Reino de garras (De las cenizas 2)

Demi Winters
Demi Winters

Fragmento

cap-2

PRÓLOGO

Hace diecisiete años, Sunnavík

Menos mal que a Ivar Corazón de Hierro le habían enseñado a blindarse contra las náuseas de niño, porque la victoria olía muchísimo a sangre y a mierda. El olor flotaba en el viento mientras Ivar se adentraba en la playa de arena negra. Detrás de él, Askaborg, su nuevo castillo, se alzaba sobre una masa ingente de esclavos norvalandeses que se afanaban en retirar los cadáveres de las calles de Sunnavík. Ante él, una mujer estaba amarrada al muelle en ruinas mientras la marea entraba en la bahía.

La frustración se acumuló en las entrañas de Ivar. Había vencido al rey Kjartan y había tomado para sí el trono de Íseldur. Debería poder estar por fin tranquilo. Pero, en su lugar, tenía que enfrentarse a esto.

Ivar recordó la expresión en los ojos del rey Volsik cuando le había dicho que le haría águila de sangre mientras su pueblo miraba. Pero ni siquiera el recuerdo de haberle arrancado la carne de la espalda al monarca, de haberle roto las costillas y arrancado los pulmones, templó la rabia que sentía en ese momento.

—¡Dime! —bramó a la infame y testaruda mujer—. ¿Qué hay en este tejido, galdra?

Pero ella se limitó a apretar los labios. Los mechones de pelo castaño se le pegaban a la cara, y la marea se arremolinaba en torno a sus hombros. ¿Cuánto tiempo le quedaba a la mujer? ¿Quince minutos? Ivar dio otra vuelta por la arena. Ahora que había reconquistado Íseldur, Ursir le exigió a Ivar que se centrara en su próxima campaña: criar hijos robustos. Uno que sucediera a sus antepasados como rey del Mar y reclamara otra isla en nombre de Ursir, y otro que heredara el trono de Íseldur. Sin embargo, antes de que pudiera plantearse nada de eso siquiera, Ivar tenía que asegurarse de que su esposa norvalandesa pudiera darle hijos. La pequeña Yrsa tenía unos pocos años, y aunque se le enternecía el corazón de hierro en su presencia, seguía siendo una mera hija; una mujer.

Eran hijos lo que Ivar necesitaba; guerreros fuertes y competentes para llevar a cabo el Decreto de Ursir. Sin hijos, estaba limitado. Había cumplido con su deber de esposo y hasta había dejado de lado a sus rameras durante dos meses. Aun así, un mes tras otro, Signe seguía sangrando puntualmente. Los maestres y las comadronas no encontraban deformidad física alguna, pero él se impacientaba cada vez más. Si su esposa era defectuosa, tenía que saberlo para encontrar una alternativa, y rápido.

Así fue como Ivar se vio en la puerta de la destartalada casa de una mujer galdra. Conocía bien a los guerreros mágicos de Íseldur: los Destructores de Espadas, con una fuerza sobrehumana, y los Pies de Liebre, imposiblemente rápidos. Y cómo olvidar a los infernales Sabuesos Oscuros, que se habían escabullido entre sus tropas y habían sembrado el caos en sus campamentos de guerra.

No obstante, le habían dicho que esta mujer era una galdra de otro tipo y que tenía poderes mentales. La llamaban la Tejedora. Lo demás no lo entendía. Algo de unos hilos del pasado, presente y futuro, le había dicho. Con una gotita de su sangre, la Tejedora podría encontrar sus hilos en el entramado del mundo. Los tejería en un tapiz.

Lo único que Ivar sacó en claro de la conversación fue que la mujer podía ver su futuro. Si pudiera asegurarse de que engendraría hijos, Ivar podría dejar a un lado su frustración y acometer su reinado con determinación.

Pero todo se había torcido. La mujer había tomado su sangre, había entrado en un extraño trance y se había puesto a trabajar en el telar. Y tras horas de tejer un tapiz lleno de colores vivos, había aparecido un hilo negro. La Tejedora se estremeció… y se volvió hacia el rey con una palidez exangüe.

—Mis disculpas, Alteza. Hoy no puedo terminar el tapiz —le había dicho—. ¿Podríais volver mañana?

—Terminarás el tapiz ahora mismo —le había soltado Ivar con un gruñido, señalando con la cabeza al huscarle jefe.

Magnus Hansson dio un paso al frente, desenvainó la espada y apuntó a la garganta de la mujer. Ella tragó saliva y se giró hacia el telar. Y sin mediar palabra, siguió tejiendo.

Horas después, cuando la Tejedora se apartó del telar, Ivar se acercó al tapiz.

En la parte superior, vio su pasado: los bosques y fiordos de Norvaland, un oso y una mujer de blanco. Luego pasaba a su batalla por Íseldur: hachas de guerra y guerreros berserker; una corona hecha de garras. Pero en la parte inferior del tapiz, donde esperaba ver los azules del océano, o tal vez el barco de un rey del Mar, había una furiosa mezcla de negro y carmesí. Se fijó en los montones de cadáveres, en los pilares en forma de V que chorreaban sangre. Y en lo alto del montón, un rey.

No había duda de la identidad del monarca. No con la larga cabellera rubia y las dos trenzas de la barba. La Tejedora había visto su muerte.

Por eso Ivar se encontraba ahora paseando por la playa de un lado a otro, con los cuervos chillando sobre el agitado y oscuro mar. Era lo bastante perspicaz como para saber que la Tejedora conocía los hilos mejor de lo que le había contado, pero aquella insensata se negaba a darle detalles.

Miró fijamente a la mujer. El agua le lamía la barbilla; tenía los labios casi azules y las manos sujetas por encima de la cabeza. Bastaría una sola palabra para que los hombres de Ivar cortaran las cuerdas y la liberaran de aquella tumba acuática. Sin embargo, habían pasado horas desde que la marea entrara en la bahía y la Tejedora no había abierto la boca.

¿Por qué? ¿Por qué elegiría la muerte antes que la verdad?

—Sea cual sea el conocimiento que atesora, lo aprecia más que su propia vida —reflexionó. Al darse cuenta, se giró hacia Magnus—. Este secreto pone en peligro a alguien a quien ama.

Magnus tiró de la gruesa trenza de guerrero que le cubría el cráneo.

—¿Un hijo? —Entrecerró los penetrantes ojos—. ¿Queréis que elimine a sus familiares?

Sin pronunciar palabra, Ivar asintió, y se quedó mirando la ancha espalda de su huscarle mientras este se adentraba en las calles de Sunnavík.

—Me traerá a tu hijo —dijo Ivar a la mujer, esperando que Magnus hubiera acertado—. Y luego lo irá cortando en pedacitos hasta que me cuentes lo que has visto en los hilos.

A la mujer le temblaron las comisuras de los labios un segundo, e Ivar supo que la había convencido.

—Empezaremos por los dedos. Serán cortes lentos y constantes. Haré que llamen a mis curanderos para que le venden las heridas. No queremos que la criatura se desangre demasiado deprisa. —La mujer abrió los ojos de golpe y ni siquiera se molestó en ocultar su terror.

«Estúpida mujer». Ivar negó con la cabeza.

—Lo que llevarás peor serán los gritos. Te llegarán desde la otra punta del agua. Llenarán las calles de Sunnavík, y todos sabrán entonces lo que significa traicionar a su rey.

La mujer abrió la boca y luego la cerró. Ahora se veía obligada a inclinar la cabeza hacia arriba para respirar. El ritmo de la marea había aumentado y no tardaría en sumergirla por completo.

—¿Conoces a Magnus el Devoracorazones? Tiene una habilidad inigualable con el cuchillo. Es famoso por abrirle el pecho a una persona mientras aún respira. Saca el corazón y se lo come crudo.

—Por favor —suplicó ella—. Por favor, quitadme la vida, pero eso no, por favor, cualquier cosa menos eso.

—La decisión está en tus manos, mujer —gruñó Ivar—. Dime lo que leíste y le perdonaré la vida a tu hijo. —Hizo una pausa pensativa—. Ordenaré a mis hombres que te saquen de ahí y podrás volver con los tuyos.

—¡Galdur!

Ivar cerró la boca de golpe mientras miraba fijamente a la mujer. Galdur, esa extraña magia iselduriana.

—Explícate —exclamó.

—Encontraréis… —La mujer tosió con la boca llena de agua salada—. ¡Encontraréis vuestro fin a manos del galdur! —gritó, antes de que una ola se abalanzara sobre ella, sumergiéndola por completo durante un instante.

Ivar frunció el ceño, y notó un nudo en su estómago de hierro. Encontraría su fin a manos del galdur.

—¿Y qué más?

—Eso es todo —respondió la mujer—. No hay nada más. ¡Liberadme! —suplicó, un segundo antes de que otra oleada la azotara y el agua salada se le introdujera en los pulmones. Más toses. Más balbuceos. Forcejeó contra las ataduras con un grito desgarrador—. ¡Soltadme!

Ivar le dio la espalda.

Cuando Magnus regresó, con un niño inconsciente sobre el hombro, el pilar estaba sumergido y en la mente del rey de Íseldur se había concretado un plan.

—Mata al niño —dijo Ivar con frialdad, avanzando a grandes zancadas hacia Askaborg— y reúne a los galdra. Las cosas van a cambiar en este reino.

PRIMERA PARTE

CREPÚSCULO

Filigrana decorativa

DUHSK

1. Claridad que hay desde que raya el día hasta que sale el sol, y desde que este se pone hasta que es de noche.

2. Tiempo que dura el crepúsculo.

UNO

Dos días al oeste de Kopa

Silla Nordvig había jurado una vez que ninguna fuerza de este mundo podría atraerla hacia el verdadero norte de Íseldur, pero estaba claro que había subestimado el retorcido sentido del humor de los dioses. Porque allí estaba ella, montada en un caballo con Ojos de Hacha, dirigiéndose a ese preciso lugar.

Las negras paredes del cañón trepaban a ambos lados de ellos, mientras Caballo avanzaba junto a un río de lecho llano. La naturaleza había hecho un buen intento de recuperar el espacio, y el musgo y la vegetación alfombraban las orillas del río y los salientes que quedaban a la vista. Sin embargo, predominaba la piedra volcánica negra, y las escarpadas paredes del cañón eran de una belleza cruda y descarnada.

Llevaban ya dos días cabalgando por el cañón. El sol salía y se ponía, el mundo seguía adelante como si no se hubiera hecho pedazos. Pero el ánimo de Silla decaía con cada día que pasaba. Empezaba a convencerse de que ya no habría Kopa.

En vez de eso, estaba Kalasgarde.

Silla exhaló. Rey decía conocer a gente en Kalasgarde que podría ayudarla a esconderse de la reina y de los klaernar; pensaba que sería seguro para ella.

