Una dama inocente (Familia Reid 3)

Johanna Lindsey

Fragmento

Capítulo 1

1

El palacio de Buckingham. Rebecca Marshall seguía sin poderse creer que fuera a vivir allí. Hacía apenas una semana que lo sabía y aún no había logrado asimilarlo. Pero ahí estaba.

La sorpresa más grande en sus dieciocho años de vida había sido convertirse en dama de honor de la corte de la reina Victoria. Su madre, Lilly, había esperado que otorgaran a su hija esa privilegiada posición, aunque Lilly no le había contado a Rebecca que había tenido que pedir unos cuantos favores para que la aceptaran. No había querido que su hija se llevara una decepción si al final no lo conseguía.

Pero sin duda Rebecca no se habría llevado ninguna decepción. Ser dama de honor en la corte no había sido algo a lo que ella aspirase, sino su madre. Lilly le había hablado muy a menudo de cómo había perdido la oportunidad de ser dama de honor o incluso dama de cámara de la reina al convertirse en una mujer casada. Su familia siempre había sido simpatizante de los Tories, igual que su marido. Y con los Whigs en el gobierno y campando a sus anchas en la corte, Lilly había sido incapaz de lograr su más preciado deseo hasta que, finalmente, había renunciado a él. Después de todo, el partido político Whig llevaba demasiado tiempo al frente del Parlamento.

Pero los Tories, que ahora eran conocidos con el nombre de conservadores, habían recuperado por fin el poder, y sir Robert Peel era el nuevo primer ministro. Adiós a lo viejo, bienvenido lo nuevo, por así decirlo. Cuando se comenzaron a hacer los nuevos nombramientos, Lilly se apresuró a solicitar uno para Rebecca. No había garantía alguna de que su hija lo consiguiera, ya que había habido muchas peticiones. Pero la semana anterior habían recibido la carta de confirmación y, como una jovencita excitable y emocionada, la madre de Rebecca había comenzado a dar gritos de alegría después de leerla. Una alegría que había resultado muy contagiosa.

La última semana había sido un torbellino. Madre e hija apenas habían comenzado a organizarse para la temporada que pasarían en Londres durante el próximo invierno, para lo cual faltaban todavía algunos meses y ahora se encontraban con que tenían que elaborar un nuevo guardarropa para Rebecca, ¡a marchas forzadas! Tuvieron que contratar a más modistas y tomar infinidad de decisiones. Hicieron multitud de viajes al cercano pueblo de Norford, a veces incluso un par de veces al día. Todo ello envuelto por la excitación y la interminable cháchara de Lilly sobre la oportunidad de oro que se le había presentado a su hija.

Sería el mayor cambio en la vida de Rebecca desde la muerte de su padre. El conde de Ryne había muerto cuando ella sólo tenía ocho años. Lilly jamás había considerado la idea de volver a casarse. El título había ido a parar a un primo lejano del conde, pero la mansión en que residían cerca de Norford, donde Rebecca había crecido, no formaba parte del legado. La joven había pasado allí toda su vida, donde vivían sus amigos más íntimos. Lilly no había estado dispuesta a separarse de ella, así que había hecho los arreglos necesarios para que Rebecca dispusiera de los mejores tutores allí mismo, en casa.

Rebecca se había mostrado encantada con aquella disposición, pues de esa manera su madre y ella pudieron pasar más tiempo juntas. Las dos eran expertas amazonas y montaban cada vez que el clima se lo permitía. Sería una de las cosas que Rebecca echaría de menos, igual que echaría de menos a las amistades que tenían en Norford; siempre había habido alguien que iba a visitarlas o alguna reunión a la que asistir. Aunque Norford estaba sólo a unas horas a caballo de Londres, Lilly estaba resuelta a darle algún tiempo a Rebecca para que se acostumbrara a su nueva posición antes de ir a visitarla. No quería dar la impresión de ser una madre excesivamente protectora, ¡aunque eso es lo que era!

