Dos copas y una noche (Dos más dos 1)

Ana Álvarez

Fragmento

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Prólogo

La dama desconocida

Desde la barra del bar del hotel donde estaba tomando una copa, después de un duro día de trabajo, de bregar con una modelo insufrible y muchas horas de hacer fotos poco aprovechables, Cristian la vio entrar. Avanzó con paso inseguro entre las mesas, lanzando miradas a su alrededor como si buscara a alguien, alguien que no encontró. Por un instante sus miradas se enredaron y se quedaron prendidas una en la otra. Después, la de él recorrió con lentitud el cuerpo de la mujer, se detuvo perezosa en el vestido negro y ligeramente escotado, la melena castaña y brillante que le caía sobre la espalda, la figura delgada y bonita, aunque no espectacular, pero sobre todo le atrajo el aire de estar fuera de lugar con el que ella había entrado en el local.

Caminó vacilante sobre los altos zapatos de tacón hasta el otro extremo de la barra y se sentó en un taburete. Pidió un gin-tonic y se dedicó a beberlo a pequeños sorbos, bien para saborearlo mejor o quizá para alargar el momento que tardaría en terminarlo, y dar tiempo a que llegase esa persona a la que había ido a buscar.

Cristian se dedicó a inventar hipótesis sobre quién era y qué hacía allí, tan fuera de lugar. A quién esperaría... ¿Una amiga? ¿Un hombre? Rondaría los treinta y no tenía aspecto de sofisticada, aunque sí elegante. De repente se encontró con que no podía apartar la mirada de ella, de cada uno de sus gestos, de la forma en que tragaba su bebida despacio, hasta consumirla casi en su totalidad.

Cuando ya apenas le quedaban un par de sorbos en el vaso comprendió que, con toda probabilidad, ella se marcharía al terminarla, y esa idea se le antojó insoportable. De modo que le hizo una seña al camarero para que le sirviera otra en su nombre. Ella aceptó la copa y, mirando hacia él, inclinó la cabeza en un leve gesto de agradecimiento, ocasión que Cristian aprovechó para acercársele, con su propio vaso en la mano.

—Buenas noches —saludó.

—Gracias por la copa.

—De nada. Es un placer verte beber.

Lorena levantó la mirada y se encontró con la de él, chispeante y divertida.

—¿Un placer verme beber? —Enarcó una ceja—. Lo hago como todo el mundo.

—No, en absoluto. Lo haces de forma muy metódica. Dime... ¿Eres metódica?

Ella se encogió de hombros.

—Eso dicen.

—¿Quién lo dice?

—La gente que me rodea. —Paladeó otro sorbo, despacio.

—¿Y esa gente es...?

—La gente que me rodea —repitió decidida a no decir nada en absoluto sobre sí misma. Esa noche no era ella, no quería serlo.

—¿Esperas a alguien?

—No.

—Al entrar me pareció que mirabas a tu alrededor buscando a alguien.

—Más bien miraba con la esperanza de no encontrar a nadie conocido.

—¿De incógnito?

—Algo así.

—No eres muy habladora.

—Hoy no.

—¿Y qué tiene hoy de especial?

—Que estoy aquí.

—¿Y dónde sueles estar?

—En otro sitio.

—Y supongo que también es algo inusual que hayas aceptado mi copa. —Trató de ahondar en su mirada, pero ella desvió los ojos.

—Sí, lo es.

—¿Puedo preguntar por qué lo has hecho?

—Porque no has dejado de mirarme desde que he entrado. Y porque me apetecía.

—¿Qué te apetecía? ¿Tomar otra copa?

—Puedo pagarme otra copa. Me apetecía que te acercaras.

—¿Sabías que iba a hacerlo?

—Claro... los hombres sois muy predecibles.

—¿Eres una experta en ligar en bares?

—No, pero soy lo bastante adulta para haber conocido a unos cuantos y sé cómo os comportáis.

—Ya. Pues, para tu información, yo tampoco soy experto en ligar en bares.

—¿Y qué es lo que estamos haciendo, entonces?

—No lo sé; dímelo tú.

—Yo solo estoy tomando una copa.

—Yo también. Pero ambos lo hacíamos solos y ahora bebemos en compañía. Ahí está la diferencia.

—Claro.

—¿Cómo te llamas?

—Puedes llamarme María.

—Pero no es tu nombre.

Lorena se encogió de hombros. Le estaba gustando el coqueteo con este hombre tan atractivo. Alto, muy alto, con el pelo rubio oscuro ondulado y unos penetrantes ojos verdes que la habían desnudado al entrar sin ningún disimulo. Nunca lo había hecho antes, era la primera vez que se dejaba abordar en la barra de un bar, y probablemente nunca lo volvería a hacer, pero esa noche iba a disfrutarlo.

—En ese caso, tú puedes llamarme Juan.

—De acuerdo —dijo alzando su vaso antes de darle un metódico sorbo—. Por Juan y María.

—Y por beber en compañía.

—Te ha salido un pareado.

—¿Profesora de literatura?