Sin embargo, Silla sabía que no debía albergar esperanzas; su insensato corazón había sufrido demasiadas veces. La verdad era que no había ningún lugar seguro para ella, no ahora que sabía su verdadero nombre.

Eisa Volsik.

Heredera del enemigo acérrimo del rey Ivar. Perseguida por la reina Signe para sus misteriosos y perversos planes. Peón político para los que estaban en el poder. Recompensa fácil para los que no lo estaban. El nombre solo traía desgracias. Con el pecho oprimido, apretó las manos alrededor del cuerno de la silla de montar hasta que se le pusieron blancos los nudillos.

«Ella no. Ella no. Ella no».

Silla inspiró hondo varios segundos y luego exhaló poco a poco.

Ir a Kopa había sido decisión de Matthias, e ir a Kalasgarde, de Rey. A medida que pasaban los días, la idea de elegir por sí misma se volvía más fuerte. Tal vez hubiera mejores opciones para ella que las tierras salvajes del norte de este reino. Embarcarse hacia el sur y dejar Íseldur le parecía cada vez más tentador. Tal vez podría ir al Continente Sur o a Karthia. A cualquier lugar donde pudiera pasar desapercibida.

Por el momento, se había resignado al plan de Rey. Se conformaría con Istré. Era más fácil no tener que decidir por sí misma. Para ser sincera, era un alivio. No obstante, entre las negras paredes del cañón, solo tenía tiempo para pensar. Y para recordar sus nombres.

Ilías Svik. Matthias Nordvig. Skeggagrim.

Habían sido hombres buenos y todos estaban muertos por su culpa. Tal vez vivir fuera su castigo. Despertarse cada mañana con el angustioso recuerdo de su sangre en las manos, con el dolor de la traición de Jonas grabado en el alma, sabiendo que Metta estaba en una prisión klaernar, sufriendo a manos de sus captores.

Silla arrastraba las magulladuras de Kopa, sí; una paliza tan brutal que tenía el ojo hinchado y le dolían las costillas con cada leve movimiento que hacía. Aun así, no dejaba de pensar que se merecía algo mucho peor.

Doblaron un recodo y el cañón se ensanchó. Los estratos inferiores de la pared se habían erosionado en un punto, lo que dejaba al descubierto una delgada columna negra, coronada por una roca más ancha.

—La llaman el Martillo de Hábrók —dijo Rey detrás de ella—. Acamparemos aquí esta noche. Allí hay un saliente para refugiarnos con hierba a mansalva para Caballo…

Su mente flotaba hacia el rumor de su voz en la espalda. Era imposible mantener la distancia entre ellos a caballo y, agotada, había renunciado a intentarlo. Y aunque nunca lo reconocería ante nadie más que ante sí misma, su presencia tras ella —un guerrero tan sólido como un muro— la tranquilizaba.

—¿Silla?

Ella sacudió la cabeza, tratando de disipar la bruma que le nublaba la mente. Rey había desmontado ya y miraba con atención la pequeña cicatriz en forma de medialuna que tenía en el rabillo del ojo.

«¡Deja de mirarla!», quería gritar. Aquella cicatriz era su condena. Por culpa de la cicatriz, aquellos hombres cerca de Skarstad la habían identificado, y también había sido la causa de que mataran a su padre. Silla giró la cabeza y se bajó del caballo.

Durante los últimos días que habían pasado viajando juntos, Rey y ella se habían instalado en una especie de rutina. Sin pensar, Silla desensillaba a Caballo y la cepillaba, mientras Rey sacaba las provisiones de la alforja y montaba el campamento. Cuando a Caballo le brillaba el pelaje y se iba a pacer a algún frondoso pasto, Rey ya había encendido el fuego. Resulta que era la mar de hábil encendiendo fuego, incluso con la madera húmeda.

Silla se sentó en la hierba. Tiró de un hilo perdido que le colgaba del puño. Era la túnica de Rey, igual que los calzones que llevaba sujetos a la cintura con un cinturón. La ropa le iba enorme, pero le daba lo mismo. Había quemado el vestido rojo que le había puesto Valf. Ojalá pudiera quemar los recuerdos de su mano, esa mano agarrándola por el cuello mientras la otra iba directa al cinturón.

«Grita, querida. Me encanta».

La voz de Rey la distrajo de aquellos pensamientos.

—Mañana pasaremos por una aldea. Pararé y haré que envíen un halcón al norte para los guerreros que irán a buscarte. —Hizo una pausa y la miró—. Y llegaremos a Istré al anochecer.

A Silla le palpitaban las sienes solo de pensar en Istré. Hacía días que los dos recorrían el cañón a duras penas. En esta circunstancia, se había adaptado a una existencia aletargada. No estaba segura, pero tampoco en peligro. Era un «punto intermedio». Pero las palabras «pueblo» y «gente» activaban su instinto de supervivencia y le aceleraban el pulso.

Un pesado silencio flotaba en el aire, y Silla sabía que Rey estaba midiendo sus palabras.

—Esta noche tienes que comer más, Silla. —Sacó unas tiras de alce seco del zurrón y se las ofreció.

Silla se quedó mirando su mano extendida. Pensar en la comida le revolvía el estómago, y pensar en Kalasgarde era como un ancla que tiraba de ella hacia abajo, muy abajo. Se sentía perdida y muy cansada. No solo su cuerpo, sino también los huesos.

Y el alma.

Aceptó el alce seco de todos modos y se obligó a hincarle el diente. Lo que daría por sus hojitas de skjöld, por escapar de todo aunque fuera un momento… o dos. ¿Habría boticario en Istré? Aun así, Silla había perdido todas sus pertenencias, sólas incluidos. Rey, sin embargo… guardaba monedas en una bolsita de su cinturón de batalla, otras en el falso fondo de la alforja de Caballo. Podría sisarle unas cuantas y escabullirse a la botica que hubiera en Istré.

La vil idea la inundó de un odio profundo hacia sí misma. Rey le había salvado la vida en Kopa. No podía robarle. Pero las ansias eran más fervientes de lo que había sentido en días… semanas.

Sin las hojas, ¿cómo podría distraerse de la pesadumbre de sus pensamientos? En el pasado, Jonas la había ayudado a escapar. Pero, al igual que las hojas, solo le había traído dolor. Ya no había vendas para su dolor y, ¡ay, dioses!, cómo dolía.

Rey se había entretenido afilando una de sus muchas dagas, pero ella notaba el contacto de su mirada en la piel. Lo miró. Con las llamas del fuego que se reflejaban en sus ojos, aquella mandíbula pronunciada y las piernas arqueadas, el hombre parecía un dios malévolo afinando su espada. Totalmente ajeno a todo. Impermeable a las emociones humanas. Y brutalmente apuesto.

Silla paseó la mirada por el ancho cuerpo del guerrero y la fijó en su cadera.

—¿Puedo? —preguntó señalando la petaca con la cabeza.

Rey vaciló antes de incorporarse y rodear el fuego. Se agachó hasta colocarse a su altura y le puso la petaca en la palma de la mano.

—Con tiento —dijo, con un pliegue más profundo entre las cejas.

Le entraron ganas de extender la mano y alisarle la frente, pero, en lugar de eso, se llevó la petaca a los labios y le dio un buen trago. El alcohol le quemó la garganta y la hizo estremecer. Aun así, Rey se quedó mirando la cicatriz con tanta atención que se removió intranquila.

—¿Por qué la miras tan fijamente? —preguntó parpadeando varias veces por el ardor de aquel whisky de fuego—. ¿Por qué me miras la cicatriz?

Rey pareció despertarse del trance. Se pasó una mano por la cara y, por un momento, se mostró algo inquieto.

—Me recuerda a una vida de hace mucho tiempo.

—Cuéntamela.

Rey volvió a sentarse frente al fuego, deslizando la daga por la piedra de afilar.

—Prefiero no pensar en eso.

—¿Malos recuerdos? —preguntó ella, aunque por supuesto él no respondió.

En su vientre se extendieron unos zarcillos de calor que la hacían vibrar. Silla le dio otro tiento al whisky de fuego y cerró los ojos cuando este hizo efecto. Fue como una exhalación de cuerpo entero; de repente, las preocupaciones se atenuaron y se mitigó el ardor de la culpa.

Levantó la petaca para darle otro trago.

—Silla. —La voz de Rey atravesó el fuego; era un tono irritado y de advertencia. Silla, por supuesto, no le hizo caso. Él quería que fuera responsable y sensata cuando lo único que ella deseaba era olvidar.

Se puso en pie y arqueó la espalda para estirarse. Ya se sentía mejor. Casi feliz.

—En otra vida, hace mucho tiempo, tuve gallinas —le contó ella. La brennsa fluía por sus venas con un ritmo silencioso que la impulsaba a moverse—. Y un columpio. Y jugaba a algo. ¿Quieres jugar, Ojos de Hacha?

Este la miró con el ceño fruncido. La luz del fuego se reflejaba en sus rizos negros como el tizón y el marrón cálido de sus pómulos curvos. Hacía tiempo que Rey no se recortaba la barba, que solía llevar bien apurada, y Silla supuso que los últimos días también le habían afectado. Una buena mujer se ofrecería a recortársela, trataría de aligerar su carga.

Pero ella no era una buena mujer.

Tomó otro buen trago de whisky y tosió. Le ardían la garganta, los pulmones y hasta el estómago, pero empezaba a apreciar ese tipo de malestar, un malestar sobre el que podía ejercer cierto control. Un malestar que ella misma elegía.

—Vamos, Ojos de Hacha. Diviértete conmigo. —Le tendió la mano y deseó que la agarrara. Que derribara las férreas barreras que mantenía siempre erguidas. Al cabo de un momento, quedó patente que no tenía intención de unirse a ella—. Muy bien, pues —murmuró—. Jugaré sola.

Abrió los brazos y miró hacia arriba. Había anochecido ya y las estrellas salpicaban la franja de cielo que se extendía sobre ellos. Unas plantas curiosas desplegaban unos tentáculos que buscaban la luz de la luna desde las grietas de las paredes del cañón, y su luminiscencia la hacía sentir como si estuviera dentro de su propia constelación. El calor y la euforia la invadían y, por primera vez en días, todo se le antojó muy… fácil. Contemplando las estrellas, Silla empezó a girar. Esbozó una amplia sonrisa y su cuerpo se volvió ligero como una pluma.

—Vueltas y vueltas de aquí para allá. —La risa brotó de sus labios y, por un instante, fue libre. Era un pájaro que surcaba los cielos, dispuesta a volar lejos de todo. Giró más rápido, hasta que las estrellas y las extrañas plantas luminosas se mezclaron y el suelo se volvió inestable.

