Legado mágico (Trilogía de los O'Dwyer 3)

Nora Roberts

Fragmento

1

Verano, 1276

Era un luminoso día de finales de verano que Brannaugh aprovechaba para recoger hierbas, flores y hojas, con las que prepararía ungüentos, pociones y tisanas. Los vecinos y los viajeros acudían a ella en busca de esperanza y sanación. Acudían a ella, la Bruja Oscura, como antes habían acudido a su madre, con dolores en el cuerpo, en el corazón y en el espíritu, y le pagaban con monedas, servicios o trueques.

Así habían forjado su vida en Clare, su hermano, su hermana y ella, muy lejos de su hogar en Mayo. Lejos de la cabaña del bosque en la que habían vivido, en la que había muerto su madre.

Una vida más feliz de lo que había creído posible desde aquel terrible día en que su madre les había entregado casi hasta el último vestigio de su propio poder y los había obligado a ponerse a salvo para sacrificarse ella después.

Brannaugh recordó el miedo y el dolor que había sentido cuando, haciendo lo que le pedían, se había llevado de casa a su hermano y a su hermana pequeños.

Atrás habían dejado el amor, la infancia y toda la inocencia. Desde entonces habían transcurrido muchos años. Los primeros, como su madre les había ordenado, los habían pasado con su prima y el marido de esta. Con ellos se habían sentido a salvo, atendidos y queridos. Pero, inevitablemente, había llegado la hora de abandonar el nido, de enfrentarse a quienes eran, a lo que eran y siempre serían.

Los tres brujos oscuros.

Su deber, su propósito por encima de todo era destruir a Cabhan, el hechicero negro. Cabhan, el asesino de su padre, Daithi el valiente, y de su madre, Sorcha. Cabhan, que de algún modo había sobrevivido al hechizo que la moribunda Sorcha le había lanzado.

Sin embargo, ese día de final del verano, los terrores del último invierno, la sangre y la muerte de la última primavera parecían muy lejanos.

Allí, en el hogar que había construido, el aire olía al romero de su cesta, a las rosas plantadas por su marido al nacer su primogénito. Las nubes se inflaban, blancas como corderos, por el prado azul del cielo, y los bosques, los pocos campos que habían limpiado, eran verdes como esmeraldas.

Su hijo, que aún no había cumplido los tres años, estaba sentado al sol, aporreando el pequeño tambor que su padre había construido para él. Al verle cantar, reír y tocar con tanta alegría e inocencia, sus ojos ardían de amor materno.

Su hija, de apenas un año, dormía abrazada a su muñeca de trapo favorita, vigilada por Kathel, su fiel sabueso.

Y otro hijo se movía sin parar y daba patadas en su vientre. Desde donde estaba, veía el claro, y la pequeña cabaña que Eamon, Teagan y ella habían construido hacía casi ocho años. Chiquillos, se dijo. Por aquel entonces no eran más que chiquillos que no podían disfrutar de su infancia.

Sus hermanos aún seguían viviendo cerca de allí. Eamon el leal, fuerte y noble. Teagan, buena y justa. Brannaugh pensó en lo felices que ahora parecían, especialmente Teagan, a la que se veía muy enamorada del hombre con el que se había casado en primavera.

Todo estaba tranquilo pese al alboroto y las carcajadas de Brin. La cabaña, los árboles, las verdes colinas salpicadas de ovejas, los jardines, el luminoso cielo azul.

Y todo eso tendría que terminar. Tendría que terminar en breve. Llegaba la hora, lo notaba de la misma manera que notaba las patadas del bebé en su vientre. Los días luminosos darían paso a la oscuridad. La paz terminaría en sangre y batalla.

Acarició el amuleto con el símbolo de un sabueso. La protección que su madre había conjurado con magia negra. Pronto, pensó, muy pronto, volvería a necesitar esa protección.

Se llevó una mano a los riñones, algo doloridos, y vio que Eoghan se acercaba a caballo.

