Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3)

Noa Alférez

Fragmento

Prólogo

Prólogo

1871

El aire en la alcoba era tan pesado e inmóvil que se podía cortar con un cuchillo. El calor se había filtrado por las rendijas de la madera y la ventana entreabierta, estancándose en un abrazo húmedo que hacía que las sábanas se pegaran a la piel como una telaraña. Muatabe se sentía atrapada y se retorcía intentando liberarse de esa trampa que no llegaba a entender.

En el abismo de su sueño, el cielo no era azul, sino de un color ocre tan asfixiante como el aire que la rodeaba. Sobre ella, recortada contra un sol deslumbrante, planeaba una silueta familiar y terrible, la de un halcón que en cualquier momento caería sobre ella. No le tenía miedo. Su familia materna le había enseñado que para los comanches el halcón era el mensajero de los espíritus, el guerrero que volaba entre ambos mundos y trascendía lo humano. Su presencia en sus sueños no era una casualidad, lo sabía; era una señal. Simbolizaba el destino que se precipitaría sobre ella como el ave desde el cielo y el cambio inevitable que la aguardaba. De repente, el ave interrumpió su vuelo como si hubiese sido alcanzada por una flecha invisible, agitando las alas con desesperación. Sin ser muy consciente de ello, la joven tensó su cuerpo como si se hubiese transformado en ella, fundiendo sus cuerpos y sus alas rotas, a la espera del inminente choque contra el suelo.

Taby se despertó con un grito ahogado arañando su garganta. Se incorporó con la respiración jadeante, sintiendo que el sudor le bajaba por el cuello y se perdía entre sus pechos. Se puso de pie con las piernas temblorosas y caminó hacia la jofaina de cerámica que había en su tocador. El agua no estaba demasiado fría, pero el contacto con su piel le proporcionó el alivio que necesitaba. Hundió las manos en el cuenco varias veces y se mojó la cara con brío intentando borrar la sensación de vacío que se había asentado en su estómago. Desabrochó el primer botón de su camisón buscando calmar el incendio que sentía bajo las costillas. Pero la inquietud no se fue, parecía anclada demasiado dentro de su ser para abandonarla. Un presentimiento, una vibración en el aire o algo que no permanecía a este mundo, la instó a mirar hacia la ventana.

Afuera, el mundo estaba bañado por la luz espectral y grisácea de una luna creciente. El paisaje parecía tallado en plata y ceniza, y las sombras vibraban como si fuesen fantasmas. Taby se quedó sin respiración con la vista clavada en la colina más alta, más allá de los límites de la propiedad, donde una silueta oscura se recortaba contra el cielo nocturno. Inmóvil como si fuese una estatua de obsidiana, un guerrero indio permanecía sobre su caballo, desafiante y poderoso. No necesitaba verle los ojos para saber que la estaba mirando, que, aunque fuese imposible podía verla desde allí. Su destino la estaba llamando con un grito silencioso que retumbaba en los huesos, reclamando una deuda que ella aún no comprendía. No estaba preparada. Todavía no.

Presa del pánico, Taby agarró la cortina y la cerró de un tirón, ocultando la visión a pesar de que sabía que no había ningún lugar donde poder esconderse. Se refugió de nuevo en la cama, queriendo perderse en la oscuridad, mientras su corazón golpeaba contra su pecho con la fuerza rítmica y salvaje de un tambor de guerra.

1

Timothee Brannigan siempre había presumido de tener un sueño excelente. Sin embargo, desde hacía tres años el silencio que se había adueñado de la mansión de los Brannigan le resultaba mucho más molesto que un centenar de reses corriendo por los pasillos. Hasta el sonido de una mosca a una milla de distancia tenía el poder de desvelarlo. Supuso que ese era el precio de hacerse mayor, porque, aunque solo tuviese veinticinco años, se sentía como un anciano. Todo se debía al peso de su conciencia, no se engañaba. Dio un respingo en la cama cuando uno de los muebles de su habitación crujió. Le habría gustado tener la suficiente fe para poder rezar algo que le reconfortara, pero lo suyo eran los números, no las plegarias. Observó la cortina de lino blanco que ondeaba mecida por la brisa que entraba por la ventana, insuficiente para aliviar el calor que hacía que el sudor empapara su espalda y sus sienes.

