Siobhan
Él no ha aparecido.
Siobhan exhala lentamente por la nariz. Su objetivo es tranquilizarse, pero su cara recuerda más a un toro enfadado que a un monje budista.
Para eso ha cancelado el desayuno con su amiga. Se ha rizado el pelo, se ha pintado los labios y se ha afeitado las piernas (no solo hasta la rodilla, sino hasta arriba, por si a él le apetecía acariciarle el muslo por debajo de la mesa).
Y el muy cabrón no se ha presentado.
—No estoy enfadada —le dice a Fiona. Están haciendo una videollamada. Siempre se comunican por videollamada. Siobhan cree firmemente en el poder del contacto visual. Además, necesita que alguien vea lo impresionante que está, aunque solo sea su compañera de piso—. Me rindo. Es un hombre, era de esperar que me decepcionara. ¿En qué estaría pensando?
—Llevas maquillaje sexy —comenta Fiona, entrecerrando los ojos en la pantalla—. No son ni las nueve de la mañana, Shiv.
Siobhan se encoge de hombros. Está sentada delante de un café con leche de avena doble a medio beber en una de esas cafeterías que alardean de su extravagancia, una cualidad que ella siempre encuentra profundamente irritante en cualquier cosa o persona. Si hubiera sabido que la iban a dejar plantada el día de San Valentín, habría pedido leche de verdad. Siobhan solo es vegana cuando está de buen humor.
—Es que lo nuestro es el sexo —replica ella.
—¿Aunque hayáis quedado para desayunar?
En realidad, nunca antes habían quedado para desayunar. Pero, cuando ella le había dicho que estaba de visita relámpago en Londres, él le había respondido: «¿Por casualidad no te apetecerá desayunar conmigo mañana por la mañana?». Que quisiera quedar con ella para desayunar era muy significativo, sobre todo tratándose del día de San Valentín. Por lo general, suelen quedar en la habitación de hotel de ella, normalmente después de las once de la noche; se ven el primer viernes de cada mes y, a veces, algún que otro día suelto, si coincide que ella está en Londres.
No está mal. Ya es bastante. A Siobhan le basta con eso. Él vive en Inglaterra y ella en Irlanda; ambos están muy ocupados. Su acuerdo funciona a las mil maravillas.
—¿Seguro que no quieres darle otros cinco minutos? —le pregunta Fiona, tapándose delicadamente la boca con la mano mientras mastica unos cereales. Está sentada a la mesa de la cocina, con el pelo todavía recogido en la trenza que se hace para dormir—. A lo mejor solo llega tarde.
De repente, Siobhan echa de menos su casa, aunque solo lleve un día fuera. Extraña el familiar olor a limón de la cocina y la tranquilidad de su vestidor. Extraña la versión de sí misma que aún no había cometido el error de esperar que su rollo favorito en realidad quisiera algo más.
Bebe un sorbo de su café con la mayor indiferencia posible.
—Venga ya. No va a venir —dice, encogiéndose de hombros—. Ya me he hecho a la idea.
—A lo mejor lo estás poniendo verde y resulta que…
—Fi, dijo a las ocho y media. Son las nueve menos diez. Me ha dejado plantada. Es mejor que… —Siobhan traga saliva— … lo acepte y lo supere.
—Muy bien —responde Fiona con un suspiro—. Vale. Tómate el café, recuerda que eres increíble y prepárate para arrasar. —Su acento estadounidense vuelve a hacer acto de presencia cuando dice «arrasar», aunque ya casi siempre suena tan dublinesa como Siobhan. Cuando se conocieron en la Escuela de Interpretación Gaiety, a los dieciocho años, Fiona derrochaba acento neoyorquino y seguridad, pero diez años de audiciones frustradas la han apagado. Tiene mala suerte y siempre acaba como suplente. Siobhan está convencida de que ese será el año de Fiona, como todos los años de la última década.
—¿Cuándo no he estado yo preparada para arrasar? Por favor.
Siobhan se echa el pelo hacia atrás justo cuando un hombre pasa a su espalda y tropieza con su silla. El café de él se desequilibra y una pequeña salpicadura aterriza sobre el hombro de ella, fundiéndose con el rojo pasión del vestido y formando una pequeña mancha: dos gotitas en forma de punto y coma.