¡Se sentía tan unida a él! Con los ojos verdes como las colinas y el pelo negro como ala de cuervo por encima de sus hombros, era realmente atractivo. Cabalgaba erguido, ágil, a lomos de la recia yegua parda, alzando la voz, como hacía siempre que entonaba una canción.

Por los dioses que la hacía sonreír, hacía que su corazón se elevara como un pájaro alza el vuelo. Ella, que tan segura había estado de que ya no habría amor para su persona, ni más familia que los de su sangre, ni más vida que su propósito, se había enamorado perdidamente de Eoghan de Clare.

Brin dio un brinco y empezó a correr todo lo rápido que sus piernecitas le permitían, sin parar de gritar.

—¡Papi, papi, papi!

Eoghan se inclinó y subió al pequeño a la silla. El viento le llevó a Brannaugh las risas del hombre y del niño, entremezcladas y los ojos volvieron a empañársele. En ese momento, habría dado todo su poder, hasta la última gota de ese poder recibido, por ahorrarles lo que estaba por venir.

La pequeña, a la que había puesto el nombre de su madre, lloriqueó y Kathel, agitando sus viejos huesos, soltó un suave ladrido.

—Ya la oigo.

Brannaugh dejó la cesta, cogió en brazos a su hija, ahora despierta, y la colmó de besos mientras Eoghan se aproximaba a caballo.

—Mira lo que me he encontrado por el camino. Un gitanillo perdido.

—Bien, nos lo quedaremos. Si lo aseamos, quizá podamos venderlo en el mercado.

—Puede que nos lo paguen bien. —Eoghan besó la coronilla de su pequeño, que reía divertido—. Abajo, muchacho.

—¡Un paseo, papi! —suplicó Brin, volviendo la cabeza, con sus ojos grandes y oscuros—. ¡Por favor, un paseo!

—Uno rápido, después quiero mi té.

Guiñó un ojo a Brannaugh y se lanzó al galope, haciendo gritar al niño de emoción.

Ella cogió la cesta y se echó a la pequeña Sorcha a la cadera. —Vamos, viejo amigo —le dijo a Kathel—. Es la hora de tu tónico.

Se dirigió a la preciosa casita que Eoghan, con manos hábiles y fuertes, había construido. Dentro, avivó el fuego, acomodó a su hija y empezó a preparar el té.

Mientras acariciaba a Kathel, lo empapó con el tónico que había conjurado para mantenerlo sano y aguzarle la vista. Su guía, su corazón, se dijo, podía prolongarle la vida unos años más. Y sabría cuándo habría llegado el momento de dejarlo marchar.

Pero ese momento aún no había llegado.

Sacó pastelitos de miel y un poco de mermelada, y tuvo el té listo para cuando Eoghan y Brin volvieron, cogidos de la mano.

—Vaya, qué maravilla.

Le revolvió el pelo a Brin y se inclinó para besar a Brannaugh, entreteniéndose un poco, como hacía siempre.

—Has vuelto pronto —empezó a decir cuando vio que su hijo intentaba coger un pastelito—. Lávate las manos primero —dijo, dirigiéndose ahora al pequeño—, luego siéntate como un caballero a tomar el té.

—No las tengo sucias, mami. —Se las enseñó.

Brannaugh enarcó las cejas al ver las manitas mugrientas. —Lavaos las manos. Los dos.
—A las mujeres no se les lleva la contraria. Es una lección que ya aprenderás —le dijo Eoghan a Brin. Luego, dirigiéndose a su mujer, le explicó lo que había estado haciendo—. He terminado la cabaña de la viuda O’Brian. Su hijo, lo sabe Dios, es más inútil que un macho cabrío con tetas y ha preferido distraerse con sus cosas. Hemos avanzado más sin él.

Habló de su trabajo mientras ayudaba a su hijo a secarse las manos y siguió hablando del trabajo venidero mientras alzaba a su hija por los aires y esta gritaba de felicidad.

—Eres la alegría de esta casa —murmuró ella—. Eres su luz, su corazón.

Él le dedicó una mirada silenciosa, antes de dejar a la pequeña donde estaba.

