Love Me, Stalk Me. Amor al acecho

Laura Bishop

Fragmento

1. Este hombre sirve trauma con ensalada de acompañamiento

1

ESTE HOMBRE SIRVE TRAUMA CON ENSALADA DE ACOMPAÑAMIENTO

Isabella Russo

Hay tres formas concretas por las que, incluso antes de que nos sentemos, sé si una cita con Evan va a ser un desastre.

Una: atiende una llamada de trabajo durante el camino. No es una cosa rápida y educada del palo: «Oye, te llamo dentro de un rato». No, es Evan en modo tiburón corporativo absoluto, ladrándole al Bluetooth como un gestor de fondos de cobertura que acaba de perder un acuerdo millonario. Para cuando llegamos, está tan metido en el modo empresario que podría afeitarme la cabeza sentada a la mesa y ni se daría cuenta.

Dos: insiste en elegir dónde vamos. En teoría, esto no supondría ningún problema si tuviera un gusto aceptable. Pero, para Evan, la definición de «un buen sitio» admite solo dos categorías: asadores, donde las guarniciones son extragrandes y el 95 por ciento de la clientela son hombres mayores con Rolex; o restaurantes de moda que practican la cocina fusión, donde las raciones son ridículamente pequeñas y se sirven con un acompañamiento de arrogancia. Una vez me llevó a un sitio donde el «plato principal» era una sola vieira en un cuenco decorado con espuma comestible. Me fui con más hambre de la que tenía al llegar.

Y, por último, tres: hace eso.

Me refiero a cuando apenas me mira en toda la noche, todo concentrado en su móvil, como si allí fuera a encontrar el secreto de la inmortalidad, y después, justo cuando creo que por fin va a entablar una conversación humana, suelta un comentario tan estúpido que tengo que recordarme que no merece la pena ir a la cárcel por él.

Esta noche ya hemos cumplido las tres.

Observo mi reflejo en las pulidas puertas cromadas del ascensor mientras subimos al restaurante y me preparo mentalmente para la decepción. La verdad es que esta noche me he esforzado en arreglarme: un vestido negro ajustado, pero no tanto como para sentirme cohibida al sentarme; unos tacones que me aprietan los dedos de los pies y que dentro de una hora me tendrán cojeando; y, en el pelo, unas ondas sueltas que se suponía que debían parecer naturales, pero que ya están perdiendo la batalla contra el gélido viento de Nueva York que nos ha azotado durante el trayecto desde el taxi hasta aquí. Incluso me he pintado los labios de rojo, una elección atrevida, teniendo en cuenta que Evan me dijo una vez que no le gusta que use colores «llamativos». Supongo que me sentía rebelde.

Vuelvo a contemplar mi reflejo e intento no fijarme en cuánto ha cambiado mi apariencia desde que empezamos a salir. Hace tres años, con unos quince kilos menos, era la chica que no se lo pensaba dos veces a la hora de ponerse vestidos ajustados. Ahora soy de las que siguen la estrategia de comprar ropa que oculta las curvas y las redondeces que Evan considera «problemáticas».

Las puertas del ascensor se abren con un pitido flojo y dan paso a una oleada de conversaciones, al tintineo de las copas y al intenso aroma de la carne a la parrilla y la mantequilla. La elegancia suave del restaurante se despliega ante nosotros. Una recepcionista con una coleta lisa nos dedica una sonrisa ensayada cuando entramos en la sala. Antes de que me dé tiempo a decir nada, a Evan le vibra el móvil a la altura de la cadera y contesta al instante.

«¿Sí?». Habla en un tono seco y distraído mientras, con la mano, me indica que siga adelante. Ya está absorto en cualquiera que sea la crisis urgente con la que el mundo financiero lo haya golpeado esta vez.

Tendría que haberme quedado en casa, acurrucada en mi sofá con un plato de pasta que no costara la mitad de mi sueldo.

El restaurante es uno de esos asadores carísimos que creen que el objetivo de la iluminación ambiental es que los clientes apenas sean capaces de ver lo que comen. Parpadeo una y otra vez para adaptarme a la escasez de luz mientras los tacones se me hunden en la moqueta mullida a cada paso y seguimos a la recepcionista hasta nuestra mesa. Estamos rodeados de suntuosos paneles de madera de caoba, de mesas con bancos de cuero rojo oscuro desgastado tras años de rozarse con trajes caros, y de paredes revestidas de botellas de licor retroiluminadas que proyectan sombras ambarinas en un ambiente típico de ricos de toda la vida. El aire huele a whisky añejo y a colonia cara. Si entornas los ojos, casi atisbas a los fantasmas de Gordon Gekko y sus compinches de Wall Street fumando puros en un rincón.

Me deslizo sobre el cuero frío del reservado. Evan se sienta frente a mí. Deja el móvil sobre la mesa, con la pantalla brillando en la oscuridad que nos separa.

No pasa nada. No pasa nada de nada. Me encanta salir con un hombre cuya relación más estable es con las notificaciones de su teléfono.

—Bueno —empiezo para tratar de salvar la noche antes de perder las ganas de vivir—. Hoy he tenido la primera reunión con los de dirección. Han revisado el presupuesto de contratación para la nueva…

—¿Eh?

Evan ni siquiera levanta la vista. Está buscando algo en el móvil, moviendo el pulgar con una efectividad experta.

Respiro hondo y lo intento de nuevo.

—El presupuesto de contratación para mi nuevo puesto.

—Ah. Es verdad. —Por fin levanta la mirada, el tiempo justo para dedicarme la sonrisa más desganada y condescendiente que he visto en mi vida—. Qué cuqui, cariño. Gerente de tienda, ¿eh? ¿Qué será lo siguiente, directora general?

«¿Qué cuqui, cariño?». Tengo veintiocho años, acabo de conseguir un ascenso importantísimo por el que me he matado a trabajar y lo mejor que se le ocurre decir es «¿Qué cuqui, cariño?». Como si no dedicara cincuenta horas semanales a gestionar una tienda con ventas multimillonarias, lo cual incluye tomar decisiones de contratación, tratar con proveedores, supervisar estrategias de prevención de pérdidas y equilibrar las absurdas expectativas de la dirección con la realidad del establecimiento.

Aprieto el vaso con fuerza y la condensación me moja los dedos. Un comentario condescendiente más y me ahogo yo misma en esta agua con gas carísima.

Nuestro camarero se acerca; es un tipo alto con el rostro perfectamente simétrico y una sonrisa que sugiere que le pagan un bonus por coquetear.

—¿Qué les apetece esta noche? —pregunta dirigiéndose a mí, porque, a diferencia de Evan, él sí es consciente de mi presencia.

Justo cuando abro la boca, me llega el olor de un chuletón que pasa por allí y me rugen las tripas.

—Ella tomará el filete a la plancha —contesta Evan al mismo tiempo que le devuelve la carta—. Al punto más. —Desvía la mirada hacia mí, hacia la ligera redondez de los brazos que el vestido deja al descubierto. Luego añade—: Y de acompañamiento solo la ensalada. Sin patatas.

El mensaje es tan claro como las copas de cristal de nuestra mesa. No se me escapa que ahora pide por mí, que mis elecciones alimentarias se han convertido en muestras que él supervisa como mi nutricionista-guardián.

Al punto más, sin patatas. Evan acaba de sentenciar a un perfecto corte de carne a una muerte lenta y trágica, y yo me veo obligada a presenciarla… y a pasar hambre. Me quedo mirando al camarero, rogándole en silencio que plaque a mi novio y me deje soltera. El hombre duda, deja el bolígrafo suspendido en el aire sobre la libreta —supongo que esperando a que proteste—, pero me limito a esbozar una sonrisa forzada y a asentir con la cabeza. Porque ¿de qué coño iba a valer?