Sin previo aviso, le arrebató la petaca y un brazo la detuvo con brusquedad. Su vista seguía girando y tardó un momento en reconocer la expresión furiosa de Rey.

—¿Qué has dicho? —le preguntó.

Las paredes del cañón, con sus estrellas vivientes, se movían y su mente se volvió esquiva y confusa. Esto era lo que necesitaba. Sumergirse en la nada. Dejarse arrastrar por las corrientes de la bebida.

—Un juego —susurró apoyándose en su brazo—. De una vida de hace mucho tiempo.

Rey estaba extrañamente callado, y ella se obligó a mirarlo. De nuevo, se fijó en su cicatriz y parecía que el pulso le palpitaba con fuerza.

—¿Qué pasa? —preguntó Silla.

—A veces pienso —sacudió la cabeza— que me recuerdas a alguien.

Una sensación de curiosidad se adueñó de Silla, como si intentara recordar algo importante. Pero desapareció en un instante y se vio de repente encima de unas pieles metidas en un hueco de la pared del cañón. Se recostó en la cama, tratando de estabilizar la vista, que no dejaba de darle vueltas.

—¿A quién?

Rey se agachó ante ella, pero le costaba distinguir su expresión sombría.

—A una chica a la que le gustaba jugar a girar —dijo distante—. Pero hace tiempo que murió.

—Demasiadas vueltas… —gimió Silla, llevándose una mano a la frente.

—Te dije que te lo tomaras con tiento.

Una mano grande y cálida le rozó la espalda y la ayudó a sentarse.

Con la cabeza nublada, Silla parpadeó varias veces. Tenía un odre de agua en los labios y el agua fría empezaba a bajarle por la garganta, aunque solo parecía agitar el fuego de su estómago.

—Ya no puedo sentir más —susurró—. Solo quiero olvidar.

Rey soltó un largo suspiro y se tumbó en la cama que había junto a la suya. Silla quería refugiarse en su calor, rendirse y encomendarse a su fuerza.

—Pues olvídalo de momento —repuso Rey, agotado—. Yo estaré aquí.

Al oír sus palabras, Silla quiso llorar. ¿Cuánto hacía que no era capaz de olvidar y dejarse llevar de verdad? Cerró los ojos y se sumió en un profundo sueño.

Filigrana decorativa

SILLA DESPERTÓ con la intensa luz de la mañana y punzadas en cráneo. Durante un momento de aturdimiento, no supo dónde se encontraba: había una pared sinuosa de piedra negra sobre su cabeza y se oía el goteo de un agua que discurría en algún lugar cercano. Entonces se acordó: estaba en el cañón. Se hallaba en un resquicio del cañón.

Al incorporarse, encontró a Rey arrodillado junto al arroyo. Solo llevaba una fina túnica interior y las mangas remangadas dejaban ver unos antebrazos gruesos y musculosos y una gran cantidad de espirales tatuadas.

Fascinada, lo observó mientras se limpiaba las manos y los antebrazos, y luego se echaba agua en el pelo y en la nuca.

«Una vida de hace mucho tiempo». Aquellas palabras resonaban en su cabeza, acompañadas de unos recuerdos de la noche anterior que volvieron como en una especie de oleada nauseabunda. La forma en que le miraba la cicatriz. La chica a la que le recordaba… y que había muerto hacía tiempo.

Notaba un dolor pulsátil en el cráneo mientras trataba de encontrar sentido a aquellos detalles. Un pánico caliente e inquieto que exacerbaba su resaca. Le dolía todo, la cabeza le daba vueltas y solo podía pensar en que la única persona que había descubierto su verdadero nombre había tardado menos de un día en traicionarla.

Intentó tranquilizarse: Rey no sabía quién era, solo era una sensación de desasosiego provocada por la brennsa. Pero ¿y si sí lo sabía? ¿O si se daba cuenta? Sus dedos encontraron la calva de pelo corto y puntiagudo que le había dejado la espada del comandante Valf.

«No puedo», pensó, y la decisión se hacía más firme con cada latido. «No puedo volver».

En ese momento, Silla se hizo una promesa. No permitiría jamás que nadie supiera su verdadero nombre. Se aferraría a él con tanta fuerza que lo extirparía de este mundo.

Y costase lo que costase, no volvería a acabar en las celdas de los klaernar.

DOS

La larga exhalación de Rey empañó el aire; su cuerpo se balanceaba al ritmo de Caballo mientras recorría el cañón. La brillante luz del sol de la mañana se colaba entre las negras paredes y le calentaba el rostro. Pronto llegarían al final del cañón, volverían al bosque y estarían un paso más cerca de Istré.

Aunque su memoria era algo borrosa, Rey recordaba algunas aldeas a lo largo de la ruta y había decidido detenerse en la primera. Tenía que enviar un halcón a Vig y a Runný en Kalasgarde, y Silla necesitaba un atuendo mejor que su túnica y esos calzones que le iban demasiado grandes.

Con la mirada clavada en los rizos revueltos de Silla, Rey luchó contra el impulso de enroscarse uno alrededor del dedo y tensarlo. Apretó los dientes.

Estaba demasiado callada.

¡Por el culo peludo de Hábrók! Rey no podía creer que le molestara tanto, pero había algo antinatural en ese silencio. Debería estar señalando las formaciones rocosas o canturreando sin parar. No lo reconocería nunca en voz alta, pero había empezado a gustarle el sonido de su cháchara. Le levantaba el ánimo y lo mantenía alejado de los lugares oscuros a los que tan a menudo se replegaba.

Y no pudo evitar pensar en la noche anterior. «Vueltas y vueltas de aquí para allá», había dicho ella. Cuando empezó a girar, cuando pronunció aquellas palabras, fue como si Rey hubiera regresado a otra época. A aquellos jardines.

Hacía ya toda una vida. Por no decir que la chica había muerto hacía mucho tiempo.

Sin embargo, Silla se había acurrucado con él. Había confiado en él lo suficiente como para olvidar durante un tiempo. ¿Por qué sentía que la confianza de esta mujer era algo que debía valorar? Como un retoño al que anhelaba cobijar para que creciera más fuerte…

Rey se estremeció. Eran pensamientos peligrosos y más le valía olvidarse de ellos.

El cañón era cada vez menos profundo, hasta que por fin volvieron a adentrarse en el bosque. El olor familiar de las agujas de pino y la marga le invadió los sentidos mientras seguían un estrecho camino de cabras a través del bosque. El follaje húmedo les rozaba al pasar, pero, por fortuna, el sendero pronto se ensanchó.

«¿Por qué la persigue la reina?».

La pregunta irrumpió en los pensamientos de Rey como había pasado cientos de veces en los últimos días. Después de lo de Kopa, le había preguntado a Silla por qué la perseguía la reina, pero no había querido volver a ver la expresión de sus ojos, atormentada y aterrorizada.

Por eso la instó a que se lo contara cuando estuviera preparada. Rey sabía muy bien que algunos secretos eran esenciales para que una persona estuviera a salvo. Quería respetar esa necesidad de guardarlos. Pero la dichosa reina iba tras ella y los klaernar estaban implicados también. Habían enviado a grupos de guerreros y asesinos a por ella. No era un secreto baladí, y conocer algunos detalles podía ser cuestión de vida o muerte.

Una y otra vez repasó todos los curiosos detalles que había recabado sobre la mujer de pelo rizado que había subido a su carreta en Reykfjord. Al igual que él, era galdra. Luego estaba el juego de girar y la cicatriz, justo donde ella tenía la suya. Había llevado una vida protegida, como si la hubieran escondido de miradas indiscretas.

«Hay que ser muy poco hombre para dejarse dominar por el miedo y muy grande para mostrar misericordia. Y cualquiera con dos dedos de frente ve que tú no eres un hombre pequeño».

Las palabras que ella le había dicho en el Camino de Huesos resonaban ahora en su cabeza. En aquel momento, pensó que solo era una curiosa coincidencia, pero ahora se preguntaba si podría ser algo más que eso. ¿Y si sus padres se conocían? Encajaría con la identidad de la chica…

No. Rey rechinó los dientes. La chica estaba muerta. Había un cadáver. Todos en este reino conocían los truculentos detalles.

A menos que no hubiera muerto aquel día. ¿Y si había escapado del castillo, escondida durante todos estos años antes de que la descubrieran cerca de Skarstad? Pensó en el padre de ella —un supuesto granjero— que se había cargado a seis guerreros de la reina antes de morir a consecuencia de las heridas. Si se tenía en cuenta cada extraño detalle por separado, parecía una respuesta poco probable. Pero al sumarlos todos, no encajaba ninguna otra explicación.

Era ella.

Rey notó un pinchazo en las sienes. No podía ser. Era imposible.

Sin embargo, los hechos se iban acumulando y, con cada latido del corazón, lo imposible se volvía cada vez más verosímil. Por alguna especie de milagro, ella no había muerto aquel día. Estaba viva, y había estado sentada en su carromato todas esas semanas atrás. Lo embargó un sentimiento de asombro y abrió la boca para decir algo, pero la cerró de golpe cuando vio una valla trenzada, seguida de una casa de la que salía humo.

Rey detuvo a Caballo cerca de un poco de hierba.

—Nos detendremos aquí unos minutos —le dijo a Silla, bajándose de la montura. No pudo evitar recorrerle la cara con los ojos, buscando similitudes con aquella muchacha. Apretó la mandíbula al verle el moratón en la mejilla—. Creo que es mejor que no te vean. Ponte la capucha y quédate detrás de la valla. Me ausentaré solo unos minutos para avisar al norte.

Rey pensaba que aquel lugar era una aldea; sin embargo, pronto descubrió que no era más que un puñado de granjas y caseríos. Por suerte, las ancianas estaban más que dispuestas a permitir que usara su halcón a cambio de la generosa moneda que les ofrecía. También se habían desprendido fácilmente de unas botas y prendas de la talla de Silla. Rey fue perdiendo gratitud cuando las ancianas empezaron a ofrecerle a sus nietas solteras y a rogarle que se quedara a pasar la noche. Después de enviar el mensaje a Kalasgarde, tuvo que armarse de paciencia para no soltarle algún improperio a la más atrevida de las nietas, que lo había agarrado del brazo y había intentado llevarlo al jardín para dar un paseo.

—Estoy casado —le había espetado, viendo cómo las mujeres fruncían el ceño al reparar en su dedo sin anillo—. ¡Mi esposa está ahí!

Al salir de la casa, Rey se había metido las prendas bajo el brazo y había echado a correr. Estaba deseando hablar con Silla. Decirle lo que sabía…, pero sus pies se detuvieron de repente.

Silla había desaparecido. Igual que su puñetero caballo.

