Redemption (Almas Letales 1)

Mila García

Fragmento

PRÓLOGO

PRÓLOGO

IVÁN

Cinco años antes

El sonido de la lluvia al chocar contra el asfalto era casi ensordecedor. Difícilmente se veía más allá; la niebla lo envolvía todo y el vaho de nuestras respiraciones solo empeoraba la situación. Intenté enfocar la vista, pero no lograba apreciar nada que no fuera el contorno de su silueta contra la luz de la luna. Estábamos en los muelles de carga donde todo sucedió; el olor a salitre, a lluvia y a sangre nos envolvía. Allí fue donde cambió nuestra vida.

—Gabi, por favor, suelta el arma —supliqué con voz rota.

Gabriella me apuntaba directamente a la cabeza. Le temblaba la mano, su cuerpo sufría espasmos por la hipotermia y el miedo y el dolor se reflejaban en su mirada. Se estaba desangrando, tenía el rostro cada vez más pálido, y se tornaba de un color grisáceo; la adrenalina era lo único que la mantenía en pie.

Amore

—¡No me llames así, hijo de puta!

El grito de Gabi fue desgarrador. A continuación, sollozó, lo que provocó que bajase la guardia. Intenté avanzar hacia ella, pero se recuperó rápidamente y volvió a su anterior posición de defensa. No paraba de temblar.

—No des ni un paso más —amenazó.

—Gabi…

—Fuiste tú. Murió por tu culpa…

—Eso no fue así, Gabriella. ¡Yo jamás habría dejado que pasara aquello!

—¡Mentiroso! —gritó con toda la rabia y el dolor que tenía dentro.

Quería acercarme a ella, arrancarle el arma de las manos y envolverla entre los brazos. Quería consolarla, contarle toda la verdad —jamás haría nada que le provocara sufrimiento, y menos que causara la muerte de uno de sus seres queridos—, pero no podía.

Desde aquella noche, Gabriella construyó un dique a nuestro alrededor que nos distanció y me alejó de ella. Iba a reducir el mundo a cenizas; haría arder cada maldita ciudad, país, pueblo o región hasta que encontrara al culpable. Sabía quién era esa maldita rata traidora, pero se había escondido bien. No pararía hasta dar con él y se lo ofrecería en bandeja de plata. Después, si ella no podía —que lo haría—, lo mataría yo. Le causaría tal sufrimiento que acabaría rezándole al maldito diablo, porque para Dios no tendría suficientes plegarias. Su problema sería que yo era ese diablo.

—Gabi, se acabó —ordené—. Baja el arma, habla conmigo.

Dejó de sollozar, su mirada se tornó enloquecida.

—Tú ya estás muerto —susurró a la vez que una lágrima le caía por la mejilla.

Los disparos llegaron, lo volvieron todo negro y me hicieron caer como nunca nadie lo había conseguido. Ella sabía que no sacaría el arma, que no me defendería, que le dejaría el camino libre; al igual que yo sabía que apretaría el gatillo. Era la maldita Gabriella Bianchi, la principessa de la mafia italiana, hija del gran capo Leonardo Bianchi. Solo con eso sabía que, aunque ella no quisiera, tendría que hacerlo, tendría que dispararme: condenaría su alma y la mía.

Mi nombre es Iván Nikolaievich Vasíliev. Soy el Pakhan de la Bratva, el maldito rey de Rusia, y aquel día morí por primera vez. Lo que ella nunca supo es que el diablo no puede morir, únicamente regresar al infierno del que ha salido, e iba a hacerlo solo para volver a verla, para contarle toda la verdad, vengarme y hacerla mía. Porque Gabriella Bianchi era mía, de nadie más, y no pararía hasta que el mundo entero lo supiese. Se me prometió una reina y quería cobrar mi recompensa, aquella por la que casi perdí la vida, junto con la de mis hombres y la de ella en el camino.