El camarero desaparece y Evan y yo nos quedamos a solas, aunque, teniendo en cuenta la atención que me presta, bien podría estar cenando sin compañía. Tiene el teléfono prácticamente soldado a la mano y la pantalla le proyecta un brillo azul apagado sobre los rasgos cuando vuelve a centrarse en ella.

Bebo un sorbo de agua —a ver si así reúno la energía necesaria para que todo esto me importe— y el hielo tintinea contra el vaso. Así son ahora nuestras cenas: nos sentamos juntos sin estar juntos de verdad. Él siempre está medio distraído, medio ocupado, medio en cualquier sitio menos aquí.

No ha sido siempre así. Hubo una época en la que Evan me miraba como si me viera de verdad, en la que se reía de mis chistes en lugar de limitarse a resoplar por la nariz y en la que me sentaba en su regazo en vez de apartarse cuando intentaba tocarlo en público. Una época en la que estaba más delgada, en la que el estrés no me había llevado a atiborrarme de helado en plena noche y a comer pasta para calmar la ansiedad. Antes de que sus expectativas y la implacable presión de mi trabajo comenzaran a marcárseme en el cuerpo, a ablandarme el vientre una vez plano y a redondearme las mejillas.

Me digo que no es más que una mala racha, que todavía me quiere, que solo está estresado. Pero en el fondo sé que esta es la persona en la que se ha convertido.

Lo veo curiosear por Instagram, detenerse un momento en una publicación antes de inclinar la pantalla hacia mí.

—Joder, mírala —dice, y me enseña una foto de una influencer posando frente al espejo de un gimnasio. Tiene los abdominales marcados, una fina película de sudor sobre el vientre increíblemente tonificado—. Lleva un tiempo a tope, dándolo todo.

Lo dice con la voz teñida de un tono de admiración que hace tiempo que no emplea conmigo. Aparto la vista del móvil y el apetito se me reduce a un nudo en el estómago. No dice: «Así deberías estar tú». No le hace falta. El subtexto está claro.

Bajo la mirada y me doy cuenta de que el vestido se me ciñe demasiado a la barriga, de que tengo los muslos demasiado anchos. Siento que la costura se me clava en la cintura, un recordatorio constante del cuerpo que ahora habito. Evan no me considera sexy, no con el aspecto que tengo ahora. Ya lo sabía, lleva meses lanzándome indirectas: tan pronto menciona sin venir a cuento un artículo sobre el ayuno intermitente como me pasa un folleto de un gimnasio desde el otro lado de la encimera. O, como ahora, me muestra a una mujer que sí le parece atractiva con la esperanza de que capte el mensaje.

Dejo el vaso de agua con demasiada fuerza sobre el mantel blanco almidonado. Evan no se da cuenta. Sigue mirando el móvil.

Me fijo en sus dedos de manicura perfecta mientras los desliza por la pantalla y capto el destello de su Rolex bajo la luz del restaurante. Es la viva imagen de la elegancia de un finance bro: traje digno de la Met Gala; cabello rubio peinado hacia atrás sin un solo pelo fuera del sitio; una mandíbula afilada con la que quizá consiguiese un contrato como modelo si alguna vez decidiera jubilarse de descuidar emocionalmente a su novia.

Hace mucho mucho tiempo, este era justo el tipo de novio que quería. Cuando era más joven, tenía una idea muy concreta de cómo era el hombre de mis sueños. Y sí, puede que se parezca a cierta canción de TikTok, pero defiendo que yo tuve la visión antes: trabaja en el mundo financiero (tiene opiniones sobre el mercado de valores, pero eso no define toda su personalidad), es un niño de papá (pero de los humildes), mide más de metro ochenta (por supuesto) y tiene los ojos azules (porque entonces yo era una chica superficial). De alguna manera, contra todo pronóstico, conseguí al neoyorquino del mundo de las finanzas con el que soñaba de adolescente y que no tardó en convertirse en una pesadilla.

Tendría que haberme dado cuenta. Mi madre intentó advertírmelo, pero no por los motivos adecuados. Si me hubiera dicho que era un hombre inaccesible a nivel emocional, condescendiente e igual de cálido que una encimera de mármol, quizá le habría hecho caso. Pero su problema con Evan no tenía nada que ver con quién era como persona, solo con que, después de tres años de noviazgo, todavía no me hubiese pedido que me casara con él.

Tres años esquivando la misma conversación en todas las reuniones familiares, con las mismas preguntas incisivas. Bueno, ¿cuándo te casas? ¿Crees que estará esperando a que tú digas algo? Se te va a pasar el arroz, Isabella.

Mi madre hace que estas pullas suenen inofensivas, pero yo capto el verdadero mensaje que esconden y me doy cuenta cuando me mira con preocupación, como si me estuviera quedando sin tiempo y yo también tuviese que estar preocupada. Veo que no les quita ojo a mis curvas redondeadas, que frunce ligeramente el ceño cuando pido repetir en la cena del domingo. Nunca lo ha dicho, pero se lo veo en los ojos: quizá si adelgazases, por fin te lo pediría.

Mis tres hermanos mayores —Matteo, Luca y Nico— tienen cada uno su propia opinión con respecto a Evan. Nico, el más joven y el menos prudente, no intenta ser sutil. «Puedo pegarle una paliza —dijo una vez, todo serio, mientras nos comíamos la lasaña de mi madre—. Solo tienes que decirme cuándo».

Matteo, el mayor, que finge estar por encima de todo, se limita a negar con la cabeza cada vez que sale el nombre de Evan, como si toda mi relación fuera una decisión vital tan desafortunada que él prefiere ignorarla en silencio. Y Luca directamente no le dirige la palabra cuando están en la misma habitación, lo cual supongo que a él le molestaría si no estuviera demasiado ocupado presumiendo de que «intimida» a mis hermanos.

Finjo que no me importa lo que piensan, pero sé que están en lo cierto. Esta relación no va a ninguna parte. Evan no me quiere como quiero que me quieran, pero sigo con él porque la alternativa significa reconocer que he desperdiciado tres años de mi vida y enfrentarme a la batalla que vendría después. Romper con Evan no sería solo romper con él; significaría darle explicaciones a mi familia, lidiar con los suspiros de preocupación de mi madre, la silenciosa decepción de mi padre y las miradas arrogantes de «te lo dije» de mis hermanos. Significaría darles la razón.

Así que, en lugar de eso, me siento frente a un hombre que apenas me hace caso mientras aparento que esto es suficiente, que yo soy suficiente.

Sin embargo, debajo de todas las razones por las que me digo que no lo dejo, hay una que nunca permito que salga a la superficie, que me pesa en el alma y que nunca he expresado en voz alta. El verdadero motivo por el que sigo con él no es mi familia. Soy yo, es la voz que tengo dentro de la cabeza y que suena igual que Evan cuando nos peleamos, cuando la frustración hace saltar por los aires su fachada perfecta y sus palabras se vuelven crueles.

«¿Crees que vas a encontrar a alguien mejor que yo? A los hombres no les gustan las mujeres como tú, Izzy. No quieren a alguien que no se cuida. Mírate, ya no eres la chica con la que empecé a salir. Podría estar con alguien que me respetara y se esforzara en tener un buen cuerpo, pero estoy contigo. Te elijo a ti».

Esa es la parte que más daño me hace. En algún momento empecé a creerle. Empecé a creerme que, si me marchaba, no solo estaría soltera: estaría sola, porque ¿qué otra persona iba a quererme? Trabajo demasiado, estoy demasiado ocupada, no tengo el cuerpo esbelto por el que los hombres pierden la cabeza ni la belleza natural que atrae las miradas de la gente. Ya no.

