1
Davis
—Vamos, Davis. Tienes que dejarte de tonterías. El año pasado estuviste a un solo paso de llevarte el premio al Rookie del año. Los focos van a estar aun más pendiente de ti si cabe.
Escucho a Marlon, mi representante, hablarme con ese tono lleno de prejuicios al que se ha acostumbrado a hablarme desde que nos conocemos hace cinco años, desde el otro lado de la puerta de mi habitación. Odio que tenga las llaves de mi apartamento.
—No puedes ignorarme, chaval. —Odio que se dirija a mí de esa forma y que tenga razón—. Estás en uno de los mejores equipos de la nfl, tuviste una temporada inicial estupenda, y eso que nadie apostaba siquiera a que jugarías. Tienes que hacerte responsable de tus actos.
Anoche llegué tarde a casa, no creo siquiera haber dormido más de cuatro horas y sé que tengo que levantarme de la cama. Estoy seguro de que si no le respondo en los próximos segundos acabará entrando aquí y sacándome a rastras de la habitación.
—Joder, Marlon. Dame cinco putos minutos. No he dormido a penas, a la temporada le faltan un par de semanas y el equipo aún no exige que estemos antes de las nueve en las instalaciones.
Gruño mientras me pongo en pie. Me duele la cabeza y el sabor ácido que noto en la garganta me recuerda el concurso de chupitos que tuve ayer con algunos compañeros en el Star Yook.
Marlon sigue hablando aunque por el tono bajo y respetuoso que está usando, me deja claro que ya no es conmigo. Seguramente será alguien que le esté dando instrucciones de lo que hay que hacer hoy. Nunca pensé que una vez que estuviera en un buen equipo tuviera que preocuparme por nada más que por jugar. Pero no, esta maldita profesión viene cargada de varios periodistas, y aunque son pocos los que molestan, son esta minoría los que me joden la vida cada día.
Me doy una ducha rápida. Aunque lo que de verdad me gustaría es quedarme un buen rato bajo el chorro de agua caliente, sé que debo de darme prisa. Mi maldito representante es un crack en el trabajo, pero un tocapelotas en cuanto cree que no cumplo lo que me pide. No voy a decir que lleve a cabo lo que me dice la mayoría de las veces y esa es la razón por la que está aquí.
Cojo unos pantalones vaqueros y una camiseta del armario, me los pongo al igual que las deportivas y salgo de mi habitación antes de que vuelva a llamar exigiéndome que salga.
Al llegar al salón, me lo encuentro cómodamente sentado en el sofá, tecleando a toda velocidad en su móvil de última generación mientras un canal cualquiera de la televisión tiene mi cara en primer plano.
Mierda. Ese soy yo en la puerta de la discoteca.
—Solo se te pide un poco de discreción —dice sin dejar de pulsar sobre la pantalla—. Pero no, tú tienes que salir de fiesta y dejarte grabar rodeado de chicas, borracho… Es que encima los animas.
Vale, puede que tenga un poco —mucha— de razón. No es que no me importe que los paparazzi me graben cada vez que salga, es que tengo veintitrés años y tengo todo el derecho de hacer con mi vida lo que me dé la gana, aunque de verdad entiendo lo que quiere decir. En el momento en el que firmé con Los Patriots me convertí en un personaje público y mi primera temporada ha sido increíble, cosa que ha ayudado a mi popularidad, aun así sigo pensando que eso no es una excusa para que mi vida siga siendo mía.
—Tienes que empezar a pensar en la consecuencia de tus actos, Dean. —Mi manager, junto a mi hermana, son las únicas personas que me llaman por mi nombre—. No te digo que no disfrutes de la vida, pero tienes que evitar por todos los medios que la prensa hable de ti, al menos de la manera en la que lo hace ahora.
—¿Y cómo lo hace?
No puedo evitar preguntarlo, aunque se la respuesta mucho antes de que abra la boca y al momento me arrepiento de haberla formulado.
