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La salud mental ya no es un tema secundario. Tras la pandemia de la COVID-19, quedó claro que cuidar nuestras emociones es tan importante como cuidar nuestro cuerpo. Y aunque solemos hablar de bienestar emocional en la adultez, la realidad es que la infancia es el punto de partida. En este artículo encontrarás claves para cuidar tu propia salud mental y, al mismo tiempo, enseñar a tus hijos e hijas a valorar la suya.

La pandemia de la COVID-19 puso en primer plano la importancia de la salud mental. Hoy, hablar de emociones y bienestar emocional ya no es un tema exclusivo de los adultos, sino una necesidad vital en todas las etapas de la vida.
Sin embargo, la infancia sigue siendo con frecuencia relegada a un segundo plano. Aunque se promulgan derechos y valores fundamentales, la realidad es que muchos niños y niñas continúan siendo invalidados en aspectos básicos que los adultos ya han conquistado.
Por eso, si queremos una sociedad más consciente y sana, debemos empezar por sembrar en la niñez. Educar en salud mental desde edades tempranas evita que en la adultez tengamos que desaprender conductas poco saludables para incorporar hábitos más positivos. Invertir en el bienestar emocional de la infancia es apostar por una adultez más equilibrada y resiliente.
Cuidar de nuestro bienestar emocional requiere constancia, autoconocimiento y mucha autocompasión. Algunos hábitos clave son:
▪ Escuchar y reconocer nuestras emociones.
▪ Poner palabras a lo que sentimos.
▪ Entender que no existen emociones buenas o malas.
▪ Validar y aceptar lo que sentimos, sin juzgarnos.
▪ Darnos tiempo y tratarnos con compasión.
▪ Aprender a poner límites y respetar los de los demás.
▪ Alejarnos de aquello que nos hiere o no nos aporta.
▪ Comprender que no todos actuarán de la manera correcta.
▪ Recordar que somos la única persona que nos acompañará toda la vida.
▪ Cuidarnos como prioridad, tratándonos con el mismo cariño que a un buen amigo.
▪ Hablar con nosotros mismos con respeto y un lenguaje interno positivo.
▪ Ver el error como una oportunidad de aprendizaje.
Estos pasos ayudan a construir una relación sana con uno mismo, clave para una buena salud mental.
Educar a los más pequeños en salud mental es tan importante como enseñarles a cuidar de su cuerpo. Así como acudimos al médico por un dolor físico, también debemos aprender a cuidar nuestras emociones. Algunos consejos prácticos para acompañarlos son:
▪ Explicar el propósito de las emociones: cada emoción llega para decirnos algo. Por ejemplo, la tristeza no debe invalidarnos, sino ayudarnos a comprender qué necesitamos para avanzar.
▪ Acompañar con calma: cuando los niños se sientan desbordados —ya sea por miedo, rabia, alegría o tristeza— debemos ser un refugio sereno y empático. Nuestras neuronas espejo influyen en cómo ellos regulan sus emociones, por lo que mostrar calma y seguridad es esencial.
▪ Normalizar la salud mental: hablar en familia de emociones sin juzgar, con escucha activa, contacto visual, abrazos y presencia real.
▪ No invalidar emociones: ni las nuestras ni las de ellos. Cada emoción cumple una función y, si no la escuchamos, puede convertirse en un problema a largo plazo.
Sembrar estos valores en la infancia es la base para que crezcan adultos emocionalmente fuertes y conscientes. Porque hablar de emociones en casa, normalizar la salud mental y acompañar a los niños con empatía son acciones sencillas que pueden marcar la diferencia en su desarrollo. Si empezamos desde la infancia, estaremos contribuyendo a una sociedad más equilibrada y consciente.
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