El enfado reemplazó rápidamente al entusiasmo. La muchacha había huido a un bosque lleno de monstruos mientras los guerreros peinaban el campo en su búsqueda.

—¡Sé que eres más espabilada que esto, Rayo de Sol! —bramó con las manos juntas. Por el rabillo del ojo, vio a las mujeres de las granjas agrupadas en la puerta—. ¡No sabes montar, y además vas subida a mi maldito caballo!

Se metió dos dedos en la boca y soltó un silbido estridente.

Los cascos y un grito frustrado de Silla no tardaron en llegar a sus oídos. Un momento después, Caballo salió de entre los árboles.

—¡Da la vuelta! —suplicó Silla, tirando de las riendas—. ¡Caballo, por favor!

Pero Caballo se limitó a sacudir la cabeza, relinchando en señal de saludo a Rey. Este tomó las riendas y acarició el aterciopelado hocico del animal mientras miraba a Silla.

—No podrás comprar su lealtad con golosinas.

Silla lo miró con una expresión nerviosa y culpable.

—¿Por qué huías? —preguntó en voz baja. Echando una mirada cautelosa a las mujeres que se habían reunido en la puerta de una casa comunal, se subió a la silla detrás de ella y metió las prendas en la alforja.

Instó a Caballo a avanzar y cabalgaron en silencio por el sendero hasta que Rey consideró que estaban lo bastante lejos para que no los oyeran.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó él, levantando un brazo para protegerla de una rama baja—. ¿Ya no confías en mí? —Rey repasó todo lo que había dicho en el último día.

Ella había intentado huir, se había puesto en peligro y, al escapársele una extraña risa, la rabia volvió a apoderarse de Rey.

—¿Crees que tiene gracia? —le preguntó—. ¿Te parece un juego?

—En absoluto —respondió ella con un resoplido.

Dioses, pero cómo odiaba Rey sus lágrimas. Apretó las riendas con más fuerza.

—Sabías que iría a por ti, como ya hice en Kopa —dijo con una discreta vehemencia, mientras Caballo pasaba por encima de un árbol caído.

Ella se encogió de hombros.

—Solo quería gallinas.

—¡No puedes correr peligro! Esto va más allá de tus deseos.

Todo su cuerpo se tensó.

—¿Qué quieres decir con eso?

Rey había previsto abordar el tema con delicadeza —quizá sonsacarle respuestas poco a poco—, pero el intento de fuga lo había alterado. Ella se había expuesto a los peligros y él sintió que se desquiciaba.

—Sé quién eres —se oyó decir a sí mismo.

Ella se quedó inmóvil.

—Sé por qué te persigue la reina.

Se puso tensa de nuevo, como preparándose para las palabras que iba a escuchar.

—Tu cicatriz. Yo estaba contigo cuando te la hiciste, Eisa.

Filigrana decorativa

LAS PALABRAS DE REY se clavaron en la piel de Silla. Se le cortó la respiración al darse cuenta de que había hecho bien en confiar en su instinto: Rey sabía quién era. Y ahora había echado a perder la oportunidad de huir.

«Tu cicatriz. Yo estaba contigo cuando te la hiciste, Eisa».

Temblaba entera. Él sabía quién era ella, y Silla sabía lo que ocurriría a continuación. Jonas ni siquiera había tardado un día en traicionarla. ¿Cuánto tardaría Rey en hacer lo mismo?

Ahora el pánico se apoderaba de todo su cuerpo. «Corre», le dijo una vez más su instinto. Pero una pizca de lógica le recordó que Rey acabaría atrapándola.

—Intentabas huir —gruñó.

—Por favor —suplicó, mirando anhelante hacia el bosque—. Déjame desaparecer en el bosque… deja que me esfume. Me subiré a algún barco con rumbo al sur y, cuando tenga la moneda, me aseguraré de que obtengas tu recompensa… Te lo juro.

Rey se puso rígido tras ella.

—Eres la dichosa Eisa Volsik, por el amor de los dioses, ¿y quieres irte de Íseldur?

El aire entre ellos vibró con su furia; Silla se quedó desorientada. ¿No debería estar contento? Acababa de dar con la mayor recompensa del reino. ¿Por qué estaba tan enfadado?

—¡Eres una Volsik! —continuó él—. ¿No entiendes lo que significa?

«Unas esposas», pensó. Otra celda. Y que le arrebataran la potestad de escoger.

—Por favor —suplicó Silla—. Dijiste que no me delatarías. Eres un hombre de honor.

—Esto va más allá de mi honor —refunfuñó—. Y si eres incapaz de tomar decisiones sensatas, te ataré a la silla de montar y te llevaré a Kalasgarde a la fuerza.

—¿Kalasgarde? —Eso no se lo esperaba—. ¿No quieres una recompensa?

Rey no respondió.

—Kalasgarde —repitió ella. Se estremeció del alivio. No habría celda. No iba a volver a una celda. Silla inspiró hondo y soltó el aire poco a poco. El temblor disminuyó un poco, pero entonces comprendió lo que acababa de decir—. ¿Me obligarás a ir a Kalasgarde?

Detrás de ella, Rey estaba tenso como la cuerda de un arco.

—He hecho muchas cosas repugnantes por este reino, y haré muchas más.

—No puedo ser Eisa —gimoteó ella. No estaba en una celda en Kopa, él no era el comandante Valf, pero no la estaba escuchando, no dejaba que se explicara—. No puedo ser ella, ¿no lo entiendes?

—Eres tú quien no lo entiende —le espetó—. Murió mucha gente para proteger a tu familia. Ivar fue a por todos los partidarios de Volsik y los mató de las formas más viles.

El resquemor de la culpa se extendía por su ser.

—Por favor —suplicó Silla—. Tengo que marcharme de esta isla. Es la única forma de detener el baño de sangre que me persigue.

—O podrías defender a tu pueblo —repuso él—. ¿No sabes lo que significaría tu existencia para tantas personas? ¿Cuánta esperanza podrías aportar?

—¿Cómo? —exclamó—. ¿No entiendes que a duras penas puedo ser Silla? ¿Cómo quieres que sea ella?

—Yo solo entiendo que estás siendo una cobarde.

Era tal como había temido; el nombre sería una atadura más, la convertiría en algo que poder usar. Ya le estaban arrebatando las opciones y su identidad se desvanecía en el aire.

—Eres igual que Jonas, me privas de la capacidad de elegir. —Notó que él se revolvía, pero continuó—. Pero has dicho Kalasgarde, no Sunnavík, lo que significa que no quieres la recompensa. Entonces ¿por qué, Rey? ¿A qué estás jugando? ¿Por qué haces esto?

Notaba que él estaba escogiendo las palabras adecuadas, que se esforzaba por pronunciarlas.

—Porque toda la gente buena ha muerto y, aun así, yo sigo respirando. Tengo que honrarlos a ellos y también a sus muertes. Hacer que signifiquen algo.

—Eso fue lo que dijo Jonas. —Le tembló la voz—. Me entregó a los klaernar para que la muerte de Ilías tuviera algún sentido.

Rey se quedó quieto, casi sin atreverse a respirar.

—No es lo mismo.

—¿Tú crees? —La ira aumentó en su interior, pero, al mismo tiempo, le tranquilizaba sentir algo que no fuera miedo—. ¿O es solo una excusa que se inventan los hombres violentos para poder dormir por la noche?

—No creas que sabes algo de mí.

—¿Cómo puede alguien saber algo de ti, Reynir Galtung? —le espetó—. ¿Tú, que exiges todas mis verdades sin aportar ninguna propia? Eres más hermético que un tarro de conservas.

El aire estaba cargado de tensión.

—No te importunará mi presencia durante mucho más tiempo —dijo Rey. Su voz era fría, carente de toda emoción—. Llegaremos a Istré esta noche. Permanecerás escondida. Los guerreros que he mandado llamar son hombres de honor. Te pondrán en contacto con gente, gente buena y de confianza que sabrá mejor cómo ocuparse de ti.

«Ocuparse de ti». Silla apretó los dientes. La ira se le agolpaba en el estómago y le quemaba por dentro. Abrió la boca para protestar, pero la cerró de golpe cuando Rey dijo:

—Hay cosas salvajes en este bosque. Es mejor guardar silencio.

Silla parpadeó para contener las lágrimas e intentó recobrar la determinación, pero solo podía pensar en Kalasgarde.

No era más que otra fría celda.

TRES

Askaborg, Sunnavík

Saga Volsik vestía de negro en el oficio del dios Oso, el primero al que asistía desde hacía más de un mes. Era práctico, en realidad. Aunque tal vez no debería preocuparse; a estas alturas, las esclavas lavanderas ya eran unas expertas en quitar las manchas de sangre de la ropa de la realeza.

Su doncella le había recogido un lado del pelo en unas elaboradas trenzas urkanas, y Saga había rematado el atuendo con su broche favorito de ala invernal. Si tenía que sangrar por el dios Oso, lo haría llevando puesto lo que quisiera.

Y ahora, estaba sentada junto a la princesa Yrsa en la Casa de Ursir, mientras los nobles predilectos del rey acudían al sacrificio semanal. La sala estaba bien iluminada, a pesar de la falta de ventanas. Los braseros que se alineaban en el estrado central alumbraban y caldeaban la estancia, mientras que los pilares dorados reflejaban y amplificaban la luz.

Vista desde fuera, Saga proyectaba cierto aire de aburrimiento. Pero por dentro estaba hecha un lío. Durante un mes había conseguido evitar todo esto: la multitud, el espectáculo, la impotencia de su situación. Se sentía como un animal enjaulado al que sacaban a pasear para el deleite de los espectadores.

«Mira qué bien se sienta. Mira qué bien sangra. Qué mascota más buena».

Le temblaban los dedos en busca del carboncillo y el tablero de dibujo, ansiosa por aplacar sus crecientes nervios. Habían pasado ya varios días desde que Saga oyera la conversación entre el maestre Alfson y Signe y descubrió que Eisa —la hermana pequeña a la que había dado por muerta durante los últimos diecisiete años— estaba viva. No solo lo había sabido su madre adoptiva y no se lo había contado, sino que la reina llevaba meses persiguiendo a Eisa. Había sido una revelación asombrosa y difícil de digerir.

Pero a medida que pasaban los días, Saga seguía esperando la oportunidad de hacer algo —lo que fuera— para ayudar a Eisa y los nervios no habían hecho más que empeorar. Apenas podía dormir. Se pasaba el día con la cabeza embotada. Había pasado horas en el pasillo oculto tras el estudio de Alfson, esperando oír otra conversación, pero sus esfuerzos habían sido en vano.

