El París de los sueños dormidos

Noemí Quesada

Fragmento

Nota de autora

Nota de autora

Escribí esta historia hace ya algún tiempo y me ocurrió con ella algo que no me había sucedido hasta la fecha. Mientras doblaba la ropa de forma mecánica, escuché una voz poética que comenzó a susurrarme nombres franceses y que me llevó hasta un edificio de Montmartre, ese barrio bohemio de París que ha sido escenario de películas como Amélie, Moulin Rouge o Medianoche en París. Yo, que siempre he sido de hacer las sinopsis en última instancia y por fuerza mayor, tenía una idea para una que rápidamente apunté en una nota del móvil por miedo a que se me olvidara. Empecé a escribir basándome en esa idea apenas unas semanas después, pues la llamada de estos personajes estaba siendo demasiado fuerte e imposible de ignorar.

Recuerdo sentir mientras la escribía que un rayo de luz salía desde mi cabeza hacia el cielo, recurría a él cuando era consciente de que podía ir más allá, más hacia arriba, hasta dar con la palabra exacta, hasta conseguir plasmar en el papel los sentimientos con la misma intensidad que se estaban dando para mí.

Suena de locos, lo sé. Las voces que susurran, la sensación de levitar, el rayo de luz, pero es la forma más bonita que se me ocurre para expresar lo que significa para mí escribir. Esta historia es la suma de muchos años de trabajo, esfuerzo, autoexigencia y renuncia. Es aprendizaje, atrevimiento, intimidad y verdad.

También es esa parte de mí que descubrió la música francesa en la universidad, que viajó por primera vez a París con la excusa de un concierto, que se piensa que habla francés mejor de lo que lo hace.

A veces sueño con ser una chica parisina que usa boina, que corretea por la ciudad, que siempre lleva los labios pintados de rojo, que es elegante a más no poder. Consigo, a través de los libros, ser esta y muchos otros. Supongo que por eso escribo y estoy segura de que es por este motivo por lo que leemos, para vivir mil vidas en una.

NOEMÍ QUESADA

1

Aquella soleada mañana de abril, Étienne Leroy cantaba «Hymne à l’amour» de Édith Piaf mientras horneaba. Étienne se había consolidado como uno de los mejores reposteros del distrito 18 de París. Sus pains au chocolat habían convertido su pastelería, Le Petite Blond, en un lugar de culto tanto para parisinos como para turistas. Todos se preguntaban con qué nuevo sabor los sorprendería esa temporada o qué mezcla imposible inventaría. Tal y como se puede intuir, no se había limitado a ese sabor, cómo conformarse con tan poco. Primero fue el chocolate blanco, luego con leche, después vino la crema, el cacahuete, los frutos rojos, el pistacho, la vainilla… En resumen, Étienne había inventado su propia marca de pains au chocolat y era raro el día en que no tenía una larga cola en la puerta, todos atraídos por las recomendaciones y el olor a bollo recién horneado que emanaba del humilde local en el que apenas cabían cuatro personas.

—Buenos días, Étienne. Hoy creo que me llevaré dos de los clásicos, pero resérvame alguno de pistacho para el fin de semana.

—¡Nosotros hemos venido por las reseñas tan positivas que hay en internet! Somos de Barcelona.

Todas las mañanas eran parecidas y diferentes a la vez. Madrugar para hornear, preparar las bandejas y la caja registradora con el cambio, en definitiva, tenerlo todo listo antes de dar la vuelta al cartel de madera que colgaba de la puerta. El mismo bucle infinito cada día: ver a los primeros clientes formar la cola, observar a la mujer que cada mañana pasaba corriendo con el móvil pegado a la oreja y un maletín lleno de documentos colgado del hombro, intercambiar unas cuantas palabras con los clientes habituales, conocer a los nuevos, recomendar sus sabores favoritos y un largo etcétera, hasta que volvía a girar el cartel de la puerta al caer la tarde. A veces se quedaba en la trastienda preparando alguna crema o masa, otras prefería salir a correr y a cambio madrugar un poco más al día siguiente.

