1
La Niña Brillante estaba de vuelta. Se detuvo bajo el arco de entrada a la Orlani Gallery para ofrecer a los invitados a la inauguración el tiempo necesario para reconocerla. El murmullo de las educadas conversaciones de la reunión se mezclaba con los ruidos procedentes de la calle mientras los compradores potenciales fingían interés por las muestras de arte africano primitivo exhibidas en las paredes. El aire difundía el aroma a Joy, a foie importado y dinero. Habían pasado seis años desde que su rostro había sido uno de los más famosos en Estados Unidos. La Niña Brillante pensaba en si la recordarían... y en qué haría si resultaba que no.
Miró al frente con una estudiada expresión de enojo, los labios algo separados y las manos, desprovistas de anillos, relajadas a uno y otro lado. Los zapatos de tacón de aguja la erigían, muy por encima del metro ochenta, como belleza alta y fuerte, con una espesa melena que le caía desbordante sobre los hombros. Los peluqueros de mayor renombre de Nueva York se esmeraban en identificar el color de aquel cabello con una única palabra. Primero se decantaron por el «champaña», luego por el «whisky» y al final incluso por la «melaza», pero nunca quedaban enteramente satisfechos, porque su pelo, además de reflejar todos esos colores, era un compendio de los tonos del rubio, variables según la luz.
Y no era solo su cabello lo que inspiraba la imaginación. Todo lo referido a la Niña Brillante daba lugar a superlativos. Años antes se había producido un hecho que pronto se convirtió en anécdota célebre: un temperamental editor de moda había despedido a un colaborador por cometer el error de describir aquellos célebres ojos como «pardos». El mismo editor se apresuró a reescribir el artículo para dejar claro que los iris de Fleur Savagar eran «de marmóreas vetas doradas y terrosas con sorprendentes irrupciones de verde esmeralda».
En esa noche de septiembre de 1982, la Niña Brillante aparecía más bella que nunca ante el público. Sus ojos no-simple-mente-de-color-pardo tenían una expresión altiva y el mentón se adelantaba casi con arrogancia, pero por dentro Fleur Savagar estaba aterrorizada. Aspiró profundamente y se obligó a recordar que la Niña había crecido, que no iba a volver a permitir que le hicieran daño.
Miró hacia la multitud. Diana Vreeland, impecablemente vestida con una capa de noche de Yves Saint Laurent y pantalones negros de seda, estudiaba una cabeza de bronce de Benín, mientras Mijaíl Barishnikov lucía los hoyuelos de sus mejillas en el centro de un grupo de mujeres más interesadas por el encanto ruso que por el arte étnico africano. En una esquina, un presentador de televisión con su dicharachera esposa conversaban con una actriz francesa cuarentona que hacía su primera aparición pública después de un lifting facial no demasiado discreto, mientras que más allá la bonita modelo y mujer de un productor de Broadway notoriamente homosexual permanecía a solas vestida con un Mollie Parnis que desatinadamente había dejado abierto hasta la cintura.
El vestido de Fleur era diferente de todos los demás. Su diseñador se había esforzado para que así fuera.
«Tienes que ser elegante, Fleur. ¡Elegancia, elegancia y más elegancia! ¡Guerra a la vulgaridad!»
Había cortado al bies una pieza alargada de raso bronceado para confeccionarle un vestido largo de líneas nítidas, cuello alto y sin mangas. A medio muslo, había realizado un largo tajo en diagonal hacia el tobillo opuesto y rellenado el espacio resultante con una cascada de volantes del point d'esprit más diminuto y negro. Y había bromeado sobre los volantes, diciendo que eran un obligado camuflaje para pies tan enormes.
Los rostros empezaron a volverse hacia ella y ella supo que la curiosidad de los presentes se transformaba en reconocimiento. Lentamente soltó la respiración. Se oyó un murmullo en la galería. Un fotógrafo barbudo volvió su Hasselblad, hasta entonces dedicada a la actriz francesa, para enfocar a Fleur y tomó la fotografía que por la mañana ocuparía la primera página de Women's Wear Daily.
Al otro lado de la sala, Adelaide Abrams, la columnista de ecos de sociedad más leída de Nueva York, miró hacia el arco de entrada. ¡No podía ser! ¿No era aquella Fleur Savagar, por fin de vuelta? Adelaide se apresuró hacia ella y chocó con un magnate de la industria inmobiliaria. Buscaba con frenesí a su propio fotógrafo, pero solo pudo comprobar que la nafka de Harper's Bazaar corría hacia la entrada. Adelaide empujó a dos sorprendidos personajes y, como si de Secretariat en pos de la Triple Corona se tratara, llegó al sprint hasta Fleur Savagar.
Fleur, que había observado la carrera entre la de Harper's y Adelaide Abrams, no podía asegurar si se alegraba de que hubiese ganado la última. Aquella columnista era un pájaro de cuidado y con muchos años en el oficio, de manera que no iba a resultar fácil quitársela de encima con medias verdades y respuestas vagas. Pero Fleur la necesitaba.
