Sanguinaria (El Corazón 1)

H.M. Wolfe

Fragmento

1

1
La misericordia ha muerto

Lo primero que aprendes en New Found Haven es que la misericordia ha dejado de existir. Mostrar piedad es una debilidad, y las debilidades harán que te maten.

Lo segundo es lo siguiente: los Veyra siempre están observando. Desde el más alto atrio de cristal del Corazón a los antros sin ventanas de los malos barrios del Perímetro, no hay movimiento que pase desapercibido.

La última lección es la más dura. Debes recordarla, tal como Greyson Serel hizo entonces, plantado en mitad de la tribuna monolítica de la plaza, detrás de dos rebeldes de rodillas y con las manos atadas.

«Amar fuera de tu anillo es una sentencia de muerte».

El Corazón era el hogar de la élite de New Found Haven, el uno por ciento. Eran los ricos y llevaban máscaras para ocultar sus rostros.

La plaza empezó a llenarse poco a poco de aquellos que residían en el Corazón, aunque no acudían porque creyesen en la justicia, sino para acercarse al poder. Para presenciar el sufrimiento provocado por la imposición de ese poder sobre los que consideraban inferiores a ellos. Acudían por la satisfacción de ver la sangre derramada de otra persona.

La élite se apiñaba hombro con hombro, obediente y en silencio bajo el cielo nocturno. Las pantallas que retransmitirían en directo cobraron vida entre parpadeos en la superficie reflectante de las torres gemelas que se erigían a la espalda de Greyson. Las torres se alzaban en pleno Corazón, en el mismísimo centro de New Found Haven, desde donde fluía toda la corrupción.

Un zumbido de electricidad llenó el ambiente, saturando hasta el último anillo de la ciudad, al tiempo que las pantallas publicitarias (que normalmente escupían una retransmisión continua de propaganda) se sintonizaban al canal en vivo. La ley de New Found Haven dictaba que cualquier persona que traicionara al Corazón debía ser ejecutada públicamente.

El cadalso elevado en el que se hallaba Greyson se había construido en el mismísimo centro de la plaza, donde confluían las venas de la ciudad, las cuatro avenidas principales. Los dos rebeldes condenados estaban de rodillas, con las manos atadas a la espalda con cuerda roja. Detrás de ellos, los Veyra esperaban en formación, ataviados en rojo ceremonial, con las botas relucientes, el casco puesto, las porras sostenidas en un ángulo recto perfecto y las pistolas sujetas a la espalda.

Greyson permaneció inmóvil; la máscara le cubría la cara y tenía cruzadas las manos enguantadas por delante de su uniforme militar de color ónice. No miraba a izquierda ni a derecha, ni a los condenados, sino que mantenía la vista al frente, vigilando, observando.

El cadalso no solo estaba iluminado por las luces orbitantes del Corazón, sino también por los focos azules que emitían los drones de los medios que giraban a su alrededor. Sus cámaras captaban cada gesto y cada temblor de los rebeldes para toda New Found Haven.

En las pantallas del círculo Cardinal y también del Perímetro, la ejecución se transmitía en directo y con una claridad de alta definición.

La multitud presente los observaba atentamente. La élite enmascarada alzaba la vista hacia los rebeldes, como flores letales absorbiendo un sol venenoso, esperando a que comenzase la masacre.

Greyson dejó que el silencio fermentara.

Aguardó hasta que sintió que el pálpito inquieto de la muchedumbre se sincronizaba con su propia respiración, hasta que las dos personas que estaban de rodillas empezaron a estremecerse bajo el peso de tanta atención. No fue hasta ese momento cuando dio un paso al frente llevándose los brazos detrás de la espalda, mientras el golpeteo de sus botas reverberaba en el estrado de mármol.

No leyó el guion; no lo necesitaba.

Su padre le hizo aprenderse las líneas a palizas.

—Por crímenes contra la Madre Patria —empezó Greyson con una voz modulada a la perfección— y por quebrantar las sagradas leyes de New Found Haven, el Corazón juzga ahora a estos delincuentes.

Greyson miró al gentío. La máscara escondía los pequeños tics de su mandíbula, sus labios pálidos, pero no la inexpresividad de su mirada.

—Por orden del presidente Maximus Serel, el castigo justo será el más acorde con el crimen cometido: la muerte. Los cargos son los siguientes: conspiración contra el Corazón, comunicación ilegal entre anillos, fornicación y amor entre líneas divergentes.

Un murmullo de aprobación resonó entre el gentío enmascarado, como respuesta ante una liturgia que llegara a su fin.

Greyson levantó una mano para hacerlos callar.

El hombre rebelde era del Perímetro, el anillo exterior de la ciudad. Un donnadie con el rostro lleno de cicatrices a causa de las escorrentías ácidas de las plantas industriales y una nutrición deficiente. Le habían arrancado todos los símbolos rebeldes de la ropa. Miraba a Greyson fijamente, con la intensidad de quien no tiene nada que perder.

La mujer arrodillada a su lado era una profesora del anillo Cardinal, el central de New Found Haven. Era menuda y temblaba, con las manos moteadas de quemaduras ocasionadas simplemente por vivir cerca de las plantas químicas que habían convertido hasta el aire de su zona en veneno. A pesar de estar de rodillas, trataba de mantener la dignidad con los labios fruncidos.

Greyson contempló a la pareja y se permitió no sentir nada. A pesar de que no creía en la necesidad de aquel acto público, recordó unas palabras de su infancia que había enterrado en su mente. Una lección de biología, una anécdota sobre lobos y sacrificio, que no había aprendido en clase, sino por medio de la voz de su padre en la salita, de madrugada. «La misericordia es debilidad, Grey. La debilidad es el fin de todas las cosas».

Greyson alejó ese pensamiento de su mente.

—Tal como manda la tradición —comenzó de nuevo—, los condenados tienen permitido hacer una última declaración y decidir el método de ejecución. —Se giró hacia el hombre y la mujer arrodillados delante de él—. ¿Lo habéis entendido? —preguntó bajando un poco la voz.

La mujer asintió, pasándose la lengua por los labios agrietados, sin mirar a Greyson, con la mirada perdida en la distancia.

El hombre escupió sobre el cadalso y casi le dio a Greyson en las botas.

—Acaba con esto de una vez, escoria Veyra.

Greyson admiró al hombre. Admiró el hecho de que, en aquel momento en el que ya no quedaba esperanza y cuando la mayoría ya estaría suplicando por sus vidas, él siguiera siendo fiel a sus creencias y hubiera aceptado su destino. Por un momento, Greyson se preguntó si de encontrarse él en la situación del rebelde mostraría la misma determinación.

Se giró hacia la mujer.

—¿Qué prefieres?

La rebelde contestó en un tono tan bajo que la respuesta apenas llegó a los oídos de Greyson, pero los drones sí la captaron. Con apenas un segundo de retraso, resonó fuerte y claro por los altavoces.

—Bala.

El capitán Veyra a la izquierda de Greyson apuntó la respuesta en su panel de datos.

Greyson miró al hombre y aguardó su respuesta.

—Que te follen —gruñó él.

Greyson ya estaba sacando la pistola de la funda que llevaba abrochada al hombro cuando la última sílaba se desprendió de los labios del hombre. No miró al rebelde, sino que observó a la multitud. En tercera fila encontró la máscara de su madre, perfectamente contenida. Captó el movimiento de su hermana al apartarse del cadalso, apenas discernible bajo el anonimato de su máscara.

Miró directamente a la infinita vigilancia de los Veyra, el dron que flotaba a la altura de sus ojos, y apuntó el arma a la base del cráneo del hombre. Observó cómo este se tensaba con la mandíbula apretada.

No suplicó antes de coger aire por última vez.

—Tomo nota —contestó Greyson, y apretó el gatillo.

El disparo sonó quedo al aire libre, más como un chasquido mecánico que como un trueno, pero el efecto fue inmediato. La cabeza del hombre cayó hacia delante y su sangre roció tanto el estrado de mármol blanco como a la mujer con una fina salpicadura de color rojo. Durante un instante, el cuerpo se mantuvo arrodillado, sostenido por la tensión de los músculos. Después cayó hacia un lado, con las manos atadas a la espalda como un animal en el matadero.

El público estalló en aplausos, como si hubieran obtenido una especie de satisfacción primigenia, pero el grito de la mujer atravesó el ambiente con una agonía desaforada. Se dobló sobre sí misma, apoyó la frente contra el mármol y sollozó entre sus rodillas. Ahora sí que suplicaba, suplicaba que la salvaran, que la dejaran vivir, entre un torrente de lamentos.