Tiene toda la pinta de encuentro de película. Durante una fracción de segundo, mientras se gira, Siobhan se lo plantea; es bastante atractivo y alto, el tipo de hombre que seguramente tendrá un perro grande y una risa contundente. Entonces él dice:
—¡Madre mía, vas a sacarle un ojo a alguien con esa mata de pelo!
Y Siobhan decide que no, que está demasiado enfadada como para aguantar a hombres altos e imponentes que no se disculpan de inmediato por tirar café sobre vestidos de alta costura. Un ardor colérico y justiciero brota en su pecho y ella lo agradece, casi hasta se siente aliviada: eso es justo lo que necesita.
Extiende la mano y le toca suavemente el brazo al hombre. Él se detiene, arqueando un poco las cejas; ella hace una pausa deliberada antes de hablar.
—Imagino que habrás querido decir que lo sientes mucho —dice Siobhan, con una voz dulce como la miel.
—Cuidado, amiga —dice Fiona desde el teléfono, que ahora está apoyado en el inestable tiesto de terracota que hay en el centro de la mesa.
El que debe tener cuidado es él. Y Siobhan sabía que no lo tendría.
—¿Qué es exactamente lo que tengo que sentir mucho, Rapunzel? —le pregunta él.
Luego mira hacia donde está mirando ella, a la mancha de café que tiene en el hombro, y se ríe cálidamente, con indulgencia. Después entorna los ojos, fingiendo que allí no hay nada que ver; está intentando ser simpático, y, si Siobhan estuviera de buen humor, de humor de leche vegana, incluso puede que le siguiera la corriente. Pero, por desgracia para el hombre del café, a Siobhan la acaban de dejar plantada el día de San Valentín.
—Este vestido cuesta casi dos mil euros —le espeta ella—. ¿Prefieres hacerme una transferencia o pagármelo a plazos?
Él echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada. Unas cuantas parejas se quedan mirándolo.
—Muy graciosa —dice.
—No estoy bromeando.
Su sonrisa desaparece y entonces la cosa se pone seria. Él levanta la voz primero; ella le enseña el vestido en NET-A-PORTER; y él contraataca llamándola «señoritinga impertinente», lo cual es estupendo, porque eso le proporciona a ella cinco minutos más de munición. Fiona se ríe en la pantalla del móvil de Siobhan y, durante unos cuantos segundos, esta casi olvida que acaba de quedarse compuesta y sin novio en una cafetería estrambótica y aburrida.
—Qué despiadada eres, Shiv —le dice Fiona con cariño mientras Siobhan vuelve a sentarse en la silla. El hombre se ha largado echando chispas después de haberle dejado un billete de diez libras sobre la mesa «para la tintorería». Todo el mundo la está mirando. Siobhan se echa por encima del hombro la brillante y controvertida melena rubia y se gira hacia la ventana. Barbilla alta. Tetas levantadas. Piernas cruzadas. Con la cabeza vuelta hacia ese lado, Fiona es la única que ve que está conteniendo las lágrimas—. ¿Te ha venido bien? —le pregunta su amiga.
—Desde luego. Y además soy diez libras más rica. ¿Qué me compro?
Siobhan se sorbe la nariz y coge la carta que está al otro lado de la mesa. Mira la hora en su reloj: las nueve de la mañana. Todavía son las nueve de la mañana y ya está siendo el peor día de su vida. ¿Qué tal un desayuno completo «Mira siempre el lado positivo»? ¿O un batido de kale «No dejes de sonreír»?
Vuelve a apartar la carta de un manotazo. La pareja de la mesa de al lado da un pequeño respingo y la mira sobresaltada.
—Joder, este es con diferencia el peor sitio del mundo para que te dejen plantada el día de San Valentín —comenta Siobhan. La rabia ardiente que sentía en el pecho ha desaparecido y ya solo queda la tensión, el dolor solitario y opresivo de las lágrimas a punto de brotar.
—No permitas que esto te afecte —le dice Fiona—. Si te ha dejado plantada es que es un gilipollas.
—Pues claro que es un gilipollas —replica Siobhan apasionadamente, con voz ahogada.
Fiona se queda callada. Siobhan sospecha que le está dando tiempo para sobreponerse, lo que le hace esforzarse todavía más en evitar que las lágrimas que están haciendo equilibrios en la línea de las pestañas le rueden por las mejillas.