Algunos días la consumía el desasosiego; su mente era como una taza rebosante que se desbordaba por los lados hasta que lo único que podía hacer era coger los carboncillos y pergaminos y dibujar sin cesar. Era lo que le devolvía el equilibrio a su mente; algo que la sacaba por completo de su cabeza.

Pero ahora mismo no podía dibujar. Con la mirada recorrió la sala al menos por décima vez, identificando cada una de las puertas de la Casa de Ursir. La salida principal. La puerta del Alto Gothi. La trampilla bajo la alfombra del fondo del estrado…, a menos que la hubieran sellado con tablas.

Se repetía esas salidas una y otra vez, recordándose a sí misma que estaba a salvo. Que no estaba atrapada. Sin embargo, no podía quitarse de encima las ganas imperiosas de refugiarse en sus aposentos.

Con el pulso acelerado, Saga miró a su derecha, donde estaba sentada la princesa Yrsa. Su vestido verde esmeralda contrastaba con el cabello blanco dorado y la piel pálida de norvalandesa. Yrsa tenía la espalda recta, los labios curvados en una sonrisa recatada y le brillaban los ojos marrones de tal forma que parecía que no hubiera otro lugar en el que quisiera estar en ese momento. Saga abrió la boca para decirle algo a su hermana adoptiva —para calmar la extraña tensión que había entre ambas esos días—, pero no encontró las palabras. En su lugar, volvió a mirar la piedra del altar manchada de sangre que se alzaba en la parte delantera de la sala.

Se decía que el dios Oso obtenía su fuerza de la sangre. Esto era lo que impulsaba a los guerreros urkanos a emplear tanta violencia en la batalla. Cuanta más sangre derramaban, más gloria se les concedía. Sin embargo, otro método menos glorioso —el sacrificio de uno mismo o de sus bienes— también podía ganarse la bendición de Ursir. Los granjeros solían sacrificar a sus mejores animales durante el Despertar de la Primavera de Ursir para asegurarse una temporada de cultivo fértil, mientras que algunos jefes guerreros urkanos sacrificaban a sus siervos más fuertes antes de la batalla. Pero para el ciudadano medio, la forma más fácil de ganarse el favor de Ursir era participar en un sacrificio.

Ay, dioses, no podía hacerlo. Tenía que ponerse a salvo, volver a sus aposentos. Levantándose de la silla, Saga se dispuso a abandonar la sala. Pero cuando entró la reina Signe, acompañada de seis sirvientas, se esfumó cualquier posibilidad de salir. Abatida, Saga se sentó en la silla y se resignó a su destino. Tendría que enfrentarse a eso, tendría que arremangarse.

—Ursir se alegrará de verte, lady Saga —dijo una mujer de voz chirriante. Saga identificó rápidamente la procedencia: lady Geira.

Como nueva y piadosa esposa del Alto Gothi, era una de las confidentes de mayor confianza de Signe, y la compasión de su mirada hizo que a Saga le entrara un deseo de violencia. En lugar de eso, asintió con sequedad.

—Es muy bonito reconocer tus propios defectos y actuar para corregirlos —dijo Geira, jugueteando con un juego de llaves que llevaba colgado del cuello. Las sirvientas que la rodeaban asintieron.

—Querida Saga —pronunció la reina con voz clara. Las mujeres se separaron y ella se abrió paso, con una corona de garras de hierro sobre su pelo rubio blanquecino. Saga se levantó inclinando la cabeza en señal de deferencia hacia la soberana. Signe cogió la mano enguantada de Saga y la acarició con suavidad—. Recurrí al sabio consejo del Alto Gothi en tu nombre.

A Saga le palpitó el corazón con fuerza.

—Cree que un sacrificio adicional debería ayudar a curar tus… nervios. —Las sirvientas de Signe asintieron y murmuraron en señal de conformidad; lady Geira fue la más vehemente del grupo.

Por supuesto, la respuesta era sangre. ¿Andabas baja de ánimo? Da sangre. ¿Te has golpeado en el dedo del pie? Da sangre. ¿Tienes la peste? Sin duda alguna: da sangre.

Saga asintió entumecida. La reina se acercó a su hija y tomó el rostro de Yrsa entre sus manos.

—El verde te sienta bien, mi dulce niña. —Depositó un cariñoso beso en cada una de las mejillas de Yrsa.

—Gracias, madre.

Signe se acomodó en una silla junto a su hija, con las sirvientas en la fila de detrás.

Saga reprimió el escozor de los celos. Tendría que estar agradecida de que la reina se hubiera interesado por su salud. Su madre adoptiva era desconcertante. Era dura e inflexible, pero de vez en cuando le dedicaba pequeñas muestras de atención.

Y Saga, como un perro hambriento, devoraba todas y cada una de ellas.

Se hizo el silencio en la sala cuando entró Thorir el Gigante para anunciar la llegada del rey. Con su poblada barba pelirroja y su imponente estatura, era imposible no ver al guerrero en cualquier estancia. Pero a la luz crepuscular de la Casa de Ursir, parecía más enorme de lo habitual.

Detrás de Thorir, iba el rey Ivar Corazón de Hierro. Aunque era varios centímetros más bajo que Thorir, la imponente presencia del monarca se palpaba en toda la sala. El rey tenía el pelo rubio hasta los hombros, salpicado de canas, y la barba peinada en dos trenzas urkanas. Y aunque sus ojos eran fríos y severos, brillaron de satisfacción cuando se posaron en Saga.

Ella se removió y apartó la mirada. Siempre había sentido cierta incomodidad en la mirada del rey. Más que lujuriosa parecía… codiciosa. Como si contemplara una joya que hubiera ganado para su reserva de tesoros.

El príncipe Bjorn, prometido de Saga, fue el siguiente en entrar. A sus trece años —nueve menos que ella—, Bjorn ya había alcanzado la estatura de su padre, pero se mostraba desgarbado y desmañado mientras caminaba detrás de Ivar. Vestía una túnica roja que hacía juego con la de su padre, y con el pelo rubio que llevaba de una forma similar, estaba seguro de ser el vivo retrato del rey cuando alcanzara la mayoría de edad. Saga no le reprochaba a Bjorn la situación en la que se encontraba, pues este no había tenido más elección que Saga en el compromiso. Sin embargo, había observado con cautela cómo Ivar implicaba cada vez más a Bjorn en sus asuntos; había notado el endurecimiento de su rostro y el enfriamiento de sus ojos. Saga invertía muchas energías en no pensar en qué clase de hombre se convertiría su futuro marido.

Aun así, si ella había sobrevivido tanto tiempo era porque se había amoldado a sus expectativas, de modo que Saga se obligó a sonreír a su futuro esposo.

El resto de la comitiva real entró tras el príncipe; hombres corpulentos de expresión adusta que se sentaron en la parte reservada a los guerreros. El último guerrero del grupo entró en la sala con unos andares que le eran familiares y, cuando la luz desveló su rostro, a Saga se le revolvieron las tripas. Tenía unos ojos rasgados y crueles, una tez rojiza y una barba larga y canosa. La joven tuvo que obligarse a mirar hacia la piedra del altar, tratando de sofocar los violentos latidos de su corazón.

Magnus Hansson había regresado de Reykfjord.

Saga no se atrevió a mirar, pero siguió al Devoracorazones por el rabillo del ojo mientras se sentaba a la derecha del rey Ivar, y ambos inclinaban la cabeza en una discreta conversación.

Repitió las salidas mentalmente. La salida principal. La puerta del Alto Gothi. La trampilla bajo la alfombra.

Por fortuna, el Alto Gothi entró antes de que ella perdiera el juicio por completo y saliera disparada de allí. Llevaba una vaporosa túnica marrón y la luz iluminaba el diente de oso repujado en oro que le colgaba del cuello. Varios acólitos lo flanqueaban, uno de ellos portaba una jaula dorada y otro tiraba de una cabra con correa. La conversación se acalló cuando subieron los peldaños del estrado; la cabra empezó a chillar con fuerza y clavaba las pezuñas en el suelo.

Thorir se puso en pie, levantó la cabra con facilidad y la depositó sobre la losa de piedra que había en lo alto del estrado, antes de volver a su asiento. Los acólitos se apresuraron a ocupar el lugar de Thorir e inmovilizaron a la cabra, mientras el Alto Gothi se plantaba frente a la multitud y se sacaba una daga ceremonial de los pliegues de su capa.

—Te honramos, Ursir, Dios de Dioses, con la sangre de nuestras mejores bestias.

Fue un ritual rápido y sangriento. El gothi murmuró palabras suaves mientras le cortaba el cuello a la cabra y recogía la sangre en un cuenco dorado, para luego verterla sobre la piedra del altar. Después, repitió el proceso con una paloma que sacó de la jaula.

El Alto Gothi empezó a soltar un sermón, pero Saga perdió el hilo de las palabras. Se quedó embobada mirando la piedra del altar y las runas grabadas en su superficie, ahora manchada de sangre. Contaban la historia de Ursir, de cómo había derrotado al Sabueso de la Luna para apropiarse del Gran Bosque y de la esposa de la bestia lobuna. No pudo evitar pensar en todos los demás que habían sido asaltados y derrotados por los urkanos, y en todas las hijas que les arrebataron. Todo era un ciclo interminable de violencia, motivado por la necesidad de la bendición del dios Oso. La necesidad de sangre. La necesidad de poseer.

Por fin, la voz del Alto Gothi se fue apagando y los guerreros comenzaron a ponerse en pie cuando dio inicio el sacrificio. Sin embargo, el Portavoz del Dios levantó una mano, silenciando así las conversaciones de la sala. A Saga se le hizo un nudo de aprensión en el estómago.

—Antes de empezar, me han dicho que una de las hijas de Ursir ha acudido a nosotros con problemas de salud. Lady Saga, os ruego que subáis al estrado para que pueda contemplar vuestro rostro. —Saga sintió un cosquilleo en el cuerpo cuando todos los presentes se volvieron hacia ella. Sus miradas eran como ácido derramándose sobre ella, le abrasaba la piel y le disolvía los huesos. Saga tragó saliva y se levantó. Dio un paso adelante. No sentía los pies, no podía pensar. Pero lo estaba haciendo. Subió las escaleras del estrado. Se sentó en la silla. Miró el rostro de aquellos que, o bien la compadecían, o bien deseaban su muerte.

El Alto Gothi estaba ante ella, con sus ojos oscuros observando su semblante. Le tocó las mejillas con sus dedos rechonchos, le giró la cara de un lado a otro. Le apretó la mandíbula, le abrió la boca y le miró la lengua.

—Lo que me temía —proclamó a la multitud—. Las impurezas se han acumulado en su organismo y se alimentan de su salud. —El murmullo de los susurros se extendió por la sala—. Prescribo un desangrado intenso para limpiarle la sangre y conceder la bendición de Ursir.

