El juramento del highlander

Jimena Cook

Fragmento

Prólogo

Prólogo

La casa de Jacob siempre olía a una mezcla de tinte fresco y seda de Oriente traída desde Flandes. El maestro mercader jamás sospechó que en las sombras de la catedral se tejía un plan para reducir a cenizas todo lo que amaba. Su tienda se alzaba en una de las arterias más prósperas de York, donde las vigas de roble de las casas sobresalían tanto que casi invadían las calles adoquinadas. Era un barrio frecuentado por las damas nobles, pero aquella mañana el mostrador de Jacob permaneció vacío y su puerta cerrada. Sus dedos temblaban al sostener una misiva escrita en un pergamino rígido al tacto. Con su otra mano, Jacob sostenía el colgante de plata en forma de media luna, al dorso de este una inscripción grabada con gran precisión: «clavis caeli, porta inferni». «Llave del cielo, puerta del infierno», musitó el maestro. Temblaba. Después Jacob leyó el mensaje del pergamino con la garganta seca:

Tus mercancías vienen de lejos, pero tus pecados están aquí mismo. Vendes seda extranjera para tapar que tu alma está podrida de ritos oscuros. Sabemos lo que escondes bajo las tablas del suelo; el arzobispo lo sabe todo. Ni toda la tela del mundo podrá ocultar esa media luna que brilla en tu mirada y está en tu poder. Arrepiéntete ahora o el fuego de la hoguera hará el trabajo que tú no quieres hacer.

El miedo le atenazó las entrañas, sabía que debía huir con Ariadna, su hija. Mientras cerraba los puños de impotencia recordó a la mujer que, semanas atrás, lo había abordado en las callejuelas fangosas cerca del río Ouse. Llevaba ropajes pesados, capas de lino oscuro que olían a humo y a hierbas viejas; su rostro era un mapa de arrugas y sus manos, nudosas, apuntaban artes prohibidas.

—¡Jacob! —le había dicho ella.

La anciana surgió de la niebla y lo llamó para que entrase al interior de una tienda húmeda que olía a hierbas cocidas.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Tu nombre fue escrito en las estrellas mucho antes de que en York se pusiera la primera piedra. Un comerciante de Flandes, antes de que el acero le robara el último aliento, me suplicó que te buscara. Dijo que tu estirpe era la única capaz de custodiar el colgante... —No terminó la frase.

—¿Qué comerciante? —instó el maestro, con la voz quebrada por el miedo.

—Willem van der Meer —sentenció ella.

El nombre golpeó a Jacob como una ráfaga de aire helado. Recordó al flamenco, un hombre de ademanes elegantes y mirada profunda que, en su última visita, no había podido apartar los ojos de Ariadna. Recordó cómo el extranjero había observado la mirada de su hija. Acudieron a su mente las extrañas palabras que le dijo: «Ariadna..., no olvidaré tu nombre. Eres una elegida».

—¿Ha muerto? —preguntó Jacob, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.

—Lo asesinaron —susurró ella.

Jacob guardó silencio.

—Es ella, Jacob. Tu hija es la elegida. Guárdalo —dijo entregándole el colgante—. Tú sabrás cuándo debe pasar a sus manos.

—¡Mi hija no es ninguna elegida! ¡Qué tontería!

—Aunque te parezca extraño y ajeno a ti y a tu hija, tu esposa... no estuvo desligada a su destino, al morir ella, tu hija se hizo la heredera del destino de su madre.

—¿Qué destino?

—Deberá destruir en el fuego eterno la media luna. Este colgante está maldito y hasta que no sea destruido el mal gobernará estas tierras.

—No entiendo nada... —Jacob estaba asustado por la irrupción de esa anciana en su camino y por sus palabras.

—Entenderás.