Cuando se cansó de dar vueltas en la cama se puso unos pantalones y bajó hacia el despacho de su padre. Si tuviera escrúpulos no se atrevería a entrar allí. Pero había aprendido que ese no era el fuerte de su familia, y al fin y al cabo, por sus venas corría la misma sangre que por las de los demás. Sus pies descalzos agradecieron el frío del suelo. Debería haberse puesto algo más decoroso, pero apenas quedaba servicio en la gran casa de los Brannigan. Tras encender una vela, abrió la caja fuerte con movimientos mecánicos sin necesidad de pensar en la contraseña que usaba cada día. No se molestó en contar el dinero que había, sabía que apenas podría mantener la casa unos meses más con aquello. Era el ocaso de la familia Brannigan, que se había precipitado con más rapidez de la que cualquiera habría previsto.

Sacó el tomo de papeles, que había disminuido en los últimos meses considerablemente, y los extendió en la mesa frente a él. Todavía quedaban escrituras que revisar y ganaderos con los que negociar. Estaba siendo más difícil de lo que había previsto. A pesar de sus nobles intenciones, muchos desconfiaban de la buena voluntad de un Brannigan.

Después del fallecimiento de su padre, él y su hermano Reeve habían estado de acuerdo en que la única forma de redimir de alguna manera el daño que se había causado durante décadas era devolver las tierras que su padre había conseguido mediante extorsión y coacciones, y no estaba resultando fácil. Muchos de los ganaderos se habían marchado y era imposible localizarlos, y otros intentaban aprovecharse llevados por un afán de venganza, que no se veía con capacidad de juzgar.

Abrió la ventana de par en par dejando que el aire de la habitación se renovara y ocupó el asiento que durante tantos años perteneció a su padre, y su abuelo antes que él. Cogió un papel al azar y lo desdobló acercándose a la lámpara para leerlo. La familia Pratter. Intentó hacer memoria, pero solo era un niño cuando su padre adquirió sus tierras. Una parcela de forma irregular situada junto al río, que le permitía acceder a la plataforma que lo cruzaba de manera mucho más rápida. El precio era irrisorio y la escritura de venta ni siquiera estaba firmada por el vendedor, solo había una cruz hecha de manera tosca, que podía pertenecer a cualquiera. Los engaños eran tan burdos que resultaba evidente que Silas Brannigan y su abogado se habían confiado con el paso del tiempo, y no se habían molestado en cubrir sus propias huellas. De hecho, había descubierto que algunos documentos habían sido firmados después del fallecimiento de los antiguos propietarios. Tim no sabía si debía creer en fantasmas, lo que tenía claro era que nadie volvería de la tumba para hacer un mal negocio con un Brannigan.

La vergüenza que le producía sentirse parte de aquel engaño solo era equiparable a la sensación de pérdida que le invadía cuando pensaba en las cenas que se habían celebrado en aquel enorme comedor que llevaba cerrado tres años. Nunca habían sido una familia modélica, pero ahora que estaba solo echaba en falta aquella felicidad ficticia en la que se había criado. Abrió el cajón y sacó de él un tomo de papel envuelto con una cinta, con un carácter bien distinto a los legajos legales que tenía entre manos. Era una cuenta pendiente que no sabía si tenía derecho a investigar. Deshizo el nudo que los rodeaba y cogió uno de los sobres al azar. Por instinto se lo acercó a la cara, solo para descubrir que olía a papel viejo y a humedad. Arrugó la nariz con desagrado y la observó unos instantes. Las curvas de la caligrafía indicaban que procedían de una mano femenina, pero no pertenecía a su madre de eso estaba seguro. Extendió el papel con la sensación de estar abriendo algo demasiado íntimo, aunque era consciente de que a estas alturas su contenido no le importaría a nadie. Acercó un poco más la vela y sus ojos se deslizaron por el papel con rapidez.

«Mi amado Silas, la espera se me está haciendo…»

Resopló con fuerza súbitamente nervioso, con la maldita sensación de que alguien lo observaba y dobló la carta con rapidez, incapaz de seguir leyendo. Era evidente que la persona que había escrito aquello tenía un grado de confianza con su padre innegable, pero la idea de plantearse que tuviese una amante le resultaba repulsiva hasta en ese momento. Estuvo a punto de soltar una carcajada amarga al sentirse vigilado por su progenitor incluso desde la tumba y se convenció de que el escalofrío que le había recorrido la espalda se debía a su propia sugestión. Dejó los papeles esparcidos sobre la mesa y se marchó de vuelta a su habitación, conteniendo las ganas de mirar sobre su hombro a cada paso que daba para comprobar que nadie le seguía.

