Título original: Tempt Me at Twilight
Traducción: M.ª José Losada Rey y Rufina Moreno Ceballos
1.ª edición: mayo, 2013
© 2009 by Lisa Kleypas
© Ediciones B, S. A., 2013
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B. 4988.2013
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-216-0
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Para Teresa Medeiros.
En el camino de la vida, tú me acompañas en los
desvíos, los baches y los semáforos en rojo.
El mundo es un lugar mejor porque tú estás en él.
Siempre te querré.
L. K.
Contenido
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Epílogo
1
Londres, Hotel Rutledge
Mayo de 1852
Todas sus posibilidades de conseguir un matrimonio decente estaban a punto de irse al traste, y todo por culpa de un hurón.
Por desgracia, Poppy Hathaway ya había recorrido medio Hotel Rutledge en persecución de Dodger cuando recordó un hecho importante: para un hurón, una línea recta consiste en seis zigs y siete zags.
—Dodger —dijo Poppy con voz desesperada—. Vuelve. ¡Te daré un panecillo, una de mis cintas... todo lo que quieras! O te juro que me haré una bufanda contigo...
Poppy se prometió a sí misma que en cuanto atrapara a la mascota de su hermana, iba a decirle al gerente del Rutledge que Beatrix cobijaba alimañas salvajes en la suite familiar, algo que, sin duda, iba en contra de la política del hotel. Por supuesto, con eso sólo conseguiría que toda la familia Hathaway se viera obligada a abandonar sus habitaciones sin más dilación.
Pero eso era algo que a Poppy le traía sin cuidado en ese momento.
Dodger había robado una carta de amor que le había enviado Michael Bayning, y ella no dudaría en hacer cualquier cosa para recuperarla. Lo único que faltaba era que al hurón le diera por esconder aquella condenada carta en un lugar público donde todo el mundo pudiera encontrarla. Entonces, sí que se irían al traste definitivamente las posibilidades de Poppy de casarse con un joven respetable, perfecto y maravilloso.
Dodger atravesó corriendo los lujosos pasillos del Hotel Rutledge con su sinuoso y veloz paso, manteniéndose todo el rato fuera del alcance de la joven. Llevaba la carta entre sus largos dientes delanteros.
Mientras lo perseguía, Poppy rogó no tropezarse con nadie. Aunque aquél fuera un hotel de renombre, sabía que una joven respetable jamás debería haber abandonado la suite sin un acompañante. Sin embargo, la señorita Marks, su carabina, todavía seguía acostada, y Beatrix se había ido a dar un temprano paseo matutino con su hermana Amelia.
—¡Me las pagarás, Dodger!
La traviesa criatura pensaba que todo lo que existía en el mundo era para su uso y disfrute personal. No había cesta o envase que no volcara para investigarlo, y siempre había que tener cuidado de no dejar a su alcance ninguna media, peine o pañuelo, pues la mascota tenía costumbre de robar cualquier clase de artículo personal y dejarlo debajo de las sillas o los sofás. Y además, le gustaba echar la siesta en los cajones de la ropa limpia. Pero lo peor de todo era que a la familia Hathaway le divertían tanto sus travesuras que estaba dispuesta a pasar por alto su mal comportamiento.
Cada vez que Poppy desaprobaba las escandalosas travesuras del hurón, su hermana Beatrix se deshacía en disculpas y le prometía que Dodger no volvería a hacerlo; luego, parecía genuinamente asombrada cuando el hurón hacía caso omiso de sus fervorosos sermones. Poppy quería tanto a su hermana pequeña que siempre se esforzaba por soportar la compañía de aquella odiosa mascota.
Sin embargo, esta vez Dodger se había pasado de la raya.
El hurón se detuvo en una esquina, miró hacia atrás para asegurarse de que todavía le perseguía y, al comprobar que así era, hizo una pequeña cabriola y una serie de saltos laterales que expresaban su regocijo. Incluso ahora, cuando sólo quería asesinarle, Poppy no podía evitar admitir que era un animalito de lo más adorable.
—Te mataré —le dijo, acercándose a él de la manera menos amenazadora posible—. Dame la carta, Dodger.