Ella alzó el vaso para proponer un nuevo brindis.

—Por una noche sin preguntas. Estoy aquí, tomando una copa contigo. Solo importa este momento... Juan. Solo soy una mujer que bebe gin-tonics.

—De acuerdo.

—¿Y si nos trasladamos a una mesa? Estaremos más tranquilos. ¿O tienes prisa?

—Ninguna prisa.

Se levantaron de los taburetes y se sentaron en una mesa algo apartada, en un rincón. La penumbra los rodeaba, ya no se distinguían los ojos, los rostros de ambos permanecían en sombra, y Lorena se dijo que hablar con un desconocido resultaba mucho más fácil así, si no se sentía expuesta a la mirada penetrante bajo la luz intensa de la barra.

A la segunda copa siguió una tercera. Lorena empezaba a sentirse contenta, cómoda con aquel extraño que había irrumpido en su noche haciéndola sentir ligera y chispeante. No sabía si era efecto del alcohol o del hombre que la acompañaba, pero no quería que la noche terminara. En algún momento, mientras conversaban de temas intrascendentes, se preguntó qué pensaría Mónica si la viera. Seguro que no se lo creería. Tampoco ella se lo creía, pero lo cierto era que allí estaba, coqueteando con un desconocido, y empezando a desear algo más que tomar unas copas con él.

Por eso, cuando terminaron el cuarto gin-tonic, de forma natural él le preguntó:

—Tengo una habitación arriba. ¿Quieres subir?

Ella asintió y lo siguió en silencio, con el estómago lleno de mariposas, de al menos dos metros cada una, y una excitación sexual que no había experimentado en sus veintiocho años de vida.

Juan tenía una habitación de las caras, la suya era más modesta. Una enorme cama de matrimonio presidía el dormitorio, cubierta por una colcha oscura. Flores frescas y una cesta de frutas sobre una mesa.

Se volvió hacia él, y en ese momento el resto del mundo desapareció. Desde el mismo instante en que la besó dejó de ser ella misma. Se perdió en los brazos de aquel desconocido, hizo cosas que nunca había hecho, ni siquiera sospechado que le gustaría hacer. Entregó su cuerpo y su alma al diablo y disfrutó de un placer desconocido hasta entonces. Y al rayar el alba, mientras él dormía plácidamente, agotado y satisfecho, se levantó con sigilo, se vistió y, después de inclinarse sobre él para depositar un último beso sobre sus labios entreabiertos, apenas un ligero roce para evitar que despertara, se perdió en la noche, camino a la habitación que tenía dos plantas más arriba. Se metió en la cama y durmió hasta bien entrada la tarde.

Cuando Cristian despertó, encontró la cama vacía, sin rastro de presencia femenina, y supo que aquella noche y la misteriosa mujer que había estado en sus brazos permanecerían por mucho tiempo en su memoria.

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Mónica

Dos años después

Sentada en su despacho, Mónica Rivera revisaba un documento que debía presentar ante Patrimonio en un plazo lo más breve posible. Una petición ciudadana había dado la voz de alarma ante el inminente derrumbe de un ala en una ermita del siglo XIV en un pueblo de Segovia. Tras encargar una inspección urgente, le tocaba tramitar el respectivo informe y la restauración, aunque dudaba de que esta llegase a tiempo, debido al estado casi ruinoso del edificio. Había visto las fotografías y en verdad la reparación era urgente, pero tenía serias dudas sobre la resolución. No había fondos, era la respuesta más habitual, sobre todo para reparaciones costosas y que implicaran un gran despliegue de medios. No era como otras que no precisaban la intervención de cuadrillas de albañiles especializados, y que se resolvían con un bajo presupuesto. La restauración de cuadros e imágenes de pueblos pequeños solía llevarlas a cabo su hermana, por muy poco dinero, a veces casi por amor al arte; porque si había algo que Lorena sentía era amor al arte. Cada pieza que caía en sus manos, no importaba el estado de deterioro ni lo escondido y pequeño que fuese el lugar donde se encontraba, era objeto de una pasión y una dedicación que no aplicaba a otras partes de su vida.

También Mónica empleaba todo su esfuerzo para salvar el mayor número posible de obras de arte, y luchaba contra la escasez de dinero y los muchos favoritismos que Patrimonio aplicaba a la hora de aprobar un proyecto.

Ambas hermanas, gemelas idénticas, se habían licenciado en Historia del arte, pero si bien Lorena se había especializado en restauración y utilizaba sus propias manos para realizar su trabajo, Mónica, mucho menos seria y más sociable y emprendedora que su hermana, se ocupaba de obtener los medios necesarios para llevarlo a cabo.

Estaba terminando de cambiar un párrafo, intentando aumentar el sentido de urgencia, a ver si había suerte y el precioso edificio no se derrumbaba durante el invierno que estaba por llegar, cuando el teléfono sonó con una llamada interna.

—¿Sí, Adela?

—Ha llegado un fotógrafo que dice haber sido contratado por Patrimonio para realizar un reportaje sobre la ruta del románico en la provincia de Palencia.

