El problema es pensar que tienes tiempo

Fragmento

el_problema_es_que_piensas_que_tienes_tiempo-3

1

El tiempo parece no querer transcurrir a través de las manecillas del reloj que preside la sala de espera del hospital. Cada segundo se siente como un minuto y cada minuto como una hora. Decido dejar de mirarlo para desenfocar la mirada en el suelo, mientras reflexiono sobre lo relativo que es el tiempo como unidad de medida. Es increíble lo rápido que transcurren diez minutos cuando estás disfrutando con algo que te hace feliz y lo largos que se hacen esos mismos diez minutos cuando estás esperando a que se termine tu turno de trabajo, haciendo algo que te desagrada o, como yo, esperando a que te confirmen que, muy a tu pesar, te vas a morir.

No quiero aburrirte con los detalles. No me siento cómoda hablando sobre ello, la verdad. Además, no merece la pena y tampoco me gusta darla. Solo te diré que me llamo Perséfone, que tengo treinta años y que, de un día para otro, dejé de preocuparme por lo que los otros puedan pensar de mí, de planes de futuro o del eterno dilema de si quiero o no ser madre, para comenzar a preocuparme por si llegaré a ver las campanadas a final del año.

Sé que contártelo de este modo me puede hacer parecer una persona fría y fuerte, pero te aseguro que no soy ni una cosa ni la otra. Estoy aterrada, sufro constantes escalofríos por todo el cuerpo, tengo las manos heladas y me acompaña un temblor en las piernas que soy incapaz de disimular cada vez que me pongo de pie. Tampoco he pegado ojo en las últimas tres noches. Pero, piénsalo, ¿tú podrías dormir esperando a los resultados de una prueba que determinará lo que te queda de vida?

Hay otra cuestión que no para de torturarme: «Si estuviera bien, ¿haría falta venir hasta aquí para que el doctor me lo dijese en persona? ¿No bastaría con una llamada? Si me hace venir es porque…».

No quiero ni pensarlo, pero una y otra vez me repito esas preguntas, al mismo tiempo que ríos de lágrimas se amontonan tras mis ojos esperando a que se confirme lo peor para desbordarse e inundar mis mejillas. Ojalá pudiera refugiarme en el hombro de mi madre para llorar, como cuando era pequeña. Entonces ella me abrazaba con fuerza mientras yo me dejaba envolver con su dulce voz, que me susurraba una y otra vez que todo saldría bien. No hubo tristeza o enfado que ella fuese incapaz de calmar. Nunca. Pero en esta ocasión, para mi desgracia, no es tan sencillo…

Mi espera llega a su fin cuando la puerta de la consulta del doctor Cubillo se abre y de ella emerge una chica que tendrá más o menos mi edad, sonriente y agradeciéndole algo al doctor. Su hinchada tripa delata un embarazo de bastantes meses. El doctor también le sonríe mientras le dedica unas últimas palabras. Según desaparece la chica embarazada de la escena, la mirada del doctor y la mía se encuentran, provocando que su rostro torne hacia un semblante bastante más serio, triste, incluso. Me estremezco por completo ante ese detalle, pues solo puede significar una cosa… Pese a todo, no sé cómo, logro aguantarme las ganas de llorar. Tras un silencio incómodo, me pide que entre en su consulta.

—Buenos días, Perséfone. Entra, por favor. ¿Qué tal estás hoy?

Sus palabras me suenan a formalidad vacía, por lo que no le respondo. Percibo cómo mi corazón se acelera mientras ambos nos sentamos junto a su escritorio, frente a frente. En el ambiente se respira una tensión angustiosa y que apesta a malas noticias.

—Y ¿bien? —pregunto asustada mientras le miro fijamente a los ojos, sin saludar y esperándome la noticia. Después de todo, su rostro ya me lo ha confirmado hace unos instantes, aunque no quiero creerlo.

El doctor me aguanta la mirada con firmeza.

—Pues… —Y mientras pronuncia esas palabras, noto cómo se humedecen sus ojos y su voz se quiebra. Su mirada rehúye la mía y termina por fijarla en el teclado de su ordenador. Se está derrumbando frente a mí.

