Absolución (Club de caballeros 4)

Raquel Gil Espejo

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Londres, mayo de 1865

Andrew llevaba semanas dándole vueltas a ese día. Cuando Elijah le pidió ser el padrino de bautismo de Jane —nacida dos meses atrás— apenas pudo digerirlo; aún le costaba hacerlo.

—¿Por qué yo?

—Pensé que te haría ilusión. —El duque se hizo acompañar de una mueca de desencanto.

—No me malinterpretes, por favor. —Lo miró con afecto—. Es la hija de Abbi.

—Olvidas que también es mi hija.

—No, no lo hago; pero sabes tan bien como yo que...

—Mi esposa elige a una persona; yo, a otra. Es así de sencillo.

—¿Y te decides por mí?

—Exacto.

—¿Por qué?

—Porque eres mi hermano.

—También lo son Thaddeus, Hugh y Cameron.

—¿Olvidas que fuimos los primeros en conocernos?

—Claro que no. —Se mantuvo en silencio unos instantes—. Hay algo más, ¿verdad?

—En absoluto.

—Nos conocemos, Elijah.

—Bueno, es posible que... Imagino que Abbi elegirá a Caroline.

—Sabes perfectamente que va a ser así.

—Ya, ¿y...? ¿Te supone algún problema?

—¿Y a ellas?

—Ya te he dicho que no me importa.

—¿Lo saben?

—¿Deben?

—Pues sí. —Sacudió la cabeza.

—En ese caso, se enterarán... un día de estos. ¿Aceptas, hermano?

—Acepto, hermano.

Ambos se sonrieron y sellaron su acuerdo con un abrazo.

***

Una semana más tarde, Caroline acunaba a la pequeña Jane entre sus brazos ante la atenta mirada de sus padres y de sus abuelas.

—Sigo pensado que es igualita a su padre.

—En realidad, es clavada a la hermana de su padre —Abbi sonrió a Marguerite—, aunque espero que su personalidad se parezca a la de su madrina.

—¿Y quién va a ser?

—¿En serio me lo preguntas?, ¿tú?, ¿mi alma gemela?, ¿mi otra mitad?

—¿Quieres decir que...?

—Ay, hermanita, ¿quién podría serlo sino tú?

—Oh, Abbi, yo...

La duquesa rodeó a su hermana por la cintura y la besó en la mejilla.

—Aprovecho para anunciaros que Andrew será el padrino.

—Acabas de romper la magia del momento. —Abbi lo miró con el ceño fruncido—. ¿Por qué él?

—Es mi decisión.

—Pero...

—Está bien, Abbi. A mí no me supone inconveniente alguno —manifestó Caroline.

—¿Seguro que no lo dices para congraciarte con mi esposo?

Su hermana lo negó, pero su melliza no las tenía todas consigo.

***

Caroline fingió. Llevaba toda una vida haciéndolo. No le agradaba que Andrew compartiera ese privilegio con ella, pero era la decisión de Elijah y debía respetarla. No se comunicó con él, no hablaron del presente que le entregarían y se reunieron con el capellán por separado.

En ocasiones, pidió con todas sus energías que el tiempo se ralentizase, pero el día había llegado, y ella estaba tan nerviosa como el vizconde de Berkeley.

***

Era una mañana de mayo y el jardín había amanecido cubierto por una niebla tenue que el sol había ido disipando. Al final de un sendero de grava blanca, rodeada por rosales trepadores, se alzaba la pequeña capilla privada de la familia Cromwell: un edificio de piedra clara, con vidrieras de estilo neogótico que filtraban la luz en tonos ámbar y azul celeste.

En su interior, el silencio era solemne. El altar estaba adornado con lirios blancos y un crucifijo de plata. Sobre una mesa, junto al altar, una pila bautismal de mármol blanco, traída especialmente desde Florencia a petición de Marguerite —en ella habían recibido el sacramento del bautismo tanto Elijah como Jane—, esperaba con agua recién bendecida.

Lady Marguerite Cromwell —quien había sonreído y llorado cuando sostuvo a su nieta entre sus brazos por primera vez—, la condesa Candford y Reginald —Geraldine se había desposado con el maestro esgrimista el invierno pasado sin importarle perder su título nobiliario de cara a la sociedad— ocupaban el primer banco situado a la izquierda del altar. En el lado derecho, se sentaban los padres de la pequeña Jane, Andrew y Caroline, quienes no habían intercambiado una sola mirada. La madrina sostenía a su ahijada en brazos.

Al tratarse de una ceremonia íntima, tan solo los acompañaban Thaddeus, Ebba, Hugh, Christine y Cameron, así como Edmund y Louise. El mayordomo y el ama de llaves habían contraído matrimonio en ese mismo lugar en el mes de enero. Elijah y su madre quisieron que tomaran parte de un momento tan especial.

