Prólogo
Lady Eveline cambia el luto por la venganza
El carruaje avanzaba despacio por los caminos húmedos de Atherstone. En su interior, lady Eveline Harcourt-Milbury, condesa de Atherstone por derecho propio, miraba por la ventanilla el paisaje que alguna vez había sido orgullo de su familia: los campos, antes fértiles, mostraban ahora abandono y surcos descuidados; muchas de las cabañas de los arrendatarios tenían reparaciones pendientes, en algunos casos de gran importancia, como techumbres hundidas o muros desmoronados.
Eveline suspiró. Quizá fuera porque lo veía todo a través del velo de luto riguroso que caía a su alrededor desde el ala del sombrero, pero tenía la impresión de estar contemplando una tierra condenada, más allá de toda salvación. Apretó los puños en el regazo, percibiendo la textura de la seda y el encaje negro de sus guantes. Desde que tuvo que despedir al administrador, había hecho lo imposible por sacar todo aquello adelante, pero todo empeño terminaba siempre en lo mismo: no tenía dinero para lograrlo. Ni siquiera iba a poder pagar los impuestos del año siguiente.
No, no era una impresión; era, en verdad, una tierra condenada. Y el culpable de todo aquello tenía nombre y apellido.
¿En qué terminaría todo?
El coche se internó por el bosquecillo de hayas y robles —ese lugar mágico en el que jugaba de niña, en el que no parecía pasar el tiempo, y al que no afectaban aquellas penas humanas— hasta alcanzar los muros exteriores de la mansión. Cruzó las grandes puertas de hierro forjado de Atherstone Park y se movió por sus caminos y jardines hasta la entrada con la escalinata de piedra.
No vio más coches, por lo que dedujo que sus abogados no habían llegado aún. No se sorprendió. Había querido dar ese paseo por las tierras para tener una impresión clara de la situación en que se encontraban —algo que ya sabía, por otra parte; quizá había esperado un milagro—, pero con tiempo suficiente para volver puntual a la cita. Odiaba los retrasos y la pérdida de tiempo.
Eveline descendió del coche con ayuda de un lacayo y echó un vistazo a su alrededor. Hasta el gran jardín delantero, antaño célebre por sus rosales, se encontraba medio en ruinas, invadido por la maleza y el abandono. Y el invernadero… como no hicieran algo pronto, se perderían muchas plantas, aunque la única que le importaba de verdad era la Plantagenet Rose —una variedad antigua de rosa híbrida gallica que se cultivaba allí, sin interrupciones, desde la Edad Media.
Eso, Eveline lo sentiría como la mayor derrota de los Harcourt-Milbury. Según las historias familiares, esa flor fue injertada en tiempos de Eduardo IV y su tono particular —blanco con matices dorados, los colores de su escudo y de la cinta dorada que simbolizaba la sangre heroica de sus antepasados, uniendo y atando a toda la familia en defensa de la Corona legítima— la hizo legendaria en la zona.
Fueron un gran linaje. Ahora ya, apenas quedaba un atisbo de respeto. El mayordomo, el señor Barnes, no dejaba de lamentarse. Ella no tenía ni fuerzas para compartir la indignación.
—Hace frío, milady —murmuró el señor Barnes, mientras le abría la puerta de la casa—. Este cielo despejado es engañoso, y no importa que todavía sea verano. Debió coger una chaqueta de más abrigo.
—No se preocupe, señor Barnes. Solo he dado un paseo y ni siquiera he bajado del coche. Quería ver cómo está todo. —La expresión del hombre se ensombreció. Ella asintió—. Tenemos graves problemas…
—Así es, milady…
No había más que decir. En el interior, el aire olía a humedad y desuso, no porque Atherstone Park no estuviera habitado, sino porque no había criados suficientes como para atenderlo en condiciones. Eveline se quitó el sombrero con el velo negro y lo entregó a la doncella, junto con los guantes.
Se dirigió al despacho que en tiempos había ocupado su abuelo y después su madre con el administrador —su padre, que nunca había mostrado interés por las tareas del campo, había residido casi siempre en Londres, ocupado con sus comisiones parlamentarias, sus contactos y su vida social—, y que ahora era suyo. Cruzó los pasillos en penumbra sin apenas percatarse de ello, con el pensamiento fijo en la cita que la aguardaba.