—Sé que esto era importante para ti, Shiv —dice Fiona, vacilante—. ¿Habías tenido…? ¿No es tu primera cita de verdad desde lo de Cillian?
Siobhan frunce el ceño, admite la derrota y se enjuga las lágrimas.
—¿Insinúas que hace tres años que no salgo con nadie?
Fiona se limita a esperar pacientemente; ambas saben que es así, aunque debería haber tenido más tacto y no haber sacado el tema.
—¿Vas a pasar de él, entonces? —le pregunta esta al fin, suspirando.
—Pues claro que voy a pasar de él. Que le den —dice Siobhan.
Deplorará el día en el que la dejó plantada. Siobhan no sabe qué es «deplorar», pero lo descubrirá. Y a él no le va a gustar nada.
Miranda
Son las 9.03 y aún no ha aparecido nadie.
Miranda se muerde por dentro la uña del pulgar mientras está apoyada en el coche, dándole pataditas a la rueda. Se ajusta la cola de caballo. Se aprieta los cordones de las botas. Revisa la mochila y comprueba que lo lleva todo: dos botellas de agua, el equipo de escalada y la sierra de mano que sus padres le regalaron por su cumpleaños, con su nombre grabado en el mango. Está todo en orden, ningún objeto ha desaparecido por arte de magia de la bolsa durante el trayecto de veinte minutos desde casa.
A las 9.07, por fin, se oye el ruido de unos neumáticos sobre la gravilla. Miranda se gira y ve acercarse la furgoneta de Jamie, de color verde chillón, con el logotipo de la empresa J. Doyle. El corazón le golpea las costillas como si fuera un pájaro carpintero y Miranda se pone un poco más recta mientras Jamie y el resto del equipo se bajan del vehículo.
Jamie le sonríe al acercarse.
—A. J., Spikes, Trey, esta es Miranda Rosso —dice.
Dos de los hombres la observan de un modo que a ella le resulta familiar: se trata de la mirada furtiva y nerviosa de unos niños a los que han echado la bronca para que se porten bien. Trey es bajito y corpulento, de mirada taciturna y ojos hundidos. Spikes le saca una cabeza a Trey y tiene complexión de jugador de rugby, con un pecho fuerte bajo la camiseta sucia y descolorida. Ambos la saludan con una inclinación de cabeza e inmediatamente centran su atención en un árbol que hay en un rincón del terreno en el que han aparcado.
Y luego está A. J., que observa a Miranda de una forma muy distinta, con el típico vistazo de arriba abajo de un hombre al que le dicen «Pórtate bien con la chica nueva» y se lo toma como un desafío.
A Miranda le han advertido sobre él. Su fama lo precede. «A. J. ha estado con más mujeres que árboles ha escalado —le había dicho su antiguo jefe a Miranda cuando esta le había comunicado que iba a unirse al equipo de Jamie—. Cara angelical, corazón de cabronazo desalmado».
Así que Miranda está preparada para sus penetrantes ojos verdes, su mandíbula barbuda y sus brazos musculosos y tatuados. Está preparada para el gesto que hace con las cejas cuando sus ojos se encuentran y esa mirada que dice: «Yo me como a las mujeres como tú para desayunar».
Para lo que no está del todo preparada es para el cachorrito de cockapoo que lleva en brazos.
Miranda se queda pasmada. A. J. le acaricia la cabeza al perro tranquilamente, como si fuera de lo más normal llevarse a un cachorrillo diminuto al lugar de trabajo.
—Ah, sí, y ese es Rip —dice Jamie sin mucho entusiasmo—. Un perro nuevo. Al parecer no puede quedarse solo en casa, ¿no, A. J.?
—Tiene ansiedad por separación —explica este, subiendo un poco más a Rip sobre su pecho ancho y musculoso.
Miranda disimula una sonrisa. Había planeado enfrentarse a A. J. ignorándolo por completo, consciente de que esa suele ser la mejor estrategia con los tíos que van de gallitos. Pero el cachorrito es precioso. Mierda. Nunca ha podido resistirse a los perritos que parecen ositos de peluche, con el pelo rizado y la nariz respingona.
—Hola, Rip —dice ella, acercándole una mano para que se la huela—. ¡Hola, pequeñín!
Rip empieza a menear el rabo sobre el costado de A. J. y Miranda intenta no derretirse.
