Corazón fugitivo

Johanna Lindsey

Fragmento

Creditos

Título original: Wildfire in his arms 

Traducción: Paula Vicens 

1.ª edición: abril 2016 

© Ediciones B, S. A., 2015 

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-438-1 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. 

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1

—Creía que ya se había marchado, señor Grant.

Degan miró al sheriff Ross, que le sonreía, y se inclinó hacia delante para refrenar a su montura antes de que reculara. Al palomino no le gustaba tener a desconocidos cerca. Los disparos le daban igual, pero los desconocidos no.

—Me marcho hoy. Solo me aseguro de que no haya tiros en la iglesia.

—No se preocupe por eso. La enemistad terminó la semana pasada, en cuanto la feliz pareja se avino a casarse. Entonces ¿viene a la boda?

Degan miró hacia la iglesia situada al final de la calle. Las dos familias que se unían aquel día, los Callahan y los Warren, ya estaban dentro. Los del pueblo todavía se dirigían hacia allí para presenciar el feliz acontecimiento, y miraban fijamente a Degan, que permanecía en medio de la calle, a lomos de su caballo. Por mucho que le hubiera gustado hacer una cosa tan normal como asistir a una boda, sabía lo que su presencia provocaría. Además, ya se había despedido.

Así que negó con la cabeza.

—No quisiera que alguien se pusiera nervioso en un día como hoy.

Ross rio entre dientes.

—Creo que la gente de Nashart ya lo conoce lo suficiente...

—Ahí está el inconveniente: en que me conocen.

Ross se ruborizó levemente. Era raro que un sheriff tratara a Degan con tanta amabilidad. Por lo general, en cuanto un sheriff se enteraba de quién era, le pedía que se largara de su ciudad. Ross no lo había hecho, seguramente por deferencia a Zachary Callahan, que había contratado a Degan para mantener la paz hasta el día de la boda de su hijo. Desde luego, no había garantía alguna de que la boda se celebrara, puesto que la novia Warren se había criado en la opulencia en el Este e iba a casarse con Hunter Callahan, un vaquero nacido y criado allí, en Nashart, Montana, para ella un completo desconocido. Tiffany Warren había tratado de librarse del matrimonio concertado. En el rancho Callahan había incluso fingido ser ama de llaves para encontrar el modo de acabar con la enemistad entre las dos familias sin tener que sacrificarse en el altar.

A Degan le había gustado Tiffany desde el principio porque le recordaba el hogar, un hogar al que nunca regresaría. Sin embargo, había intuido que no era en realidad un ama de llaves. La joven trataba con mucho ahínco de evitar ser correcta y formal, pero no podía evitarlo. La verdadera Tiffany, elegante y sofisticada, se manifestaba cada dos por tres, aunque le había hecho dudar de su intuición haciéndose amiga de un cerdito y adoptándolo como mascota. Aquello lo dejó completamente confundido. Tampoco le había hecho ninguna gracia a Hunter. No era de extrañar que se hubiera enamorado de su futura esposa antes de saber quién era en realidad.

Habían contratado a Degan para frenar la matanza entre las dos familias enfrentadas. Había funcionado, su trabajo estaba hecho. Había llegado la hora de marcharse.

Pero el sheriff tenía la misma cara que unos días antes, cuando había tenido las narices de pedirle a Degan que lo sustituyera temporalmente mientras regresaba al Este para encontrar esposa. Las bodas en los pueblos tenían ese efecto sobre los solteros, por lo visto: conseguían que los que buscaban esposa quisieran todavía más encontrar una. Y en el Oeste era difícil encontrar alguna joven que no estuviese prometida.

Degan había declinado la oferta del sheriff e impidió que volviera a hacérsela.

—Si alguna vez llego a ser sheriff, tendrá que ser donde nadie me conozca —le comentó.

—Pero si es precisamente su nombre lo que mantiene alejados los problemas —insistió Ross.

—No, mi nombre los acarrea. Lo sabe perfectamente, sheriff. Hasta que los pistoleros sean una raza extinguida, habrá tipos que disparan rápido queriendo demostrar que son más rápidos que yo. Vamos, váyase o se perderá la ceremonia. Solo me quedaré hasta haber visto a la novia y al novio salir de la iglesia.