—¿Quieres que te traiga algo de comer, muchacho? —Suzie, la dueña de la única tienda de Sabine Cross, apoyó la cadera en la mesa situada en el almacén y que en ese momento hacía las veces de escritorio. Normalmente se usaba para colocar mercancía, comer a mediodía cuando el calor espantaba a los clientes o incluso para echar una cabezadita si el tiempo lo permitía.

—No, con la limonada es suficiente, gracias. —Timothee Brannigan esbozó una tímida sonrisa y bajó la vista hacia los papeles en los que anotaba una sucesión interminable de números escritos en columnas perfectas.

Tragó saliva y se odió a sí mismo por ello. Suzie era una mujer atractiva, sin duda, con una capacidad de seducir innata. Sus más que generosas curvas, y su mirada lobuna eran una promesa exigente, y no estaba seguro de ser capaz de satisfacer a una mujer tan fiera como esa.

—No sé cómo podré agradecerte tu ayuda, Tim. —Su mirada se paseó por los antebrazos del joven, que se había remangado las mangas de su camisa blanca intentando eludir el calor sofocante de aquel reducido lugar.

—Emmm… soy yo quién está en deuda contigo.

En realidad, Suzie no había hecho por él más de lo que había hecho por cualquiera de los vecinos de aquel pequeño pueblo perdido de la mano de Dios, solo que Tim nunca se había tenido que enfrentar a esa situación antes. Apuntarle unas cuantas compras cuando Tim se quedó sin efectivo, facilitarle que contactara con uno de los comerciantes que visitaban la zona periódicamente para comprar caballos, y escucharle cuando la amargura no le cabía en el pecho, eso era todo. Para él, poder vender algunos animales, había sido un balón de oxígeno que le había ayudado a afrontar los últimos tres años, algo que sin contactos ni experiencia no habría logrado por sí solo. Al menos al principio.

Ella se pasó la lengua por los labios, probablemente de manera inconsciente, y él se apuró para terminar las últimas anotaciones. La contabilidad de un negocio como ese era sencilla si se llevaba cierta rutina y un poco de orden en las cuentas, pero ese no era el fuerte de Suzie, dedicada por entero a trabajar de sol a sol en la tienda.

—Ya está —sentenció poniéndose de pie con tanta rapidez que la silla estuvo a punto de caer hacia atrás.

—Gracias. —Suzie miró el papel y asintió como si entendiera algo de lo que había escrito allí—. Deberías cobrar por tu trabajo. Eres un chico listo. Puede que en el banco necesiten a alguien como tú.

Él asintió mientras recuperaba la chaqueta y el sombrero, y se dirigía hacia la puerta.

—Lo pensaré.

Entornó los ojos cuando la luz del mediodía lo recibió nada más poner un pie en el exterior. Pensar en emprender el camino de vuelta a casa bajo ese sol implacable le resultó una tortura insufrible y rebuscó en su cabeza cualquier excusa para no hacerlo. Podía aceptar las insistentes invitaciones del reverendo Curtis, aunque soportar las risitas nerviosas de sus hijas mayores en edad casadera y las insinuaciones constantes de su esposa, desesperada por casarlo con alguna de ellas, le causaban demasiado rechazo. Con seguridad tomar una cerveza en el saloon haría mucho más llevadera la tarde. Se dispuso a cruzar la amplia avenida hacia el local sumido en sus pensamientos, sin prestar demasiada atención a la gente que conversaba cerca de la tienda de Suzie.

En ese momento una bota se cruzó en su camino, y sin tiempo para esquivarla, trastabilló hacia delante, a punto de caer de bruces. Se incorporó azorado al escuchar carcajadas a su espalda y al volverse para ver quién le había puesto la zancadilla, se encontró con las miradas socarronas de varios chicos del pueblo. Los conocía de vista, en un lugar como aquel era imposible no conocerse, pero apenas había intercambiado varias palabras con ellos. No le gustaban los conflictos, y no era lo bastante idiota para enzarzarse en uno de ellos cuando eran tres contra uno. Esa era la especialidad de su hermano Reeve, no la suya. Se dio la vuelta para dirigirse hacia el poste donde le aguardaba su caballo con la intención de marcharse de allí, pero no pensaban ponérselo fácil.

—Así que es Ti- ti- ti... Timothee. El más cobarde de todos los Brannigan. —El chico, un fanfarrón llamado Paul, imitó el movimiento de una gallina agitando los brazos, con la intención de ridiculizarle. Durante su niñez, la timidez de Tim le había hecho tartamudear durante algún tiempo, aunque ya lo había superado—. Si tuvieras vergüenza no saldrías de tus tierras, si es que pueden llamarse así.

Paul escupió en el suelo, tan cerca de la punta polvorienta de las botas de Tim que fue un milagro que no le diera de lleno. Las carcajadas sonaron de nuevo como un coro estridente a su alrededor y Tim apretó los puños para contener las ganas de hundirlos en la cara del tipo.

—Basura, eso es lo que es —apuntó el más alto de todos, que lo observaba apoyado en el porche de la tienda con desfachatez.

Timothee apretó la mandíbula y durante unos segundos interminables sintió la sangre burbujeando en sus venas y latiendo en sus sienes con fuerza. El calor se acumulaba en su estómago mientras sus nervios se ponían en tensión. Solo un ápice de contención, tan frágil como el cristal, impedía que diera rienda suelta a la ira que lo atravesaba en oleadas. No importaba que estuviera haciendo las cosas bien, que hubiese renegado de su herencia para hacer justicia. Para los demás, al menos para la mayoría, no era mucho mejor de lo que fue su padre. Era un Brannigan, y eso lo resumía todo.

—No eres más que un reflejo de tu viejo, Brannigan —escupió uno de los jóvenes, un tipo llamado Miles, que mascaba tabaco sin importarle que un hilillo de saliva oscura resbalase por la comisura de su boca—. El que nace ladrón, muere ladrón.

—Y ya sabes lo que dicen —terció el otro, con una sonrisa de medio lado—. Robar a un ladrón tiene cien años de perdón.

Tim inhaló profundamente, y sintió que el chaleco le apretaba demasiado el pecho. El pulso le martilleaba en la garganta, una cadencia salvaje que le pedía a gritos que estallara. Pero no podía. Si golpeaba primero, solo confirmaría los prejuicios que este pueblo alimentaba como a una bestia hambrienta, y se garantizaría además una buena tunda. Él nunca había sido alguien agresivo, y no permitiría que aquella realidad lo corrompiera.

—Apartaos —ordenó Tim, con una voz que sonó insegura, casi acongojada por culpa de todas las emociones que no había sabido controlar del todo.

—¿Qué nos vas a hacer si no? —Miles caminó con paso arrogante hacia el semental de Tim—. Me parece que este animal es demasiado bueno para un Brannigan. Digamos que es una forma de equilibrar la balanza por lo que tu familia le debe a esta tierra.

Timothee no se detuvo. Su mano buscó con premura las riendas de Sombra, pero antes de alcanzarlas, lo sujetaron por la espalda. El tirón fue brusco, enviando un pinchazo de dolor a su pierna maltrecha, esa que siempre le recordaba su fragilidad.

—Hasta un asno sería demasiado bueno para él —gruñó el tercer chico, acercándose al poste con una mano demasiado cerca de su revolver.

Timothee quiso pronunciar una amenaza lo bastante dura para hacerlos cambiar de opinión, tal y como había visto hacer mil veces a su padre y a Thatch, su hermano mayor. Pero él no era como ellos, le faltaba cinismo y le sobraba sensatez. El aire surgió de su garganta como un rugido contenido, una vibración que advertía del peligro, y que no fue demasiado eficaz, para su desgracia. Forcejeó con furia, pero su leve cojera le restaba el punto de apoyo necesario. La humillación, agria y caliente, empezó a subirle por la garganta. Estaba intentando pagar unas deudas que no eran suyas, limpiando una mancha que parecía eterna con el fin de equilibrar la balanza de un Dios que no parecía escucharlo nunca; y allí estaba, reducido a un guiñapo que podían manejar y lanzar de aquí para allá.

Paul soltó una carcajada y se giró para desatar el caballo y llevárselo de una vez.

En ese momento un destello plateado cruzó el espacio con una precisión sobrenatural. Un cuchillo se hundió en la madera del poste, a escasos milímetros de los dedos del joven, que dio un salto para esquivarlo. El aire se volvió espeso, como si el calor hubiese derretido las agujas del reloj y todo se hubiese detenido unos segundos.

Timothee giró la cabeza, con el corazón golpeándole el pecho como un animal enjaulado, intentando entender qué estaba ocurriendo. Allí, a unos metros, recortada contra el sol de medio día, la dueña del cuchillo los observaba impasible con el pelo ondeando por la brisa.

No era la imagen de una joven al uso, ni siquiera de las más endurecidas por la vida. La chica que tenían delante no era como las demás. Vestía una túnica de piel suave propia de las tribus comanches, y su cabello, negro y rebelde, caía sobre sus hombros como una cascada oscura que intentaba ocultar parte de su rostro.

Todos estaban impactados, pero lo que sentía Tim era muy distinto y mucho más profundo. Los ojos de aquella mestiza acababan de desestabilizar el ya maltrecho equilibrio del mundo de Timothee. Unos ojos del color del hielo, que sin embargo no tenían nada de fríos, sino todo lo contrario. Ya los había visto antes, estaba seguro.

De repente, el suelo bajo sus botas pareció desaparecer. Los recuerdos, esos que la fiebre y el tiempo habían intentado sepultar, emergieron con la fuerza de un tornado. El olor a humo, el crujir de las maderas de un granero que estaba a punto de caer sobre su cabeza y, por encima de todo, el dolor insoportable de su pierna. Había llegado a pensar que la figura que lo arrastró fuera de aquel infierno era un ángel nacido de sus delirios, una alucinación con ojos de hielo que había surgido de su imaginación. Y, sin embargo, aunque su cabeza le había dicho siempre que era imposible, allí estaba, materializada ante sus ojos.

—Largaos —musitó Taby, con la voz tan cortante como el filo del cuchillo que seguía vibrando en el poste de madera.

Aprovechando que el asombro había hecho que esos matones aflojasen las manos, Tim se deshizo de su agarre con un movimiento brusco. No perdió un segundo, en un intento desesperado de resarcirse ante la humillación que estaba sufriendo. Se lanzó hacia Paul y, antes de que el otro pudiera reaccionar, le asestó un puñetazo que lo mandó directo al polvo.

—¡Qué está pasando aquí! —La voz autoritaria del sheriff restalló como un látigo mientras doblaba la esquina del edificio, alertado por las voces y los vítores de los presentes.

Tim, con la respiración entrecortada y los nudillos doloridos, buscó a la dueña del puñal entre el grupo de personas que se habían arremolinado para disfrutar del espectáculo que siempre suponía una buena trifulca. Cuando sus ojos se encontraron con los de ella, no hubo gratitud en su mirada. Al contrario, el reproche estaba escrito en cada línea de su rostro ceñudo. La chica se quedó allí, observándolo con una especie de desafío y una extraña comprensión que a él le resultó insoportable. La miró con rencor, un rencor dirigido más hacia su propia debilidad que hacia ella. Le dolía la pierna, le pesaba el apellido y no podía perdonarle que no le hubiese dado tiempo a defenderse por sí mismo.

Ella lo había ayudado, siendo un tanto dramático, lo había salvado de un robo que nadie sabía cómo hubiese acabado. Pero al hacerlo, lo había dejado en evidencia delante de todos. Tim Brannigan, el hombre que no podía defenderse solo y que necesitaba que una muchacha lanzara cuchillos para librarlo de la vergüenza. Para un tejano con una pizca de orgullo, aquello era una deuda que preferiría no haber contraído jamás.

Mientras todos intentaban explicar y justificar lo que estaba ocurriendo, la joven aprovechó para escabullirse, arrepentida por haber llamado la atención, algo que odiaba. Moviéndose con la agilidad de un gato, se perdió antes de que cualquiera de los presentes recordase que ella había estado allí. Todos, excepto Tim.

Timothee desató a su caballo, subió a la silla con más agilidad de la que cualquiera habría esperado a pesar de la cojera que lo torturaba, y espoleó a su montura, dejando atrás el polvo y el misterio que esa muchacha suponía.

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