—¿Ahora? Nadie me ha informado sobre esto. Debía haber concertado una cita con antelación. ¿Tú tenías alguna noticia al respecto?

—Ninguna. Pero si estás muy ocupada, puedo encargarme yo, no tengo ningún inconveniente.

Mónica sonrió. Era la frase clave que usaba Adela para hacerle saber que el hombre en cuestión era joven y, sobre todo, atractivo.

—¿Cómo se llama?

—Cristian Valero.

—Entretenlo diez minutos mientras curioseo un poco en Internet para saber cómo respira. Ya que no tienes inconveniente...

—Por supuesto; encantada. —Rio.

—Bien, lo haces pasar dentro de diez minutos.

Mónica tecleó el nombre en Google y en unos segundos apareció la foto de un hombre de complexión atlética, alto, de pelo rubio oscuro un poco ondulado y penetrantes ojos verdes. Se distrajo unos minutos contemplando aquel rostro que la observaba desde la pantalla, y apenas tuvo tiempo de echar un vistazo apresurado a la biografía y a sus trabajos. Parecía competente, además de estar buenísimo. Trabajaba por su cuenta y había realizado reportajes de todo tipo, desde moda hasta cubrir algún conflicto bélico en sus comienzos como fotógrafo.

Un discreto golpe en la puerta le hizo cerrar Google con la información y miró con presteza a la puerta de su despacho. El hombre era aún más alto de lo que había supuesto. Vestía unos vaqueros desgastados, camiseta caqui y una cazadora de cuero abierta sobre la misma. Su mirada se posó en ella e inmediatamente los ojos verdes se abrieron asombrados.

—¿María?

—¿Perdón? Mi nombre es Mónica Rivera.

—Ya sé que María no era tu verdadero nombre.

—Me temo que no nos conocemos —dijo sintiendo una ligera sospecha—. Te aseguro que me acordaría.

—Seguro que sí. —Los ojos verdes chispearon con un ligero atisbo de complicidad.

Mónica levantó una ceja divertida.

—Por lo que parece, tú lo recuerdas muy bien.

—Perfectamente. ¿Estás segura de que no eras tú? Quizá te sientas un poco... violenta por lo que pasó.

—Segurísima. Y créeme que lamento no ser tu «María» y no saber qué pasó.

—Bueno, pues si tú lo dices... pero te aseguro que tienes una doble por ahí. No sé... —Alargó la mano—. Cristian Valero. Soy fotógrafo y Patrimonio me ha contratado para hacer una evaluación fotográfica del estado de edificios y obras de arte de la provincia de Palencia.

—Yo soy Mónica Rivera y me encargo de presentar ante Patrimonio las peticiones para restauración de muchas más obras de arte de las que puede acometer —dijo estrechándosela.

El apretón fuerte y decidido le hizo desear por un momento ser esa María con quien la había confundido. El hombre, además de un atractivo fuera de lo común, tenía un aspecto indómito y aventurero que le hizo dudar de su primera sospecha.

—Me han dicho que debía ponerme en contacto contigo para que me organices rutas, dietas y todo lo necesario —dijo él sin dejar de ahondar en su mirada, como si al hacerlo pudiera aclarar sus dudas.

—De acuerdo, siéntate. ¿Tienes libertad de acción o te han marcado algún tipo de limitaciones?

—Solo me han remitido a ti; supongo que decides tú.

—¿Tiempo?

—No. Nunca trabajo con límite de tiempo. Cuando considero terminada mi tarea, entrego las fotos y cobro.

—¿Tienes alguna preferencia? ¿Arquitectura, pintura, escultura?

—Todo. El reportaje debe ser completo.

—En ese caso, dame dos o tres días para organizarlo. Pásate de nuevo por aquí digamos... el jueves.

—Mejor te doy mi teléfono y me llamas cuando lo tengas. Mientras, me ocuparé de otro encargo.

—Estás muy ocupado.

Cristian se encogió de hombros.

—Cuando hay trabajo, lo aprovecho. Cuando no lo hay, descanso... Para mí funciona así.

—¿Sueles tener muchos encargos?

—No me quejo.

—Pues genial. Nos vemos en unos días, Cristian.

—Espero tu llamada... Mónica —recalcó el nombre con intención, antes de cruzar la puerta.

Salió del despacho. Ni por un momento lo había convencido de que no era la mujer del hotel de Oviedo, un buen fotógrafo nunca olvida una cara. Y, por si había alguna duda, el pequeño lunar que ella tenía justo donde el pulgar se unía con el índice acababa de confirmárselo. Pero, por alguna razón, la señorita Rivera no quería reconocerlo. Bueno, pues nada... no se conocían, y allí acababan al parecer sus sueños de volver a encontrársela un día y repetir la experiencia que habían vivido dos años atrás. Él era un hombre de mundo, pero no había podido olvidar a la enigmática mujer que había pasado la noche con él en el hotel Tryp de Oviedo. En ese momento, ella había dejado de ser un misterio; tenía nombre, profesión y, al parecer, ninguna gana de recordar el pasado. Carpetazo al asunto.