—Bueno, siempre encontrará un hogar aquí si usted quiere, Degan Grant. ¡Y podrá quedarse con mi trabajo también!

Degan sonrió levemente mientras el sheriff se marchaba. Nunca había tenido ganas de establecerse en ninguna parte hasta su llegada a Nashart, aunque por supuesto tampoco solía quedarse en un lugar tanto tiempo ni estaba acostumbrado a que lo trataran como a uno más de la familia, y eso habían hecho los Callahan. Incluso lo habían sentado a su mesa para cenar y le habían asignado un dormitorio de la casa. Por lo común, los patrones lo querían lo más lejos posible de la familia. Nunca se relacionaban con él, desde luego. Incluso había llegado a sopesar brevemente la oferta del sheriff porque la gente de por allí le gustaba y lo entristecía dejar de verla. No obstante, lo que acababa de decirle a Ross era cierto. Una vez resuelto el problema de la minería en Nashart y con las dos familias que habían estado enfrentadas unidas ahora por aquel matrimonio, el pueblo sería pacífico durante una temporada, tal vez indefinidamente. Pero no sería así si él se quedaba.

Mucha gente opinaba que el término «pacificador» era poco adecuado para referirse a un hombre capaz de desenfundar más rápido que nadie. Una vez desenfundada, un arma era un incentivo convincente, capaz de mantener la paz entre facciones enfrentadas incluso sin necesidad de dispararla. Degan había sido eso en Nashart: un pacificador. No había tenido que matar a nadie y solo había desenfundado una vez, para dejarle las cosas claras a Roy Warren, antes de saber que Roy era uno de los hermanos de Tiffany.

Una calesa se acercaba por la calle escoltada por tres jinetes. Degan había cabalgado hasta el pueblo con los Callahan y creía que ya estaban en la iglesia, pero por lo visto no era así. La novia iba en la calesa con su madre y su padre, que la conducía. Los hermanos iban detrás, para mantener el polvo que levantaban los cascos de los caballos alejado del vehículo.

Frank Warren detuvo la calesa y Tiffany se levantó y le hizo una elegante reverencia a Degan.

—Llega tarde a su boda —le comentó este.

Tiffany soltó una risita.

—A la novia se le permite llegar tarde, pero juro que no quiero que Hunter tema que me haya echado atrás. Quería estar perfecta para él en este día y he tardado un poco más de lo previsto, eso es todo.

—Lo ha conseguido. Hunter es afortunado.

Degan envidiaba a su amigo en aquel momento. Tiffany era hermosa y aquel día tenía un aspecto magnífico con el sofisticado vestido de novia y el velo de finísima gasa.

—¿Seguro que no quiere acompañarnos? —le preguntó.

Había cabalgado hasta el rancho Warren el día anterior para despedirse y le había dicho a Tiffany que no asistiría a la boda.

—Solo me quedaré hasta verlos salir a los dos de la iglesia convertidos en marido y mujer. Luego me iré a California.

—Hunter dice que su padre quiso volver a contratarlo para que vigile a su hijo Morgan mientras esté en Butte. ¿No va en esa dirección?

—En Butte soy demasiado conocido. Tomaré la ruta del norte, la que pasa por Helena. Zachary quería que le metiera miedo a su hijo para que volviera a casa, pero es inútil si Morgan sigue con la fiebre del oro.

—Bueno, no puedo decir que no me alegre de que su trabajo haya terminado aquí. —Le sonrió—. Se ha asegurado de que no mataran a nadie mientras Hunter y yo descubríamos que estábamos hechos el uno para el otro, por lo que le doy las gracias de todo corazón.

—Y yo también —convino Frank Warren.

—De hecho —añadió Rose, su mujer—, mis chicos admiten que tenían miedo de...

—¡Ma! —la interrumpió Roy Warren, avergonzado.

—Bueno, el control en todos los frentes ha sido sin duda una bendición —terminó Rose.

Frank se aclaró la garganta.

—No creo que el señor Grant quiera que se le compare con una bendición, querida.

—Bobadas —refunfuñó Rose—. Él sabe a qué me refiero.

