Salvación (Club de caballeros 5)

Raquel Gil Espejo

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Londres, agosto de 1865

Cameron dejó reposar la cabeza sobre el respaldo de la silla y respiró profundo. Venía de pasar su tercera noche consecutiva fuera de la mansión y se notaba cansado. A veces pensaba que debía echar el freno con el sexo. Después recordaba sus veintisiete años o la libertad que le brindaba el simple hecho de estar lejos de Aberdeen y se prometía no renunciar jamás al placer de la carne.

Cerró los ojos y se fue sumiendo en un duermevela que no tardaría en verse interrumpido. Unos aldabonazos contra la puerta del despacho lo arrancaron del mundo de los sueños: unos ojos azules, claros, rasgados, unos labios carnosos, un cabello tan negro como el azabache... habían vuelto a cobrar forma en su mente. Esa visión llevaba semanas agitándolo. Sacudió la cabeza y se irguió.

—Adelante —resopló.

—Le traigo su café, señor.

—Siempre tan atenta, Lydia.

El ama de llaves se encargaba personalmente de llevarle el desayuno cada mañana. Aquella mujer, de mediana edad y expresivos ojos miel, lo trataba como a un niño consentido, y a él le agradaba.

—Debe reponer fuerzas. —Se sonrieron con complicidad.

—Qué sería de mí sin ti. —Tomó un sorbo—. Delicioso.

—Sin mí, señor... —esperó a que la mirara—, estaría perdido.

—Lo admito. Y lo asumo.

—Si me disculpan...

—Buenos días, Alfred —saludó al mayordomo.

—Buenos días, señor. Excuse mis modales. He venido a anunciarle que tiene visita.

—¿Visita?, ¿tan temprano? ¿Se puede saber quién...?

—¡Hermano!

—¿Kelvin?, ¿qué haces aquí? —Lo observaba con desconcierto.

A Lydia no dejaba de sorprenderle el enorme parecido físico de los dos jóvenes: tan altos, de cabello pelirrojo y acaracolado —Cameron acostumbraba a llevarlo recogido en una coleta— y ojos dorados. El recién llegado tenía una pequeña cicatriz en una ceja y era unos centímetros más bajo. En cuanto a sus facciones, casi como dos gotas de agua.

—Los dejamos a solas —les anunció el ama de llaves, quien abandonó el despacho en compañía de Alfred.

El marqués de Huntly recibió el afectuoso abrazo de su hermano pequeño.

—Ya, ¿no? —Intentaba quitárselo de encima.

—Te echaba de menos.

—No ha pasado tanto tiempo, Kelvin.

—Algo más de un año. —Lo sostuvo por ambos hombros y lo miró directo a los ojos.

—No seas melodramático. —Se apartó y apuró la taza de café.

—Seguro que a tus conquistas no las tratas con tanta indiferencia.

Kelvin se acercó al ventanal y su mirada se desvió hacia las dos doncellas que tendían ropa en uno de los patios traseros.

—No te trato así, no exageres; y, ahora, dime qué te trae por Londres.

—Ya te lo he dicho, te extrañaba.

—Vamos, hermano, suéltalo ya.

—Aaaaaaargh... Odio que me conozcas tan bien a pesar de tu ausencia. —Volvió a centrar toda su atención en Cameron, quien había recibido esas palabras como un reproche, pero había optado por dejarlo pasar—. No sé si te va a gustar.

—Sabes muy bien que no va a ser de mi agrado.

—¿Ya lo sabes? ¿Acaso... me has leído la mente?

—Aún no tengo ese poder —resopló—. ¿Qué sucede?

—Padre te quiere de vuelta en Escocia.

—Iré a visitaros a finales de año, como siempre.

—No se trata de eso, Cameron.

—¿Entonces? —Sabía que la respuesta no le iba a gustar, pero tenía que escucharla.

—Te pide, o más bien te exige, que dejes Londres y fijes tu residencia en Aberdeen.

—Eso no entra en mis planes o, al menos, no en los más inmediatos.

—Ya... Hay algo más.

—Soy todo oídos. —Volvió a apoyar la cabeza sobre el respaldo de la silla.

—¿Recuerdas a lady Agnes Fletcher?

—Vagamente.

—Te tienes que desposar con ella.

—Eso no va a suceder.

—Padre...

—Me importa una mierda lo que diga o lo que quiera padre, Kelvin. No soy una marioneta.

—Pero eres su heredero y eso te exige ciertas responsabilidades.

—Su primogénita es Christel.

—Y te recuerdo que es mujer.

—¿No te parece que se debería romper con esas normas tan encorsetas e injustas para el sexo femenino?

—Lo creo, pero es algo que ni tú ni yo podemos cambiar. A efectos prácticos, tú eres su sucesor y debes comportarte como tal, hermano.