Saga quiso levantarse de la silla y salir corriendo de la sala, pero todo el mundo la estaba mirando y el Alto Gothi ya le estaba subiendo la manga con el ceño fruncido.

—Ah —dijo, lo bastante alto como para que lo oyera toda la sala—. ¡Se le ha curado la vena! —Tiró del brazo de Saga hacia arriba, exponiendo la parte interna del codo a la multitud con un entusiasmo innecesario. Se oyó un grito ahogado al contemplar las cicatrices recién curadas—. ¡Prueba de la tibieza de su fe! Fijaos en lo que se consigue con frugalidad: una salud deficiente. Lo que se la da a Ursir, él lo devuelve multiplicado por diez.

La sangre se agolpó en los oídos de Saga.

—Ahora lo veo. Esto es mucho peor de lo que pensaba —dijo el Alto Gothi—. Me temo que debo cambiar mi recomendación. Es preciso hacer una Gran Ofrenda.

Saga intentó con todas sus fuerzas no pensar en lo que significaba aquello. Poco importaba lo que sintiera al respecto. Debía ser una Saga buena y dúctil, que hiciera lo que le ordenaran. Pero por dentro, pataleaba y gritaba. Al igual que los animales, su sangre sería tomada, no ofrecida.

Cuando se acercó un acólito, Saga se refugió en su mente.

Ya no estaba aquí.

No. Saga correteaba por los jardines, con su hermana pequeña chillando tras ella. Los pájaros gorjeaban desde los setos y se respiraba el aroma del follaje fresco. Eisa iba detrás de ella, dando vueltas y vueltas y cayéndose…

—Ya está —dijo el Gothi, mientras el dolor se le clavaba en el pliegue del brazo.

Cerró los ojos y se vio tumbada boca abajo en la biblioteca, rodeada de unas estanterías altísimas que se elevaban hasta las vigas. En la chimenea crepitaba un fuego lento y un gato descansaba en el regazo de la reina Svalla.

—Otra copa —murmuró el Gothi.

Le aletearon los párpados y un destello dorado le llamó la atención: el cuenco dorado se iba llenando con una lenta corriente de su fuerza vital.

—Otra copa.

La rabia y el reproche le arañaban la piel. Todos la observaban, esperando que se viniera abajo. ¿No sabían que ya estaba destrozada? Le habían quitado a su familia, su castillo, su reino y ahora le habían quitado la sangre. ¿Qué más les quedaba? Seguro que lo encontraban y se lo llevaban también.

Eisa. Un rescoldo oculto en su interior se encendió. Eisa la necesitaba. Pero cuando llenaron la cuarta —¿o era la quinta?— copa de sangre de Saga, sus fuerzas para luchar se derramaron con ella.

—Está pálida —murmuró el acólito.

—Otra copa —vociferó el Alto Gothi.

… «es lo que se ha ganado», brotó del pensamiento de alguien.

… «tiene que pagar con sangre, como su familia», añadió otro.

… «se merece todo el castigo. Se lo ha ganado a pulso».

Las palabras palpitaban en su cráneo y alertaron a Saga de que sus barreras mentales habían cedido, y los pensamientos de la multitud fluían libremente hacia ella. Podía manejar a una, tal vez dos personas a la vez con su Sentido, pero más de eso resultaba abrumador.

La asaltaron más pensamientos. Saga sabía que tenía que volver a levantar la barrera necesaria para mantener a raya su Sentido. Tirando de los bordes deshilachados, tejió una barricada como buenamente pudo. Tendría que bastar con eso; no podía hacer otra cosa.

La sala se hinchaba y ondulaba mientras la cabeza le caía hacia un lado.

—Ya está.

Le vendaron el codo, mientras el Gothi hablaba a la multitud.

Sin embargo, Saga daba vueltas, giraba, se arremolinaba, chocaba. Todos la observaban mientras se levantaba. Se tambaleó.

Vio un destello rojo: la barba de Thorir el Gigante, que la cogió en brazos y la bajó del estrado. La multitud murmuraba, los braseros crepitaban, el corazón le latía, latía, latía demasiado fuerte, demasiado rápido. Y, entonces, la volvieron a sentar en su silla.

—Lo has hecho bien —susurró Yrsa.

Saga parpadeó y contuvo las ganas de reír. Lo había hecho bien. Había sangrado bien. Se había sometido como una buena cautiva.

Pero mientras se le desdibujaba la vista, se vio a sí misma y a Yrsa de niñas, jugando en los jardines y montando en poni por el bosque real. Durante un tiempo, habían sido casi como hermanas. Ahora solo había distancia.

… cuánto ha crecido mi osito…

Un escalofrío le recorrió la columna. Signe… llamaba a Bjorn su osito. Sus barricadas mentales seguían sin estar intactas y parecía que los pensamientos de Signe se colaban por un resquicio.

… y pronto se casará. Espero que podamos curar a Saga a tiempo. Me pregunto si Ivar no se equivocó de hermana. El pelo rubio no es, desde luego, una garantía de fuerza…

Saga juntó las manos con fuerza, su Sentido se ampliaba y extendía hacia Signe…

… y Eisa ha demostrado resiliencia, sin duda. Pero ya veremos cómo se las apaña contra los Azuzalobos. Esa será mi primera labor hoy: enviar una carta…

Saga inhaló con brusquedad, las barreras mentales se derrumbaron de golpe e inundaron sus sentidos con todos los pensamientos de la sala, a la vez. Era algo fortísimo, una cacofonía de ruido que hacía casi imposible arrancar los flecos deshilachados y volver a tejer las barricadas.

No supo cómo, pero lo consiguió.

Bajó la mirada hacia sus manos, mientras los pensamientos de Signe revoloteaban por su mente. Los Azuzalobos. Una carta. Hoy.

El sacrificio comenzó; guerreros y fieles hacían cola ya en la sala. Saga permaneció sentada y se le fue despejando la mente poquito a poco. El rescoldo del pecho se encendió y la esperanza se extendió por su interior. Tras días de espera, por fin se presentaba la oportunidad.

Tenía que detener a Signe; tenía que interceptar aquella carta.

Y mientras la sangría continuaba, una sonrisa aturdida se dibujó en su rostro.

CUATRO

Inmediatamente después de salir de la Casa de Ursir, Saga se fue hacia la torre de cetrería. Askaborg constaba de una torre central y cuatro alas ramificadas, bajo las que se extendía un laberinto de túneles. Cuando el rey Ivar se hizo con el control del reino, todos los partidarios leales de Volsik fueron ejecutados, incluida la servidumbre. No imaginaba que el secreto de los túneles de Askaborg había perecido con ellos. Y aunque los urkanos habían encontrado algunos, la gran mayoría solo la conocía Saga.

Pero mientras avanzaba a tientas entre las frías paredes de piedra que atravesaban el ala oeste, Saga no recordaba ni un solo túnel. Veía estrellitas y la cabeza le palpitaba violentamente a causa del sacrificio. No caminaba deprisa, pero lo hacía con paso firme. Por suerte, no había mucho peligro de toparse con nadie. En las profundidades del ala oeste de Askaborg, este pasillo se utilizaba solo para llevar y traer la correspondencia de la torre de cetrería.

A pesar del estado de ensoñación en que se encontraba, Saga trazó mentalmente el camino hacia la torre. A través del pasillo. Hasta una especie de callejón sin salida. Y entonces podría cruzar los viejos muros defensivos sin poner un pie en el exterior.

La luz de las antorchas danzaba a lo largo de los muros, y el corazón le latía con el doble de su vigor normal mientras trataba de funcionar con normalidad a pesar de la sangre que había perdido. Parecía que las paredes se inclinaban y el suelo se tambaleaba bajo sus pies. Pero no pensaba detenerse, ni siquiera a pesar del mareo.

Esa era la oportunidad que había estado esperando.

Se detuvo, apoyándose en la fría pared de piedra, tratando de trazar un plan. ¿Enviaría Signe a un esclavo o a una de sus siervas a la torre? Y si lograra interceptar a esa persona, si pudiera conseguir la carta antes de que la enviaran… ¿qué más haría?

La leería. La quemaría. Pero no. Seguro que la delatarían a Signe y la castigarían de inmediato. Saga se mordió el labio mientras le daba vueltas al asunto, pero el corazón le latía con fuerza y tenía que tumbarse un momento… o tal vez un día entero.

Un paso delante del otro. Ya lo resolvería cuando llegara el momento. Fueron pasando los minutos hasta que, por fin, dobló una esquina y frenó en seco.

Unos antiguos pilares de piedra apuntalaban el largo y recto túnel, pero el muro del callejón sin salida, antes sólido, era ahora una masa de piedra desprendida.

El corazón le latía con fuerza. Los muros defensivos habían sido su plan, pero ahora eran totalmente impracticables.

Clavó la mirada en las puertas. Perpendiculares al pasillo y situadas varios metros por delante de la estructura de piedra derruida, las puertas dobles conducían al patio interior de Askaborg. Y allí, se dio cuenta con un pánico cada vez mayor, era adonde tenía que ir.

Se oyó un ruido al otro lado de las puertas y se apresuró a esconderse tras un pilar arqueado, entre los escombros.

La puerta se abrió con un quejido y alguien la cruzó. El suave murmullo de una mujer se oyó en el ambiente. Saga echó un vistazo alrededor del pilar, y se fijó en el vestido gris apagado y sus largas trenzas castañas. Poco a poco, Saga bajó las barreras y desplegó su Sentido.

… «esa nueva pluma era espléndida. Le enviaré una nota de agradecimiento…».

Mientras la mujer caminaba, Saga oyó el débil tintineo del hierro y supo enseguida quién era.

Era lady Geira y las llaves que siempre llevaba colgando al cuello.

Ahora le golpeteaba el corazón en el pecho. ¿Cuánto tiempo había tardado en llegar? El tiempo suficiente, al parecer, para que Signe escribiera la carta y alguien la llevara a la torre de cetrería. Lo que significaba que apenas tenía tiempo para interceptarla. Contó las pisadas de Geira mientras se alejaba por el pasillo.

En cuanto lo consideró oportuno, fue a toda prisa hacia las puertas. Miró fijamente el pestillo de hierro.

Los muros defensivos ya no eran una opción. Para conseguir la carta, tendría que cruzar el patio interior del castillo.

Tendría que salir al exterior.

Sintió las náuseas en el estómago y el corazón a punto de salirse del pecho. Se apoyó contra la pared, repitiendo mentalmente el nombre de Eisa mientras buscaba con la mano enguantada el pestillo de hierro. Lo levantó y empujó la puerta.