—Tenemos que irnos. —Frank indicó la iglesia.

Degan siguió su indicación y vio a Zachary Callahan a las puertas de la iglesia mirando ansioso hacia todos lados y haciéndole gestos a Frank para que se diera prisa.

Tiffany soltó una carcajada.

—Supongo que tengo a Hunter preocupado, ¡o solo a mi suegro! Cuídese, Degan, vaya adonde vaya.

Volvió a sentarse.

Frank puso en marcha la calesa y los tres hermanos de la novia saludaron a Degan con un breve asentimiento.

—¡Si alguna vez encuentra esta clase de felicidad, traiga a su mujer para que la conozcamos! —le gritó Tiffany volviendo la cabeza.

Degan estuvo a punto de reírse. «Confía en una mujer que piensa que solo una mujer puede hacer feliz a un hombre.» Degan sabía que nunca se enteraría de si era cierto porque las mujeres le daban miedo. Incluso Tiffany se lo daba. Además, no sabía cómo hacer que eso cambiara sin que su reputación se resintiera, así que no estaba dispuesto a intentarlo.

—¡Eh, señor! ¿No es capaz de decidir hacia dónde ir?

Degan volvió la cabeza y vio que un desconocido se le acercaba a caballo por el centro del pueblo. Vestía una gabardina amarilla sin abrochar para que se viera la pistola que llevaba al cinto, señal inequívoca de que buscaba problemas de algún tipo. A medida que el desconocido se aproximaba, vio que era joven, delgado, con el cutis tan terso que podrían haberlo tomado por una niña.

No tenía por qué responder a la sarcástica pregunta. Podía simplemente marcharse antes de ver a sus amigos felizmente casados saliendo de la iglesia, pero sabía que a los chicos como aquel no les gustaba que los ignoraran.

—¿Qué edad tienes, chico?

—No es de su incumbencia, pero diecisiete, así que no me llame chico. Me llamo...

—No me interesa.

El chico pareció contrariado.

—¿Todos los de este pueblo son tan malhumorados como usted?

¿Malhumorado? Degan arqueó una ceja. Lo habían llamado un montón de cosas, pero eso nunca. El chico había detenido el caballo a pocos pasos. Evidentemente tenía algo más que decir, y no había nadie cerca. En la calle principal no había un alma porque todos los asistentes a la boda habían entrado ya en la iglesia. Solo los tenderos seguían en el pueblo, la mitad de ellos por lo menos mirando por el escaparate. Los desconocidos no pasaban desapercibidos.

Degan se dijo que no debía ser tan suspicaz con todos los desconocidos que se le acercaban, fuesen o no pistoleros. Había mucha gente amigable en el Oeste y docenas de buenas razones para que un hombre fuera armado. No todos se dedicaban a hacerse un nombre desafiando a cualquier tipo rápido desenfundando del que tuvieran noticia. Así que se enderezó un poco.

—¿Necesitas ayuda? —le preguntó.

—Sí. Oí decir a unos mineros de Butte que Degan Grant vive aquí.

—Acaba de pasar por aquí.

—¿Llego tarde, entonces?

—Depende de para qué.

—¿Cómo?

—Si quieres un enfrentamiento cara a cara con él, hoy es tu día de suerte. Si quieres contratarlo, puede que siga siendo tu día de suerte. Para cualquier otra cosa, seguramente no es tu día de suerte. ¿Qué quieres de él?

—Entonces ¿sabe dónde puedo encontrarlo?

—Ya lo has encontrado.

El chico sonrió abiertamente, lo que hizo que Degan se preguntara por un instante si su instinto no lo había engañado. No lo había hecho.

—A mediodía, mañana, aquí mismo —dijo el muchacho, sonriendo confiadamente.

No hacían falta más explicaciones. La mayor parte de los duelos eran a mediodía, porque a esa hora el sol no deslumbraba a ninguno de los duelistas.

Degan miró hacia arriba para comprobar cuál era la posición del sol.

—Falta poco para mediodía, así que, si vamos a hacerlo, hagámoslo ya. Ata el caballo si no quieres que lo hiera una bala perdida —le propuso. Llevó su palomino hasta el palenque más cercano, desmontó y ató las riendas.

