Un beso a la distancia

Elizabeth Ellis
Elizabeth Ellis

Fragmento

Capítulo 1

Capítulo 1

17 de octubre 2025

No podía creer que su padre hubiera hecho algo así.

¿Realmente había falsificado esos documentos?

¿Las tierras del este no le pertenecían?

Ella había leído en los archivos históricos del condado que unos Jones habían habitado esa zona, pero no lo había relacionado con sus tierras. Igual esos Jones no colindaban con el rancho. Tal vez Trevor tuviera razón y el apellido no era el correcto. Se había abierto un abismo delante de sí y debía saber. Si lo que ese hombre decía era verdad, ella las devolvería. Y Trevor la apoyaría. Tenía una alta conciencia de justicia; sin embargo, con la palabra de Tobías Jones no alcanzaba, necesitaba pruebas. En realidad, lo que precisaba eran las primeras escrituras del rancho y las de la compra/venta de esa parte de las tierras.

Siguió rebuscando en orden para no hacer lío.

Menuda cantidad de cosas tenía su padre en ese despacho.

Bufó porque leer todo le llevaría meses.

—Emma. Llevas horas allí dentro buscando esos dichosos papeles. Debes comer. Trevor me ha preguntado si lo has hecho y le he mentido. Así que mueve esas piernas y trae tu trasero aquí —gritó Isabella desde la cocina.

—Pesada. Así no voy a terminar más.

—Aunque almuerces, cenes y duermas allí, no terminarás jamás. No creo que tengas que ir revisando carpeta por carpeta. Son muchos años de información.

—¿Y cómo debo de hacerlo? —preguntó azorada mientras subía por la escalerilla para recolocar una de las tantas cajas en su lugar.

Al descender, enganchó con su pulsera una punta que sobresalía y una carpeta cayó al suelo.

Gruñó sabiendo que debía recoger todo y reubicarlo para no extraviar nada.

Se acuclilló y le llamó la atención ver el nombre de la madre de Trevor estampado allí: Ruth Callaghan. Intrigada prestó atención cuando el grito in situ de su nana la espantó.

—Baja a comer ahora mismo que Trevor tiene un cabreo de aúpa. Subirá a buscarte y cerrará el despacho con llave. Así que mueve el culo y deja eso para después.

Resopló y, juntando todo del suelo, dejó los documentos sobre el escritorio.

Llegó a la cocina y el aroma a guiso recién hecho invadió sus fosas nasales y el hambre se avivó dentro de ella.

—Tengo hambre.

—Lo sé, mi niña. Si Tobías Jones tiene razón y tu padre ha robado esas tierras, ¿crees que dejaría las escritura o cualquier cosa que lo incrimine bien ordenado?

Emma la miró.

—Y si esa información no está con el resto de los documentos, ¿dónde está? ¿Las habrá destruido? No, porque él debió demostrar, en su momento, que esas tierras eran parte del rancho. Así que las cosas las ha hecho bien, aunque no fueran ciertas. ¡Dios! Está todo tan enredado. Las escrituras de compra/venta deben de estar en algún sitio, son necesarias para justificar la anexión de esas tierras al resto del rancho.

—Tal vez las tenga su abogado. Que era muy amigo y cómplice de tu padre. Así que, si vas a pedirle algo, te sugiero que lo hables con Trevor y planeen qué decirle, porque ese hombre necesitará una muy buena razón para darles esas escrituras.

—Me había olvidado del abogado. —Las tripas de la muchacha se quejaron—. Aunque primero almorzaré. Mi cuerpo está muy necesitado de alimento últimamente. A veces siento que no he comido por días cuando no han pasado más de tres horas de mi última ingesta. Algo me sucede, no puede ser que tenga un hambre voraz. Lo peor es que me dan ganas de tomar helado cada tanto. Y de comer apio. Con manzanas y nueces. Y queso de cabra con orégano y anís.

—Creo que deberías ir al médico —dijo su nana, sabiendo muy bien de qué padecía.

—¿Estoy enferma? —La cara de susto de Emma enterneció a Isabella.