Evan me lo recuerda a menudo, siempre en un tono casi razonable, como si solo intentase ayudarme, como si quisiera hacerme mejorar. Y quizá debería querer mejorar. Tal vez tenga razón. Tal vez debería estar agradecida de que alguien como él siga con alguien como yo.

¿Y si es verdad? ¿Y si Evan es lo mejor a lo que puedo aspirar? ¿Y si lo dejo y no me quiere nadie más? ¿Y si esta es mi única oportunidad de no acabar sola?

Da igual, porque no voy a dejarlo. Ya he tomado mi decisión. Lo elijo a él, aunque en el fondo sé que él no me elige a mí. Noto un incipiente dolor de cabeza tensional y gimo para mis adentros. Se supone que esta cena es para celebrar mi ascenso, pero aquí estoy, sintiéndome más pequeña que nunca.

Nuestra comida llega envuelta en un aroma a carne y hierbas chamuscadas. Evan suelta el móvil, pero no levanta la mirada, sino que la alterna entre el teléfono y el plato. Pongo los ojos en blanco, aunque tampoco es que se dé cuenta, e intento probar un bocado del filete, que tiene la textura de un disco de hockey.

Observo con ira la patética ensalada que tengo en el plato: sin aderezo, sin picatostes, sin nada que ayude a disfrutar ni un poquito este castigo disfrazado de cena. Las hojas amargas suponen un triste contraste con la guarnición de patatas perfectamente doradas y crujientes del plato de Evan. Hace tres años compartíamos entrantes, pedíamos postre y nos bebíamos a medias una botella de vino que nos dejaba los labios manchados de púrpura y la risa floja. Ahora me alimenta como a un animal de zoo testarudo.

Me aclaro la garganta y me siento más erguida; la tela del vestido se me ajusta al pecho, decidida a salvar la noche.

—Me he pasado medio día en una reunión operativa sobre el lanzamiento del inventario de temporada. Prevén un aumento del veinte por ciento del tráfico peatonal durante las fiestas, así que tengo que acabar el plan de contratación antes de la semana que viene y asegurarme de que los nuevos empleados estén formados a tiempo.

—Ajá.

Vuelve a toquetear la pantalla.

—Es una pesadilla logística. El equipo de dirección tiene ideas para maximizar las ventas, pero ellos ni siquiera trabajan en la tienda, así que la mitad de ellas no son realistas. Quieren que promocionemos los accesorios de alta gama junto a la caja, lo cual suena muy bien, si no fuera porque las únicas personas que se compran una bufanda de novecientos dólares por impulso son las mismas que no necesitan que les metan por los ojos los productos más caros.

—Ah, claro. —Es evidente que no me está escuchando; se mete un trozo de pan en la boca y pasa de mí por completo. Desde el otro lado de la mesa, me llega el tentador olor a mantequilla. Pasea la mirada por mi plato y se da cuenta de que apenas he tocado la ensalada—. ¿No tienes hambre?

Lo dice de una manera que me pone los pelos de punta, como si quisiera comprobar que estoy siguiendo a rajatabla una dieta de la que nunca hemos hablado ni sobre la que jamás nos hemos puesto de acuerdo.

No me molesto en responder. Echo un vistazo al restaurante y veo que la pareja de al lado está hablando, riendo, interactuando. El tintineo de sus copas al brindar se mezcla con el murmullo suave de su conversación. El hombre se inclina hacia su cita, le acaricia los brazos desnudos con las manos y le lanza una mirada llena de admiración. ¿Cuándo fue la última vez que Evan me miró así? ¿Cuándo fue la última vez que me sentí como algo más que un ruido de fondo en su vida?

Me doy cuenta, con el corazón encogido, de que fue más o menos en la misma época en la que mi cuerpo empezó a cambiar. Como si su afecto incluyera unas restricciones de peso de las que no me habían informado.

Exhalo despacio; noto el sabor amargo de la decepción en la lengua y lo dejo pasar. He aprendido a no replicar, porque entonces él actúa como si estuviera exagerando, como si fuese demasiado sensible y dependiente. Vuelvo a centrarme en mi plato.

Y es en ese momento cuando lo siento: una alteración, como si el aire que me rodea hubiera cambiado. Cuando me doy cuenta, un hormigueo me recorre la espina dorsal de arriba abajo y se me eriza el vello de los brazos. La noto incluso antes de volver la cabeza: esa inconfundible sensación de estar siendo observada.

Despacio, levanto la vista y miro al desconocido que no deja de mirarme desde el otro lado del restaurante. Tiene unos rasgos espectaculares: la mandíbula afilada, el cabello oscuro, los hombros anchos embutidos en una camisa de traje negra. Está sentado cerca de la barra, con una mano posada en el muslo y la otra rodeando un vaso lleno de un líquido de color ámbar con ademán relajado.

Cuando cambia de postura en la silla, algo metálico le brilla en el cuello: unas chapas de identificación que le asoman por debajo de la camisa. Atisbarlas me provoca un escalofrío inesperado. Es militar. El hombre rezuma una autoridad tranquila que de repente cobra todo el sentido del mundo.

Aunque parece sereno, luce una expresión concentrada. No me está mirando de pasada. No está distraído, como muchos de los hombres del local, que medio escuchan a sus respectivas citas mientras miran la hora o revisan sus carteras de acciones.

No. Me está observando de forma deliberada e intensa.

No vacila ni vuelve la cabeza cuando lo miro a los ojos. No se avergüenza de que lo haya pillado. Al contrario, tengo la inquietante sensación de que quiere que sepa que está estudiándome, memorizándome.

Un cosquilleo lento y cálido me sube por los brazos y me pone la piel de gallina a pesar de que en el restaurante no hace nada de frío. Tendría que apartar la mirada, coger la copa de vino, volver a centrarme en Evan y dejar que este momento pase antes de que se convierta en una maraña que no sea capaz de desenredar. Pero no lo hago, porque, por primera vez en toda la noche, siento que me ven. No que reconocen mi presencia, como cuando el camarero ha venido a tomarnos nota, ni que me mira como si acabara de darse cuenta de que estoy aquí en los escasos momentos en los que levanta la vista del móvil. Sino que me ven de verdad.

Y no como Evan me ve ahora, como un cuerpo que le ha fallado, un proyecto que debe arreglarse, algo inferior. Este desconocido me mira sin juzgarme, con una expresión que no denota nada salvo puro y sincero interés. Hacía tanto tiempo que nadie me miraba así que casi había olvidado la sensación que genera.

El momento se prolonga más de lo que debería, así que tenso los dedos alrededor de la servilleta y noto la aspereza de la tela en la piel. La cadena de plata que lleva alrededor del cuello vuelve a reflejar la luz y bajo la vista hacia el hueco que se le forma en la garganta. Con aire distraído, me pregunto qué nombre llevará grabado en esas chapas, qué identidad representan.

El camarero llega con la cuenta y el golpe suave del cuero sobre la mesa rompe la tensión. Cuando vuelvo a mirar al hombre, sigue observándome, pero hay algo nuevo en su expresión. Una especie de comprensión. Una pregunta que no sé cómo responder.

Evan se aclara la garganta mientras lanza la tarjeta de crédito sobre la mesa como si le estuviera haciendo un favor al personal.

—¿Nos vamos?

Su voz me saca de lo que quiera que sea esta extraña neblina en la que me he sumido. Respiro hondo y aprieto los puños contra el mantel mientras dudo.

—Estaba pensando en pedir postre —digo en tono ligero.

No sé por qué; quizá quiera quedarme unos minutos más, echarle otro vistazo al desconocido.