El chico lo siguió e hizo otro tanto, porque no esperaba que Degan rodeara los caballos con la pistola desenfundada.

El muchacho le lanzó una mirada asesina apartando despacio la mano de su arma.

—¿Cómo diablos se ha labrado la reputación que tiene si hace trampas? —le espetó, escupiendo las palabras.

—Matando a hombres, no a niños. Y esto no es hacer trampas, es salvarte la vida. —Le cogió el arma y fue tirando al suelo las balas del tambor. Luego se la devolvió—. Pero supongo que todavía no lo entiendes. Sigamos, pues. Si ganas, puedes recargar y te daré otra oportunidad. Si gano yo, te marcharás dando gracias de seguir vivo. ¿Te parece justo?

—Ni hablar. ¿Por qué no lo hacemos como es normal, delante de testigos?

—Mira a tu alrededor. Te están observando. Yo te ofrezco exactamente lo que has venido a buscar: la oportunidad de ver si eres más rápido que yo, pero sin derramar sangre en la calle, y sin que te mees en los pantalones de miedo pensando que estás a punto de morir. Pensándolo bien, es un modo mucho mejor de comprobar cuál de los dos es más rápido, de hecho. Estarás relajado, no tendrás miedo ni las palmas sudadas. El sudor puede volverte torpe. Y seguirás teniendo derecho a fanfarronear si ganas.

Degan se quitó la chaqueta y la colgó del cuerno de la silla de montar. Por el hecho de vivir en el Oeste no tenía por qué renunciar a las cosas buenas de la vida a las que estaba acostumbrado. Bueno, tenía que renunciar a unas cuantas, pero no a su modo de vestir. La chaqueta negra era de corte impecable, el chaleco de seda, la camisa blanca de lino fino. Llevaba las botas negras muy lustradas y las espuelas no de alpaca sino de plata de ley. Además la funda de la pistola estaba hecha a medida.

Salió a la calle, lejos del cruce. No quería que sus amigos vieran aquello si salían pronto de la iglesia. El chico había seguido su ejemplo y dejado el impermeable con el caballo antes de poner cierta distancia entre ambos. Seguía nervioso. Degan se preguntó si había hecho algo parecido alguna vez o si era su primer duelo. Era una pena que los chicos como él no aprendieran de sus errores y se volvieran a casa. A lo mejor aquel lo haría cuando hubiera acabado con él.

—¿No vas a vaciar el tambor como has hecho con el mío? —le preguntó el muchacho, indeciso.

—No. Hay testigos, ¿recuerdas? No soy un asesino, solo soy rápido con el revólver. Eso demuestra que sabes cómo hacer esto.

Pasaron varios segundos en los que el chico mantuvo la mano a milímetros de su arma. Seguía estando nervioso, a pesar de lo que le había asegurado Degan, que veía cómo le temblaban los dedos y suspiró.

—Voy a darte una oportunidad de desenfundar antes —le dijo por fin—. En cualquier momento a partir de ahora estará bien.

—Entonces ¿va a dejarme ganar?

—No. —Desenfundó y volvió a enfundar su revólver con la misma rapidez—. ¿Lo ves? Ahora, desenfunda.

El chico trató de hacerlo, pero todavía no había sacado el arma de la funda y Degan ya estaba apuntándole al pecho con la suya.

—La cuestión es, muchacho, que tampoco fallo nunca. ¿Damos este asunto por concluido?

—Sí, señor, se acabó.

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2

—Max, despierta. ¡Max Dawson!

Abrió por completo los ojos oscuros y parpadeó varias veces antes de localizar a la bonita dama de la noche haciendo un mohín junto a la cama.

—No hace falta que grites, Luella, sobre todo no hace falta que proclames mi nombre completo a gritos.

—Perdona, cariño, pero no tendría que hacerlo si no te costara tanto despertarte. Es increíble que puedas dormir siquiera un poco en este establecimiento, con tanto gemido y tanto gruñido a altas horas de la noche.

Max sonrió.

—Mientras tú estés callada y no te importe compartir esta cama maravillosamente blanda, todo lo demás me parece el murmullo del viento.

