Un diamante en bruto

Ana Álvarez

Fragmento

CAPÍTULO 1

Capítulo 1

2024

Clara entró en el taller de joyería de su propiedad, como cada mañana. Pese a su juventud —acababa de cumplir los treinta años— había logrado cumplir el sueño de toda su vida: diseñar joyas y a la vez ser su propia jefa. Había creado una marca audaz y reconocida por su estilo único y poco convencional, cuyas piezas se empezaban a vender en joyerías. Contaba con una ayudante que se dedicaba a la fase final de la elaboración de las piezas, como el engastado y pulido, mientras que ella se dedicaba al diseño y la fabricación propiamente dicha. De momento, no necesitaba más personal

No había sido fácil, había estudiado el Bachillerato de Arte y a continuación, en una escuela de orfebrería y un máster en diseño de joyería. Después trabajó —casi gratis— con joyeros que habían utilizado su talento y su disposición a cambio de unos pocos conocimientos y muchas horas de práctica no remunerada. Pero era despierta y había asimilado lo que le enseñaron y también lo que no. Al fin, tres años antes, su marca Klarity había visto la luz y estaba despegando en ventas. Sus piezas combinaban diamantes —eran unas piedras que la fascinaban— con otros tipos de materiales, nobles y menos nobles. Sus diseños, modernos y vanguardistas, hacían las delicias de aquellas personas a las que no interesaban las joyas tradicionales. Pero le estaba costando arrancar económicamente, debido al préstamo solicitado para comenzar el negocio.

Alberto Macías, el que fuera su mejor profesor en la escuela de joyería y orfebrería, y con el que mantenía contacto regular, le había recomendado que, de forma paralela a su línea principal, sacara otra más convencional.

A media mañana, cuando le pasó a Fátima, su ayudante, unos pendientes, los últimos que acababa de elaborar, el timbre del taller sonó con estridencia. Se sobresaltó, pues no esperaba a nadie.

Con cautela, se asomó a la mirilla y sonrió al descubrir a su antiguo profesor ante la puerta. A veces solían verse para tomar un café juntos, pues él ya estaba jubilado, pero era muy raro que acudiera al taller.

—¡Alberto! ¡Qué grata sorpresa!

—Espero no ser inoportuno.

—Tú nunca lo eres. ¿Quieres un café? Puedo pedirle a Fátima que baje al bar por ellos.

Lo precedió hasta el pequeño despacho adjunto al taller, donde realizaba sus diseños y elaboraba todo lo relacionado con la contabilidad y demás tareas administrativas.

—No hace falta, no vengo a desayunar, sino a hablar de negocios —respondió el hombre aceptando la silla que Clara le ofrecía.

—¿Negocios? ¿Tú? Pero si ya estás felizmente jubilado.

—Exacto, por eso he pensado en ti, mi alumna favorita.

—¿Para qué?

—Para hacer lo que siempre te he recomendado: crear una línea de joyas paralela a la de Klarity.

—Ya hemos hablado de eso.

—Pero no con una oferta en firme. Supongo que conoces la cadena de joyerías Alver.

—¡¿Quién no?!

Se trataba de una cadena con sucursales en todas las grandes ciudades del país. Los Alver eran numerosos hermanos, hijos y sobrinos que habían extendido su imperio por cada una de las comunidades autónomas.

—Pero los Alver se caracterizan por sus joyas artesanales y muy muy clásicas.

—Así es, pero uno de los miembros de la última generación quiere innovar un poco, y han acudido a mí para que les indique a quién ofrecer la oportunidad de hacer la nueva colección.

—¿Les has mencionado mi nombre?

—Todavía no. Primero quería hablar contigo para saber si estás interesada.

—¿Quién rechazaría un contrato con los Alver, si quieren modernizar sus joyas? Estaría loca si lo hiciera, ¿no?

—No te entusiasmes, solo quieren innovar «un poco». No aceptarían tus joyas habituales, deberías darles un toque más sobrio. Diamantes con metales nobles, nada de introducir esmaltes ni piedras semipreciosas, ni las formas extravagantes que tanto te gustan. Sobriedad y sencillez, con un toque moderno.