—Le caes bien —dice él con voz melosa mientras vuelve a recorrer lentamente con la mirada el cuerpo de ella, cuyo cerebro echa el freno. Puede que el cachorro sea bonito, pero se está fijando demasiado en el torso del hombre que lo sostiene. Ese no era el plan.
—Hola —dice Miranda, apartando la vista de Rip para sonreír a Trey y Spikes—. Encantada de conoceros, chicos.
—Rosso es una gran escaladora —declara Jamie, dándole una palmada en la espalda a Miranda—. Deberíais haberla visto en la prueba de rescate aéreo. Nunca he visto a nadie trepar a un árbol tan rápido. ¿Tienes tu propio equipo de escalada?
—Ajá —responde Miranda, señalando la mochila con la cabeza.
—Pues te mandaré al grande. El cliente quiere quitarle un tercio a la copa —dice Jamie, inclinando la cabeza hacia el abedul plateado que se alza en el jardín delantero del caserón ante el que han aparcado. Es un ejemplar larguirucho, que se encorva y se agita con el viento—. ¿Quieres enseñarles a estos chicos cómo se hace?
—Por supuesto —repone Miranda, agachándose para abrir la mochila y sacar el arnés.
No hay mayor subidón que el de una escalada.
Un día, cuando Miranda tenía quince años y volvía a casa del colegio, oyó los gritos de unos hombres a lo lejos. Siguió el sonido hasta dar con los podadores de árboles que estaban practicando en la escuela de gestión forestal que había en la carretera de su instituto. Había una hilera de pinos altos y maravillosos con un montón de cuerdas amarillas y naranjas colgadas de las ramas. Los hombres, que estaban por encima de ella, se movían entre los árboles como Tarzán, saltando entre las ramas en forma de horquilla para agarrarse a los troncos con las rodillas, recostados sobre el arnés. Hasta había uno colgado boca abajo.
Miranda nunca había pensado que uno pudiera ganarse la vida trepando a los árboles.
El profesor la había visto mirando y le había dicho que iba a haber una jornada de puertas abiertas la semana siguiente, que tendría la oportunidad de probarlo ella misma si le apetecía. En cuanto sintió que el arnés soportaba su peso, en cuanto trepó a la primera rama y vio el suelo a sus pies, se enganchó.
Ahora, diez años después, Miranda no solo se gana la vida trepando a los árboles, sino que lo hace de maravilla. Y aunque sus padres no entienden en absoluto por qué su hija mayor insiste en trabajar en una profesión peligrosa, hasta el punto de que le habían aconsejado hacerse un seguro de vida el primer día, se han hecho a la idea a regañadientes, sobre todo porque resulta evidente cuánto le apasiona lo que hace.
Ya en lo alto del abedul, con el cabo principal anclado a la rama más alta capaz de soportar su peso, Miranda se olvida de Trey, Spikes y A. J. Incluso se olvida de Carter, de que han quedado para comer y del modelito que la espera doblado con esmero en el fondo de la mochila. Estar en un árbol a doce metros de altura es aterrador, por mucha experiencia que tengas, y cuando estás allí arriba no puedes pensar en nada más. Solo estáis tú, las cuerdas, el viento y el árbol susurrando a tu alrededor, evitando que te caigas.
A. J. está podando un seto en la parte delantera de la propiedad mientras Rip da vueltas nervioso alrededor de sus pies; al principio Jamie se queda para echarle un ojo a Miranda, pero, al cabo de media hora, más o menos, se va a ayudar a A. J. Los demás se están ocupando de las tareas de suelo, como levantar objetos pesados y triturar ramas. La mañana transcurre entre el rugido de las motosierras y el brillo del serrín.
Miranda baja por la línea principal y aterriza con fuerza, hundiendo los talones en el suelo. Recupera la cuerda con facilidad, sin que esta se enganche siquiera. Ha sido una buena mañana. Se le está soltando el pelo de la coleta; los mechones se le pegan a la frente mientras se quita el casco.
—No está mal —dice A. J. mientras ella pasa a su lado para ir a ver a Jamie.
—Gracias —dice ella, sonriéndole a Jamie—. ¿Todo bien, jefe?