La pequeña, vestida con un largo faldón blanco de lino bordado, parecía querer agarrar los mechones castaños cobrizos que caían a ambos lados del rostro de la menor de las Candford. Andrew las observaba de soslayo y sonreía.

—No va a venir —susurró Caroline.

Abbi no dejaba de girarse para mirar hacia la entrada.

—Lo sé, pero la quiero aquí, con nosotras. Ese maldito...

—Shhhhh... No emplees esa palabra en un lugar sagrado —la silenció—. Recuperaremos a Violet.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

El sacerdote, con quien habían estado conversando animadamente antes de la ceremonia, accedió a la capilla y se detuvo frente al altar, donde hizo una reverencia solemne. Acto seguido, echó a andar hacia la pila bautismal de mármol blanco tallado, situada en uno de los laterales, junto a una columna, seguido de los padres y los padrinos. Caroline continuaba sosteniendo a la bebé.

El maestro de ceremonias abrió el Libro de Oración Común y leyó algunos textos bíblicos que hacían alusión al momento que se estaba viviendo.

—Vosotros, que traéis a esta niña para el santo bautismo, debéis aseguraros de que, mientras aprenda a hablar, se le enseñe lo más pronto posible el credo de los apóstoles, el padrenuestro y los diez mandamientos; y que sea enseñada en las demás partes de la doctrina cristiana, según lo contenido en el Catecismo del Libro de Oración Común... Por tanto, pregunto: ¿renuncias al diablo y a todas sus obras, al mundo y a la carne? —añadió dirigiéndose a los padrinos.

—Renuncio —respondieron al unísono.

—¿Crees en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra; y en Jesucristo su Hijo, nuestro señor; y en el Espíritu Santo?

—Sí, creo —volvieron a responder a un tiempo.

—¿Prometes obedecer la santa voluntad y mandamientos de Dios, y andar en estos todos los días de tu vida?

—Así lo prometo con la ayuda de Dios —concluyeron.

El capellán consagró el agua.

—Jane Cromwell, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén —dijo mientras vertía agua con un cuenco de plata sobre la frente de la pequeña, quien no emitió un solo sollozo.

Al escuchar su nombre, lady Marguerite no pudo evitar romper a llorar. Geraldine apretó su mano con fuerza.

—Recibimos a esta niña en la congregación del rebaño de Cristo —finalizó el rito tomando un poco de aceite perfumado y trazando una cruz en su frente.

Sin previo aviso, y sin querer rozar su piel, aunque sin poder evitarlo, Caroline miró a Andrew a los ojos por primera vez desde que se vieran en la mañana y le entregó a la pequeña. Ella tenía una última misión: interpretar All Things Bright and Beautiful, como cierre del bautismo. Abbi se lo había pedido y no pudo negarse.

Al vizconde de Berkeley se le formó un nudo en el estómago. Incapaz de elevar la mirada y observar su faz, se limitó a sostener con fuerza a su ahijada y a dejarse embriagar por la dulzura de Caroline, su vecina, la joven que, junto con su hermana melliza, más animadversión sentía hacia él; tanta que había llegado a pensar que su odio era enfermizo, irreparable..., imposible de sanar.

Capítulo 1

—¿Dónde anda tu cabeza, hijo?

Andrew se giró hacia su derecha y se encontró con el rostro afable, a pesar del dolor que venía padeciendo, de su madre. Elinor Montgomery, la condesa de Berkeley, llevaba dos años postrada en una silla de ruedas. Aquejada del mal de Pott, una especie de tuberculosis pulmonar que primero había deformado su columna y más tarde le había provocado parálisis en las piernas, pasaba los días tumbada en la cama o en los jardines, en compañía de alguna de las doncellas; de Ethel, el ama de llaves; o de su hijo, quien procuraba pasar el mayor tiempo posible junto a ella.

Ferdinand, el conde, no aceptaba la enfermedad de su esposa y se recluía largas temporadas fuera de Londres, en una de las casas de campo que la familia poseía en el condado de Essex.

Andrew no había hecho partícipes a sus cuatro amigos, a sus hermanos, del empeoramiento de su madre. Sabían que su estado de salud era delicado, pero no podían imaginar su alcance y la rapidez con la que su cuerpo se iba deteriorando.

El último año estaba siendo especialmente duro. Apenas había confraternizado con el resto de los caballeros y sus salidas al club habían sido escasas. Lo único que no había desatendido eran los negocios. Las fábricas de producción de acero para la construcción de líneas de ferrocarril, en las que tenían participaciones Elijah y Cameron, estaban en constante expansión, por lo que requerían de su trabajo y compromiso.

Lo mejor que le había sucedido en esos meses fue la petición del duque de Warrington mediante la que acababa de convertirse en el padrino de Jane. Fue una sorpresa para él y continuaba pensando que su buen amigo tramaba algo; pero ostentar ese privilegio había templado un alma maltrecha y atormentada por la debilidad de la mujer que le había dado todo el amor del mundo y por esa otra de la que tan solo obtenía rechazo y hastío.