—No voy a ceder.

—No puedo regresar sin ti.

—¿Es una orden?

—Sí.

—Vaya... —Se mantuvo pensativo unos instantes—. A ver si acierto, te ha amenazado con desheredarte. —Kelvin asintió—. No voy a volver.

—Pareces muy seguro.

—Lo estoy.

—En ese caso, yo tampoco podré hacerlo.

—Vuelves a instalarte en el drama. —Cameron torció una sonrisa.

—Sabes que...

—Sé que jamás te haría algo así, por mucho que pueda llegar a despotricar o a maldecir. Además, madre siempre abogaría por su pequeño.

—No me llames así, te recuerdo que ya tengo dieciocho años; y, bueno, tal vez tengas razón.

—La tengo y, dicho esto, ya puedes volver a casa.

—Acabo de llegar. —Lo reprobó con la mirada.

—Está bien. Hoy puedes descansar, pero mañana regresas a Aberdeen.

—No, Cameron. Quiero quedarme una temporada contigo.

—¿Por qué?

—Ya te lo he dicho: te echo de menos.

—Prefiero que te...

—Por favooooor.

—Le pediré a una de las doncellas que prepare tu recámara. —Se incorporó.

—¿Significa que me puedo quedar?

—Es posible que me arrepienta de esto, pero... sí. Esta también es tu casa.

—Gracias, gracias —repitió en un susurro.

—No hagas que me arrepienta. —Le revolvió el cabello.

—Nooooo, no... Necesito descansar, pero en la tarde me gustaría visitar a Robert.

—Puedes hacer lo que quieras, Kelvin.

—¿Todo lo que quiera?

—Bueno, casi todo —rectificó.

El menor de los Gordon volvió a rodearlo con sus brazos y, en esa ocasión, Cameron sí se dejó querer y le mostró su afecto.

Sentía que no había ejercido como hermano mayor. Si lo conocía tan bien, y podía llegar incluso a descifrarlo, era porque en Kelvin se veía a sí mismo con nueve años menos. Se había trasladado muy joven a Londres para continuar con sus estudios en Eton, y las visitas a Aberdeen habían sido cada vez más escasas. Tal vez era el momento de intentar crear ese vínculo que sí tenían las mellizas Candford o él mismo con Elijah, Thaddeus, Hugh y Andrew. Las circunstancias, las decisiones o la propia vida y sus vicisitudes los habían mantenido alejados. Quizás esa visita, aunque inesperada, tuviera más sentido del que ambos pudieran llegar a imaginar en ese momento.

Capítulo 1

Era la primera noche de Kelvin en Londres y Cameron había optado por quedarse en la mansión. Tras la cena se habían trasladado a la sala contigua, donde ambos degustaban un delicioso whisky escocés procedente de una de las destilerías del marqués.

—Envidio a Robert.

—¿Por qué motivo?

—Por el amor que siente hacia Kate. Lleva más de un año esperando por ella y parece dispuesto a seguir haciéndolo el tiempo que sea necesario.

—He de admitir que el pequeño de los Archer me tiene muy sorprendido. Pensábamos que sería un calavera, como Hugh o cualquiera de nosotros, pero no.

—¿Sabes? Me gustaría enamorarme de ese modo tan... ¿incondicional? No sé qué palabra emplear para definirlo.

—Supongo que «incondicional» es la más adecuada.

—¿Qué hay de ti, hermano?

—Bueno, digamos que no he experimentado esa clase de sentimientos. —Le daba vueltas a su copa.

—¿Te gustaría?

—Ufffff... A veces, pienso que sí; otras, me niego en rotundo.

—¿Prefieres seguir de cama en cama?

—De momento, está bien, me vale.

—Ya... Tienes que desposarte con lady Agnes...

—Eso no va a suceder —lo interrumpió—, así que quítatelo de la cabeza.

—Es muy bonita.

—No lo pongo en duda, Kelvin; pero no la amo, ni ella a mí.

—Eso último no puedes asegurarlo.

—Tampoco es que importe demasiado. —Torció una sonrisa.

—Antes me has dicho que a veces sí te gustaría enamorarte, pero que otras, en cambio, te niegas... ¿Lo compartes conmigo?

—¿Desde cuándo eres un cotilla?

—No pretendo inmiscuirme en tus asuntos. Yo... solo pretendía conocerte mejor.

—Solo bromeaba... ¿Otra copa?

—Sí.

La rellenó e hizo lo propio con la suya. Los hermanos Gordon ocupaban sendos sillones, próximos, y se observaban con cariño, en calma. Ambos sabían que en ese momento el uno era la persona más importante para el otro. Kelvin siempre lo había admirado. Cuando su padre le encomendó la misión de convencerlo para regresar a Aberdeen, sabía que sería una empresa imposible. Simplemente, fue la excusa perfecta para reencontrarse con él y, en cierto modo, también para escapar del control de Walter Gordon. Lo único que le dolía era dejar atrás a Eudora, su madre, quien siempre lo había cobijado con su amor.