Suplicaba por una misericordia inexistente.

Greyson la contempló un instante, y otro más.

Percibió el eco del vómito en su garganta y sintió que le temblaba la mano izquierda al dirigir la pistola hacia la nuca de la mujer.

Su máscara ocultaba mucho, pero no su respiración.

El capitán inclinó la cabeza, una indicación silenciosa para que Greyson acabase con la mujer. Este asintió y tragó saliva al tiempo que empezaba a apretar el gatillo, pero vaciló otra vez.

No le dio tiempo ni a respirar de nuevo antes de que sonara un disparo a su lado. Parpadeó mientras el estallido reverberaba en sus oídos. El cuerpo de la mujer se desplomó junto al de su amante; la sangre manaba del agujero en su nuca. Lentamente, Greyson se giró hacia el capitán, que ya estaba enfundando su pistola.

Había dudado en directo.

Greyson volvió la vista a la multitud en busca de la máscara de su madre, pero ella ya se había ido, escabulléndose entre el festejo, la celebración de los asesinatos.

Lo castigarían por esto, lo sabía.

«El hijo del presidente no debería vacilar».

Centró la vista en el cuerpo inerte de la mujer mientras metía el arma en su funda. Enderezó los hombros y esperó a que el público se cansara. Cuando el aplauso murió por fin, Greyson se acercó al borde del cadalso.

—Se ha restablecido el orden mediante la rápida actuación de la justicia —anunció; su voz atravesó el chistar que se produjo tras el júbilo—. El Corazón perdura.

Se giró sin dedicarles más atención a los rebeldes fallecidos y descendió los escalones de mármol, por los que ahora goteaba un líquido carmesí. Como una ola roja de autoridad, los Veyra cerraron filas a su espalda mientras los trabajadores empezaban a retirar los cuerpos y a esterilizar el cadalso. Por encima, los drones seguían flotando, grabando desde todos los ángulos.

Greyson notaba todas las miradas sobre él, analizando cada paso que lo alejaba del cadalso. Debería haber sentido algo; culpa, vergüenza. Pero, en lo más hondo de su estómago, Greyson solo sentía frío.

Tomó el ascensor hasta la planta setenta y ocho de la Torre Serel, solo.

El cubículo estaba cubierto de cristal inteligente, que le devolvía la imagen de su máscara desde todos los ángulos, cada reflejo acentuado por una luz blanca y quirúrgica. No era la cara de un hombre, sino el emblema de un sistema, un sistema que había trabajado durante cinco generaciones para impedir que la ciudad se devorara a sí misma.

El cristal registró sus datos biométricos y se detuvo con un suspiro. El ascensor se abrió para dejar ver una segunda puerta. Greyson introdujo su llave en la cerradura, la giró y empujó para abrirla. Por fin, la estancia al otro lado le concedió lo que necesitaba: silencio.

Su apartamento era la vivienda más grande de la Torre Serel, a excepción del ático en el que residían sus padres, que constituía los tres pisos superiores. Aun así, sintió que las paredes se le venían encima. Cualquiera sería afortunado de vivir así, y él lo sabía. Los habitantes del Perímetro, e incluso los del Cardinal, matarían por pasar una sola hora con los lujos que su hogar ofrecía, cometerían crímenes atroces con tal de tener la oportunidad de ducharse y disfrutar de sus comodidades, como si fuera el paraíso. Sin embargo, para Greyson era una prisión.

La ejecución lo atormentaba, resonaba en sus oídos como un eco fantasmal. El ligero chasquido del primer disparo, los gritos desesperados de la mujer pidiendo clemencia, su propia vacilación, los ruegos de ella.

El castigo llegaría pronto; la ira de su padre estaría esperándolo. «La misericordia es debilidad, Grey. La debilidad es el fin de todas las cosas». La lección regresó, ahora con más fuerza que un susurro, arañando los bordes de su memoria. Casi percibía el sabor de las consecuencias, las sentía afilando el aire como si de cristal roto se tratara.

Cerró con llave la puerta que tenía detrás y se permitió un discreto gesto de extenuación, un instante de rebelión silenciosa contra el resto del mundo, y dejó escapar un largo suspiro mientras apoyaba la cabeza contra la fría superficie. Poco a poco, fue retirándose los guantes, los dejó en el mueble que había a su lado en la entrada y se quitó la máscara de la cara. La posó en su soporte y la contempló.

«La carga del privilegio».

Hacía cinco generaciones, las máscaras no eran más que símbolos, adornos rituales que solo se llevaban en votos ceremoniales. Con el paso del tiempo, conforme New Found Haven empezó a estratificarse, comenzaron a usarse como herramientas de opresión y control social. Se crearon costumbres y leyes complejas en torno a las máscaras, y se volvió ilegal que los habitantes de los anillos inferiores miraran los rostros desenmascarados de la élite.

Ahora, ni siquiera la élite tenía permitido ver qué había más allá de las máscaras. Salvo en el caso de aquellos ante los que te unía un voto ceremonial, mirar a la cara de otra persona se consideraba una violación flagrante de la ley de New Found Haven.

Solo en el caso de que algún ciudadano de la élite fuera declarado culpable de un crimen se le desenmascaraba en directo, antes de su ejecución.

Greyson apartó la vista de la máscara y se masajeó la mandíbula, conteniendo la rabia que corría por sus venas. «Como si se pudiera oprimir a los ciudadanos de esta ciudad más de lo que ya lo están». A su padre solo le interesaba el poder y ser aquel que lo ostentaba. No le importaba que la gente bajo su mando, más allá del Corazón, muriera de hambre todos los días.

El presidente Serel le había dicho a su hijo que aquella era la voluntad de Dios: dejar que los que no eran lo bastante fuertes para sobrevivir murieran. Aunque Greyson sabía que su padre no duraría ni un solo día en el Perímetro.

Recogió los guantes del mueble de la entrada y se dirigió al dormitorio, desabrochándose la chaqueta por el camino. Colgó el uniforme en una percha y guardó los guantes en un cajón, siguiendo una organización compulsiva. Fue hasta el fondo del vestidor, donde el parquet se unía al zócalo, y se arrodilló. El panel del suelo se elevó en cuanto lo tocó y dejó a la vista un compartimento profundo con paredes de aislamiento y una malla antiescáner.

Metió la mano y sacó una bolsa grande de viaje. La dejó a su lado y colocó el panel de madera en su sitio. Después, se recostó en la pared, agarró el asa de la bolsa y se la acercó al tiempo que abría la cremallera. El contenido se derramó por el suelo, delante de él, y empezó a hacer inventario para la próxima entrega que tenía programada.

Quince botes de antibióticos, cinco de narcóticos, diez ampollas de supresores de enzimas para niños, cupones de comida con valor de mil créditos y rollos de vendas. Dividió los artículos de forma equitativa y lo empaquetó todo en cinco estuches acolchados de color negro. Comprobó los cierres y los metió en el compartimento inferior de su bolsa de viaje.

Permaneció sentado en el suelo bajo la luz tenue durante un buen rato, repasando el plan mentalmente.

Se infiltraría en las plantas de mantenimiento mientras el Corazón dormía, cuando el nivel de vigilancia bajaba, se colaría en los garajes y amarraría los paquetes a la parte inferior de los vehículos patrulla de los Veyra. Los coches se pesaban al entrar y salir de cada uno de los tres anillos, así que los fardos debían ser lo bastante ligeros como para que los guardias de los puestos de control no se percataran de que habían perdido unos cuantos gramos entre anillo y anillo.

La primera parada sería en las plantas industriales del anillo Cardinal, donde harían la ronda para asegurarse de que los químicos fluían corriente abajo, hacia el Perímetro. Mientras los Veyra hacían su trabajo, los rebeldes de ese anillo se harían con los dos primeros paquetes.

Después, los vehículos se dirigirían al Perímetro.

Allí los Veyra no se detendrían. Era demasiado peligroso, incluso para el ejército. Los sanguinarios controlaban la zona y no veían con buenos ojos que los soldados entraran en su anillo.

Greyson torció el gesto al pensar en ellos y apretó tanto las manos que los nudillos se le pusieron blancos. Odiaba a los sanguinarios con cada fibra de su ser. Eran asesinos a sueldo que solo respondían ante un hombre.

Jaeger Nolin.

Eran los culpables de la muerte de su hermano.