—¡Ahora que me acuerdo! —exclama él, poniéndose de pie con un brazado de ramas de avellano y los ojos brillantes. Tiene cuarenta y muchos años; ya no es el más rápido subiendo a los árboles ni el que corre los mayores riesgos, pero sigue siendo un hombre inquieto. Los buenos podadores son adictos a la adrenalina en su justa medida. O lo son demasiado y tienen mucha suerte—. Te vas a la una y media, ¿no? Por lo de la cita.
Miranda se sacude el serrín de los pantalones protectores. Lleva tirantes porque los pantalones de seguridad están diseñados para hombres y siempre son demasiado anchos en la cintura. Una amiga que conoció en un curso de rescate aéreo le dijo que los tirantes la salvarían de la humillación de encontrarse algún día con los pantalones por los tobillos.
—Sí. He quedado para comer —responde Miranda, desenganchando la motosierra para colocarla en la caja de la camioneta de Jamie—. Como es el día de San Valentín…
—Mi mujer me lo ha recordado esta mañana —dice Jamie, haciendo una mueca.
—¿Una cita para comer? —pregunta A. J., detrás de ella.
Miranda ni se gira.
—Mi novio quería verme en cuanto acabara mi primer trabajo con Jamie.
—O tiene otra mujer en la recámara para el turno de noche —dice A. J.
Miranda no es una persona temperamental. Es de las que creen que quienes se comportan como idiotas probablemente tendrán alguna razón para hacerlo y que no sirve de nada perder los estribos. Pero también sabe que la tolerancia puede parecer debilidad, sobre todo si eres mujer. Traga saliva.
—¿Y qué planes tienes tú para esta noche, A. J.? —dice, mirando hacia atrás el tiempo justo para verlo esbozar una breve sonrisa ladeada al oír la pregunta—. ¿Has quedado con alguna chica guapa?
—Depende —responde él.
—¿De qué? —Miranda se suelta la cola de caballo y se desenreda el pelo con los dedos. Tiene el cabello grueso y oscuro, encrespado alrededor de la cara, rizado en las puntas y casi siempre con nudos.
—De si Jamie me deja invitarte a una copa esta noche.
—¡A. J.! —exclama Jamie—. ¿De qué hemos hablado de camino aquí?
Ella mira a los ojos a A. J. por un instante. Le está tomando el pelo, o puede que la esté poniendo a prueba. Pero su mirada es ardiente y Miranda se sobresalta al darse cuenta de que lo dice en serio, de que ese hombre tan guapo y peligroso sería capaz de invitarla a una copa para después llevársela a casa.
Es bastante halagador, la verdad. Aunque ella sepa que se tira a todo lo que se menea.
—¿Por qué no? Sé que estás libre esta noche —dice A. J., cruzando los brazos tatuados sobre el pecho. Sus bíceps son enormes. Miranda está convencida de que los ha cruzado para que se fije en ellos.
Ella mantiene la barbilla alta.
—No me interesa —replica, sonriendo—. Pero gracias —añade antes de girarse hacia Jamie—. Mañana a las siete de la mañana, ¿no? ¿Me envías un mensaje con la dirección?
—«No me interesa» —se burla Jamie—. ¿Cuándo fue la última vez que una chica te dijo eso, A. J.?
A. J. se encoge de hombros, se agacha para recoger a Rip y Miranda nota que la sigue mirando mientras se aleja.
—Hace bastante tiempo —responde él—. Pero siempre acabo convenciéndolas.
Miranda se ríe.
—A mí no —dice alegremente, mirando hacia atrás—. Ya estoy pillada.
—Por don Cita a Mediodía —grita A. J.—. Qué suerte tienes.
Claro que tiene suerte. En realidad, muchos días no puede creerse la suerte que tiene. Carter es el tipo de chico que Miranda nunca pensaría que se fijaría en alguien como ella. Es muy maduro, tiene un trabajo bien pagado y lleva trajes a medida. Y es guapísimo. Guapo en plan adulto, no como A. J., que va hecho un desastre. Carter lleva gafas redondas, tiene la mandíbula cuadrada y varonil y una sonrisa que hace que te derritas.