Mónica se quedó pensativa un rato. ¿Sería posible lo que se estaba imaginando? ¿Lorena se había liado con aquel pedazo de ejemplar de la raza masculina? Porque él estaba muy seguro y, ni por un momento pensaba haberlo convencido de que no le conocía. Pero ella no había estado con él, de eso sí que estaba segura. No lo habría olvidado. Al parecer, tampoco Cristian Valero lo había hecho. ¿Lorena? ¿La seria y controlada Lorena? ¿Y dónde encajaba Ernesto, el novio de su hermana, en todo aquello? Ese hombre callado y tranquilo, y aburrido, que compartía la vida de su gemela hacía ya casi dos años.

Impaciente por naturaleza, decidió averiguarlo y la llamó.

—Hola, Lore...

—¿Qué hay, hermanita?

Como siempre, fue directa al grano.

—¿Cuándo te viene bien vernos para cenar?

Lorena lanzó una breve carcajada.

—Estoy bien, gracias. El trabajo genial y la salud no te digo...

—Deja de burlarte, ya me conoces.

—Claro que te conozco. Nunca pierdes el tiempo con preliminares cuando tienes algo en mente. ¿Qué ocurre?

—Nada, solo quiero cenar contigo uno de estos días.

Lorena miró el calendario.

—Hoy es lunes. ¿Te viene bien el viernes?

—¡Noooo! ¿No puede ser antes?

—No, si no me cuentas de qué va. Ya sabes que no bajo a Madrid hasta el fin de semana, salvo excepciones.

—De un tío.

—¡Acabáramos! De acuerdo, esta noche. Quedo con Ernesto después y así le veo antes del fin de semana.

—Gracias.

—¿Donde siempre?

—Vale. Reservaré. —Mónica sabía que su hermana no ignoraría una petición directa para verse.

—Muy bien; hasta luego.

Lorena colgó sin dudar sobre lo que su hermana quería contarle. Volvía a estar enamorada; se tomaba con mucho entusiasmo cualquier relación que empezaba, pero, por desgracia, ninguna le duraba demasiado. Retomó el trabajo pensando que no le importaba hacer unos kilómetros y dormir en casa o con Ernesto aquella noche. Su gemela era tan impaciente que no aguantaría tres días más para hablarle de su nueva relación.

Mónica entró en el restaurante donde solía quedar con su hermana desde que eran adolescentes. Al cruzar la puerta miró el reloj. Iba con retraso, como casi siempre, pero Lorena estaba ya sentada en su mesa habitual. Era la gemela seria, la puntual, la que tenía la vida organizada, mientras que ella siempre había sido caótica, impuntual y desorganizada. Eso en cuanto a su vida, porque el trabajo lo llevaba a la perfección. Su madre siempre le decía que no se explicaba cómo mantenía todos los documentos de Patrimonio al día si era incapaz de recordar una cita para comer o algo tan simple como llenar el depósito de gasolina del coche. En más de una ocasión había tenido que ir su padre o Lorena a rescatarla con un bidón de combustible adonde se hubiera quedado tirada.

Lorena le sonrió mientras la veía acercarse. Nunca dejaba de sorprenderla el extraordinario parecido entre ambas; eran gemelas idénticas y había que conocerlas muy bien para distinguirlas. Desde hacía tiempo, ellas potenciaban el parecido peinándose igual y usando el mismo tipo de ropa. En lo único en que no coincidían era en sus gustos sobre los hombres. Lorena llevaba casi dos años saliendo con Ernesto, un hombre serio y responsable, mientras que a Mónica le gustaban más del tipo de Cristian Valero, informales, divertidos e incluso un poco peligrosos. Por eso estaba deseando preguntarle a su hermana por él, porque no la imaginaba en absoluto con un hombre así.

Se sentó en la silla que estaba colocada frente a Lorena para poder observar mejor su reacción cuando le preguntase.

—Hola, Mónica —saludó divertida, y siguiendo la costumbre de su hermana fue directa al grano—. Háblame de ese tío.

—No es lo que piensas.

Mónica soltó una carcajada.

—Pienso que estás empezando a salir con alguien y no te puedes aguantar las ganas de contármelo.

—Frío, frío.

—Pues que has conocido a alguien que te gusta a rabiar y te mueres por que yo le dé el visto bueno.

—Más frío aún.

—En ese caso cuéntame qué pasa, me rindo.

—Si te digo que no pasa nada, no te lo vas a creer, ¿verdad?

Lorena negó con la cabeza.

—Claro que no; estás conversando conmigo, de modo que empieza a hablar.

—¿Has encargado ya la cena?

—No, aunque siempre pidas lo mismo nunca sé cuánto te vas a retrasar.

Le hizo señas al camarero para que le sirviese su plato favorito y se decidió a contarle a su hermana el motivo de su reunión intempestiva.