Comienzo a tragar saliva al mismo tiempo que en mi garganta se forma un nudo y se me pone la piel de gallina. ¿Alguna vez has visto a un doctor llorar? Se supone que quien tiene que derramar las lágrimas ante este tipo de noticias es el paciente, no el doctor.

—Me temo que no hay nada que hacer, Perséfone. La enfermedad…

Tras esas primeras palabras, mi mente se desconecta. Oigo hablar al doctor, pero no le escucho…

¿Alguna vez te has parado a pensar en qué se te pasaría por la cabeza si de repente te desvelaran que te quedan unas pocas semanas de vida? Te aseguro que es imposible saberlo hasta que lo vives en tus propias carnes. Llevo meses mentalizándome para esto y para hacerme a la idea de que podía pasar. Intentando aprovechar mi tiempo, intentando convencerme de que es lo que hay y no sirve de nada lamentarse si no tiene solución. Pero no hay modo de prepararse ante una putada de tal magnitud. Ahora, por desgracia, puedo responderte a esa pregunta. ¿Quieres que te cuente lo que se te pasa por la cabeza cuando te dicen que te vas a morir de forma irremediable? Nada. Simplemente te bloqueas. Te sientes como en un sueño del que vas a despertarte de un momento a otro. O en una terrible pesadilla, más bien. Pero no te despiertas. No te lo puedes creer. ¿Cómo te vas a morir tú, con solo treinta años? ¿Cómo vas a tener tan mala suerte de que seas tú la que sufra algo así, habiendo miles de millones de personas en la Tierra? ¿Cómo te va a tocar a ti, que te cuidas, apenas bebes, dejaste de fumar, comes sano y haces ejercicio regularmente? ¿A ti? Imposible.

Eso solo pasa en las películas, y encima en esas historias acaban encontrando alguna cura o medicamento que salva al protagonista. Pero, al final, tras ese bloqueo inicial, hay un instante en el que comprendes que todo es real; que no vales más que un yogur olvidado en la nevera con la fecha de caducidad marcada en la tapa. Y en ese instante, en ese puto instante de mierda en el que divisas por primera vez el punto que marca el final de tu vida, tu cabeza pasa del bloqueo a la saturación de pensamientos. Se te pasan tantas cosas por la mente, que eres incapaz de procesarlo todo. Te frustras tanto y en tal magnitud que solo quieres llorar, gritar y romper cosas.

De repente, el doctor se levanta y me abraza, lo que me saca de mi ensimismamiento.

—Lo siento mucho, Perséfone, de verdad… —me dice con la voz rota.

Yo termino por rendirme ante mis emociones y rompo a llorar como nunca he llorado.

el_problema_es_que_piensas_que_tienes_tiempo-4

2

Salgo de la consulta del doctor Cubillo intentando aparentar la mayor entereza posible, pues lo último que deseo es que la gente comience a mirarme o a preguntarme qué me pasa. Como ya te dije, odio dar pena a los demás y que la gente se compadezca de mí.

En cuanto encuentro un baño, entro y me encierro en él. Tomo asiento sobre la taza del inodoro, me acurruco abrazando mis piernas y vuelvo a llorar de forma desconsolada.

Me siento inútil e impotente, mientras le doy una y mil vueltas a que no entiendo qué pecado u ofensa habré cometido, en esta u otra vida, como para que ahora se me castigue de un modo tan tajante y terrible. ¿No era más fácil un accidente de tráfico? ¿Un infarto? ¿Que me cayese un rayo? O, simplemente, ¿dormirme por la noche y no volver a despertar? No, tenía que ser una puta enfermedad rara, sin cura conocida y con carácter agresivo-degenerativo. Una que me obligase a desfilar de especialista en especialista durante meses, sometiéndome a multitud de pruebas y, lo que es peor, a las caras de estupefacción que continuamente me ponían los diferentes doctores tras ver mis resultados, los cuales se esforzaban cada vez menos en ocultarlas, mientras me explicaban que no podían decirme qué es realmente lo que me pasa, pero que podía ser muy grave. Y, ahora, tras todo ese periplo, de la noche a la mañana, se confirman los peores pronósticos, lo que significa que, desde hoy, tengo que convivir con una breve cuenta atrás que marca el final de mis días y que se siente como un pesado reloj de arena del que se escurren sus últimos granos.