El hurón atravesó como un rayo un vestíbulo con elegantes columnatas de tres pisos de altura. Poppy se preguntó con disgusto hasta dónde tendría que perseguir al animal. El hurón podía recorrer grandes distancias y el Rutledge era, sin duda, un hotel enorme. Abarcaba cinco bloques completos del Theater District.
—Esto —masculló la joven por lo bajo— es lo que ocurre cuando se es un Hathaway. Contratiempos... bichos salvajes... incendios... maldiciones... escándalos...
Poppy amaba a su familia con toda su alma, pero anhelaba una vida más normal y tranquila, algo imposible siendo una Hathaway. Quería paz. Previsibilidad.
Dodger traspasó velozmente la puerta de las oficinas de la tercera planta, donde trabajaba el señor Brimbley, el administrador del hotel. Era un hombre entrado en años con un poblado bigote blanco, con las puntas elegantemente enceradas. Como la familia Hathaway se había alojado antes en el Rutledge muchas veces, Poppy sabía que Brimbley informaba de todo lo que ocurría en esa planta a sus superiores. Si el administrador descubría lo que ella perseguía con tanto ahínco, la carta quedaría confiscada y la relación de Poppy con Michael dejaría de ser un secreto. Y el padre de Michael, lord Andover, jamás aprobaría un enlace entre su hijo y ella, y menos si iba asociado a un escándalo.
Poppy contuvo el aliento y se pegó contra la pared cuando vio que Brimbley salía de las oficinas con dos miembros del personal del Rutledge.
—Vaya de inmediato a las oficinas principales, Harkins —decía el administrador—. Quiero que investigue el asunto de las facturas del señor W. El caballero afirma que hay un error en su factura, cuando está claro que quien se equivoca es él. De ahora en adelante, creo que será mejor que firme un recibo cada vez que haga un gasto.
—Sí, señor Brimbley. —Los tres hombres recorrieron el largo pasillo, alejándose de Poppy.
La joven se acercó sigilosamente a la puerta de las oficinas y se asomó con cautela. Los dos despachos conectados entre sí parecían estar vacíos.
—Dodger —susurró ella con tono de urgencia cuando lo vio esconderse debajo de una silla—. ¡Dodger, ven aquí!
Pero esa orden, por supuesto, provocó más saltos y cabriolas entusiastas de la mascota.
Poppy se mordisqueó el labio inferior y cruzó el umbral. El despacho principal, que poseía unas generosas dimensiones, estaba provisto de un escritorio de madera maciza sobre el que se amontonaban libros de cuentas y otros documentos. Había un sillón tapizado de cuero color borgoña frente al escritorio, y otro situado al lado de una chimenea vacía con la repisa de mármol.
Dodger aguardó junto al escritorio sin dejar de mirar a Poppy con aquellos pequeños ojos brillantes. Sus bigotes se movían de forma inquieta sobre la codiciada carta. Permaneció muy quieto, observando a Poppy con atención mientras ella avanzaba con paso vacilante hacia él.
—Eso es —susurró ella, extendiendo la mano muy despacio—. Buen chico, eres un chico estupendo... Por favor, no te muevas, dame la carta para que pueda guardarla en la suite. A cambio te daré... ¡maldita sea!
Un poco antes de que pudiera coger la carta, Dodger se había colado debajo del escritorio con ella entre los dientes.
Roja de furia, Poppy miró a su alrededor buscando algo, lo que fuera, con lo que poder hacer salir a Dodger de su escondite. Vio un candelabro de plata en la repisa de la chimenea, intentó cogerlo, pero el objeto no se movió. El pie de plata estaba fijado a la repisa.
Ante la mirada atónita de Poppy, el panel trasero del hogar de la chimenea giró sin hacer ruido. La joven contuvo el aliento al observar que se abría una puerta de manera automática. Lo que parecía sólida piedra, no era sino un muro falso.
Dodger no se lo pensó dos veces y con regocijo salió rápidamente del escritorio, colándose a través de la abertura.
—Maldita sea —dijo Poppy con voz entrecortada—. ¡Dodger, vuelve aquí!
Pero el hurón no le hizo caso. Y, para empeorar las cosas, la joven oyó la estruendosa voz del señor Brimbley que regresaba al despacho.