Lorena esperó, consciente de la impaciencia de su gemela, a que los platos estuvieran sobre la mesa. El asunto era, al parecer, lo bastante importante para que Mónica no quisiera que las interrumpiera el camarero.

Cuando al fin tuvieron la comida y la bebida ante ellas, Mónica se lanzó a hablar.

—Patrimonio ha contratado a un fotógrafo para que haga un reportaje sobre el estado de las obras de arte en Palencia y quiere que colaboremos con él.

Lorena se sorprendió. No veía la necesidad de reunirse con tanta urgencia para algo así. A menos que Mónica se hubiera colgado de él.

—¿Y eso supone un problema?

—No lo sé; es Cristian Valero.

Lorena masticó con calma una aceituna sin mostrar ninguna reacción al nombre. Después dijo.

—¿Y quién es Cristian Valero?

—¿No le conoces?

—No. ¿Debería?

—Bueno, él estaba muy seguro de conocerme «a mí». Y puesto que yo no le había visto en mi vida, es de suponer que a quien conoce es «a ti».

—Pues no, yo tampoco tengo el gusto.

—Me llamó María.

Entonces Lorena sí levantó bruscamente la mirada hacia su hermana, con el tenedor detenido a mitad de camino hacia la boca. Una mirada llena de alarma.

—Ajá. Veo que sí le conoces.

—No estoy segura... —dijo sin comprometerse a nada.

—¿No? Altísimo, atractivo como un demonio, con unos ojazos verdes que quitan el hipo —dijo mientras manipulaba su móvil buscando en Internet hasta que encontró una foto del hombre, que mostró a su hermana—. Cristian Valero.

—Yo le conocía como Juan.

—Y le conociste muy bien, por lo que me dio a entender.

—¿Qué te dijo?

—Primero cuéntame lo que pasó.

Lorena suspiró.

—Fue en Oviedo, cuando fui al congreso de restauración hace dos años. Por la noche, después de cenar, bajé a tomar una copa al bar del hotel, y él estaba en la barra. No dejaba de mirarme, me invitó a una copa..., charlamos..., y acabamos en la cama. Fue una noche increíble. Hice cosas que nunca había hecho antes... ni tampoco después.

Mónica inclinó la cabeza hacia su hermana, en absoluto satisfecha con la explicación.

—¿Qué tipo de cosas? —preguntó con curiosidad y en el tono más bajo que pudo.

Lorena también inclinó la cabeza para no ser oída por los comensales de las mesas cercanas y dijo en un susurro:

—Sexo oral..., sexo anal..., posturas increíbles... Cada vez que me acuerdo me tiemblan hasta las pestañas, Moni.

—Vaya, vaya..., de modo que la señorita metódica también ha follado como una loca por una vez.

—No te burles.

—¿Y Ernesto? ¿Estabas ya con él? Yo chitón, ya lo sabes.

—Nos estábamos conociendo, pero todavía no salíamos juntos.

—¿Y te da lo mismo que Cristian? ¿Te tiemblan las pestañas?

—Con él es diferente, hacemos el amor. Con Juan... Cristian... follé. Como si me fuera la vida en ello; jamás me había pasado nada igual. Y, por Dios, ahora ha aparecido en mi entorno. Espero no tener que verlo, no me siento orgullosa de lo que hice aquella noche.

Mónica entrecerró los ojos en absoluto dispuesta a ponérselo fácil a su hermana.

—Me temo que va a ser imposible. Tendrá que fotografiar lo que estás haciendo.

—¿No puedes pasarlo por alto? No es necesario que le digas nada de la ermita.

—Si lo descubre por su cuenta, podríamos tener problemas.

—Entonces ocupa mi puesto, lo hemos hecho otras veces.

—Ocuparía tu puesto encantada, sobre todo si quiere llevarme a la cama, cariño, pero yo no tengo ni idea de restauración.

—Solo tendrá que sacar fotografías, ¿no?

—No lo sé; me da la impresión de que es de los que hacen los deberes.

—¿Le has dicho que somos dos?

—No hasta hablar contigo y saber qué estaba pasando. El señor Valero está convencido de que fui yo quien pasó la noche con él, aunque le aseguré que no lo conocía de nada.

—Pues no se lo digas. Déjale que siga creyendo que fuiste tú a quien conoció en Oviedo.

—¿Por qué? ¿Piensas que puedes querer repetir? ¿Que Ernesto deje de resultarte atractivo al lado de ese pedazo de hombre?

—No es eso... Yo quiero a Ernesto, estoy enamorada de él. Cristian Valero no va a poner en peligro mi relación.

«Y una mierda», pensó Mónica viendo cómo la respiración de su gemela se había alterado ante la sola posibilidad de encontrárselo cara a cara, pero solo dijo:

—¿Entonces?

—Simplemente preferiría no verlo.

—No creo que puedas evitarlo. Querrá fotografiar el trabajo que llevas a cabo ahora, entre otras cosas, y ya sabes que yo de técnica... Ese examen lo hiciste tú por mí, por si lo has olvidado. Estoy segura de que es de los que vienen a trabajar bien informado y hace preguntas. Tendrás que verlo, Lore.