Es tan cruel que ese dios, karma o aquello en lo que quieras creer, me haya obligado a sufrir durante todos estos largos meses, agarrada a una pequeña llama de esperanza, luchando día a día sola contra mis demonios, sacando fuerzas (no sé ni de dónde) para no venirme abajo, para que nadie me lo notase y para tener fe y no dejarme pensar en otra cosa que no fuese un final feliz, un puto final feliz… Y todo para que este ejercicio de supervivencia mental acabe en vano, viéndome premiada con el peor de los desenlaces posibles.

«¿Y ahora qué hago?».

Entre tanta espesura mental, frustración e incredulidad, esa pregunta se fortalece en mi subconsciente.

«¿Se lo digo a alguien? Debería…, ¿no?».

En principio, sería lo suyo, pero siento que es como pegarle un tiro a mis seres queridos.

«Mamá, no sé ni por dónde empezar, pero, resumiéndolo mucho, me voy a… PUM».

«Luca, ya no vamos a discutir más por tonterías, ni tampoco te voy a quitar las sábanas por las noches mientras dormimos, porque… PUM».

«Papá, no sabes cuánto me arrepiento de no haber intentado tener una relación más fluida contigo, porque… PUM».

Ahora mismo mis seres queridos son felices. Tienen sus vidas, sus esperanzas, sus cosas que les ilusionan y también las que les preocupan. Y según los llame, uno a uno, los voy a matar en vida. ¿Cómo van a poder seguir con su existencia, con sus planes e ilusiones, sabiendo que se acaba la mía? Mi cuenta atrás va a ser su cuenta atrás. Y mi dolor, cuando me vaya, se va a traspasar hacia ellos.

Una voz en mi conciencia me susurra que se lo cuente:

«Deberías llamarlos. Ellos querrían que les contases todo…».

Mientras valoro el consejo, evalúo si esa voz lo hace por sentido común, al aconsejarme hacer lo que debo, o si lo hace por cobardía, al intentar convencerme de que deje de soportar este dolor yo sola.

«Quizá esa voz tiene razón. Sí, puede ser. Pero una vez que se lo cuente, sus vidas van a quedar destrozadas, así que… cinco minutos más. Voy a darles cinco minutos más de existencia tranquila y feliz. Solo voy a darles cinco minutos más de paz…».

Creo que permanezco durante más de media hora sentada en el mismo sitio y en la misma posición, sin parar de llorar y escudándome una y otra vez en esos «cinco minutos más y los llamo», como si estuviera en la cama, muerta de sueño y le robara minutos al despertador, mientras le doy vueltas a las mismas preguntas y pensamientos que, en forma de bucle autodestructivo, solo me aportan más y más ganas de llorar.

Al final, decido que lo mejor es que se lo cuente en persona. Supongo que estas cosas es mejor decirlas cara a cara y no por teléfono. Es más, creo que, si se lo cuento a todos a la vez, va a ser como quitar la tirita de golpe. No me hace ninguna gracia contarle esto a nadie, pero definitivamente creo que es lo mejor. Juntaré en el salón de casa a esas pocas personas que de verdad importan y que se pueden contar de sobra con los dedos de ambas manos, confesaré la verdad… y que sea lo que tenga que ser.

