Prólogo
La Santa Cruzada
Condado de Aberdeenshire, reino de Escocia, primavera de 1250
El caballero avanzaba despacio a lomos de una cansada montura, que semejaba estar tan derrotada como él mismo. Ambos parecían llevar siglos caminando sobre la Tierra, aunque lo cierto era que llevaban recorriendo el mundo demasiado tiempo.
Habían salido un caluroso día de primavera del puerto de Damietta en Egipto, después de que los esfuerzos de los soldados cristianos por derrotar definitivamente al ejército musulmán cayeran en saco roto.
Cinco años atrás, había abandonado su hogar y recorrido Escocia como guerrero a sueldo, ofreciendo sus servicios a quienes lo requerían, errante, con el único propósito de expiar los pecados propios y los de su madre, pero sus andanzas no le proporcionaron el perdón que necesitaba.
Oyó hablar de la Cruzada que el rey francés, Luis IX, pretendía llevar a cabo y para la que reclutaba hombres de cualquier reino cristiano, y decidió embarcarse en aquella lejana y peligrosa aventura.
Cruzó el Canal de la Mancha y se dirigió hacia París, donde se sumó al ejército francés, con el que viajó hasta el puerto de Aigues-Mortes en la Occitania, al sur de Francia, especialmente construido para tan digna y loable ocasión.
El rey y sus huestes esperaron a que llegara la bendición del Papa Inocencio IV, y cuando esta lo hizo, junto con la bula con el perdón de los pecados para quienes participaran en la batalla contra los herejes, se pusieron en camino para comenzar su periplo con la intención de reconquistar Jerusalén de manos de los musulmanes.
Osric, el caballero escocés que provenía de una región cercana a las altas montañas escocesas, se embarcó a bordo de una de las naves que lo llevaría a tierras infieles, donde lucharía por la gloria de su Dios, por el perdón de sus pecados y por la recuperación de la ciudad de Jerusalén, arrebatándoles el poder a aquellos que eran sus actuales dueños: la dinastía ayubí, descendientes del famoso sultán Saladino, que moraba en Egipto.
Durante los días a bordo navegando el Mediterráneo forjaron una estrategia, mientras sentían el calor del sol y la brisa marina sobre la piel en la cubierta de la nao, las velas desplegadas, azuzadas por la fuerza del viento. El tiempo de bonanza los acompañó; y el optimismo, la fuerza y el empuje de luchar por lo que creían los ayudaron a conquistar la ciudad egipcia de Damietta.
La población era, en pleno delta del Nilo, un enclave fundamental para controlar el acceso fluvial hacia el interior de Egipto y bloquear el comercio y el abastecimiento del sultanato. Orgullosos por el logro, avanzaron, atacaron y se hicieron con El Mansura.
Tras apoderarse de dos de las ciudades más importantes de Egipto, claves en el tráfico marítimo del Mediterráneo y las comunicaciones con los territorios islámicos, decidieron poner rumbo a El Cairo, donde se encontraba el sultán que controlaba Jerusalén. Con su derrota no solo reconquistarían la Ciudad Santa, sino que desequilibrarían la balanza de poder del islam en Oriente.
Sin embargo, nunca llegarían.
Luis IX fue capturado por el ejército mameluco. El sultán Turanshah decretó entonces sus condiciones para devolverle la libertad, así como la de algunos de los nobles apresados. Exigió la devolución de los territorios conquistados y el inmediato destierro del país de los soldados cristianos que aún se encontraban libres.
Quienes no fueron hechos prisioneros debieron partir dejando atrás un reguero de batallas, muerte y desolación. Marcharon llevando la bendición del supremo representante de Dios en la Tierra, esperanzas y ánimos; y regresaron portando, en cambio, el peso del fracaso a sus espaldas.
Osric de Aberdeen volvía, además, con una pesada carga de remordimientos y una conciencia que se preguntaba constantemente si aquello hubo valido la pena, aún en el supuesto caso de que hubieran ganado Jerusalén.