Le Petit Blond abría casi los trescientos sesenta y cinco días del año. Esa era la forma en que Étienne había logrado canalizar su energía: evadirse del mundo, sentir que estaba haciendo algo bueno con su vida. Lo que para él se traducía en hornear pasteles, cantar a pleno pulmón, atender a los clientes con una sonrisa amable y vuelta a empezar. Su hija ya no era una niña, ya apenas lo necesitaba, así que él podía dedicarse por entero a la tiendecita que había heredado de su anterior dueño. A saber qué habría pasado si el señor Bernard no le hubiera dado una oportunidad dieciocho años atrás. Se preguntaba a menudo cuál habría sido el rumbo de su vida si hubiese rechazado la oferta de quedarse con el negocio. Había tomado aquella decisión porque necesitaba un trabajo para poder sacar adelante a su hija, pero también porque el señor Bernard le daba bastante pena. Su único hijo vivía en el extranjero, era viudo y amaba profundamente esa pastelería. Por eso la había llamado así, por su hijo, porque de niño era muy menudo y rubio, como un canario. Étienne quiso conservar el nombre, en honor a aquel que le había tendido la mano cuando él más lo necesitaba, aunque él no fuera ni pequeño ni rubio. De hecho, era más bien todo lo contrario, un tipo alto y fuerte como un toro, de ascendencia argelina y senegalesa, lo cual tenía su gracia.

Aunque le encantaba la repostería, la felicidad lo invadía cuando cocinaba cuscús o chakchouka. Su padre había muerto cuando él era apenas un bebé y hacía demasiados años que había perdido a su madre, tantos que le costaba recordar su cara, incluso su voz. Sin embargo, mantenía en su memoria intacto el sabor del tajine zitoun, ese guiso de carne con aceitunas que siempre comían los días importantes, aderezado con esas notas de limón que su progenitora solía añadir en exceso porque así lo hacía la madre de esta, algo que de seguro venía de generaciones atrás. Él había nacido y crecido en Francia y no conocía de Argelia más que aquellos platos llenos de sabor y recuerdos.

Étienne continuó cantando, le resultaba imposible no hacerlo, como si entonar melodías fuese su propensión natural, su forma de estar en el mundo. Tres veces tuvo que llamarlo la señora Rousseau para que la oyera.

—Nada, nada, solo quería saludar. —Le sonrió sujeta al andador, ese trasto sin el que ya no podía vivir—. Qué voz tan bonita. ¿Has pensado dedicarte a la música?

Que si lo había pensado… Tantas veces que había perdido la cuenta.

2

—Que sí, que ahora mismo llego.

—No les gusta que los hagan esperar. —La voz al otro lado de la línea la apremiaba y ella ni siquiera había salido todavía de casa.

—Ofréceles un café y unos macarons de Ladurée. Estoy de camino.

Sylvie guardó el móvil en el bolso, se aseguró de tener todos los documentos necesarios en su maletín de trabajo y miró a Coco, que tenía la correa en la boca.

—Lo siento —gimoteó—. Te prometo que te saco en cuanto vuelva, ¿de acuerdo? Tienes el cajón de arena limpio y sobras de pollo en el comedero. ¿Me perdonas?

Se agachó para acariciar a su cocker, al que había bautizado así en honor a la famosa diseñadora, y de paso volvió a colgar la correa en el perchero. Otro día más que Coco se quedaba sin su paseo matutino, otro día más que Sylvie tenía que salir corriendo hacia la oficina. Pero aquello era lo que ella había elegido, justo eso con lo que tanto había soñado y que tanto esfuerzo le había supuesto.

Sylvie había querido dedicarse a la moda desde que tenía memoria. Jamás dudó, nunca tuvo un tropiezo. Su camino hacia la cima de su sueño fue como la trayectoria de una flecha, certera, precisa y un poco punzante. No fue fácil, tuvo que hacer muchos sacrificios, tal vez demasiados. Se quedaron por el camino algunas amistades que no pudieron seguirle el ritmo, como la buena de Margot, con la que había compartido toda su época del instituto. También algún que otro novio que no se conformó con ser el segundo plato del menú diario, algo que se alargaría en el tiempo, pues los hombres con los que se cruzaba exigían una dedicación que Sylvie no estaba dispuesta a brindar. Las vacaciones que nunca tuvo, las fiestas que se quedaron en una sola copa, el tiempo libre que nunca conoció… ¿Procrastinación? Sylvie Durand sentía una reacción alérgica a esa palabra, su anguloso rostro se le contraía cuando la escuchaba, ni hablar de lo que provocaba en ella la gente vaga. Si había algo en el mundo que le gustaba, aparte de su perro Coco, era esforzarse para conseguir metas. Trabajo y más trabajo. Aquello la ponía como una moto y sabía que era una especie de adicta a la adrenalina. Hacer contactos, mover hilos, cuadrar la agenda, conseguir reportajes con los modelos del momento. También, para qué negarlo, hacer la pelota a diestro y siniestro. Se había convertido en una experta en agradar a todo el mundo, en decir lo que todos querían oír, en sonreír como un robot. Se le daba de fábula, había nacido para ser quien era. Sylvie Durand, a sus treinta y cuatro años, se había convertido en la publicista de moda más puntera del momento, la más reputada de todo París. Por eso en su mundo no existía el ocio, así lo había decidido, así tenía que ser. Aunque su trabajo era su diversión y viceversa. Se sentía afortunada y estaba dispuesta a pagar el precio. Al fin y al cabo, era la vida que siempre había querido.