En realidad, ser dama de honor de la reina era la segunda oportunidad de oro que se le presentaba a Rebecca y sobre la que madre e hija habían discutido extensamente. La primera había surgido hacía cinco años, cuando las dos habían estado totalmente de acuerdo con la elección del futuro marido de Rebecca. Ni siquiera habría tenido que presentarse en sociedad si hubiera podido captar la atención del hombre en cuestión, Raphael Locke, el heredero del duque de Norford, su vecino. ¡Habría sido tan conveniente! Pero tan preciado ejemplar masculino había sido cazado por otra mujer antes de que Rebecca tuviera edad para casarse y ahí habían acabado sus sueños.

Una pena. Había esperado formar parte de tan interesante familia. Preston Locke, el duque, tenía cinco hermanas, todas ellas estaban casadas y ahora residían en otros lugares, pero volvían a menudo a Norford de visita. Lilly le había contado historias de aquellos días en que las hermanas del duque vivían todavía en la mansión y cómo los Locke habían presidido la sociedad local. De hecho, alguna de las fiestas más fastuosas a las que Rebecca había asistido había sido organizada en Norford Hall cuando ella era niña. Se había relacionado mucho con la familia al hacerse amiga de la hermana menor, Amanda Locke. Fue una lástima perder el contacto con ella cuando enviaron a Amanda a un colegio privado.

Después de aquello, el duque no había organizado grandes eventos ya que él y su anciana madre se habían quedado solos en aquella enorme casa. Su esposa había muerto hacía años y, aunque todas las damas casaderas de los alrededores habían intentado pescarle, él permanecía viudo. Y ahora era Ophelia Locke, la mujer que había conquistado el corazón de Raphael antes de que Rebecca tuviera la oportunidad de intentarlo, el alma de la sociedad local.

Dos oportunidades perdidas con tan ilustre familia: una buena amiga y un marido. Pero ahora tenía una nueva oportunidad. ¡Sería dama de honor en la corte de la reina Victoria! Rebecca conocía los beneficios que aquello le reportaría. La posición que desempeñaría era comparable a asistir a la academia para señoritas más prestigiosa del mundo. Conocería a las personas más importantes de Inglaterra y a la realeza del continente. No tenía que esperar a que la presentaran en sociedad cuando formaba parte de la corte de una reina a la que le encantaban las fiestas. Si tenía suerte, incluso la propia reina escogería al futuro marido de Rebecca. Todo era posible.

Milagrosamente, el guardarropa de Rebecca estuvo terminado a tiempo para su partida para Londres, aunque era mucho más ostentoso de lo que habría sido para una temporada normal. Lilly no había escatimado en gastos y había decidido acompañar a Rebecca y a su doncella, Flora, a Londres.

No era la primera vez que Rebecca estaba en Londres. Había ido de compras en algunas ocasiones y por supuesto, cuando Lilly había tenido que asistir a una carrera de caballos en la que corría una de sus yeguas y a la boda de una antigua amiga, Rebecca la había acompañado. Pero era la primera vez que veía el palacio de Buckingham. No había habido ninguna razón para visitarlo antes, ya que ningún monarca había morado allí hasta entonces.

Tras bajarse del carruaje con su madre y Flora, Rebecca observó con temor la formidable edificación en la que viviría durante meses, posiblemente años. ¡Era más grande de lo que había imaginado! Incluso el arco de mármol de la entrada era de ¡doble altura! Los guardias del palacio marchaban ante la puerta con sus uniformes brillantes y llenos de colorido. Otras personas traspasaron aquel enorme arco que Rebecca atravesaría de un momento a otro.

No obstante, los pies de la joven se quedaron inmóviles. El nerviosismo amenazaba con abrumarla. Ya sabía que Lilly no la acompañaría al interior, pero ¡no estaba preparada para despedirse! Jamás había tenido que decirle adiós a su madre antes, no de esa manera.

Lilly le cogió la mano y se la apretó. Rebecca entendió perfectamente aquel sencillo gesto. Su madre la estaba animando a seguir adelante.

—Tu padre habría estado orgulloso de ti si hubiera vivido para ver esto.

Rebecca miró a su madre. Era un momento muy emotivo. Lilly se sentía muy feliz por su hija y, sin duda, recordaba todas sus oportunidades perdidas. Se veía en su expresión, estaba al borde de las lágrimas pero aun así sonreía.

—No irán a ponerse a llorar ahora, ¿verdad? —preguntó Flora en tono quejumbroso.