—Me sorprende que todavía no te hayan pillado con lo profundamente que duermes.

—La puerta está cerrada con llave, ¿no?

—Sí, claro.

—Y nadie ha entrado jamás por la ventana, ¿no es cierto?

—Solo tú.

—Bueno, pues lo dicho, estoy completamente seguro descansando en una cama blanda. Solo aquí puedo dormir profundamente. En el campamento de las colinas, el menor ruido, por leve que sea, me despierta. Además, nadie me busca aquí.

—Entonces ¿por qué querías que te despertara al amanecer, antes de que los alguaciles hagan la primera ronda? Por cierto, eso ha sido hace media hora. La media hora que he tardado en conseguir despertarte...

—¡Maldita sea! ¿Por qué no me lo has dicho antes? No me gusta nada estar en el pueblo de día.

—Pero si nadie mira...

—Nadie mira a propósito, pero los carteles de se busca ya han llegado hasta tan al norte como aquí. Arranco los que encuentro, pero el sheriff de este pueblo vuelve a pegarlos. Por lo que se ve le han mandado un montón.

Max apartó las mantas. Iba completamente vestido. El sombrero y el abrigo eran lo único que no llevaba. Agarró ambas cosas. Tampoco se había quitado la funda con la pistola. A Luella no le gustaba dormir al lado de un Colt de cañón largo, aunque estaba acostumbrada a las armas y guardaba una pequeña derringer en la cómoda para las emergencias. Sin embargo, había otra cosa que le molestaba todavía más.

—Por lo menos podrías haberte quitado las botas para acostarte —le reprochó, mirando fijamente las botas gastadas que acababan de abandonar su cama.

—No por si tengo que marcharme a toda prisa... como ahora. —Abrió la ventana, se dejó caer al tejado del porche delantero del burdel y luego al suelo.

Luella lo observaba desde su ventana. Mientras estaba allí de pie en paños menores oyó un silbido proveniente de la acera de enfrente. No trató de cubrirse. Al fin y al cabo, parte de su trabajo era atraer clientes al burdel Chicago Joe. En Helena había muchas más casas de putas y la competencia era feroz.

Demasiados burdeles, demasiados millonarios, demasiados mineros, qué diablos, demasiada gente. Pero Helena era la población con más habitantes del territorio de Montana, lo era desde que habían encontrado oro en un barranco cercano, allá por 1864. Ochenta años después, la gente seguía mudándose a Helena mientras que la mayoría de las poblaciones florecidas gracias al oro se habían convertido en ciudades fantasma. Incluso la ciudad de Virginia, bastante más al sur, languidecía, y eso que había albergado una población de tres mil almas en su buena época. Helena, sin embargo, con centenares de negocios, no dependía únicamente del oro para ser próspera. Era también la capital del territorio y el ferrocarril pasaría por allí. Al cabo de un año o dos llegaría a Helena y eso aseguraría que la ciudad no tocara fondo cuando lo hiciera el oro.

Luella pensó que Helena sería un lugar agradable donde echar raíces si podía encontrar un hombre que la quisiera. Hasta entonces solo le habían propuesto matrimonio unos cuantos mineros, y los mineros no tenían casa propia ni ganaban mucho dinero, así que no tenían los medios para fundar una familia en aquel lugar. Normalmente, si un hombre tenía medios, no le interesaba tomar por esposa a una ramera: podía acostarse con ella por un puñado de monedas.

Luella miró a Big Al, el hombre que le había silbado. Estaba en la calle temprano, barriendo el porche de su salón, situado al otro lado de la calle. Era uno de sus clientes habituales y siempre la había tratado con amabilidad. De hecho, había sopesado la idea de considerarlo un marido potencial hasta la noche en que Max la había rescatado y se había enamorado de él. Que alguien como ella sucumbiera a tal emoción era bastante estúpido.

Big Al tenía tierras, un negocio y estaba soltero, así que seguía siendo una opción viable. Su salón era uno de los muchos de la ciudad que nunca cerraban. En el trabajo de Luella tampoco se cerraba nunca. Josephine Airey, Chicago Joe, como la llamaba casi todo el mundo, era la propietaria de aquel burdel y de muchos otros similares. En opinión de la madama, un hombre que no se veía sometido a un horario, al menos cuando se trataba de satisfacer sus necesidades amorosas, era un hombre feliz.

Big Al le estaba sonriendo a Luella, sin fijarse en lo que barría. El polvo flotó hasta uno de sus clientes, que estaba apoyado en una columna del porche, con una copa en la mano. Aquel tipo, un hombre elegante, seguramente era un hombre de negocios, se dijo la joven, hasta que vio el revólver que llevaba al cinto y apartó rápidamente los ojos de él. Supuso que Big Al también le tenía miedo, porque le había permitido beberse la copa en el porche, fuera del local, y Big Al nunca se lo permitía a nadie. Órdenes del sheriff: estaba prohibido beber en la calle. Al entró en su establecimiento antes de que el hombre se viera el polvo en las botas relucientes.

A Luella no le gustaban los pistoleros, aunque sabía Dios que se había acostado con un montón. Los pistoleros le daban miedo porque cuando perdían la cabeza no daban puñetazos sino que desenfundaban el arma. Seguramente Max también, pero Max era diferente. ¿Y qué no le gustaba de Max Dawson?

—¡Hasta la semana que viene, Luella! —le gritó Max.

—Claro, cariño —le gritó ella, y le dijo adiós con la mano, pero él ya salía al galope de la ciudad.

Luella cerró la ventana y volvió a la cama. Esperaba que el pistolero no la hubiera visto y que no le hiciera una visita.

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3

Degan observó al muchacho marcharse al galope de la ciudad. Lo había visto saliendo del burdel, también. Cuando alguien se marcha precipitadamente por una ventana normalmente otra persona aparece pronto con un arma en la mano y se pone a pegar tiros, pero no pasó tal cosa. En vez de eso, una guapa rubia en paños menores se asomó a la ventana para despedirse.

La escena era tan inusitada que Degan se fijó en más detalles de lo habitual, y eso que siempre estaba pendiente de lo que pasaba a su alrededor. Sin embargo, no solía fijarse más que en lo que intuía que podía representar un peligro. El abrigo largo que usaba el chico por encima de los pantalones y la camisa blancos no era la típica gabardina sino una prenda cara de suave ante. El sombrero tostado de ala ancha que llevaba era nuevo o estaba muy bien cuidado porque no tenía abolladuras todavía. Las botas ligeras marrones gastadísimas y el pañuelo blanco demostraban que no tenía estilo. Con los ojos oscuros y el pelo corto, casi blanco de tan rubio, tenía cara de niño. Otro chico tan joven que todavía no le crecía la barba pero que llevaba un arma al cinto. ¿Por qué buscaban la violencia tan jóvenes?

Aquel, sin embargo, parecía amar la vida. Degan lo había notado por su expresión al saltar a su caballo y lo había oído en el rastro de su risa mientras se alejaba al galope. Una buena noche con una mujer hermosa podía surtir tal efecto, supuso Degan, o un amor de juventud. Y entonces se acordó de un detalle que solo había notado vagamente. Retrocedió un paso y se fijó en el cartel pegado a la columna del porche en la que había estado apoyado.

Ya lo tenía visto, solo que no le había prestado atención. Quien había dibujado el retrato tenía que conocer al forajido porque el parecido era asombroso. ¿Un forajido que visita un burdel situado al otro lado de la calle en la que han pegado un cartel ofreciendo mil dólares por su captura? Degan cabeceó, incrédulo. Los chicos eran demasiado osados, aunque aquel no era problema suyo. Lo contrataban como pistolero, pero no estaba dispuesto a hacerle el trabajo al sheriff.

Entró con el vaso vacío al salón y se acercó a la barra. Solo había otro cliente, que dormía con la cabeza apoyada en la mesa. Degan ni siquiera se habría parado en aquel salón de no haber pasado toda la noche cabalgando para llegar a Helena y de no haber sido el primero que había encontrado abierto a esas horas. Detestaba acampar al raso, en el monte, y lo hacía únicamente cuando dos poblaciones estaban demasiado alejadas entre sí. Tampoco le gustaba viajar de noche, pero la anterior no había estado lo bastante cansado para detenerse y el ansia de una cama y un baño caliente lo había mantenido en marcha.