—Por dónde empezar… —Se guarda el teléfono en el bolsillo de los pantalones de pinzas color caqui que lleva puestos, nunca lo he visto con nada más informal que eso, a la vez que se levanta y me dirige su penetrante mirada—. ¿Desde cuándo nos conocemos? Cinco años, Dean. Conozco tu trayectoria desde el momento en el que entraste en los Longhorn y firmamos aquel preacuerdo. Nunca me metí en con quien salieras o entraras, en lo que hacías, hasta el último año, en el que lo único que te pedí fue discreción. ¿Y qué haces tú? Lo que te sale de los…
Marlon se calla antes de soltar el taco, en estos cinco años no lo he escuchado decir nunca una palabra malsonante delante de mí y que ahora esté a punto de hacerlo me deja claro el nivel de enfado que tiene.
—¿Qué ha pasado? —Intento relajar mi tono, más por su bien que por el mío—. Seguro que encontramos una solución. Siempre lo hacemos.
—Tienes que echarte una novia.
Mi primera reacción es reírme. No puedo evitar que la carcajada salga de mi cuerpo y llene el silencio que se ha creado en el salón después de tremenda estupidez, pero solo tengo que levantar la mirada después de enjuagarme un par de lágrimas causadas por lo que creía que era un mal chiste y darme cuenta de que Marlon está hablando muy en serio. Su siguiente frase me lo deja más que claro.
—Me importa una mierda quien sea la chica. Si es una de esas amiguitas con las que sales o alguien en quien realmente estés interesado, pero no pueden fotografiarte con una distinta cada vez que salgas.
Vale, ha dicho mierda. Es lo más duro que le he escuchado decir nunca y sé que está al límite, pero eso no es excusa para que ahora, además de ser mi representante, la persona que me ayuda a inflar mi cuenta bancaria, también tenga que ser quien tome las decisiones de mi vida.
—No voy a aceptar un no por respuesta, a no ser que decidas de una vez comportarte como un hombre adulto, responsabilizarte de tus actos y dejar de sabotear tu carrera profesional.
—Marlon…
—Dean, sabes que no te diría esto si no fuera algo que he meditado más veces de las que me gustaría. Eres un jugador excepcional, lo has demostrado desde tu primera temporada. Ya haber jugado siendo un novato casi todos los partidos es un logro y este año se te va a pedir aún más.
»No te estoy diciendo que dejes de vivir la vida, solo que no es necesario airearla a los cuatro vientos. Este año puede ser el que de verdad te dé el puesto definitivo en el equipo, ahora mismo todo está en el aire.
—Repíteme de nuevo que es lo que ha pasado. No hay ningún escándalo. Me he liado con varias tías durante la temporada, sí. No soy el único de los compañeros que se divierte cuando sale.
Estoy empezando a mosquearme. Ni mi padre ni mi madre, dos personas a las que tenía en alta estima hasta que me enteré de lo que le hicieron a mi hermana pequeña, se han metido en lo que hacía y dejaba de hacer con mi vida. Marlon está muy equivocado si cree que porque me haga ganar pasta está en su derecho de hacerlo.
—¿Cuántos de ellos salen en la prensa rosa? —Empiezo a protestar, porque estoy seguro de que no soy el único, pero no me deja y sigue hablando—. De la manera en la que tú lo haces, ninguno. Eres el novato, no debes olvidarte de ello en ningún momento. Esto ya no es la universidad. Juegas en uno de los mejores equipos de la afc y la publicidad negativa puede cerrarte muchas puertas.
Sé que tiene razón, cuando fiché con el equipo tuvimos una larga y pesada reunión con un montón de abogados, gente de marketing y relaciones públicas. Tuve que firmar muchos documentos y estoy seguro de que alguno de ellos escondía una cláusula que decía que debía de entregarle a mi primogénito si no cumplía con todos sus deseos, pero me niego a que ni Marlon ni ellos me organicen la vida, y menos aún la amorosa.