—Por supuesto que el señor Rutledge debe ser informado. Agréguelo en el informe. Y no olvide que...
Sin tiempo a considerar cualquier otra opción o las posibles consecuencias, Poppy atravesó el panel de la chimenea y cerró la puerta a su espalda.
Mientras esperaba, fue engullida por una oscuridad casi absoluta, y se esforzó por oír lo que estaba ocurriendo dentro del despacho. Al parecer no la habían visto. El señor Brimbley continuó hablando sobre informes y otras cuestiones relacionadas con la dirección del hotel.
A Poppy se le ocurrió que quizá tendría que esperar mucho tiempo antes de que el administrador abandonara el despacho de nuevo. Tendría que encontrar otra manera de salir de allí. Por supuesto, siempre podía volver a atravesar la chimenea y anunciar su presencia al señor Brimbley. Sin embargo, no quería ni imaginarse todas las explicaciones que tendría que dar ni lo avergonzada que se sentiría al hacerlo.
Poppy se dio la vuelta y percibió que estaba al final de un largo pasillo con una fuente de luz difusa que provenía de arriba. Levantó la vista. El pasaje estaba iluminado por un tragaluz, similar al que utilizaban los antiguos egipcios para determinar la posición de las estrellas y los planetas.
Oyó los sinuosos pasos del hurón cerca de ella.
—Bueno, Dodger —masculló—, has sido tú quien nos ha metido en este lío. ¿Por qué no me ayudas a encontrar una salida?
Ni corto ni perezoso, Dodger avanzó a lo largo del pasadizo y desapareció entre las sombras. Poppy exhaló un suspiro y lo siguió. Se negó a dejarse llevar por el pánico, pues si algo había aprendido de todas las calamidades que habían sufrido los Hathaway era a no perder la cabeza; eso nunca conducía a nada bueno.
Mientras Poppy avanzaba lentamente por la oscuridad, mantuvo la punta de los dedos en la pared para no desorientarse. Había recorrido sólo unos metros cuando oyó un sonido. Se quedó paralizada, aguardó y escuchó atentamente.
Silencio absoluto.
Pero los nervios se le habían puesto de punta y el corazón comenzó a latirle a toda velocidad cuando vio el resplandor amarillo de una lámpara delante de ella. Un segundo después se apagó.
No estaba sola en el pasadizo.
Escuchó ruido de pasos aproximándose, cada vez más cerca, sigilosos como los de un depredador. Alguien se dirigía directo hacia ella.
«Ahora sí», pensó Poppy. Había llegado el momento de dejarse llevar por el pánico. Se dio la vuelta aterrorizado y se lanzó hacia el lugar por donde había venido. Ser perseguida por un desconocido en un oscuro pasadizo era una experiencia nueva incluso para una Hathaway. Maldijo en silencio las pesadas faldas, se las alzó con rapidez e intentó correr. Pero la persona que la perseguía era demasiado rápida como para despistarla.
Soltó un grito ahogado cuando su perseguidor la agarró desde atrás y se vio atrapada en un abrazo firme y brutal. Era un hombre —un hombre grande— y la sujetaba apretándole la espalda contra su pecho. Una de las enormes manos del individuo le inclinó bruscamente la cabeza a un lado.
—Debería saber —le dijo una voz fría y ronca al oído— que, sólo con presionar un poco, podría romperle el cuello. Dígame su nombre y lo que está haciendo aquí dentro.
2
Poppy apenas podía pensar con claridad por culpa de la sangre que le retumbaba en los oídos y el dolor que le provocaba aquel torno de acero. El pecho del desconocido se apretaba contra su espalda con dureza.
—Es un error —logró decir—. Por favor, suélteme.
Él la forzó a ladear más la cabeza hasta que Poppy sintió que se le tensaban de una manera dolorosa los tendones del cuello y del hombro.
—Su nombre —insistió él con suavidad.
—Poppy Hathaway —dijo ella sin aliento—. Lo siento. No quería que...
—¿Poppy? —Él aflojó la presión de las manos.
—Sí. —¿Por qué había repetido su nombre como si la conociera?—. ¿Es usted miembro del personal del hotel?