Se conocieron por medio de Reg, uno de los chicos con los que trabajaba antes Miranda; él jugaba al fútbol con Carter y un día, el año anterior, Miranda estaba en el bar con Reg y la mitad del equipo entró a tomar algo después de un partido. Carter estaba impecable; había vuelto a ponerse el traje del trabajo porque había olvidado meter ropa para después del partido, y destacaba entre los demás como una moneda reluciente, con su sonrisa radiante y su cabello medio húmedo. Cuando el resto de los chicos se burlaron de su atuendo, él agachó un poco la cabeza, avergonzado, y las luces del bar se reflejaron en sus gafas. Miranda sintió mariposas en el estómago. Ese movimiento de cabeza dejó entrever al niño que había detrás de aquel adulto de hombros anchos, haciéndolo parecer más accesible.
Miranda no podía dejar de mirarlo y, finalmente, él se dio cuenta y le regaló una discreta sonrisa de curiosidad, una invitación más afable de lo que esperaba. Ella pensó que debía de estar acostumbrado a que las mujeres se le echaran encima, así que no albergó ninguna esperanza. Al final le pidió a Reg que los presentara, animada por tres pintas y emocionada por la media sonrisa que Carter le había echado. «Rosso, Carter, Carter, Rosso. Carter, haz el favor de invitarla a una copa, esta mujer merece que la traten bien», dijo Reg.
Ahora, cinco meses después, Carter parece seguir tomándose al pie de la letra las palabras de Reg: el restaurante al que va a llevarla a comer el día de San Valentín es uno de esos sitios sin precios en la carta y con gotitas de glaseado en el borde de los platos. No está muy lejos de Erstead, la ciudad dormitorio de Surrey donde vive Miranda. Esta se cambia de ropa en el McDonald’s que hay a la vuelta de la esquina, se pone brillo en los labios y rímel y se siente muy bien consigo misma durante los tres minutos que dura el paseo hasta el lujoso restaurante, pero luego, mientras va hacia la mesa con su pichi azul y sus zapatillas gastadas, su atuendo empieza a parecerle demasiado infantil e informal. Las otras mujeres tienen un aspecto realmente sofisticado.
Miranda levanta el trasero de la silla para bajarse el vestido con disimulo, amparada por el mantel. Se trata de un restaurante con clase, así que celebran el día de San Valentín de forma sutil: con pétalos de rosa en las mesas, un aumento generalizado del número de velas y un ligero ambiente de arrogancia.
Miranda se ha retrasado un poco, así que le lleva un tiempo darse cuenta de que ya son más de las dos y todavía no hay ni rastro de Carter. Él suele llegar tarde, así que eso no le sorprende demasiado. Pero a eso de las dos y media, cuando el camarero le pregunta si quiere beber algo, ella pide una Coca-Cola porque empieza a sentirse incómoda allí sentada sin hacer nada, rodeada de parejas enamoradas, jugueteando con la servilleta y dando golpecitos con los pies.
Le envía un mensaje a Carter: ¿Dónde estás?
Y luego otro: ¿Por qué llegas tan tarde?
Y otro más: ¿Carter? ¿Hola?
Poco a poco, pasa de ser una mujer que está esperando al hombre con el que ha quedado a una mujer a la que han dado plantón. Aparentemente, nada ha cambiado: ella sigue allí, mirando el teléfono con demasiada frecuencia y bebiendo demasiado rápido. Pero todo el mundo se da cuenta de que su estado va cambiando segundo a segundo, y, cuando Miranda lleva cuarenta y cinco minutos sentada en esa mesa, se ha convertido, sin necesidad de mover un solo músculo, en alguien digno de compasión.
Al final no soporta más la inmovilidad. A cada minuto que pasa, la sensación de inquietud y la necesidad de mover las extremidades aumenta, incluso después de una mañana de trabajo. Se dice a sí misma que esperará hasta las 15.10, pero a y cinco se levanta para ir a la barra y pagar lo que ha bebido.
Está clarísimo: Carter la ha dejado plantada.
Se dice a sí misma que seguramente habrá alguna explicación de lo más razonable. Alguna historia divertidísima. Él se la contará parodiando las voces de todos los implicados, porque se le dan muy bien los acentos; imita a la perfección el deje italiano de su padre y borda la forma de hablar del tipo de Liverpool que vive en el edificio de Miranda. Los dos se reirán de ello. Se convertirá en una de sus anécdotas: «¿Recuerdas aquella vez que me dejaste plantada el día de San Valentín?».