Evan resopla.

—No te hace falta comer postre —dice en un tono que denota cierta diversión, como para que parezca una broma, pero no hasta el punto de disimular lo que quiere decir en realidad. El camarero regresa con el recibo y Evan se guarda la tarjeta en la cartera mientras se dirige hacia la salida—. Vámonos.

Aprieto los labios y saboreo los restos de mi pintalabios rojo; me trago cualquier posible protesta y me fuerzo a asentir con la sonrisa educada y complaciente que sé que mantiene la paz. Tres años dejando que Evan dicte lo que debo comer, cómo debo vestir, cuándo debo hablar. Tres años encogiéndome en todos los sentidos posibles, excepto físicamente.

Dentro del ascensor, el aire parece distinto, estancado y silencioso en comparación con el tintineo suave de los cubiertos y con las conversaciones apagadas de la sala del restaurante. Evan se sitúa un paso por delante de mí y continúa mirando el móvil, como si esto no fuera más que otra transacción que se ve obligado a completar. No se da cuenta de que todavía no he pulsado el botón, de que sigo teniendo los dedos suspendidos sobre el panel, paralizados por razones que no sé explicar.

Y entonces, sin poder contenerme, levanto la vista y le lanzo una última mirada al hombre de la barra.

Las puertas comienzan a cerrarse solas, se sellan con un golpe suave y me dejan contemplando mi reflejo. Tengo el pulso más acelerado de lo que debería, me retumba en los oídos. Noto la piel más caliente que hace un segundo, ruborizada por un calor que no consigo explicar.

El desconocido seguía mirándome.

Y, en algún profundo recodo de una parte de mí cuya existencia no quiero reconocer, creo que quería que siguiera mirándome.

2

SI NO ES ASUNTO MÍO, LO HAGO MÍO

Callahan Knight

La mujer del vestido negro no encaja en este sitio.

No del mismo modo que el resto de la gente. No como su novio —si es que el hombre narcisista y distraído que tiene sentado enfrente merece ese nombre—, que se desenvuelve en este carísimo asador con la misma naturalidad que si hubiera nacido con un traje a medida en una sala de juntas. Ella no, ella es una contradicción con respecto a todo lo que la rodea. Una presencia genuina, auténtica y poco común que no se ajusta al brillo pulido y sin alma de este entorno.

Me percato de su incomodidad en cuanto la veo. Me fijo en cómo aprieta los labios cada vez que el hombre que tiene enfrente abre la boca, como si estuviera mordiéndose la lengua para no discutir. No entiendo por qué me quedo mirándola. Quizá por hacer algo mientras espero. Quizá porque siempre he tenido un don para ver lo que se oculta debajo de la superficie.

O quizá porque, por primera vez en mucho tiempo, he encontrado a una mujer de la que no quiero apartar la mirada. Posee una belleza que no resulta obvia a primera vista. No es de esas que te dejan sin aliento en cuanto las ves, sino de las que, cuanto más las miras, más se ven, de las que se te meten bajo la piel y echan raíces.

Lleva el cabello oscuro y espeso algo despeinado, como si se hubiera pasado los dedos por él demasiadas veces camino del restaurante. Tiene unos enormes ojos marrones, expresivos a pesar de que intenta controlarlos, y los labios carnosos. Mantiene la boca fruncida, pero algo me dice que, cuando sonríe, la cara se le transforma por completo.

Es una mujer con curvas, redondeada y suave en los lugares más convenientes, pero me doy cuenta de que ella no opina lo mismo. Se lo noto en la forma en la que se tira de la tela del vestido donde le abraza las caderas. Se encoge sin darse cuenta. Pero no debería, porque, desde donde estoy sentado, es imposible ignorarla.

Bebo un sorbo lento de whisky y el calor me recorre la lengua al mismo tiempo que ella levanta su copa y se la acerca a la boca lo justo para que el rojo de su carmín se refleje en el borde. El hielo tintinea con suavidad contra el cristal. Duda antes de beber, solo un segundo. Como si su mente estuviera en otro sitio. En un lugar muy lejos de aquí.

No es asunto mío. No existe ni una sola razón por la que deba importarme lo que sea que esté ocurriendo en esa mesa. Pero una ira helada me invade las entrañas cuando el tío que tiene enfrente le enseña algo en el móvil y veo que ella vuelve la cara, que se le tensan los hombros, que agarra la servilleta como si estuviera luchando contra el impulso de tirarla.

Conozco esa mirada.

La he visto antes.

No en un restaurante como este, con su madera pulida y su iluminación tenue, sino en lugares en los que se supone que la gente no debe mostrar emociones; donde te enseñan a mantener el rostro impasible por muy mal que se pongan las cosas. Reconozco lo que está haciendo, lo que sucede detrás de sus ojos. Se lo está tragando. Está encajando el golpe.

Me pregunto cuántos habrá encajado antes de este.

Se levanta cuando él lo hace, aunque moviéndose un poco más despacio, como si se estuviera preparando para lo que sea que venga a continuación. Él no la espera, deja de prestarle atención en cuanto paga la cuenta. Ella lo sigue hacia el ascensor caminando con los brazos cruzados sobre el estómago, como si intentara esconderse.

Los observo mientras entran y las elegantes puertas metálicas se cierran tras ellos. Él continúa mirando el teléfono, como si apenas supiera que la chica está allí. Ella lo mira una vez y entreabre los labios, como si fuera a decirle algo, pero no lo hace.

Al contrario, vuelve la vista atrás.

Y, justo antes de que las puertas terminen de cerrarse, me mira a los ojos a través de la estrecha rendija.

Vacila.

Luego desaparece.

Exhalo despacio mientras aprieto el peso frío del vaso. El hielo se mueve, se derrite bajo el calor de mi mano.

Una vez que se cierran las puertas del ascensor, pasa un tiempo hasta que al fin aparece la razón por la que estoy aquí. Un hombre de unos cincuenta y cinco años se acerca a la barra y centro la atención en él. Lleva un traje azul marino, de esos que cuestan tanto como mi última instalación de seguridad, y el pelo perfectamente peinado hacia atrás a lo «ejecutivo accesible», ese estilo que tanto les gusta a los tíos del mundo empresarial. Una colonia cara anuncia su llegada antes que él.

—Callahan.

Me levanto y le estrecho la mano.

—Señor Reyes.

—Llámame Tom —dice mientras se acomoda en el asiento que tengo enfrente—. Me alegro de que hayamos podido invitarte a tomar algo antes de tu inicio oficial de mañana. Bienvenido a bordo.

Asiento con la cabeza y espero mientras él llama al camarero; pide un whisky y se recuesta contra el respaldo con la comodidad y la soltura de quien se cree la persona más importante de la sala.

—Vas a incorporarte a la empresa en un momento complicado —dice mientras niega con la cabeza—. Los robos han aumentado, el personal no da abasto y la dirección espera milagros con un presupuesto reducido. Espero que te gusten los retos.

—No me asustan los retos.

Se le curva la boca en una sonrisa de aprobación.

—Esa es nuestra esperanza —dice—. El último tipo no fue capaz de manejar la situación. La tienda es demasiado notoria: muchos clientes vip, mucha gente buscando una forma rápida de ganar dinero. No se trata de adolescentes que roban brillos de labios. Están organizados y necesitamos a alguien que sepa cómo afrontarlo.

He lidiado con cosas peores. No lo digo, pero es la verdad.

Le da un sorbo a su bebida antes de señalar hacia el comedor.

—Me he cruzado con tu nueva gerente de tienda al subir. Isabella Russo. Es joven, pero inteligente. La empresa tiene grandes esperanzas puestas en ella.

Isabella.