—A ver cómo te lo explico...

—Solo tienes que ser sincero y decirme lo que sientes —trató de echarle una mano.

—Ya, no te creas que es tan fácil —sonrió.

—¿El marqués de Huntly no desea quedar en evidencia delante de su hermano menor? —bromeó.

—Algo así. —Se acomodó—. Como sabes, Elijah, Thaddeus, Hugh y Andrew han ido contrayendo matrimonio...

—Estamos al tanto de todo, incluso del enlace de Andrew con Caroline Candford.

—¿Quién os ha informado?

—¿Olvidas que padre parece tener ojos en todas partes? Es posible que nos esté viendo en este momento —añadió, para divertimento de Cameron.

—Muy sagaz. —Se mantuvo pensativo unos instantes—. ¿Es posible que conozca todos mis pasos?

—No te quepa la menor duda, hermano. A Walter Gordon no se le escapa nada que tenga que ver con sus hijos. Por cierto, Christel va a ser madre de nuevo.

—Le escribiré para darle la enhorabuena.

—¿Volvemos a ti? —Lo miró directo a los ojos.

Kelvin no quería que la conversación se desviara. Parecía que su hermano se iba a abrir a él y era una gran oportunidad para estrechar vínculos. No se podía permitir desaprovecharla.

—Oh, sí... Como te decía, ellos han hallado ese amor que cura e incluso redime. Cupido los ha atrapado y son felices junto a cuatro mujeres extraordinarias. Abbi perdonó las artimañas del duque, Ebba logró hacer a un lado un pasado difícil, Christine se lo jugó todo por Hugh y Caroline superó sus miedos...

—¿Qué me quieres decir con esto?

—No sé, supongo que los envidio en ese aspecto. Sus corazones eligieron y fueron elegidos.

—¿Tienes miedo al rechazo?

—Es posible... Nunca me he enamorado, ya te lo he dicho; pero es justo decir que a veces lo he soñado.

—¿Eres un romántico, Cameron?

—Quizás —sonrió—. Supongo que no ha aparecido la mujer que mueva todos mis cimientos, tú ya me entiendes.

—Te entiendo... Esa es la parte del sí. ¿Qué hay en el lado del no?

—El libre albedrío, el carpe diem... Me gusta sentirme libre.

—¿Para ir de cama en cama?

—Por ejemplo.

—¿No te cansas de estar con unas mujeres y con otras solo por sexo?

—Tal vez... —suspiró—. ¿Me hallo ante otro Robert?

—Sinceramente, me gusta más la idea de enamorarme de un modo absoluto, como le ha ocurrido a él, a enredarme en sábanas ajenas cada noche.

—Ay, hermano, tengo que admitir que eres más maduro que yo a tu edad..., y eso que he visto cómo miras a algunas de mis doncellas —añadió.

—Mientras el amor llama a mi puerta, puedo tomarme alguna que otra pequeña licencia, ¿no? Además, mirar no cuesta nada —sonrió.

—Tienes toda la razón... Mañana voy a ir al club con los demás, ¿te apetece acompañarnos?

—Me encantaría.

—Bien... Ahora, a la cama.

—¿No es temprano aún?

—A la cama —repitió.

—Está bieeeeen. Buenas noches, Cameron.

—Buenas noches, Kelvin.

***

El marqués se dejó caer sobre la cama. Llevaba todo el día dándole vueltas a las palabras de su hermano, al motivo que lo había hecho desplazarse hasta Londres. Su padre tenía la mala costumbre de ordenar. Nunca sugería. Con Cameron siempre había acabado cediendo. Hacía años que le había pedido fijar su residencia en Aberdeen. Era cierto, a lady Agnes Flercher la recordaba vagamente, aunque Walter había sacado a relucir su nombre en cada ocasión en que los había visitado. Su respuesta siempre había sido la misma: «No estoy interesado, padre». Y la reacción de su progenitor, montar en cólera. Solo Eudora lograba aplacarlo. Y, sí, ella abogaba por Kelvin; pero también por él.

Era su primera noche en la mansión en días y no podía evitar sentirse un extraño en su propia alcoba. La lujuria se había convertido en su compañera de viaje desde que pudiera recordar. Cuando veía a sus hermanos ingleses tan enamorados de sus esposas, se preguntaba si el amor acabaría llamando a su puerta. Como le dijera a su hermano, le agradaba y le generaba rechazo a partes iguales.

—¿Vendrás a mí esta noche? —se preguntó.

Desde que la visión de aquella desconoc

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