—Aquí, madre, con usted.

—No me mientas, cariño. —Lo miró con ternura.

—Comienza a refrescar, ¿entramos?

—Me apetece quedarme un poquito más, hijo... Estos jardines me hacen sentir que continúo viva.

—Y lo está, madre.

—¿De qué modo? Tu padre huye para no verme y siento que te estoy robando la vida.

—Madre... —Andrew sostuvo sus manos—. No quiero que vuelva a pensarlo nunca más. Es la mejor persona que conozco y no es justo por lo que está pasando. Le juro que me cambiaría por usted sin pensarlo.

—No digas eso, cariño. Tú tienes toda una vida por delante; en cambio, yo...

—Usted merece vivir con dignidad —le tembló la voz.

—¿Y no es lo que hago?

—Lo es —admitió.

—Aunque...

—No, no, por favor, madre. —Cerró fuerte los ojos.

Sabía lo que iba a decir. Elinor le aseguraría que prefería abandonar este mundo para poder descansar y dejar en paz a los vivos; y, en cierta medida, podía llegar a entenderla. El dolor que soportaba a diario era terrible, así se lo hizo saber el doctor. Ella, que había sido una mujer intrépida y adelantada a su tiempo, siempre volcada hacia los más débiles, ofreciendo su ayuda y su dinero a obras de caridad, se veía impedida, alejada de esa sociedad ante la que llegó a ser conocida como la Incansable Condesa de Berkeley o como Elinor Montgomery, la Benevolente.

—¿Me vas a contar qué te ocurre? ¿No fue bien la fiesta?

—Ser el padrino de Jane es un orgullo —trató de sonreír.

—Pero mi hijo arrastra una pena de amor.

—No, madre... ¿De dónde saca eso?

—Te he dicho muchas veces que...

—Puedo engañar al mismísimo diablo, pero no a mi madre. —Apretó los labios.

—Caroline... Siempre es ella —suspiró Elinor.

—Yo no...

—No quieres hablar de ese asunto, lo sé; siempre lo rehúyes, hijo... ¿Sabes? Hay algo que no entiendo.

—¿Me lo va a decir? —La miró con cariño.

—De pequeños pasabais mucho tiempo juntos, los tres —incluyó a Abbi—, pero un buen día esa amistad se rompió. Ellas dejaron de venir a casa y tú dejaste de ir a buscarlas. ¿Por qué, Andrew? ¿Qué pasó?

—No sé, madre; supongo que crecimos y la diferencia de edad nos fue alejando. No es tan extraño.

—¿Por qué te odian?

—No... me... odian —se vio sorprendido ante la pregunta de su madre.

—Hijo, como bien sabes, en ocasiones las paredes tienen oídos y...

—Una de las doncellas se ha pasado de alcahueta —afirmó.

—Lo escuchó por accidente —quiso excusarla.

—Ya... Madre, yo... Es tarde, sigue refrescando y sabe que en su estado no puede coger frío. Vamos adentro, por favor.

—Está bien.

Andrew empujó la silla de ruedas por el camino hasta llegar a la escalinata que llevaba a la puerta principal de la mansión. Echó el freno, se colocó delante de ella y la sostuvo en brazos. Siempre era él quien la llevaba de vuelta a su alcoba.

—¿Está bien así, madre? —le preguntó mientras colocaba los cojines de manera que la ayudaran a mantener su espalda lo más recta posible.

—Sí, cariño.

—Le pediré a Ethel que le suba la cena.

—Gracias, hijo.

—¿Gracias... por qué?

—Por todo lo que haces por mí, por no abandonarme, por...

—La quiero con toda mi alma, madre. Mi lugar está a su lado, siempre lo estará. Yo jamás...

—Lo sé —sonrió—, lo sé.

Andrew abandonó la recámara y necesitó apoyarse unos instantes sobre la pared de aquel angosto pasillo. Cerró los ojos y maldijo a ese destino tan cruel, tan inmisericorde.

—Señor...

—Ethel, iba a buscarla —le dijo y terminó de bajar las escaleras que conectaban la planta baja con la noble.

—¿Cómo se ha sentido?

—¿Ella o yo?

—Ambos —le respondió.

Ante sí tenía a una mujer que había pasado la cincuentena, delgada, con el cabello negro recogido en un moño alto y vestimenta austera.

—Mi madre intenta disimular el dolor y... siento que a mí cada día me cuesta más enmascarar ese otro, el emocional —suspiró.

—La medicación palia su sufrimiento, aunque también padece de ese otro mal que lo está consumiendo a usted.

—Avanza demasiado rápido, Ethel.

—Lo sé. —Agachó la mirada.

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