Repito el nombre mentalmente, lo examino a la luz de lo que ya sé sobre ella, que no es mucho. Solo que no le gusta la comida de este sitio. Que se ha pasado toda la noche toqueteando la servilleta. Que se ha pasado toda la cena sin apenas abrir la boca mientras el chico con el que estaba la ignoraba por completo.

Apuro el whisky que me queda y el licor me traza un camino de fuego en la garganta.

—La conoceré mañana.

Tom asiente.

—Bien. Tendréis que trabajar codo a codo. Asegúrate de que no te complica la vida. Estas gerentes de tienda pueden ponerse un poco… tiquismiquis.

No respondo, porque ya sé cómo funcionan estas cosas. Los tipos como Tom creen que siempre lo saben todo respecto a cualquier situación. No es cierto.

Paso el resto de la cena escuchando su descripción del trabajo, sus preocupaciones en cuanto a la seguridad, la verdadera razón por la que querían contratar a alguien con mi experiencia. Le digo lo que quiere oír, le estrecho la mano cuando nos despedimos y me voy a casa.

Mi apartamento no tiene nada de especial. Un dormitorio, las paredes vacías, un sitio para dormir y nada más. Nunca le he encontrado lógica a intentar sentirme como en casa en un lugar en el que ni siquiera sé si seguiré viviendo dentro de un año.

Es una costumbre de la que no he conseguido librarme desde que salí. El ejército sabe cómo grabarte a fuego para siempre la naturaleza efímera de las cosas: traslados constantes, despliegues temporales, nunca te quedas en un lugar el tiempo necesario para que empiece a formar parte de ti. Me pasé casi una década viviendo con lo que cabe en un macuto, durmiendo en barracones, en tiendas de campaña y, a veces, en el primer puñetero sitio en el que encontrara refugio.

Aprendes a vivir sin apegos.

O, al menos, eso es lo que te dices.

Me quito las botas empujándolas con los pies; suelto las llaves sobre la encimera, las cuales emiten un ruido metálico, y me siento ante el portátil. El rumor lejano del tráfico de la ciudad se cuela por las ventanas, una nana urbana y constante a la que he aprendido a no prestar atención.

Me digo que solo lo hago para ir adelantando. Que es normal investigar a las personas con las que voy a trabajar. Que es un gesto inteligente.

Pero, mientras tecleo su nombre en la barra de búsqueda, ya sé que todo eso es mentira.

Lo primero que me aparece es su perfil de LinkedIn: la típica foto profesional, un resumen limpio de su vida laboral. Gerente de tienda en unos grandes almacenes exclusivos, un ascenso rápido, una trayectoria profesional sólida.

Lo siguiente es su Instagram. Al principio es bastante inofensivo, relacionado sobre todo con el trabajo. Moda, lanzamientos de productos, eventos para empleados. Pero, cuanto más retrocedo, más personal se vuelve. Una foto de ella en un bar de una azotea, riéndose con la cabeza echada hacia atrás. Una publicación de hace tres años en la que aparece con su familia: tres hermanos y unos padres que parecen recién sacados de una película italiana antigua.

No sé qué se siente al tener una familia así.

De la mía solo queda mi padre, y últimamente hasta eso parece una formalidad más que cualquier otra cosa.

Sigue en Pensilvania, todavía en la misma casa en la que me crie. Hablamos, pero no tan a menudo como deberíamos. Hace casi un año que no lo veo. Pensé en visitarlo hace unos meses, pero fui posponiéndolo. Me convencí de que el trabajo me lo impedía, pero la verdad es que no se me da bien estar a su lado. Nunca se me ha dado bien.

Debería llamarlo.

La idea se repliega hacia algún rincón de mi mente mientras sigo estudiando sus publicaciones.

Al final encuentro lo que en realidad estoy buscando. Una única foto de Izzy con el chico del restaurante. Es de hace tres años. No está etiquetado, pero no me cuesta encontrar su nombre: Evan.

No tengo que indagar mucho. Es uno de esos tipos que hacen que encontrarlos sea fácil: perfil público, fotos cuidadas, todo confianza superficial. Al parecer, trabaja en el mundo de las finanzas, es el tipo de hombre al que esperarías ver en ese restaurante: todo líneas puras y costumbres ostentosas. Todas las fotos son iguales: él con trajes caros, selfis en las que muestra sus logros en el gimnasio, cenas de lujo en las que etiqueta al restaurante como si formara parte de su marca personal.

Echo un vistazo a los pies de foto, a los comentarios. Sus amigos lo alaban y las mujeres le dejan el tipo de emojis que me dicen todo lo que necesito saber sobre él.

Luego vuelvo al perfil de la chica.

Reviso las publicaciones del último año. No hay fotos de Evan. No hay cenas en las que lo etiquete, no hay felicitaciones de aniversario. Si no acabara de verlos marcharse juntos, daría por hecho que está soltera.

Eso me revela algo.

Como el hecho de que esté aquí sentado, haciendo esto.

Cierro el portátil, me froto la barba incipiente y me recuesto en la silla; oigo de fondo el zumbido del frigorífico y las voces apagadas de la televisión de mi vecino a través de la pared.

Esto no es propio de mí. Yo no me meto en este tipo de líos.

No me importa la vida personal de la gente: ni lo que hacen cuando salen de trabajar ni la forma en la que una mujer que ni siquiera conozco mira a un hombre, como si esperase que él la viera, aunque sepa que no va a pasar.

Al menos me digo que no me importa.

Pero es mentira, ¿no? Porque sé muy bien cómo te hace sentir esa mirada.

La vi en el espejo una vez.

Se suponía que entonces tampoco me importaba. El objetivo de un soldado era cargar solo con lo necesario, y eso excluía las emociones. Viajas ligero. No haces promesas que no puedes cumplir, no te permites acomodarte demasiado, no esperas que nada te dé la bienvenida cuando llegas a casa.

Yo rompí esa regla.

Estaba de misión cuando recibí el correo electrónico. Era breve, aséptico. No ofrecía explicaciones, tampoco una disculpa sincera. Solo constataba un hecho. Ella había pasado página. Iba a casarse.

Y lo más inesperado… Cuando volví a plantar las botas en suelo estadounidense, no estaba solo casada. Estaba embarazada.

De trillizos.

Y eso significaba que no habían empezado a ser pareja después de nuestra ruptura, sino que ya estaban juntos mientras ella seguía diciéndome que me quería. Cuando aún estábamos comprometidos.

Debería haberlo visto venir. Se frustraba por lo mucho que debía ausentarme, por lo poco que podía darle, más allá de las llamadas telefónicas y las cartas. Ella quería estabilidad, alguien que estuviera a su lado de una manera en la que yo no podía. Me acostumbré a decirme que era justo. Que no podía culparla por elegir a otra persona.

Pero eso no impidió que la traición se me quedara alojada en el pecho como una bala que nunca han llegado a extraerme.

Después de eso aprendí la lección.

No hay que confiar en algo que pueden arrebatarte cuando estás en la otra punta del mundo. No hay que confiar en las personas.

Por esa razón, esto —esta obsesión por una mujer desconocida que se está gestando en mi cabeza— no está bien.

No conozco a Isabella Russo.

No tiene nada que ver conmigo.

Entonces ¿por qué cojones soy incapaz de dejar de pensar en ella?

Exhalo con brusquedad y me froto la cara. Tengo que dormir. Tengo que llamar a mi padre. Tengo que dejar de pensar en una mujer en la que ni siquiera tengo derecho a pensar.

Pero, en lugar de eso, permanezco sentado en la quietud de mi apartamento, con el tictac del reloj de pared marcando el paso del tiempo, y me pregunto si ella estará mirando al techo, como yo ahora.