Sin embargo, en ese momento es una mierda. Miranda se muerde el labio mientras espera a que se imprima el recibo de la tarjeta. Sabe que perdonará a Carter. Probablemente ya lo haya perdonado, en previsión de su excelente excusa. Aunque, por un momento, disfruta imaginando que es una de esas mujeres que no lo harían. De esas que dirían: «No pienso tolerar estas gilipolleces. Se acabó, me has dejado plantada. Que te den».
Cuando Miranda llega a casa son las cuatro y media y todavía no ha recibido ningún mensaje de Carter. Echa de menos a su antigua compañera de piso; en esos momentos le vendría fenomenal que alguien le preparara una taza de té para consolarla. Se queda de pie en el centro del salón, escuchando el tráfico del exterior, preguntándose si Carter al final habrá decidido que ella no es la mujer adecuada para él.
«Eso no tiene sentido, Miranda Rosso —se dice a sí misma, quitándose las zapatillas—. Tranquilízate».
Todavía no son las cinco, así que queda mucho día por delante. Pasará la aspiradora, luego preparará la cena y se acostará temprano. Lamentarse no tiene sentido. ¿O es que alguna vez le ha servido de algo a alguien?
Jane
La clave está en los aperitivos. Mientras tenga una tartaleta de queso de cabra en miniatura o un rollito de primavera minúsculo en la boca, Jane dispondrá al menos de tres segundos para masticar y pensar una respuesta cuando le hagan esas preguntas inevitables y terribles que surgen cuando estás en una fiesta de compromiso y tu pareja te ha dejado plantada.
—¿Sigues ahí sola, chica? —le pregunta Keira. Aun con una copa de champán en cada mano, se las arregla para levantar los pechos; sus collares desaparecen brevemente en el valle de su canalillo, más allá del escote de su vestido largo de fiesta.
Keira echa una mano en la tienda solidaria del conde Langley dos días por semana. No hay nadie más empeñado que ella en emparejar a Jane con Ronnie Langley, hijo del mismísimo conde y causante de todo ese follón.
Cuando Jane empezó a trabajar en la tienda, Ronnie se quedó prendado de ella. Todos los que trabajan en la Fundación Conde Langley adoran a Ronnie, que tiene uno de esos rostros que inspiran lástima de inmediato y sigue soltero a sus treinta y cinco años, a pesar de ser el primero en la línea de sucesión de una mansión destartalada, algo por lo que todo el mundo, excepto Jane, parece considerarlo un partidazo.
Conseguir emparejar a Jane y a Ronnie se había convertido en el objetivo de toda la tienda solidaria. Así que Jane había contado una mentirijilla. Había dicho que tenía novio. Con el paso de los años, la mentira se había ido haciendo cada vez más grande, pero nunca se había puesto a prueba de esa manera.
—Seguro que está de camino, lo habrán entretenido en el trabajo —dice Jane, no muy convencida, mientras consulta el reloj.
Todavía son las seis y cuarto, queda una hora más de «copas y socialización» antes de que empiece la cena formal. Keira sube y baja sus pestañas postizas mientras observa el atuendo de Jane: el mismo que ha llevado ese día al trabajo. Jane se ruboriza. Creía que el vestido de algodón verde pálido daría el pego si se quitaba la chaqueta de lana y las medias, pero, ahora que está ahí, resulta obvio que no es lo suficientemente elegante. Detrás de Keira, la muchedumbre se apelotona: hay muchísimos invitados, tantas personas que es imposible que Constance y Martin las conozcan por su nombre, sin duda alguna. Se encuentran en el ayuntamiento de Winchester y la temática del evento, cómo no, es el día de San Valentín. El color rosa está, literalmente, por todas partes.
—Oye, chica —dice Keira, frunciendo el ceño. Sus arrugas se hacen más profundas—. Todos sabemos que es mentira que tengas novio. Será mejor que lo admitas ya si…
—Jane, querida, ¿podrías acompañarme un momento? —le pregunta Mortimer.
Jane se gira hacia él, realmente agradecida. Keira parece contrariada mientras él aleja a Jane del bullicio para llevarla a un rincón de la sala.
Mortimer Daperty tiene setenta años; todos los días va a trabajar vestido con un traje marrón, almuerza de manera indefectible un sándwich de atún y se despide con un «¡Hasta lueguito, Jane! ¡Nos vemos pronto!» cuando se va a las seis de la tarde. Si no hay nadie más en la tienda, él y Jane conviven en un cálido silencio con olor a naftalina, planchando al vapor la ropa donada y pasándose los libros usados sin intercambiar una sola palabra.