Al salir, el hombre tenía que meditar lo sucedido, estaba muy confuso. Se aseguró de que nadie lo acechara, pero el peso de la joya le quemaba en el jubón. Recordaba la última frase de su esposa antes de morir: «Lo siento, Jacob. Dile a nuestra hija que siento no haber podido acabar con lo que la perseguirá durante toda su vida». Él nunca comprendió las últimas palabras de ella, pero ahora empezaba a entender que su propósito fue el de alertarlo de algo que sucedería. Decidió dar media vuelta para devolver ese colgante; la seguridad de Ariadna valía más que cualquier profecía. Sin embargo, al cruzar de nuevo el umbral, la estancia era otra. Las hierbas habían desaparecido y en su lugar solo había un taller de carpintería polvoriento. Un hombre joven, de mirada desconfiada, levantó la vista de un tablón.

—¿Dónde está la anciana? —preguntó Jacob, desorientado.

—¡Aquí no hay ninguna mujer, maestro mercader! Vivo solo desde que murió mi padre —respondió el joven con una hostilidad contenida en la voz—. Si busca brujas, pregunte en las tabernas del puerto, pero no traiga esa peste a mi puerta.

Jacob huyó de allí con el corazón desbocado. ¿Había sido una trampa desde el principio?

—¿Qué ocurre, padre?

La voz de Ariadna lo devolvió al presente. La joven apareció en el umbral de la tienda, con sus rizos castaños cayendo sobre los hombros y unos ojos negros que brillaban con una inteligencia que a veces asustaba a Jacob. Al ver a su progenitor preparando fardos de comida en lugar de desplegar los rollos de seda, la muchacha palideció.

—¡Nos vamos, hija! ¡Ahora mismo!

No terminó de hablar cuando el estrépito del hierro contra la madera hizo temblar la casa. Las botas pesadas de los soldados de lord Hilton, el brazo armado del arzobispo de York, reventaron la puerta de entrada astillando el roble que Jacob había barnizado con tanto esmero solo un mes atrás.

—¡Ariadna, al sótano! —rugió su padre—. ¡Huye por la salida del río! Toma esto, que no lo encuentren o será nuestra condena.

Le entregó un bulto envuelto en terciopelo azul. Ariadna, con lágrimas en los ojos, se negó a soltarle la mano.

—¡Padre, me quedo con usted!

—¡Huye, por el amor de Dios! ¡Vete!

Ariadna se deslizó por el sótano. El pasadizo era estrecho, olía a humedad y había ratas en cada esquina. Salió a una callejuela trasera. El bullicio era un rugido de pánico. Los soldados de Hilton bloqueaban las puertas de la muralla y el paso por el puente de piedra estaba cortado. Sin otra opción, se arrastró por los túneles de desagüe, un laberinto de inmundicia que desembocaba en la orilla lodosa del río Ouse. Allí esperó un día entero, tiritando bajo el puente de piedra, con el frío calándole los huesos hasta que la ciudad pareció calmarse.

Al alba, ocultando su rostro con la capucha de su capa, atravesó la muralla hacia el interior. El ambiente no era de miedo, sino de una alegría macabra. La multitud se agolpaba hacia la plaza frente a la catedral. Desde la sombra de un arco de piedra, Ariadna vio el patíbulo. El cuerpo de Jacob se mecía con una rigidez espantosa bajo la brisa matutina. Un sollozo ahogado escapó de su pecho, pero una mano fría le tapó la boca antes de que pudiera gritar.

—Si gritas, el verdugo tendrá doble trabajo —susurró una voz.

Los ojos de la joven se fijaron en la anciana, quien le hizo una seña urgente con la mano, instándola a seguir sus pasos de inmediato. Ariadna se resistió, clavando los pies en el barro. Sus ojos, nublados por las lágrimas, estaban fijos en la figura de su padre, que bajo la luz gris de la mañana parecía un extraño. ¿Cómo era posible que lo estuvieran condenando?, pensó. Con un sollozo que le desgarró la garganta, hizo amago de lanzarse hacia el centro de la plaza. No le importaba la muerte, ni el verdugo ni las picas de los soldados; solo quería morir con él, ser su escudo o su consuelo en el último aliento. Pero la anciana fue más rápida, sus dedos, que parecían garfios de hierro, se cerraron en torno al brazo de la joven con una fuerza sobrenatural.