Me pregunto si, en este preciso instante, estará despierta pensando en mí del mismo modo en el que yo estoy pensando en ella.

3

SI ELLA CAE, YO SOY EL SUELO

Cal

Monarch es más grande de lo que esperaba.

Sabía que era un establecimiento de lujo, que los clientes serían de los que no miran la etiqueta del precio antes de pagar con una tarjeta negra, pero, aun así, me sorprende que el lugar sea una fortaleza oculta bajo un envoltorio de diseño. Hay vitrinas de cristal llenas de joyas que valen más que mi coche, bolsos expuestos como si fueran piezas de museo, percheros con ropa organizados como una exposición en una galería. Demasiado dinero, demasiadas piezas móviles y muy poca seguridad.

Por eso estoy aquí.

Llego temprano, vestido con unos pantalones tácticos negros y una camisa ajustada: profesional pero funcional. Dedico un buen rato a recorrer toda la tienda antes de que abra, observo a los empleados mientras montan los expositores, me fijo en las cámaras, trazando en mi cabeza el mapa de los puntos de entrada y salida. El flujo de aire constante de los conductos de ventilación circula por el espacio y se mezcla con el leve repiquetear de las perchas y el suave golpeteo de los zapatos sobre los suelos pulidos. La gente se percata de mi presencia. Algunos me saludan con la cabeza; otros me miran y siguen adelante.

Me da igual. No he venido aquí a hacer amigos.

Establezco el primer contacto con el equipo de seguridad: repaso sus protocolos actuales, evalúo los puntos débiles. Algunos llevan aquí años; otros, solo unos meses. La mayoría están acostumbrados a manejar los casos habituales: hurtos, algún que otro vip borracho, la desaparición ocasional de un bolso durante una venta privada. Para lo que no están preparados es para el crimen organizado en comercios: robos a nivel profesional y personas que saben cómo manipular a la perfección los puntos ciegos de su sistema.

Y, por lo que he visto en los informes iniciales, eso es justo lo que está ocurriendo.

Estoy revisando una lista de incidentes cuando oigo que me llaman.

—Callahan. —Tom Reyes, mi contacto de anoche, me da una palmada en el hombro—. Ven a conocer a la gerente de la tienda.

Ya sé quién es.

Lo sabía antes de poner un solo pie en esta tienda, incluso antes de que mi nombre figurara en la lista de empleados.

Aun así, cuando me doy la vuelta y por fin la veo de cerca a la luz del día, siento que me afecta.

Esta mañana está distinta. Más serena. Luce una chaqueta entallada que le realza las curvas sin que parezca que presume de ellas. Sus elegantes tacones resuenan contra el mármol a cada paso que da; las ondas sueltas que se ha hecho en el pelo parecen intencionadas, no accidentales. Lleva una tableta apoyada en un brazo y, con la mano libre, revisa los turnos de los diferentes empleados con una desenvoltura experta. Ahora, irradia confianza, no tiene nada que ver con la mujer que vi anoche, pequeña y callada bajo la mirada escrutadora de su novio. Aquí, en su mundo, no se encoge. Es la dueña del lugar.

No tengo claro si me reconocerá.

No reacciona, al menos no de forma evidente. Pero, cuando levanta la vista y nos miramos a los ojos, obtengo mi respuesta. Un silencio antes de recomponerse, antes de que esa profesionalidad experimentada vuelva a ocupar su lugar.

—Callahan, esta es Isabella Russo, la gerente de nuestra tienda —dice Reyes.

Me dedica una sonrisa cortés y formal.

—Encantada de conocerte.

Le estrecho la mano. La noto cálida. Firme.

—Lo mismo digo.

Aprieta los labios hasta formar una línea fina que no es una sonrisa, pero tampoco una mueca de desdén. Profesional. Distante. Señala a Reyes con la cabeza.

—Tom ya me había dicho que te incorporarías hoy. ¿Te ha dado tiempo a revisar el sistema de seguridad?

Niego con la cabeza.

—Todavía no. Antes quería echarle un vistazo a la tienda.

Hace un gesto de asentimiento y se mete la tableta bajo el brazo.

—Bien. Sé que ya te han puesto al corriente desde dirección, pero seré franca. Nos falta personal en el área de prevención de pérdidas. Trabajamos con clientes de alto nivel, con productos de alto riesgo y con expectativas empresariales que no siempre se ajustan a la realidad. Necesito saber si puedo confiar en ti.

No parpadeo.

—Puedes confiar en mí.

Me estudia.

Reyes carraspea y rompe el silencio.

—Callahan tiene mucha experiencia. Estuvo en el ejército y después trabajó en empresas de vigilancia privada de alto nivel. Acabará con los problemas de seguridad.

Isabella vuelve a mirarme.

—¿En el ejército?

Asiento.

—Diez años.

No contesta, acepta la respuesta sin entremeterse. Pero luego, al cabo de unos segundos, ladea ligeramente la cabeza.

—Tengo entendido que también tienes experiencia en ciberseguridad.

Me quedo mirándola mientras me debato respecto a cuánto decir.

—Así es.

—¿Hasta dónde llegan tus conocimientos? —pregunta con la voz teñida de curiosidad al mismo tiempo que se cruza de brazos—. No lidiamos solo con los típicos robos de cojo algo y salgo corriendo. Fraudes de alto nivel, hurtos internos, incluso estafas digitales: clientes que intentan cancelar el pago de productos que han comprado con tarjeta. Necesito saber si, como trabajador de seguridad, eres de los que solo saben manejar amenazas físicas o si también ves las que ocurren entre bastidores.

Es lista. Más de lo que Reyes se imagina.

—Veo todas las amenazas —me limito a decir.

Se le crispan los labios, como si no supiera si creerme.

—¿Todas las amenazas?

Asiento.

—Si hay una forma de entrar, la encuentro. Si hay un punto ciego, lo cubro. Y, si alguien se cree capaz de burlar el sistema, no llegará muy lejos.

Me examina como si estuviera tratando de decidir si solo estoy diciendo lo que quiere oír.

—Todas las tiendas en las que he trabajado han registrado un cambio significativo en sus cifras al cabo de los primeros tres meses —añado—. Tienes ladrones entrando por la puerta que ni siquiera son conscientes de que yo ya sé quiénes son.

Golpetea la tableta suavemente con los dedos.

—No existe nadie tan bueno.

Los labios se me curvan en una sonrisa discreta y divertida.

—Ni uno solo de los ladrones a los que he perseguido ha conseguido escapar. Si hubieran sido más listos, ni siquiera me habría dado cuenta de que estaban robando.

Deja escapar un resoplido breve, puede que una mezcla de diversión y respeto reticente, y luego asiente.

—Ya veremos.

No es un desafío, pero se parece.

Me gusta.

—Tu horario será igual al mío las primeras semanas —continúa—. Eso significa que trabajarás a primera hora de la mañana, a última hora de la tarde y los fines de semana. ¿Estás de acuerdo?

—Estoy acostumbrado a cosas peores.

—Bien —dice de nuevo, y lo hace en un tono directo y eficiente que me gusta.

No malgasta las palabras. No hace preguntas cuyas respuestas no necesita saber.

Repasamos el resto de los detalles logísticos. Los protocolos de seguridad existentes, cómo gestiona los incidentes el área de prevención de pérdidas, dónde se han producido los mayores problemas. Habla sin rodeos y va al grano, y enseguida noto que está acostumbrada a gestionar a personas que no la escuchan.

Yo sí la escucho.

Respondo a sus preguntas, soy conciso en las respuestas, me fijo en cómo absorbe cada detalle, en que no tarda ni un segundo en empezar a pensar en soluciones.

No hace ninguna referencia a lo de anoche.