—Dios mío, Fleur, ¿de verdad eres tú? ¡No puedo creer lo que ven mis ojos! Madre mía, ¡estás guapísima!
—A ti también te veo bien, Adelaide.
Fleur tenía un acento vagamente del Medio Oeste, agradable y melodioso. Escuchándola, nadie podría pensar que el inglés no era su lengua materna. Su barbilla rozó los cabellos teñidos de henna de Adelaide al inclinarse para el intercambio de besos en el aire. Adelaide la llevó hacia un extremo de la sala, apartándola con destreza de los demás miembros de la prensa.
—El setenta y seis también fue un mal año para mí, Fleur —dijo—. Pasé por la menopausia. Espero que Dios te dispense del infierno que sufrí yo. Si me hubieras dado la exclusiva me habrías levantado el ánimo, seguro. Pero supongo que tenías demasiadas cosas en la cabeza como para acordarte de mí. Y luego, cuando por fin apareciste en Nueva York... —Le dio unos toquecitos en la barbilla con el dedo—. Digamos que eso me disgustó.
—Cada cosa a su tiempo.
—¿Eso es todo lo que vas a decirme?
Fleur le respondió con lo que consideró una sonrisa inescrutable y tomó una copa de champán de un camarero que pasaba.
Adelaide también se agenció una.
—Nunca olvidaré tu primera portada para Vogue. Jamás, ni que viva cien años. Esa osamenta tuya... y esas manos maravillosas, tan grandes. Sin anillos, sin manicura. Te fotografiaron con pieles y con una gargantilla de diamantes de Harry Winston que debían de valer un cuarto de millón.
—Sí, lo recuerdo.
—Cuando desapareciste nadie se lo podía creer. Y luego Belinda... —Una expresión calculadora iluminó su rostro—. ¿La has visto últimamente?
Fleur no iba a hablar sobre Belinda.
—He estado en Europa la mayor parte del tiempo. Tenía que arreglar varios asuntos.
—Eso puedo entenderlo. Eras una chica muy joven. Se trataba de tu primera película y no se puede decir que tuvieras una infancia normal. La gente de Hollywood peca muchas veces de insensibilidad, al contrario de lo que ocurre con nosotros los neoyorquinos. Seis años y luego vuelves. Pero no eres tú. ¿Qué asuntos son esos que llevan seis años?
—Las cosas se complicaron. —Y miró hacia el otro lado para dar a entender que daba el tema por zanjado.
Adelaida cambió de táctica.
—Así que dime, doña misteriosa, ¿cuál es tu secreto? Es difícil de creer, pero resulta que estás mejor que cuando tenías diecinueve años.
A Fleur le pareció un cumplido interesante. A veces, cuando miraba sus fotografías, percibía la belleza que la gente veía en ella, pero únicamente si lo hacía con desapego, como si la imagen perteneciera a otra persona. Por mucho que quisiera creer que los años habían aportado fuerza y madurez a sus rasgos, ignoraba cómo percibían esos cambios los demás.
Fleur no tenía vanidad personal y nunca había logrado entender a qué se debía tanto jaleo a su alrededor. Su rostro era demasiado anguloso. Esos huesos que encantaban a fotógrafos y editores de moda a ella le parecían masculinos. Y en cuanto a la estatura, las manos y los grandes... ¡Por favor!
—La que tiene secretos eres tú —le respondió al fin—. Tienes una piel maravillosa.
Adelaide se permitió sentirse halagada durante un segundo antes de desechar el cumplido.
—Háblame de este vestido que llevas. Hace años que nadie lleva nada parecido. Me trae recuerdos de la moda de otra época. —Señaló con la cabeza hacia la mujer de cremallera abierta del productor—. Antes de que la chabacanería remplazara al estilo.
—Su diseñador vendrá más tarde. Es extraordinario. Tienes que conocerlo. —Fleur sonrió—. Y será mejor que hable con la de Harper's antes de que te dispare por la espalda.
Adelaide le tocó el brazo y Fleur percibió lo que le parecía auténtica preocupación en su rostro.
—Espera. Antes de que te vuelvas, tienes que saber que Belinda acaba de entrar.
Una sensación extraña y mareante invadió a Fleur. No se lo había esperado. ¡Qué estúpida había sido! Tenía que haber pensado que... Sin siquiera comprobarlo, podía asegurar que todas las miradas estaban pendiente de ellas en ese mismo momento. Se volvió lentamente.
Belinda se aflojaba el fular que llevaba debajo del abrigo de piel de marta. Se quedó como petrificada cuando vio a Fleur. Luego se le agrandaron sus inolvidables ojos azul jacinto.
Belinda tenía cuarenta y cinco, y era rubia y adorable. La línea de su mentón permanecía firme y llevaba unas suaves botas altas hasta la rodilla que le moldeaban unas pantorrillas delgadas y bien torneadas. El peinado era el mismo que lucía desde hacía décadas —la sofisticada media melena de Grace Kelly en Crimen perfecto— y aun así seguía pareciendo actual.
Sin mirar siquiera a las personas que la rodeaban, se dirigió directamente hacia Fleur. Por el camino se quitó los guantes y se los metió en un bolsillo, sin advertir que uno se le caía al suelo. En ese momento solo tenía conciencia de su hija, la Niña Brillante.
El apodo se lo había inventado ella. ¡Era tan perfecto para su Fleur, tan bonita! Tocó el pequeño dije que volvía a llevar en una cadenilla, bajo el vestido. Flynn se lo había regalado en aquellos maravillosos días del Garden of Allah. Pero ese no había sido exactamente el principio.
El principio... ¡Recordaba tan claramente el día en que todo había empezado! Aquel jueves de septiembre de 1955 había sido caluroso en la California meridional. Y ella había conocido a James Dean.
LA NIÑA DEL BARÓN
2
Belinda Britton cogió al paso un ejemplar de Modern Screen de los expositores del drugstore Schwab de Sunset Boulevard. Se moría de impaciencia por ver la nueva película de Marilyn Monroe, La tentación vive arriba, por mucho que hubiera deseado que Marilyn no tuviera como pareja a Tom Ewell. No le parecía suficientemente guapo. Le hubiera gustado más verla
otra vez con Robert Mitchum, como en Río sin retorno, o con Rock Hudson; mejor aún con Burt Lancaster.
Un año antes Belinda se moría por Burt Lancaster. Cuando había visto De aquí a la eternidad había sentido que era su propio cuerpo, no el de Deborah Kerr, el abrazado mientras las olas rompían alrededor, que eran sus labios los que Burt besaba. Pensaba en si Deborah habría abierto la boca cuando él la besaba. No le parecía que fuera de esas. En cualquier caso, si Belinda hubiera hecho ese papel, habría ofrecido su boca a la lengua de Burt, eso seguro.
Para seguir con su fantasía, habría surgido un problema con la iluminación o habrían distraído al director con algún asunto... y en fin, por algún motivo la filmación no se habría detenido, y Burt tampoco. Le habría bajado la parte superior del bañador de una pieza perdido de arena, la habría abrazado llamándola «Karen», su nombre en la película. Pero Burt sabría perfectamente que se trataba de Belinda y al inclinar la cabeza hacia sus senos...
—Disculpe, señorita, ¿podría alcanzarme un Reader's Digest?
Fundido hacia las olas rompiendo, como en la película.
Belinda se lo tendió y luego cambió su Modern Screen por un Photoplay con Kim Novak en la portada. Hacía seis meses que soñaba despierta con Burt Lancaster, Tony Curtis y los demás. Seis meses desde que viera la cara que había borrado a todas las demás. No sabía si sus padres la habían echado de menos, pero suponía que estarían contentos de haberla perdido de vista. Todos los meses le enviaban cien dólares, de manera que no tenía que buscarse ningún trabajo humilde para subsistir. Hubiera resultado embarazoso que tal circunstancia llegara a oídos de la buena sociedad de Indianápolis. Sus adinerados padres la habían tenido cuando ambos ya superaban los cuarenta. La habían llamado Edna Cornelia Britton. Para ellos había representado una inesperada incomodidad. Aunque no se mostraban crueles con ella, sí indiferentes y fríos. Y así, había crecido con una leve predisposición al pánico procedente de esa sensación de ser de algún modo invisible. Otras personas le decían que era guapa y los profesores que era lista, pero esos cumplidos no le arreglaban nada. Porque ¿cómo podía ser especial alguien invisible?
A la edad de nueve años, descubrió que todos los malos sentimientos desaparecían cuando se sentaba en una butaca del Palace Theater y pretendía ser una de las rutilantes estrellas que brillaban en la pantalla. Preciosas criaturas con rostros y cuerpos diez veces mayores que en la realidad. Esas mujeres eran las escogidas y Belinda hacía conjeturas respecto a las posibilidades que tendría, algún día, de ocupar un lugar entre ellas en esa misma pantalla. Viéndose así aumentada, ya nunca más se sintió invisible.
—Serán veinticinco centavos, bonita.
El cajero era un rubio guapo, seguramente un actor sin trabajo. Le estaba dando un buen repaso al cuerpo de Belinda, quien iba a la última con un vestido azul recto y entallado, con adornos blancos y ceñido con un cinturón de cuero rojo amapola. Habría podido llevarlo perfectamente Audrey Hepburn, por mucho que Belinda se veía más del tipo de Grace Kelly. La gente le decía que se parecía a Grace. Incluso había recurrido a su mismo peinado para hacer que esa semejanza destacara más.
El maquillaje complementaba la finura de sus pequeños rasgos, meticulosamente realzados con el pintalabios Red Majesty de Tangee. Se había aplicado unos toques del colorete en crema de Revlon justo por debajo de los pómulos para dar énfasis a su contorno, un truco que había aprendido en un artículo del Movie Mirror firmado por Bud Westmore, el maquillador de las estrellas. En las pestañas se aplicaba un rímel marrón oscuro que resaltaba su mejor baza: aquellos ojos de un azul jacinto excepcional y sorprendente, saturados de color e inocencia.