—Me llevaré una botella de su mejor whisky, y un trapo para las botas.

El camarero, ruborizándose, le pasó el trapo por encima de la barra inmediatamente. La botella tuvo que ir a buscársela.

—Debo advertírselo: hay una ley aquí que prohíbe beber en la calle —le dijo sin aplomo en cuanto volvió.

—No tengo intención de hacerlo. —Después de pagar, añadió—: No considero que su porche sea la calle.

—Tiene razón. —El camarero se relajó al ver que Degan no se había ofendido.

—¿El mejor hotel de la ciudad?

—Seguramente el Internacional. Es un edificio de ladrillo. No tiene pérdida si se adentra en el pueblo. ¿Está de paso?

Degan no le respondió. Lo fastidiaba que una sola pregunta por su parte diera pie a todo un interrogatorio por parte del otro, aunque entendía que era una reacción nerviosa de las personas intimidadas que esperaban que mientras estuviera hablando no estuviera disparando. Cogió la botella y se acercó a la puerta.

—Debería presentarse ante el sheriff si quiere trabajo, señor —le dijo el camarero—. La gente le cuenta los problemas a él en primer lugar, pero no siempre tiene tiempo de ayudar a todos, a pesar de contar con ocho ayudantes. Es un pueblo grande. Muchos de por aquí contratan a un pistolero, si lo es usted.

Degan se tocó el ala del sombrero en un gesto de despedida y siguió su camino. Todavía no buscaba trabajo. Había ganado suficiente dinero en el Oeste como para retirarse diez años si quería. Para qué, sin embargo. Lo habían educado para hacerse cargo de un imperio, pero le había dado la espalda a eso.

Aquel pueblo era demasiado grande para su gusto, se dijo mientras lo recorría. Prefería los pueblecitos en los que uno veía venir los problemas desde un kilómetro. Aunque si estaba allí era solo para darse un baño, dormir en una cama y tomar una comida antes de volver a ponerse en marcha hacia California, hacia donde se dirigía cuando Zachary Callahan lo había localizado y le había ofrecido demasiado dinero para poder rechazarlo, simplemente para mantener la paz un par de semanas.

No era la primera vez que le pagaban más de la cuenta. De hecho, le sucedía más bien a menudo. Era una de las ventajas de que lo precediera a uno su reputación. La única otra ventaja de esa reputación era que podía hacer el trabajo sin derramamiento de sangre.

Solía fastidiarlo mucho poner tan nerviosa a la gente. Les aseguraba que no debían tenerle miedo. Aquello funcionaba solo hasta que lo veían desenfundar, y raras veces pasaba por un pueblo donde no tuviera que hacerlo por una u otra razón si descubrían quién era. Así que había dejado de ser sociable y de hablar con cualquiera con quien no tuviera necesidad de hacerlo; también había dejado de dar su nombre. Maldita sea, la mitad de las veces daba igual que supieran quién era. No podía poner un pie en un banco sin que todos se echaran al suelo, creyendo que estaban a punto de ser víctimas de un robo. Aquello sí que era un verdadero fastidio. A lo mejor había llegado la hora de volver al Este, aunque no fuera a su casa.

Encontró el hotel Internacional con facilidad, pero desde luego no esperaba toparse con un conocido en el vestíbulo.

—¡Vaya, dichosos los ojos, Degan Grant!

Degan dio un respingo al oír gritar su nombre.

—No grites —dijo al volverse, aunque sonriente.

No había hecho demasiados amigos en el Oeste, pero John Hayes se contaba entre ellos. John tenía ya cuarenta y tantos, aunque Degan lo había conocido poco después de llegar por primera vez al Oeste, cinco años antes.

—¿Qué te trae tan al norte, sheriff?

—Ahora soy marshal de Estados Unidos.

Degan arqueó una ceja.

—¿Debo felicitarte?

