El deseo de enamorar a una mentirosa (Cazafortunas y canallas 2)

Hollie Deschanel

Fragmento

Capítulo 1

Capítulo 1

—No puedo guardar el secreto por más tiempo —suspiró Jane, teatral, apoyando la mano contra el pecho bajo la atenta mirada de su madre y su tía—. Esta mañana recibí una carta. ¡Y menuda carta!

La tía Agatha levantó las cejas, ya preparada para lo peor. Lady Pembroke, su madre, no dijo nada, pero bajó lentamente la taza de té como si se preparara para contener un cataclismo.

Después de todo, uno nunca sabía qué esperar cuando lady Jane abría la boca.

—¿De quién, querida? —preguntó su madre con un tono indiferente.

—Del príncipe Alexei.

La tía Agatha soltó un resoplido tan brusco que casi derramó el té sobre el mantel de encaje.

—¡Por el amor del cielo, niña! —exclamó—. ¡Ahora resulta que los príncipes extranjeros se cartean contigo!

Jane inclinó la cabeza con una gracia ensayada, como si estuviera posando para un retrato.

—No hable en ese tono, tía. Es la verdad. Alexei está perdidamente enamorado de mí. Lo supe desde el momento en que me vio en la ópera la temporada pasada. ¿Cómo no iba a suspirar por mí? Le estuve sonriendo todo el tiempo.

—¿La ópera? —Lady Pembroke entrecerró los ojos—. Pero si aquella noche llevabas el vestido amarillo con las mangas torcidas…, apenas lograste que alguien te sacara a bailar. Me acuerdo porque tu padre me echó la bronca por no conseguir ni una sola propuesta de cortejo para ti.

—Pues precisamente —replicó Jane con una seguridad pasmosa—. Los príncipes no se fijan en vestidos perfectos, madre. Se fijan en el encanto. Y mi encanto es irresistible. Creo que es muy bonito que haya esperado unos meses para escribirme. ¿Os imagináis una boda en un palacio?

La tía Agatha dejó la cucharilla con un sonoro resoplido.

—Lo que es irresistible es tu descaro. Nadie en su sano juicio creería semejante patraña, por Dios bendito. ¿Cuándo vas a dejar tus fantasías a un lado? ¿Tienes idea de lo que los demás piensan sobre ti?

Jane alzó una ceja, fingiendo que estaba ofendida con sus palabras.

—Entonces sois vosotras las que tenéis poca fe en mí. No puedo evitar que los hombres de alcurnia me escriban cartas. Supongo que solo habla tu envidia, tía. Lo cual, por cierto, es pecado.

Lady Pembroke se llevó una mano a la frente, como si el peso de la maternidad de Jane fuese demasiado a esas alturas.

—Hija, ¿acaso no comprendes el peligro de estas historias? Londres entera habla de tus… exageraciones. Hasta en esa revistilla de cotilleos te sacan de vez en cuando. Tus aventuras ya están en conocimiento de todos, y te tienen por una lunática —se lamentó—. Si no terminas con estas historias, vas a buscarnos un problema real.

—Mentiras, querrás decir —interrumpió la tía Agatha con crueldad cariñosa.

—¡Exageraciones! —corrigió Jane, indignada—. Y si alguna vez miento, lo hago con arte. No es lo mismo inventar que aburrir, y de eso los caballeros de Londres están muy versados. No hay ni uno solo capaz de entretener a una dama como yo lo hago.

Un silencio incómodo se posó sobre la mesa, roto solo por el murmullo de los clientes de la cafetería y el aroma dulce del pastelillo de limón que humeaba en un plato cercano. Jane aprovechó ese silencio para dar un sorbo solemne a su té, como si estuviera cerrando un discurso.

Su madre, sin embargo, no se rindió.

—Jane, querida —dijo en tono bajo, casi suplicante—, ya has cumplido veintidós años.

—Veintiuno —corrigió Jane de inmediato.

—¡Veintidós! —insistió la tía Agatha, golpeando la mesa con la palma—. Y nadie se casa con una mentirosa de veintidós años, ¿sabes? Y menos con una mentirosa que ni siquiera guarda respeto por su familia.

Jane arqueó las cejas y ladeó la cabeza con un gesto encantador.

—¿Nadie? Yo diría que el príncipe Alexei sí.

La tía Agatha soltó una carcajada incrédula que atrajo la atención de las mesas vecinas.

—El príncipe Alexei no existe.

—Claro que existe —respondió Jane, ofendida—. Solo que vosotras no lo habéis visto porque siempre estáis más pendientes de vuestros abanicos.

Lady Pembroke suspiró de nuevo, consciente de que discutir era inútil. Había criado a tres hijas, pero ninguna le había salido tan incorregible como Jane. Mientras que Elisa —la mayor— era responsable y seria como correspondía a una hija de buena familia, y Lina —la pequeña— era dulzura y encanto en persona, Jane era… Jane. Una fuerza de la naturaleza, una tormenta de ocurrencias y travesuras.

