El Madrid suburbial, arrabalero y violento de Carmen Mola

«Debajo de la vida en las calles de Madrid, de los ciudadanos en sus trabajos, de las mesas de las terrazas donde los amigos beben y ríen, existe un horror. Un infierno». «Las madres», la cuarta entrega de «La novia gitana», vuelve a reflejar el lado más sórdido e inhóspito de la capital de España. Así es el Madrid de Carmen Mola... y el de la inspectora Elena Blanco.

26 septiembre,2022

Uno de los elementos que singularizan la serie de La novia gitana es su retrato de un Madrid en las antípodas del foco turístico y la postal, ese Madrid suburbial, arrabalero, underground, conflictivo, lumpen, morada de los humildes y de los con frecuencia excluidos, donde el día a día es un ejercicio de supervivencia y la violencia puede saltar en cualquier momento. Estos fragmentos son prueba del peso de esta geografía al rojo vivo en la ambientación de Las madres, que también tiene paradas en los alrededores de Zaragoza, A Coruña y Soria.

«Antes de que el mercado de la droga se trasladara a la Cañada Real, el mayor centro de menudeo de Madrid estaba en el poblado de Las Barranquillas, en la Villa de Vallecas, al lado de la base de la Grúa Municipal Mediodía II. En los tiempos de Las Barranquillas, el acceso al depósito de la grúa se conocía como la carretera del miedo, trescientos metros que atravesaban el poblado en los que los conductores rezaban para que el coche no se les calara y dejar atrás a los más de cinco mil yonquis que rondaban la zona. Ya no es así, el antiguo poblado de infraviviendas fue desmantelado y han empezado las obras para urbanizar la zona en un nuevo barrio que se llamará Valdecarros. Se levantarán más de cincuenta mil viviendas con garajes, pistas de pádel y piscinas para alojar a los vecinos que ya no caben dentro de Madrid. Algún día se llevarán también de allí la Base de Mediodía II, donde se agolpan más de siete mil vehículos, algunos desde hace más de dos décadas —dicen que dentro de uno de los coches ha crecido un árbol—, para seguir haciendo casas, piscinas y pistas de pádel».

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Las madres (La novia gitana 4)

Carmen Mola

NO SE PUEDE IR MÁS LEJOS


Tras el fenómeno de La novia gitana, llega la nueva entrega de la saga que cambió la novela negra española conquistando a la crítica y a más de un millón de lectores.

UNO...


«Villaverde, con casi ciento cincuenta mil habitantes, es uno de esos pueblos que se fueron añadiendo al municipio de Madrid para convertirse en un barrio. Está en la zona sur de la ciudad y es uno de los que menor renta por habitante tiene, un lugar donde pocos viven por elección propia, y muchos porque no les queda más remedio. Pero como le dijo ayer Elena cuando le comunicó que debería incorporarse al destino, eso quiere decir que en el barrio viven los pobres, no los malos; los malos están repartidos por toda la ciudad. Reyes ha estado buscando datos sobre el barrio para no sentirse muy perdida, pero nada le vale para hacerse una idea. Su mundo, el que ha conocido desde que nació, no tiene nada que ver con lo que va a encontrarse: más del treinta por ciento de inmigración, rentas bajas, zonas con el metro cuadrado más barato de Madrid, polígonos que se han convertido en centros de prostitución, abundantes pisos ocupados, bandas...».

«No hace tantos años, nombres como el Alto del Arenal, donde los vecinos todavía vivían en cuevas, el Pozo del Huevo, La Celsa, el Rancho del Cordobés, Santa Petronila o Las Mimbreras eran conocidos, y temidos, por los madrileños. Eran los barrios chabolistas más degradados de la capital, los que salían en las páginas de sucesos de los periódicos a diario. Poco a poco fueron desapareciendo, el último de ellos fue el Ventorro de la Puñalá, entre Madrid y Getafe. Los vecinos más famosos del barrio fueron el Piojo y su hermano, el Negro, especialistas en robos de vehículos y en atracos a joyerías, gasolineras, tiendas de electrodomésticos y de artículos de lujo. Los dos hermanos y la novia del Piojo, Jezabel la Tata, una conocida alunicera, entraban y salían de prisión cada poco tiempo y llegaron a protagonizar una huida importante de la cárcel de Valdemoro. Sin embargo, todos estos barrios fueron desapareciendo; sus familias, realojadas en otros puntos de la ciudad. El turno de pasar a la historia del Ventorro de la Puñalá llegó en 2015, cuando solo quedaban allí quince familias de las cerca de cuatrocientas de diez años antes».

La publicación en 2018 de La novia gitana provocó un enorme impacto en el panorama de la novela negra española. A la fuerza de una propuesta que acercaba el ritmo y la acción a cotas cinematográficas pocas veces alcanzadas se añadía la transgresión de ciertos tabúes en la plasmación de la violencia y el tremebundo peaje físico y psicológico en el desempeño de la labor policial. Capaz de generar una tensión y una angustia desacostumbradas incluso para los parámetros del género, su combinación de adrenalina, explosividad emocional y atrevimiento mereció una respuesta entusiasta por parte tanto de los lectores como de la crítica especializada. En paralelo, el misterio detrás de la autoría, protegida por un seudónimo femenino, añadió combustible a las llamas.