—De acuerdo... pero no le digas que tienes una gemela. Prefiero que crea que está tratando contigo y que eres una crack en restauración, además de relaciones públicas, organización y todo lo demás. Y que fuiste tú quien se acostó con él, aunque lo sigas negando.

—De acuerdo... pero si me tira los tejos... ¿Tengo tu permiso para llevármelo a la cama?

—Pues claro... —se apresuró a decir, aunque sintió un regusto amargo en la boca—, pero no bajes el listón...

—No lo haré. Incluso sería divertido luego comparar y comentar los detalles ¿eh, hermana? Eso no lo hemos hecho nunca, compartir el mismo hombre.

—Seguro que sí... —dijo sin mucha convicción—. Ahora, olvidemos al señor Valero y comamos. Me muero de hambre.

—Vale. —Y alzó su copa—. Por las gemelas Rivera de nuevo al ataque.

Apenas terminada la cena, Lorena se despidió de su hermana con la intención de llamar a Ernesto. Pero cuando entró en el coche, lejos de la mirada escrutadora de Mónica, no fue capaz de hacerlo. Estaba tan agitada, había sido tan inesperado que Juan, mejor dicho, Cristian, volviera a aparecer en su vida después de dos años, que le estaba costando trabajo encajarlo. No había podido evitar que el corazón le empezara a latir con fuerza y que imágenes que creía enterradas regresaran vívidas a su mente.

Se marchó directa a su casa y se sentó a ver una película, pero la cabeza se le iba una y otra vez a la noche en que le había conocido, a esa noche en que se había comportado como otra mujer, como alguien que no era; porque ella no era de las que se iban a la cama con desconocidos, y mucho menos aceptaba propuestas sexuales subidas de tono.

Por fortuna, al amanecer había pensado que nunca volvería a verlo, aunque su cuerpo guardaba memoria de todo lo que habían compartido. La idea de que algo extraño le había sucedido aquella noche le había permitido seguir con su vida convencida de que aquel episodio pertenecía al pasado y que había sido un hecho aislado.

Pero ahora él aparecía de nuevo y, por lo que le había dicho su hermana, también recordaba la noche que compartieron. La sola mención de su nombre y ver su cara sonriente en la pantalla del móvil de Mónica había removido demasiadas cosas. Cosas que ella prefería dejar enterradas.

No se encontraba con fuerzas ni con ganas de volver a verlo, pero su hermana tenía razón, eso iba a ser inevitable. Esperaba que su estratagema surtiera efecto y el encuentro fuera breve y profesional, y con quien tuviera que tratar más a menudo fuera con Mónica.

Se acostó, pero tardó mucho en dormirse y, cuando al fin lo consiguió, sus sueños se poblaron de imágenes que prefería olvidar.

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2

Lorena

Lorena sintió un escalofrío en la nuca, apenas unos segundos antes de que sus oídos escucharan la voz grave que recordaba tan bien.

—Buenos días, Mónica. Espero no ser inoportuno.

Todo su cuerpo se tensó, el sudor frío le empapó las palmas de las manos y tuvo que tragar saliva antes de darse la vuelta y mirar al hombre que desde hacía varios días no podía quitarse de la mente.

Había pensado muchas veces en cómo se produciría el encuentro, y en todas ella estaba preparada para verlo, para volver a encontrarse con él. No imaginaba que se presentaría sin avisar en la pequeña ermita donde estaba trabajando. Siempre había pensado que el encuentro habría estado concertado, y ella, mentalizada y protegida por la habitual capa de frialdad con la que podía cubrirse cuando lo deseaba.

Se dio la vuelta despacio, con un nudo de aprensión en la garganta y cientos de mariposas revoloteando en su estómago. Allí estaba... el hombre con el que había tenido el mejor sexo de su vida, el desconocido al que se había entregado como nunca lo había hecho con nadie. Cristian Valero. Con sus casi dos metros de altura y sus ojos verdes recorriéndola de arriba abajo, como aquella noche en el bar. Lorena fue consciente de sus vaqueros llenos de pintura y su vieja camiseta arrugada, del pelo recogido de cualquier forma en la nuca para no mancharlo.

—Hola... Cristian —saludó, mentalizándose para no llamarle Juan—. No te esperaba, podrías haberme avisado de que vendrías.

—Prefiero improvisar. Suelo actuar por impulsos.

—Yo, en cambio, prefiero tenerlo todo controlado.

—¿En serio? —Una chispita burlona brillaba en sus ojos—. ¿Siempre?

—Siempre. En mi trabajo eso es esencial.

—Claro... el trabajo. Sí, supongo que este debe ser concienzudo.

Lorena se volvió hacia el fresco que estaba preparando para su restauración, escondiendo en él sus emociones ante las veladas insinuaciones de Cristian. ¿Habría actuado igual con Mónica días antes?

Pero él se acercó y ella fue consciente de cada paso que daba a sus espaldas. Se detuvo a su lado.