Una mentirosa capaz de poner en jaque a todo el que pasara demasiado tiempo conversando con ella.

—Querida —dijo su madre con un dejo de cansancio—, no podemos seguir así. Esto es insostenible. Y nada práctico. Tu padre ya me está diciendo que te va a enviar con la tía Judith si no consigues marido esta temporada.

Jane parpadeó, confundida.

—¿A qué te refieres con que no podemos seguir así?

—Inventando pretendientes —respondió su madre con voz firme—. Hablando de cartas que no existen. Fingiendo compromisos que nunca llegan. El príncipe Alexei no existe y esa carta de la que hablas la habrás escrito tú. Jane, por favor… necesitamos que te cases con un buen hombre, y ninguno dará el paso si no dejas de inventar historias dignas de un cuento para niños.

La tía Agatha se inclinó hacia delante, con los ojos brillantes de determinación.

—Es hora de que sientes la cabeza, muchacha.

Jane abrió la boca ligeramente.

—¿Sentar la cabeza? ¡Pero si está perfectamente derecha sobre mis hombros!

—No seas impertinente —la reprendió su madre con suavidad, aunque se le escapó una sonrisa. Sabía que Jane a menudo hacía comentarios absurdos solo para desarmar a sus interlocutores—. Me refiero a que debes casarte, Jane. Es lo que se espera de ti. Y tu padre está gastando una fortuna para nada, porque ni siquiera te acercas a hablar con caballeros de algo que no sean tus… historias.

—¿Y por qué tengo que encontrar marido ya? Aún me quedan un par de años buenos, y el príncipe Alexei…

—Ese príncipe del que hablas preferiría cortarse la mano antes que casarse con una embustera. —dijo la tía Agatha con los dientes algo apretados—. ¿Eres consciente de la imagen que presentas a los demás?

Jane parpadeó varias veces, procesando sus palabras. No es que fuese corta de entendederas, es que la vida le resultaba muy aburrida y necesitaba darle emoción. Algo que su madre y su tía nunca comprenderían.

—¡Os estáis enfureciendo por nada! ¿Qué importa si ese príncipe no existe? Ya vendrá un caballero que sepa apreciar mis temas de conversación.

—No es un chiste, Jane —dijo su madre con un tono tan serio que Jane se detuvo en seco—. Tu padre ya no va a gastar más dinero en ti si no te comprometes a buscar un marido decente.

La joven suspiró, recostándose contra el respaldo de la silla como si le hubiesen pedido cargar sacos y sacos de cemento.

—Casarme… —murmuró, pensativa—. ¿Y con quién, si puede saberse? ¿Con algún lord aburrido que solo sepa hablar de caballos, hijos y bebidas alcohólicas? ¿O que solo piense en sus propiedades?

La tía Agatha sonrió con un aire de conspiración.

—Oh, no te preocupes por eso. Ya tenemos candidatos en mente.

Jane la miró horrorizada.

—¿Candidatos?

—Exactamente. Hombres sensatos, estables y, lo más importante, reales —respondió Lady Pembroke.

Jane agitó la mano en el aire, indignada.

—¡Qué desfachatez! Yo ya tengo a mi príncipe.

—¡Tu príncipe es una fantasía! —replicó la tía Agatha.

Jane se inclinó hacia delante con los ojos brillantes de malicia.

—Bueno… todas necesitamos una fantasía de vez en cuando, ¿no creen?

Las dos damas suspiraron al unísono.

La conversación se prolongó durante el resto de la tarde, con Jane sacando excusas imposibles y su madre y su tía desmontándolas una a una. El príncipe Alexei se convirtió en el fantasma recurrente de cada argumento.

No puedo casarme con lord Browning, porque Alexei se pondría celoso.

No sería justo aceptar al vizconde de Darrington; Alexei tiene mejores modales.

La fortuna del barón Kessington palidece frente a las joyas que Alexei me prometió.

Finalmente, cuando ya regresaban en coche a casa, Lady Pembroke soltó la sentencia final. Y Jane se quedó paralizada justo antes de bajar.

—Jane, no aceptaré más mentiras. Antes de que termine la temporada, estarás comprometida con un caballero de moral intachable. Y si no estás dispuesta a colaborar, espero que, como mínimo, no pongas trabas. Porque a tu padre y a mí ya no nos queda paciencia.

Jane abrió los ojos con fingido dramatismo, pero en el fondo supo que esta vez hablaba en serio.

No existía forma humana de sacarle de la cabeza a su madre que no era necesario que le hiciera una lista de candidatos porque, en realidad, todos los lores eran aburridos y a Jane no le interesaba el matrimonio. Pero ya no podía alargar más sus aventuras con príncipes inexistentes y viajes a la India que nunca llevaría a cabo.