Lilly se rio. Rebecca esbozó una amplia sonrisa. A Flora se le daba bien aliviar la tensión con su franqueza.

Por desgracia, Flora no viviría en el palacio con Rebecca. Sólo permanecería allí el tiempo justo para dejar a la joven instalada. Sabían que Rebecca no tendría una habitación individual. Sencillamente no había suficientes estancias para todos los miembros de la corte, y mucho menos para sus sirvientes. Así que Lilly había alquilado un apartamento cercano para que Flora pudiera acudir al palacio todos los días y encargarse del guardarropa de Rebecca además de realizar sus tareas habituales.

Lilly había considerado la idea de comprar una casa en Londres para la primera temporada de Rebecca. Pero ahora que la «temporada» de Rebecca había comenzado bajo unas circunstancias totalmente diferentes a las previstas, Lilly ya no estaba tan segura de llevar a cabo esa idea. A pesar de que algunas damas de la corte poseían casa en Londres y preferían pasar las noches en ella en vez de compartir habitación en palacio, Lilly quería que su hija experimentara todo lo que la corte podía ofrecer y para eso era necesario que viviera allí. Si tenían una casa en la ciudad, Rebecca podría sentirse tentada a dormir en ella cada noche.

Lilly rodeó a Rebecca con los brazos y la estrechó contra sí durante un buen rato.

—Te veré dentro de unas semanas, cariño. Al menos intentaré mantenerme alejada durante todo ese tiempo.

—No tienes por qué...

—Por supuesto que sí —la interrumpió Lilly—. Éste es tu momento, no el mío. Intenta disfrutar de cada minuto. Pero quiero que me escribas todos los días, quiero saberlo todo.

—Lo haré.

—Y sobre todo, Becky, disfrútalo. Te van a ocurrir cosas maravillosas. Lo sé.

Rebecca deseó tener el mismo entusiasmo y seguridad que su madre, pero su excitación había decrecido ahora que la separación era inminente. Ése era el sueño de su madre. Deseó que Lilly pudiera estar allí en su lugar.

Pero por el bien de su madre, esbozó una radiante sonrisa, le dio un último abrazo y se apresuró a entrar en palacio.

Capítulo 2

2

—¿Cree que llegaremos alguna vez? —le murmuró Flora a Rebecca con una amplia sonrisa mientras seguían a un criado con librea, vestido con más elegancia que algunos de los nobles que recorrían aquel corredor tan increíblemente largo.

La doncella estaba bromeando, por supuesto, pero el lacayo que las guiaba la oyó y las miró directamente antes de indicarles:

—La habitación de lady Rebecca está justo al doblar la siguiente esquina. En realidad, está más cerca de las habitaciones reales que las que han sido asignadas a otras damas. La reina recordó haber conocido al conde de Ryne cuando era niña y fue ella quien sugirió esta estancia para su hija. Ha comenzado con buen pie, milady.

Flora soltó una risita. Rebecca se sonrojó. Un lacayo no debería saber ese tipo de cosas. No obstante, ¡estaban en palacio! Era probable que los sirvientes supieran más de la vida privada de los cortesanos que cualquier otra persona. ¿Acaso no le había advertido su madre que no se le ocurriera desairar a ninguno de ellos?

—Jamás he desairado a un sirviente —le había recordado Rebecca a su madre.

—Sé que no lo has hecho, querida, pero es bueno que sepas que éste no sería un buen momento para comenzar a hacerlo.

Había sido una de las muchas bobadas que Lilly había dicho durante la última semana debido al enorme cansancio que le había supuesto preparar a Rebecca para su nueva vida en palacio. Sin embargo, tras una buena noche de sueño reparador, su madre había vuelto a sacar el tema a colación.

—Sería de gran ayuda que los sirvientes te tomaran cariño. Recuerda, trabajar en palacio es su medio de vida. Hay quienes incluso urden algún tipo de intriga sólo para mantenerse por encima del resto. Pero el caso es que todos poseen información que podría serte de suma utilidad en un determinado momento, y si les caes bien, no les importará compartirla contigo.

Teniendo en cuenta el consejo de su madre, Rebecca le brindó una sonrisa al lacayo y dijo:

—Gracias, ¿eh...?