Los sanguinarios eran mercenarios despiadados, sedientos de sangre, y Greyson consideraba que Jaeger no era mejor que su padre. Había visto la oportunidad de hacerse con el poder y la había aprovechado, sin importarle quién saldría herido en el proceso.

Greyson respiró hondo para calmarse, para apaciguar la furia que tan rápidamente prendía en él últimamente, y volvió a concentrarse.

El Perímetro…, los Veyra.

Si se atrevían a salir del vehículo, los recibirían con una bala entre ceja y ceja antes de que pudiesen respirar siquiera. Siempre hacían patrulla en los coches, pero el recorrido era predecible y eso los convertía en un objetivo fácil.

Los rebeldes del Perímetro usaban las cloacas. Aguardaban a que los vehículos patrulla se detuvieran sobre alguna alcantarilla y salían de los túneles para hacerse con los paquetes. Aunque el plan siempre funcionaba a la perfección, Greyson nunca podía descansar hasta que los Veyra daban por terminada la patrulla sin incidencias.

Recitó los números en su cabeza. Dieciséis minutos entre patrullas, suficiente para que llegara a los pisos de mantenimiento siempre que no lo detuviesen por el camino. Cinco para alcanzar los vehículos y dos para colocar los paquetes y salir antes de que llegase la siguiente unidad. Lo repitió todo mentalmente de la misma forma que otros hombres recitarían una plegaria.

Aquello debería haberle parecido heroico, pero no era así. Se trataba de un acto rutinario, fruto de la desesperación de un hombre que no podía reconciliarse con los crímenes que había cometido contra aquellos a quienes intentaba ayudar.

Su papel en la resistencia era el único motivo por el que Greyson no se oponía a las máscaras. Lo mantenían a salvo, invisible y anónimo. Pensarlo hacía que la culpa le revolviera el estómago. El anonimato era un privilegio que el resto de los rebeldes no podía permitirse, un privilegio del que él disfrutaba únicamente porque, a la luz del día, su trabajo era aplicar la ley que los oprimía.

Acababa de abrir el panel del suelo para devolver la bolsa a su escondite cuando oyó que alguien llamaba a la puerta con un golpe fuerte y contundente, imposible de ignorar.

Greyson se quedó paralizado.

No había nada incriminatorio a la vista; era consciente de que en cualquier momento los Veyra podían hacerle alguna auditoría sorpresa o alguna inspección aleatoria. Metió la bolsa bajo el suelo. Después se pasó una mano por la cara mientras se levantaba.

La segunda vez llamaron a la puerta con más suavidad y educación.

Atravesó el salón sin máscara y se asomó a la mirilla. Afuera había un Veyra, aguardando en el estrecho hueco entre su puerta y la del ascensor. El agente parecía relajado, así que los músculos de la espalda de Greyson se destensaron un tanto.

Tomó la máscara de su soporte, se la colocó sobre el rostro y abrió. El agente le dedicó el saludo militar y le habló con el tono tenso de un subordinado entrenado para no mirarlo nunca a los ojos.

—Señor, el presidente solicita su presencia inmediatamente.

Greyson asintió, ignorando el pico repentino de adrenalina en sus venas.

—Dile a mi padre que estaré allí en diez minutos. ¿Se encuentra en el despacho de su residencia o en las oficinas de la Torre Haven?

—Muy bien, señor. Se encuentra en su despacho —respondió el agente, que se retiró al ascensor sin darle la espalda.

Greyson cerró la puerta y tomó una bocanada de aire lenta y controlada. Prefería pasar por ello cuanto antes, en lugar de preguntarse durante días cuándo caería sobre él el puño de acero. Se miró en el espejo que colgaba sobre el mueble de la entrada y revisó su aspecto. Nada de él existía en el exterior, no había atisbo de personalidad. Se apartó los mechones negros como el carbón hacia atrás, peinándolos, y salió por la puerta.

El despacho privado del presidente Serel era una reliquia arquitectónica que había permanecido inalterada desde el nacimiento de New Found Haven. No había muebles dolorosamente rígidos ni luces blancas y cegadoras. El espacio estaba decorado con sillones anchos de cuero y retratos enmarcados en oro que colgaban en las paredes. Las lámparas proyectaban una iluminación tenue y amarillenta que hacía que las ventanas del fondo parecieran espejos oscuros. No había cámaras en la estancia, ni drones, solo la sensación palpable de que cada centímetro estaba medido y aprobado.

Greyson entró con paso silencioso y se detuvo nada más cruzar el umbral. Las puertas se cerraron a su espalda, emitiendo un suave sonido neumático.

Maximus Serel estaba sentado detrás de un escritorio de madera de nogal. La superficie pulida estaba cubierta de libros de contabilidad, documentos impresos y una tablet que parpadeaba con mensajes sin leer. Se había quitado su máscara dorada, que descansaba sobre un montoncito de correspondencia.

Cuando solo estaban ellos (el presidente y su familia), no cumplía las leyes que imponía con crueldad a sus ciudadanos. Su rostro estaba surcado de arrugas, pero resultaba imponente, y sus ojos negros atravesaban todo aquello en lo que se fijaba.

Maximus no se había hecho con el poder solo mediante la intimidación. Inspiraba, diseccionaba y finalmente consumía a todos los que se le oponían.

—Padre —saludó Greyson, bajando el mentón al tiempo que juntaba las manos por detrás de la espalda.

Maximus le indicó con un gesto el sillón que había delante del escritorio. Greyson se acercó con cuidado, tomó asiento y cruzó los brazos delante del pecho.

El silencio se alargó, ininterrumpido salvo por el leve murmullo de la ciudad que se extendía más abajo.

—Has llevado a cabo las ejecuciones —dijo por fin Maximus. No era una pregunta.

Greyson asintió.

—Hemos seguido el protocolo. No hubo complicaciones.

Su padre entrelazó los dedos y fijó la vista en un punto a la izquierda de la frente de Greyson.

—¿Y la emisión? ¿Observaste el efecto que tuvo?

—Sí, señor. El público respondió como esperábamos.

—Bien. —Maximus curvó los labios en una especie de sonrisa—. Hay quienes dudan de que los castigos públicos sean necesarios. Confío en que no estés entre ellos.

Greyson se quedó callado solo durante el tiempo que le llevó asimilar la pregunta.

—No, padre —mintió.

La sonrisa de Maximus desapareció.

—Entonces explícame por qué vacilaste antes del segundo disparo.

Greyson sintió que el ambiente se espesaba, pero mantuvo el control de su voz.

—La mujer se mostró desafiante. Quise asegurarme de que el mensaje quedaba claro, pero el capitán Mikel disparó antes de que pudiera apretar el gatillo.

—Humm. —Su padre se recostó en su silla; el cuero crujió bajo su peso—. No estás aquí para que el mensaje quede claro, sino para que sea absoluto. El miedo es un disolvente, Greyson: disuelve la duda, la resistencia, el concepto mismo de la alternativa. Pero solo si se administra en su estado más puro. Si lo diluyes, aunque sea un poco, la ciudad aprenderá a adaptarse.

Maximus se echó hacia delante y apoyó los codos en la mesa.

—He logrado construir esto… —Hizo un leve gesto con la mano que abarcaba su despacho, la ciudad, el mundo exterior—, no por ser amado, sino por ser inevitable. ¿Entiendes lo que significa eso?

Greyson miró a su padre, a la forma en la que la edad de su rostro parecía otra arma más, otro efecto calculado.

—Sí, señor, lo entiendo.

Maximus analizó a su hijo un momento, buscando los ojos azules que le devolvían la mirada detrás de la máscara de ónice.

—Con tu indecisión de hoy has puesto en entredicho tu deber. No mucho, pero lo suficiente.

Cogió un informe del escritorio y lo recorrió con la mirada. Después le dio un toquecito en la esquina.

—Circulan rumores. Hay Veyra que cuestionan tus prioridades. Algunos dicen que estás… distraído. —Dejó el papel en su sitio—. La distracción es una forma de deslealtad.

Greyson notó que el nudo de rabia se retorcía en su interior, pero se mantuvo impertérrito. Era en momentos como aquellos cuando agradecía no haberse quitado nunca la máscara en presencia de su padre.

—Tienes treinta y tres años ya, hijo. Es hora de que empieces a tomarte en serio tu responsabilidad. Tu madre te ha buscado pareja: Moraine, la hija de los Daunt. Los votos ceremoniales se celebrarán dentro de cinco días.

Ahí estaba el castigo.