—¿En qué fase del trabajo estás?

—Eh... en la primera.

—¿Limpieza? ¿O ya has empezado a eliminar el salitre de la pared?

Lorena no pudo evitar volverse y mirarlo con fijeza.

—¿Entiendes de restauración?

—He leído un poco sobre el tema, para documentarme.

—Ya me avisaron de que eres de los que hacen los deberes.

Él sonrió y ella sintió que algo se le derretía por dentro. Aquello iba a ser mucho más difícil de lo que pensaba.

—¿En serio? ¿Quién?

—Ah... en Patrimonio. Yo... también hago los deberes y pregunté qué clase de fotógrafo eres.

—No soy un experto en arte, si es lo que deseas saber. Pero soy un buen fotógrafo, un profesional, y procuro documentarme antes de empezar un trabajo.

—¿Y qué tipo de fotos haces normalmente? ¿En qué eres realmente bueno?

—¿En fotografía? —preguntó mirándola a los ojos con los párpados entrecerrados y ladeando la cabeza.

Lorena dio gracias a la penumbra de la iglesia que ocultó el rubor que cubrió su cara y su cuello ante la evidente insinuación.

—Claro, eres fotógrafo, ¿no?

—Pero también soy bueno en otras cosas.

—Ejem... Eso a mí no me interesa. Aquí vas a fotografiar mi trabajo, es sobre eso por lo que pregunto.

—Pues lo que más me gusta hacer es «robar fotos». En el argot de la profesión eso quiere decir pillar a la gente por sorpresa y fotografiarla sin que se dé cuenta.

Lorena sintió pánico de que hubiera alguna imagen de ellos juntos por ahí.

—Para eso debes llevar siempre una cámara encima. ¿Lo haces?

—La mayor parte del tiempo.

—¿Y qué haces con esas fotos?

—Las guardo para mí.

—¿No las publicas?

—Si lo hiciera tendría que pedir permiso o podría encontrarme con una bonita demanda. La mayoría de las veces mis modelos son anónimos... nunca sé ni sus nombres ni dónde localizarles, de modo que no, no las publico. Forman parte de mi pequeña colección privada.

Lorena se preguntó si en esa colección habría una foto de su trasero desnudo entre sábanas revueltas.

Cristián observaba con atención la cara de la mujer y podía adivinar cada uno de los pensamientos que cruzaban por su mente. Aquel día, a la señorita Rivera le estaba costando más trabajo fingir que no le conocía y que nunca había estado en su cama. Se la veía atemorizada de que hubiera usado la cámara mientras estuvo en su habitación. Le gustaría poder decirle que aquella noche en lo único en que había pensado era en hacerle el amor una y otra vez, en darle placer y en recibirlo de ella. Aquella noche había olvidado que era un fotógrafo y fue tan solo un hombre. Ni Juan ni Cristian... solo un hombre quemándose de pasión por una mujer desconocida.

Decidió jugar con ella un poco más y, colocándose detrás, levantó el brazo por encima de su hombro y, acercando mucho su cara, señaló un pequeño reborde en el fresco. Su olfato se llenó de nuevo del olor de ella, el mismo que recordaba, mezclado con la pintura. Lorena pareció ponerse muy nerviosa con la cercanía.

—¿Qué es esto, Mónica? Porque puedo llamarte Mónica, ¿verdad? Señorita Rivera me parece muy frío... entre compañeros de trabajo.

—Sí, por supuesto, Mónica está bien Eso es un resto de una antigua restauración, no muy buena. Voy a quitarlo y tratar de enmendar el desaguisado.

—Tú lo vas a hacer mejor, es eso lo que tratas de decir.

Esta vez Lorena le miró desafiante a los ojos.

—Yo también soy una buena profesional. Sé lo que hago.

—No lo dudo.

—Ahora, si no te importa, tengo que trabajar —dijo apartándose.

—Si no te molesta, tomaré unas fotos mientras lo haces. Y estas no son robadas, las entregaré como parte del reportaje. La restauradora realizando su trabajo.

—De acuerdo —dijo cogiendo agua destilada y detergente neutro y empezando a limpiar con cuidado la superficie en que iba a trabajar.

Dio gracias de que la tarea fuera fácil y rutinaria, simple limpieza pura y dura, porque los leves ruidos que él hacía moviéndose a su alrededor la estaban poniendo bastante nerviosa.

Sentía el clic de la cámara una y otra vez y tuvo que morderse la lengua para no pedirle que terminara cuanto antes. Pero se lo pensó mejor y decidió dejarle hacer tantas fotos como quisiera, con la esperanza de que se diese por satisfecho y no volviera por allí.

Cuando los sonidos cambiaron, se permitió volver la cabeza y le vio guardando la cámara en el estuche que llevaba colgado al hombro.

—¿Ya has terminado? —preguntó con alivio.

—Por hoy, sí.

—¿Por hoy?

—Sí. Si no tienes inconveniente, me gustaría tomar más fotografías a medida que vayan pasando los días, para apreciar el cambio en las distintas fases de la restauración.