—John Keets, milady.

—Gracias, John. Me alegra saber que mi padre es recordado con cariño.

Él asintió con la cabeza. Era un hombre apuesto con el pelo color arena, alto y joven, con una expresión estoica en el rostro que se transformaba cuando hablaba, entonces parecía mucho más amigable. Vio que Flora le lanzaba una mirada llena de admiración, algo que no sorprendió a Rebecca ya que su doncella solía lanzar ese tipo de mirada a casi todos los hombres que conocía. Como era una joven hermosa de pelo negro y ojos castaños, por lo general recibía más miradas admirativas de las que brindaba.

Flora había trabajado para los Marshall los últimos seis años. Era sólo unos años mayor que Rebecca, pero había sido adiestrada por su madre, que también había sido doncella, y una doncella muy buena además. Las mujeres de la familia Marshall jamás habían lucido unos peinados tan perfectos hasta la llegada de Flora.

John se percató de la mirada de la doncella y le mostró su interés con una propia. Finalmente, llegaron al final del corredor en forma de T. El lacayo giró a la derecha y abrió la primera puerta que encontraron.

—Enseguida traerán los baúles —dijo John, haciéndolas pasar a la pequeña habitación—. Los retirarán en cuanto termine de instalarse. Compartirá habitación con Elizabeth Marly. Por desgracia, la reina no es todavía consciente de que lady Elizabeth puede ser algo instigadora. Quizá no lleguen a ser grandes amigas.

No dijo nada más. ¡Ya había dicho bastante! ¿Qué diantres quería decir con «algo instigadora»?

Flora pensó lo mismo que ella porque, en cuanto John salió y cerró la puerta, le dijo:

—Eso no ha sonado nada bien.

Cierto, pero Rebecca no iba a sacar conclusiones precipitadas.

—Puede que se refiera a que le gusta poner las cosas en marcha, aunque no tienen que ser, necesariamente, cosas malas. Quizá sólo sean cosas inapropiadas para palacio. —Ante la mirada escéptica de Flora, añadió—: Bueno, podré juzgarla mejor cuando la conozca, algo que es irremediable ya que compartiremos este cuarto.

Flora soltó un bufido.

—Esta habitación es mucho más pequeña de lo que imaginé que sería. ¡Si casi es del mismo tamaño del vestidor que tiene en casa!

Rebecca sonrió ampliamente ante el desdén que rezumaba la voz de Flora. En realidad, aquella habitación era bastante más grande que su vestidor, aunque mucho más pequeña que su dormitorio.

—No creo que sea necesario que sea más grande para el poco tiempo que voy a pasar aquí. Es sólo un lugar para dormir y cambiarse de ropa —repuso Rebecca.

—No hará más que tropezarse con su compañera.

Eso era cierto. No había demasiado espacio libre. Una cama doble que parecía más un catre ancho y dos mesillas de noche bastante estrechas a cada lado de la cama, que tenían las dos únicas lámparas de la estancia, ocupaban la mayor parte del espacio. No había chimenea, sólo un brasero que probablemente no utilizarían hasta el mes siguiente, una pequeña bañera oculta tras un biombo en una esquina y una cómoda con un aguamanil y varias toallas. Había también una pequeña mesa redonda para colocar la bandeja de comida y una silla. También había una coqueta. Sin embargo, lo más destacable del dormitorio eran los armarios. Había dos de dos cuerpos y medio en cada una de las paredes. Incluso uno de ellos bloqueaba las ventanas de una pared, lo que hacía que sólo entrara un poco de luz natural en la estancia.

Flora clavó también la mirada en los armarios.

—Mire eso, dadas las circunstancias, no está mal. Pensé que tendría un vestidor aparte, incluso aunque tuviera que compartirlo. Jamás imaginé que su dormitorio sería también su vestidor. Y, por supuesto, con armarios suficientes para la ropa de dos jóvenes. Sus preciosos vestidos ocuparán por lo menos una de estas paredes. En teoría, la mitad de los armarios es suya...

