Amigos y algo más (Serie Amigos 3)

Ana Álvarez

Fragmento

Creditos

1.ª edición: mayo, 2017

© 2017 by Ana Álvarez

© Ediciones B, S. A., 2017

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-740-5

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

Para Lola Gude, porque, como a mí, le gustan los hombres con melena,

porque se enamoró de Hugo en cuanto le «conoció» y porque Hugo es suyo.

Si yo lo parí, ella lo crio.

Algún día espero que compartamos una caña y un aperitivo de esos «especiales» en Alveares.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Epílogo

Nota de autora

Promoción

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Prólogo

Después de que entre los tres hermanos Marta se decantara por Sergio, Hugo pensaba que tendría el corazón roto el resto de su vida. No fue así. Ayudó mucho que la nueva pareja no mostrara en público ningún signo de su nueva relación y se comportaran como siempre, como los amigos entrañables que habían sido desde la infancia, para no herir los sentimientos de los dos hermanos menos afortunados.

Aquella noche en que Marta y Sergio se quedaron en la playa, Hugo regresó con Javier y con Miriam a casa de sus abuelos y después de cenar su hermano se lo llevó de copas por el pueblo y le permitió emborracharse. Es más, le animó a ello consciente de que lo necesitaba. Se tomó varias copas, mientras Javier solo se permitió una, le dejó filosofar sobre la vida, sobre el amor y desvió la conversación de «la mujer» hacia las mujeres en general. Después lo llevó tambaleante hasta la casa de los abuelos y lo hizo entrar con sigilo. Ya Sergio estaba acostado pero despierto en la habitación que los tres hermanos compartían, y entre él y Javier lo desnudaron, lo metieron en la cama, y le aguantaron la frente cuando la borrachera desencadenó en vomitona a las cuatro de la madrugada. Después lo volvieron a acostar para que descansara. El malestar físico con que se levantó le ayudó a soportar el otro, el del primer desengaño amoroso que nunca suele ser el más profundo, pero sí el que más duele.

A sus diecisiete años apenas cumplidos, decidió que si no podía tener a Marta se dedicaría a explorar el otro sexo en su totalidad, o al menos en la medida que las féminas se lo permitieran. Isabel, su compañera de instituto, fue su primera relación que podía considerar seria y estuvieron juntos un par de meses. Con ella descubrió algo parecido al enamoramiento, y Marta empezó a difuminarse.

Después siguió una larga lista de amigas que se sucedían una detrás de otra, con una facilidad pasmosa. Ninguna le robó el corazón ni tampoco el sueño. Empezaba a salir con alguien, durante unas semanas se sentía enamorado como solo un adolescente puede estarlo, para acabar aburriéndose en poco tiempo y rompiendo la incipiente relación. Por lo general era él quien cortaba ante el estupor de su hermana que creía en el amor para siempre tal y como lo veía en sus padres.

Con el tiempo empezó a sentirse harto de llantos y reproches, de mujeres que esperaban amor eterno aunque él jamás lo hubiera prometido y evitó las relaciones de cualquier tipo. Cuando conocía a una chica que le atraía, se aseguraba de dejar muy claro que se trataba de un simple intercambio sexual entre adultos y si la mujer en cuestión no aceptaba o intuía que esperaba más, se daba media vuelta y buscaba en otro sitio.

Marta simplemente se diluyó en el recuerdo, y un par de años después le costaba trabajo recordar que alguna vez había sido su gran amor. Se convirtió para él en la novia de su hermano, en una amiga entrañable de su infancia y nada más.

Y él continuó con su vida sin mirar atrás.

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Capítulo 1

8 años después

Hugo Figueroa se acodó sobre la barra del bar donde trabajaba, casi vacío a aquella hora de la mañana, ese espacio de tiempo que va desde el desayuno hasta el aperitivo. Jugueteó con el móvil para ocupar el rato, porque si había una cosa que no podía soportar era la ociosidad. Inquieto y nervioso por naturaleza, era incapaz de estarse parado mucho tiempo, y si no fuera porque estaba solo en el bar en aquel momento estaría limpiando mesas, ordenando botellas o ayudando en la cocina. Pero si entraba un cliente, debía encontrar a alguien en la barra para atenderle.

Ejercía todo tipo de tareas en el bar: camarero, pinche, relaciones públicas y encargado de la seguridad, amén de reclamo para clientas femeninas en el turno de tarde y noche. Con su atractivo moreno, era el único Figueroa que no había heredado el cabello claro de Fran, ni su piel blanca, sino que era más parecido a la familia de su madre, a su abuelo Manuel. Su cuerpo delgado, su cabello oscuro y sus ojos negros, habían provocado en su abuela paterna más de una vez la pregunta de: «¿A quién sale este niño?».