Más de una vez, durante aquel periplo por tierras extrañas, recordó con nostalgia la comarca que lo vio nacer, la frialdad de su clima en invierno, la suavidad de sus veranos, la abundante vegetación de un verde brillante, tan diferente de los lugares donde guerreó y estuvo a punto de dejar la vida en más de una ocasión.
Tras cinco años alejado de su tierra, regresaba a ella. Y de repente, todos los recuerdos que había replegado al fondo de su memoria, aquellos que le resultaban agradables, aquellos que dolían, volvieron con fuerza, tan nítidos y tan sentidos como si hubieran sucedido antes de ayer.
La traición de su madre, la lealtad a su padrastro, el amor por la joven Alke... todo hubo transcurrido en el curso de un año, entre 1244 y 1245, justo antes de que se marchara, herido de amor, de desconsuelo, de pérdidas.
Un lustro después regresaba con millares de experiencias, con un corazón endurecido, descreído, inseguro de si sería bien recibido, pero henchido por la añoranza de volver a lo que un día fue su hogar.
Aún tardaría unas jornadas en llegar. Antes tendría que hacer una parada en el monasterio de Inchcolm para visitar a quien más amó durante toda su vida y quien le causó el dolor más profundo. Ya la había perdonado y debía decírselo.
Capítulo 1
Una tumba solitaria
La solitaria silueta del guerrero componía una triste escena en aquel lugar de recogimiento y soledad. Su capa y sus largos cabellos rubios ondeaban al viento. A lo lejos el caballo ramoneaba hundiendo el hocico en unos matorrales mientras su dueño murmuraba una oración frente a la tumba de su madre.
Reuna de Aberdeen había sido su referencia durante muchos años, su guía, la que lo había mantenido en un precario equilibrio emocional al recordarle constantemente que él no era más que el hijastro de Lothar de Aberdeen, su esposo y laird de las tierras.
Antes de que Osric naciera, las huestes del señor de Aberdeen habían guerreado contra las de su padre, ya que cada uno apoyaba a un pretendiente a la Corona diferente. Su padre se situó al lado del usurpador mientras que el que llegaría a ser su padrastro defendió al legítimo rey. La balanza se inclinó del lado de Alaxandair II de la casa Dunkeld y los que apoyaron a la casa Moray, los clanes MacHeths y Meic Villein, fueron derrotados y muchos de ellos perdieron la vida en las batallas que tuvieron lugar entonces, hacía varias décadas.
Su madre, viuda de un importante miembro de la casa MacHeths, y con un hijo recién nacido a su cargo, fue obligada a casarse con el laird de Aberdeen en un intento por ganarse de nuevo las simpatías del monarca y conservar las tierras. Reuna lo aceptó, al igual que su padrastro lo aceptó a él y, sin tener descendencia propia, lo acabó nombrando heredero y líder del clan, su sustituto cuando llegase su hora.
Osric de Aberdeen no había conocido a otro padre más que a Lothar, y este como a un hijo lo había tratado. Pero su madre guardó y alimentó en su corazón la semilla del rencor hasta el punto que traicionó a su rey y a su propio esposo y estuvo a punto de causar su muerte y la de su hija Alke, sangre de su sangre[1].
El laird de Aberdeen acabó descubriendo la traición de su esposa y la desterró al monasterio de Inchcolm, donde permanecería hasta el fin de sus días. Fue benevolente con ella y le perdonó la vida en consideración a su hijastro, de cuya fidelidad no dudó ni un solo segundo.
Osric, sin embargo, se sintió profundamente avergonzado por la traición de su madre, por no haber sospechado de sus propósitos, por saber que Reuna lo había tramado todo en su beneficio. Se sintió confundido en sus lealtades y despreciado por la verdadera hija de su padrastro, de la que estaba enamorado, y que eligió a otro joven como compañero de vida.
Todos aquellos acontecimientos lo impelieron a abandonar Aberdeen pese a las protestas del laird, quien, si