—Pero has hecho muchas fotos... ¿Cuántas necesitas para el reportaje?

—Los fotógrafos, o al menos yo, podemos hacer cincuenta o sesenta fotos y usar solo una... o ninguna.

—Vaya... eso es trabajar para nada.

—No, en absoluto. Es trabajar para seleccionar lo mejor.

—¿Te consideras el mejor?

—No, no lo soy. Pero sí muy concienzudo. Me pagan por hacer un trabajo y me gusta hacerlo bien, y si eso implica horas de seleccionar y desechar fotos, pues lo hago. Aquí —dijo señalando la cámara— llevo una buena colección de tomas de esta fase de la restauración. Y espero que me demuestres cómo de buena eres y que el resultado final sea realmente espectacular.

A Lorena le molestó que cuestionara su profesionalidad, y le rebatió.

—Yo espero que tú también lo demuestres y que las fotos que acabas de hacer valgan la pena. Aquí no hay mucha luz y...

—Hay la suficiente para tomar buenas fotos, si sabes cómo hacerlo.

—Entonces... —Sin saber qué más decir, carraspeó y añadió—: Tengo que seguir trabajando.

—Supongo que no aceptarías comer conmigo... ya es casi la hora y estoy hambriento.

Lorena negó con la cabeza.

—He tomado algo hace poco, y almorzaré cuando termine mi jornada.

—En ese caso, Mónica... Volveremos a vernos. —Le tendió la mano. Ella titubeó antes de estrechársela.

—No están limpias...

Cristian sonrió y un brillo burlón le cubrió la mirada.

—Sobreviviré a un poco de agua destilada y polvo. Si tú trabajas sin guantes, no puede ser muy terrible.

Lorena alargó la mano hacia él. El apretón fue cálido y vigoroso, pero cuando quiso rescatar su mano se encontró con que él no la soltó de inmediato, sino que la dejó resbalar despacio acariciando la palma y después los dedos, produciéndole un hormigueo en todo el cuerpo.

—Hasta otra, Mónica.

—Adiós, Cristian. La próxima vez, avisa antes de venir.

—Quizá...

Le vio alejarse y salir de la pequeña ermita, su silueta recortada contra la luz que entraba por la puerta abierta. Hasta que no escuchó el sonido del coche alejándose, no se permitió cerrar los ojos y sentarse en uno de los bancos para recuperar el control. ¿Por qué había tenido que aparecer de nuevo? Aquello había sido solo una noche loca y no podía permitirse seguir recordándola y, mucho menos, que Cristian Valero continuara afectándola como acababa de hacerlo. Tenía que terminar esa restauración a marchas forzadas, no importaban las horas que tuviera que dedicarle al día para sacarlo de su vida cuanto antes.

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3

Mónica

Durante todo el día, Lorena estuvo tensa y nerviosa. Continuó limpiando la pared y preparando la pintura para la posterior restauración, pero las manos le temblaban y agradeció que las labores de limpieza fueran algo rutinario. Cuando, a la hora de terminar, se subió al coche, miró alrededor buscando inconscientemente la figura de Cristian y suspiró agradecida al comprobar que estaba sola en el descampado de la ermita donde había aparcado por la mañana.

Llevaba horas dándole vueltas a lo ocurrido y había tomado una decisión.

Condujo hasta su casa, en Madrid. Era viernes y estaba deseando disfrutar del fin de semana. La mayor parte de las noches se quedaba en un hostal para evitarse los más de doscientos kilómetros de recorrido, por lo que los viernes dejaba el trabajo a mediodía y disfrutaba conduciendo hasta la capital.

Al llegar, la luz indicadora de un mensaje de voz parpadeaba en el móvil, silenciado durante el camino para evitar distracciones. Así era ella, respetuosa con las normas, precavida y prudente. Pulsó la flechita y escuchó la agradable y bien timbrada voz de Ernesto.

—Hola Lorena, buenas tardes. —Sonrió. Siempre tan correcto y educado, esa era una de las cosas que más le gustaban de él—. ¿Te apetece quedar esta noche? Yo pongo la cena.

Suspiró. Si había algo que no le apetecía aquella noche era ver a su novio. Sentía como si él fuera capaz de adivinar en su cara lo trastornada que se encontraba desde hacía días, y no podía darle ninguna explicación, puesto que ni ella misma era capaz de entender qué le pasaba. Lo llamó.

—Hola, Ernesto, buenas noches.

—Hola. ¿Ya estás en casa?

—Sí, acabo de llegar.

—¿Vienes o voy? —Lo daba por hecho. Era algo habitual y rutinario, los viernes solían cenar juntos y, con frecuencia, también dormir.

—Si no te importa, mejor lo dejamos para mañana. Me duele mucho la cabeza y solo tengo ganas de darme una ducha, tomar una pastilla con algo de cena y meterme en la cama.

—De acuerdo, como quieras, cariño. ¿Quieres que vaya, te prepare yo la cena y luego me vuelva a casa?

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