Esos pensamientos desaparecieron en cuanto atravesó atropellada las puertas de la oficina.

—Buenos días, perdón por el retraso. A veces me pregunto si no será más rápido coger el metro que el taxi, pero ya sabéis, París en hora punta. ¿Pasamos a mi despacho? Estoy entusiasmada con este shooting. Cuéntame, Baptiste, ¿qué tenías pensado? En Cadeau estamos a tu disposición.

3

Lo primero que hacía Clodette al despertar era contemplar su patio lleno de plantas. Los helechos, las mullidas hortensias y los lirios, siempre tan elegantes. Su ritual matutino era cuidar con mimo sus plantas, ni tan siquiera desayunaba hasta que todas y cada una de sus macetas estaban radiantes. Les limpiaba las hojas, las regaba, les cambiaba la tierra, y las giraba y recolocaba para que pudieran beneficiarse de los rayos de sol que se colaban por el patio interior. Aquella siempre había sido su casa, una propiedad que muchos ya no podrían permitirse, todo un lujo al alcance de pocos. Su piso formaba parte de un bloque que compartía zonas comunes con otro edificio más. Una bonita pasarela iluminada por la luz de una claraboya cruzaba de un edificio a otro y poseía un pequeño jardín urbano en el centro, con tres bancos de piedra y una fuente que se había convertido en el rumor constante del conjunto de pisos. Le gustaba cuidar de las plantas de la zona principal y llevaba años a cargo de esa tarea, aunque en realidad era trabajo del portero. Pero a Jean-Claude Dupont no se le daban bien las plantas, no tenía mano, como se suele decir. Ella, en cambio, poseía esa gracia y no tenía otra cosa mejor que hacer en todo el día. Así pues, se asignaron las tareas. A cambio, ella era la primera en recibir el correo y cualquier noticia que fuera de la incumbencia de los vecinos. Habían hecho un buen trato, se entendía bien con Jean-Claude.

Él también era el encargado de llevarle libros de la biblioteca, hasta la que había un paseo que sus piernas ya no se podían permitir. El señor Dupont le traía la lectura que ella le pedía y, pasadas dos semanas, la devolvía a los estantes públicos. Clodette siempre tenía un libro entre manos. Leía mucho más despacio que cuando era joven y no podía hacerlo si la letra era demasiado pequeña, pero se las ingeniaba para disfrutar de cada una de esas historias. A menudo escogía biografías sobre mujeres relevantes e influyentes, libros de medicina e historias femeninas sobre el progreso y la ciencia. Le gustaba conocer la vida de esas pioneras que se atrevieron a vivir fuera de la norma, alejadas de los cánones, transgrediendo la sociedad masculina de su época. Mujeres valientes que habían apostado por una vida mejor, suya y de nadie más. Marie Curie era su favorita, había leído todo lo habido y por haber sobre ella. «Qué muerte tan horrible y maravillosa», se repetía.

—Yo también me habría sacrificado en nombre de la ciencia, pero no pudo ser —le contaba aquella mañana a los narcisos de su ventana—. Quién sabe a dónde podría haber llegado, qué gran descubrimiento habría hecho.

El sonido del timbre la obligó a detener la conversación. Con paso renqueante anduvo hasta la puerta y la abrió.

—Buenos días, Clodette. —Al otro lado se encontraba Jean-Claude.

—Y tan buenos. ¿Algo para mí?

—El boletín mensual de Sciences et Avenir —respondió él agitando el ejemplar en el aire.

—Oh, qué gran sorpresa. ¿Ya ha pasado un mes?

—Me temo que sí. ¿Terminaste el anterior? Me gustaría leerlo, como siempre.