—Chico, respira. —Mi representante me pone una mano en el hombro, ni siquiera soy consciente de que se ha acercado a mí y menos aún de que estoy reteniendo el aire en los pulmones—. Puedes seguir saliendo con quien quieras, solo te pido que evites a la prensa.
—No, Marlon. Me estás pidiendo que deje de ser quien soy —señalo mi cuerpo de arriba abajo—. No voy a tener pareja. Yo disfruto.
—Y nadie te está diciendo que no lo hagas. Solo te estoy pidiendo…
—Discreción, ya lo he pillado.
Al parecer ha conseguido lo que quería, porque vuelve a sacar su teléfono del bolsillo y se lo lleva a la oreja, alejándose de mí.
Como me doy cuenta de que sea lo que sea que esté hablando no va a compartirlo conmigo, me acerco a mi maravillosa máquina de café, introduzco una cápsula y cuando el olor del delicioso aroma inunda la estancia empiezo a relajarme un poco.
Saco una manzana del frigorífico de dos puertas y le doy un bocado mientras cojo la taza y vierto un chorro de leche para después beberme la mitad de solo un trago.
Me apoyo en la encimera de la cocina y me quedo mirando a mi representante, que sigue al teléfono. En otra ocasión, cuando diera por terminada la conversación que tiene conmigo, se largaría con un escueto gesto de cabeza, pero que siga aquí me dice que aún queda algo más que discutir, algo que solo consigue que la intranquilidad vuelva a apoderarse de mí.
—¿Qué pasa? —pregunto terminándome el café y dejándolo a un lado.
Se queda en silencio y vuelve a hacer lo mismo de antes, guardarse el teléfono en el bolsillo, solo que esta vez se deja caer en el sofá.
—¿Y si fueras acompañado a la cena del equipo?
El año pasado lo hice, aunque no creo que me esté pidiendo que vuelva a hacerlo con mi hermana.
—Marlon…
Se levanta del sofá y ahora sí sé que ha terminado. No va a pedirme nada más, no al menos ahora, pero el muy cabrón sabe cómo hacer su trabajo.
—Tú piénsatelo. Hablaremos en un par de días. Intenta pasar desapercibido. Solo te pido eso.
Va hacia la puerta, no respondo, porque sé que no espera que lo haga, así que dejo que mueva la cabeza a modo de despedida y lo veo salir de mi apartamento.
No sé porque narices ha dicho lo de que tenga una pareja, me conoce lo suficiente como para saber que es algo que no va a pasar. He tenido y sé que seguiré teniendo oportunidades de estar con la chica que quiero, y no es mi ego quien habla, que conste, no es que sea tampoco un narcisista, es solo que sé que soy guapo, que estoy bueno y nunca he tenido problemas para ligar. Y me gusta, joder.
Todos mis amigos tienen pareja, están súper enamorados, incluso uno de ellos tiene una relación con mi hermana, pero como sé lo que han pasado hasta llegar a ese punto, no es algo que quiera para mí. El compromiso no va conmigo.
Miro la hora en el reloj del frigorífico y sé que aún es muy temprano para llamar a ninguno de mis compañeros y, aunque haya desayunado, aún puedo permitirme saltarme la dieta, así que voy a mi habitación, cojo una de tantas gorras que tengo, me la calo hasta los ojos y me pongo unas gafas de sol.
Se me ha antojado algo dulce y la última vez que mi hermana estuvo de visita no dejó de hablar de una pastelería que estaba cerca de casa, así que decido ir a comprarme una de esas magdalenas sobresaturadas de azúcar.
Para qué voy a mentirme a mí mismo, soy un maldito obseso del azúcar y cuando los nervios me saturan es lo único que me calma. Lo que menos necesito ahora es pensar en la puñetera recomendación de Marlon.