—Me permite viajar por el país más de lo que nunca creí que viajaría, pero no, no quería el cargo. Me propuso para él un viejo amigo que ahora es senador. El ferrocarril presiona mucho a los políticos de Washington para que limpien el Oeste. Contrataron detectives de la agencia Pinkerton hace unos años para que se ocuparan de los robos de trenes, pero no fue suficiente. Ahora nuestro gobierno también ha tomado cartas en el asunto. Pero, dime, ¿qué te trae por Helena?

—Acabo de terminar un trabajo de pacificación por esta zona.

—Entonces ¿no tienes trabajo?

—No.

—¡Menudo alivio!

Degan se estaba divirtiendo.

—Sigo respetando la ley, John. ¿De verdad crees que deberías arrestarme?

—No, claro que no, pero como no tienes trabajo me gustaría pedirte que me devolvieras el favor que me debes.

—¿Qué favor?

—Te salvé la vida.

Degan soltó un bufido.

—Me estaba curando. No hacía falta que me llevaras al médico.

—Estabas medio muerto y sangrando.

John era el sheriff de un pueblo en el que habían disparado a Degan. Un trío de ladrones de bancos se había abierto paso a tiros en su huida después de sonar la alarma. Había mucha gente en la calle aquel día. Degan había echado una mano para evitar que muriera gente inocente y había acabado recibiendo el impacto de una bala perdida. Se había marchado del pueblo herido y John le había seguido el rastro.

Debía admitir que habría muerto aquel día si hubiera seguido viajando. La herida no le dolía demasiado... todavía, así que no se había enterado de que perdía tanta sangre que iba dejando un reguero a su paso.

—Reconozco que ese médico tuyo hizo un buen trabajo cosiéndome —dijo—. Apenas me quedó cicatriz. ¿Qué favor necesitas?

—Solo será temporal. Necesito atrapar al menos a tres forajidos de mi larga lista durante los próximos dos meses. No solo me han encargado limpiar el Oeste sino que tengo que hacerlo dentro de un maldito plazo.

Degan estaba bastante sorprendido.

—¿Quieres convertirme en un cazarrecompensas? No soy rastreador.

—No te hace falta serlo. La mayoría de esos chicos se oculta a plena vista en pueblos populosos como este, o en otros demasiado pequeños para tener un buen sheriff. La paga es buena y dos de los hombres buscados han sido vistos por la zona. A un tercero lo vieron por última vez en Wyoming. Si lo prefieres, puedes escoger detrás de quién ir. Como te he dicho, tengo una lista muy larga.

—¿Y por qué no vas tú mismo tras ellos?

—Porque mi madre se está muriendo. Recibí un telegrama ayer. Ya he comprado nuestros billetes para marcharnos hoy mismo.

—¿Has dicho «nuestros»?

—Mi mujer y mis hijas están aquí conmigo.

—No sabía que estuvieras casado.

John sonrió.

—Felizmente desde hace ya diez años —se ufanó—. Las niñas tienen siete y seis años, y mi Meg espera otro bebé. Como me veo obligado a viajar tanto, cuando sé que voy a quedarme una temporada en algún sitio me llevo conmigo a la familia. El ferrocarril llega hasta tan al Oeste que lo hace posible. Este viaje a Virginia puede llevarme un par de meses porque tengo que dejar los asuntos de la finca de mi madre en orden. Podría costarme el trabajo si no consigo tachar al menos a tres forajidos de la lista en ese tiempo.

—Siento lo de tu madre.

John asintió.

—Sabía que estaba enferma, pero no que fuera tan grave.

—Supongo que ya le habrás pedido ayuda al sheriff local.

—Hablé con él ayer, pero está demasiado ocupado, cosa que no me sorprende. ¡Demonios! ¿Cómo puede haber un pueblo tan grande en Montana? ¡Si ni siquiera es todavía un estado!

—Es por el oro.

—Seguramente —convino John—. Entonces ¿vas a ayudarme, Degan? Solo necesito capturar a tres forajidos durante los próximos dos meses. Si terminas antes, puedes seguir tu camino. Eso sí, tendré que nombrarte ayudante del marshal durante el tiempo que actúes en mi nombre.

—¡Ah, eso sí que no! Si hago esto no llevaré una placa de agente de la ley.

John sonrió.

—No tienes por qué

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