—Siéntate y descansa un rato. Tómate el té.

Eoghan esperó. Ella sabía que era el más paciente de los hombres. O el más testarudo, porque una cosa a menudo era sinónimo de la otra, al menos en un hombre como él.

Así que, cuando acabó de hacer las tareas, la cena estuvo preparada y hubo acostado a los niños, él la cogió de la mano.

—¿Quieres salir a dar un paseo conmigo, hermosa Brannaugh? Hace una noche espléndida.

¿Cuántas veces, se preguntó, le había dicho él aquellas palabras cuando la cortejaba, cuando ella intentaba desembarazarse de él?

Esta vez se limitó a coger el chal, uno precioso que le había hecho Teagan, y se lo echó por los hombros. Miró a Kathel, tumbado junto al fuego.

«Cuida de los niños por mí», le pidió, y dejó que Eoghan la sacara a la fría y húmeda noche.

—Va a llover —anunció ella—. Antes de que amanezca. —Entonces tenemos suerte de poder disfrutar de esta noche, ¿no es así? —dijo mientras llevaba una mano al vientre de ella—. ¿Va todo bien?

—Sí. Es un hombrecito muy inquieto, no para. Como su padre.

—Nos va bien, Brannaugh. Podríamos permitirnos un poco de ayuda.

Ella lo miró de soslayo.

—¿Tienes alguna queja sobre el estado de la casa, de los niños o de la comida que pongo en la mesa?

—No, ninguna, en absoluto. Es solo que he visto a mi madre trabajar hasta consumirse. —Mientras hablaba le frotó los riñones, como si supiera de la leve molestia que sentía ahí—. No quiero que te pase lo mismo, aghra.

—Estoy bien, te lo prometo.
—¿Por qué estás triste?
—No lo estoy. —Mentía, lo sabía, y nunca antes le había mentido—. Bueno, quizá un poco. A veces, cuando esperamos, las mujeres nos ponemos algo melancólicas, ya deberías saberlo. ¿No lloré desconsoladamente cuando, estando encinta de Brin, trajiste a casa la cunita que le habías hecho? Lloré como si fuera a acabarse el mundo.

—De alegría. Esto no es de alegría.
—Sí es de alegría. Hoy mismo, estaba ahí, contemplando a nuestros hijos, sintiendo en mis entrañas al que vendrá, pensando en ti, en la vida que tenemos. Qué maravilla, Eoghan. ¿Cuántas veces me negué a ser tuya cuando me lo pediste?

—Una ya fue demasiado.

Aunque rió, las lágrimas le oprimieron la garganta.
—Pero tú volvías a pedírmelo, una y otra vez. Me cortejabas con canciones e historias, con flores silvestres. Aun así, te contestaba que no sería la esposa de ningún hombre.

—De ninguno más que mía.
—De ninguno más que tuya.

Ella inspiró profundamente la noche, el aroma de los campos, del bosque, de las colinas. Inspiró lo que se había convertido en su hogar, sabiendo que lo dejaría por el hogar de su infancia, y por el destino.

—Sabías lo que era, lo que soy. Y, pese a todo, me quisiste por mí misma, no por mi poder, sino por mí.

Saber aquello significaba muchísimo para ella, y saberlo había abierto un corazón que ella pretendía mantener bien cerrado.

—Y, cuando ya no pude evitar quererte, te lo conté todo, todo, y volví a rechazarte. Pero me lo pediste otra vez. ¿Recuerdas lo que me dijiste?

—Te lo volveré a decir. —Se volvió hacia ella y le cogió las manos como lo había hecho hacía años—. Eres mía, y yo tuyo. Todo lo que eres aceptaré. Todo lo que soy te ofreceré. Estaré contigo, Brannaugh, Bruja Oscura de Mayo, en el incendio y en la inundación, en la alegría y en la pena, en la guerra y en la paz. Mírame al corazón, porque tú tienes ese poder. Mira en mi interior y conoce el amor.