—¡Suéltame! —gimió Ariadna, forcejeando con una violencia que empezaba a atraer las miradas curiosas de los villanos cercanos.

—¡Camina, insensata! —le siseó la mujer al oído, arrastrándola hacia la penumbra de un callejón—. Si mueres ahora su sacrificio no habrá servido para nada. ¿Quieres que él vea tu sangre antes de cerrar los ojos?

Ariadna sintió que las fuerzas le fallaban, no pudo despedirse de Jacob, ni siquiera se cruzaron las miradas. La resistencia física cedió ante el peso de esas palabras, y mientras la anciana la obligaba a alejarse, la joven dejó que el corazón se le astillara en mil pedazos, perdiendo de vista la silueta de su padre mientras los murmullos de la multitud crecían como una marea hambrienta. La mujer la arrastró por callejones donde los guardias no se atrevían a entrar por supersticiones del pasado, hasta una cabaña que olía a sebo. Allí, bajo la luz vacilante de una vela, la anciana la observó, primero se fijó en su mirada, después le tomó una mano.

—Eres tú. No puedes salvarlo ya, pero puedes vengar su sangre. Ponte el colgante y que no toque más piel que la tuya.

—¿Qué colgante? —preguntó la joven, con la voz todavía temblorosa.

—El que tu padre puso en tus manos antes de que el acero lo apartara de ti —respondió la mujer, clavando sus ojos lechosos en los de Ariadna.

La joven recordó entonces el pequeño bulto que Jacob le había confiado. Con dedos torpes por la humedad, buscó entre los pliegues de su capa y extrajo el envoltorio de terciopelo azul. Al desdoblar el tejido, la plata pareció capturar la escasa luz de la estancia, revelando una media luna de filigrana tan fina que parecía tejida por manos de hadas. En el centro, una gema translúcida brillaba con un fulgor lechoso. Sin cuestionarlo, la obedeció y deslizó la cadena por su cuello. El metal estaba frío, pero al contacto con su piel... sintió una sacudida que le recorrió la columna, como si el colgante hubiera encontrado, al fin, su lugar.

—No se lo muestres a nadie —le advirtió la anciana, cubriéndole el pecho con la capa.

La extraña clavó entonces su mirada en la mano que tenía entre las suyas. Leyó en silencio las líneas de la palma y se estremeció, soltándola como si esta fuera hierro incandescente.

—¡Solo un guerrero de las Tierras Altas, con tres medias lunas, podrá sostener el peso de tu destino! Huye al norte, busca la Roca del Arrepentimiento en el Lago de las Sombras. Es un lugar donde el agua es negra como el cristal y el brezo no nace.

—¿Por qué? ¡No entiendo nada!

—Porque ese colgante abre la puerta al Trono de las Sombras, y el arzobispo de York lo quiere para arrodillar al mundo ante él. Debes llevarlo a la grieta donde nace el fuego de la tierra y dejar que las llamas lo devoren. Solo así serás libre.

La mujer desapareció entre las sombras del callejón antes de que Ariadna pudiera hacer más preguntas. Al principio se quedó quieta, paralizada por el miedo y la tristeza, pero reaccionó a los pocos segundos para seguir a la anciana. De pronto, se detuvo con brusquedad: los soldados la habían interceptado y la arrastraban hacia la plaza para morir en la hoguera, igual que su padre. Contuvo un grito de dolor; en ese preciso instante supo que tenía que huir de York.

Días después la joven avanzaba por senderos ocultos, alimentándose de bayas silvestres y raíces, evitando cualquier patrulla con el emblema de lord Hilton. El hambre le nublaba la vista, pero entonces lo vio: el gran paso de piedra que los mercaderes llamaban «La Puerta de la Montaña». Era la entrada a las Highlands, un desfiladero flanqueado por riscos que parecían gigantes dormidos. Al cruzar aquel umbral, Ariadna sintió que el aire cambiaba. Allí, el mandato del arzobispo de York no era más que un eco lejano. Estaba en tierra de clanes y él ya no tenía ningún poder.