Tragó saliva, y asintió con la misma sensación que si la hubieran condenado a vivir eternamente encerrada en una jaula.

Capítulo 2

El sonido estridente de un martillazo resonó por todo el salón, seguido de un gemido de dolor y un improperio apagado. El mayordomo, el pobre señor Fitch, se apresuró a disculparse mientras un criado trataba de enderezar la pata del piano de cola, que aún mostraba cicatrices visibles de la juerga del fin de semana anterior.

Lord Williams observaba la escena con un aire tan displicente como aburrido, apoyado contra el marco de la ventana, con los brazos cruzados.

—Parece que el piano sobrevivirá —comentó con voz grave, casi burlona—. No puedo decir lo mismo de las cortinas.

Su madre, la vizcondesa viuda de Norwood, estaba sentada muy erguida en el sillón más cercano a la chimenea. El gesto de su boca era tan severo que podía haber congelado Londres al completo.

—Las cortinas —replicó con frialdad— fueron un regalo de mi difunta madre. Y ahora están hechas jirones gracias a tu pandilla de libertinos. Espero que estés avergonzado de tu actitud, Cedric.

Lord Williams esbozó una sonrisa torcida.

—Libertinos es una palabra demasiado grandilocuente. Apenas eran amigos celebrando… la vida, lo bonita que es la vida —repuso él como si nada.

—Celebrando que sois hombres sin nada mejor que hacer, querrás decir —replicó ella con un tono tan frío como el acero—. ¿Acaso eres consciente de lo que murmura Londres de ti?

Cedric encogió un hombro.

—Londres siempre murmura, madre. Es su pasatiempo favorito, por si no te habías dado cuenta. Y yo ni siquiera soy el tema favorito. Hay otros caballeros y otras damas mucho más interesantes que yo.

Otro martillazo interrumpió la conversación. Una de las criadas, que se afanaba en quitar las cortinas, soltó un aullido cuando la barra cedió de golpe y cayó rebotando sobre la moqueta.

La vizcondesa apretó los labios con tanta fuerza que fue un milagro que no se clavara ningún diente. Luego, inspiró profundamente y lo miró como si se hubiese cansado de lidiar con un hombre al que le faltaba un hervor, visto lo visto.

—He soportado tus idas y venidas con la paciencia de una santa, Williams. Pero se acabó.

Él arqueó una ceja, divertido.

—¿Se acabó?

—Sí —dijo ella con voz cortante—. O te casas antes de que acabe esta temporada, o tu primo Harold heredará el título de Norwood. Y te aseguro que me encargaré de que así sea, porque tú no haces más que arrastrar nuestro apellido y legado por el suelo, en lugar de casarte y tener un heredero.

El golpe fue tan directo que incluso Williams se irguió, perdiendo momentáneamente su actitud despreocupada.

—¿Mi primo Harold? —repitió con desdén—. Ese hombre tiene la personalidad de un nabo hervido, madre.

—Y, sin embargo, tiene esposa. Y un hijo varón de tres años —replicó la vizcondesa a propósito, para que entendiera por dónde iban los tiros—. Mientras tú no tengas heredero, la línea está en peligro. ¿Es que se te ha olvidado por completo?

Williams soltó un resoplido incrédulo y volvió a mirar hacia el caos del salón. Un caso en el que él mismo participó entre risas y brindis y tabaco importado.

Esa noche se le antojó más lejana que nunca, y la culpa la tenía su madre.

—¿Quieres decir que la solución a todos mis problemas es… casarme?

—Exactamente lo que he dicho, Cedric.

Él se pasó una mano por la nuca, como si aquello fuese más humillante que la resaca de la semana pasada.

—Madre, sabes bien que no soy apto para cortejar damas.

—Porque nunca lo intentas —dijo ella sin compasión—. Y cuando lo intentas, lo haces con la delicadeza de un buey en una casa de té.

Cedric rio entre dientes, aunque no había alegría en su expresión.

—Admito que no tengo… talento natural para las zalamerías ni para endulzar los oídos de una dama.

—¡Ni pizca! —confirmó su madre con firmeza—. Pero por suerte, yo sí lo tengo. Conozco a las mujeres porque yo soy una, y fui debutante, y aún recuerdo cómo era ser cortejada.

Lord Williams la miró con horror fingido.

—No estarás sugiriendo…

—Exactamente lo que estás pensando —dijo ella, disfrutando de su incomodidad—. Te enseñaré yo misma a cortejar a una dama. Dado que tienes mucho tiempo libre, por lo que veo, más te vale emplearlo en algo de provecho.

Él se dejó caer en un sillón, hundiendo la cabeza entre las manos.

—Esto roza la crueldad, madre.

—No, querido —respondió ella con calma—. Roza la desesperación de una viuda al ver que su primogénito va a tirar por la borda todo lo que hemos conseguido.

El mayordomo tosió discretamente al fondo del salón, como si quisiese anunciar que el piano estaba, al fin

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