—Y lo hice. Y lo hago. Eoghan. —Se estrechó contra su cuerpo, acurrucándose en él—. ¡Qué alegría!

Pero rompió a llorar.
Él la acarició, la tranquilizó. Luego la apartó despacio para verle la cara a la pálida luz de la luna.

—Debemos volver —anticipó él—. Volver a Mayo. —Pronto. Pronto. Lo siento...
—No. —Posó sus labios en los de ella, enmudeciendo sus palabras—. Eso no me lo dirás a mí. ¿Acaso no has oído mis palabras?

—¿Cómo iba a saberlo? Aun cuando las pronunciabas y notaba que me atrapaban el corazón, ¿cómo iba a saber que me sentiría así? Desearía con toda mi alma quedarme, quedarme y nada más. Estar aquí contigo, dejar todo lo demás atrás, lejos. Pero no puedo. No puedo ofrecernos eso. Eoghan, no puedo darles eso a nuestros hijos.

—Nada los tocará. —Volvió a ponerle una mano en el vientre—. Nada ni nadie. Lo juro.

—Debes jurarlo, para cuando llegue el momento en que tenga que abandonarlos y enfrentarme a Cabhan junto con mi hermano y mi hermana.

—Y conmigo. —La asió por los hombros, el ardor y la ferocidad iluminaban su mirada—. A lo que tú te enfrentes, me enfrento yo también.

—Debes jurarlo. —Con ternura, deslizó las manos de él hasta su vientre, donde el bebé daba patadas—. Nuestros hijos, Eoghan, debes jurar protegerlos por encima de todo. El marido de Teagan y tú debéis protegerlos de Cabhan. Jamás podría hacer lo que debo hacer a menos que supiera que su padre y su tío los guardan y los protegen. Eoghan, júralo por nuestro amor.

—Daría mi vida por ti. —Descansó su frente en la de ella, y Brannaugh notó su lucha, como hombre, marido y padre—. Te lo juro, daría mi vida por nuestros hijos. Juraré protegerlos.

—Qué afortunada soy de tenerte. —Se llevó sus manos a los labios—. Qué afortunada. ¿No me pedirás que me quede?

—Todo lo que eres —le recordó él—. Hiciste un juramento, y ese juramento es mío también. Estoy contigo, mo chroi.

—Tú eres la luz de mi interior. —Con un suspiro, ella apoyó la cabeza en su hombro—. La luz que brilla en nuestros hijos.

Haría cuanto estuviera en su mano por preservar esa luz, todo lo que provenía de ella, y por fin, por fin, derrotar a la oscuridad.

Esperó, disfrutando de cada día, aprovechándolos al máximo. Cuando sus hijos descansaban, cuando el que llevaba dentro insistía en que también ella descansara, se sentaba junto al fuego con el libro de hechizos de su madre. Estudiaba y añadía sus propios conjuros, sus propias palabras y pensamientos. Aquello lo heredarían sus hijos, también el que llevaba en sus entrañas, y tomarían el relevo de la Bruja Oscura si Eamon, Teagan y ella fracasaban en su propósito.

Su madre les había jurado que ellos, o uno de los suyos, destruirían a Cabhan. Ella había visto, con sus propios ojos, a uno de su sangre de otro tiempo, había hablado con él. Y soñaba con otra, una mujer con su mismo nombre, que llevaba el amuleto que ella llevaba ahora, que era, como ella, una de tres.

Los tres de Sorcha tendrían hijos, y estos a su vez tendrían su propia descendencia. De modo que el legado perduraría, y el propósito lo haría con él, hasta que se cumpliera.

El verano fue extinguiéndose, pero no así las inquietudes que Brannaugh sentía por los de su sangre.

Pero tenía hijos a los que atender, un hogar que no podía descuidar, animales a los que alimentar y de los que ocuparse, un huerto que cultivar, una cabra que ordeñar. Vecinos y viajeros a los que sanar y ayudar.

Y magia, magia buena, muy buena, que preservar.

