo había advertido un año atrás, cuando todo había comenzado.

En cuanto le llegó el rumor, nos convocó en la sala de juntas, cerró la puerta y bajó las venecianas.

—¿Es cierto? —inquirió.

—¿Es cierto qué? —preguntó Robby.

Pero estábamos ante el mítico Glenn Schultz. No tenía intención de dejarse engatusar.

—Dímelo tú.

Robby mantuvo su mejor cara de póquer, así que Glenn se volvió hacia mí.

Pero la mía era todavía mejor.

—No voy a impedíroslo —continuó Glenn—, pero necesitamos un plan.

—¿Para qué? —preguntó Robby, y ese fue su primer error.

—Para cuando rompáis —respondió Glenn.

—A lo mejor no rompemos —dijo Robby, pero Glenn rehusó insultarnos con una respuesta.

En su lugar, como hombre que había visto de todo y más, nos miró a Robby y a mí y dejó escapar un suspiro.

—Fue en la misión de rescate, ¿verdad?

Robby y yo cruzamos una mirada. ¿Nos habíamos enamorado después de rescatar a un cliente secuestrado en Irak? ¿Habíamos sobrevivido a un tiroteo, una persecución en coche y un cruce de fronteras en plena noche desafiando la muerte, únicamente para acabar en la cama sin otro motivo que celebrar el hecho de que, contra todo pronóstico, continuáramos con vida? ¿Y seguía la adrenalina de esa misión alimentando nuestro romance semisecreto meses después?

Evidentemente.

Pero no reconocimos nada.

Glenn llevaba en este negocio demasiado tiempo para necesitar algo tan pedestre como una confirmación verbal.

—Sé que no debo entrometerme —dijo—, de modo que solo os haré una pregunta. No hay nada más fácil en este mundo que el que dos agentes se líen, y nada más difícil que permanecer juntos. ¿Qué pensáis hacer cuando lo vuestro acabe?

Tendría que haber mantenido el contacto visual. Es la regla número uno. No bajar nunca la mirada. Pero la bajé.

—¿En serio? —preguntó Glenn inclinándose un poco más hacia mí—. ¿En serio creéis que lo vuestro va a durar? ¿Que tendréis una casita con una cerca de madera e iréis al mercado ecológico los sábados? ¿Qué adoptaréis un perro? ¿Y que os compraréis jerséis a juego en el centro comercial?

—No sabes qué depara el futuro —dijo Robby.

—No, pero sé cómo sois vosotros dos.

Glenn estaba cabreado y no sin razón. Robby y yo éramos su apuesta, sus hijos, sus favoritos y su plan de jubilación, todo en uno.

Se frotó los ojos y, al levantar la vista, estaba respirando de esa manera rasposa que le había granjeado el apodo del Jabalí. Nos miró fijamente.

—No puedo impedíroslo —dijo— y tampoco voy a intentarlo, pero que os quede clara una cosa: cuando lo vuestro se vaya al carajo, no me vengáis con «Quiero irme de la empresa». No esperéis de mí compasión ni cartas de recomendación. Si solicitáis trabajo en otra compañía, os torpedearé con las peores referencias que se han dado nunca. Vosotros sois míos. Yo os hice y me pertenecéis. Ninguno de los presentes en este despacho puede irse. Ni siquiera yo. ¿Queda claro?

—Clarísimo —respondimos al unísono.

—Ahora desapareced de mi vista —dijo Glenn— si no queréis que os mande a Afganistán.

De eso hacía un año.

Cuando pienso en la lástima que me había dado Glenn entonces por su pesimismo… Su tercera esposa acababa de dejarlo, un fenómeno habitual en este trabajo, en el que pasas más tiempo fuera de casa que dentro. Recuerdo que meneé mentalmente la cabeza mientras me alejaba de la conversación. Recuerdo que pensé que Robby y yo íbamos a demostrarle que estaba equivocado.

Un año después Robby me estaba dejando bajo la lluvia como si estuviera haciéndonos un favor a los dos.

—Es lo mejor —dijo—. Necesitarás pasar el duelo.

—Tú no mereces ningún duelo —repliqué.

—Me refería a tu madre.

Oh. Ella.

—No me digas lo que necesito.

Robby tuvo el valor de hacerse el dolido.

—No montes una escena.

—¿Por qué no?

—Porque somos adultos. Porque sabemos lo que hay en juego. Porque, de todos modos, tampoco nos gustábamos tanto.

Eso último dolió como un bofetón. Lo miré a los ojos por primera vez y me esf

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