¿A ti qué te parece la idea? No sé si estarás pensando que soy una cobarde y que solo lo pospongo, pero ni te imaginas lo que es esto. De todos modos, a estas alturas es una tontería preocuparme por lo que puedas pensar de mí. Lo bueno de saber que te mueres es que por fin te das cuenta de que lo único importante es centrarte en ti y en aprovechar el tiempo que te queda.

el_problema_es_que_piensas_que_tienes_tiempo-5

3

Antes de salir del baño y volver al desastre en llamas en el que se ha convertido mi vida, me detengo a observarme por unos instantes en el espejo. Me veo fea, despeinada y con un aspecto descuidado. Además, tengo el rostro blancuzco y sin un ápice de brillo, acentuado por unos ojos enrojecidos que delatan que han llorado demasiado. Intento mejorar mi imagen lavándome la cara y peinándome, pero no logro cambiar la forma en la que me veo. Pese a esto, me obligo a salir y a combatir contra todas las decisiones que tengo que tomar y contra todo lo que está por venir.

Ya en la calle, me quedo parada durante unos segundos en la entrada del hospital, sin saber muy bien qué hacer o a dónde ir.

«Debería volver al trabajo. De hecho, ya se me ha hecho tarde. Les dije que llegaría como muy tarde a las diez y media, y son casi las once».

De pronto, me siento tonta. «¿Qué hago pensando en el trabajo, si me voy a morir?». Enfrente de donde estoy vislumbro un bar y, de inmediato, una idea invade mi cabeza.

«A la mierda», pienso.

Lo primero que hago es entrar en él y comprarme un paquete de tabaco. Luego tomo asiento en la terraza. En ella solo estamos un camarero y yo, que en ese momento deja de limpiar una mesa y se acerca a mí.

—Perdona, ¿tienes fuego? —le pregunto tras pedirle un café.

El camarero, sin decir nada, saca un mechero de su bolsillo y me lo presta.

—Muchas gracias —le digo mientras se lo devuelvo.

—Nada. Enseguida te traigo el café.

La primera calada me sabe a gloria y me produce algo de sosiego. Mientras la saboreo, vuelvo a pensar que no me creo que esté a punto de morir. Contemplo el cigarro y me invade un sentimiento de derrota al recordar que llevaba casi cinco años sin fumar, pero qué más da eso a estas alturas. ¿Tú no lo harías, sabiendo que estás en el tiempo de descuento?

Aún sigo pensando que estoy en una pesadilla de la que voy a despertarme en cualquier momento. De repente comienzo a pellizcarme el brazo como si pudiese acelerar el proceso, cada vez más fuerte y hasta que ya no aguanto el dolor, confirmando, muy a mi pesar, que toda esta mierda es real.

Mientras el camarero me sirve el café, me da por pensar en la chica alegre y radiante que salía de la consulta del doctor Cubillo. Yo diría que tenemos la misma edad, pero no tenemos nada más en común. A ella seguro que le quedan muchos años por delante y podrá crear un hogar con alguien a quien ame, esclavizarse con una hipoteca a veinticinco o treinta años, emprender su propio negocio y hacer todas esas cosas con las que yo soñaba. Joder, si hasta estaba embarazada. Tiene toda la puta vida por delante. Y yo…, yo solo dispongo del ahora.

Cuando me termino el cigarro, le pido de nuevo el mechero al camarero y me enciendo otro.

—No fumes tan seguido. Te va a sentar mal… —me advierte este intentando ser simpático.

—Si tú supieras… —contesto intentando que no se me note la tristeza que tengo encima, pero sin éxito.

Ambos nos miramos a los ojos en silencio durante un largo segundo. Las lágrimas comienzan a acumularse tras los míos.

—¿Estás bien? —Su mirada transmite una mezcla de pena y preocupación.

En cuanto veo cómo me mira, me arrepiento del momento de debilidad que acabo de protagonizar. Odio que me miren así.

—Nada grave, no te preocupes —le respondo devolviéndole el mechero y dirigiendo la mirada al café, en un intento de cortar la conversación y recuperar la compostura.

No sé cómo, pero logro calmar las pocas lágrimas que me quedan por derramar.

—Quédatelo, no te preocupes.… Y, si necesitas lo que sea, aquí estoy. A los camareros se nos da bien escuchar.

—Muchas gracias. —Estoy intentando sonreír.