Así que una vez que sus hijos se hubieron quedado dormidos —y, cielos, Brin se había resistido heroicamente a cerrar los ojos—, salió afuera a tomar el aire. En ese momento vio a su hermana, con su luminoso pelo trenzado a la espalda, acercarse por el camino con una cesta.

—Has debido de presentir que te extrañaba, pues ansío conversar con alguien de más de dos años.

—Traigo pan moreno, he cocido de sobra. También yo deseaba verte.

—Tomaremos un poco ahora, tengo hambre a todas horas del día.

Riendo, Brannaugh abrió los brazos a su hermana.

Teagan era una belleza de cabello luminoso como el sol y ojos del color de los jacintos silvestres que tanto gustaban a su madre.

La estrechó entre sus brazos, luego la apartó de inmediato. —¡Estás encinta!
—¿Y no podrías haberme dado la oportunidad de que te lo contara yo misma? —Espléndida, resplandeciente, Teagan la abrazó de nuevo—. Lo he sabido esta mañana. Al despertar, he sabido que había vida en mi interior. No se lo he dicho a Gealbhan todavía, porque primero quería contártelo a ti. Y estar segura, completamente segura. Ahora lo estoy.

—Teagan. —A Brannaugh se le empañaron los ojos y besó a su hermana en las mejillas, recordando a la pequeña que había llorado aquella mañana aciaga hacía ya tanto tiempo—. Bendita seas, deirfiúr bheag. Pasa dentro. Te prepararé un té, algo que os siente bien a ti y a esa vida que llevas en tus entrañas.

—Quiero contárselo a Gealbhan —dijo mientras entraba con Brannaugh y se quitaba el chal—. Junto al pequeño arroyo donde me besó por primera vez. Y luego decirle a Eamon que volverá a ser tío. Quiero celebrarlo esta noche con todos vosotros; quiero oír música y voces felices a mi alrededor. ¿Traeréis Eoghan y tú a los niños?

—Lo haremos, por supuesto. Oirás música y voces felices. —Echo de menos a madre. Ay, soy boba, lo sé, pero quiero contárselo. Quiero contárselo a padre. Que llevo una vida en mis entrañas, una que proviene de ellos. ¿Sentiste tú eso mismo?

—Sí, todas las veces. Cuando nació Brin y, luego, cuando lo hizo la pequeña Sorcha, la vi un instante, solo un instante. La sentí, y a padre también. Sentí su presencia cuando mis bebés desgranaron su primer llanto. Fue un instante gozoso, Teagan, y triste al mismo tiempo. Y luego...

—Cuenta...

Con sus ojos grises llenos de aquel gozo, de aquella pena, Brannaugh cruzó las manos sobre el bebé que llevaba en su vientre.

—El amor es tan intenso, tan pleno. Cuando sostienes en tus manos esa vida que has llevado en tu seno el amor te embarga de una manera difícil de explicar. En ese instante descubres realmente lo que es el amor. Ahora sé lo que ella sentía por nosotros. Lo que padre y ella sentían por nosotros. Tú lo sabrás también.

—¿Puede ser más que esto? —Teagan se llevó una mano al vientre—. Lo que siento ya es inmenso.

—Puede ser, y lo será.

Brannaugh contempló los árboles, el frondoso huerto, y se le empañaron los ojos.

—Este hijo que llevas dentro, aunque fuerte y poderoso, no será el elegido. Tampoco el siguiente. Después vendrá una niña. Ella será la elegida de tus tres. Rubia como tú, de buen corazón y agilidad mental. La llamarás Ciara. Un día ella llevará el símbolo que nuestra madre hizo para ti.

Sintiéndose de pronto mareada, Brannaugh se sentó. Teagan se acercó corriendo a ella.

—Estoy bien, estoy perfectamente. La visión ha llegado a mí tan rápido que no estaba preparada. Últimamente ando un poco lenta.

Le dio una palmadita en la mano a su hermana.
—Nunca he mirado el futuro. Ni se me ha ocurrido —dijo Teagan.

—¿Por qué se te iba a ocurrir? Tienes derecho a ser feliz sin más. Espero no hab

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