Casarme con el CEO (Cómo cazar un marido 4)

Caryarit Ferrer

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Cupido entró, disfrazado de empleado de correos, a las oficinas de la fábrica de autos del pueblo. La comezón del uniforme blanco le hacía compadecerse de los verdaderos empleados que tenían que usarlo todos los días. El papel que llevaba en el bolsillo trasero le quemaba la piel, un recordatorio silencioso de que la apuesta con Fobos seguía en marcha, solo que esta vez se estaba volviendo difícil de ganar.

Unos meses atrás, Fobos le había apostado a que no podría hacer que múltiples parejas se enamoraran usando una lista de una revista con formas anticuadas y descabelladas de conseguir marido. Cupido había logrado con éxito y sin esfuerzo los primeros tres emparejamientos. El desafío número cuatro era un punto de la revista que decía: «Párate en una esquina y llora suavemente. Es muy probable que un hombre se acerque para averiguar qué te pasa».

Pero hasta ahora nadie en el pueblo estaba lo suficientemente triste como para llorar en una esquina donde cualquiera pudiera verle. Así que la deidad decidió irse a los extremos y espiar la oficina del abogado local; allí descubrió que una pareja se estaba divorciando, Cecilia y Bruno, y ambos trabajaban en esa misma fábrica. Seguro que, con suficiente manipulación de su parte, Cupido podría hacer que uno de ellos llorara durante el horario laboral.

—¡Bingo! —gritó Cupido al ver a Bruno entregarle una nota a una chica.

El dios fingía revisar los destinatarios de las cartas, pero no se le escapaba nada de lo que ocurría. Por la expresión en el rostro de la receptora, algo raro estaba pasando. El dios caminó hacia Cecilia, que salía de la oficina del jefe.

—Disculpe, señora, ¿dónde puedo encontrar a Bruno Ríos? —La pelirroja llevaba un atuendo impecable: pantalón negro y una blusa de seda azul.

—Se sienta ahí —respondió apuntando con el dedo. El rostro de Cecilia se desplomó de inmediato al ver a Eli y a Bruno sonriéndose con picardía—. Con permiso —dijo, y corrió hacia la cocina de las oficinas.

Genial, pensó Cupido: alguien estaba llorando en una esquina, y ahora lo único que faltaba era encontrarle la pareja perfecta. La deidad olfateó, preguntándose quién podría estar ya interesado en Cecilia; tal vez alguien ya la encontraba interesante y solo necesitaba un pequeño empujón. Pero Cupido percibió un aroma magnífico y sonrió.

Vino buscando cobre, pero consiguió oro. Alguien ya estaba perdidamente enamorado de Cecilia.

Capítulo 1

Un golpe en la puerta hizo que Santiago desviara la atención del informe que no le había dejado dormir en toda la semana. Un retraso en un contenedor repleto de chips informáticos estaba a punto de poner en riesgo todo el año de producción.

—La puerta está abierta, adelante.

—¡Hola! Necesito que firme la entrega de las cajas de café —dijo una voz femenina mientras ponía un papel frente a él.

Santiago firmó el recibo sin despegar los ojos del papel y volvió a concentrarse en el presupuesto que tenía delante. Necesitaba encontrar la manera de conseguir traer chips desde un puerto estadounidense lo antes posible. La repartidora se aclaró la garganta.

—Solo para que lo sepa: aunque parezca una estrella de cine y sea rico y todo eso, hacer llorar a sus empleados no está bien. Esa mujer ya lo está pasando muy mal. Y ahora está llorando en una esquina. Debería disculparse.

La persona se dio la vuelta y se fue. Santiago solo alcanzó a ver unos pantalones blancos vaporosos y casi etéreos salir de su oficina.

Santiago se quedó desconcertado. ¿Cecilia estaba llorando? Se levantó de inmediato para disculparse, pero ¿por qué? Solo habían hablado de extender el almacenamiento de unos contenedores que venían de Shanghái a mitad de ruta para ahorrar costos mientras los chips chinos por fin estuvieran listos. ¿Qué había hecho mal? Tenía que encontrarla y preguntarle. Tenía que arreglarlo.

Santiago se asomó por la ventana. La gente estaba en sus computadoras, siguiendo con su día, pero Cecilia no estaba en su escritorio. La carpeta con documentos que él había firmado hacía segundos estaba colocada de manera desordenada sobre el teclado, contrastando con su pulcritud habitual. Estaba molesta. Debía localizarla.

La repartidora había dicho algo sobre Cecilia en una esquina. Revisaría todas. Al salir corriendo de su oficina, chocó contra la mesa del café y una taza se hizo añicos en el suelo, su sobrina la había hecho especialmente para él por Navidad, y él hizo una mueca, decepcionado. Esa sería una conversación difícil; tendría que chantajearla con fresas con chocolate para conseguir su perdón.

—Señor Santiago —dijo Florencia, su joven y extremadamente ansiosa secretaria nueva, a quien solo había contratado para ayudar a Njinga, su madre y la directora de operaciones—, ¿le traigo algo? ¿Café o té? ¿Almuerzo? —preguntó todo eso sin

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