Tuya es mi vida entera

Elizabeth Bowman

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Sur de Inglaterra, octubre de 1806

La habitación permanecía sumida entre claroscuros, con absoluta predominancia de las sombras danzantes y la oscuridad más insondable por sobre los exánimes reflejos ambarinos que desprendía una palmatoria pronta a expirar y que descendían de forma oblicua sobre la figura femenina sentada en el borde del lecho.

Una vez que la inanimada figura entre sombras que conformaba Daisy Campion hubo terminado de deslizar la mirada sobre la elegante caligrafía garabateada en la epístola que sostenía al amparo de la exangüe iluminación, redujo el papel a sus tres dobleces originales para descenderlo después muy despacio sobre el regazo, en un gesto en realidad no tan rendido como nostálgico, consciente en todo momento del tacto del pliego entre los finos dedos de nieve que lo sostenían.

En aquella carta, de tono sin duda mucho más personal que la extensa misiva que su tía y ella habían recibido horas antes, su amigo lord Davenport —a quien había conocido durante su estancia en Calloway la pasada primavera, y con quien desde entonces había forjado una grata amistad— la informaba de algunos detalles acerca de su reciente matrimonio con la, por entonces, señorita Moonrose, hija mayor de los barones de Fitzroy, celebrado el Día de San Miguel.

Dentro del mismo sobre le remitía la tarjeta con los nombres de los felices recién casados, una cartulina elegante y hermosa con un indiscutible toque femenino verificado en forma de primores y florituras, y que sin duda había sido idea de Danisa, actual vizcondesa de Davenport.

Una sonrisa leve estiró los labios de Daisy al pensar en ello.

Desde luego no se imaginaba al egregio y distinguido lord Davenport adornando su carte de visite con filigranas, rosetas y tonos pastel; en cambio sí parecía asunto muy del tono de la alegre, joven y vivaz vizcondesa.

Por supuesto la tía Templeton y ella misma habían sido invitadas a la ceremonia, pero, por desgracia, no pudieron asistir al encontrarse completando todavía su tournée por el país, lamentablemente demasiado lejos y tan al sur como solo podían estarlo en el condado de Cornwall.

Impensable haber llegado a tiempo a Calloway, en el condado de Hampshire.

Se habían tenido que conformar, por tanto, con enviar a la pareja sus mejores deseos de felicidad a través de una carta que jamás podría transmitir toda la alegría que aquel enlace significaba para las dos, y en especial para la joven Daisy.

No obstante la señora Templeton había prometido una visita a Calloway en cuanto pudiera realizarse esta cómodamente y los recién casados hubieran regresado de su viaje de novios por Europa.

En un apunte final y completamente privado, lord Davenport se aventuraba a preguntar acerca del estado de su corazón y de si había recibido alguna suerte de noticia acerca de aquel de quien dependían la felicidad y gloria de este.

Tendría que escribir en respuesta, claro, y en una carta aparte, tal y como había hecho el vizconde, pero se moría de vergüenza al verse en la necesidad de reconocer que no disponía de ninguna novedad para compartir y que su corazón continuaba en suspenso, y en el mismo estado de aflicción y penurias en el que lord Davenport lo había encontrado meses atrás, cuando ambos se conocieron.

Y, por supuesto, tal y como lo había dejado su único dueño y propietario, quien todavía no había regresado a reclamarlo.

En la estancia sonó lánguido y abatido el eco de un suspiro, en tanto un incómodo picor principiaba a fraguarse tras los párpados entornados, prólogo innegable de la tristeza más absoluta, disimulada por fuerza durante tantos y tantos meses, y que en ocasiones como la presente resultaba complicado mantener a raya.

—¿Dónde se ha metido usted, querido capitán?

En efecto, nada había sabido del capitán Woodworth desde principios de año, cuando ambos coincidieron en Bath durante todo un mes completo.

Después de eso, él hubo de reincorporarse casi de inmediato a su milicia y la estrecha afinidad fraguada en treinta días, y que sin duda mostraba visos de inclinarse más pronto que tarde hacia una relación más intensa, sincera y verdadera, se vio truncada de golpe.

Nunca antes había sentido nada parecido por ningún otro caballero, pero había leído muchas novelas y romances de caballerías y creía poder entender ese sentimiento devastador, mitad agonía y mitad esperanza, que manifestaban las dolientes heroínas ante la ausencia o la indiferencia de su amado.

Ella notaba todo eso: lloraba y reía a un tiempo. Soñaba con el día en el que el capitán regresara a su vida y, como una suerte de horrible contradicción, a la vez trataba de razonar que quizá se excedía en sus esperanzas, comportándose como una tonta ilusa.

Tal vez simplemente se había enamorado del concepto del amor, tal vez del hombre idealizado en la persona del capitán: alto, apuesto, uniformado y gallardo. Pero el caso era que a esas alturas de su vida, y del año pronto a finalizar, debía doblegarse a una certeza absoluta: sentía una inclinación afecta y devota por Trevor Woodworth.

¿Y qué otra cosa podría haber hecho ella para evitarlo?

Una vez que le fue presentado, resultó imposible obviar las hormiguitas del estómago cada vez que coincidían en los distintos eventos a los que ambos eran invitados en la ciudad de las aguas termales, imposible obviar esa sensación paralizante cuando los ojos azules del capitán se cruzaban con los suyos, o cuando se paraba frente a ella, se inclinaba en reverencia y le solicitaba un baile.

¡Y qué bien bailaba el capitán Woodworth!

De facto, había sido aquella noche, durante aquel baile, la última ocasión en la que las miradas de ambos hubieron de encontrarse y enlazarse, llevándose desde entonces con él el apuesto oficial, atrapada en la profundidad insondable de sus pupilas azules, el alma de la propia Daisy.

Y su vida entera.

—¿Lo veremos pronto, capitán Woodworth? —había preguntado ella, agitado el aliento y brillantes los ojos tras finalizar el alegre minueto en el que ambos acababan de intervenir.

—No, por infortunio —respondió el capitán—, pues he de partir de inmediato a Francia con la milicia.

—¿A Francia? —Y en aquel momento no pudo reprimir el velo acuoso que nubló sus pupilas ni el agujero creciente que surgió en mitad del pecho.

Consciente a buen seguro de su triste expresión, gesto que no pudo Daisy disimular en modo alguno, el capitán le dedicó una sonrisa melosa y una mirada que bien hubiera podido derretir los casquetes polares del mar del Norte, de tan intensa como cálida.

—Pero prometo regresar en cuanto me sea posible —aseguró, y sus palabras derrochaban la misma firmeza que su mirada— para solicitarle el primer baile en el que ambos volvamos a coincidir... —sus ojos, tan claros como el agua límpida de un manantial, revelaron entonces una profundidad insondable— y también una entrevista privada, señorita Campion, si usted accede a consentirla.

Los colores, lo recordaba bien, escarcharon de inmediato las mejillas de Daisy, pues era muy consciente del significado real de aquellas palabras y de la promesa inequívoca que encerraba aquella solicitud.

Una entrevista privada...

—Por supuesto, capitán Woodworth...

Pero nada de todo aquello sucedió.

Ni el regreso del capitán, ni el baile prometido ni mucho menos la entrevista privada que, intuía Daisy, hubieran cambiado para siempre el destino de su corazón.

En cambio, después de tales palabras, desfilaron silentes los meses ante los ojos de la enamorada muchacha —primero la florida y fragante primavera, después el caluroso verano que las encontró a su tía y a ella viajando por la costa y, en el presente, las hojas caídas y ocres que se desplegaban en rumorosa alfombra bajo sus pies, fiel tapiz del otoño ya avanzado— sin haber recibido ni una sola carta, ni una mísera noticia de aquel a quien su corazón adoraba en secreto.

El silencio había sido la única respuesta a la devoción de Daisy, a los sueños que la joven se había encargado de alimentar estación tras estación hasta darles grandiosa forma en su cabeza y en su corazón.

La forma de un caballero andante de lacia melena dorada y casaca roja.

Y los ojo

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