El rubio se inclinó sobre el mostrador.
—Salgo de trabajar dentro de una hora. ¿Qué te parece si me esperas un rato? En esta misma calle, más abajo, ponen No serás un extraño.
—No, gracias.
Belinda escogió una de las barras de chocolate Bavarian que solía haber en los mostradores de Schwab y le tendió un billete de dólar. Eran el lujo especial que se permitía, junto con el nuevo número de la revista cinematográfica, en sus dos visitas semanales al drugstore de Sunset Boulevard. Hasta entonces había visto a Rhonda Fleming en el mostrador comprando una botella de champú Lustre-Creme y a Victor Mature saliendo por la puerta.
—Entonces ¿este fin de semana? —insistió el cajero.
—Me temo que tampoco.
Belinda recogió el cambio y le dedicó una mirada triste y pesarosa para que el chico creyera que ella iba a recordarlo siempre con agridulce arrepentimiento. A Belinda le gustaba el efecto que producía en los hombres. Sabía que procedía de su aspecto singular, pero en realidad se trataba de algo muy diferente. Belinda hacía que los hombres se sintieran más fuertes, inteligentes y masculinos de lo que en realidad eran. Otras mujeres habrían sacado provecho de semejantes cualidades, pero ella no pensaba demasiado en sí misma.
Se fijó en un joven sentado en uno de los bancos de plástico, inclinado sobre un libro y una taza de café. El corazón le dio un vuelco, aunque temió que se llevaría un nuevo chasco. Pensaba tanto en él que imaginaba verlo a cada momento. Una vez incluso había seguido a un hombre durante más de un kilómetro y al final había descubierto una nariz, la de aquel hombre, enorme y fea: no la del rostro de sus sueños.
Se acercó lentamente al banco, con la emoción, la expectativa y la casi certeza de una decepción agitándose en su interior. Lo vio tender la mano para coger el paquete de Chesterfield y reparó en que tenía las uñas mordisqueadas. Luego vio que golpeaba el paquete con el dedo para extraer un cigarrillo. Belinda contuvo la respiración, a la espera de que él alzara el rostro. Todo a su alrededor se difuminó. Todo, excepto aquel joven.
En ese momento él volvió la página del libro que leía, con el cigarrillo colgando de los labios y sin encender, y abrió un sobre de cerillas. Ella casi había llegado al banco cuando el joven por fin frotó la cerilla y levantó los ojos. Así fue como Belinda se encontró viendo a través de una cortina de humo los fríos ojos azules de James Dean.
En aquel instante se vio transportada a Indianápolis, concretamente al Palace Theater. La película era Al este del Edén. Ella estaba sentada en la última fila cuando ese mismo rostro había explotado en la pantalla. Con esa frente alta e inteligente y esos desasosegados ojos azules había irrumpido en su vida, más grande que todos los rostros que hubiera visto en la vida real. En su interior estallaron fuegos artificiales y giraron ruedas luminosas. Se sintió como si le hubieran extraído el aire del cuerpo.
James Dean, el chico malo, el de la mirada ardiente y la sonrisa torcida. Jimmy, el que chasqueaba los dedos al mundo y se reía cuando lo mandaba al infierno. Y desde aquel momento en el Palace Theater, James Dean lo significó todo para ella. Era el rebelde, el encanto, el faro más brillante... Una inclinación de cabeza y un encogimiento de hombros le bastaban para proclamar que un hombre es su propia creación. Ella había interiorizado ese mensaje y había salido del cine siendo su propia creación. Un mes antes de la graduación del bachillerato había perdido la virginidad en el asiento trasero de un Oldsmobile 88 con un chico cuyo rictus labial le recordaba a la sonrisa de Jimmy. Después había hecho la maleta, se había marchado sigilosamente de casa y había ido a la estación de autobuses de Indianápolis. Al llegar a Hollywood ya se había cambiado el nombre por el de Belinda y había dejado atrás a Edna Cornelia para siempre.
Ahora, al quedarse paralizada frente a él, el corazón se le encabritó. Ojalá hubiera llevado sus pantalones negros y ceñidos en lugar de ese vestido de algodón azul tan remilgado. Quería unas gafas oscuras, los tacones más altos y la melena rubia echada a un lado, sujeta con un pasador de carey.
—Me gustó... me gustó mucho tu película, Jimmy. —La voz le temblaba como la cuerda de un violín—. Al este del Edén. Me encantó. —«Y te quiero, te quiero más de lo que puedas imaginar.»
El cigarrillo añadía un punto de exclamación a sus labios enfadados. Los párpados caídos pestañearon entre el humo.
—¿Ah, sí?
¡James Dean estaba hablando con ella! ¡No se lo podía creer!
—Soy tu... tu mayor admiradora —añadió entrecortadamente—. He perdido la cuenta de las veces que he visto Al este del Edén. —«¡Jimmy, lo eres todo para mí! ¡Eres todo lo que tengo!»—. Es una película maravillosa. Y tú estás fantástico.
Lo miraba arrebatada. El amor y la adoración iluminaban los ojos azul jacinto.
Dean encogió aquellos hombros estrechos y maravillosos.
—Me muero de impaciencia por ver Rebelde sin causa. Se estrena el mes que viene, ¿verdad? —«Levántate y llévame a casa contigo, Jimmy. Por favor. Llévame a casa y hazme el amor.»
—Ajá.
El corazón le iba tan rápido que se sentía mareada. Nadie podía entender a Jimmy como ella.
—He oído que Gigante va a ser algo especial. —«Ámame, Jimmy. Te lo daré todo.»
El éxito lo había hecho inmune a las rubias de ojos azul jacinto con adoración por las estrellas. Gruñó y volvió a inclinarse sobre el libro. No consideraba que su comportamiento fuera rudo. Era un gigante, un dios. Las reglas que se aplicaban a los demás no valían para él.
—Gracias —murmuró ella mientras retrocedía. Y luego, en un susurro—: Te amo, Jimmy.
James Dean no la oyó. Y si la oyó no le dio importancia. Se lo habían dicho en tantas ocasiones...
Belinda pasó el resto de la semana reviviendo ese encuentro tan mágico. El rodaje de exteriores en Texas había concluido, de manera que con seguridad volvería a Schwab y ella también iría todos los días, para comprobarlo, hasta verlo de nuevo. Entonces ella no volvería a tartamudear. Siempre gustaba a los hombres, y con Jimmy no iba a ser diferente. Se pondría su modelo más atrevido y él tendría que enamorarse de ella.
Pero al viernes siguiente, cuando salió del humilde apartamento que compartía con otras dos chicas para dirigirse a su cita, llevaba el respetable vestido azul, recto y entallado. Billy Greenway era un obseso sexual con una cara llena de acné, pero también estaba a cargo del servicio de mensajería en el departamento de reparto de la Paramount. Un mes atrás Belinda había tenido una audición en la misma Paramount. Según pensaba, había sido una de las chicas más monas en la sala de espera, aunque no sabía si el ayudante del director de reparto había pensado lo mismo. Al salir del edificio había conocido a Billy, y en la tercera cita le había prometido que se dejaría meter mano si él le procuraba una copia del informe del director de reparto. El día anterior Billy había telefoneado para decirle que ya tenía la copia.
Casi habían llegado al coche de Billy cuando este la atrajo hacia sí para besarla. Ella percibió el crujido del papel en el bolsillo de la camisa a cuadros y lo empujó para mirarlo y preguntarle:
—¿Tienes el informe o no, Billy?
Él le besuqueó el cuello. A Belinda le recordó a todos los chicos sobreexcitados de Indiana que había dejado atrás.
—Te dije que lo traería, ¿verdad?
—Déjame verlo.
—Después, guapa.
Las manos de Billy se desplazaron a las caderas.
—Estás con una señorita a la que no le gustan que se propasen. —Lo miró con severa reprobación y subió al coche, pero sabía que no iba a ver el papel hasta que pagara su precio—. ¿Dónde me llevas esta noche? —preguntó mientras se alejaban en el coche.
—¿Qué tal una fiesta divertida en el Garden of Allah?
—¿El Garden of Allah? —Belinda se emocionó. En la década de 1940 había sido uno de los hoteles más famosos de Hollywood. Algunas estrellas seguían residiendo allí—. ¿Cómo has podido conseguir una invitación para una fiesta en el Garden?
—Uno tiene sus recursos...
Billy conducía con una mano en el volante, mientras con la otra le rodeaba los hombros. Tal como ella se imaginaba, no la llevó directamente al hotel. En lugar de eso, circularon por las calles secundarias de Lauren Canyon hasta que encontró un rincón apartado. Apagó el motor pero accionó la llave de contacto para seguir escuchando la radio. Sonaba la orquesta de Pérez Prado interpretando Cherry Pink and Apple Blossom White.
—Belinda, ya sabes que estoy loco por ti —le dijo mientras se aplicaba a lamerle el cuello.
Ella hubiera preferido que se limitara a entregarle la copia y luego la llevara a la fiesta en el Garden sin hacerle pasar por eso. De todos modos, la última vez tampoco había ido tan mal, por lo menos a partir del momento en que había cerrado los ojos y se había imaginado que él era Jimmy.
Billy le metió groseramente la lengua en la boca sin darle tiempo a respirar. Ella emitió un gemido ahogado y luego proyectó la imagen de Jimmy en la parte posterior de los párpados. «¡Jimmy, qué malo eres! Tomas lo que deseas sin pedir permiso, ¿eh?» Se le escapó otro gemido al sentir la lengua rasposa e invasora. «¡Chico malo, Jimmy! Pero ¡qué lengua tan suave!»
Él empezó a desabrocharle el vestido sin sacar la lengua de su boca. Belinda sintió el soplo del aire frío en la espalda y los hombros cuando él le bajó el vestido hasta la cintura y le quitó el sujetador. Cerró los ojos con más fuerza e imaginó que era James Dean quien la miraba. «¿Te parezco lo bastante guapa, Jimmy? Me gusta que me mires. Me gusta que me toques.»
La mano se deslizó por las medias y las ligas para posarse en el muslo desnudo. Le acarició la cara interior de los muslos y ella abrió las piernas. «Tócame, Jimmy. Tócame ahí. ¡Sí, Jimmy, cariño, sí!»
Él le tomó una mano y la atrajo a su regazo para que lo sobara. Los ojos de Belinda se abrieron de golpe.
—¡No! —Se apartó y empezó a recolocarse la ropa—. No soy una cualquiera.
—Ya lo sé, guapa —dijo él, apretando los dientes—. Se nota que tienes mucha clase. Pero no está bien que me enciendas tanto y que luego recules.
—Pues te has encendido tú solito. Y si te molesta, dejamos de salir y ya está.
Con gesto de enfado, él volvió a arrancar el coche y condujo por la oscura calle. Durante todo el camino de bajada de Lauren Canyon permaneció en silencio y seguía malhumorado cuando enfiló Sunset Boulevard. Solo cuando hubo aparcado en el Garden of Allah se metió la mano en el bolsillo y sacó el papel que ella deseaba.
—Esto no te va a gustar.
Belinda notó que el estómago se le revolvía. Le arrebató el papel y recorrió con la mirada la lista mecanografiada de nombres. Tuvo que repasar la hoja dos veces antes de encontrar el suyo. Junto a él había un comentario. Lo leyó e intentó darle un sentido. Poco a poco fue asimilando las palabras.
«Belinda Britton —leyó—: buenos ojos, buenas tetas, talento cero.»
El Garden of Allah había sido el epicentro de la diversión en Hollywood. Después de ser el hogar de Alla Nazimova, la gran estrella del cine rusa, se había convertido en un hotel a finales de los años veinte. A diferencia de Beverly Hills y Bel Air, el Garden nunca había sido completamente respetable, e incluso cuando abrió por primera vez tenía ya algo de sórdido. Pero aun así las estrellas acudían, atraídas como polillas por sus veinticinco bungalós de estilo español, así como por una fiesta que no parecía acabar nunca.
Tallulah Bankhead había retozado desnuda alrededor de la piscina, que tenía la forma del mar Negro. Scott Fitzgerald había conocido a Sheilah Graham en uno de los bungalós. Los hombres vivían en ellos entre matrimonio y matrimonio: Ronald Reagan cuando se separó de Jane Wyman, y Fernando Lamas tras Arlene Dahl. Durante la época dorada se los podía encontrar a todos en el Garden: Bogart y su baby, Tyrone Power, Ava Gardner, Sinatra, Ginger Rogers... Los guionistas se sentaban en sillas de listones blancas frente a sus puertas y se pasaban el día escribiendo a máquina. Rachmaninov había ensayado en un bungaló, Benny Goodman en otro. Y siempre, siempre, en algún lugar había una fiesta.
Aquella noche de septiembre de 1955 el Garden estaba en su agonía. La suciedad y la podredumbre manchaban las paredes blancas de estuco, el mobiliario de los bungalós estaba decrépito y justo el día antes habían encontrado un ratón muerto flotando en la piscina. Irónicamente, seguía costando lo mismo alquilar un apartamento allí que en Beverly Hills. Al cabo de menos de cuatro años todas las construcciones iban a ser demolidas por la bola de los derribos, pero esa noche de septiembre el Garden seguía siendo el Garden y algunas estrellas seguían presentes.
Billy le abrió la portezuela a Belinda.
—Vamos, guapa. Esa fiesta te animará. Por lo que sé, habrá algunos de los de la Paramount. Te los presentaré, ya verás. Y seguro que se quedan impresionados contigo.
Belinda apretó los puños sobre el papel que tenía en el regazo.
—Déjame sola un momento, ¿quieres? Nos encontraremos dentro.
—Lo que tú digas, guapa.
Sus pasos crujieron en la grava mientras se alejaba. Ella hizo una bola con la lista y luego se hundió en el asiento. ¿Y qué ocurría si resultaba que realmente no tenía talento? Cuando había soñado en ser una estrella del séptimo arte no pensaba demasiado en eso de actuar. Había imaginado que ya le darían clases o algo así.
Un coche aparcó en el sitio contiguo con la radio a todo volumen. La pareja no se preocupó por apagar el motor antes de empezar a darse el lote. Eran un par de adolescentes que se escondían en el aparcamiento del Garden.
Y entonces la música se interrumpió para dar paso a las noticias.
Fue la primera.
El locutor repitió la información con calma, como si fuera algo que ocurriera todos los días, como si no fuera un ultraje, el fin de la vida de Belinda, el fin de todo lo demás. Lanzó un grito,
un grito terrible y prolongado, más horrible todavía porque se produjo dentro de su cabeza.
James Dean había muerto.
Bajó del coche y corrió sin rumbo por el aparcamiento. Se metió entre los arbustos y bajó por uno de los senderos, intentando controlar la angustia que la ahogaba. Corrió más allá de la piscina con la forma del mar Negro de la Nazimova, pasado un gran roble que había al final de la piscina junto al cual había un poste con un teléfono y un cartel que decía: DE USO EXCLUSIVO PARA EL PERSONAL. Corrió hasta que topó con un largo muro de estuco que delimitaba el patio de un bungaló y, en la oscuridad, se apoyó allí y lloró por el fin de sus sueños.
Jimmy era de Indiana, como ella, y ahora estaba muerto. Se había matado en la carretera de Salinas al volante de un Porsche plateado que él llamaba Little Bastard. Él había dicho que cualquier cosa era posible. Un hombre era su propio hombre y una mujer su propia mujer. Sin Jimmy, sus sueños parecían cosa de críos, imposibles.
—Cariño, estás haciendo un ruido espantoso. ¿Te importaría mucho llevarte tus problemas a otro lado? A menos, naturalmente, que seas muy bonita, en cuyo caso estás invitada a entrar y tomarte una copa conmigo.
La voz, profunda y con un toque británico, parecía mecerse por encima del muro de estuco.
Belinda levantó la cabeza bruscamente.
—¿Quién es usted?
—Una pregunta interesante. —Se hizo un silencio, puntuado por la distante música de la fiesta, pero no duró demasiado—. Digamos que soy un hombre lleno de contradicciones. Soy un amante de la aventura, de las mujeres y el vodka, no necesariamente en este orden.
Había algo en esa voz... Belinda se secó las lágrimas con el dorso de la mano y buscó la verja. Cuando la encontró, entró, atraída por esa voz y por la posibilidad de que pudiera aliviarle ese terrible dolor.
Un estanque con iluminación amarilla y pálida ocupaba el centro del patio. Al otro lado había un hombre sentado en la penumbra nocturna.
—Ha muerto James Dean —informó ella—. Un accidente de coche.
—¿Dean? —Los cubitos de hielo tintineaban en su vaso—. ¡Ah, sí! Un muchacho de lo más indisciplinado. Siempre buscándose líos. No es que considere eso algo malo, en absoluto. Yo también me busqué muchos. Pero siéntese, querida, y tómese una copa.
Ella no se movió.
—Yo lo amaba.
—El amor, según he comprobado, es una emoción transitoria que como mejor se satisface es con un buen polvo.
Ella se quedó atónita. Nadie se había expresado con tanta claridad en su presencia. Respondió con lo primero que le vino a la cabeza.
—A mí no me ha pasado nunca.
Él se echó a reír.
—Pues mira, cariño, eso sí que es una tragedia.
Oyó un leve chasquido y luego él se levantó para acercarse a ella. Iluminado al pasar por la piscina, ella vio que era alto, más de metro ochenta, algo grueso de cintura, de hombros anchos y porte erguido. Vestía pantalones de dril blancos y una camisa amarillo pálido con un pañuelo holgado al cuello. Belinda registró los pequeños detalles (zapatos de lona, reloj de pulsera con correa de cuero, cinturón trenzado) y luego, al levantar la mirada, se encontró con los ojos cansados del mundo de Errol Flynn.
3
Para cuando conoció a Belinda, Flynn había pasado ya por tres esposas y por fortunas diversas. Tenía cuarenta y seis, pero parecía veinte años mayor. El famoso bigote se había vuelto gris. Su hermoso rostro, de huesos cincelados y nariz esculpida, se había hinchado por el vodka, las drogas y el cinismo, y ahora lo remataba una consistente papada. Aquel rostro formaba un
mapa de carreteras de su vida. Cuatro años más tarde esta habría concluido tras una larga lista de dolencias que, desde luego, habrían matado a muchos hombres mucho antes. Pero muchos hombres no eran Errol Flynn.
Había transitado por la gran pantalla durante dos décadas, y lo mismo luchaba contra los malos que ganaba guerras y salvaba damas. Capitán Blood, Robin Hood, Don Juan... Flynn los había interpretado a todos. Y en alguna ocasión, si estaba de humor, incluso los había interpretado bien.
Mucho antes de llegar a Hollywood, Errol Flynn había intervenido en diversas aventuras que en muchos sentidos eran tan peligrosas o quizá más que las que interpretaba en la pantalla. Había sido explorador y marinero. Había sido buscador de oro. Había traficado con esclavos en Nueva Guinea. La cicatriz que tenía en el talón era el resultado de un disparo efectuado por unos cazadores de cabezas; otra cicatriz, en el abdomen, de una pelea con un conductor de rickshaw en la India... O al menos eso contaba él. Con Flynn las certezas eran siempre muy relativas.
Siempre había mujeres de por medio. No lograban obtener todo lo que querían de él, y Flynn a su vez sentía lo mismo respecto a ellas. Le gustaban especialmente las jóvenes. Cuanto más jóvenes, mejor. Mirar una cara fresca y joven y sumergirse en un cuerpo fresco y joven le proporcionaban la ilusión de recuperar la inocencia perdida. Aunque eso también le había traído problemas.
En 1942 fue sometido a juicio acusado de violación. Aunque en el momento de los hechos las chicas se habían mostrado dispuestas, la ley en California hacía ilegal mantener relaciones sexuales con una menor de dieciocho años, con o sin su consentimiento. Pero en el jurado había nueve mujeres y Flynn fue absuelto. Posteriormente perpetuaría el mito de sus proezas, por mucho que le fastidiara convertirse en una broma fálica.
Aquel juicio no había acabado con su fascinación por las chicas jóvenes, e incluso en ese momento, con cuarenta y seis años, alcohólico y disipado, las seguía encontrando irresistibles.
—Ven, ven, acércate, cariño, y siéntate a mi lado.
Le tocó el brazo y Belinda sintió como si la tierra se saliera de órbita. Se dejó caer en la silla que le ofrecía justo cuando creía que las rodillas le iban a flaquear. La mano le temblaba cuando tomó el vaso que él le tendió. No era un sueño. Era real. Ella y Errol Flynn estaban allí, solos y juntos. La miraba con su sonrisa pícara, socarrona y cortés, la famosa ceja izquierda ligeramente más levantada que la derecha.
—¿Qué edad tienes, cariño?
A ella le costó encontrar la voz para responder:
—Dieciocho.
—Dieciocho... —La ceja izquierda se levantó un poco más—. Supongo que no... No, claro que no. —Se atusó el bigote y le hizo una mueca para quitarle importancia, de un modo tan encantador como extraño—. No llevarás encima tu partida de nacimiento, ¿verdad?
—¿Mi partida de nacimiento? —Lo miró con incredulidad. ¡Qué pregunta más extraña! Entonces recordó todo lo que se había dicho sobre el juicio y se echó a reír—. No, no llevo encima la partida, señor Flynn, pero de veras tengo dieciocho. —Su risa sonó descaradamente traviesa—. ¿Cambiaría algo las cosas si no los tuviera?
La respuesta, al más puro estilo Flynn, no se hizo esperar.
—Por supuesto que no.
Durante la siguiente hora guardaron las formas. Él le contó una historia sobre John Barrymore aderezada con chismorreos sobre las principales mujeres de su vida. Luego la hizo partícipe de los secretos sobre lo ocurrido con la Paramount. Le pidió que lo llamara Barón, su apodo favorito. Ella le dijo que así lo haría, pero de todos modos a veces lo llamaba «señor Flynn». Al final de esa hora la tomó de la mano y la llevó al interior de la casa.
Algo nerviosa, ella le pidió utilizar el baño. Después de vaciar la cisterna y lavarse las manos se permitió curiosear en el armario de las medicinas. El cepillo de dientes de Errol Flynn. La maquinilla de afeitar de Errol Flynn. La mirada se deslizó sobre las píldoras y supositorios de Errol Flynn. Cuando cerró
el armario se vio sonrojada en el espejo y con los ojos brillantes de emoción. Por fin había acabado en presencia de una gran estrella.
Él la esperaba en el dormitorio. Llevaba un batín borgoña y fumaba un cigarrillo con una boquilla de ámbar muy corta. Tenía una nueva botella de vodka en la mesilla de su lado. Ella sonrió, insegura, sin saber qué hacer. Él parecía tan encantado como divertido.
—Contrariamente a lo que habrás leído, cariño, no soy ningún estuprador de jovencitas.
—No tengo esa opinión de usted, señor Flynn... Barón, quiero decir.
—¿Estás segura de que sabes lo que estás haciendo aquí?
—¡Sí, claro!
—Muy bien. —Le dio una última calada a su cigarrillo y dejó la boquilla junto al cenicero—. Quizá te gustaría desvestirte para mí.
Ella tragó saliva. Nunca había estado desnuda ante un hombre. Le habían quitado las bragas, o el vestido, como ese mismo día Billy, pero esas eran cosas que los chicos hacían siempre. Lo que nunca había hecho era desvestirse delante de nadie. Claro que Errol Flynn era mucho más que «nadie».
Alcanzó con las manos la parte posterior del vestido y se debatió para desabrochar los botones. Cuando finalmente lo logró, deslizó el vestido por encima de las caderas. No se atrevía a mirarlo, de manera que pensó en sus maravillosas películas: La escuadrilla del amanecer, Objetivo Birmania, La carga de la brigada ligera... Esta la había visto en la televisión. Con nerviosismo buscó algún lugar donde dejar el vestido y dio con un armario en el extremo de la habitación. Después de colgarlo allí, se descalzó e intentó decidir qué prenda iba a quitarse a continuación.
Lo miró de soslayo y sintió una sensación agradable. Borró mentalmente las arrugas e hinchazones hasta dejarlo idéntico al que salía en la pantalla. Recordaba lo guapo que había estado en La isla de los corsarios. Allí había hecho el papel de un oficial de la armada británica. También salía Maureen O'Hara, en el papel de una pirata llamada Spitfire. Por debajo del encaje de la combinación, Belinda soltó las ligas, se sacó las medias y las dobló con cuidado. Después de esto se quitó el liguero. Por televisión habían dad