Greyson solo había hablado con aquella mujer en una ocasión, y era tan leal al Corazón como el mismísimo presidente. Si Maximus quería sofocar cualquier duda que hubiera sobre la lealtad de su hijo, no había mejor pareja que ella.

Él habría preferido que le dieran una paliza.

—Padre, no puedo… —empezó a protestar, pero Maximus lo silenció con una mirada tan afilada como para matar. Asintió de mala gana—. Entendido.

Maximus inclinó el mentón, satisfecho. Cogió la máscara dorada, la hizo girar en sus manos y le sostuvo la mirada a su hijo.

—No hay lugar para vacilaciones en esta familia, Greyson. Ni en esta ciudad. Si dudas de ti mismo, ya te hemos perdido. Si dudas de mí…

No terminó la frase. No era necesario.

Greyson se puso en pie e inclinó la cabeza.

—Empezaré a prepararme para la ceremonia.

Maximus lo despidió con un gesto de la mano.

Greyson abandonó el despacho con el mismo paso silencioso, pero esa vez el frío de su vientre irradiaba hacia fuera, hacia su pecho, sus manos, su aliento. El eco de la advertencia de su padre recorría su cuerpo, constante como la electricidad que surcaba el Corazón.

«No hay lugar para vacilaciones».

2
El Perímetro

Shadera Kael abrió la puerta de La Boca del Lobo con el hombro y entró como una bala introduciéndose en un hueso. El cartel de neón con el nombre del local y una calavera proyectaba una neblina roja y violeta que teñía de color una sala a rebosar de sanguinarios que matarían por menos de una ración diaria.

Shadera parpadeó por la luz penetrante y se detuvo para que su visión se acostumbrara a la penumbra. Analizó la muchedumbre de la misma forma que un carnicero inspeccionaría su próxima pieza: con eficiencia, desprovista de emociones, con ganas de cortar.

No era el peor antro del Perímetro, ni de lejos, pero apestaba a hierro, a sudor reconcentrado y al olor fuerte, dulzón y sintético del anticongelante. Las paredes eran de hormigón armado y estaban llenas de grafitis y grietas. Carteles de insurrecciones pasadas y rebeldes desaparecidos rodeaban las mesas destartaladas.

La actividad principal de aquella noche, y de cada noche, era consumir lentamente desesperación química, servida en copa, de docenas de marcas del tipo de veneno de garrafón que le gustaba a Shadera.

Licor.

Los clientes habituales la observaron mientras se acercaba. Algunos le dedicaron un asentimiento, otros apartaron la mirada y unos cuantos se mentalizaron para la violencia. Los rumores de su regreso se habían adelantado a sus propias botas, ocasionando un estremecimiento de inquietud entre las filas de sanguinarios. Había partido en dos (literalmente) a su último encargo, un soplón del anillo Cardinal. El equipo de limpieza seguía recogiendo trocitos de su cuerpo de las alcantarillas.

Dejó atrás una mesa de billar destrozada, donde dos adolescentes delgaduchos se jugaban unos créditos. Uno tenía una mano entablillada, el otro lucía un ojo morado. Shadera pasó junto a la barra semicircular, le devolvió la sonrisa al viejo camarero y se dirigió a la pared del fondo, donde acechaba la verdadera autoridad.

Jaeger Nolin, el Lobo.

El maestro del gremio de sanguinarios.

Estaba sentado a solas en una mesa rinconera, bajo un halo de LED barato que arrojaba una enfermiza luz rosa. Sujetaba en la mano izquierda un vaso resquebrajado, y en la derecha, una moneda deslucida que lanzaba al aire y atrapaba a un ritmo imposible. Hasta en la oscuridad, no perdía detalle de sus alrededores: de su gente, de las puertas, de los ángulos de entrada.

La mayoría pensaba que no sentía cariño, ni por sus mercenarios ni por nadie, pero Shadera sabía que no era así. Había visto pruebas de que tenía corazón, había visto cómo cuidaba del Perímetro y de sus habitantes, cómo acogía huérfanos de la calle para asistirlos.

Ella había sido una de ellos.

Se plantó delante de él y Jaeger le dedicó una ligera sonrisa.

—Kael. —Nunca levantaba la voz, que sonaba como el grave murmullo de un depredador—. Siéntate. Tienes un aspecto horroroso.

Ella se dejó caer en el asiento opuesto y su chaqueta de cuero crujió con el movimiento. Enarcó una ceja perfecta.

—Siempre dices lo mismo. Voy a empezar a sentirme ofendida.

Jaeger emitió un gruñido y le hizo un asentimiento de cabeza al camarero que acababa de aparecer, quien depositó cuatro chupitos de un líquido transparente sobre la mesa, delante de Shadera, para acto seguido perderse entre la multitud de nuevo.

—Me he enterado de que acabaste antes de lo previsto el contrato de Dunmore. Buen trabajo.

—El tipo se lo merecía. Estaba convencido de que nadie descubriría que estaba ayudando al puto Corazón. —Shadera se miró las uñas, manchadas de pintura negra y sangre vieja—. ¿Tienes otro trabajo para mí?

Jaeger metió la mano en su abrigo. Fue un movimiento casual y deliberado, y, aunque no entrañaba amenaza alguna, todos los sanguinarios de la sala se pusieron en tensión. Excepto Shadera. No, ella cogió los vasos de chupito que tenía delante y se los tragó uno tras otro sin tan siquiera torcer el gesto. Dejó el último sobre la mesa y lo colocó de lado; una señal de que estaba lista para otra ronda.

Él sacó un sobre grueso, sellado con cera y marcado con el emblema carmesí del Corazón. Lo deslizó sobre la mesa destartalada sin dejar de mirarla a los ojos.

Shadera rompió el sello.

El interior estaba recubierto de una malla fina resistente a los escáneres, una precaución extra que solo se tomaban los clientes que vivían en el Corazón para asegurarse de que el contrato pasara los puestos de control de los anillos. Dejó caer el sobre y empezó a leer.

Shadera abrió mucho los ojos, pasando del documento a Jaeger y luego de vuelta al contrato.

—¿Estás de puta broma? Esto tiene que ser una trampa.

Jaeger sonrió desde el otro lado de la mesa.

—Lo he comprobado yo mismo. Este contrato es tan real como cualquier otro, te lo garantizo.

Ella soltó un bufido.

—Dice que el objetivo es Greyson Serel. El mismísimo Greyson Serel. Esto dará pie a una guerra.

Jaeger se encogió de hombros y le dio un sorbo a su vaso mientras Shadera volvía a leer el contrato.

—¿Cuánto pagan? —preguntó.

—Lo suficiente para mantener este tugurio durante el futuro próximo y alimentar a todas las familias de los campamentos del Perímetro durante un año. —Shadera se ahogó con el jadeo que escapó de sus pulmones. Jaeger lanzó la moneda sobre la mesa y la dejó girar hasta que empezó a frenar. Luego la volvió a atrapar—. ¿Puedes hacerlo?

—Joder, claro que puedo. —Volvió a leer atentamente el encargo, memorizando la información—. ¿Quieres la máscara o el cadáver?

Jaeger se inclinó hacia delante y la mesa crujió bajo su peso. Se tragó lo que le quedaba de bebida y el movimiento hizo que su garganta, surcada de cicatrices de quemaduras, se moviera.

—La máscara. Intentar meter el cadáver en el Perímetro sería demasiado arriesgado.

En la mesa de al lado, un sanguinario fornido sonrió, enseñando sus dientes de oro.

—Shade, si la cagas te quito el encargo de las manos. Seguro que llego antes que tú al principito. —Se reclinó en el asiento y apoyó la bota sobre el banco—. Qué cojones, a lo mejor incluso reparto la recompensa contigo si tienes suerte.

Shadera no se molestó en responder. Se limitó a meterse la mano en la manga de la chaqueta, acariciar la punta de su navaja y lanzarla por el hueco que había entre las mesas. La hoja se clavó en el hombro del sanguinario y le pegó la espalda a la pared con el impulso. La sangre manó, rápida y oscura, embadurnando el parquet del suelo.

El bar se quedó en silencio.

Shadera se levantó, recortó la escasa distancia entre ella y el sanguinario y le pisó el muslo con la bota mientras rodeaba el arma con los dedos y la retorcía. El tipo aulló de dolor e intentó levantar una mano, pero ella la apartó de un golpe.

—¿Alguien más quiere quitarme este encargo? —preguntó, mirando a su alrededor—. Hablad ahora o callaos la puta boca.