Ella le había dicho una vez que era la oveja negra de la familia, y Susana, que mantenía con su suegra una relación cortés pero fría, se había erguido ante Magdalena y había dicho con su voz de tribunal, esa que según Inma dejaba sin palabras a jueces y fiscales: «En mi familia solo hay una oveja negra y eres tú». Era la primera y única vez que había visto enfrentarse a su madre y a su abuela, y se sentía orgulloso de que hubiera sido por él, porque tenía que reconocer que un poco trasto sí que era.

Era el único de sus hermanos que no había querido estudiar, aunque sus padres le habían obligado a terminar el bachillerato. Aún recordaba la escena en que a sus dieciocho años los había reunido en el salón para decirles que no iba a seguir estudiando, y que había encontrado trabajo en un bar. Fran, con su temperamento fuerte había alzado la voz intentando convencerle de que hiciera algo que le gustase, no importaba qué, pero Susana había apoyado la mano en el brazo de su marido para calmarle y había dicho la última palabra. Como casi siempre.

—Déjalo, Fran… ha cumplido dieciocho años, es su decisión. Tiene derecho a hacer su vida como quiera, incluso a equivocarse.

Luego, mirando fijamente a su hijo a los ojos, había añadido:

—Y tú, quiero que me prometas una cosa.

Hugo se encogió un poco, porque conocía las frases trampa de su madre, perfeccionadas tras años de tribunales.

—A ver…

—Prométeme que siempre vas a tener presente que la opción de seguir estudiando está ahí. Que si un día decides que no quieres seguir sirviendo copas tras una barra, o deja de gustarte a lo que sea que te dediques, vas a venir y decirme que continuarás los estudios sin que sientas que has fracasado.

—Te lo prometo. Pero no creo que eso suceda, mamá. Si hay algo que no soporto son los libros, y tú lo sabes. Me cansan, me aburren…

Susana lo sabía, era ella quien le había dado clases verano tras verano para que aprobase en septiembre las asignaturas suspendidas durante el curso.

—Eso puede cambiar, y quiero que si ocurre, lo consideres seriamente.

—Lo haré.

Hugo sonrió recordando la escena. Siempre había contado con la indulgencia de sus padres, aunque de distinta forma. Si un día llegaba borracho a casa era a Fran a quien acudía para que ocultase su desliz ante Susana, mucho más severa; en cambio, para las cosas importantes era su madre la más comprensiva. Y él los adoraba a los dos.

Había sido difícil abandonar el nido tan joven, pero cuando llevaba trabajando seis meses había alquilado un piso en la Macarena, un barrio popular de la capital, y se había independizado. Necesitaba un sitio donde llevar a las chicas, no podía meterlas en el domicilio familiar, porque aunque Marta dormía en la habitación de Sergio cuando estaba en la casa, Marta era la novia de su hermano, y él solo tenía follamigas. Muchas. Y no le parecía correcto llevar a casa de sus padres una mujer diferente cada noche. Porque si había algo que a Hugo Figueroa le gustaba eran las mujeres, y él a ellas.

Después del piso había venido la moto, que sabía que tenía aterrorizada a su madre, aunque nunca le dijera una palabra sobre ello.

Una clienta entró en el bar, y Hugo, dejando a un lado tanto el móvil como sus pensamientos, se dispuso a atenderla.

Desde detrás de la barra se quedó mirando a la chica que acababa de entrar. Bajita, delgada y con el pelo moreno recogido en una coleta, no aparentaba más de veinte años. No era una clienta habitual, y por la forma de mirar a su alrededor en cuanto cruzó el umbral, supuso que se había equivocado de local.

Se había detenido a pocos pasos de la entrada, contemplando el bar como si se estuviera metiendo en la boca del lobo. Y luego le miró a él como si fuera el mismísimo lobo en persona. Un lobo moreno de pelo largo y liso, barba de tres días cuidada y profundos ojos negros que se clavaban en ella como si quisiera devorarla. La camiseta negra que llevaba puesta y que se ajustaba a su cuerpo, no ayudaba a suavizar la imagen que transmitía

—¿Puedo ayudarte en algo?

—¿Es este el número ocho de la calle?

—Sí, en efecto.

—Y este el bar llamado Alveares.

—Sí. ¿No has visto el luminoso de la entrada?