2
Davis
Para un jugador de la afl no es nada fácil pasear por las calles de Boston. Lo aprendí el año pasado cuando mi cara empezó a salir mucho más en la tele. Me doy cuenta que he de darle algo de razón a Marlon en eso de que me he hecho notar mucho estos últimos meses, aunque es algo a lo que estoy, o al menos lo estaba, acostumbrado cuando vivía en Austin.
Durante los cuatro años que pertenecí a los Longhorn me gustaba ser reconocido con facilidad y ahora tampoco es que me importe, aunque cuesta llevar una vida normal cuando las personas que están a tu lado te reconocen. Puede que por eso me haya acostumbrado a caminar con la cabeza agachada, mirándome los pies en vez de hacia dónde me dirijo. Por eso la gorra y las gafas de sol ahora son un complemento obligatorio cada vez que salgo de casa.
Solo cuando sé que he llegado a la calle en la que está la pequeña pastelería de la que mi hermana me habló me permito levantar la cabeza. Me doy cuenta de que estoy casi delante de la puerta de color rosa con la fachada pintada de color pistacho. Me sorprende encontrar un local con un toque tan vintage en esta ciudad. Puede que en Austin tampoco hubiera imaginado encontrar nada así, pero esta ciudad tiene un estilo más moderno.
En el escaparate se ven mini pastelitos, flores y poco más y, aun así, esta sencillez te invita a entrar. Nunca me han ido estas cosas pero entiendo que mi hermana me diera tanto la lata para que visitara este sitio, solo con lo que se ve desde el exterior te hace querer atiborrarte de dulces, y qué demonios, después de aguantar a mi representante y su manera de despertarme, el exceso de azúcar seguro que me ayuda a recargar las pilas.
Empujo la puerta y no me sorprende que el sonido de una campanilla anuncie mi llegada a la pequeña pastelería.
Aquí dentro todo es mucho más impresionante de lo que se ve desde el exterior. No es que sea un local muy grande, solo hay dos mesas de metal blancas y redondas con un mantel de cuadros rosa y verde con un par de sillas cada una de ellas; ambas se encuentran vacías. Solo hay unos escasos dos metros desde la entrada a estas mesas, y otros tantos hasta el amplio mostrador de cristal completamente lleno de dulces.
Los hay de todos los tipos y colores que te puedas imaginar y, aun así, son de un tamaño pequeño, un bocado, no mucho más y apetece probarlos todos.
—¡Hola! Bienvenido a La Pequeña París, ¿con qué quiere endulzarse hoy?
Una voz dulce y demasiado armoniosa para mi gusto me hace levantar la vista de las pequeñas delicias. Tengo que parpadear un par de veces ante la visión que se encuentra frente a mí. La chica es tan menuda que casi no se la ve tras el mostrador.
Me quedo en silencio, no sé exactamente por qué pero al parecer las palabras se han quedado atascadas en alguna parte en el interior de mi boca.
Nunca había visto unos ojos tan grandes en mi vida y, no es solo el tamaño lo que me sorprende, son grandes y tan azules que me recuerdan al azul profundo del cielo justo antes de un gran partido, ese momento en el que todo parece posible y la energía está en el aire. No puedo evitar pensar en que su mirada parece atravesarme como un pase largo corta el aire y llega justo a donde debe. Cada vez que pestañea, es como si todo a mi alrededor se pusiera más intenso, como el clamor de la multitud cuando se anota un touchdown.
Entonces, me doy cuenta de lo ridículo que suena todo esto en mi cabeza. ¿De verdad estoy comparando sus ojos con el cielo antes del juego y un pase perfecto? Me siento como un puto idiota por dejarme llevar por pensamientos tan empalagosos. Sin embargo, no puedo evitar sonreír, sabiendo que, aunque suene cursi, cada palabra es cierta.
—¿Hola?, ¿estás bien? —La chica me hace volver a la realidad y darme cuenta de la estupidez que acabo de pensar—. ¿Hablas mi idioma? Salut, ciao, Nǐ hǎo. Y hasta ahí llegan mis saludos en otro idioma.