—Pareces francamente agobiada —comenta Mortimer con amabilidad.
—Es que… no me gustan las multitudes —dice Jane, intentando calmar su respiración.
—¿Y el joven que dijiste que iba a venir…?
Jane está acostumbrada a esquivar las preguntas personales de sus compañeros de la tienda solidaria. Pero, como Mortimer nunca suele hacerle ninguna, la pilla por sorpresa y, sin darse cuenta, le responde.
—Me estaba haciendo un favor. No estamos juntos, pero me dijo que me acompañaría para que no tuviera que venir sola. —Jane baja la vista hacia sus zapatos. Son cómodos, de cuero marrón suave, el tipo de calzado con el que en su día no la habrían visto ni muerta—. Keira tiene razón: mentí al decir que tenía novio.
Mortimer se limita a asentir.
—Una medida de protección muy razonable —señala—. Y ese amigo tuyo, ¿ni siquiera te ha llamado por teléfono?
Jane esperaba que Mortimer la juzgara, pero su expresión es cordial.
—No. No me ha llamado —responde ella, volviendo a bajar la vista.
Él chasquea la lengua, aunque no es con Joseph con quien Jane está enfadada, sino consigo misma. No debería haber confiado en nadie. Normalmente, suele preferir las plantas y los gatos a los humanos: ambas son especies con un historial mucho más favorable.
Todos los días desde que se mudó a Winchester, Jane ha ido al Hoxton Bakehouse nada más abrir para comprarse una tarrina de yogur bajo en grasa con fruta y granola. En realidad es un gasto injustificable, pero esa rutina la tranquiliza; es como ponerse las mismas botas gastadas cada día.
Cuando vio por primera vez a Joseph en la panadería, justo después de Navidad, frenó tan en seco que estuvo a punto de caerse de bruces en la puerta. Le sonaba de algo. No sabía exactamente de qué, pero le daba la impresión de que era alguien… importante. ¿Un compañero de su antiguo trabajo, tal vez? Profirió una exclamación mirándolo fijamente, antes de recordar que quedarse mirando fijamente a alguien era la forma más rápida de llamar su atención y algo que debía evitarse a toda costa.
Joseph se giró para mirarla, pero no la reconoció. Le dedicó una sonrisa enorme y radiante. Y puede que un tanto sorprendida.
—Hola —le dijo.
Por un instante, Jane se quedó allí plantada, paralizada, con los ojos como platos.
—Perdona, creía que eras… otra persona —murmuró luego, antes de desviar la mirada, escabullirse hacia el final de la cola y perderse de vista. Pero sintió su mirada cálida y curiosa mientras salía de la tienda con su croissant.
A partir de entonces, siguió viéndolo todas las mañanas durante dos semanas, aunque seguía sin conseguir identificarlo. No volvió a cometer el error de mirarlo fijamente.
Y entonces, justo cuando Jane ya se había relajado un poco…
—Esto es un poco raro, ¿no? —le dijo un día Joseph, dándose la vuelta de repente para mirarla mientras esperaban en la cola.
Jane parpadeó con rapidez.
—¿Perdona? —le dijo, mirando al suelo.
—Bueno, yo sé un montón de cosas sobre ti. Sé que llevas el jersey amarillo los lunes, una camisa azul claro los martes, un vestido blanco con vuelo los miércoles, el verde intenso con una rebeca los jueves y un jersey rosa pálido los viernes. Sé que te gusta leer, porque siempre llevas un libro. Y que te gustan los bollos de canela, porque siempre les echas un vistazo melancólico antes de pedir la tarrina de yogur. Nos vemos todos los días, pero nunca hablamos.
A Jane empezaron a sudarle las palmas de las manos. Nunca nadie se había fijado tan rápidamente en la rotación de su ropa. Y estaba segura de que no les echaba ningún vistazo a los bollos de canela… O, al menos, no todas las mañanas.
Por fin, incapaz de aguantar más, levantó la vista y se encontró con su mirada.
Sin duda, era guapo, aunque, si la obligaran a decir por qué, le habría costado responder. Su rostro tenía mucho movimiento y era muy expresivo; tenía las