No menciona cómo nos miramos en el restaurante ni que dudó antes de entrar en el ascensor.

Quizá no lo recuerde.

Pero entonces, justo antes de que Reyes dé por terminada la conversación, me mira de nuevo.

Solo un segundo de más.

Lo justo para que vea cómo le cambia la respiración.

Sí lo recuerda.

Solo está fingiendo lo contrario.

No sé si eso me gusta o no.

El día pasa rápido, un torbellino de reuniones, comprobaciones del sistema y presentaciones de las que apenas recuerdo nada más que lo que necesito saber. Estrecho manos; saludo a personas de las que lo más probable es que me haya olvidado al final del turno; me ponen al tanto de unas políticas de seguridad que, en el mejor de los casos, están incompletas y, en el peor, son totalmente inútiles. Me paso la mayor parte de la mañana haciendo lo que mejor sé hacer: observar.

Observo al personal, descubro sus patrones, sus fortalezas, sus debilidades. Hay empleados veteranos que conocen a la clientela, que ponen voz suave y persuasiva cuando cierran una venta. Hay trabajadores más nuevos, entusiastas pero un poco abrumados. Y luego está ella.

Isabella está en todas partes.

La veo mil veces a lo largo del día saltando de un departamento a otro, alternando entre la firmeza y la calidez dependiendo de lo que requiera la situación. Tan pronto está explicándole a uno de los nuevos empleados cómo cerrar una venta de lujo —asegurándose de que ofrece los productos más caros sin presionar demasiado— como se pone a atender por teléfono a un proveedor molesto para explicarle un retraso de última hora.

Se mueve como si fuera la única persona que impide que este lugar se derrumbe. Y tal vez lo sea.

Lo que más me sorprende no es su eficiencia: eso ya me lo esperaba. Es el respeto que le muestra la gente. El hecho de que los empleados bajen la voz cuando habla, la atención con la que la escuchan. He trabajado en muchos sitios donde los jefes de tienda o bien actúan como dictadores, o bien se dejan pisotear por completo. Isabella no hace ni una cosa ni la otra. Controla hasta el último elemento de esta tienda y lo sabe muy bien.

Lo que no sé es si alguien más se da cuenta de todo lo que hace.

Si alguien la ve de verdad.

Si ese imbécil que tiene por novio la ve.

La idea me irrita más de lo que debería, pero la aparto a un lado y me concentro en el trabajo.

Me siento en la sala de vigilancia para fijarme en el ciclo que siguen los monitores que muestran diferentes ángulos de la tienda mientras tamborileo distraídamente el escritorio con los dedos. La mayor parte del día ha transcurrido sin incidentes. Algunos intentos menores de hurto, nada organizado, sin técnicas profesionales.

Vuelvo a concentrarme en ella.

Está de pie en la sala de personal shopping, cerca de uno de esos sillones orejeros que parecen más apropiados para un salón de fumadores que para unos grandes almacenes. Frente a ella, sentado cómodamente, hay un hombre de unos cuarenta y cinco años cuyo traje azul marino hecho a medida no consigue ocultar su naturaleza sórdida. Se arrellana en el sillón y remueve con aire perezoso la bebida que sostiene en la mano. Es la mismísima encarnación del divorciado que ha expoliado el fondo fiduciario en el acuerdo y que luce un Rolex que no se ha ganado. No necesito que abra la boca para saberlo todo sobre él.

Es un cliente habitual. Alguien acostumbrado a conseguir lo que quiere.

Cambio a la cámara que tiene mejor audio y subo el volumen lo justo para oír la conversación.

—Sí, he pedido hablar con la gerente de la tienda —continúa el hombre con voz lenta y tranquila, como si tuviera todo el tiempo del mundo—. Esa eres tú, ¿no?

Isabella no duda, no frunce el ceño ni cambia de postura como si estuviera desconcertada. Se limita a asentir con la cabeza manteniendo una expresión neutra en la cara.

—Sí, pero mi compañero, Daniel, es el experto en esta colección. Colabora de forma estrecha con los diseñadores y…

—Preferiría trabajar con usted —la interrumpe él, y una sonrisa burlona le deforma los rasgos, como si se tratara de una broma privada entre ellos—. Si no te importa.

Sí le importa, se lo noto.

No lo demuestra de forma clara, pero percibo que aprieta un poco la tableta que tiene en las manos antes de dejar escapar una exhalación silenciosa y controlada.

—Estaré encantada de ayudarlo —dice sin alterarse. Luego, le lanza una breve mirada a Daniel antes de volver a centrar toda su atención en el cliente—. ¿Qué tipo de corte está buscando?

Sé lo que está haciendo. Encauzando la conversación. Intentando redirigirla. Pero también sé muy bien qué tipo de persona es él y sé que lo está disfrutando.

Daniel, el compañero al que ha intentado derivarle el cliente, está a apenas unos pasos de distancia, claramente indeciso. Mira a Isabella una vez, como si estuviera esperando a que le hiciera una señal para intervenir, pero ella no hace ningún gesto.

Porque sabe que no puede.

Al menos, no sin empeorar las cosas.

El cliente tararea y por fin mira los trajes como si de verdad le importaran algo.

—Un corte clásico, pero no aburrido. Tengo un evento y he de estar guapo. Aunque no es que no lo esté siempre.

Isabella sonríe lo justo para ser educada.

—Por supuesto.

Aprieto los dientes.

Está jugando con ella.

Ella lo sabe. Yo lo sé.

Y ninguno de los dos puede hacer una mierda al respecto.

—Esta colección es preciosa —dice Isabella con diplomacia al mismo tiempo que señala los trajes de diseño que cuelgan del reposabrazos—. La nueva temporada llegó la semana pasada. Será uno de los primeros en probarla.

—Ajá —farfulla el hombre, que vuelve a centrar toda su atención en ella. Demasiado.

Isabella no cambia de postura, no retrocede. Mantiene su posición: los hombros cuadrados, la expresión neutra. Ya ha pasado por esto.

—Debo decir —continúa el hombre en tono informal, como si fueran viejos amigos compartiendo una broma privada— que el servicio al cliente de esta tienda es excepcional.

—Me alegra que piense así —le contesta, manteniendo la profesionalidad; sin embargo, hace un gesto que delata su incomodidad: se ajusta las mangas de la chaqueta y baja la mirada.

—Lo digo en serio —insiste el cliente, que deja la copa sobre la mesita auxiliar de mármol—. Aquí siempre me siento… cuidado.

Ahí está. El cambio.

Lo noto en la alteración de la postura del hombre: en la sutil inclinación hacia delante, en cómo le recorre el rostro con la mirada y la baja un instante antes de volver a clavársela en los ojos. Está evaluando la reacción de Isabella, tanteando hasta dónde le va a permitir llegar.

Ella no cede ni un centímetro.

—La satisfacción del cliente es una de nuestras máximas prioridades —dice ella con la voz firme.

—Me alegra oír eso. Siempre agradezco sentirme satisfecho.

Es sutil. Un trato solo un pelín demasiado familiar, un pelín demasiado cómodo.

Y suficiente para que aferre con fuerza el reposabrazos de la silla.

Isabella se mueve un poco, abraza la tableta contra el pecho para crear una barrera entre ellos.

—¿Quiere que se los encargue? Creo que ya tenemos las medidas anotadas en su ficha.

El hombre la mira un instante de más.

—Un servicio al cliente excelente, como siempre. Por eso pido que me atiendas tú en concreto.

Se levanta, se lleva una mano al bolsillo para sacar una tarjeta negra y se la entrega con la misma indiferencia perezosa y confiada que todos los hombres que se consideran intocables.

Ella la coge y asiente con la cabeza.