—Ya. ¿Crees que puedo hacerlo?

—Si lo dudara no estaría aquí.

—Me lo pensaré.

—No tienes mucho tiempo. Como mucho una semana para aceptar o rechazar el encargo. Deberías presentar un conjunto de anillo, brazalete, pendientes y collar. Si lo aceptan, tendrás un contrato en exclusiva con ellos para ampliar la línea y, por supuesto, sería tu marca, pero la venderían en todas sus joyerías a nivel nacional.

—Una oferta que me lanzaría del todo al mercado.

—Sí. Una oportunidad única.

—De acuerdo. Empezaré a diseñar algo de ese estilo y en unos días te respondo.

—Puedes hacerlo, Clara.

—Gracias por pensar en mí.

—Te lo mereces. Ahora te dejo, tienes trabajo que hacer y yo voy a continuar con mi paseo matinal de jubilado feliz.

Alberto se marchó y Clara se enfrentó a uno de los retos más difíciles de su vida. Conocía las joyas de los Alver y debía fusionar el estilo con el suyo. Una ardua tarea.

***

Clara había pasado todo el día realizando bocetos que no la convencían. Cuando terminó la jornada de mediodía en el taller —era el horario habitual, de nueve a dos, aunque con frecuencia no se cumplía de forma estricta—, se fue a su casa y continuó allí. Buscaba ideas en internet, contemplaba las joyas de los Alver una y otra vez para inspirarse, pero no conseguía fusionar los dos estilos de forma convincente.

Se estaba desesperando cuando su amiga Rocío, a la que conocía desde que estuvo alojada en su casa durante la época del bachillerato, le escribió un mensaje de WhatsApp proponiéndole una videollamada. Apartó el bloc de diseño dispuesta a aceptar.

Conocía a Rocío desde hacía catorce años, cuando se alojó en casa de los padres de esta durante los dos años que estuvo estudiando el Bachillerato de Arte. En su pueblo natal de la sierra de Córdoba, esa opción de bachillerato no existía y sus padres se negaron a que fuera sola a la capital. Consuelo, la madre de Rocío, había sido amiga de la suya antes de casarse y se ofreció a alojarla en su casa de Cádiz durante el periodo de estudios. Las dos chicas compartieron habitación y confidencias, a pesar de los tres años de diferencia que había entre ellas, y se hicieron buenas amigas.

No había sucedido lo mismo con Jaime, el hermano mayor, de la misma edad de Clara y compañero, además, del Bachillerato de Arte. Las continuas discusiones entre ambos —aunque nunca delante de los padres, pues Clara era muy consciente de lo mucho que debía agradecerles el alojamiento, y la oportunidad de estudiar que le estaban ofreciendo— habían sacudido las aulas del instituto con frecuencia. Aunque estudiaban lo mismo, tenían una visión diferente del arte y de la vida. Bastaba con que uno dijera blanco para que el otro se posicionara en el negro más intenso. Eran como el agua y el aceite, y no se soportaban.

Rocío nunca había tenido claro a qué quería dedicarse y había saltado de unos estudios a otros con poco acierto y constancia. Al final, parecía que la FP parcial para adultos en vitivinicultura estaba siendo la opción definitiva, y le permitiría ocuparse de la gestión de la pequeña bodega familiar.

La cara redondeada y pecosa de su amiga en la pantalla la animó, como siempre le sucedía.

—Hola, Rocío. ¿Cómo estás?

—Bien. Con ganas de un rato de charla. Espero que tú también.

—La verdad es que sí necesito desconectar. Me encuentro un poco agobiada.

—¿En el terreno profesional o sentimental?

—Profesional. Mi corazón se está tomando un respiro después de haber cortado con Sebastián. Durante una buena temporada no quiero ver un hombre en mi casa ni en mi cama.