—Por supuesto, ahora mismo te lo busco. —Clodette se adentró en la casa y siguió hablando a lo lejos—: Me resultó de lo más interesante, sobre todo el artículo sobre los enigmas de la evolución.

—Le echaré un vistazo, ya sabes que me cuesta comprender algunas cosas, pero no puedo negar que es entretenido —reconoció sin ningún tipo de pudor procurando alzar la voz para que lo oyera.

—Algo irás aprendiendo, lo importante es leer, sea lo que sea —añadió ella cuando regresó con el volumen en la mano—. ¿Un café?

—Te lo agradezco, pero acabo de tomarme uno.

Jean-Claude volvió a su lugar de trabajo con el ejemplar del mes anterior en su poder. Le gustaba cuando entendía de qué hablaban en esa revista de gente culta, aunque se frustraba mucho cuando los términos le resultaban desconocidos o confusos. Apenas había podido ir al colegio, ya que se tuvo que poner a trabajar muy pronto y en su familia jamás se valoró la inteligencia, tan solo el trabajo físico. Provenía de una larga estirpe de campesinos, siempre trabajando la tierra y que consideraban que cuanto más sucios estaban, mejor había sido la faena. Y él también siguió con el oficio familiar, hasta que sus huesos dijeron basta. Fue a partir de ahí cuando comenzó a tener un extraño sueño noche tras noche en el que un anciano le decía que tenía que ir a París, que su destino lo estaba esperando, que tenía que cuidar del primero B. Harto del insomnio y sin saber qué otra cosa hacer con su vida, preparó las maletas y viajó hasta la capital en busca de una ensoñación, con la esperanza de encontrar su lugar. Pero ¿cómo encontrar algo si no sabes lo que estás buscando? Allí conoció a la señora Clodette Rousseau en la cola de la farmacia, esperando para que le dieran la misma medicación. Fue ella quien le comentó que buscaban a un portero para su edificio y resultó que allí había un piso, el primero B, que era tal cual lo había visto en sus sueños. De este modo se hicieron amigos.

Las vidas de Jean-Claude y Clodette habían sido tan parecidas que llegaba a asustar, por eso conectaron de inmediato en aquella cola infernal de la farmacia del barrio, una que, por fortuna, seguía manteniendo el estilo antiguo de botica y a la que más tarde se trasladó una amable farmacéutica que nunca perdía la sonrisa. Clodette pensaba que podría haber sido ella misma en una versión más joven en otra vida. Le gustaba fantasear con que Camille era su otro yo, como si al cruzar el umbral de la puerta de la farmacia pasara a otra realidad, una en la que sí le permitían ser. Como resulta evidente, a Clodette le gustaba soñar.

4

Pascal Lefebvre solía pasar casi todas las horas del día en su estudio, una amplia habitación de su casa que había conseguido ganar gracias al derrumbe de un odioso tabique. No necesitaba dos habitaciones pequeñas, lo que él quería era un espacio diáfano para su caballete, sus pinceles y su material de trabajo. Una luminosa estancia que se convertiría en el estudio del cotizado pintor. A sus casi cincuenta años se había consolidado como uno de los mejores pintores de la época, «el nuevo Monet», decían los medios que se hacían eco de cada noticia sobre Pascal. Sus paisajes plagados de detalles, los atardeceres, los vastos campos de hierba, las golondrinas, sus aclamados cielos, tan diferentes los unos de los otros, pero todos con su esencia, ese toque divino, esa mano mágica.

—Mira, es un Lefebvre original, con esa atmósfera violácea que le otorgan los rayos del sol ya en decadencia. Necesito tener uno de estos en mi salón —solían decir en alguna ocasión.

—Y que lo digas, es precioso, pero dudo que pudiera pagar alguno. Tal vez una de esas láminas que se venden en los museos, eso sí que puedo permitírmelo —respondían los acompañantes.

Pascal Lefebvre lo pudo tener todo; de hecho, ya lo tenía. O casi. Aquello con lo que tanto había fantaseado desde niño, el olor a pintura, los dedos manchados, los pinceles sucios por todas partes, las imágenes de la naturaleza que se colaban en su mente y que se veía obligado a retratar, como si algo o alguien lo forzara a pintar aquello que veía porque para eso había venido al mundo. Así que cuando su nombre comenzó a sonar en el mundillo cultural, cuando le ofrecieron una exposición, cuando vendió su primera obra, supo que esa vocecita de su cabeza, o tal vez de su corazón, lo había llevado por el buen camino. Lefebvre había encontrado su sino, lo había trabajado, lo había estudiado y se había armado de paciencia para alcanzarlo. Y allí estaban, su foto y su nombre en las portadas de Le Figaro, Le Monde, Beaux Arts Magazine y muchos otros medios. Su repentina fama traspasó fronteras y pronto llegó a ocupar la primera página de la sección Arts & Culture del prestigioso The New York Times.

