Esta familia es el motor que empuja a Anna Ortiz y el germen que ha hecho de sí misma ser quien es hoy: los sabios consejos de su padre; la pasión por la vida de su madre, y Marta, la hermana que nació cuatro años más tarde que ella y que vino para ser su mejor amiga.

Parte de su familia es su pareja. El respeto, la confianza, la sinceridad, la admiración, cuidar la relación y tener cada uno su espacio son valores esenciales para que la relación funcione. Una relación que implica estar con una persona conocida y que ello suponga algunas trabas, como la pérdida de intimidad que en ocasiones no puede controlar.

Para Anna, la maternidad es parte fundamental de su vida. Adora a sus cuatro hijos y, por primera vez, abre su corazón para contarnos el proceso por el que pasó al perder a su segundo hijo, un ángel que siempre está en sus recuerdos. A pesar de la dureza de la situación, Anna afrontó ese momento como si se tratara de un aprendizaje, descubriendo desde ese instante un nuevo significado para la vida.

Vivir en Japón le ha enseñado a Anna otras muchas cosas, además de la capacidad de unir a su familia frente a cualquier cambio, y es que al estar en la tierra de la meditación ha aprendido a vivir más despacio, a apreciar el silencio de sus calles y la ausencia de prisa para hacer la compra en el supermercado, a respetar el entorno y a disfrutar de la amabilidad a la hora de relacionarse con la gente.
Japón, maternidad, espiritualidad, familia, deporte, relación de pareja, trabajo... todos los aspectos de la vida de Anna Ortiz, en un libro hecho buscando en los recuerdos de su niñez y completándolo con las experiencias de una vida plena a pesar de las dificultades, porque, si está con los suyos, todo es posible.