Nadie habló.

El mercenario de los dientes de oro le dedicó una mirada furibunda, se sacó la navaja con un gruñido, dejando escapar un chorro de sangre, y se recostó de nuevo en la pared, sujetándose el hombro herido. Shadera le quitó el arma de la mano al tiempo que el camarero le servía cuatro chupitos más en la mesa. Se limpió la hoja en la manga de la chaqueta antes de guardársela como si nada.

Jaeger se apoyó en el respaldo. Le brillaban los ojos con un divertimento desprovisto de alegría.

—No cambies nunca, Kael.

Ella engulló los dos primeros chupitos. El licor sabía a plástico derretido y a mondaduras de fruta, pero la quemazón le templó el pulso. Se tomó el tercero lentamente, saboreándolo mientras le abrasaba la garganta.

—¿Algo más? —preguntó Shadera apurando el último.

—Sí. —Jaeger la miró con más intensidad—. Si fracasas, tenemos las manos atadas.

—Nada nuevo —repuso ella—. ¿Algo que deba saber sobre el preciado principito del Corazón?

La carcajada de Jaeger sonó como un único ladrido grave.

—De principito no tiene nada, y no es ningún idiota. Es tan calculador y despiadado como su padre. Puede que haya crecido entre los lujos del Corazón, pero ten por seguro que no lo parece cuando lucha. —Jaeger se acarició la mandíbula—. No lo subestimes, Kael.

El camarero apareció, retiró los vasos vacíos y dejó una nueva ronda delante de Shadera. Ella se tomó uno, miró a los hombres y mujeres que los rodeaban y se terminó el resto.

—¿Cuándo llega al Perímetro el próximo envío del Corazón? Necesito más antibióticos —preguntó bajando la voz.

—En algún momento de esta semana. Los rebeldes van a interceptarlo de nuevo, pero no nos han informado del día concreto. —Jaeger se metió la moneda en el bolsillo.

Shadera se deslizó hasta el final del banco y se puso en pie.

—Si te enteras antes que yo, mándame un mensajero. Estaré donde siempre.

Jaeger asintió, con la mirada ya puesta en el siguiente problema.

—Intenta que no te maten, Shade. No me queda nadie que pueda sustituirte.

Shadera sonrió.

—Lo sé.

Por la puerta trasera del bar, salió a un callejón donde la lluvia se evaporaba al contacto con el neón caliente y, durante un solo segundo, se dejó llevar por la emoción de cazar a Greyson Serel, el cabronazo preferido de la ciudad.

La idea sabía mejor que cualquier licor.

Shadera, al igual que la mayoría, odiaba al Corazón: su forma de vigilar, de juzgar, de decidir quién importaba y a quién hundía a pisotones en el barro. Odiaba a los Veyra y las máscaras. Odiaba que el Corazón fingiera que el anillo Cardinal era menos prisión que aquel agujero infernal.

Pero, sobre todo, odiaba al presidente Serel y a toda su puta familia.

La rabia que bullía en su interior con tan solo pensar en aquel apellido le abría un agujero en el alma. Había sido el nombre de aquella familia y su legado el que había creado la opresión de New Found Haven y los anillos y el que había prohibido hasta la más mínima expresión de emociones humanas. Eran los culpables del sufrimiento en toda aquella maldita ciudad.

Para Shadera, matar a Greyson Serel sería un honor.

Sería un placer quitarles algo a las mismas personas que le habían quitado tantísimas cosas a ella. Greyson merecía pagar por sus crímenes como verdugo, pero su familia era el martillo y la gente como ella siempre eran los clavos.

Shadera recorrió los callejones, las arterias negras del Perímetro donde ni la lluvia se llevaba la mugre. Nada permanecía limpio demasiado tiempo. El agua de los sumideros hacía espuma bajo sus pies, escupiendo etiquetas de marcas que ya no existían y productos olvidados de la basura que congestionaba las alcantarillas. El hedor químico se le adhería al cabello, a las botas, a la piel expuesta del cuello. Tenía los sentidos agudizados para captar cada amenaza, cada movimiento tras una ventana rota o cada susurro de una tubería.

Si iba por las avenidas principales, La Boca del Lobo estaba a tres manzanas de su hogar, pero tardaba el doble si se decantaba por el recorrido más largo para despistar a quien pudiera estar siguiéndola. Shadera siempre iba por el camino más largo, moviéndose con la paciencia y la paranoia propias de una asesina.

La gente la miraba al pasar, pero a ella no le importaba. En el Perímetro se aprendía rápido: mantén una expresión impasible, las manos a la vista y las intenciones ocultas. La reputación de Shadera le proporcionaba tranquilidad, pero en ningún caso seguridad. Siempre había alguien cerca que acababa de llegar, que tenía más ambición o era más idiota.

Vislumbró a un chaval, de unos diez años o quizá menos, merodeando en una esquina. Iba descalzo y tenía las manos metidas en las mangas de un abrigo que le quedaba cinco tallas grande. El chico miró a Shadera; después, al callejón que esta tenía a su espalda, y luego se esfumó metiéndose en un semisótano como una rata. Ella identificó su comportamiento: era un informante o un ojeador de alguna microbanda. Los depredadores de la zona devoraban a los más jóvenes. La mayoría no pasaban de los veinte en estas calles.

Un par de manzanas más adelante, cuando el ruido de la ciudad disminuyó, Shadera ralentizó el paso; el silencio siempre implicaba problemas. Vio a dos hombres agachados junto a un bidón en el que habían encendido una hoguera. Estaban de espaldas a ella, hablando en voz baja. En la mano de uno de ellos vio el contorno de un cuchillo, y captó el brillo de un arma barata en la cadera del otro. Por el aspecto de los parches de su ropa, parecían aspirantes a sanguinarios. Los dejó atrás sin perder el ritmo, proyectando la amenaza invisible de que lo único que conseguirían si se enfrentaban a ella sería acabar en una tumba poco profunda.

Los hombres se encogieron al ver a Shadera pasar y se escondieron en un callejón estrecho. Ella estiró la mano, tiró de una escalera de incendios oxidada y observó cómo descendía. Se aupó al metal tambaleante, trepó a lo más alto del almacén abandonado y tiró de la escalera de nuevo para dejarla en su sitio.

Se detuvo a otear el horizonte y respiró hondo.

El perfil de la ciudad estaba formado por dientes serrados de hormigón y cristal que se alzaban sobre el humo. A lo lejos, las torres gemelas del Corazón emitían un brillo blanquecino, como una estrella fija sobre un planeta muerto. Apretó los dientes mientras las contemplaba.

Recordaba la noche en la que vinieron a por sus padres. Recordaba el directo, los gritos, cómo su madre cayó sobre el cadalso para no volver a levantarse. Recordaba lo que había sentido al coger el cuchillo después de aquello, lo fácil que resultaba cortar la parte blanda de la garganta de un hombre si tenías buen pulso.

La llamaron monstruo por lo que le hizo a ese primer Veyra. Le dio igual. En aquella puta ciudad solo sobrevivían los monstruos.

Apartó la vista y dejó que los recuerdos continuaran ardiendo en su subconsciente. La puerta de mantenimiento del tejado del almacén se encontraba bajo un cartel metálico reventado que ella misma había clavado al hormigón.

«Reciclajes Kael». Shadera lo miró. Era la única prueba física que quedaba en New Found Haven de que sus padres habían existido.

Para el Corazón, ella tampoco existía. Para el Corazón, había muerto la noche de la redada.

Shadera introdujo el código en la cerradura y escuchó cómo giraban los engranajes de detrás de la puerta antes de que esta se abriera. El hedor a aceite y a hierro caliente le resultaba reconfortante, un sufrimiento privado que le pertenecía solamente a ella.

Cruzó el umbral y cerró, esperando a oír el chasquido de la última cerradura antes de apartarse. Su guarida era más grande de lo que parecía desde fuera: un almacén abandonado que en el pasado había pertenecido a una empresa de logística y que ahora era un laberinto que ella misma había ido mejorando. Las lámparas desparejadas proyectaban charcos de luz amarillenta sobre el hormigón, iluminando las paredes cubiertas con planos del Corazón, mapas topográficos y fotos policiales. En el centro de todo estaba un plano completo del Corazón, un croquis de líneas rojas y negras que marcaban de forma obsesiva cada rotación de guardias, cada puesto de control y cada entresuelo secreto de mantenimiento.

Entre los documentos había clavado fotografías, con o sin máscara, conseguidas en el mercado negro o capturadas por ella misma. Las máscaras de la familia Serel dominaban la pared: el presidente, su mujer, su hija y sus dos hijos. Cada uno de ellos estaba rajado con un cuchillo, perforado con un dardo o roto con una barra de acero afilada. En el caso del hijo mayor, su cara estaba marcada con una gruesa X de color rojo.

Brooker Serel había sido asesinado. Nadie de los anillos exteriores sabía cómo o por qué, solo que un día estaba en pantalla llevando a cabo ejecuciones y, al siguiente, retransmitían su funeral. Greyson no tardó en hacerse cargo y ocupar el lugar de su hermano como verdugo del Corazón, lo cual no sorprendió a Shadera. Sabía lo mucho que disfrutaban los Serel derramando sangre inocente.

Curvó los labios en una sonrisa cruel al contemplar la pared y clavar otra daga en la foto de Greyson enmascarado. Pronto, los dos hijos de Maximus Serel estarían muertos, y no tendría herederos varones que gobernaran su pequeño reino envenenado, momento en el que Shadera iría a por él.

Se acercó a la pared, trazó el camino desde los túneles de servicio del Cardinal hasta la base del Corazón y marcó un punto de acceso nuevo que había descubierto en el mapa meses atrás. Si las patrullas mantenían su horario, los túneles estarían desiertos desde la medianoche hasta las tres de la madrugada, tiempo de sobra para que ella pasara desapercibida. Una vez en el Corazón, saldría de los túneles de mantenimiento trepando por el hueco del ascensor y se dirigiría hacia la Torre Serel. Para cualquier otro, aquella sería una misión suicida, pero Shadera solo aceptaba este tipo de trabajos.

Se le escapó un largo suspiro mientras sacaba los brazos tatuados de la chaqueta; la metálica tinta negra refulgía sobre su piel marrón. Se desprendió de la chupa de cuero y la colgó en la silla metálica que había delante del escritorio pegado a la pared.

Posó la mirada en su piel al deslizar los dedos por los bordes de una cicatriz recién curada en su antebrazo. Tenía muchas cicatrices nuevas, pero esta se la había ganado arrebatándole un escáner de paquetes a un Veyra. El trabajo había sido sencillo, aunque no imaginó que el soldado fuera tan rápido con un arma blanca. Al final, ella consiguió lo que necesitaba, y en aquel momento el cuerpo del Veyra se descomponía poco a poco bajo los residuos químicos del Cardinal.

A continuación, se dirigió a las seis taquillas que tenía en un rincón del enorme espacio, al tiempo que se desabrochaba la funda que llevaba alrededor de la cintura y los muslos. Nunca salía de casa sin sus armas favoritas pegadas al cuerpo, una CZ 75 y una Sig P320. Las habían usado para intentar matarla, y Shadera las empleó para asesinar a sus anteriores dueños. Había algo poético en eso, en su opinión.

Abrió la primera taquilla, dejó las dos armas en el primer estante y colgó la funda en una percha. Metió la mano al fondo y retiró la parte de atrás del cubículo para dejar a la vista un compartimento secreto. Esbozó una sonrisa. Agarró el asa de un maletín negro y fino. Lo sacó, se acercó al escritorio y lo posó sobre la superficie antes de abrirlo.

En su interior, encajada en espuma negra, se encontraba la última adquisición de su arsenal: una nueve milímetros reglamentaria de los Veyra, con el emblema del Corazón dibujado en el cañón. Shadera había estado aguardando el momento de usarla, aguardando un trabajo que pudiera hacer pasar por un ajuste de cuentas. Que Greyson fuera quien recibiera aquella bala, cuando había sido él quien había matado con aquellas mismas balas a cientos de personas del Perímetro, se le antojó un karma perfecto.

Iba a ponerlo de rodillas, pensó Shadera mientras empezaba a desmontarla para limpiarla. Iba a decirle las mismas palabras rituales que él había pronunciado cientos de veces antes de asesinar a hombres y mujeres inocentes.

El padre de Greyson había empleado aquel mismo modelo de pistola para meterles una bala en la nuca a sus padres cuando ella apenas tenía diez años. Y, durante los veinte que habían transcurrido desde entonces, Shadera había estado esperando que llegara el momento en el que pudiera arrebatarle algo a él.

3
No hagas preguntas

En el distrito del ocio del Corazón, todo funcionaba a base de sangre y artificio. Los clubes y teatros constituían un órgano vivo en la anatomía de la ciudad, bombeando a la élite a través de arterias de obsidiana pulida y mármol con vetas doradas. En noches así, todo el distrito resplandecía con el pretexto del placer; un cristal unidireccional y una niebla de feromonas que ocultaba la podredumbre.

Greyson se movía con la indiferencia de un hombre nacido en el lujo; llevaba la máscara de ónice tan apretada que parecía formar parte de su cráneo. Las miradas que le perseguían a lo largo del pasillo del club eran protocolarias y depredadoras. Las bailarinas con los maillots cristalinos esperaban a que abriese la cartera y sus mecenas enmascarados, puestos de especia del Perímetro, estaban demasiado fuera de sí para reconocerlo. Greyson los ignoró, o fingió hacerlo. Observaba cada gesto, los catalogaba y los anotaba mentalmente para usarlos como soborno en caso necesario.

Esa noche, los pasos de Greyson lo llevaron al extremo más alejado del distrito del ocio, a un establecimiento adornado con molduras de platino, donde se proyectaban hologramas cambiantes de bailarinas que se estiraban y fundían entre sí al ritmo de la música. Sobre la entrada colgaba un letrero sencillo.

«Thane».

Hasta en el Corazón, solo los idiotas ponían su apellido a los nombres de los clubes, salvo que fueras demasiado poderoso como para que te importara, o demasiado peligroso como para que te afectara.

Callum Thane era ambas cosas.

El interior era una cavidad de terciopelo con sombras en cada rincón. La luz tenue realzaba a las bailarinas sobre las plataformas y las máscaras que las miraban desde abajo. Incluso a esa hora tan temprana, el club estaba abarrotado. Siempre había un repunte de clientela en los clubes de Callum el día posterior a una ejecución, como si la élite tuviera que recordarse a sí misma que seguían vivos.

Greyson se abrió paso por el público hasta la parte trasera, donde había unas escaleras que llevaban al despacho de Callum. No necesitaba pedir permiso ni concertar una cita para presentarse allí. Los dos guardias al pie de la escalera de caracol no se molestaron en escanear sus datos biométricos cuando se acercó, se limitaron a hacerse a un lado para que pudiera pasar.

Subió los escalones de dos en dos, con las manos metidas con desenfado en los bolsillos de su cómodo traje de negocios negro, y observó cómo se abrían las amplias puertas de cristal nada más llegar.

Callum lo estaba esperando, sentado en su silla de cuero, con una máscara que resplandecía con filigranas de oro y cobre. Iba ataviado con un traje oscuro; los botones superiores de su impecable camisa estaban desabrochados para así acentuar el marrón oscuro de su piel tatuada, donde varios collares pendían sobre el pecho desnudo. Tecleó con los dedos llenos de anillos un código largo en el escritorio. Siempre estaba en movimiento, hasta cuando se encontraba sentado. Una energía excesiva reptaba bajo su languidez ensayada de anfitrión criado en el Corazón. El despacho olía a humo, a ginebra cara y a lejía.

—Grey —le saludó Callum nada más poner pie en la espaciosa estancia. No se levantó, solo movió un par de dedos como vago saludo—. Si has venido a cerrarme el club, tendrás que ponerte a la cola. Ya han estado aquí tres Veyra esta semana. Pero dejo que te cueles.

Greyson cerró la puerta a su espalda y la cerradura emitió un susurro. Se acercó al carrito de las bebidas (bien surtido con un amplio abanico de opciones) y se sirvió un par de dedos de ginebra en un vaso.

—¿Solo tres? Con esas salas antiescáner privadas que acabas de abrir, creía que se habría presentado todo el ejército.

—Ya sabes cómo son estas cosas. Los legisladores nunca viven dentro de la ley. Por supuesto, se fueron satisfechos y yo me he ganado tres secretos más para quitármelos de encima. —Cal­lum le guiñó el ojo y se llevó el vaso a la ranura de la máscara.

Greyson resopló; era lo más parecido a reírse que podía hacer. Dejó su bebida cerca del borde del escritorio y se inclinó sobre él con la cabeza gacha. Durante un instante, ninguno de los dos habló.

La máscara de Callum reflejaba la luz y la fracturaba en haces que reptaban por las manos de Greyson.

—No has venido por placer o para hablar de chorradas —dijo—. Algo va mal.

—Todo va mal siempre. —Greyson se enderezó y se cruzó de brazos—. Simplemente hoy es peor.

Callum aguardó, dejando que el silencio se volviera más denso. Siempre lo hacía, obligaba a Greyson a llenar el vacío, a pronunciar en voz alta lo que le perturbaba.

Greyson apartó la mirada y posó los ojos en la pista de baile de la planta inferior, que se veía a través del cristal unidireccional.

—Vacilé, Cal. Ayer, en la ejecución.

Callum se quedó quieto solo durante lo que tardó en tomar aire, luego volvió a llevarse el vaso a la ranura de su máscara. Le dio un sorbo. Los anillos de su mano derecha tintinearon contra el cristal.

—Lo vi.

Greyson volvió a sentir la rabia que bullía ardiente bajo el hielo.

—La mujer suplicó. Suplicó. No fue algo digno. Pero fue… —No pudo terminar la frase, así que dejó que el silencio dijera lo demás.

Callum se puso en pie y se alisó la chaqueta con las manos. Acortó la distancia que los separaba en cuatro zancadas y agarró a Greyson del hombro. Habría sido un gesto peligroso más allá de los muros del club, donde los Veyra lo interpretarían como una muestra de debilidad. Aquí, era necesario. Sus máscaras no ocultaban nada del otro, no de verdad.

—Lo haces lo mejor que puedes —dijo Callum—. Siempre.

Greyson lo miró.

—Eso no es cierto.

—No eres como tu padre, Grey. Por mucho que él intente tallarte a su medida. —Callum le dio un apretón suave pero firme—. Eres mejor que él. Tú todavía tienes corazón.

Aquellas palabras deberían haberle reconfortado, pero, en cambio, le rasparon por dentro.

—Si soy mejor, ¿por qué le metí una bala en la cabeza a ese hombre? ¿Por qué he disparado a cientos de rebeldes?

Callum se encogió de hombros.

—Porque no eres idiota, joder. Sigues teniendo instinto de supervivencia. Si no fuera así, morirías con ellos. Puede que no sea suficiente, pero es algo.

Greyson soltó lentamente una exhalación temblorosa.

—Me ha organizado unos votos ceremoniales. Con Moraine Daunt. Dentro de cuatro días.

Callum silbó, en tono grave y empático.

Menuda unión. Ya ni se molestan en fingir, ¿eh?

Greyson negó con la cabeza.

—Quiere que sirva de ejemplo. Demostrarle a la ciudad que soy leal. Si me uno a esa familia, no hay lugar para los rumores.

Callum apartó la mano del hombro de Greyson y tamborileó su anillo contra la superficie del escritorio.

—En eso tienen toda la puta razón. ¿Vas a hacerlo?

—No me queda elección. —Greyson no dijo la segunda parte de la frase: que le daba tanto miedo hacerlo como lo contrario.

Callum lo miró como si buscara algo en sus ojos.

—¿Por qué vacilaste en realidad, Grey?

Al principio, Greyson no respondió. El recuerdo del grito de la mujer reverberaba en su mente, como un fantasma negándose a ser exorcizado.

—Porque su único delito fue enamorarse de un hombre del Perímetro —explicó, sorprendiéndose de su sinceridad—. Y, aunque no me imagino dispuesto a morir por un sentimiento tan absurdo, pensé que, si la dejaba marchar, podría… equilibrar algo. Que empezaría a curar el daño que ha causado mi familia.

Callum meneó la cabeza.

—El equilibrio no existe en New Found Haven. Y daba igual que lo hicieras tú o algún Veyra, esa mujer no iba a bajar del cadalso con vida.

Greyson asintió.

—Lo sé.

—Además —siguió Callum, empleando un tono más liviano—, el amor ha derrocado imperios, y tu padre es consciente de ello.

Greyson resopló con amargura.

—¿Qué sabes tú del amor?

—Nada —respondió Callum con una risilla—. Yo solo sé de deseo, y haría cosas indecibles en nombre del deseo. Así que me imagino que, si encontrase el amor, también estaría dispuesto a morir por la causa.

Greyson sonrió entonces, negando con la cabeza pero sin decir nada.

—¿Acaso no me quieres a mí, hermano? ¿No morirías por mí como yo moriría por ti? —añadió Callum en un tono de ofensa fingida.

Greyson apuró lo que le quedaba de bebida.

—Mataría por ti sin dudar, pero morir por ti… Eso habría que hablarlo.

Una fuerte carcajada resonó bajo la máscara de Callum, que volvió a sentarse a su escritorio y colocó las botas bruñidas sobre su superficie.

—Puede que sigas teniendo corazón, pero careces de sentimientos.

Greyson rellenó su vaso antes de sentarse en el asiento de enfrente.

—Tú tienes sentimientos de sobra para los dos —bromeó Greyson mientras removía el líquido.

La sonrisa de Callum se reflejó en sus ojos.

—Eso fue lo que hizo que me echaran del programa de entrenamiento de los Veyra. Era demasiado sentimental y no tenía lo que sea que estuvieran buscando.

Greyson recordó el día que se conocieron. Fue durante unos ejercicios tácticos a última hora de la noche, los dos exhaustos, las máscaras empañadas de sudor, ninguno dispuesto a dejar que ganara el otro. Callum solía colar raciones para el personal de conserjería y hackear el sistema de vigilancia del Corazón solo para demostrar que podía hacerlo. Esa amabilidad, mezclada con su inteligencia y mano firme, era lo que lo convertía en un tipo peligroso.

—¿Nunca te has arrepentido de no haberlo acabado? —preguntó Greyson.

Callum negó con la cabeza.

—He podido montármelo por mi cuenta. Ahora reparto licor en vez de mentiras. Placer en vez de muerte… casi siempre.

Greyson torció el gesto al oírlo. Su único trabajo era repartir muerte en ese cadalso.

Miró a su amigo con atención.

—Haces más bien en este club que todos los Veyra.

—Díselo a mi padre —repuso Callum con voz quebradiza—. La última vez que lo vi me dijo que era un parásito. Que me lucraba con los vicios de la ciudad. —Se rio, un sonido hueco—. Le contesté que me venía de familia.

Greyson esbozó una sonrisa.

—Seguro que acabasteis bien.

Callum se encogió de hombros.

—No me desheredó. Supongo que sigue teniendo la esperanza de que provoque un escándalo lo bastante gordo para que tú acabes disparándome en vivo y en directo. Hasta entonces, dispone de barra libre y negación plausible.

A Greyson le supo la boca a bilis al pensarlo, al imaginar que su mejor amigo pudiera hacer algo que terminara conduciéndolo a aquel cadalso y que él fuera el responsable de quitarle la vida. No lo haría. Lo cierto era que, llegado el caso, sí que moriría para protegerlo.

Durante un rato, ninguno de los dos habló. La música del club de la planta baja seguía sonando, amortiguada por el doble cristal, pero aún presente, como el dolor de su pecho.

Callum rompió el silencio.

—¿Y ahora qué?

Greyson miró la máscara que había en un estante al fondo, vacía salvo por aquel artefacto antiguo de hierro ennegrecido, una reliquia de la primera generación.

Se puso en pie lentamente.

—Ahora tengo que ir a cenar con mi familia. A fingir que me importan los votos ceremoniales y a intentar no pensar en lo que vendrá después.

Callum asintió y también se levantó.

—¿Y qué vendrá después?

Greyson dudó.

—No lo sé. Pero algo tiene que cambiar.

Callum se colocó de nuevo delante de él, esta vez más cerca. Posó una mano sobre el pecho de Greyson, justo por encima de su esternón. Este notaba que su corazón retumbaba contra la palma de su amigo.

—No permitas que te quite esto, Grey. Nunca.

Las máscaras ocultaban cualquier emoción, pero el calor de la mano de Callum era real.

—No lo haré —respondió, y lo decía en serio.

Callum retiró la mano con una floritura.

—Ya conoces la vieja norma, ¿no? Si rompes los votos, me debes una caja de whisky del Perímetro.

Greyson esbozó una sonrisa.

—Si rompo los votos, tú morirás de la sorpresa y yo simplemente moriré.

—Moriré contento, entonces. —La risa de Callum sonó más suave esta vez—. Buena suerte con tu madre. Ella me da más miedo que el presidente.

—Aterra a todo el mundo con su silencio —contestó Greyson.

Callum levantó su vaso, descubrió que estaba vacío y, aun así, hizo el gesto de un brindis.

—Superarás todo esto, Grey. Como siempre.

Greyson se volvió para marcharse, pero se detuvo en la puerta.

—¿Cal?

—¿Sí?

—Si me pasa algo, haz que sufran.

La respuesta de Callum fue inmediata.

—Yo me encargo, hermano.

Greyson asintió y salió del despacho. No se había retirado la máscara de verdugo en ningún momento, pero debajo de ella, por un instante, sintió que podía respirar.

Atravesó la sala principal del club, ignorando las miradas voraces y los susurros que le seguían el rastro como se sigue al olor a sangre. En el exterior, la ciudad le aguardaba, deseosa de más muestras de poder. Se estiró la chaqueta, miró el reloj que llevaba en la muñeca y se encaminó a una cena que siempre acababa con amenazas.

La residencia Serel era una catedral de riqueza transmitida a través de generaciones y de unas ambiciones largamente enraizadas. Por mucho que el resto de New Found Haven se modernizara, los aposentos del presidente se mantenían al margen de algo tan frágil como el progreso. Los pasillos de madera bruñida de nogal negro desembocaban en el gran salón, donde generaciones de gobernantes del Corazón colgaban en lienzos de pintura al óleo. Todos sus ancestros habían sido pintados con la solemnidad de una máscara fúnebre.

Los zapatos de Greyson no hacían sonido alguno sobre el suelo de marquetería, un hombre hueco entre fantasmas. Se detuvo en el arco que daba al salón y respiró hondo, calmándose antes de entrar en la sala y tomar asiento.

Si el distrito del ocio ocultaba violencia y artificio, esta sala era el poder al descubierto; dispuesto como una trampa, diseñado para hacer sangre con poco más que una mirada.

La mesa se alargaba infinita, un tablero de caoba tan pulida que reflejaba las llamas de los candelabros tan a la perfección como un espejo. A la cabeza se encontraba el trono de pan de oro, reservado para Maximus Serel, presidente y patriarca.

Había cuatro asientos. Uno para Greyson, uno para su padre y uno para Elara, su madre, que había convertido la tradición de la ciudad de llevar máscaras en una ley férrea. Más allá de aquellos muros, era una mujer de armas tomar, cortante y letal. Pero ahí, en esa casa, estaba tan atrapada como los demás.

La cuarta silla, la de Lira, se encontraba a una distancia cuidadosamente medida, más cerca de Maximus, pero siempre a cierta distancia.

Los criados se movían como el humo; percibidos tan solo de refilón, jamás se les interpelaba por sus nombres. El servicio de mesa estaba dispuesto a la perfección: servilleta doblada, plato de bordes de obsidiana, copa de agua llena hasta la mitad. No había música; tan solo se oía el siseo de la cera y el leve murmullo de los preparativos que subían desde la cocina.

Elara fue la primera en llegar, con una máscara resplandeciente de oro blanco, delicada como la escarcha. Deslizó la mano con ternura por el hombro de Greyson cuando rodeó la mesa y se sentó. Sus ojos se encontraron con los de su hijo y le mantuvo la mirada.

—Pareces cansado, cariño —le dijo en un susurro—. ¿Has tenido un mal día?

Greyson se planteó mentir.

—Podría decirse que sí.

Su madre cogió su copa de agua, pero no bebió.

—Deberías cuidarte más. Tus votos serán dentro de cuatro días. Te resultará conveniente mostrar el mejor aspecto posible.

Greyson estuvo a punto de sonreír ante su tono transaccional.

—Siempre tan diplomática.

Elara desvió la mirada hacia la entrada.

—Ayuda. A veces.

A continuación, pasó Lira; su máscara presentaba una geometría cortante de ángulos en oro rosa. Llevaba el cabello recogido, todos los mechones largos y oscuros peinados con laca. No saludó ni a su madre ni a su hermano. Simplemente se sentó en su silla, se colocó la servilleta y esperó.

Maximus fue el último en entrar.

No llevaba máscara, pero su rostro era más formidable que cualquier metal. Las líneas de su cara se habían marcado más desde que Greyson era niño: la mandíbula estaba algo más afilada, los ojos, más fríos. Repasó la mesa con la mirada, comprobó los asientos y se sentó sin más formalidades.

La comida se sirvió en tres platos y en silencio. De primero, una sopa tan negra como la ciudad a medianoche. Después, un filete de carne tan poco hecho que soltaba sangre. Por último, una tartaleta de naranja.

Comieron en silencio. No era un silencio incómodo, pues no había nada de incierto en ello, pero sí una represión deliberada, de las que retaban a llenarlo a riesgo de acabar devorado.

Greyson fue quien rompió el silencio.

—Padre —dijo con cuidado de mantener un tono neutral—. Quería hablar de Brooker.

El nombre de su hermano cayó sobre la mesa como un martillo. A Elara le tembló la mano, solo un poco, antes de dejar la cuchara en la mesa. Lira apretó la mandíbula, de una forma tan sutil que solo alguien que la conociera desde que nació se habría dado cuenta.

Maximus no levantó la vista del plato.

—¿Sobre qué?

—¿En qué punto está la investigación sobre el sanguinario que lo mató? —Greyson se obligó a mirar a su padre.

Por un segundo, los ojos de Maximus brillaron con más fuerza, reflejando un sentimiento inquietante, letal. Acto seguido, dejó el tenedor en la mesa, se limpió la boca con una servilleta y se reclinó en su asiento.

—Pensaba que te había dicho que dejaras el tema.

Greyson no lo había dejado.

Nunca lo dejaría, hasta que todos los sanguinarios desaparecieran de New Found Haven.

Ignoró las palabras de su padre.

—Oí decir a un capitán Veyra que…

Maximus lo interrumpió.

—Lo que hayas oído es irrelevante. Fue asesinado, y no pienso arriesgar más hombres para satisfacerte con un nombre.

Elara intentó intervenir con voz frágil.

—Este no es el sitio…

—No te he dado permiso para hablar —le espetó Maximus. Se giró hacia Greyson con los ojos oscuros como la brea—. Cuando te digo que dejes un tema, lo dejas.

Greyson apretó el puño alrededor de su cuchillo, con los músculos en tensión del esfuerzo que estaba haciendo para no clavarlo en la yugular de su padre por tratar a su madre con tan poco respeto, o por el poco respeto que mostraba por la memoria de Brooker.

—Hizo todo lo que le pediste. Mató a cientos de personas en el cadalso, día sí y día también, siguiendo tus órdenes. Personas a las que se les dio caza por cualquier mínima infracción de tus leyes. Y, aun así, te niegas a buscar a la escoria sanguinaria que lo asesinó —le reprochó Greyson, sabiendo de inmediato que debería haberse quedado callado.

Maximus sonrió, los labios finos como un cuchillo.

—Tu hermano era mejor hombre de lo que tú nunca serás, no tienes por qué recordármelo. Era el hijo que querría que siguiera con vida. Insultarme, cuestionar mi lealtad hacia él, es traición. —Maximus se inclinó poco a poco hacia delante—. La élite no es inmune a la violencia de los anillos. El trabajo de verdugo te crea enemigos. Brooker lo sabía y, aun así, lo ejerció sin vacilar. Murió por el Corazón, y eso es lo que voy a honrar. No les daré a nuestros enemigos la oportunidad de aprovecharse de decisiones impulsivas.

Lira habló entonces, su tono seco y peligroso.

—Su muerte no fue un honor.

Maximus cerró la mano alrededor de su copa. Tenía los nudillos blancos.

—Te ruego que hables claro, Lira.

Ella lo miró a los ojos, de máscara a rostro.

—Su muerte fue una muestra de debilidad. Una muestra de que los sanguinarios pueden tocarnos. Y que dudes a la hora de hacérselo pagar solo les otorga más poder.

El silencio que le siguió fue tan puro, tan absoluto, que amenazó con fracturar la estancia.

Elara fue la primera en recobrar la compostura. Alisó la servilleta con dedos temblorosos y se atrevió a hablar sin permiso de nuevo.

—Estamos todos cansados —dijo con una voz que era la sombra de un susurro—. No peleemos esta noche.

Maximus la golpeó con el dorso de la mano en la cara antes de que nadie pudiera detenerlo, haciéndola caer de la silla y desplomarse en el suelo con un quejido de dolor.

Greyson se levantó, rugie

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