En las estanterías de su estudio, sobre las sábanas polvorientas que cubrían sus obras, dormían los premios Marcel Duchamp, Turner y el León de Oro de la Bienal de Venecia. Odiaba verlos tanto como le gustaba admirarlos. Tres de los premios más prestigiosos a nivel mundial eran testigos perennes de su estrepitoso fracaso. Las revistas y los periódicos ya hacía tiempo que estaban guardados en un viejo baúl. Pascal Lefebvre seguía emocionándose con el olor a óleo y acuarela, aunque esa emoción, que en un principio era bella, plácida y excitante, se había tornado en pura oscuridad. Una espiral de dolor, reproches y mucha frustración, porque los cotizados Lefebvre se revalorizaron al convertirse en los últimos, pero ese fue el inicio de su descenso a los infiernos: saber que jamás podría volver a pintar.

—¡Callaos ya! ¡Siempre estáis igual!

Gritaba con la escoba en la mano, golpeando con el palo el techo de su casa para que sus vecinos de arriba dejaran de dar voces y de correr de un lado para otro. Algún cacharro con ruedas lo torturaba deslizándose desde el salón hasta el baño y vuelta a empezar.

—Son niños, señor Lefebvre, tienen derecho a jugar —le decía el portero con toda la paciencia y la amabilidad del mundo.

Conocía a Pascal, sabía de qué pie cojeaba y cómo mantenerlo tranquilo.

—¡Que se vayan a la calle!

—No puedo llamarles la atención, es la hora de la merienda. Si el ruido se repite en las horas de descanso, no dude de que yo mismo los avisaré.

Pascal gruñía como un viejo búfalo, como un motor averiado, como algo o alguien que ya no funciona como es debido.

—Maldita la hora en que vinieron a vivir aquí, ya dejan entrar a cualquiera. Y el ruido que arman por las escaleras, me extraña que sea yo el único en quejarme.

—¿Quiere que le traiga algo de la calle? Necesita leche o…

Pascal le cerró la puerta en las narices a Jean-Claude, no soportaba más voces, más ruido. Esos críos se las verían con él, los estaría esperando en las escaleras la próxima vez que bajaran o subieran corriendo con sus piernas huesudas. No sería la primera ocasión en que les metía un buen susto. Le Croque-Mitaine, oía que lo llamaban entre susurros cuando pasaban junto a su puerta. No, él no era el hombre del saco, aunque tenía que reconocer, muy a su pesar, que se había acabado convirtiendo en algo parecido.

5

Yacía tendida sobre su cama, su postura y su lugar favorito. Contemplar el techo de su habitación, ver pasar las horas en su teléfono móvil mientras se entretenía con cualquier cosa: Instagram, TikTok, YouTube. A sus dieciocho años, Nadine no sabía qué hacer con su vida. La mayoría de sus amigos y conocidos habían entrado en la universidad o habían comenzado a trabajar; sin embargo, ella se había quedado suspendida en el tiempo, anclada en mitad de la nada, chapoteando en medio de un mar sin faro ni estrellas. Sola y perdida, así era como se sentía y como se encontraba. El mundo, con su frenético ritmo, la había dejado atrás. Algunos de sus amigos habían escogido una carrera de manera concienzuda y segura, otros se habían decidido a probar, con muchas dudas e inseguros a la hora de dar el siguiente paso. Pero ella se había negado, no quería hacer semejante elección sin tener la más remota idea. ¿Qué quería ser? ¿Qué le gustaba? ¿Por qué palpitaba su corazón? ¿Cuáles eran sus sueños? ¿A qué le gustaría dedicarse? Nadine no tenía respuestas para esas preguntas y eso le provocaba una tremenda frustración. No le gustaba no saber, pero tampoco quería hacer las cosas porque sí. ¿Entonces?

—Ya sabes que puedes trabajar conmigo, puedo enseñarte el oficio.

—Sí, claro. No sé lo que quiero en la vida, pero te aseguro que trabajar con mi padre no es una opción.

—Igual tendrías que probar, a veces se sorprende uno, mírame a mí.

Nadine lo observó y no supo si sentía admiración o compasión. Tal vez las dos cosas, si acaso eso era posible.

—Solo necesito pensar, ¿vale? ¿Puedes concederme eso?

—Por supuesto, te he concedido muchas cosas a lo largo de estos años. —No hubo reproche alguno en su voz cuando lo dijo.

—¿Esperas que te dé las gracias?

No quería sonar borde, pero había dentro de ella algo que la impulsaba a decir barbaridades, a ser desagradable sin remedio. Las hormonas, seguramente. O que ya había perdido el control de todo, incluso de sí misma.

—Jamás he esperado tal cosa, de lo que más orgulloso me siento en la vida es de ti.

Nadine bajó la mirada y dejó salir el aire. ¿Orgulloso de qué? ¿De su incapacidad para saber lo que quería? ¿De que por su culpa él tuviera que renunciar a su sueño? Ni siquiera era capaz de ser una buena hija, amable y sonriente, de echarle una mano en la tienda. Ella tan solo se miraba el ombligo, como todo adolescente, pero comenzaba a hartarse hasta de eso.

—Pues yo no me siento nada orgullosa ahora mismo —soltó.

—Lo sé, pero encontrarás tu camino. No luches, no te frustres por sentirte así. No hay nada peor que intentar escapar de algo, porque, si lo haces, acabará persiguiéndote.

—Tal vez yo no sea uno de esos elegidos que han venido a este mundo con un propósito para convertir el planeta en un lugar mejor. Quizá… yo solo soy un parásito más, un insecto insignificante. Tiene que haber de todo, ¿no? Gente que haga bulto, como en el decorado de una película.

—Sin los insectos, no se mantendría el ecosistema del planeta, no habría vida —repuso él.

—Arrrggg —se lamentó.

—No te infravalores, no te he educado así.

—Bien, entonces dime, ¿para qué me has educado? ¿A qué crees que podría dedicarme? ¿Qué crees que podría hacer para ganarme la vida?

Su padre se sentó junto a ella en la cama y le acarició el pelo.

—No te he educado para nada en concreto, mi meta como padre siempre ha sido y será que seas feliz. Es un buen propósito, ¿no te parece?

Nadine ya no pudo aguantar más y comenzó a llorar.

—¿Tú eres feliz? —le preguntó a él.

—Mucho.

—¿Aunque tuvieras que renunciar a la música?

—Incluso así. La gente corriente posee capacidades extraordinarias, no lo olvides nunca.

Quiso creer que aquello era verdad, que su padre tenía razón, pero le costaba demasiado. No veía nada especial en ella, no sabía nada de nada. No podía con tanta incertidumbre.

—Está bien, basta de charla por hoy. No puedo soportar más tanta intensidad. ¿Has traído algo de la tienda? —inquirió ella secándose las lágrimas.

—¿Crema o chocolate?

—Crema, sin duda.

—Genial, porque el de chocolate ya me lo he comido.

Se sonrieron cómplices.

6

—Buenas tardes, señor Dupont. ¿Cree que podría quedarse un momentito con mis hijos?

—¿Ha ocurrido algo?

—Un paciente está en medio de una crisis, me han avisado del centro. Tengo que acudir, será ir y volver, se lo prometo.

—No es por no hacerle el favor, señora Fontaine —comenzó a decir el portero.

—Por favor, llámeme Mélanie —lo cortó ella.

—Y usted a mí Jean-Claude, no quiero volver a repetírselo. —Mélanie sonrió—. Como le decía, me quedaría encantado con ellos, parecen buenos niños, pero este no es lugar para ellos, se aburrirán y yo tengo que atender a los vecinos y a los repartidores. No podré cuidarlos como es debido y me sabe mal que por mi culpa pudiera pasarles algo.

—Ya, si tiene razón… Pero no puedo llevármelos, es una situación complicada. Ya sabe que mi trabajo tiene esto, pequeños imprevistos que debo atender.

—Hace una gran labor, Mélanie, eso resulta indiscutible. ¿Por qué no le pregunta a la señora Rousseau? —sugirió él.

—¿A Clodette? No sé… Está mayor, su enfermedad últimamente parece ir a peor.

—No tanto, los sesenta y ocho son los nuevos cincuenta. Hoy tiene un buen día

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