A través del patio de hierba, miró hacia la torre. Se notaba el corazón en la garganta; le martilleaba más deprisa de lo que creía posible. Veinte pasos. Podía hacerlo. Tenía que hacerlo. Pero ¿y si… y si se veía acorralada? ¿Y si la descubrían?

«¡Vamos!», se instó a sí misma. Seguramente no tardarían mucho en elegir el halcón adecuado y atarle el pergamino a la pata. Pero desde arriba chilló un cuervo. Aquel día había cuervos. Había olido la fragua de hierro, el humo del fuego. Había oído el chisporroteo de la carne y los espeluznantes gritos.

La mano que notaba en torno a sus costillas apretó más fuerte.

«Deberían haberte colgado de un pilar con los demás».

El corazón le palpitaba desbocado y le dio la sensación de que la torre que tenía ante ella se deformaba. Apoyó la mano en la puerta de roble y se estremeció cuando una corriente de aire la azotó de repente. Podía hacerlo. Mientras miraba por la puerta, lo vio: un pájaro solitario alzaba el vuelo desde lo alto, con el pergamino atado a la pata.

Un grito brotó de lo más profundo de su pecho y Saga se alejó de la puerta a trompicones. Podría haberlo conseguido, lo habría logrado, si no la hubieran traicionado los nervios. Y ahora era demasiado tarde.

—Eisa —susurró, con los ojos vidriosos, mientras el pánico se apoderaba de ella. Nada de lágrimas. No pensaba llorar.

Por el rabillo del ojo captó un movimiento: una mujer la miraba por la ventana de la torre. Tambaleándose hacia atrás, Saga intentó quitarse los gritos del cuervo de la cabeza. «¡Castigada!», gritaban. «¡Castigada!».

La vista se le volvió borrosa y se desplomó en el suelo. Intentaba respirar, pero sentía como si se le hundiera el pecho. ¿Cómo se le había ocurrido que podía cruzar el patio sin más, si no había salido al exterior en cinco largos años?

Mereces ser castigada.

Jadeando con desespero, Saga vio la muerte en el horizonte. ¿Se ahogaría en tierra firme o su corazón cedería primero? Esos latidos tan salvajes no eran sostenibles…

Tap.

Parpadeó ante la suave palmadita en el hombro.

Tap. Tap.

Se concentró.

Tap. Tap. Tap.

—Respire —instó una voz grave, con un tono imperativo que la tranquilizó. Los golpecitos continuaron, firmes y uniformes, y ella trató de conectar con la sensación.

Cerrando los ojos, Saga siguió las instrucciones e intentó respirar desesperadamente. Su pecho parecía moverse arriba y abajo, pero el pánico la dominaba con firmeza y la estancia giraba a su alrededor.

—Tranquila. No se resista. Déjese llevar.

Los dedos le golpeaban el hombro con un ritmo lento y tranquilizador. Saga cerró los ojos y se concentró en aquellas pulsaciones hasta que todo lo demás se desvaneció. Solo sentía una suave presión y la expansión de su caja torácica: el patio, los cuervos, su fracaso, todo dejó de existir. El aire volvió gradualmente a su organismo y se disipó el terror que sentía en el pecho.

A medida que se calmaba el salvaje latido de su corazón, la mano se apartó de su hombro. Todo su cuerpo parecía tener pulso, y se le agitó el pecho con espasmos de dolor. Abrió los ojos, las paredes seguían girando. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Y quién era el desconocido que la miraba? Saga cerró los ojos de golpe.

—Se ha desvanecido —dijo el hombre con un acento de Íseldur muy marcado—. Hay sangre. —Hizo una pausa—. ¿Se encuentra bien, señorita?

—No está aquí —respondió Saga, apretando más los ojos.

—Quizá no entiendo bien su idioma —dijo el desconocido con una risa nerviosa. Cómo no iba a estar nervioso: debía de pensar que estaba loca de atar—. Dígame dónde le duele. ¿De dónde sale la sangre?

Saga palpó sus barreras mentales y se sorprendió al ver que ya estaban bajadas. Su Sentido estaba expuesto y, sin embargo, no oía ni el menor atisbo de los pensamientos de aquel desconocido. De mala gana, Saga abrió un ojo y miró al desconocido.

Vio lucecitas y no alcanzó a distinguir el rostro del hombre, pero enseguida se dio cuenta de que tenía complexión de guerrero.

El corazón reanudó su estruendoso latido y la mente le gritaba que huyera. «¡Peligro! ¡Escapa!».

—Esto… yo… —Miró a su alrededor en busca de una salida y entonces se fijó en las puertas del patio—. Puerta —soltó—. Por favor, ¿puede cerrarla? Tengo… frío.

El hombre se apartó y Saga se puso en pie. Apoyó un brazo contra la pared y se tocó el pelo; por todos los dioses, estaba hecho un desastre, se le había deshecho la trenza y lo llevaba esparcido por todas partes. Lo utilizó como escudo, medio tapándose la cara con él y mirando al hombre a través de los mechones sueltos.

Él se había girado y Saga le vio bien por primera vez. Tenía la piel ligeramente bronceada y el pelo oscuro y ondulado. Pero se fijó enseguida en la mandíbula, desnuda y angulosa, con un hoyuelo en medio del mentón. Ver la barbilla desnuda de un hombre adulto le pareció extrañamente obsceno. No era completamente lisa, como la barbilla lampiña de Bjorn. No, esta era algo tosca, con la textura típica de una barba de dos días. Era, sin lugar a dudas, la barbilla de un hombre.

Saga frunció el ceño. En Íseldur se veneraba la barba, era un símbolo de fuerza masculina.

—Usted no es de Íseldur —murmuró ella.

—Obviamente—dijo el hombre con una impaciencia evidente—. Dígame dónde le duele.

«Saga, alma de cántaro, deja de mirarle la barbilla». Parpadeó y le miró a los ojos. Sin embargo, fue peor el remedio que la enfermedad. Eran verdes como esmeraldas, enmarcados por unas pestañas oscuras y unas gruesas cejas, que fruncía en una expresión preocupada.

Se obligó a mirar hacia el tejado. Un tejado. Con vigas. Telarañas. Todo tipo de cosas normales.

—¿Está herida? —preguntó el desconocido, con voz cada vez más crispada.

—No —respondió Saga, tratando de recuperar la cordura. El hombre que tenía delante era muy grande. Su mirada pasó de la enorme mano apoyada en la pared a la barbilla desnuda. No era iselduriano, lo que significaba…

—¿Es de la comitiva zagadkiana?

—Así es, saludos —dijo, y su penetrante mirada le puso la piel de gallina.

—Ay, dioses —murmuró, frotándose la cara con una mano. «Causa buena impresión», le había dicho Signe. «Debemos cultivar una buena relación con los zagadkianos». Dejó caer las manos e intentó sonreír.

—¿Por qué huele a sangre? —preguntó el hombre, con una enorme mano que ahora le pasaba por el hombro para sacudirla suavemente. Saga parpadeó. «¿Huele?»—. Está sangrando. ¿Dónde tiene la herida?

Saga bajó la vista. La sangre se le había escurrido por el brazo y goteaba sobre el suelo de piedra. Al subirse la manga, vio que se le había aflojado la venda.

—He dado sangre —contestó, tratando de volvérsela a atar con una sola mano—. Para el dios Oso.

El gesto del hombre se tornó pétreo.

—Permítame —dijo sacándose un pañuelo limpio del bolsillo. Le pasó una mano alrededor de la parte posterior del brazo, acunándolo con cautela, mientras con la otra tiraba de la tela de lino para colocarla en su sitio. La ató con destreza—. ¿Y lo de antes? —preguntó, señalando la puerta.

—He perdido sangre —murmuró Saga, ocultando el rubor tras el pelo. Dioses, no podía ser más humillante—. Le agradezco su ayuda.

—No parecía un… —Se llevó una mano a la frente imitando un desmayo—. Era más bien… —el hombre buscó la palabra, pero no se le ocurrió— diferente. Una locura.—Frunció las cejas y sus ojos verdes se le antojaron más penetrantes.

Saga se frotó las manos enguantadas, reacia a contarle más de lo que debía saber.

—Venga, señorita… —La miró inquisitivamente.

Saga abrió la boca para responder. Pero entonces se percató de algo. El tipo no sabía quién era ella. Si le ahora decía a este hombre cómo se llamaba, la situaría en la torre de cetrería. Y si eso llegaba a oídos de la reina, podría acabar sospechando de ella.

—Árlaug —respondió Saga, pensando en la doncella de la reina—. Os agradezco vuestra ayuda, señor.

El hombre sonrió y a Saga le dio vueltas la cabeza ante tan gloriosa estampa. Labios suaves y curvados. Y unas finas líneas que los flanqueaban. Dioses, la pérdida de sangre la estaba afectando de verdad.

—Rurik —dijo rápidamente, extendiendo a la vez una mano gigantesca—. Kassandr Rurik.

El nombre brotó de él como una exhalación, suave pero cortante a la vez. Vacilante, Saga le ofreció una mano y parpadeó al sentir aquel roce hasta en los dedos de los pies.

—De-deje que… —parecía que le costaba pronunciar las palabras—, déjeme ayudarla a llegar a sus aposentos.

—Le agradezco su ayuda, lord Rurik, pero me temo que debo…

El hombre dijo algo en zagadkiano y le rodeó la cintura con un brazo.

—No, Árlaug —respondió, con unas palabras tan firmes como la piedra—. No lo permitiré. Está sola y necesita que alguien la sujete.

A Saga se le revolvieron las tripas de incomodidad. Tenía que encontrar las salidas, pero su única opción, aparte del exterior, era regresar por donde había venido. Débil por la pérdida de sangre y por la crisis que acababa de sufrir, apenas podía mantenerse en pie, y mucho menos llegar a sus aposentos en el ala norte. Inclinó la cabeza para que el pelo le cayera sobre el hombro, como una especie de barrera entre los dos.

—Las cocinas —balbuceó, pensando en el pasadizo de la parte trasera de la despensa—. Esto…, trabajo en las cocinas y agradecería su ayuda para volver allí.

—Creo que debería descansar, Árlaug —protestó él, guiándola por el pasillo—. No está en condiciones de trabajar.

—Le agradezco su preocupación, lord Rurik —murmuró ella, apoyándose en su robusta figura más de lo que debería—. La cocinera me preparará un caldo reconstituyente y enseguida volveré a estar bien.

—De acuerdo —refunfuñó el hombre, que no estaba muy convencido. Empezó a llevarla por el pasillo—. Mientras caminamos, hábleme de este lugar.

—¿Qué quiere saber? —preguntó Saga con cautela.

Pasaron junto a una hornacina, con un busto de granito pulido que los miraba desde lo alto de un pedestal. Saga sabía que en la esquinita de la hornacina había un pasadizo oculto que se extendía bajo el castillo, y se resistió al impulso de huir hacia la oscura soledad del túnel.