El camarero me regala una sonrisa mientras se aleja. Es un señor ya mayor, bajito, barrigón y con cara de buena persona. Camisa blanca de manga corta y pantalón negro; de los de la vieja escuela, vaya. Seguro que no soy la primera persona con malas noticias que se sienta aquí sola a tomar un café e imagino que, por eso, me ha leído la desgracia en la cara. Después de todo, un bar enfrente de un hospital…, a saber la de cosas que ha visto este hombre.

Comienzo a reflexionar sobre ese instante en el que casi sucumbo a la tentación de permitir que vencieran las ganas de contárselo todo y de ponerme a llorar frente al camarero. Me siento tan superada por esta situación… Esto es una puta losa que llevo en mi espalda y que pesa demasiado. Pero es que, por otro lado, pienso que es de cobardes contárselo a cada persona que se cruce en mi camino, porque, si lo hago, lo único que consigo es transferirles mi dolor a los demás. ¿Qué le aporta al camarero que yo le cuente que me voy a morir? Se me ocurren dos supuestos: que mi historia le resbale o que mi historia le afecte tanto como para estar triste durante días. Nada bueno en ningún caso. No quiero que las interacciones que me quedan con otras personas se basen en la lástima, en la pena y en que me contesten con expresiones del tipo: «Lo siento mucho…». No. Ni quiero, ni voy a vivir eso.

Me acabo el segundo cigarro al mismo tiempo que el café. Me pido otro y me enciendo el tercero. La garganta comienza a dolerme, pero es que me da igual. Después de todo, de cáncer de garganta ya no me da tiempo a morirme.

De repente, de tantas vueltas como le doy a lo injusto que me parece todo, me invade una mezcla de ira, frustración y rabia. ¿Por qué a mí? ¿Por qué? ¿POR QUÉ? Es que no lo entiendo, joder. ¿Qué he hecho yo para que me tenga que morir tan joven? Que alguien me lo explique. ¿QUÉ HE HECHO? ¿A QUIÉN Y CUÁNDO?

Comienzo a sentir un deseo irrefrenable de destrozar cosas, de gritar y de desahogarme. Ojalá me cruzase ahora mismo con alguien con el que poder discutir. Con quien sea. Por ejemplo, el cabrón de mi jefe, para cantarle las cuarenta y mandarlo a la mierda por todas las horas extras no cobradas que me ha hecho trabajar, horas que en este momento de mi vida escasean. O a Dani, el típico compañero de trabajo pelota, engreído y que se cree mejor que los demás por pasar más tiempo en la oficina que fuera de ella. O la estúpida de Marina, que es la típica tonta que hay en todo grupo de amigas y que siempre está juzgando o metiendo mierda en la vida de las demás porque la suya es plana y vacía. O…

Según voy ampliando la lista de personas con las que quiero discutir, mi rabia llega a un tope. La siento incontrolable, como si tuviera que sacarla de mi cabeza sí o sí. Y, por si fuera poco, comienza a sonar mi móvil: me llaman desde la oficina, seguro que es para preguntarme dónde estoy, para meterme prisas y que vuelva lo antes posible.

«¿ES QUE UNA YA NO TIENE NI DERECHO A MORIRSE O QUÉ?».

Mi cuerpo se llena de la suficiente cantidad de rabia para anular al raciocinio, por lo que, impulsada por ella, me levanto, cojo la taza de café y el platito que la acompaña, y estampo con toda mi fuerza ambos objetos contra el suelo mientras grito «¡Joder!» a pleno pulmón. El estruendo de la vajilla al chocar con el suelo hace salir al camarero.

—¿Qué ha pasado? —me pregunta tras salir a toda prisa del bar.

Me quedo paralizada cuando soy consciente de lo que acabo de hacer.

—Lo siento… —le digo balbuceando mientras me dejo caer sobre la silla y rompo a llorar.

el_problema_es_que_piensas_que_tienes_tiempo-6

4

—¿Te has hecho daño? ¿Te has cortado o algo? —me pregunta el camarero, asustado, mientras se acerca.

Niego con la cabeza, incapaz de hablar e intentando sollozar lo menos posible.