1

GABI

Esta historia podría comenzar de mil maneras distintas. Podría hablaros del día que llegué a este mundo, llorando a pleno pulmón —o eso asegura mi madre—, de que crecí rodeada de naturaleza, animales, vestidos lujosos y hombres trajeados. También podría hablaros de mi familia, de cómo llegó mi padre a ocupar el puesto de capo di tutti capi —y que ahora pertenece a mi hermano Enzo—, de mis viajes fuera del país, de mis idas y venidas, de los años locos en la adolescencia, de mi primer beso o del primer amor, de cómo me rompieron el corazón hasta que se volvió casi de piedra…

¿De mis sueños, engaños y mentiras? No.

Mi mundo cambió hace cinco años. Los rusos nos traicionaron y los albaneses nos pusieron una diana en la cabeza. Los únicos que no interfirieron en aquella masacre fueron los mexicanos. Todo había sido una farsa, una estratagema para acabar con la familia Bianchi.

Aquella maldita noche en la que todo estalló por los aires, mi hermano pequeño, Luca, no fue el único que murió. Una parte de mí lo hizo con él. Perder a una persona que amas es la peor de las sensaciones. El dolor te acompaña cada día; muta, pero nunca desaparece. Es imposible borrar esa marca de tu alma.

La sangre corrió como un río sin control. Las balas, junto con la lluvia, la noche cerrada y el muelle de carga, adornaron el último acto de la función. Ahí supe lo que era el miedo, la desesperación y el verdadero dolor. La poca inocencia que quedaba en la joven Gabriella se esfumó para nunca más regresar y me convertí en lo que soy ahora: una mujer sin escrúpulos, sin piedad, digna hija de su padre y del apellido Bianchi. Una mujer que decidió que, si tenía que ser despiadada, que así fuera.

Hace casi tres años, volví de mi exilio en Nueva York, ciudad donde mi padre, Leonardo, nos había enviado a mi hermana gemela, Mia, y a mí. Nos sacó del país para quitarnos de en medio tras la guerra que se desató entre las distintas mafias, supuestamente, asociadas. Nos llevó a un piso franco y nos proporcionó seguridad y escoltas las veinticuatro horas del día, además de una nueva identidad. Teníamos el mismo nombre y apellido, pero nuestra nacionalidad pasó de ser italiana a estadounidense, lo que destruyó cualquier lazo familiar que nos relacionara con la mafia. Comenzamos una vida anodina y tranquila por completo, hasta que llegó el momento de regresar. Porque la mafia ni olvida ni perdona.

Antes me apodaban «la pequeña principessa de la mafia italiana», ahora me llaman «la regina», porque eso es lo que soy, para eso nací, y ninguno de esos cabrones estará jamás preparado para el infierno que pienso desatar sobre cada uno de ellos. Uno a uno, caerían. Uno a uno.

Juré vengarme. Prometí no detenerme hasta acabar con todos y un Bianchi siempre cumple con su palabra, a no ser que la muerte acabe con él. Sangre por sangre, dolor por dolor.

Hasta la última lágrima. Hasta mi último aliento.

Sí, esta historia podría comenzar de mil maneras distintas, pero la mía comienza con un secuestro.

Actualidad, 23 de septiembre

La carretera que se mostraba ante mí se fundía, a escasos metros, con la oscuridad absoluta que me rodeaba. Parecía un mundo sin fin, sin luz, sin esperanza. La isla de Sicilia era el escenario principal; la costa, mi destino, y estaba cerca, pero no lo suficiente.

Continué pisando el acelerador a fondo hasta que una nueva curva, endemoniadamente cerrada, me salió al paso. Si los que me perseguían no me mataban, acabaría haciéndolo la carretera. Los albaneses habían puesto un pie en mi isla, algo que no deberían haber hecho sin mi consentimiento, pero aquí estaban. Esa fue una de las condiciones que incluí en nuestro acuerdo y, estaba claro, lo habían quebrantado; la pregunta era por qué. Llevaba cinco años siguiéndoles la pista, investigando cada uno de sus movimientos junto con mi equipo, anticipándome a sus acciones, pero esto no lo había visto venir. Casi, y digo casi —hasta que me descubrieron—, conseguí acercarme lo suficiente como para pasar desapercibida en aquel almacén abandonado donde, al parecer, habían estado escondiéndose. Aquella era mi isla. Sicilia era mi territorio y conocía cada recoveco. Aun así, no bastó. Me habían descubierto, y ahora huía en mitad de una persecución: la mía.

Intenté contactar con Keyla desde la «seguridad de mi vehículo». Ella era quien se encargaba de vigilar las cámaras, de pinchar la radio de la policía o de joder cualquier equipo electrónico que le pusieras en las manos, de eso y de mucho más, pero no daba señales de vida.

Tres coches armados me perseguían. Las balas no paraban de rebotar sobre la carrocería blindada del Bugatti mientras hacía todo lo posible por esquivarlas para que no acertaran a ninguno de los neumáticos o estaría realmente en apuros.

—¡Joder! ¡¡Joder, joder, joder!! —grité desgarrándome la garganta.

Volví a intentar contactar con mi equipo de apoyo, pero nada, no hubo respuesta; estaba sola. Tenía que llegar a la costa y salir de aquella maldita carretera secundaria o acabaría siendo mi tumba.

Seguí haciendo quiebros mientras las balas llegaban en ráfagas sin descanso. La tensión invadía cada rincón de mi cuerpo. La adrenalina circulaba sin control por mi sistema circulatorio, lo que provocaba que el corazón me latiera a un ritmo ensordecedor, incontrolable. Miré por el retrovisor y descubrí que cada vez estaban más cerca, joder, tanto que casi notaba su asqueroso aliento sobre la nuca, erizando cada vello de mi cuerpo.

—¡Mierda!

Observé, por unos segundos, el arma que descansaba sobre el asiento del copiloto; no tenía nada que hacer con ella. Sus coches también estaban blindados y, con una simple nueve milímetros, no cambiaría nada en absoluto. Llevaban fusiles de asalto de largo alcance, incapaces de perforar la carrocería de mi coche, pero perfectos para volar mi preciosa cabeza. Si hubiese bajado la ventanilla aunque fuera para tomar aire, estaría muerta.

Dirigí la mirada al frente, intentando concentrarme, mientras apretaba el volante con todas mis fuerzas hasta notar un dolor insoportable y palpitante para mantener los pies en la tierra.

Había salido de casa sin pensar y sin coger las armas adecuadas o el equipo necesario para plantarles cara. «Maldita estúpida».

No paraba de buscar una salida, un plan B que me ayudara a librarme de aquel problema, porque si algo había aprendido a lo largo de los años era que siempre había que tener uno: «Ten prevista una salida, un escondrijo, una vía de escape. Siempre», esa había sido mi norma inquebrantable, hasta hoy. Comencé a reírme, desquiciada. Habían pasado cinco largos años desde aquella noche, cinco putos años, luchando como una condenada para llevar a cabo mi venganza, para cumplir aquella promesa que nos había hecho a Luca y a mí misma. Cinco. Putos. Años. Si no conseguía escapar o acabar con ellos, todo habría sido en vano. Eran ellos o yo. Tanto tiempo luchando para aprender a controlarme, para intentar manejar la impaciencia, la impulsividad y la locura, se había evaporado en segundos. Una llamada para decirme que esos hijos de puta habían vuelto y yo lo había echado todo a perder.

Tras colgar, me había puesto en contacto con Keyla. Por supuesto, me dijo que ni se me ocurriera ir sola, sin ningún tipo de apoyo, pero no… Me fui pitando de allí y le dejé la puerta abierta a todo ese odio que me consumía. También llamé a Carter, un exagente de ciberseguridad de la DEA y mi mentor en muchos ámbitos. Casi me arranca la cabeza desde el otro lado de la línea. Por último, llamé a mi hermana, Mia, mi media mitad. Ella solo suspiró y me dijo que, pasase lo que pasase, me quería.

Una explosión, eso es lo que era, una maldita explosión incontrolable.

Una lágrima me rodó por la mejilla. No quería llorar, no quería derramar ni una más por culpa de ellos, pero la ansiedad podía conmigo. La limpié de un manotazo sonoro y me concentré en continuar conduciendo a ese ritmo frenético. Las balas siguieron llegando y yo seguí esquivándolas. Si querían acabar conmigo, tendrían que destruir toda la isla, porque Dios sabía que mi vida no iba a acabar ahí. Aún tenía muchas cabezas que cortar, muchas personas que arrastrar en mi caída y no, no pensaba irme hasta que lo consiguiera.

—¡Gabi!

Cerré los ojos de manera inconsciente al escuchar la voz de Keyla a través de los altavoces. Casi grité de la alegría, pero no podía despistarme ni por un segundo, ni siquiera despegar el pie del acelerador, a no ser que fuera para frenar en un intento por no matarme.

—¡Joder, Keyla, llevo diez minutos intentando contactar contigo! —grité.

—¡Te tengo! ¡Lo siento, lo siento, lo siento! No te encontraba.

—¡Joder!

—En dos minutos viene la recta, nena. Tengo tu posición en el mapa, pisa fuerte y aléjate de ellos todo lo que puedas. Dirígete al embarcadero, está todo preparado para cuando llegues. Carter y Max van en tu busca para darte apoyo y escoltarte.

Keyla habló apresuradamente, acompañada por el inconfundible sonido de sus dedos al teclear sin control sobre el equipo.

—¡Eso intento, pero están demasiado cerca! No me han dado ni un segundo de descanso —grité.

Más balas volvieron a sonar a mi alrededor, miré por el retrovisor y descubrí que no solo se habían acercado aún más, sino que unas luces nuevas se habían unido a la persecución.

«Joder. Perfecto. Simplemente… perfecto».

—Keyla, han llegado más… —dije de manera entrecortada con el corazón en la garganta.

Pocas eran las veces que podía reconocer que había padecido miedo, pero aquella era una de ellas. De manera silenciosa, aquel oscuro sentimiento se fue arraigando en mi cuerpo, y habría llegado a paralizarme si yo se lo hubiera permitido; pero ese nunca sería el caso. Me recordé, antes de que llegara ese indeseable momento, quién era, cómo había llegado hasta allí y cuánto me había costado. Una sucesión de imágenes pasó por mi mente; que siete coches me persiguieran no era nada comparado con todo lo que aún me quedaba por hacer. No, jamás me dejaría intimidar, jamás me inclinaría ante nadie; jamás dejaría que el miedo tomara el control. La locura quizá sí, pero ese hijo de puta no.

—¡Mierda! —exclamó Keyla.

—Sí, merda —susurré.

—Te quedan veinte minutos para llegar, quince si esa belleza se porta bien.

—¡Esta belleza va a todo gas, te lo aseguro!

Tras una nueva ráfaga, comencé a hacer eses una vez más, susurrando todo tipo de palabrotas en mi lengua natal.

—Dame un minuto, voy a buscar quiénes son. Ya he intentado acceder a sus sistemas, pero están protegidos.

Escuché sus manos volver a hacer magia al trabajar a un ritmo enloquecido, a la vez que informaba a los demás de las novedades. Oí a Carter y a Max despotricar de muchas personas, además de varios insultos que iban dirigidos, en mayor medida, hacia mí. «Me lo merezco, las cosas como son».

La adrenalina, a la que era adicta, estaba convirtiéndose en un peso imposible de ignorar por más tiempo. Comenzaba a notar las extremidades entumecidas, los ojos se me iban de un lado a otro de la carretera de manera desquiciada y tenía la respiración cada vez más acelerada. Notaba la tensión invadir mi cuerpo. Un minuto y tendría mi mejor oportunidad a la vista.

Una luz iluminó la carretera en todo su esplendor, como si acabara de caer la estrella más brillante del cielo acompañada, tras un breve instante, por un sonido ensordecedor que hizo retumbar todo a mi alrededor, desestabilizando mi trayectoria. La corregí como

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