Sebastián había sido su novio durante tres años, y había acabado saturándola. Era demasiado intenso, no le dejaba espacio. Insistía en que se vieran a diario, en dormir juntos con demasiada frecuencia y se enfurruñaba como un niño cuando le sugería un día sin quedar. Ella no era en absoluto metódica, le gustaba un poco de caos a su alrededor, no tenerlo todo planeado; cambiar de opinión si se le antojaba o quedarse en el taller trabajando cuando le apetecía. Algunos días trabajaba tres horas y otros doce. Odiaba las rutinas y las obligaciones diarias. Para eso era su propia jefa y gestionaba los horarios a su conveniencia.

Con su relación amorosa le pasaba igual, podía pasar un par de días sin separarse de su chico, y a veces no le apetecía verlo en toda una semana. Cuando Sebas empezó, primero a sugerir y después a insistir, en que se fueran a vivir juntos, sintió tal pánico que puso fin a la relación un año atrás. No se había arrepentido ni un solo segundo.

—¿Qué te pasa en el terreno profesional? —preguntó su amiga con interés.

—Me han ofrecido una oportunidad de oro y no creo que pueda aceptarla.

—¿Por qué?

—Se trata de diseñar una colección para una cadena de joyerías de las más importantes de España, pero no sé si seré capaz de realizar lo que me piden.

—¿Y eso?

—Porque desean un término medio entre lo que yo hago y la joyería tradicional. Llevo todo el día haciendo diseños y tirándolos a la papelera. Cuando les meto algo más convencional no me gustan, y cuando me dejo llevar por la imaginación sé que no le gustarán al cliente. Lo malo es que solo tengo unos días para decidir si acepto o no el encargo.

—¿Qué pasará si no lo aceptas?

—Que seguiré vendiendo lo justo y necesario para vivir y pagar el préstamo del banco, pero con ese contrato podré estar tranquila, pagar publicidad y arriesgar incluso más en mi colección de Klarity. Tengo unas ideas fantásticas, pero, de momento, no me atrevo a llevarlas a cabo hasta consolidar más la marca y mis ingresos.

—Tal vez deberías contratar a alguien que te ayude con el diseño. Alguien con una visión más clásica que la tuya, y que complemente «tu creatividad».

—¿Y dónde encuentro a alguien así?

—Por ejemplo, mi hermano.

—¿Tú estás loca? ¿Jaime? Tu hermano no es diseñador de joyas.

—No, tiene un grado en diseño del producto, por lo que es capaz de diseñar cualquier cosa.

—Pero trabaja en la bodega de tu familia.

—Y, aparte de diseñar unas botellas chulísimas y unos botelleros que son una pasada, del resto no tiene ni idea. No hace más que meter la pata, y de eso me doy cuenta ahora que estoy haciendo los cursos de vitivinicultura. O deja la bodega o la puede llevar a la ruina. Además, sé que está amargado, que odia su trabajo aquí. Lamenta cada día el momento en que dejó su empleo como diseñador en la fábrica de muebles, para ayudar a mi padre. Por eso este nunca va a decirle que se vaya, pero ahora yo puedo ocuparme de la bodega, con más conocimientos que él.

—Pero ¿joyas?

—¿Por qué no? Ha diseñado botellas, etiquetas, muebles para casa y la bodega, hasta sus propios zapatos…, todo lo que se proponga, y es bueno. Tú sabes que lo es, y lo bastante clásico y convencional para suavizar tus creaciones.

—Nos mataríamos trabajando juntos, Rocío. Nunca nos hemos soportado. Tus padres no lo sabían porque en tu casa nos ignorábamos, pero tú estabas al tanto. Nuestras discusiones eran legendarias en el instituto.

—¡Teníais dieciséis años, los dos estabais en plena y turbulenta adolescencia! Ahora sois dos adultos y seguro que podéis limar asperezas del pasado y conciliar un trabajo en común, porque ambos os necesitáis.

—¿Nos necesitamos?

—Por supuesto. Tú a alguien que te ayude a diseñar una colección de joyas, y él salir de la bodega. Dale una oportunidad. Si no te convence, siempre puedes despedirlo y que vuelva a casa.

—Me lo pensaré.

—Nos harías un favor a todos, incluida tú. Ahora te dejo, me llaman para cenar.