Los abogados aún no habían llegado, pero no tardarían, y ella debía estar preparada. En la mesa del despacho la esperaba la carpeta con todos los documentos relativos a la propuesta de matrimonio del señor Marcus Gallahad. Había sido de su padre y se la habían enviado desde Londres, con el resto de sus cosas, a su muerte.
Marcus Gallahad había hecho su propuesta casi dos años atrás, pero su padre no la había aceptado en un principio, algo que no la sorprendía, sabiendo cómo era: muy conservador, convencido de que la nobleza era algo que iba más allá de una clase social, que implicaba de hecho una superioridad natural e intelectual, y que la plebe, a la que había que instruir y proteger, tenía su propio destino —como obreros, soldados o personal de servicio— en la forja de la Historia.
Y como Dios había decidido dónde nacía cada cual, intentar alterar eso, tratar de cambiar la balanza del poder, era una transgresión inaceptable del orden divino. Las leyes, la moral y la menor de las costumbres debían estar al servicio de mantener el statu quo.
Sin embargo, terminó aceptando aquella propuesta tan peculiar de Marcus Gallahad, el hombre que representaba todo lo contrario a lo que creía. Casar a su hija con alguien así habría sido una posibilidad impensable para lord Atherstone, pero con la situación económica que se había abatido sobre el condado, no le había quedado otro remedio. Y hasta se había solicitado fecha en la Abadía de Westminster para celebrarla con todo boato, pese a que el novio no era más que un plebeyo.
Pero la muerte repentina del conde —Eveline cerró los ojos al recordar el momento en que la informaron de que su padre se había quitado la vida en el despacho de su apartamento en Londres— había provocado un retraso en todo el asunto. Y un escándalo que tardaría en olvidarse.
Y, ahora, el señor Gallahad —que deseaba contraer matrimonio con alguien como ella para poder tener hijos nobles a los que legar un título— quería confirmación de que se iba a seguir con los planes. Apenas había concluido el año y ya se había puesto en contacto con sus abogados para apremiarla a una respuesta.
Supuso que al menos debía agradecerle no haberla arrastrado al altar estando de luto.
Eveline suspiró. Su padre, aquel hombre casi desconocido y que no le caía especialmente simpático, había sido alguien muy metódico, y el orden riguroso de aquellas hojas lo demostraba. Entre balances, contratos y correspondencia halló también aquel informe —apenas una relación de sospechas jamás probadas— de que Gallahad había sido responsable de la ruina familiar. Nada concluyente, pero demasiadas coincidencias para no resultar inquietantes.
¿Quién, si no, era la mano negra que había adquirido en secreto los pagarés con los que el conde sostenía sus tierras de labor? Algo que, curiosamente, ocurrió justo después de que lord Atherstone hubiese rechazado la propuesta matrimonial de Gallahad. Y no solo eso: el hecho de que, a continuación, el mercado londinense se hubiese visto repentinamente inundado con trigo y cebada importados a bajo precio, hundiendo de golpe los precios, no podía responder a la simple casualidad.
Los arrendatarios de Atherstone, incapaces de pagar sus alquileres, se vieron obligados a retrasarlos o depender de condonaciones que su padre, el conde, solo pudo respaldar con su orgullo y su obstinación, y no por mucho tiempo.
La presión financiera sobre el condado se fue acumulando como una tormenta que nadie podía desviar, mucho menos impedir. En el silencio del despacho, Eveline apoyó las yemas de los dedos sobre el informe, la mirada fija en las anotaciones de su padre, sintiendo la presencia de Marcus Gallahad en cada acto descrito, por mucho que permaneciera siempre invisible tras cortinas de papel y firmas bancarias.
Tenía que ser él. Claro que era él. Cada movimiento estaba calculado para acelerar la ruina de Atherstone sin dejar rastros directos de su intervención, asegurándose de que el viejo lord, aquel conservador clasista, sucumbiera a la desesperación. Que tuviera muy claro que no podía oponerse cuando, llegado el momento, Gallahad volvió a pedirle lo que ansiaba: la mano de su hija.
Así, lo que parecían hechos dispersos y tristes casualidades, no fueron más que las maniobras de una mente fría y estratégica que jugaba con los hilos del mercado y la deuda como si fueran piezas de ajedrez. Y lo que en tiempos normales habría tardado décadas en desgastar la fortuna familiar, había ocurrido en cuestión de meses.
Maldito, maldito, maldito fuera…
—Muy bien, señor Gallahad —dijo en voz alta. Nadie la oyó, excepto los fantasmas de su linaje, que seguro que rodeaban la mesa y asentían complacidos—. Va a recibir lo que tanto ha deseado. Espero que esté en verdad dispuesto a asumir sus consecuencias.
Pero tendría que acostarse con él…
Solo pensar en la noche de bodas hacía que le temblaran las rodillas. Trataba de darse ánimos recordándose que, a decir de las ilustraciones de los periódicos y alguna fotografía que había visto, Marcus Gallahad era un hombre muy atractivo. No tenía fama de mujeriego, aunque solía mantener una o dos amantes cada año. Tenía ya veintisiete años, seguro que era un experto en esos temas, y ella no tenía más que los besos compartidos con Greylake.
Bueno, pues no le daría el gusto de verla angustiada, ni se comportaría como la virgen despavorida que en realidad era. La habían educado para mantenerse serena y distante, para ser una condesa por méritos propios, y eso era lo que estaba comprando Gallahad. Pues eso tendría: una figura helada. No una mujer, sino un linaje.
Fue a guardar la carpeta cuando vio, entre los papeles, una carta dirigida a su antiguo pretendiente, lord Christopher Longford, marqués de Greylake.
Greylake había sido nieto del difunto lord Arthur Longford, antiguo general del Ejército de Su Majestad y buen amigo del conde de Atherstone, que también había vivido casi siempre en Londres. Su mansión, Longford Manor, colindaba con Atherstone Park por el oeste, y Greylake y ella habían crecido pasando juntos los veranos. Los dos habían tenido siempre muy claro que sus padres habían aspirado a unirlos en matrimonio para así unir las dos fortunas, pero desde que Gallahad entró como un ariete en la cuestión de su matrimonio, todo aquello había quedado atrás.
Eveline no lo sentía mucho. No por eso, al menos. Apreciaba a Greylake y admitía que podía ser considerado apuesto, pero lo cierto era que nunca se había sentido atraída por él, algo que, los pocos besos que le había robado el marqués siendo más jovencitos, terminó por dejarle muy claro.
Pero se hubiera casado con él de pedírselo su padre, y por el bien de Atherstone, al fin y al cabo, había sido educada para eso, para asumir responsabilidades de su clase e ignorar las simplezas de los inferiores, entre las que constaba la idea romántica de casarse por amor.
Por suerte, no había sido necesario realizar tal sacrificio. Y ya se había olvidado del tema cuando, de pronto, se topó con esa extraña carta que no recordaba haber visto antes.
Me duele entregar a mi hija a ese advenedizo, mi estimado muchacho, pero me ha acorralado sin remedio. Eso sí le digo: si algún día quedara viuda, mi único deseo, en este mundo o en el otro, sería que usted la tomase por esposa y le diese la dignidad de marquesa de Greylake. Debería venir, y así lo hablamos…
La tinta se interrumpía a mitad de una frase.
Supuso que ya no pudo terminarla o quizá luego la inició de otra forma y esa versión nunca fue arrojada al fuego. Una pena, porque había algo desagradable en aquellas líneas, en ese vivo deseo de la muerte de ese hombre…
El sonido de ruedas sobre la grava la devolvió al presente. Los abogados habían llegado. Eveline enderezó los hombros, se alisó el vestido y tomó la carpeta. La decisión que estaba a punto de pronunciar sellaría su destino, para bien o para mal. Pero tenía que hacerlo.
Era lady Eveline Harcourt-Milbury, condesa de Atherstone, y tenía que salvar a su linaje.
Capítulo 1
El señor Gallahad negocia con su destino
Los abogados de lady Eveline Harcourt-Milbury, condesa de Atherstone, habían insistido en fijar una nueva entrevista relacionada con su matrimonio, pero el señor Marcus Gallahad, brillante empresario y, según rumores, el plebeyo más rico de Londres, apenas recordaba la fecha sugerida. Ni esa, ni la de la boda, para ser exactos.
Fue su secretario, el señor Herbert Stuart, quien se la recordó aquella mañana de finales de verano, mientras dejaba sobre el escritorio una carpeta llena de documentos perfectamente ordenados para la firma.
Detrás de él, el reloj de pie marcaba un cuarto de hora con un sonido hueco.
Marcus alzó la vista con fastidio.
—¿Qué? ¿Que me caso el veintiuno de septiembre? Pero ¡si no queda nada!
—Un par de semanas, señor Gallahad. Pero ya está prácticamente todo atado.
—¿Y no iba a estar yo en América por esas fechas, para el tema de la nueva línea del ferrocarril? Sí, claro que sí… ¡Y lo de los nuevos terrenos para edificar en Nueva York…!
—No, señor Gallahad —insistió Stuart con paciencia—. Es su boda. De verdad, le doy mi palabra. Decidió celebrarla justo al finalizar el año de duelo por la muerte del difunto conde. ¿No lo recuerda? Es la semana siguiente, tras la luna de miel, cuando se va a América.
—Ah, cierto —admitió, aunque llamarlo «luna de miel» era un eufemismo. Marcus había considerado dedicarle dos o tres días al cumplimiento de las obligaciones conyugales para asegurarse de que nada ni nadie pudiera objetar ninguna nulidad al respecto. Un tiempo que podría alargar un poco, quizá hasta una semana más, si la joven le agradaba en la cama, no iba a negarlo.
Pero, tras eso, pensaba que le convendría mantenerse un tiempo lejos, para evitar cualquier posibilidad de sensiblería por parte de su esposa. Quería dejar claro que ese matrimonio no era más que otro asunto de negocios, y no de los más importantes de su agenda, precisamente. El viaje a América —quince días con miles de kilómetros entre ambos— era la excusa perfecta.
—Vale, dos semanas… ¿Y para qué quieren la reunión los abogados de esa mujer? —preguntó, intrigado—. Creí que ya estaba todo resuelto. ¿Les ha dejado claro que no pienso modificar nada del contrato matrimonial? Me parece que las condiciones económicas no pueden ser mejores… Va a vivir como la reina que seguramente cree ser, teniendo en cuenta cómo era su padre.
—No, no es nada de eso. Solo desean presentarle a lady Eveline antes de la ceremonia —respondió Stuart, midiendo con mucho cuidado sus palabras—. Por lo que parece, es la dama quien les ha pedido que soliciten esa entrevista, porque quiere hablar con usted.
Marcus soltó una breve carcajada.
—¿Para qué? No necesito conocerla, ni para casarme con ella ni para llevármela a la cama. Si es muy fea, ya cerraré los ojos. —Stuart abrió los suyos como platos ante tal brutalidad, pero se abstuvo de decir nada—. Dígales, a todos ellos, que no me hagan perder el maldito tiempo. Y dígaselo así, sin rodeos. Cuanto antes entienda esa mujer a qué clase de hombre se ha prometido, mejor. No nací con el humor necesario para soportar melindres femeninos ni demás tonterías sentimentales. No tengo ni tiempo ni la menor disposición de atenderla. Creí que estaba claro que lo único que me interesa de ella es su título.
Stuart inclinó la cabeza, una vez más sin discutir, aunque en su rostro se adivinaba cierta preocupación. Marcus lo ignoró, decidido a seguir avanzando sin paradas y a toda velocidad, como siempre, como si fuera una de sus locomotoras. Así había sido desde que, en aquel sucio cuchitril de Whitechapel, mientras escuchaba apagarse la tos cansada de su madre, sin dinero para pagar un médico y con la escudilla vacía, decidió escalar hasta donde jamás lo habrían invitado.
Por aquel entonces solo tenía diez años, y tardó mucho en conseguirlo, pero lo logró: de chico para todo a obrero de fábrica y vendedor ambulante, había pasado a hombre embarcado en diversos negocios, luego a industrial influyente —en cuanto pudo hacerse con el control de varias fábricas— y, por fin, a empresario reconocido a nivel mundial.
En 1899, la Gallahad Trust Company era mucho más que una firma de negocios e inversiones: era el emblema de su poder. Fundada pocos años atrás, había crecido a toda velocidad hasta convertirse en uno de los consorcios privados más influyentes de la City de Londres. Bajo su nombre se agrupaban compañías ferroviarias, navieras, siderúrgicas y de maquinaria pesada, además de contar con participaciones en minas y empresas coloniales de todo tipo.
Desde su magnífica sede —un edificio propio en Threadneedle Street—, Marcus Gallahad manejaba cada día fusiones, compraba deudas, absorbía industrias enteras y las transformaba en cuantiosos beneficios. La prensa lo describía como un hombre de visión y audacia; sus rivales, como un depredador elegante. Ninguno de los dos juicios estaba equivocado.
Y, ahora, estaba en la etapa final: esa en la que consolidaría el linaje que él mismo iba a crear en lo más granado de la sociedad, como un cuco que pone su huevo en nido ajeno. Sería el esposo —y, por tanto, el amo y señor— de toda una condesa, una mujer capaz de transmitir su título a sus hijos. A su estirpe. Los Gallahad.
Había investigado a fondo el asunto de los títulos que podían transmitirse por vía femenina —esos raros casos en los que la dignidad podía pasar a la heredera, si no había varón— con la misma meticulosidad con que estudiaba una fusión o una concesión ferroviaria, y luego había buscado uno a su alcance.
Así había dado con el condado de Atherstone, en Kent.
Ese lugar estaba estancado por completo en el pasado, con una escasa fortuna basada enteramente en sus tierras de labor, alquiladas a familias de trabajadores asentadas desde hacía siglos en la zona. El conde, dedicado a la política en Londres, no aparecía por Atherstone si podía evitarlo y la condesa dirigía la hacienda con la ayuda de un administrador tan anticuado como ella. Ni siquiera les subían los alquileres —lo consideraban parte de una especie de «honor rural», no por bondad precisamente—, y hasta cometían la torpeza de condonarles deudas en época de malas cosechas y de sostener aún la escuela parroquial a sus expensas, por simple orgullo de estirpe.
En pocos años aquellos locos hubieran estado arruinados por méritos propios. De hecho, la propiedad ni siquiera valía gran cosa en esos momentos, pero a Marcus le daba igual: lo único que le importaba era que quien se uniera en matrimonio a la condesa de Atherstone entraba, por derecho y apariencia, en el círculo cerrado de los aristócratas.
Bueno, él quizá no, ya que jamás sería noble, no adquiriría el título de conde —le importaba bien poco serlo personalmente o no, puesto que estaba entre los nacidos para mandar—, pero sí sus hijos, que llegarían a ese perro mundo con el estatus de noble, en lugar de en un cuchitril de Whitechapel, como le ocurrió a él. Su primogénito varón sería conocido como lord Marcus Gallahad, conde de Atherstone, lo que le daría una gran satisfacción.
¡Su nombre y su apellido, unidos a un título de conde! Apenas podía contener la emoción. Era una pena que su madre no viviera para verlo…
No quería emocionarse, y menos delante de Stuart, de modo que tomó la carpeta y hojeó los documentos sin demasiado interés, añadiendo de vez en cuando alguna firma o corrección.
—¿Esto? —preguntó, ante un documento largo y exhaustivo, lleno de información minuciosamente detallada.
—Es sobre el último paquete de bonos de la Corona, señor Gallahad. Del asunto de Sudáfrica. Ya está completo.
—Ah…
Marcus sonrió. Meses atrás, un empréstito promovido bajo el amparo de la Corona —destinado a sostener ciertas inversiones coloniales en Sudáfrica— había estado a punto de naufragar por falta de respaldo. Los grandes bancos se retiraron, temerosos de un desplome inminente, y el pánico comenzó a extenderse por la City; pero entonces Marcus, con una audacia que rozaba la temeridad y actuando contra toda lógica y consejo, adquirió una parte considerable de los bonos a precio de saldo.
Su inesperada —y milagrosa, para algunos— intervención estabilizó de forma fulminante el mercado y evitó un escándalo financiero que habría salpicado al Tesoro y, con él, a la propia Casa Real.
Para mayor asombro, cuando el riesgo hubo pasado y los valores recuperaron su curso, Marcus no los revendió en busca del beneficio fácil: los restituyó, sin alardes ni publicidad, a las arcas del Estado, en los mismos términos en que los había adquirido. Aquello, que en apariencia fue una simple maniobra financiera, bastó para cimentar su reputación entre quienes comprendieron la magnitud del gesto: había salvado una operación imperial y no había querido enriquecerse con ello.
El único comentario que hizo al respecto, a un caballero que le salió al paso en un pasillo extrañamente solitario de la Gallahad Trust Company, fue que era un modesto servidor de la Corona y que no había hecho nada que no pensara que debía hacerse de inmediato.
El Gobierno respiró aliviado, y en los despachos de Whitehall se tomó buena nota del gesto. Nadie lo proclamó en voz alta —no convenía reconocer públicamente cuán cerca había estado el Imperio de una humillación bursátil—, pero entre ciertos ministros y secretarios se entendió que aquel industrial había prestado un servicio impagable al Estado.
Y, desde luego, tal como le habían asegurado, la reina Victoria recibió en su caja roja de despacho —en la que los ministros le hacían llegar diariamente documentos oficiales para su revisión, firma o simple conocimiento— un informe completo de todo el asunto.
—Perfecto, pues —dijo, firmando—. Ha sido una buena cantidad…
—Unas pérdidas millonarias, señor.
—No son pérdidas, Stuart, son inversiones. Debería conocer ya la diferencia.
—¿Y qué espera conseguir a cambio?
—No lo sé. No es algo por lo que se pueda pedir nada; cuando tratas con reyes no conviene hacerlo. Solo he… sembrado.
—Sembrado.
—Eso es. El destino decidirá qué cosecha recibiré a cambio.
—Entiendo. Algo parecido a su boda.
—Ni de lejos, Stuart —le miró con el ceño fruncido, molesto por el hecho de que hubiese vuelto a sacar semejante tema—. Con ese matrimonio estoy comprando algo muy concreto. Eso y nada más.
Su secretario apretó los labios contrariado.
—Señor Gallahad… Aunque sé que usted lo quiere ver así, un matrimonio no es un negocio cualquiera. Al casarse, funda una familia. Es… algo especial. Como una semilla de la vida, siguiendo su idea de sembrar y cosechar. Usted no puede entenderlo, quizá porque se quedó solo siendo muy pequeño. —Marcus le miró muy serio, tentado de despedirlo de forma fulminante. Seguro que Stuart se dio cuenta porque empezó a sudar—. Pero es algo maravilloso, señor, maravilloso, se lo digo de verdad. Debería darle una oportunidad de crecer sana y vigorosa, porque es algo que le hará muy feliz.
—¿En serio?
—Sí, señor Gallahad. Yo tengo una esposa a la que adoro, cinco buenos hijos y doce nietos que lo suponen todo para mí. Y no hay mayor alegría que volver por la noche a una casa que no es una casa, sino un hogar. Con gente que te espera con el corazón lleno de cariño, y no por intereses comerciales. —Calló un par de segundos, un tiempo helado y pesado que los hizo sentir incómodos a ambos—. Al parecer, la condesa solo desea conocerlo antes del enlace, cosa que no deja de ser muy natural. Considera apropiado intercambiar unas palabras, por mera cortesía. Corresponder en la misma medida podría conducirlos a algo más profundo…
—¿Más profundo? —repitió Marcus, con una sonrisa forzada—. No me caso buscando un hogar, Stuart. Me caso por conveniencia. Si ella espera que le dedique atenciones románticas, se llevará una decepción. Y no me interesa ninguna de esas tonterías que usted describe: fundo una estirpe, ya lo sabe. Una empresa familiar, si lo prefiere, por lo que será un asunto de negocios, nada más. Esa mujer cuidará de mis hijos y se ocupará de que no me molesten hasta que me sean útiles. Todo se hará según mis deseos, no por los sentimientos de nadie.
—No lo dudo, señor —musitó el secretario.
—Y no ponga esa cara —añadió Marcus, con un dejo de impaciencia—. Esto no es un juego sentimental, pero tampoco es una cárcel inhumana. A cambio de participar en mi empresa familiar, la condesa obtendrá un futuro seguro, muchos lujos y dinero que le abrirá puertas que no haría su título arruinado. Y yo obtendré lo que necesito. Todos ga