—Haré la transacción ahora mismo.

Él aferra la tarjeta un segundo más de lo debido antes de soltarla al fin.

No me gusta.

No solo él, sino nada del intercambio tácito.

No me gusta que Isabella haya tenido que esquivarlo en lugar de rechazarlo. No me gusta que haya tenido que ser cautelosa porque él tenía la libertad de hacer lo que le saliera de las narices.

Y, desde luego, no me gusta saber que esta no es la primera vez que ella ha tenido que enfrentarse a ello.

La venta concluye enseguida. Ella le entrega el recibo, le agradece su compra y espera a que se marche antes de exhalar un suspiro lento y mesurado. No está frustrada. No está nerviosa. Solo cansada.

Reviso el resto de las cámaras para seguir al hombre hasta la salida. Una vez fuera, se ajusta los puños de la camisa y se introduce en el asiento trasero de un coche negro que lo espera en la acera.

Anoto la matrícula.

Por si acaso.

Me echo hacia atrás y flexiono los dedos para tratar de liberar la tensión de las manos. Esto no es asunto mío.

Pero no me gusta que sea asunto de ella. Y me gusta aún menos saber que seguro que mañana tiene que volver a lidiar con hombres como él.

Y también al día siguiente.

Y al siguiente.

Apago los monitores, me aparto del escritorio y voy a ver cómo está.

4

UN DÍA MÁS EN EL PATRIARCADO

Izzy

Cuando vuelvo a mi despacho, me duele la cara de contener todas las réplicas y malas contestaciones que quería lanzarle a ese hombre. Tengo las mejillas agarrotadas por culpa de la sonrisa forzada.

Cierro la puerta con más fuerza de la necesaria, suelto la tableta sobre el escritorio y planto las manos en el tablero. Cierro los ojos y respiro mientras dejo que la quietud de mi despacho me cale por dentro. Es la primera vez en todo el día que estoy en verdadero silencio.

Inspiro.

No es nada nuevo. No es la primera vez que lidio con algo así. Hay hombres de este tipo en todas las tiendas de lujo, en todas las ciudades, en todas las industrias, y tienen dinero y poder y el delirio de que, como pueden comprar productos caros, también pueden comprar a las personas.

No debería afectarme y, por lo general, no lo hace. A lo largo de los años he ido desarrollando una coraza profesional: una sonrisa educada que no me llega a los ojos, un tono que se mantiene en el límite de la cordialidad. Pero, hoy, la insistencia de ese tío en que lo atendiera yo, esa forma de recorrerme con la mirada, demorándose siempre un segundo de más, me eriza la piel con tal intensidad que no soy capaz de ignorarlo.

Me aparto con brusquedad del escritorio y me dirijo a toda prisa a la mininevera que hay en un rincón de mi despacho, la cual, según el equipo de dirección, en teoría está reservada a almacenar bebidas gratuitas para las citas con clientes vip, pero que en realidad se ha convertido en mi refugio personal. Abro la puerta y el aire frío me golpea la cara mientras cojo una lata de Coca-Cola Zero de mi alijo de emergencia.

Noto el aluminio frío en la palma de la mano al tirar de la lengüeta, que se abre con un siseo satisfactorio. Bebo un trago largo, disfruto del gas burbujeándome en la lengua y, mientras relajo los hombros por primera vez en todo el día, me apoyo en el escritorio. La tensión que siento en el cuello comienza a disiparse cuando cierro los ojos.

El momento dura cinco segundos de reloj antes de que la puerta se abra de golpe.

—Vale, ¿qué cojones ha sido eso?

Amanda avanza por el pasillo con paso firme y tacones de aguja, con los ojos entornados en una expresión de chica sexy en modo ataque. La melena rubia se le balancea a la espalda con cada uno de esos movimientos decididos.

Amanda Bennett no es solo mi subgerente, también es mi amiga. Mi amiga rubia y atrevida a más no poder que no le aguanta ni una sola gilipollez a nadie. La que se divorció del inútil de su marido a los veintidós años, recuperó su independencia y ahora trata a los hombres como si fueran bolsos caros: se divierte teniéndolos, los reemplaza con facilidad y nunca le merece la pena conformarse solo con uno.

Se detiene delante de mi escritorio y se cruza de brazos a la espera de una respuesta. Se tamborilea el antebrazo con las uñas de manicura perfecta en señal de impaciencia.

Bebo otro sorbo de refresco y el líquido frío me calma la garganta.

—¿A qué parte te refieres?

—A la parte en la que míster Manos Largas de Wall Street ha pedido que lo atendieras tú en persona como si fueras una especie de prostituta de lujo —dice con las cejas arqueadas—. Y no me digas que no te has dado cuenta, porque he estado a tres segundos de entrar en tropel en ese probador y rescatarte yo misma.

Gruño y me froto las sienes, donde empiezo a sentir el leve preludio de una jaqueca.

—No ha sido nada.

—Sí, ha sido asqueroso.

—Forma parte del trabajo.

Amanda deja escapar una risa arisca cuyo eco retumba en mi pequeño despacho.

—No. Tu trabajo consiste en venderles bolsos carísimos a personas que no los necesitan, no en coquetear con hombres que no saben captar una indirecta.

Me pellizco el puente de la nariz mientras siento que la tensión vuelve a apoderarse de mí.

—No estaba coqueteando.

—Estabas ahí, existiendo, y eso ha sido suficiente para él. —Se sienta en el borde de mi escritorio y sacude la cabeza para echarse el pelo hacia atrás. El sol de última hora de la tarde que entra a través de la ventana se le refleja en las mechas rubias y onduladas—. Y, hablando de existir, ¿podemos hablar de nuestro nuevo jefe de seguridad? Porque hostia puta.

Ya sé adónde va a ir a parar esto, así que pongo los ojos en blanco. La condensación fría de la lata me resbala por los dedos cuando los cambio de postura.

—Amanda…

—No, no, déjame decirlo, Izzy. Ese hombre es un delito andante en el mejor sentido posible de la palabra.

Reprimo una carcajada y el refresco me burbujea en la nariz.

—Por favor, explícate.

Los ojos le brillan de picardía.

—Sabes muy bien a qué me refiero. Ese rollito melancólico, peligroso, en plan «moriría por ti». Los antebrazos. La mandíbula. El hecho de que, aunque tenga pinta de que basta un mal día para que cometa un delito, jamás permitiría que abrieras una puerta tú sola.

Niego con la cabeza y me acerco la lata a la boca para ocultar la sonrisa que amenaza con curvármela.

—Necesitas ayuda.

—No, necesito que ese hombre me clave a la pared y me interrogue sobre lo que le dé la real gana.

Me atraganto y estoy a punto de convertirme en un aspersor de Coca-Cola Zero. El gas me arde en la nariz mientras toso y se me llenan los ojos de lágrimas.

Amanda se parte de risa, a todas luces satisfecha consigo misma, y sus carcajadas me resultan contagiosas a pesar de la vergüenza.

—Dime que no tengo razón.

Agito la mano arriba y abajo, aún sin dejar de toser.

—No pienso tener esta conversación.

Se inclina hacia mí y una sonrisa traviesa le tensa las comisuras de los labios.

—No pasa nada. Ya la tendré con él.

Gruño y dejo la lata sobre el escritorio con un golpe suave.

—Amanda.

—¿Qué? Está bueno. Y lo sabes.

Sí, lo sé, y ese es el problema. No quiero pensar en su forma de mirarme en aquel restaurante. En cómo me clavó los ojos, sin pestañear, como si viera a través de mí. No quiero recordar lo que he sentido cuando Callahan me ha estrechado la mano con firmeza y calidez, igual que si estuvie

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