Él ignoró la pregunta. Le pasó la mano suavemente por los brazos y el torso como si buscara algo. El corazón de la joven palpitaba como el de un pajarillo asustado.
—No haga eso —jadeó con voz entrecortada, arqueándose para alejarse de su contacto.
—¿Qué está haciendo aquí? —Él la hizo girar para mirarla directamente a los ojos. Ningún conocido de Poppy la había tocado jamás con tal familiaridad. Estaban lo suficientemente cerca como para que ella pudiera ver, bajo la iluminación del tragaluz, el contorno de los duros y afilados rasgos del desconocido y sus brillantes ojos hundidos.
Poppy intentó recuperar el aliento e hizo una mueca de dolor al sentir un calambre en el cuello. Levantó el brazo para intentar aliviar la rigidez de los tendones mientras hablaba.
—Estaba... Estaba persiguiendo un hurón y la chimenea del despacho del señor Brimbley se abrió de repente y la atravesamos. Intentaba encontrar otra salida cuando tropecé con usted.
A pesar de lo absurda que sonaba su explicación, el desconocido fue capaz de entenderla.
—¿Un hurón? ¿Una de las mascotas de su hermana?
—Sí —respondió ella, desconcertada. Se frotó el cuello e hizo otra mueca de dolor—. ¿Cómo lo ha sabido? ¿Nos conocemos? No, por favor, no me toque... ¡Ay!
Él la había hecho girar de nuevo y le había puesto la mano en el lado del cuello.
—Estese quieta. —Sus movimientos fueron hábiles y seguros cuando le masajeó el dolorido tendón—. Si intenta escapar de mí, sólo conseguirá que la atrape de nuevo.
Poppy se estremeció bajo aquellos dedos indagadores y se preguntó si no estaría a merced de un loco. Él le masajeó con más fuerza, provocándole una sensación que no era ni placentera ni dolorosa pero que, de alguna manera, resultaba extraña. Ella emitió un gemido de protesta y se contorsionó con impotencia. Para sorpresa de Poppy, el tendón que estaba dolorosamente tenso se relajó y se le aflojaron los músculos rígidos del cuello. La joven se quedó inmóvil y soltó un suspiro de alivio, dejando caer la cabeza hacia atrás.
—¿Mejor? —preguntó él, utilizando ahora las dos manos y acariciándole la nuca con los pulgares antes de deslizarlos bajo el suave encaje del cuello alto del vestido.
Poppy se removió inquieta, intentando alejarse de él, pero las manos del hombre la agarraron por los hombros de inmediato. Ella se aclaró la garganta e intentó adoptar un tono digno.
—Señor, ¿p-podría sacarme de aquí? Mi familia le recompensará generosamente. No cuestionarán su proceder...
—Por supuesto que no. —La soltó lentamente—. Nadie utiliza este pasadizo sin mi permiso. He creído que usted era un intruso que no tramaba nada bueno.
Ese comentario debía de haber sido una disculpa, aunque el tono no sonaba arrepentido en lo más mínimo.
—Le aseguro que no tenía otra intención que intentar recuperar a ese odioso animal. —Poppy notó que Dodger comenzaba a hociquear en sus faldas.
El desconocido se inclinó y cogió al hurón en sus brazos. Sosteniendo a Dodger por el cogote, se lo dio a Poppy.
—Gracias. —El flexible cuerpo del hurón se acomodó en los brazos de la joven. Para su desgracia, la carta había desaparecido—. Dodger, maldito ladronzuelo... ¿Dónde la has metido? ¿Qué has hecho con ella?
—¿Qué está buscando?
—Una carta —dijo Poppy con voz tensa—. Dodger me la robó y la trajo hasta aquí... Debe de estar por algún lado.
—Ya aparecerá.
—Pero es muy importante para mí.
—Eso es evidente. De lo contrario, no se habría metido en este lío para recuperarla. Venga conmigo.
Poppy aceptó acompañarle a regañadientes y permitió que la tomara del codo.
—¿Adónde vamos?
No le respondió.
—Preferiría que nadie se enterara de esto —aventuró Poppy.