—Espera un momento aquí y no te muevas, no vayas a cortarte. Voy por el cepillo y el recogedor.

Al cabo de pocos segundos está de vuelta, barriendo con cuidado los restos de cerámica esparcidos. Mientras tanto, por culpa de las lágrimas, me siento incapaz de decir nada, así que vuelvo a negar con la cabeza sin emitir palabra mientras miro al suelo. De nuevo sufro la tentación de contarle todo y desahogarme. Pero no lo voy a hacer… No. Sé que estoy al límite de perder el control de mis emociones, pero aún sigo al mando.

—Pero ¿qué ha pasado? ¿Estás bien? —pregunta al terminar. Creo que, aunque no me ha visto, sabe que he roto la taza y el plato a propósito.

Yo permanezco callada, sollozando.

—Toma. —De repente, saca del bolsillo un paquete de pañuelos y me lo ofrece.

Tras ese simple gesto, me derrumbo. Oficialmente acabo de perder el control de mis emociones.

—Me voy a morir… —le digo con un leve susurro mientras tomo el paquete de pañuelos y saco uno. Nada más pronunciar esas palabras, me arrepiento profundamente de haberlo hecho.

—¿Cómo? —pregunta confuso.

Siento tanta rabia por haberme fallado a mí misma al contárselo que acabo cometiendo la injusticia de pagarlo con él.

—¡QUE ME VOY A MORIR! ¡ME VOY A MORIR! ¡ME VOY A MORIR, JODER! ¡ME VOY A MORIR CON TREINTA AÑOS! ¡CON SOLO TREINTA PUTOS AÑOS DE MIERDA! ¿NO QUERÍAS SABER LO QUE ME PASA? ¡ESO ES LO QUE ME PASA! —le grito encolerizada y tan fuerte como mi garganta me permite, hasta llegar hasta el punto de ser desagradable y maleducada.

Para mi sorpresa, el camarero simplemente me abraza. No sabría explicar la razón, pero es un gesto que me calma. Es como si me estuviera absorbiendo toda la frustración y negatividad que llevo experimentando desde que salí de la consulta del doctor Cubillo. Permanecemos así bastantes segundos, quizá llegamos a uno o dos minutos, no sé. Está siendo algo tan reparador que no tengo ninguna prisa de que se acabe.

El camarero deja de abrazarme, me coge las manos y me mira a los ojos. Los suyos también se han humedecido.

Inmediatamente me siento culpable. ¿Cómo le he podido gritar de ese modo y hablarle tan mal? Él no tiene la culpa de nada…. Ahora somos dos personas sufriendo por algo que es solo mío.

—Siento lo de antes, de verdad. Soy estúpida. Y siento también lo de la taza y el platito, te prometo que te pago lo que haga falta… —le digo a modo de disculpa.

—No te preocupes por eso. ¿Quieres una tila para relajarte un poco? —me ofrece con toda la amabilidad del mundo. Lo noto muy afectado.

—Pues… ¿tienes whisky? Creo que prefiero algo fuerte.

—Sí, por supuesto.

El camarero me suelta las manos y se aleja de mí, haciendo ademán de dirigirse al bar.

—¿Te importa si voy dentro? No quiero que nadie me vea así… —le pregunto antes de que se meta en él.

—Claro que no.

Ya en el bar, compruebo que está igual de vacío que la terraza. Mejor, así no me ve nadie. Tomo asiento en uno de los taburetes que hay frente a la barra y, mientras el camarero se prepara para servirme, comienzo a fijarme en todos los detalles. Tiene una decoración variopinta, muy de bar de pueblo de toda la vida: detalles futboleros, un rincón lleno de barajas de naipes apiladas junto a un par de tapetes verdes, el clásico muñeco transparente Kinder lleno de huevos de chocolate con sorpresa…

De repente, el camarero me saca de mi ensimismamiento con el ruido del hielo chocando con el cristal de dos copas. Las pone frente a mí, junto a una botella de whisky de una marca que no conozco.

—Creo que yo también necesito un trago —me dice a modo de explicación mientras sirve en ambos vasos, imagino que como respuesta a mi cara de sorpresa.