Capítulo 1

La nave de la catedral de York estaba sumida en una penumbra solemne, apenas rota por la luz vacilante de unas cuantas velas que chisporroteaban junto al altar mayor. A esas horas, cuando incluso los fieles más devotos dormían, el lugar parecía otro; más frío, vasto... y muy peligroso.

El arzobispo caminaba de un lado a otro, arrastrando el borde de su pesada capa escarlata sobre las losas de piedra. Era un hombre alto, de complexión delgada, casi angulosa. Su rostro, afilado y pálido, estaba surcado por finas arrugas que se acentuaban cuando fruncía el ceño —y en ese momento no hacía otra cosa—. Sus labios delgados temblaban, no de miedo, sino de una ira contenida que parecía a punto de desbordarse.

Se detuvo en seco frente al altar y golpeó la piedra con la palma de la mano.

—¡Incompetentes! —escupió, con la voz baja, pero cargada de veneno—. ¡Teníais una orden clara!

A unos pasos detrás, lord Hilton permanecía inmóvil, aunque su postura rígida delataba la tensión. Era un hombre ancho de hombros, curtido por la guerra, con el cuello grueso y la barba corta salpicada de canas. Una cicatriz le cruzaba la mejilla izquierda, tirante cada vez que apretaba la mandíbula. Sus manos, grandes y ásperas, descansaban sobre el pomo de su espada, como si aquello le ofreciera algún tipo de control en medio de la tormenta.

—Registramos cada calle, Excelencia —respondió con voz grave, midiendo cada palabra—. La casa, los almacenes, los túneles cercanos...

El arzobispo se giró con lentitud hacia él. Sus ojos, hundidos y oscuros, brillaban con una intensidad inquietante.

—Y aun así... escapó —murmuró, acercándose—. ¿Sabéis lo que significa eso?

Hilton le sostuvo la mirada, aunque por un instante sus ojos vacilaron.

—Una muchacha sola no sobrevivirá mucho tiempo fuera de la ciudad.

El arzobispo dejó escapar una risa seca, sin humor.

—¡No es «una muchacha»!

Se inclinó un poco hacia él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro afilado.

—Es la llave.

El silencio que siguió pesó como una losa. Hilton frunció el ceño.

—Ya se lo expliqué —gruñó, apretando la mandíbula—. Si el padre no lo tenía y no estaba en la casa, lo tiene ella. ¡Quiero ese maldito colgante!

—Nuestros hombres aseguran que la vieron huir hacia el norte. Un par de comerciantes la reconocieron... dicen que cruzó el paso de piedra.

El arzobispo se irguió despacio. Sus dedos, largos y huesudos, se entrelazaron frente a su pecho.

—Las Highlands... —confirmó, como si saboreara la palabra con desagrado.

Sus labios se torcieron en una mueca.

—Tierra de bárbaros, supersticiosos y clanes sin ley. Un lugar donde la fe verdadera apenas ha echado raíces... —hizo una pausa— y donde nuestras manos llegan con mucha dificultad. ¡Ahí no tenemos ningún poder!

Hilton dio un paso al frente.

—¡Dadme permiso y la traeré de vuelta! No importa lo lejos que haya ido.

El arzobispo lo observó durante unos segundos, evaluándolo. Luego negó despacio con la cabeza.

—No será tan sencillo.

Se apartó, caminando hacia una de las columnas, donde la luz apenas rozaba su rostro.

—Si la anciana la encontró... —murmuró, más para sí mismo que para su interlocutor—, entonces la muchacha ya sabe algo. Quizá no todo..., pero lo suficiente.

Hilton alzó la vista, desconcertado.

—¿La conocía bien, Excelencia?

—¿A quién?

—A la vieja.

El arzobispo no respondió de inmediato. Sus dedos se deslizaron por el borde del altar, como si recorrieran un recuerdo antiguo.

—Más de lo que me gustaría... —Guardó silencio, pensativo—. Ese colgante... lo debí coger a la fuerza cuando esa bruja me lo enseñó. Pero... sus amenazas y esa voz de hechicera... —No pudo terminar la frase.