—Estoy seguro de ello.
—¿Puedo confiar en su discreción, señor? Debo evitar el escándalo a toda costa.
—Las jóvenes que desean evitar escándalos no deberían salir de sus habitaciones —señaló él con actitud poco colaboradora.
—Me habría encantado permanecer en mi habitación —protestó Poppy—. Pero tuve que salir detrás de Dodger. Debo recuperar mi carta. Y estoy segura de que mi familia le compensará la molestia si usted...
—Cállese.
Él se abrió paso a través del pasaje en penumbra sin dificultad alguna, agarrando a Poppy del codo de una manera suave pero inexorable. No se dirigieron hacia el despacho del señor Brimbley, sino que avanzaron en dirección opuesta, durante lo que le pareció una distancia interminable.
Por fin el desconocido se detuvo y se volvió hacia un lugar en la pared, donde abrió una puerta.
—Entre.
Poppy le precedió con vacilación al interior de una estancia bien iluminada, una especie de salita con una hilera de ventanas palladianas que daban a la calle. Había un escritorio de roble macizo situado en un rincón de la estancia y las librerías cubrían casi todas las paredes. En el aire flotaba una agradable mezcla de olores familiares a vela, tabaco, tinta y libros que le recordaba vagamente al viejo estudio de su padre.
Poppy se giró hacia el desconocido que entró en la estancia tras ella y después cerró la puerta secreta.
Era difícil calcular su edad. Debía de pasar de la treintena, pero poseía un aire terriblemente mundano que indicaba que había visto lo suficiente de la vida como para que hubiera dejado de sorprenderse por nada. Tenía el pelo espeso y bien cortado, negro como la medianoche, y una cara hermosa en la que destacaban las cejas oscuras. Era tan guapo como Lucifer, con aquellas cejas gruesas, la nariz recta y definida y la boca amenazadora. El ángulo de la mandíbula era afilado y tenaz, y la expresión reservada de sus rasgos hablaba de un hombre que quizá se tomaba todo —incluyéndole a sí mismo— demasiado en serio.
Poppy sintió que se ruborizaba al descubrirse mirando un par de ojos extraordinarios, de un intenso y frío color verde con los bordes oscuros, enmarcados por unas largas pestañas negras. Aquella mirada pareció captar y absorber cada detalle de ella. Notó unas sombras apenas perceptibles bajo los ojos, que no mermaban en absoluto la hermosura de aquel rostro duro.
Un caballero habría dicho algo ocurrente, algo que hubiera relajado el ambiente, pero el desconocido guardó silencio.
¿Por qué la miraba de esa manera? ¿Quién era y qué cargo ejercía en ese lugar?
Poppy tenía que decir algo, lo que fuera, para romper la tensión.
—El olor a libros y a velas me trae buenos recuerdos —comentó a lo tonto—. Me recuerda al estudio de mi padre.
El hombre dio un paso hacia ella, y Poppy retrocedió. Los dos se quedaron quietos. Parecía que una infinidad de preguntas flotaban entre ellos como si hubieran sido escritas con tinta invisible en el aire.
—Creo que su padre falleció hace algún tiempo. —Su voz hacía juego con el resto de su persona: educada, oscura e inflexible. Tenía un acento interesante que no parecía del todo británico; pronunciaba las vocales abiertas y las erres marcadas.
Poppy asintió desconcertada.
—Y que su madre le siguió poco después —añadió.
—¿Cómo... cómo sabe eso?
—Es mi trabajo averiguar todo lo que sea posible de los huéspedes del hotel.
Dodger se retorció en los brazos de Poppy. La joven se inclinó para dejarlo en el suelo. El hurón se subió a un sillón grande cerca de la pequeña chimenea y se acomodó sobre la tapicería de terciopelo.
Poppy se resignó a mirar de nuevo al desconocido. Estaba vestido con ropa oscura y de buen corte, sin duda confeccionada a medida. Las prendas eran elegantes, pero estaban realzadas por una corbata negra y sencilla, sin alfileres, y no tenía botones de oro en la camisa, ni ningún otro adorno que indicara su condición de caballero. Sólo llevaba una simple cadena de reloj que desaparecía en el bolsillo del chaleco gris.