Desde entonces lo que comenzó siendo un libro en boca de todos, no ajeno a sanas controversias pero merecedor por unanimidad de calificativos como «adictivo» o «arrollador», ha devenido una saga cuyos más de seiscientos mil ejemplares vendidos en España y las numerosas traducciones a otros idiomas la aúpan a fenómeno editorial con todas las letras, a las puertas además de dar el salto a la televisión con la adaptación que Paco Cabezas (Penny Dreadful, American Gods) ha dirigido de La novia gitana para AtresPlayer Premium.

Este título, a los que siguieron La Red PúrpuraLa Nena y ahora Las madres sigue el día a día de la Brigada de Análisis de Casos (BAC), una sección policial semi secreta a cargo de las  investigaciones más complejas y exigentes (a lo que podríamos añadir «estomagantes»). La crudeza de los asuntos a investigar -asesinatos ritualizados, organizaciones criminales especialmente abyectas, formas de corrupción desalmadas…- los enfrentan al mal puro, despiertan demonios interiores y llevan sus emociones y sentimientos al límite. Consciente de que un tema potente y una trama a la altura no son nada sin unos personajes carismáticos, Carmen Mola trabaja a fondo el perfil de cada uno de los miembros del equipo y explora el delicado entramado de alianzas y desencuentros, tanto afectivos como laborales, a los que los aboca una lucha demencialmente estresante. A través de sus experiencias y cuitas, el lector es arrojado a zonas desasosegantes, forzado a reflexionar sobre la infinita capacidad del ser humano para dañar al prójimo -frente a tanta novela negra donde se nos hurta el dolor de las víctimas y su círculo íntimo, al tiempo que se esteriliza la violencia o se la presenta con un efectismo vacío- y la validez o no de traspasar ciertas líneas rojas morales cuando la legalidad no garantiza la aplicación de la justicia.

Tras un prólogo chocante ambientado en Ciudad Juárez, Las madres arranca ya como un tiro con el hallazgo de un cadáver en una furgoneta con el que se ha cometido una carnicería que esconde un mensaje de tan difícil como perturbador desciframiento. La investigación irá revelando un tapiz de horrores en el que coincidirán la santería, los vientres de alquiler, un terrible ángel vengador, un grupúsculo policial dedicada a extorsiones y abusos de todo tipo, y una omnívora red de poder en las sombras que lleva décadas actuando con impunidad. Más exigidos que nunca, los componentes de la BAC deberán intentar acallar sus traumas personales y atemperar las múltiples fricciones que existen entre ellos para combatir una temible y tentacular hiedra que amenaza con devorarlos. Carmen Mola ha diseñado un nuevo tren bala (a la par que tren de la bruja) y a desafiar los límites y las convenciones del género negro y del thriller, para seguir disparando las pulsaciones de cualquier lector que no se arredre ante las emociones fuertes. Pura dinamita.

Otros temas destacados

En las diversas tramas que se desarrollan en paralelo en Las madres convergen asuntos inquietantes, moralmente turbios, cuando no directamente espeluznantes que sacuden al lector y lo mantienen en esa mezcla de perplejidad y tensión en la que viven instalados los miembros del BAC. He aquí algunos de los más destacados:

La violencia contra las mujeres. Puede decirse que este es el gran tema de la novela. El abuso físico y psicológico al que son sometidas las mujeres pasa por todos los grados del horror: intimidación verbal, palizas, secuestros, violaciones, embarazos forzosos y asesinato. El cuerpo femenino como mercancía adquiere un tratamiento especial al ponerse el foco en los vientres de alquiler, una práctica autorizada en algunos países aunque prohibida en España, si bien en la novela se lleva a cabo sin el consentimiento de la gestora, víctima de un negocio que entra de lleno en la barbarie.

La religión yoruba. Procedente de Cuba, Haítí o Brasil, ha acabado mezclándose con las creencias cristianas y la devoción a la Santa Muerte mexicana. En la novela descuella el culto a la deidad Iyami Oshoronga, emparentada con la religión de los orishas y a la que sus fieles creen capaz de reestablecer el orden y la armonía tras un suceso traumático.

La corrupción policial -o manzanas podridas en el cuerpo-. Carmen Mola muestra cómo las malas praxis están sistematizadas entre los presuntos garantes de la ley y se esparcen a todos los niveles, desde los escalafones más bajos a los más altos (y ampliables a la esfera de la judicatura). De aquí la necesidad de la BAC de actuar en ocasiones desde los márgenes, lo que plantea dilemas morales que interpelan al lector.

Los riesgos de las operaciones encubiertas. Algunas de las páginas que mantienen más en vilo al lector son las derivadas de los topos que la policía tiene infiltrados en organizaciones criminales, algunas de ellas pertenecientes a su propio organigrama, pero los hay de más tipos que lo cogerán desprevenido.

Los secretos oficiales. La información reservada contribuye a propulsar el clima de angustia, sospecha y paranoia constantes que impregna las páginas de la novela.

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