Hilton frunció el ceño.

—¿Bruja?

El arzobispo esbozó una sonrisa leve, pero carente de humor.

—Llámela como prefiera. Algunos la considerarían una visionaria... otros, una blasfemia viviente. —Sus ojos se enturbiaron un instante—. Yo la llamo un error que por fin he corregido hoy, con su muerte, bajo las llamas..., aunque la debí matar hace mucho tiempo y hacerme con la media luna.

El mutismo se tensó.

—¿Y cómo supo que se la tenía que dar a la joven? —insistió Hilton.

El arzobispo alzó despacio la mirada hacia él.

—Porque ella sabía que yo la buscaba. Siempre lo supo. Y sabía quién se la dio a ella y a quién debía regresar.

Dio un paso, acercándose, con la voz reducida a un susurro grave.

—La abuela de esa joven... ella fue la que se la dio. ¡Me lo robaron! Estaba en mis manos, llegó hasta mí y ella enseguida supo que se trataba de la media luna, «la joya maldita», como la llamaba la antepasada de la muchacha.

Hilton apretó la mandíbula.

—Maldita... —susurró.

El arzobispo lo miró antes de responderle.

—Grábate estas palabras en tu mente, cuando tengamos ese colgante nadie nos detendrá, porque en nuestras manos estará el poder absoluto sobre la voluntad de los hombres.

Hilton sabía que el arzobispo siempre se había acercado a las artes oscuras, le temía, sabía que la sombra del maligno lo había corrompido, pero él recibía muchos beneficios y riquezas por ejecutar sus órdenes. El clérigo se apartó volviendo la vista hacia la oscuridad de la nave.

—La anciana no actuó por casualidad. Si apareció aquí, en York..., fue porque el tiempo se ha agotado.

Hilton guardó silencio unos segundos, no entendía muy bien las palabras del arzobispo de York.

—¿Qué tiempo?

El hombre clavó la mirada en la del guerrero.

—¡No debe saber más! —Hilton no respondió, tensó la mandíbula—. Tenemos que actuar... con precisión —apuntó el arzobispo, girándose de nuevo—. No quiero un ejército llamando la atención en esas tierras. Quiero silencio. —Sus ojos se clavaron en los de Hilton—. Elegid a vuestros mejores hombres. Aquellos que sepan moverse sin dejar rastro... y que no teman ensuciarse las manos con sangre pagana.

Hilton asintió, aunque una sombra de duda cruzó su expresión.

—¿Y si los clanes la protegen?

Por primera vez, el arzobispo sonrió. No fue una sonrisa cálida, sino algo tenso, casi inquietante.

—¡No, eso es imposible! Un escocés nunca protegerá a una mujer inglesa. Pero... si eso llegase a suceder..., entonces aprenderán lo que ocurre cuando se interponen entre la iglesia... y la voluntad de Dios.

Se acercó hasta quedar a escasos centímetros de Hilton.

—Traedme a la joven..., viva. —Hizo una pausa—. Pero si eso no es posible...

No terminó la frase. No hacía falta. Hilton inclinó la cabeza.

—¡Así se hará!

—¡Y poned precio a la cabeza! Que el rumor se extienda por los caminos para que todo el mundo sepa que el arzobispo de York la busca y recompensará a aquel que le ayude a encontrarla.

El clérigo se volvió hacia el altar, como si la conversación ya hubiera terminado. Durante unos segundos, permaneció en silencio, con la mirada fija en la cruz, pero no rezaba.

—No puede esconderse eternamente —susurró, apenas audible.

Detrás de él, las botas de Hilton resonaron contra la piedra mientras abandonaba la nave. Cuando las puertas se cerraron, la catedral volvió a quedar en silencio.