—No. Hambrienta. Y, si no te has dado cuenta, tienes un exceso de energía.

—Es verdad. Me siento más activa. Como si algo dentro de mí se hubiera activado. Tal vez es un exceso de…

—Sexo —murmuró su nana.

—¿Qué?

—¡Eso! Que es eso justamente.

—¿Qué cosa? —Emma estaba confundida. No entendía nada.

—El exceso de energía. Tal vez demasiada B1 y serotonina. Ya sabes, la combinación de vitamina B1 con la producción de hormonas tiroideas, sumado a una producción de serotonina, la cual liberas al ejercitarte, producen un exceso de energía. O por lo menos la sensación de que tu cuerpo está hiperactivo.

—No sabía eso. —Emma se quedó pensando—. Sabes demasiado.

—Los años, niña, los años.

—¿Qué sucede con los años? —preguntó Trevor entrando a la casa—. Buenos días, preciosa. Dormías cuando me fui. Debía estar en la ciudad a primera hora. He hablado con el abogado. Dice que tu padre ha comprado esas tierras en regla y que la documentación está en orden…

—¿Pero…? —completó Emma.

—¿Por qué debería de haber un pero? —Trevor enarcó una de sus cejas.

—Porque tus gestos me dicen que lo hay. No le has creído al abogado.

Él sonrió.

—No. No le he creído. Hay algo más. Las tierras que adquirió son las más productivas. Tu padre siempre ha querido un viñedo y…

—Las vides estaban justamente allí.

—Exacto. Hay que revisar palmo a palmo toda la documentación que Samuel guardó.

—Si mi padre hizo algo fuera de la ley a consciencia, de seguro ha destruido las pruebas. Lo único que nos queda es cotejar que la firma expedida en el papel de compra/venta sea auténtica. Hablaré con Carter…

—Ya lo he hecho. El documento que me mostró el abogado tiene como fecha de transacción el 14 de noviembre de 1994. He hablado con Miguel sobre esa fecha por si recuerda algo que haya sucedido, algún altercado, cualquier cosa. Y me ha dicho que le preguntará a su padre. Otro que debe saber es el abuelo de Sean, por algo está tan enemistado con este rancho.

—Nunca los McCarthy se han llevado bien con mi padre.

—¿Nunca te has preguntado por qué? —razonó él.

—No. Nana, tú estás aquí desde antes que yo naciera. ¿Sabes algo sobre esto?

Isabella dudó sobre qué responder y, aunque su rostro no evidenció su indecisión, su silencio sí lo hizo. Y Trevor lo advirtió.

—¿Sabes algo? Porque nos estamos rebanando los sesos tratando de conjeturar posibles sucesos. Si tú estabas aquí en esas fechas…

—Sí estaba aquí. Sin embargo, no sé nada sobre esto. —Isabella sintió que moría al no decirles la verdad, pero no podía. No sabía lo que podía desatar si lo hacía. Si la verdad afloraba, que fuera porque era el momento, y no porque ella lo había decidido.

El olor repentino a la carne asada que llegaba desde fuera hizo que Emma contuviera una arcada. La palidez en su rostro alarmó a Trevor, que en un tris estuvo a su lado para contener su cuerpo ante el estremecimiento del vómito que no se hizo esperar. Una y otra vez su abdomen se contrajo con rebeldía hasta no expulsar nada, pues ya nada le quedaba en el estómago. Debilitada, fue cargada en volandas por Trevor hasta su habitación. La ayudó a limpiarse y, sin poder evitar que se durmiera, la dejó sobre la cama y bajó.

—¿Duerme? —preguntó Isabella, y él asintió—. Es increíble que no se dé cuenta.

—He pensado en decírselo, pero no me creerá. Dirá que es un pretexto para no dejarla montar. Se ha enojado ayer cuando le pedí que no lo hiciera.

—Solo ella no puede darse cuenta de que está preñada —rio la mujer.

—Me siento fatal. Es mi culpa. —Trevor se mesó el cabello y se cubrió la cara con las manos.

—La culpa es de ambos. Ella no se te ha resistido un ápice. Además, has sido tú el

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