Flora acabó la frase chasqueando la lengua cuando abrió el armario más cercano y lo encontró lleno. Abrió el segundo armario de esa pared y también lo encontró lleno. Parecía que lady Elizabeth había reclamado los armarios de ese lado. Flora se acercó entonces a la pared donde los armarios bloqueaban las ventanas, pero el primer armario que abrió también estaba lleno, aunque el segundo no tanto. Examinó los dos armarios que ocupaban la mitad de la tercera pared, pero sólo uno de ellos estaba vacío.

Flora comenzó a reírse.

—¿No tiene la impresión de que lady Elizabeth no esperaba compartir la habitación?

—Eso parece —convino Rebecca.

—Bueno, no cabe duda de que esa dama tiene mucha ropa. Pero va a tener que deshacerse de algunos de sus vestidos si no quiere que acaben arrugándose, porque es hora de que usted reclame los armarios que le corresponden. Y yo, mi querida Becky, voy a ponerme manos a la obra ahora mismo.

Flora comenzó a mover vestidos de un lado a otro. Rebecca la ayudó. En la habitación tampoco había cómodas pues no había espacio para ellas, pero en el fondo de cada armario había un cajón de buen tamaño donde podía guardarse la ropa que no era necesario colgar.

No tuvieron que trasladar demasiada ropa de Elizabeth a los armarios que le correspondían. Lo cierto era que en uno de ellos sólo tenía dos vestidos de baile y en otro lo que parecían vestidos de día.

—Listo —dijo Flora, satisfecha con la nueva distribución—. Creo que podremos apañarnos con los dos armarios de esta pared, así su compañera tendrá los demás para ella y usted no tendrá por qué tener los vestidos arrugados sólo porque ella haya traído ropa de más para la corte. Y —añadió Flora, clavando los ojos en los armarios vacíos donde tenía que meter la ropa de Rebecca— tampoco existe ninguna razón para que no dispongan de un poco de luz. Estos armarios de aquí no están bien situados. No tienen por qué bloquear las dos ventanas. Podemos desplazarlos para que se pueda abrir una ventana si es necesario. Pediré prestado un hombro fuerte cuando lleguen los baúles.

Y eso fue lo que hizo Flora; en menos de media hora una de las ventanas ya no estaba bloqueada. Los dos hombres que trajeron los cuatro baúles de Rebecca se ofrecieron a ayudarlas en cuanto Flora les brindó una sonrisa. Después de que retiraran el armario, una cortina blanca bastante sucia, que probablemente llevaba meses o años oculta, quedó a la vista. Flora prometió lavarla al día siguiente.

La doncella se despidió de ella para ir a ordenar su apartamento, riéndose entre dientes mientras salía por la puerta.

—Mis habitaciones son más grandes que las suyas —dijo, haciendo que Rebecca esbozara una amplia sonrisa.

Sin embargo, el buen humor de la joven no duró demasiado. Se sentía abrumada. Sabía que iba a sentirse muy sola en la corte.

Había sido educada en casa, así que jamás se había separado de su madre antes. No había pasado ni un solo día de su vida alejada de ella. Y la doncella, Flora, también había estado a su lado. Sabía que tenía que despegarse de las faldas de su madre, pero estaba ocurriendo mucho antes de lo que Rebecca había previsto, y sin tener un marido en el que apoyarse.

Sí, tendría infinitas oportunidades para socializar y conocer a personas interesantes y, sí, era probable que allí conociera a su futuro marido. Pero Rebecca se sentía deprimida. Habría preferido que todo hubiera transcurrido durante una temporada normal con su madre a su lado. Pero no había sido capaz de echar por tierra las ilusiones de Lilly confesándole tales inquietudes. No obstante, ellas no sólo eran madre e hija, sino verdaderas amigas, y quizá debería habérselo dicho...

Capítulo 3

3

No había nada programado para el resto del día, razón por la cual Flora se había marchado tras sacar la ropa de los baúles. Para Rebecca era hora de ponerse cómoda y descansar, de intentar recobrarse tras una semana extenuante. Había sido asignada a la duquesa de Kent, la madre de la reina Victoria, pero en ese momento la duquesa no se encontraba en palacio y no regresaría hasta el día siguiente.