Capítulo 2

El viento de las Tierras Altas descendía desde las cumbres como un susurro. Calum Fraser se alzaba en lo alto de la colina, recortado contra el cielo gris, con la mirada fija en un horizonte que parecía no terminar nunca. Era alto y de hombros anchos, forjados por el trabajo constante y los inviernos duros. El viento le azotaba el cabello oscuro, enredándolo sin piedad, pero él apenas lo notaba. Sus ojos, de un verde profundo, permanecían entornados, atentos a algo que no estaba a simple vista. No solo miraba el paisaje; lo leía. Cada cambio en el viento, cada sombra que se deslizaba sobre el brezo, cada silencio entre ráfagas le hablaba de una tierra que conocía mejor que a sí mismo. Había en su expresión una calma engañosa, la de quien ha aprendido a dominar el cuerpo aunque la mente no descanse, porque sus pensamientos no estaban en aquella colina. Se acordaba de su padre, de sus palabras, siempre firmes e inquebrantables; del peso de un apellido que nunca había pedido, pero que llevaba como una segunda piel. También daba vueltas al futuro que otros ya habían decidido por él. Sus manos, curtidas y marcadas por cicatrices antiguas, descansaban sobre el pomo de su espada. No la sostenía por amenaza, sino por costumbre..., o quizá por la necesidad silenciosa de aferrarse a algo que aún le perteneciera.

El viento sopló con más fuerza y Calum cerró los ojos un instante. Dos semanas, pensó. Dos semanas para desafiar el destino... o rendirse a él.

—Sabía que te encontraría aquí.

La voz de su madre rompió la calma.

Margaret Fraser avanzaba con paso firme entre el brezo, recogiendo su falda para no tropezar. A pesar de los años, conservaba una presencia serena, casi luminosa. Su cabello, trenzado con esmero, mostraba hebras de plata, y sus ojos —los mismos que los de Calum— estaban cargados de una preocupación que no intentaba ocultar.

—Tu padre te busca —añadió, deteniéndose a su lado.

Calum no se volvió de inmediato.

—Siempre me encuentra —respondió, con un leve deje de ironía.

Margaret suspiró, observándolo con detenimiento. Dio un par de pasos más hasta quedar a su lado, dejando que el viento agitara también su cabello.

—Esta vez no es como las otras...

Él guardó silencio, pero su mirada se tensó un poco.

—¿Cuándo lo ha sido? —murmuró al cabo de unos segundos.

Margaret esbozó una sonrisa triste.

—Desde que eras niño siempre has respondido así —dijo con suavidad—. Como si pudieras esquivar lo que te espera solo con mantenerte firme.

Alzó la mano y apartó con delicadeza un mechón de cabello del rostro de su hijo, un gesto casi olvidado, pero cargado de años.

—Pero ya no eres ese muchacho que corría por estas colinas creyendo que el mundo terminaba en el valle.

Calum dejó escapar un leve suspiro, sin mirarla aún.

—A veces desearía que sí fuera así.

Margaret inclinó despacio la cabeza, estudiándolo.

—No es el mundo lo que te pesa... es lo que esperan de ti.

Aquellas palabras hicieron que, por fin, él la mirara.

—¡Padre nunca ha esperado, solo ha decidido! —respondió, con un tono más áspero de lo que pretendía.

Su madre no se ofendió. Sus ojos se llenaron de comprensión.

—Tu padre carga con promesas hechas hace mucho tiempo, Calum. Promesas que, en su mente, mantienen unido al clan.

—¿Y yo? —replicó él—. ¿También soy parte de ese trato?

Margaret dio un paso más cerca.

—Eres su hijo —dijo con firmeza, pero sin severidad—. Y también eres libre, aunque ahora no lo sientas así.

Calum soltó una breve risa sin humor.

—¡No suena muy convincente!

Ella le sostuvo la mirada, esta vez con una intensidad tranquila.

—La libertad no siempre se presenta como una puerta abierta. A veces... —hizo una pausa— a veces hay que atravesarla aunque parezca cerrada. Habla con él —añadió con suavidad—. Pero no como un guerrero frente a su laird..., sino como un hijo que aún puede elegir quién quiere ser.

Calum bajó la mirada un instante, pensativo.

—¿Y si ya ha decidido por mí?

Margaret le apoyó una mano en el brazo; firme, cálida.