—Eh, sí, hola —consigo responder con una sonrisa absurda en la boca—. Solo quería algo dulce.
La chica se mueve un paso a la derecha y de repente su estatura aumenta unas ocho pulgadas, lo que me deja claro que se ha debido de subir a algún lado para poder verme mejor y eso me permite a mí poder contemplarla, porque a esta chica no hay que mirarla, hay que contemplarla.
—Pues has venido al sitio idóneo. —Con un movimiento de brazos que podría pertenecer perfectamente a una bailarina me señala el mostrador y todo lo que nos rodea—. Tenemos cupcakes de todos los sabores que te puedas imaginar, tartas, muffins, bizcochos, brioches…
De repente se queda en silencio, aunque no elimina la sonrisa de su cara. Estoy seguro de que es por mí, me habrá reconocido y ahora es ese momento exacto donde o se pone nerviosa o me pide un autógrafo. Pero no hace nada de eso, me encuentro perplejo ante la cantidad de opciones que me está enumerando sin reaccionar de ninguna manera a ese reconocimiento que siempre me persigue.
—¿Uno de cada?
—¿De todos?
Ahora es ella la que parece sorprendida y la entiendo, porque ni siquiera sé porque he dicho eso, puede que sea porque así voy a estar más tiempo en este sitio. Deleitándome. O tal vez se acabe de dar cuenta que tiene frente a ella a un jugador de la nfl, nuevamente sigue a lo suyo. No sé si será que de verdad no sabe quién soy o está ignorándolo deliberadamente.
—Eh, no sé, qué me recomiendas.
Esta opción parece que le gusta más, porque ahora sus ojos no son los únicos que me parecen enormes, también lo es la sonrisa que se le dibuja en el rostro.
—A mí me gusta la tarta de queso y los muffins rellenos de crema de avellana y la tarta de chocolate con nata y arándanos y…
—Pues eso, uno de cada. —Y si ya me parecía una chica guapa, el rubor que tiñe ahora sus mejillas me parece tan adorable que no puedo evitar seguir hablando para que no desaparezca—. ¿Me recomiendas algo más?
Ahora parece que es ella la que me observa de arriba abajo y me gusta sobre todo porque sigue sin haber una reacción exagerada como cada vez que alguien me reconoce. Siempre me ha gustado que las personas, sean del sexo que sean, me miren, se queden contemplándome, no me avergüenza, todo lo contrario, me hace sentir mejor conmigo mismo. Y estoy casi seguro de que si mi cuerpo no fuera así —lleno de músculos a los que les dedico todo mi tiempo en el gimnasio y en el campo de juego— me sentiría igual de orgulloso de que las personas me miren como ella lo está haciendo en estos momentos.
Se queda en silencio y sé lo que significa, o al menos creo imaginármelo y puede que incluso sin escuchar sus palabras esté algo de acuerdo con ella.
—¿Me lo pones para llevar?
—Claro. —Eso la pone de nuevo en marcha y lo hace de una manera que me resulta bastante graciosa.
Empieza a moverse con una rapidez inusual, aunque esto no hace que sus movimientos dejen de ser delicados. Va cogiendo un pastel del mostrador que tenemos frente a frente, ese que nos separa y no me permite verla al completo, hasta que al fin da un par de pasos hacia atrás y, después de dedicarme una sonrisa que estoy casi seguro que le dedica a todos los clientes que entran el la pastelería, se da la vuelta y desaparece en tras una puerta antes de que pueda deleitarme con todas y cada una de sus curvas, que son muchas más de las que me imaginaba.
—Dame un par de minutos, voy a coger una caja más grande —dice asomándose a la ventana que hay en la pared, y que seguramente da al interior del almacén.
Me limito a sonreír porque aunque quisiera hacer otra cosa no me sale. Estaba grabándome en la mente la imagen de ella de espaldas.