—Tiene usted acento americano —dijo ella.
—Soy de Búfalo, Nueva York —respondió él—. Pero llevo años residiendo en Inglaterra.
—¿Trabaja para el señor Rutledge? —preguntó ella con recelo.
Él respondió simplemente con una inclinación de cabeza.
—Supongo que es usted uno de los gerentes, ¿no?
La cara del desconocido mostraba una expresión inescrutable.
—Algo parecido.
Poppy se dirigió poco a poco hacia la puerta.
—Entonces le dejaré con su trabajo, señor...
—Debería volver a su habitación con una acompañante adecuada.
Poppy consideró aquellas palabras. ¿Debería pedirle que avisara a su acompañante? No... Lo más probable era que la señorita Marks estuviera todavía dormida. Había sido una noche dura para ella. La señorita Marks era propensa a padecer horribles pesadillas que la dejaban temblorosa y exhausta al día siguiente. No le ocurría a menudo, pero cuando sucedía, Poppy y Beatrix dejaban que descansara hasta muy tarde.
El desconocido la observó durante un momento.
—¿Quiere que avise a una doncella para que la acompañe?
Poppy asintió con la cabeza. Pero no quería esperar allí con él ni siquiera unos minutos. No le inspiraba la más mínima confianza.
Él percibió su indecisión y esbozó una mueca sarcástica.
—Si hubiese querido agredirla —señaló—, ya lo habría hecho.
El rubor que cubría los rasgos de Poppy se intensificó.
—Eso es lo que usted dice, pero por lo que sé, podría tratarse de un agresor que se toma las cosas con calma.
Él apartó la vista un momento y, cuando volvió a mirarla, sus ojos brillaban de diversión.
—Está a salvo conmigo, señorita Hathaway. —La voz del desconocido era ronca y estaba cargada de risa contenida—. De veras. Permítame avisar a una doncella.
Aquella chispa de humor le cambió el semblante, confiriendo a sus rasgos tal calidez y encanto que Poppy se sintió alarmada. Fue como si en el corazón de la joven hubiera surgido un nuevo y placentero sentimiento que se extendía por todo su cuerpo.
Lo observó acercarse al cordón de la campanilla y entonces recordó el problema de la carta perdida.
—Señor, mientras esperamos, ¿podría ser tan amable de buscar la carta que se perdió en el pasadizo? Debo recuperarla.
—¿Por qué? —preguntó él, regresando junto a ella.
—Por razones personales —dijo Poppy bruscamente.
—¿Se la ha enviado un hombre?
Poppy intentó dirigirle la misma mirada desdeñosa que la señorita Marks le brindaba a los caballeros más inoportunos.
—No es de su incumbencia.
—Todo lo que ocurre en este hotel es de mi incumbencia. —Hizo una pausa y la miró atentamente—. Es de un hombre o, en otro caso, me lo habría dicho.
Poppy frunció el ceño y le dio la espalda. Se acercó a observar uno de los muchos estantes repletos de objetos peculiares.
Descubrió en uno un dorado samovar adornado con esmaltes, un enorme cuchillo en una funda recubierta de perlas, colecciones de esculturas primitivas y vasijas de cerámica, también vio una máscara egipcia, monedas exóticas, cajas de todos los materiales imaginables, un jarrón de cristal veneciano y lo que parecía una espada de hierro con la hoja oxidada.
—¿Qué habitación es ésta? —preguntó ella sin poder contener su curiosidad.
—Es la sala de curiosidades del señor Rutledge. Le gusta coleccionar objetos extraños. Algunos de ellos son regalos de clientes extranjeros. Si quiere, puede echar un vistazo.
Poppy se sintió intrigada, teniendo en cuenta la gran cantidad de extranjeros que se hospedaban en el hotel, entre los que se incluía gente de la realeza y de la nobleza europea y algunos miembros de cuerpos diplomáticos. Sin duda alguna, al señor Rutledge le habrían hecho algunos regalos inusuales.
Siguió observando las estanterías y se detuvo a examinar la figura plateada de un caballo con los cascos alzados a medio galope adornada con piedras preciosas.
—Qué bonito.
—Es un regalo del príncipe heredero Yizhu de China —dijo el hombre a su espalda—. Un caballo celestial.
Fascinada, Poppy deslizó la punta de un dedo por el lomo de la figura.
—Ahora ese príncipe ha sido coronado como emperador Xianfeng —dijo ella—. Un nombre algo irónico para un gobernante, ¿no le parece?
Deteniéndose al lado de la joven, el desconocido la miró sorprendido.
—¿Por qué dice eso?
—Porque su nombre quiere decir «prosperidad universal». Lo que no es el caso, teniendo en cuenta las rebeliones internas que se suceden en su país en este momento.
—Yo diría que para él son más peligrosos todavía los desafíos que presenta Europa.
—Sí —dijo Poppy con tristeza, devolviendo la figura a su lugar—. Uno se pregunta cuánto tiempo resistirá la soberanía china ante los sucesos actuales.
Su acompañante estaba lo suficientemente cerca como para que ella pudiera oler su aroma a ropa limpia y a jabón de afeitar. Él la miró fijamente.
—Conozco a muy pocas mujeres versadas en la política del Lejano Oriente.
Ella notó que se le ruborizaban las mejillas.
—Mi familia suele conversar de temas un tanto inusuales durante la cena. Al menos es inusual que tanto mis hermanas como yo participemos en ellas. Mi acompañante dice que es correcto hacerlo en casa, pero me ha aconsejado que no me muestre tan resabiada cuando alterne en sociedad. Dice que eso ahuyenta a los pretendientes.
—Entonces tendrá que ser más precavida —dijo él con suavidad, brindándole una sonrisa—. Sería una lástima que se le escape un comentario inapropiado en el momento menos adecuado.
Poppy se sintió aliviada cuando oyó un discreto golpe en la puerta. La doncella había llegado antes de lo esperado. El desconocido se acercó a contestar. Entreabrió la puerta y le murmuró algo a la criada, que le hizo una reverencia y desapareció.
—¿Adónde va? —preguntó Poppy, desconcertada—. ¿No debía acompañarme a mi suite?
—Le he pedido que traiga una bandeja de té.
Poppy se quedó sin habla momentáneamente.
—Señor, no puedo tomar el té con usted.
—No será mucho tiempo. Lo enviarán por uno de los montaplatos.
—Eso no importa. Porque incluso aunque tuviera tiempo, ¡no es correcto! Estoy segura de que usted sabe de sobra lo impropio que resultaría aceptar su invitación.
—Casi tan impropio como moverse furtivamente por el hotel sin acompañante —adujo él con suavidad.
Poppy frunció el ceño.
—No me movía furtivamente, perseguía a ese hurón. —Al oír de sus propios labios tan ridícula declaración, Poppy notó que su sonrojo se acentuaba. Adoptó el tono más digno que pudo y añadió—: No tuve más remedio que hacerlo. Y me encontraré en graves... gravísimos problemas si no vuelvo a mi habitación en este mismo momento. Si esperamos más tiempo, usted mismo podría acabar involucrado en un escándalo, algo que estoy segura que disgustará profundamente al señor Rutledge.
—Cierto.
—Entonces, por favor, llame de nuevo a la criada.
—Demasiado tarde. Tendremos que esperar a que vuelva con el té.
Poppy emitió un hondo suspiro.
—Ésta está siendo una mañana muy complicada. —Le lanzó una mirada al hurón y palideció al ver un montón de pelusas y algo parecido a crin de caballo flotando en el aire—. ¡Dodger, no!
—¿Qué sucede? —preguntó el hombre al ver que Poppy se lanzaba hacia el entretenido hurón.
—Se está comiendo su silla —dijo la joven con desconsuelo, deseando que se la tragara la tierra mientras cogía al animal en brazos—. Mejor dicho, la silla del señor Rutledge. Está intentando hacer su nido en ella. Lo siento mucho —se disculpó clavando la mirada en el agujero que el hurón había hecho en la lujosa tapicería de terciopelo—. Le prometo que mi familia pagará los desperfectos.
—No pasa nada —dijo el hombre—. El hotel cuenta con un presupuesto mensual para gastos de reparaciones.