Cuando termina de servirnos, pone uno de los vasos frente a mí, al mismo tiempo que coge el otro y lo alza al frente.

—Por las heridas que se acaban de abrir y por las que se acaban de reabrir —dice él.

—¿Cómo?

—Mi mujer se murió de cáncer, y hoy me has recordado al día en que se lo diagnosticaron…

Tras decirme esto, se bebe la copa de un trago.

«Ahora lo entiendo todo…», pienso.

Yo le imito, pero, según saboreo la bebida, comienzo a toser y a sentir arcadas.

—No eres de beber whisky, ¿verdad?

—Pues… es la primera vez en mi vida que lo pruebo —le digo como puedo mientras toso y me aguanto las ganas de vomitar.

—Y ¿por qué me has pedido whisky entonces?

—Se supone que es lo que hacen en las películas en momentos como este…

—Ya… Me temo que suponemos muchas cosas porque las hacen en las películas. —La boca del camarero dibuja una tímida sonrisa mientras rellena su vaso, aunque el resto de su cara se ha visto invadida por un semblante triste—. ¿Quieres otro? Invita la casa.

—Mejor no…

—Como quieras.

Ambos nos quedamos durante un instante callados, hasta que decido romper el silencio.

—Y… ¿cómo fue? ¿Te apetece contármelo? Si no es entrometerme demasiado, claro —le pregunto llena de curiosidad.

Deja de mirar al vaso para mirarme a los ojos, y ahora creo que es él el que está a punto de llorar.

—Bueno…, no hay mucho que contar, por desgracia. De un día para otro, en una visita cualquiera al médico, le detectaron algo raro. Nos dijeron que no teníamos de qué preocuparnos, que seguramente no era nada. Unos días después le hicieron unas pruebas y acabaron diagnosticándole cáncer. Cuando los médicos se dieron cuenta, ya se había extendido demasiado, por lo que no se pudo hacer nada, salvo esperar. El resto…, supongo que te lo podrás imaginar.

—Vaya, lo siento…

—No te preocupes, es ley de vida.

Durante unos instantes, volvemos a quedarnos callados, momento que el camarero aprovecha para beberse la nueva copa y servirse una tercera.

—Y ¿lo tuyo? —me pregunta.

—Una enfermedad rara… No me apetece mucho hablar de ello, pero digamos que es incurable y que, sí o sí, me voy a morir y pronto.

—Ya… —responde él pensativo.

Ambos volvemos a quedarnos en silencio.

—No sé si contárselo a mis seres queridos… —le cuento rompiendo el silencio.

He pasado de no querer que nadie lo supiera a pedirle consejo a un camarero del que no sé ni el nombre. Supongo que de perdidos al río.

—Y ¿por qué no? Ellos querrían saberlo. Te lo digo por experiencia. Además, debe de ser terrible tener que soportar una carga tan grande tu sola. Si te sientes arropada, va a ser más fácil…

—Antes de venir aquí, había decidido reunir a mis familiares y seres queridos para contárselo a todos al mismo tiempo, creo que debo hacerlo y pienso que este sería el mejor modo. Pero es que no quiero contárselo porque estoy segura de que hacerlo equivale a destrozar sus vidas. Ahora mismo, ellos tienen sus penas y alegrías, como todos. Pero, en cierto, modo viven en paz. Y en cuanto se lo cuente… Para que te hagas una idea, por el momento solo lo sabéis dos personas: mi médico y tú. Y a ambos se os han llenado los ojos de lágrimas en cuanto hemos hablado de ello. Para lo que me queda de vida, no quiero ver pena, condescendencia o compasión en la cara de los demás cuando estén conmigo. Y si hago eso de reunirlos y contárselo a todos…, creo que van a reaccionar igual o incluso peor.

—Pues entonces no se lo cuentes a nadie.

—Pero me acabas de decir que, a ti, por experiencia propia, te gustaría saberlo.