—Ni media palabra de esta conversación. Si decido contratarlo, ya hablaré yo con él.

—Por supuesto. Un beso, Clara.

—Adiós, Rocío.

Apagó la pantalla y contempló el bloc abierto sobre la mesa. Un colgante con un fino y liso cordón de oro y, pendiendo de él, un diamante en forma de pera, tachado y vuelto a tachar. ¿Podría Jaime ser el hombre que necesitaba? ¿Serían capaces de trabajar juntos? La enemistad se había generado entre ellos desde el primer encuentro, pero diseñando no era malo, si se tenía en cuenta que nunca arriesgaba. Todo lo contrario que ella.

Capítulo 2

Octubre de 2010, Cádiz

Clara había llegado a Cádiz a media tarde en compañía de sus padres. Iba a alojarse en casa de una amiga de su madre —de la que había oído hablar toda la vida, pero a la que no conocía— durante los dos años que durase el Bachillerato de Arte, que estudiaría en la ciudad. Aunque las dos mujeres se habían visto con cierta frecuencia, siempre solas y sin la familia.

Clara hubiera preferido una residencia de estudiantes en Córdoba, y regresar a su casa los fines de semana, pero sus progenitores no quisieron ni oír hablar del asunto. Si quería estudiar un bachillerato diferente al que ofrecía su pueblo, debía hacerlo en Cádiz y con la supervisión de Consuelo.

Tanto esta como Enrique, su marido, recibieron a los recién llegados con afecto y agrado. Después, las dos amigas estuvieron charlando durante un buen rato para ponerse al día, aunque se llamaban por teléfono con cierta asiduidad. Después, los cordobeses se despidieron y dejaron a su hija para que se instalara en la que sería su casa durante el periodo de estudios, con excepción de las vacaciones y, tal vez, algunos fines de semana. Clara había afirmado que no tenía intención de recorrer los trescientos cincuenta kilómetros de distancia cada sábado para regresar el domingo.

Consuelo la llevó hasta el que sería su dormitorio, compartido con su hija Rocío, de trece años: una amplia habitación de dos camas en la que Clara se sintió a gusto de inmediato.

—Lamento no disponer de una habitación solo para ti; pero mi hija es una chica muy sociable y simpática. Seguro que os lleváis bien.

—No te preocupes, estoy convencida de que será así.

Estaba dispuesta a poner todo de su parte porque no soportaría el Bachillerato de Ciencias al que estaría condenada si se quedaba en el pueblo.

—Rocío está en la playa con sus amigos, llegará en breve. Ya le he dicho que esté aquí a la hora de la cena para darte la bienvenida y que os conozcáis. Jaime no sé cuándo llegará, pero, de todas formas, a él lo conocerás mucho porque iréis al mismo instituto; también estudiará bachillerato artístico.

—Estupendo. Podremos ayudarnos uno al otro con las tareas.

Esa era su intención, pero la realidad fue otra desde el primer momento.

Jaime llegó después de la cena y coincidieron en el corredor, cuando Rocío y ella se dirigían a su habitación dispuestas a charlar un rato a solas para conocerse mejor.

Era un muchacho alto y con aspecto de deportista, con el pelo algo más largo de lo que dictaba la moda, y una estudiada sombra de barba cubriéndole el mentón. Y unos increíbles ojos azul oscuro, que se posaron en ella con desprecio. Era guapo y lo sabía; vestía un pantalón vaquero de marca, también unas zapatillas deportivas de las más caras del mercado y una camisa blanca. Demasiado arreglado para una tarde de octubre, calurosa como aquella.

—Jaime —dijo Rocío, haciendo las presentaciones—. Ella es Clara. Ha llegado esta tarde.

—La ocupa —masculló entre dientes, observando casi con repugnancia el vaquero corto y agujereado de forma estratégica para no mostrar más de lo decente, y el top que enseñaba el ombligo.

—¡Jaime! —lo recriminó su hermana, incómoda por el comportamiento poco amistoso que había mostrado.

Clara iba dispuesta a llevarse bien con todos los habitantes de la casa, pero algo se rebeló en su interior ante la presencia y el desaire de aquel adolescente estúpido y engreído.

—No soy ninguna ocupa, sino una invitada de tus padres. Ellos han sido muy amables conmigo al alojarme.

—Pues que te aguanten ellos. Yo no pienso hacerlo. En el instituto ni te acerques a mí.

—Será mutuo, no te preocupes. No tengo ninguna intención de relacionarme con alguien tan grosero como tú, aunque me aloje en tu casa. El masoquismo no me va.

Rocío tiró de la mano de Clara y entraron en la habitación para evitar que siguieran increpándose. Esta se sentía ofendida e insultada, no solo por las palabras, sino también por la mirada de desprecio y superioridad de aquel engreído.

—No se lo tengas en cuenta, no es nada contra ti. Está enfadado porque esta era su habitación y ha debido cambiarse a la mía, que es más pequeña y no caben las dos camas.

Trató de suavizar la irritación que sentía hacia el hijo mayor de la casa por su comportamiento descortés. Debería convivir con él durante dos años, y, a fin de cuentas, estaba en su casa y ella solo era una invitada.

—Puedo dormir en un sofá, si esto va a causar molestias a tu hermano. Se lo diré a tu madre. No quiero ser «la ocupa».

—No aceptará. Jaime ya lo ha sugerido y nadie le ha hecho el menor caso. Dormirás aquí conmigo, y a mí me encanta la idea. Seguro que en seguida se le pasa y hacéis buenas migas.

«Lo dudo. Es un gilipollas integral, y si mantiene sus palabras de ignorarme en el instituto, mucho mejor para todos».

Esa fue solo la primera de las muchas discusiones que tuvieron en los dos años siguientes.

Capítulo 3

2024

Eran las seis de un caluroso día de septiembre y Jaime esperaba con impaciencia la hora de marcharse a casa. Las tareas en la bodega en aquellas fechas eran múltiples y agotadoras y, aunque no le agradaban en ninguna época del año, en otoño su desagrado aumentaba. No le gustaba elaborar el vino, ni las catas, ni el embotellado. Por fortuna, su hermana estaba siendo un gran apoyo en todo eso desde que empezó los estudios un par de años atrás.

Cuando le sonó el teléfono, sintió alivio de tener una excusa para salir de la sala de prensado. El olor de la uva machacada, que les había llegado en camiones desde los campos donde la adquirían, le desagradaba cada vez más. No era un olor repugnante, pero él no lo soportaba.

No conocía el número, pero respondió.

—¡Dígame!

—¿Jaime?

La voz femenina le resultaba familiar, pero no conseguía ubicarla.

—Sí, soy yo. ¿Quién llama?

—Soy Clara. Clara Silva, no sé si te acuerdas de mí.

Contuvo un bufido.

—Estuviste alojada en mi casa dos años; por supuesto que me acuerdo. Si quieres hablar con Rocío, no se encuentra aquí en este momento, llegará en un rato.

—Es contigo con quien deseo hablar, ella me ha dado tu número.

—¿Conmigo? ¿Estás segura?

—Soy un poco caótica, pero no suelo confundir los destinatarios de mis llamadas telefónicas.

—Pues tú dirás —dijo tratando de ser cortés y pensando en qué tripa se le habría roto para llamarlo tantos años después de que se fuera.

—Sé por Rocío que trabajas en la bodega de tu familia, y que no te agrada demasiado.

—Mi hermana es una bocazas —dijo ceñudo—. Esa información no debería haberla compartido contigo. Si estoy a gusto o a disgusto, es asunto mío.

—No te enfades con ella, si lo ha hecho es porque, tal vez, yo pueda ofrecerte un empleo que te interese.

—¿Un trabajo? ¿Tú a mí? —preguntó escéptico.

—Rocío me ha convencido de que eres la persona idónea para el puesto, pero si vas a ponerte borde, cuelgo ahora mismo y lo olvidamos.

—No voy a ponerme borde, es solo que no entiendo ni qué clase de empleo me puedes ofrecer ni el motivo de que lo hagas.

—Eres diseñador, ¿no? O eso me dijo tu hermana.

—Diseñador del producto, sí.

—Yo tengo una empresa de joyería y debo contratar a alguien con una visión, digamos convencional, del mundo. Si estás interesado, nos vemos en persona y te explico mejor. Si no es así, olvidemos esta conversación.

—¿Me estás ofreciendo un empleo como diseñador?

—Sí. —«¿Qué es lo que no has entendido?»—. ¿Te interesa o no?

—¿Por qué yo?

—Ya te lo he dicho, necesito alguien con una visión menos vanguardista que la mía para una colección.

No se lo podía creer ¿Clara Silva se estaba bajando las bragas y pidiéndole ayuda al «soso»? ¿Al que no arriesgaba en sus diseños? Eso, como mínimo, merecía una conversación cara a cara. Quería ver su rostro cuando se lo dijera.

—De acuerdo, en principio, estoy interesado. Pero necesito saber más; si voy a dejar mi empleo en la bodega, no lo haré sin conocer a fondo la propuesta, ni las condiciones.

—¡No te hagas el mártir! Estás hasta las narices, por no decir otra parte menos delicada, de tu empleo actual. ¿Cuándo nos vemos? Lo antes posible, me urge un poco saber si cuento contigo o no.

—¿Mañana? Puedes venir a casa y de paso saludas a mis padres. Seguro que les apetece verte, ellos te cogieron cariño.

—Prefiero que no sepan nada de momento. Ya iré a visitarlos en otra ocasión. ¿Puedes acercarte tú a Córdoba?

—De acuerdo, iré yo. A ser posible por la tarde. Es una época de mucho ajetreo en la bodega y quisiera faltar lo menos posible, por si no me interesa tu oferta.

—¿Te parece bien a las seis? ¿O más tarde?

—Las siete mejor.

—De acuerdo. Te paso la ubicación de mi taller.

—Hasta mañana, Clara.

—Hasta mañana.

Cortó la comunicación. ¿La llamada había sido real o la había soñado? Hacía casi doce años que no veía a Clara. Rocío había mantenido contacto con ella, pero él se había visto encantado de librarse de su molesta presencia en la casa y en el instituto. Había sido un incordio durante los dos años de bachillerato, y ahora ¿iba a trabajar para ella? ¿O con ella? No lo creía posible, al menos no sería fácil. La gente no cambiaba y ellos eran como el agua y el aceite. Pero regresar al olor de la uva prensada no era mejor opción. Escucharía la oferta y ya decidiría.

***

Jaime se dirigió a la dirección facilitada por Clara, con escepticismo. No terminaba de creerse la sugerencia de trabajo que le había ofrecido. La última vez que se vieron no fue precisamente agradable, y se había sentido aliviado de no tener que encontrarse nunca más. Habían pasado mucho tiempo y no sabía cuánto había cambiado la adolescente que se alojó en su casa en el pasado. No obstante, no pensaba ignorar una posibilidad, por remota que fuera, de salir de la bodega familiar y de abandonar un trabajo que lo tenía bastante amargado. Si Clara le daba la oportunidad de volver a diseñar, algo que añoraba mucho, pondría de su parte ara que la relación laboral funcionase.

El taller estaba situado en uno de los barrios más modernos de la capital cordobesa. Llamó al timbre a la hora acordada, y pocos segundos después la puerta se abrió dando paso a una mujer qué apenas le recordaba a la chica que se alojó en su casa años atrás. Menuda, esbelta, pero toda una mujer. Sin embargo, algo no había cambiado: seguía vistiendo una camiseta que, sin duda, mostraría el ombligo al menor movimiento. Ese ombligo que tanto le había fastidiado contemplar en el pasado y que trajo de cabeza a algunos chicos de la clase.

Por un momento se miraron a los ojos, reconociéndose al fin en el hombre y la mujer en que se habían convertido los adolescentes de antaño.

—Hola, Clara. Aquí estoy.

Ella se hizo a un lado, franqueándole la entrada.

—Pasa.

Accedieron a un taller provisto de diverso material, que intuía debía utilizar

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