—¿Quién es este hombre sin sonrisa? —preguntó Rurik.

—Es el rey Harald el Duro, el padre del rey Ivar. Es el soberano de…

—Norvaland —respondió Rurik—. ¿Viene a menudo de visita?

Saga carraspeó. Supuso que una esclava de cocina sabría algo así.

—La última vez que vino fue cuando nació el príncipe Hávar. —Hizo una pausa—. Hace dos años.

—¿La tratan bien aquí? —preguntó él, observándola.

Saga se sintió desfallecer bajo su mirada.

—S-sí, mi señor.

—Pero esto... —le señaló el brazo—, ¿le sacan sangre a menudo? ¿Se la extraen a todos los trabajadores?

—Sí. —No tenía sentido mentir.

—Y su… pupila —dijo Rurik—. ¿La ve a menudo?

—¿Lady Saga? —preguntó Saga, agarrándole el brazo con más fuerza mientras el pasillo giraba ante ella.

—Sí.

—Está… presente. —Saga lo observó a través de la mata de pelo, preguntándose por qué aquel hombre le pedía información sobre ella—. Tengo entendido que pronto se casará con el príncipe Bjorn.

Rurik murmuró algo en voz baja.

—¿Qué edad tiene el chico?

—Trece —respondió Saga.

—¿Y la printsessa Yrsa?

—Pronto cumplirá dieciocho, mi señor. —Caminaron por los sinuosos pasillos, mientras Rurik la acribillaba a preguntas sobre los diversos tapices frente a los que pasaban. Para desazón de Saga, el hombre era muy hablador y, al parecer, bastante curioso. Cuando llegaron a las cocinas, estaba agotada de seguir haciéndose pasar por Árlaug.

—Gracias por su ayuda, lord Rurik —dijo Saga, entrando rápidamente en las cocinas antes de que él pudiera responder.

Se apoyó en la pared de la despensa durante varios minutos antes de armarse de valor para salir al pasadizo. No tardó en dejarse caer en la cama, completamente exhausta.

Se comió una torta de avena birlada de la cocina y sintió que empezaba a recuperar la energía. Una tarde de descanso y volvería a estar bien. Sin embargo, cuando el sueño se apoderó de ella, lo que había ocultado surgió por fin.

El halcón ya iba camino del norte. Los Azuzalobos vendrían a por Eisa, y Saga había perdido la oportunidad de avisarla. Había perdido la oportunidad de hacer algo.

Eran veinte pasos, quizá menos. Quería gritar. Quería golpear una pared. Quería tirarse de los pelos. Llevaba mucho tiempo colmando su necesidad de sentirse segura sin salir de los muros de Askaborg. Hacía cinco años que no pisaba el exterior. Su aflicción no era más que una parte de sí misma, algo que sorteaba en su día a día. Pero hoy, aquí, ahora, por fin la veía como tal.

Era una jaula sin barrotes.

Por eso, los Azuzalobos irían a por Eisa. Y Saga no podía hacer nada de nada.

CINCO

En algún lugar al este de Istré

Silla y Rey caminaban con dificultad por el sendero, cada vez más cerca de Istré. A medida que avanzaba el día, las rocas volcánicas que poblaban el bosque iban desapareciendo, y el entramado habitual de líquenes del sur se unió al musgo.

Rey se removió en la montura, tratando de alejarse de la mata de pelo rizado de Silla. Por enésima vez, había intentado encontrar las palabras adecuadas, sin conseguirlo. No habían hablado desde su intento de huida y, cada hora que pasaba, la culpa le carcomía con más saña.

«Eres igual que Jonas, me privas de la capacidad de elegir».

Apretó los dientes ante el resquemor de la culpa cuando volvió a pensar en lo que le había dicho. Una vez más, le había hablado con demasiada crudeza. Se pasó una mano por la cara, preguntándose cómo se había desquiciado tanto. Lo que le había hecho perder los estribos no había sido el descubrimiento de su identidad, sino su intento de huida. Rey le había gritado. Por los pechos de Malla. La había llamado cobarde.

Su poca preocupación por sí misma y su seguridad había avivado la rabia de Rey, pero sus súplicas para marcharse de Íseldur fueron los vientos que la exacerbaron. Eisa Volsik estaba viva, pero no quería saber nada de este reino. Aquello no solo le decepcionaba, sino que le encolerizaba.

Era como una bofetada a los que habían luchado —a los que habían muerto— por la familia de ella. Sin darse cuenta, Silla había hurgado en una vieja herida; ahora la sentía tan abierta y expuesta como diecisiete años atrás. Todos habían muerto. Ahora solo quedaba él para buscar entre los escombros. Para encontrarle sentido a todo.

Para buscar venganza.

Y a la mujer le faltaba sentido común para mantenerse con vida. Si tenía que obligarla a ir a los confines septentrionales de Íseldur por su propio bien, así sería.

Siguieron cabalgando, pero cuanto más se acercaba Istré, mayor era el malestar de Rey. ¿Era solo la perspectiva de llegar a su destino tras un mes de viaje desde Reykfjord? ¿La idea de acometer ese difícil trabajo sin dos de sus Hachas Sanguinarias?

¿O era algo más?

Hacía días que intentaba no recordar nada de lo que había sucedido en Kopa. Ahora no podía pensar en otra cosa que en aquel klaernar fugitivo que no había conseguido matar en la entrada oculta de la ciudad. Era un cabo suelto que Rey normalmente habría atado. Pero no había tenido tiempo.

Y ahora era demasiado tarde.

Al aproximarse a Istré, miró por encima del hombro. El sol se había puesto, aunque el cielo cubierto de nubes impedía el paso de la luz de la luna y el letargo de las plantas luminiscentes del bosque. Los cuervos chillaban y un lobo aullaba en un bosque que había cerca.

—¿Lobos gigantes? —preguntó Silla, tensa.

—Podría ser —dijo Rey, recorriendo con la mirada el bosque a ambos lados del camino—. Como vamos a caballo, no deberían atacar.

Pero ¿de verdad había sido un lobo gigante? Rey rotó los hombros, con una extraña sensación de presentimiento que le recorría por dentro. ¿Eran los ojos de las bestias salvajes los que le hacían echar mano a la daga?

¿O era solo la proximidad a Istré, con su niebla mortal y las misteriosas criaturas a las que debía enfrentarse la Hermandad del Hacha Sanguinaria? Sí. Seguro que ese era el motivo de su extraña aprensión.

Cabalgaron durante varios minutos, hasta que, por fin, doblaron un recodo del camino y aparecieron las murallas de Istré, iluminadas por antorchas. Silla se estremeció y se ciñó la nueva capa.

Rey permaneció en silencio mientras se acercaban a las compuertas cerradas, cuyas antorchas iluminaban las calaveras de oveja y los erosionados escudos colgados de las paredes de madera.

Istré.

El corazón le latía con fuerza. El viaje hacia el norte había estado repleto de problemas y trabajar con esa niebla sería un auténtico desafío, pero había conseguido llegar y, en aquel momento, eso era lo único que importaba.

Antes de que pudiera detenerla, Silla se bajó del caballo y corrió hacia las puertas cerradas de Istré.

—Ay, dioses —murmuró mientras arrancaba algo.

—¿Qué es eso? —preguntó él, echando un vistazo a lo alto de las murallas de Istré. ¿Dónde estaban los guardias a estas horas?

Silla se había quedado inmóvil mientras miraba fijamente lo que tenía entre las manos.

—¿Cómo? ¿Qué? —Se giró con lentitud y le enseñó un grabado de corteza de abedul.

Rey dio una brusca exhalación y se quedó sin aliento. La mente le daba vueltas, aunque él estaba paralizado, contemplando la imagen pintada en la corteza. Los hilos de su destino se deshacían ante sus propios ojos.

Quien le devolvía la mirada desde aquella ilustración era el mismo rostro de Rey.

Debajo estaba el de Silla. Y más abajo, figuraban las palabras que, como si fueran piedras, remataban su túmulo funerario.

RECOMPENSA:

Slátrari: diez mil sólas.

Compañera: veinte mil sólas.

Deben traerse con vida.

SEIS

—Slátrari —leyó Silla, mirándole perpleja.

Rey no pudo responder; estaba demasiado ocupado tratando de despertar de aquella pesadilla. Pero cada vez que parpadeaba se topaba con la imagen condenatoria de su rostro emparejado con aquel nombre. Slátrari.

—El cartel te llama Slátrari. Han cometido un error terrible…

A Silla se le cortó la voz al captar algo en su expresión. Retrocedió un paso con cautela y se llevó la mano a donde solía colgar aquel dichoso frasquito.

—No… —murmuró ella, dando otro paso atrás.

Pero a Rey no le funcionaba ya la cabeza. No podía más que mirar fijamente el grabado en la corteza de abedul y preguntarse cómo era posible que esa mujer tan problemática se hubiera subido a su carromato y le hubiera arruinado la vida de aquella manera.

—… los cadáveres quemados a las puertas de Kopa…

Ahora su rostro estaba ligado al nombre de Slátrari, bien destacado ante todo el reino tras casi una década de trabajar en la sombra. ¿Cuánto tardaría esto en llegar a Sunnavík y que Magnus se diera cuenta de que el líder de su banda favorita le había estado utilizando para recopilar información para los uppreisna? ¿Cuánto tardaría el maldito reino en buscarlo?

—Dioses, dioses, dioses…

A Rey se le nubló la vista mientras contenía las ganas de gritar y dar un puñetazo a las puertas malditas de Istré.

—… eres él. Tú eres el asesino… —Silla chocó en la pared con la espalda. Tenía una mirada enloquecida.

Rey conocía bien esa mirada, la mirada de una presa a punto de huir. Dioses, volvería a hacerlo, ¿no? Enfurecido, saltó de Caballo y se dirigió hacia ella mientras hacía brotar su galdur de las palmas de las manos.

—Tú… —fue lo único que consiguió decir. No podía hablar, solo sentía la ira que lo consumía por dentro. Con una exhalación, unas volutas de ceniza se desprendieron de sus palmas.

—¡No! —chilló ella, tropezando con una piedra suelta y cayendo de espaldas. Tenía los ojos muy abiertos y el pulso le latía con fuerza en la garganta. Se puso en pie. Se dio la vuelta.

Y, , echó a correr. Otra vez.

—Demasiado tarde —gruñó Rey, y su humo la persiguió, deslizándose por su columna vertebral y enredándose en sus hombros para detenerla.

—¡No me mates! —suplicó ella, forcejeando contra las ligaduras de humo. Rey era lo bastante hábil como para agarrarla con cuidado y no quemarla.

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