—Entonces decide tú cómo vas a enfrentarlo.

Un silencio más sereno se instaló entre los dos.

—Pase lo que pase —susurró ella—, no olvides quién eres, Calum. No solo un Fraser..., sino mi hijo.

Esa vez, él no apartó la mirada. Y en sus ojos verdes, por un instante, la tormenta pareció calmarse.

—Ve a verlo ahora, Calum.

Eso bastó para que él girara el rostro. Sus miradas se cruzaron, y en la de su madre había algo más que preocupación: era urgencia.

***

El castillo de los Fraser se alzaba sólido, de piedra oscura, desafiando al viento como lo había hecho durante generaciones. En su interior, el fuego crepitaba en el gran salón, donde Donald Fraser aguardaba de pie, inmóvil como una roca. Era un hombre envejecido por los inviernos, pero no debilitado. Su barba gris, espesa, enmarcaba un rostro severo, y sus ojos, duros como el acero, se clavaron en su hijo en cuanto cruzó el umbral.

—¡Has tardado!

—Estaba donde debía —replicó Calum, sin inclinar la cabeza.

Donald no sonrió.

—Ya no puedes permitirte ese lujo.

El silencio se tensó entre ambos, como una cuerda a punto de romperse. Margaret permaneció a un lado, observando sin intervenir.

—Hemos recibido noticias del clan MacLaery —continuó el patriarca, pronunciando el nombre con peso—. El acuerdo sigue en pie.

Calum apretó la mandíbula.

—¡Un acuerdo que yo no hice!

—¡Pero que te pertenece! —cortó Donald, dando un paso al frente—. Antes de que nacieras, juré ante su laird que nuestras sangres se unirían. Su hija, Lìra MacLaery, está preparada. Y el tiempo de esperar ha terminado.

El fuego crepitó con más fuerza, como si quisiera llenar el vacío que dejaban las palabras.

—¡No me casaré por un juramento que yo no he hecho! —dijo Calum, con voz firme.

Los ojos de su padre brillaron con un destello de ira contenida.

—¡Te casarás porque eres un Fraser! —replicó—. Porque este clan no se sostiene con deseos, sino con alianzas. —Dio otro paso, quedando frente a él—. ¡Y porque yo así lo ordeno!

El silencio cayó de nuevo, más pesado. Entonces Donald habló más despacio, como quien dicta una sentencia:

—¡Tienes dos semanas! —Calum no apartó la mirada—. Dos semanas para encontrar una mujer y traerla ante mí como tu futura esposa —continuó—. Una unión digna, que no avergüence nuestro nombre... y que pueda sostenerse ante los ojos del clan. —Hizo una pausa—. Tú me pediste que así fuera, que no te llevase a un matrimonio de intereses entre clanes sin darte la oportunidad de encontrar a una mujer a la que puedas amar. —Respiró en profundidad—. Pues bien, yo he cumplido mi palabra, te di tiempo y este ha pasado. Me rogaste dos semanas más y te las he concedido. —Clavó las pupilas en las de su hijo—. Pero si no lo haces...

El viento golpeó los muros, colándose por las rendijas como un lamento lejano.

—Te casarás con Lìra MacLaery, y el juramento quedará sellado como fue prometido.

Margaret cerró los ojos un instante, como si ya conociera aquel desenlace.

Calum permaneció inmóvil. Solo sus manos, tensas a los lados del cuerpo, delataban la tormenta que se agitaba en su interior.

—Dos semanas —repitió, casi en un susurro.

Donald asintió.

—¡Ni un día más!

El aire en la sala parecía más denso tras las últimas palabras. El fuego del hogar crepitaba en silencio. Calum alzó la cabeza despacio, sin prisa, pero con una determinación que ya no dejaba espacio a la duda. Sus ojos verdes, firmes, se clavaron en los de su padre.

—Me casaré por amor —dijo, con una calma peligrosa—. Y el amor no se negocia, padre..., no se impone ni se firma como un tratado. No se busca. Simplemente... llega.

Donald Fraser

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