Ella respiró hondo y se acercó a la barra sin responder a la pregunta, como si estuviera haciendo acopio de valor. Hugo sacó su mejor sonrisa de chico malo pensando qué se imaginaría la chavala que le iba a hacer.

—¿Te sirvo algo?

—Eh… no… bueno, una manzanilla.

—¿Infusión o vino?

—Infusión.

—La hora de los desayunos ya ha pasado, pero haré una excepción contigo.

—Gracias.

A Hugo no le importaba hacer excepciones por una mujer, aunque aquella era más bien poquita cosa.

Se volvió de espaldas y puso a hervir el agua. Luego se giró de nuevo y colocó sobre la barra un plato y sobre él un vaso con un sobre de manzanilla en el interior, azúcar y una cucharilla, mientras la chica miraba hacia la puerta de la cocina esperando ver salir una legión de monstruos por allí.

—Perdona la pregunta... —dijo acercándose y notando que ella se encogía un poco—. Aunque suene a tópico, ¿qué hace una chica como tú en un sitio como este? Y no me digas que tomarte una manzanilla, porque no es verdad.

Ella enrojeció hasta la raíz del pelo y Hugo enarcó una ceja, sorprendido. ¿Todavía había mujeres que se sonrojaban?

—Soy Inés Montalbán.

—Muy bien; yo, Hugo Figueroa… y ahora, ¿qué hace una mujer como tú, Inés Montalbán, en un sitio como este?

Ella cerró los ojos tratando de evitar la mirada burlona de aquel chico moreno que la observaba jugando con ella al gato y al ratón. Se lamentó una vez más de su facilidad para sonrojarse y de su timidez.

—Heredarlo —dijo con un hilo de voz.

—He debido entender mal.

—No. Soy la sobrina de Lorenzo Alvear… el propietario. Mi tío falleció la semana pasada y me ha dejado como heredera universal.

—No lo sabía. Lo siento.

—No le trataba mucho, es probable que tú le conocieras mejor que yo.

—No, Lorenzo no se ocupaba del bar. Existe un administrador que paga los salarios y poco más. No se mete en nada mientras el local dé beneficios.

—¿Y los da?

—Sí… aunque no te vas a hacer millonaria con él.

—No pretendo hacerme millonaria.

—¿Y qué pretendes? ¿Conocer la herencia?

—Me gustaría… ocuparme del bar.

Hugo abrió mucho los ojos. ¿Aquella chica pequeña e insignificante, con aspecto de acabar de salir del convento pretendía llevar un bar de copas como aquel? Por las noches había mucha movida allí.

—Las cuentas y eso, quieres decir.

Ella se encogió de hombros.

—No… todo.

—¿Todo? ¿Servir en la barra también? —preguntó Hugo alzando una ceja.

—No será tan difícil.

—No es que sea difícil, todo se aprende… pero, Inés Montalbán, tienes todo el aspecto de acabar de salir de un convento. Y para servir copas aquí hay que tener muchas tablas.

Ella se sonrojó aún más, si eso era posible.

Hugo lanzó una risita divertida.

—¿He acertado? ¿Vienes de un convento?

—No, claro que no.

—¿Entonces de dónde?

—De un pueblo pequeño.

—¿Cómo de pequeño?

—Unos trescientos habitantes.

—¡Hostia! ¿Y la media de edad de los habitantes de ese pueblo es de...?

—Cincuenta… sesenta.

—Comprendo. Pues nena, vuélvete al pueblo y deja que el bar siga funcionando como siempre. Seguro que te da para vivir con holgura, no debe de ser caro vivir allí.

Por primera vez la vio apretar los labios con determinación.

—No.

—¿No?

—He dejado mi casa, he alquilado un piso en Sevilla y he venido para ocuparme de mi herencia. He quemado mis naves y me moriré antes que volver.

—También vas a morir aquí detrás de esta barra si te sonrojas de esa forma cada vez que te miro a los ojos. ¡No digo nada cuando los clientes borrachos te quieran meter mano! —bromeó exagerando. La clientela no solía hacer eso, aunque algún caso se daba. En realidad había más mujeres que hombres, y sonrió pensando que muchas de ellas venían buscándole a él.

La chica apretó con fuerza la correa del bolso que le cruzaba el pecho como si quisiera defenderse.

—Vamos, doña Inés… vuelve al convento que tu don Juan no está aquí.

—No.

—Bueno, pues tú misma. Ya veo que eres terca.

—Obstinada.

No era terca y estaba acojonada, pero no tenía a dónde ir. Había discutido con su tía, con la que vivía desde que era pequeña, porque esta consideraba una locura lo que estaba a punto de hacer. Pero al recibir la herencia había visto la única posibilidad de escapar del pueblo y de una vida monótona y gris, y había decidido aprovecharla. Sin pensárselo demasiado, había alquilado un piso en la capital, había hecho la maleta y se había marchado. Y como bien le había dicho a aquel chico, se moriría antes de volver con el rabo entre las piernas.

—Pues… ¿Cuándo quieres empezar?

—Cuanto antes. ¿Esta noche?

—Mejor mañana para los desayunos. Vayamos poco a poco, las noches son algo más complicadas.

—¿Tú… llevas esto solo? ¿Eres el encargado?

—No, no tenemos encargado, aquí cada uno conoce su cometido y lo cumple para conservar el puesto de trabajo. Por las mañanas viene una cocinera que hace los churros y las tostadas, mientras yo me ocupo de los cafés. Luego suelo descansar y entro por las noches para las copas, pero esta semana has tenido suerte; la chica que hace los mediodías está de vacaciones y has tenido el placer de conocerme. Soy la atracción del bar —rio guiñándole un ojo.

Inés respiró hondo.

—Estás de broma ¿verdad?

—Y tú muy verde, Solo trato de curtirte un poco antes de que te coman por sopas.

—¿Qué es eso?

Hugo soltó una carcajada y saltó sobre la barra situándose junto a ella.

—Ya lo aprenderás en tus propias carnes.

Inés intentó decirle que era su jefa, que la tratara con respeto, pero se sintió incapaz. Se dio cuenta de que a su lado resultaba aún más alto e impresionante que detrás de la barra.

—Vamos, te enseñaré tus dominios. Pasa por aquí —dijo invitándola a seguirle por una puerta situada junto a la parte exterior de la barra. Entraron en una cocina pequeña y alargada, donde solo cabía una persona entre la encimera y la pared. Un fregadero, un lavavajillas industrial, un tostador enorme, una freidora, un microondas y una plancha con aspecto de usarse poco eran los únicos elementos que formaban el mobiliario de la misma.

Hugo se había detenido a su lado, demasiado cerca para el gusto de Inés, que sentía invadido su espacio vital, lo que la hacía ponerse muy nerviosa.

—¿Esta es la cocina?

—¿Qué esperabas?

—La de mi casa es más grande y está mejor equipada.

—Lo supongo, pero en tu casa se cocina y aquí no. Esto es más que suficiente.

—¿No se cocina? Es un bar.

—De copas, no se sirven comidas aparte de los desayunos. El microondas y la plancha es más para uso nuestro que para los clientes. Con las copas servimos frutos secos que dan más sed y con las cañas de mediodía unas aceitunas o unos chochitos —dijo él usando a propósito el sinónimo de altramuces.

—¿Qué es lo que servís? —preguntó Inés enrojeciendo de nuevo. Hugo se mordió la lengua para no reírse; ella había respondido tal y como esperaba.

—Has oído bien, Inés Montalbán.

Alargó la mano hacia un contenedor de plástico y sacó una cucharada de altramuces.

—Esto son «chochitos». En algunos sitios los llaman también altramuces, pero aquí no. Si algún cliente te pide chochitos no te están haciendo ninguna proposición indecente. Y no necesitarás ponerte tan roja.

Inés sentía a cada momento más ganas de abofetear a aquel hombre que se estaba burlando de ella y de su timidez desde que había entrado en el bar. Ojalá algún día pudiera superar esta y ponerle en su lugar. Decidió empezar a intentarlo y dijo con voz que procuró sonara firme y decidida:

—En mi bar se llamarán altramuces. No serviremos a nadie que pida… lo otro.

Hugo se inclinó un poco sobre ella.

—Dilo… la palabra no muerde. —Inés dio un paso atrás para poner un poco de distancia entre ellos—. Y yo tampoco —añadió.

—No estoy acostumbrada a estar tan cerca de nadie.

Hugo decidió dejar de ser malo y se irguió dándole el espacio que reclamaba.

—Claro, no lo había pensado. En tu pueblo, al ser tan pocos habitantes disponéis de mucho espacio entre unos y otros. Disculpa, intentaré recodarlo. Pero hazte a la idea de que el bar es un sitio estrecho… no siempre va a ser posible mantener espacio a tu alrededor.

A pesar de que Hugo había adquirido un tono serio, el brillo malicioso de sus ojos negros hacía suponer a Inés que volvía a burlarse de ella.

—Pasemos al baño… Es un sitio pequeño, casi seguro que no cabremos los dos sin rozarnos. Entra tú y ya me cuentas. Yo volveré a la barra por si entra alguien; se acerca la hora de las cañas.

Salió de la cocina por la parte que la comunicaba con la barra e Inés se dirigió a la puerta donde la placa indicaba los servicios y entró en ellos.

Salió poco después.

—¿Alguna pega?

—En efecto, son muy pequeños. Casi incómodos —dijo recordando la estrechez que había sentido al usar el de señoras.

—Hay un motivo para eso. Antes eran mayores pero tuvimos que reducirlos un poco.

—¿Por qué? El bar es lo bastante grande y medio metro menos no iba a afectar a la comodidad de los clientes de la sala.

—No sé si decírtelo, tengo miedo de que te desmayes. Estoy tras la barra y no podré cogerte antes de que te caigas al suelo.

—No voy a desmayarme, puedes decir lo que sea —dijo apretando los dientes.

—Bueno, allá va. Los redujimos porque la gente se metía a follar dentro y se formaban unas colas enormes.

Inés volvió a enrojecer. Hugo fingió limpiar la encimera de la barra con un trapo mientras la observaba de reojo tratando de mantenerse serio.

—La gente… ¿hace eso en el baño?

—¡Oh, sí! Siempre que pueden. Por eso había que ponérselo difícil, para que quienes necesitan usar los baños para lo que están diseñados no tuvieran que esperar. Pero si quieres, los volvemos a agrandar… La dueña eres tú.

—No, no… están bien así.

—Ven, doña Inés, acércate a la barra y te serviré algo más fuerte que una infusión de manzanilla. Creo que lo necesitas.

—No bebo.

Hugo le sirvió una caña que depositó sobre el mostrador.

—Esto no te va a llevar de cabeza a Alcohólicos Anónimos.

Entró en la cocina y salió con un plato pequeño en la mano, que depositó junto al vaso.

—Con unos altramuces. Como ves, aprendo rápido.

—No me gusta beber sola.

—Bueno, si me autorizas, me sirvo otra y te acompaño.

Inés asintió. No se encontraba capaz de tomarse lo que le había servido bajo la escrutadora mirada del hombre.

Hugo se sirvió otro vaso de cerveza y lo alzó ofreciendo un brindis.

—Por la nueva propietaria de Alveares, Inés Montalbán.

Ella entrechocó su propio vaso y bebió un sorbo. El líquido se deslizó frío y delicioso por su garganta. Había bebido cerveza antes, pero no le había gustado demasiado. Sin embargo aquella le estaba sabiendo a gloria.

Hugo vació medio vaso de un trago. Estaba sediento, la charla con aquella increíble mujer salida de la época de las cavernas le había secado la garganta. Después alargó la mano y se metió en la boca un buen puñado de chochitos, gesto ante el que ella desvió la vista.

Y mientras compartían el aperitivo, se dijo que iba ser muy divertido observar cómo doña Inés se iba adaptando al bar. ¡Si es que duraba!

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Capítulo 2

Inés llegó al bar a la mañana siguiente dispuesta a empezar la nueva etapa de su vida. Estaba nerviosa, nunca antes había trabajado y mucho menos atendido a un público. Pero había decidido hacer caso a Hugo y empezar por los desayunos y tan difícil no debía ser poner un café y unas tostadas sobre la barra de acero y madera. Llevaba años haciéndolo en casa y su tía no era precisamente una mujer fácil de agradar.

La cancela estaba cerrada cuando llegó, y mirando el reloj comprobó que aún no eran las siete y media, hora de apertura del bar, según le había informado Hugo el día anterior.

Apenas unos segundos después una moto grande y ruidosa subió a la acera y se detuvo a su lado, y la figura vestida de negro que descendió de ella hizo que se le encogiera el estómago. No iba a ser fácil trabajar con Hugo Figueroa, estaba segura de ello.

Él se quitó el casco y se sacudió la larga melena negra que le caía sobre los hombros.

—Buenos días, doña Inés. ¿Has dormido bien esta noche?

—Sí, claro. ¿Por qué no iba a hacerlo?

—Porque tienes todo el aspecto de no haber pegado ojo.

Tuvo que reconocer que era verdad, que había pasado mucho rato dando vueltas en la cama sin poder dormir, pero se moriría antes que confesárselo. La aventura que estaba empezando la asustaba, pero estaba decidida a seguir adelante y a salir victoriosa. Era cierto que había pasado toda su vida encerrada en un pueblo, protegida por un entorno conocido, con un plato de comida en la mesa y pocas preocupaciones; pero había decidido cambiarlo todo y dar un giro de ciento ochenta grados a su vida, y una vez tomada la decisión no había marcha atrás. Por mucho que la aterrase. ¡A obstinada no le ganaba nadie!

Hugo levantó sin esfuerzo la reja que protegía el bar de posibles asaltantes y le cedió el paso.

—Entra. Luego haremos una copia de las llaves para ti, para que puedas abrir si llegas antes.

—¿Cuántas copias hay?

—Aparte de la mía, una para Marieta, la chica que viene al mediodía y otra que tiene el administrador. Pero por supuesto, tú como propietaria debes tener la tuya… aunque quizás prefieras que yo devuelva la mía y encargarte tú de abrir y cerrar.

—No, no… veo que lo tienes todo bien controlado, de modo que dejémoslo así. Yo tendré una por si tú te retrasas algún día. De momento lo dejaremos todo como está y más adelante veremos.

Habían entrado al bar. Hugo encendió las luces y la precedió hasta una pequeña habitación situada junto a los baños donde colocó el casco en una estantería y se quitó la liviana cazadora que vestía. Se despojó también de la camiseta azul que llevaba debajo sacándola por la cabeza con un ligero movimiento que pilló desprevenida a Inés. Desvió inmediatamente la vista, enrojeciendo de nuevo contra su voluntad. Hugo disimuló la sonrisa que apareció en su boca y no dijo nada, mientras agarraba una camiseta negra del estante y se la ponía, despacio, para darle tiempo a echar una segunda ojeada si le apetecía.

Inés se maldijo una vez más a la par que se preguntaba si en verdad existían hombres con un cuerpo como el que acababa de atisbar durante unos segundos, o había sido una alucinación.

—Me salgo para que te cambies —dijo él recogiéndose el pelo con una goma, como lo tenía el día anterior.

—Yo ya vengo vestida desde casa —dijo quitándose el jersey fino que llevaba encima, y dejando ver una camiseta negra y holgada de manga corta y escote cerrado hasta el cuello.

—Chica precavida. Pues a trabajar entonces, te enseñaré cómo funciona la cafetera y los distintos tipos de cafés que te pueden pedir.

Apenas se situaron detrás de la barra, una señora alta y morena entró en el bar.

—Ahí está Encarna —dijo Hugo—. Es nuestra cocinera.

—Buenos días —saludó esta al entrar.

—Buenos días. Yo soy Inés Montalbán, la nueva propietaria.

La mujer miró a Hugo sorprendida.

—No me mires así, yo me enteré ayer. Lorenzo ha fallecido y la señorita ha heredado el bar. Y tiene intención de gestionarlo y trabajar en él. O de intentarlo, al menos —añadió soltando una risita.

Inés lo miró enfurecida, pero incapaz de encontrar una réplica a sus palabras.

—Este bar es cosa seria, muchacha… pero cuenta con mi ayuda si la necesitas.

—Gracias, Encarna.

—Me cambio en un segundo, Hugo, y me pongo con la masa de los churros.

Entró en la habitación donde habían dejado las cosas personales y salió poco después vestida con un uniforme blanco y azul de rayas finas y un gorro cubriéndole el pelo.

—Lista. Inés, ven a la cocina si quieres y te puedo ir enseñando a hacer la masa.

—Mejor que aprenda primero cómo se preparan los distintos cafés, que luego va a ser un lío explicárselo. Ya sabes cómo se llena esto en un rato.

—Como queráis. Dentro estoy si me necesitas.

—Bien.

En cuanto Hugo empezó a moverse detrás de la barra Inés se dio cuenta del escaso espacio del que disponían. La presencia masculina a su lado se hizo más intensa, y no pudo evitar sentirse incómoda. Nunca antes había estado tan cerca de un hombre, y mucho menos joven y atractivo como aquel. Trató de olvidar los abdominales que había visto un rato antes, del tipo que solo se veían en el cine. Del tipo que ella nunca había tenido cerca. Trató de centrar su mente en las explicaciones que él le daba sobre la medida del café que debía echar en el casillero.

—Inés… ¿Dónde estás?

—Eh… ¿Qué?

—Te estaba diciendo que pongas tú este café. Pero ni escucharme ¿no?

—Estaba tratando de asimilar lo que me estabas diciendo.

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