Rebecca se tumbó en la cama. Mientras permanecía en esta posición, pensó en la reina. Estaba en palacio, pero era posible que Rebecca jamás llegara a conocerla ya que no todos los que vivían allí eran presentados a la soberana. O puede que al final la conociera y acabaran convirtiéndose en grandes amigas. Cualquier cosa era posible viviendo en palacio, pensó Rebecca mientras se quedaba dormida.

—¿Qué has hecho? —exclamó una voz chillona—. ¿Por qué has movido los armarios? Yo duermo hasta tarde. Y tú también lo harás. No necesitamos que los rayos del sol nos despierten antes de lo necesario.

¡Qué manera más brusca de despertar de aquella breve siesta! Rebecca parpadeó y abrió los ojos para observar a la joven que había entrado en la habitación y que, al parecer, estaba encendiendo una de las lamparitas antes de retomar su acalorada perorata. Baja y entrada en carnes, casi reventaba las costuras del vestido naranja que llevaba puesto. Tenía el pelo oscuro recogido en un moño severo, salvo por algunos bucles que enmarcaban unas mejillas sonrojadas. Alguien debería decirle que el naranja no le favorecía, pensó Rebecca. Confería a su piel una tonalidad cetrina. La joven podría haber resultado bonita si no hubiera tenido aquella expresión tan agria.

Sus deslumbrantes ojos verdes fulminaban la pared donde una ventana había quedado al descubierto. El sol se había puesto mientras Rebecca dormía y en aquel momento no entraba ni un ápice de luz por los cristales.

Todavía medio dormida, Rebecca respondió sin pensar:

—Para eso están las cortinas.

—¿Qué cortinas? —repuso la joven en el mismo tono enérgico—. Es posible que unas cortinas gruesas sí, pero no es eso lo que nosotras tenemos, ¿verdad? Eso que hay ahí no son más que unos sencillos visillos.

Rebecca se espabiló con rapidez. Aquella jovencita estaba realmente enfadada y ni siquiera intentaba ocultarlo. ¿Por qué se enojaba tanto por algo tan trivial?

Rebecca se incorporó y miró con el ceño fruncido la ventana que causaba tal revuelo. Aquél no era un buen comienzo si esa chica era lady Elizabeth, y no le quedaba la menor duda de que lo era.

—¿Quieres que cubra la ventana con una de mis faldas antes de que nos acostemos y que la retire después de que te levantes por la mañana? —ofreció la joven—. Lo siento, pero la luz del día jamás me ha despertado así que no la considero una molestia. Me parece tonto encender lámparas en la habitación cuando podemos dejar entrar la luz del sol.

Quizá no debería haber añadido el último comentario porque la joven le dio la espalda a los armarios y le lanzó una mirada airada.

—Me imagino que nunca has pasado la noche en una habitación cuyas ventanas estuvieran orientadas al sol naciente, ¿verdad?

Rebecca se estremeció interiormente ante la brusquedad de la joven.

—No, en efecto. Y, definitivamente, ha quedado muy clara tu opinión. Te aseguro que resolveré el problema.

Cuando Rebecca se puso en pie, resultó evidente que sobrepasaba en estatura a la otra joven, mucho más baja. Al igual que su madre, medía más de uno setenta y cinco. En realidad se parecía mucho a su madre. Las dos eran delgadas pero curvilíneas donde debían serlo. Ambas eran rubias, aunque Rebecca debía de haber heredado el color dorado de su padre, pues el tono rubio ceniza del cabello de Lilly era más claro que el suyo. También tenía los ojos azules de su madre, aunque los de Rebecca eran un poco más oscuros. Las dos poseían los pómulos altos, la nariz patricia y una barbilla suavemente curvada. Rebecca estaba muy agradecida por su apariencia, ya que Lilly era considerada una mujer muy hermosa.

Rebecca sonrió y se esforzó por comenzar de nuevo.

—¿Lady Elizabeth, supongo?

—Sí. ¿Y tú eres...?

El tono de la otra joven todavía era tenso y algo pedante. A Rebecca le costaba trabajo creer que Elizabeth no hubiera sido informada de quién iba a ser su compañera de habitación.

—Lady Rebecca Anne Victoria Marshall.

Casi se sonrojó. Rara vez mencionaba su nombre completo cuando la presentaban a alguien. Su familia y sus amigos la llamaban sencillamente Becky, aunque su madre solía llamarla Becky Anne cuando le echaba una reprimenda. Rebecca estaba segura de que sus padres no habían sido capaces de decidirse por un nombre y por eso había acabado con tantos. Pero no tenía ni idea de por qué le había dicho su nombre completo a su compañera de habitación. Muy probablemente porque en el fondo sabía que no acabarían siendo amigas. Era una pena. Iban a compartir cama, por el amor de Dios. Al menos deberían tratarse con cordialidad.

—Te llamaron así por la reina, ¿verdad? Qué gracioso —comentó Elizabeth antes de dirigirse a uno de los armarios y abrir la puerta de golpe.

Rebecca se alegró interiormente de que ése fuera ahora su armario.

—No, lo cierto es que la reina Victoria todavía no reinaba cuando yo nací. Sin embargo, tú sí compartes nombre con muchas reinas. Supongo que también te parecerá divertido, ¿no? —dijo.

Elizabeth la miró por encima del hombro.

—No deberías haber tocado mis pertenencias. No vuelvas a hacerlo.

—No estabas aquí y...

—El arreglo era perfecto tal y como estaba.

Rebecca contuvo la risa ante la petulante respuesta.

—Lo lamento, pero tengo que insistir. No estaba bien y sigue sin estarlo. Te hemos dejado dos armarios de más.

Elizabeth no pareció agradecer la deferencia. Ni siquiera la reconoció y se limitó a preguntar:

—¿Hemos?

—Mi doncella y yo.

—¿Has traído una doncella contigo...? —Elizabeth se dio la vuelta con la boca abierta—. ¿Cómo te las has arreglado?

—No hemos hecho ningún arreglo. Nosotras...

—Ah, tienes una casa en la ciudad —la interrumpió Elizabeth—. Mi familia no la tiene, así que mi doncella tuvo que quedarse en casa. Pero si posees una casa en Londres, ¿por qué no te quedas allí en vez de arrinconarme en esta pequeña habitación?

Si Rebecca había tenido alguna duda sobre el resentimiento de Elizabeth ante su presencia, ahora ya no la tenía. La joven no podría haber dejado más claro que no le gustaba tener una compañera de cuarto. Rebecca podría haberse sentido cohibida por ello. Una joven con menos temple lo habría hecho, sin duda. Pero John Keets, bendito fuera, ya la había advertido sobre lo que debía esperar.

—Incluso aunque no me hubieran asignado esta habitación, cuya mitad me pertenece, he sido instalada aquí por sugerencia de la reina. No pienso insultarla pidiendo una habitación diferente, pero si encuentras este arreglo tan deplorable, quizá deberías solicitar un cambio.

Las mejillas de Elizabeth se sonrojaron de vergüenza. ¿Realmente había pensado que podría intimidar a Rebecca para que se fuera de la habitación sólo porque ella había sido la primera en instalarse?

—Pero como iba a decir antes de que me interrumpieras —continuó Rebecca—, no, mi familia no tiene casa en Londres, aunque sí hemos alquilado un apartamento aquí cerca para mi doncella. De esa manera puede venir a diario a palacio y ocuparse de sus deberes habituales.

—Qué cómodo para ti —dijo Elizabeth con gesto mohíno—. No todos podemos permitirnos esos lujos tan frívolos. ¿Dónde está ahora tu doncella?

Rebecca se sonrojó levemente sin saber bien por qué. Evidentemente no todas las familias de la nobleza disfrutaban de una buena situación económica. Que la suya fuera rica no era ciertamente un motivo de vergüenza.

Por fortuna, Elizabeth se había acercado a la coqueta que compartían y no se percató del sonrojo. Sacó el taburete de terciopelo que había debajo de la pequeña mesa ribeteada con encaje y se sentó para observar su peinado.

Rebecca le respondió observándola desde atrás.

—No había motivo para que Flora permaneciera aquí, ya que no necesitaba sus servicios.

—En palacio suelen surgir cosas de improviso. Habrá ocasiones en las que tendrás que adaptarte a las circunstancias y para eso tendrás que estar bien preparada.

Rebecca pensó que aquél era un buen consejo, aunque no lograba imaginar por qué aquella joven tan resentida le daría un buen consejo.

—Quizá puedas compensarme por los cambios que has hecho en mi habitación, sin mi permiso, dejando que tu doncella me peine. Hasta ahora he utilizado los servicios de la doncella de lady Jane, pero se aloja en otra ala del palacio.

Rebecca debería haber sabido que Elizabeth tendría un motivo oculto para darle aquel consejo.

—Dudo mucho que Flora agradezca el trabajo extra —repuso Rebecca.

Pero Elizabeth no dejó pasar el tema.

—¿Y qué tiene ella que decir al respecto? Trabaja para ti, hará lo que le digas.

—En realidad trabaja para mi familia. Tal vez debería pedirle permiso a mi madre.

En el rostro de Elizabeth apareció una expresión agria.

—No importa. Me las arreglaré como lo he estado haciendo hasta ahora.

Rebecca negó con la cabeza. Si Elizabeth se hubiera esforzado en ser agradable con ella, a la joven no le hubiera importado que Flora le arreglara el pelo. Incluso habría compensado a la doncella con algunas monedas extras para que no protestara.

Antes de olvidarse y de volver a oír más quejas estridentes de su compañera de habitación por la mañana, Rebecca sacó una de sus faldas más gruesas del armario y la extendió sobre la ventana.

—¿Has traído disfraz? —preguntó Elizabeth—. Drina ha anunciado un baile de disfraces para esta noche.

—¿Drina?

—La reina, por supuesto.

A Rebecca se le podría perdonar su ignorancia pues sólo los miembros de la familia real se dirigían a la reina Victoria por su apodo de la infancia. Pero no era posible que fuera a compartir habitación con un miembro de la familia real al que, sin querer, había tratado con poca deferencia, ¿verdad?

Por primera vez en su vida deseó que su madre la hubiera criado de una manera más tradicional en vez de la forma distendida en la que lo había hecho. Si su padre no hubiera muerto cuando ella era tan joven, probablemente su educación habría estado más acorde con la de las otras jóvenes damas de su edad.

Sin duda, era una joven virtuosa e inocente. De hecho, ya había cumplido los dieciocho años y jamás la habían besado. Sabía cantar bastante bien, pero sus dedos eran torpes en lo que a instrumentos musicales se refería, y lo cierto es que lo había intentado con cuatro diferentes antes de que su madre desistiera y se deshiciera finalmente de ellos. Aunque debía tener conocimientos de al menos un par de lenguas extranjeras, sólo sabía hablar francés con fluidez. Y no hacía falta decir que era una hija obediente y que probablemente también lo sería cuando fuera la esposa de alguien. O al menos, lo intentaría. Quizá debería aparentar ser lo suficientemente descerebrada para no poder formarse una opinión inteligente. Pero no cabía duda que con respecto a eso, era un rotundo fracaso.

Lilly le había confiado una vez:

—Se supone que debemos reservar nuestra inteligencia, si la tenemos, para nosotras mismas. Ya te lo he advertido antes, querida. Si tienes que hacerte pasar por estúpida, hazlo. Por desgracia, es lo que los nobles esperan de sus esposas, pero quizá tengas suerte y te cases con un noble al que no le importe tener una mujer con cerebro. Quizás a tu marido no le importe mantener una conversación inteligente contigo, una que no incluya hablar de los criados o la familia, que es el único tema que todos esperan de sus esposas. Pero si al final no tienes esa suerte, bueno ¡eres lo suficientemente lista para ser estúpida!

Por supuesto, si Lilly la hubiera criado de una manera estrictamente tradicional, Rebecca no habría podido contener las lágrimas ante las punzantes palabras de Elizabeth. Pero la vida con su madre le había proporcionado la tenacidad necesaria para saber defenderse. Su madre le había enseñado que tenía que ser mucho más que un objeto decorativo que, por otro lado, era lo que los hombres esperaban de una mujer. La educación que Lilly le había dado no la había echado a perder, la había preparado para cualquier cosa... salvo para insultar a un miembro de la familia real.

Palideció bruscamente ante tal pensamiento.

—¿Estás emparentada con la reina?

—¿Qué te hace pensar eso? —inquirió Elizabeth con petulancia.

Rebecca se dio cuenta en ese momento de que Elizabeth sÃ

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