Un vizconde para evitar un escándalo (Amar a un Fitzwilliam 1)

Mia Heywood
Mia Heywood

Fragmento

un_vizconde_para_evitar_un_escandalo-3

Capítulo 1

Londres, 1811

—Mi vida se ha acabado —murmuró Jane entre sollozos—. En cuanto el escándalo estalle, mi reputación quedará manchada para siempre. Será mi fin.

—Quizá aún podamos solucionarlo.

—No, no hay nada que podamos hacer. Esta será mi ruina.

Lady Jane Fitzwilliam, la menor de los hijos del difunto conde de Steventon, había cometido un error imperdonable para una joven dama de la alta sociedad: había dejado que un canalla la sedujera. Lord Stirling le había hecho promesas de amor y matrimonio que, a pesar de las advertencias de sus hermanos, ella había creído. Se había dejado convencer por sus gestos amables, por sus palabras cariñosas y por su trato caballeroso. No obstante, en cuanto había obtenido de ella lo que verdaderamente quería, había mostrado su verdadero rostro. Jane jamás podría olvidar la vergüenza que la invadió cuando descubrió que lo que había sucedido no había sido más que un juego para él, un reto, y que jamás había tenido intenciones honestas con ella.

Así que, desesperada, había acudido a la única persona con la que podía compartir aquel secreto, a su amigo y confidente desde que era una niña. George Cavendish y ella se habían criado prácticamente juntos. Eran vecinos y apenas se llevaban ocho meses, por lo que habían estado siempre el uno para el otro tanto en los buenos como en los malos momentos. Él le había ofrecido un hombro sobre el que llorar cuando perdió a su padre con catorce años, le había dedicado sonrisas de ánimo para calmar sus nervios en sus primeros eventos en sociedad y la había acompañado en innumerables paseos llenos de risas y secretos.

Para ella, él jamás sería el vizconde de Montgomery ni el futuro duque de Anglesey, sino George, su mejor amigo.

—Repíteme la historia desde el principio —le pidió él, sin apartar la mirada de la puerta del salón. No necesitaba que se abriera en aquel momento y los descubrieran allí a solas hablando de aquel tema tan comprometido—. A lo mejor se nos está escapando algún detalle.

—Cuando acabábamos de... —Jane enrojeció y tuvo que clavar la mirada en el techo para poder terminar la frase. Le mortificaba admitir que había acabado desnuda entre los brazos de un hombre con el que ni siquiera estaba comprometida— de eso y yo creía que me diría que iría a hablar con mi hermano para pedirle mi mano y fijar la fecha de la boda, empezó a reírse y comentó que aquel reto había sido más fácil de lo que había creído, que mi ingenuidad le había hecho ganar una buena suma de dinero y que lady Avon, a pesar de haber perdido la apuesta, disfrutaría mucho con los detalles de mi... de mi caída en desgracia.

—Menudo par de canallas.

—Yo no podía creer lo que oía, así que le pedí que no bromeara con asuntos tan serios, pero él insistió hasta que no me quedó más remedio que asumir que me había engañado. Entonces añadió que sería muy divertido ver la reacción de toda la buena sociedad cuando contara cómo había ido a su casa y... por favor, George, no me hagas repetirlo de nuevo.

—No, tranquila. —Posó una mano en su brazo, intentando darle ánimos—. No hace falta que digas nada más.

—¿Qué dirán de mí cuando descubran lo que he hecho? —Escondió el rostro en el hombro de su amigo y buscó a tientas su mano. Temía desmayarse si no se aferraba a algo—. La humillación que sufrirán mi madre y mis hermanos cuando todos empiecen a murmurar y me aparten de los círculos sociales...

—¿Dónde creían tu madre y tu hermana que estabas?

—Con unas amigas, pero ellas no me encubrirán, no mentirán por mí cuando el rumor se extienda.

—¿Y estás segura de que van a contarlo?

—Por completo. Lord Stirling estaba muy orgulloso de su hazaña y lady Avon no es precisamente una buena samaritana. La he oído extender rumores cientos de veces y regodearse en ello. ¡Y resulta que es la amante del marqués! Él mismo me lo ha confesado esta tarde. —Se incorporó y volvió a mirarlo. Sentía un nudo que cada vez le apretaba más la garganta—. ¿Cómo pueden ser tan crueles? ¿Qué ganan destrozándome la vida?

—Son unos desgraciados, sin duda. Y unos hipócritas.

—George, ¿seguirás siendo mi amigo cuando me condenen al ostracismo? No, qué tonterías digo, tus padres nunca lo permitirían. Y no puedo culparlos, claro está. ¿Cómo van a permitir que un futuro duque se relacione con una mujer caída?

—Jane, nada de lo que pase hará que deje de ser tu amigo —le aseguró él—. Y no eres una mujer caída, solo una a la que han engañado.

—Dudo que el resto de la sociedad opine lo mismo. En unas horas... todo se habrá acabado.

Los dos se quedaron en silencio. Ella ya se imaginaba cómo sería su vida a partir de aquel momento, cómo la apartarían de todo y todos, cómo el futuro que había soñado acabaría por esfumarse por completo. Él, por otra parte, aún intentaba dar con una solución para salvar a Jane, para impedir que todos descubrieran lo que había sucedido con aquel canalla.

Y, de repente, se le cruzó una idea descabellada por la cabeza. Tan descabellada que sería lo único capaz de evitar el escándalo.

—Cásate conmigo.

Jane lo miró con los ojos muy abiertos, presa de la sorpresa. No entendía a qué venía aquella proposición de matrimonio tan repentina.

—¿Disculpa?

—Sí, piénsalo: si nos comprometiéramos, nadie creería los rumores. Dudo que tu hermano no me dé tu mano, así que podríamos anunciarlo mañana mismo.

—Mañana ya será tarde. En cuanto esto se sepa, tus padres te obligarán a romper el compromiso y yo acabará marcada dos veces.

—No había pensado en eso... —George suspiró y se rascó la nuca. Solo tenía que darle una vuelta más al plan, hacerle un par de ajustes. Así que eso hizo hasta que, por fin, dio con la solución—. Aunque, Jane, en realidad no tenemos por qué esperar.

—Aún no tenemos veintiún años, por lo que necesitamos permiso de nuestros tutores para casarnos —le recordó ella, que seguía sin entender hacia dónde iban los pensamientos del vizconde—. No es tan simple como ir a una iglesia y pedir una boda.

—En Inglaterra no, pero en Escocia sí.

Ella volvió a dibujar una expresión de sorpresa e incluso lanzó una pequeña exclamación. Una huida a Escocia y un matrimonio tan rápido acallarían, desde luego, cualquier rumor que lord Stirling pudiera lanzar. Nadie creería que había yacido con él si, en el momento de lanzar los rumores, ella iba camino de la frontera con otro hombre.

—¿Hablas en serio?

—Completamente.

—George, eso sería un... escándalo. Apagaríamos un fuego con otro.

—Pero, al menos, estaríamos juntos y a ti la supuesta santidad del matrimonio te protege

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