Es una chica bastante menuda, ni siquiera creo que llegue al metro y medio, lo que quiere decir que si la tuviera cerca, su cabeza apenas llegaría a la altura de mi hombro y, aun así, los dedos me hormiguean por la necesidad de posarse en sus caderas y que me permita recorrerla hasta que me la sepa de memoria.
—Creo que con estos tendrás para endulzarte hoy, mañana y seguramente todo el mes.
Ni siquiera he sido consciente de que ha vuelto y está junto a mi, al otro lado del mostrador, tendiéndome una enorme caja de cartón con el que debe ser el logo de la pastelería y un gran lazo color rosa. La coloca sobre una de las mesas vacías y en uno de esos movimientos, que ya me he dado cuenta que hace con delicadeza, aunque eso no le quita precisión, se saca un papel del delantal de flores rosas y violetas que lleva puesto.
—Efectivo o con tarjeta.
—Tarjeta, por favor.
Tomo el papel a la vez que ahora pone frente a mi un datáfono al que acerco mi teléfono. Ni siquiera me preocupo por la cuenta y si ha incluido la propina, solo puedo mirarla.
—¿No sabes quien soy? —pregunto una vez que tomo la caja con los pasteles y ella vuelve al otro lado del mostrador.
—Un cliente que me ha arreglado el día, desde luego.
—Y… —insisto aunque algo me dice que ella sí sabe quién soy detrás de las gafas de sol y la gorra que no me he quitado aun encontrándome en este sitio a solas con ella. Como no sepa quién soy, seré un idiota por creer que todo el mundo conoce al novato de los Patriots.
—Un cliente que espero que disfrute con su compra. —Me dedica una amplia sonrisa mientras la observo guardar el ticket del cobro con tarjeta en el interior de la caja registradora—. Que tengas un buen día.
Y así, sin necesidad de que añada nada más, esa despedida me deja claro que, aunque sepa quien soy, no le apetece tener una conversación conmigo, a pesar de que a mi no me importaría saber mucho más de ella.
Mientras voy a lo mío, pienso que puede que esta vez sí que haya conseguido engañar a las personas que me rodean, y que no tengan ni idea de que Dean Davis, el texano de los Patriots, se encuentra a su lado por las calles de Boston, porque de verdad que no me entra en la cabeza que esta chica no me haya reconocido. El fútbol americano es como una religión en este país y el equipo al que pertenezco uno de los que más dinero mueve, sin olvidar que mi cara —con y sin gafas de sol—, ha salido en demasiadas ocasiones en la prensa, tanto en la rosa como la amarilla y eso de nuevo me lleva a la conversación con mi manager que me ha hecho ir hasta esa pequeña pastelería.
De repente, escucho que mi nombre se repite una y otra vez una vez.
Levanto la cabeza lo justo para darme cuenta de que varias personas me enfocan con su móvil mientras un chaval de no más de doce o trece años se acerca a mí con una amplia sonrisa en el rostro.
—Davis, ¿me puedes firmar un autógrafo?
Y justo en ese momento se empieza a formar el caos a mi alrededor. Firmo varias camisetas, me hago unas cuantas fotos, todo ello haciendo malabares para que la caja llena de pasteles no acabe en el suelo y, cuando creo que he sido lo suficientemente amable, me voy deshaciendo en disculpas, aunque sé que va a ser bastante difícil salir de aquí. Levanto la cabeza un poco más, intentando mirar por encima de las cabezas que me rodean y lo veo. No sé cómo lo hace, pero Marlon siempre está ahí.
—Vamos, vamos. Ya se ha hecho fotos y os ha firmado lo que habéis querido.
3
Davis
Si hay algo que odio más que saber que no tengo razón es que me lo recuerden una y otra vez y eso es lo que está pasando en estos momentos.
—De verdad es que no te entiendo.
Juro que esto es un deja vú de lo que pasó hace un par de semanas y ahora no tengo muchas más excusas de las que le di a Marlon la ultima vez, más que nada porque en esta ocasión no se ha preocupado en llamar a la puerta de mi habitación.
—Podía estar acompañado —le espeto mientras tira varios periódicos y revistas sobre la cama, para luego pulsar el botón que hay en mi mesilla de noche e iluminar la habitación por completo.
—Me importa una mierda, Dean. Te lo dije hace dos semanas y al parecer te ha dado igual un total de tres días, porque has ido acumulando los restantes once días portadas y portadas sin importarte las consecuencias que eso conlleva, pero vas a dejar que te lo explique.
No me preocupo en decirle que se calle, porque está claro que no lo va a hacer y que las cosas que yo pueda decir no van a servir de nada. Ya se han presentado las pruebas, ha sido el juicio, publico al parecer por la cantidad de prensa que me rodea, y se me ha considerado culpable.
—Mañana empiezan los entrenamientos de verdad, todo lo que has estado haciendo hasta ahora ha sido como el recreo de un patio de colegio y este año te la juegas, nos la jugamos, que narices, porque mi futuro quieras o no va atado a lo que tu hagas, está en tela de juicio y no va a ser fácil reparar lo que has hecho.
La actitud de Marlon y ese tono de voz es lo más serio que ha usado conmigo, la pose en la que se encuentra, ahora que me permito observarlo de verdad —hombros encorvados, el nudo de la corbata deshecho para permitirle llenar con más facilidad sus pulmones de aire y la falta de peinado porque al parecer se ha pasado demasiadas veces las manos por el cabello—, me queda claro que esta vez el asunto es mucho más serio de lo que había creído en un principio. Puede que sea eso lo que me lleva a tomar la revista que se encuentra más cerca de mí y no hace falta que ojeé lo que hay en su interior, mi cara aparece en primer plano, puede que sea una foto de hace un par de días, o incluso de más tiempo, que más le da a la prensa.
Estoy en el reservado que siempre ocupamos mis compañeros de equipo y yo en el Star Yook, pero no es eso lo que me llama la atención, si no el gran titular que acompaña a la imagen.
AL TEXANO CENTRADO MÁS EN LAS MUJERES Y LA FIESTA.
Charlotte Doss revela como es una noche con la nueva estrella de los Patriots.
¿Solo hay alcohol en esas fiestas?
—Mierda —tomo otro de los periódicos y otro y así hasta que no dejo de ver fotos mías en cada uno de ellos con titulares igual o peores.
Son imágenes inocentes, aunque en la mayoría han recortado a mis compañeros, cosa que he de agradecer, pero no estamos haciendo nada malo. La temporada aun no ha empezado y solo somos un grupo de colegas tomándose un par de copas para desconectar, una manera de despedirnos de la «vida cotidiana» antes de que empiece la temporada.
—No has podido describirlo mejor. Esto es lo que intenté advertirte hace dos semanas, pero al parecer te importa poco tu futuro.
En ese mismo momento empieza a sonar mi teléfono y veo el nombre mi hermana en la pantalla. Le doy al botón de rechazar, aunque sé que no tardará más de un minuto en volver a llamarme. No puedo lidiar con mi manager y con mi hermana a la vez, así que cuando vuelva a intentarlo la ignoraré nuevamente.
—Dean, no quiero parecer tu niñera, nunca lo he hecho, pero tienes que parar esto. —Marlon no ha dejado de caminar de un lado a otro de mi habitación, despeinándose aun más, mientras yo sigo en la cama rodeado de toda esta mierda—. No quieres echarte novia, me parece de puta madre, pero debes de dejar de salir si esto es lo que vas a conseguir cada vez que lo hagas.
—Has dicho una palabrota —respondo, no porque quiera ignorar lo que me está diciendo, es que ya no es normal que este hombre diga tantas en tan pocos minutos.
—Espero que así te des cuenta de todo lo que estás provocando.
Empieza a sonar un teléfono, no es el mío porque tengo una melodía para las personas importantes y las que no y parece que mi hermana me va a dar algo de tregua. M