—Ya…, pero no debe importarte lo que yo piense o prefiera. Ni lo que piense yo ni lo que piense nadie. Es tu vida. Y se acaba. Tienes que vivirla como te gustaría vivirla. Lo demás… simplemente no importa.

Permanezco callada, reflexionado sobre sus palabras…

—Si hay algo que aprendí de lo de Marisa fue a valorar el tiempo y a ser egoísta. —Mientras me dice esto, sus ojos vuelven a humedecerse y se refugian en la copa—. Desde pequeños nos inculcan que mirar primero por nosotros es malo porque significa ser egoísta. Pero si no miras tú misma por ti, ¿quién lo hace? No me gustaría que te pasase como a ella…

—¿A qué te refieres exactamente?

Antes de responderme, el camarero se toma su tiempo para beberse la copa de un trago y se sirve otra.

—No te imaginas la de cosas que se dejó Marisa por vivir… Ella soñaba con ir a ver las pirámides de Egipto, con hacer una exposición de sus pinturas, con mandar a freír espárragos a algunas personas que eran unas interesadas o que no la trataban bien, con vivir en la playa y poder pasear todas las mañanas descalza sintiendo la mezcla del agua y la arena bajo sus pies… Se quedó con ganas de experimentar todo eso y mil cosas más. En la misma mañana que fui con ella al médico y este nos dio la fatal noticia, le propuse cerrar el bar e irme con ella a vivir a algún sitio tranquilo con mar, donde pudiera pasear cada mañana y pintar sus cuadros. Y a partir de ahí, ya veríamos lo que hacer según nos apeteciera. Solo quería ayudarla a que fuese feliz hasta el final. Y no quiso…

—Pero ¿por qué? —le pregunto sorprendida.

—Porque le preocupaba todo. Le daba miedo cerrar el bar o dejárselo a alguien de confianza. Le daba miedo el qué dirán. Le daba miedo gastar todos nuestros ahorros. Le daba miedo que sus cuadros no fuesen buenos y hacer el ridículo en caso de lograr hacer una exposición. Le daba miedo todo…

—Ya…

—Acabó muriendo del mismo modo que vivió. Con decirte que una vecina, que sabía lo que le pasaba a Marisa, le pidió que le arreglara un vestido… Y Marisa, pese a que estaba siempre con jaquecas, mal cuerpo, y lo último que le apetecía era ponerse con ello, malgastó una tarde entera para arreglárselo con el único fin de cumplir con ella… Y lo peor es que esa vecina luego no fue ni a su entierro…

—Madre mía…

—Escúchame atentamente, porque creo que esto es lo más sabio que te puedo decir tras todos estos años: tú, mientras no le hagas mal a nadie, haz lo que quieras y lo que te haga feliz. Aprende a decir que no. Valora cada día de tu vida. No tengas miedo al qué dirán. No sé el tiempo que te queda, pero sea mucho o poco, tiene que ser para ti y para vivirlo como tú quieras. Que merezca la pena. Muere con una sonrisa por haber aprovechado el tiempo que has tenido. No te dejes nada sin hacer. Si te apetece contárselo a alguien, se lo cuentas. Y si no quieres contárselo a nadie, no se lo cuentes. Quizá es tu ocasión para vivir la vida que todos queremos vivir. Gástate todos tus ahorros en aquello que te apasiona. ¿Tienes a alguien que te trata mal en tu vida? Date el gusto de mandarlo a tomar por culo y ponlo donde se merece. ¿Hay alguien a quien quieres? Díselo una y mil veces. Piensa que ahora tienes una oportunidad de poder hacer lo que quieras sin pensar en las consecuencias.

—Ya… Visto así, lo de morirme suena hasta bien… —Mientras digo esto, me sale una tímida sonrisa. Creo que es la primera vez que sonrío en semanas.

—Soy de los que piensan que no hay mal que por bien no venga. Así que, ya que las cosas vienen como vienen y cuando vienen, sean justas o injustas, creo que nuestro deber es intentar centrarnos en lo bueno y no en lo malo. No nos queda otra…

el_problema_es_que_piensas_que_tienes_tiempo-7

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos