«La víspera», de Manuel Jabois
Amalia cumple sesenta y cinco años mañana. Pero hoy todavía es la víspera. Se encierra en casa a preparar comida y a limpiar para que todo brille mientras espera a sus hijos. Fuera, policías y periodistas ocupan el pueblo a causa de un suceso que paraliza durante veinticuatro horas el país. En esta perturbadora historia que transcurre en un solo día, una protagonista inolvidable, Amalia Constenla, mueve los límites morales y arrastra al lector a un viaje de sacrificio, culpa y redención. A continuación, LENGUA publica las primeras páginas de «La víspera» (Alfaguara, mayo de 2026), novela en la que Manuel Jabois construye en torno a una madre y su hijo una indagación incómoda sobre el origen y el destino de la primera institución de todas: la familia.
Por Manuel Jabois

1
Quebró las patas del conejo con las manos y los chasquidos la hicieron retroceder al día en que apretó un gatillo dos veces, muerta de risa, creyendo que la pistola era de juguete.
Aquel suceso hizo estallar su vida para siempre, pero apenas reparaba en él. ¿A qué edad sabe un niño cuándo acaba el juego y por qué? Una vez le contaron que si un hombre ciego de nacimiento aprende a distinguir por el tacto un cubo de una esfera, si recuperase la vista ya adulto, no sabría cuál es la esfera y cuál es el cubo sin poder tocarlos. ¿Cuántos ciegos ven por primera vez y no saben, de pronto, subir las escaleras que subían ciegos, moverse por la casa por la que se movían ciegos, descifrar con el atajo de la vista el mundo que costosamente ya conocían, medían y pesaban sin los ojos? ¿Cuántos ciegos, por tanto, necesitarían acercarse a algo para palparlo y saber que es real, y comprobar que su recién estrenada vista, aún en prácticas, no les está engañando? Si aprendemos desde niños a correr con una sola pierna, ¿cuánto tardaríamos en correr a la misma velocidad con dos piernas sin caernos?
Cuando creció, se preguntó si el hecho de no haber sentido nunca una poca lástima tenía que ver con que solo era una niña y desconocía, aún, las instrucciones básicas de la vida y la muerte, dónde acababa una y empezaba otra, ni siquiera si había algo en la frontera de las dos. Creía recordar que aquellos dos niños salieron de la casa en dos camillas. Le pareció entonces oír el ruido de las ambulancias y los gritos y urgencias que rodean a un grave accidente, no el silencio helado que cubre todo cuando se produce una muerte. Pero en realidad ella no vio nada, porque en cuanto sonaron las detonaciones su padre apareció corriendo en la cocina y se la llevó en volandas para encerrarla en la salita de estar, donde sus tías estaban gritando «¡qué pasó, qué pasó!», y esa imagen de ellas descompuestas sí la tuvo siempre presente; gente alarmada porque no sabe lo que pasa, ese infierno que tiene que ver con las desgracias: uno en el que aún hay que parar la ruleta y saber cuál toca.
Aquella era una época en la que los niños sacaban el mocho a la fregona y todos cabalgaban encima del palo para jugar entre ellos. La ilusión del caballo hacía real la aventura: si de verdad hubiese sido un caballo y lo hubieran cabalgado de verdad, se habrían aterrorizado, pero desde luego habrían sabido diferenciarlos. Eran los tiempos en los que bastaba apretar el pulgar contra el índice para disparar: la gente caía desplomada, fingiéndose muerta, para luego levantarse entre risas; era entonces, cuando se ponían en pie, que se interrumpía o se acababa el juego. «Entre una pistola de imitación y una de verdad, la diferencia es la bala. Solo apretando el gatillo puede saberse la verdad. Y lo mismo —pensó Amalia Constenla— con tantas cosas en la vida». Pero no era mujer de darle vueltas a las cosas y aquel episodio no le ocupó más tiempo. Su padre solía decir que el pasado es una distracción, y que cuando le dedicas más pensamientos que al presente, la muerte capta el mensaje: si quieres pasado, que todo sea pasado. Cuando su padre envejeció y sus sentidos se fueron deteriorando, el hombre empezó a necesitar apoyos como gafas o bastones que siempre rechazó a los gritos, igual que la propuesta de tener a un cuidador en casa, porque, según él, no había que darle pistas a la muerte ni delatarte con tanto escándalo, sino fingir para no llamar su atención. Si iba al baño de madrugada, caminaba de puntillas por la casa a oscuras; un día se estampó contra la cristalera del salón y hubo que llamar a la ambulancia. Lo cierto es que su padre pasaba tanto tiempo evitando la muerte que cualquiera hubiese dicho que estaba vivo.
Espantó por fin los recuerdos, que la ponían de mal humor, incluso los buenos. O quizá especialmente los buenos, bien mirado. Amalia, sesenta y cuatro años, frente sudada y manos callosas, varices en las piernas, riñones golpeados, tensó los labios y cogió enérgica el cuchillo filoso, deslumbrada por su brillo despiadado; con cuidado, lo hundió entre los tendones y los músculos del conejo para separar las patas de los tobillos. Subió un olor extraño.
—Hay que hacer eso aquí —dijo su marido desde la mesa.
—Y dónde lo hago, ¿en la habitación del niño?
—Huele a marea baja.
—A ver si es que hay marea baja, Ramón, hijo mío.
Agarró con violencia impresionante al animal por delante y le desprendió de un tironazo el pellejo, que pensó en guardar para hacer ropita de abrigo para su nieto. Ya le había cortado las patas, la cola y la cabeza, así que llegaba lo más sensible: hacer una incisión muy pequeña alrededor del vientre. «Debes tener cuidado de no cortar la vejiga o el colon, que se sitúan debajo», leyó en el móvil. Pulsaba la pantalla cada dos por tres con un dedo ensangrentado, el anular en el que tenía puesto el anillo de casada, para que no se bloquease.
—Increíble —dijo su marido al verla.
—Qué —irritada.
30 de diciembre. Seguiría sin llover durante al menos una semana, dijeron en la radio, pero bajarían aún más las temperaturas. En el boletín de las diez dieron las novedades sobre la desaparición de dos niños veinticuatro horas antes: por el tono de voz del jefe de la Policía local y su uso de expresiones demasiado formales, llenas de gerundios y esdrújulas absurdas, Amalia pudo detectar que empezaba el nerviosismo; toda esa gente solo habla así cuando ya hay medios de fuera, medios grandes.
Por la ventana de la cocina se escuchaba el ruido de gente animada bajando al pueblo a tomar el vermú. Con el pulgar y el índice, Amalia separó despacio la piel de los intestinos mientras con la otra mano —la mano con la que había masturbado la noche anterior a su marido, pensó sin venir a cuento— cortó la caja torácica hacia la pelvis. Pudo ver entonces claramente los pequeños pulmones y el corazón oscuro del conejo. «También verás la membrana que separa los intestinos de la cavidad torácica», leyó, pero ella no vio nada. Colocó dos dedos en la parte superior del conejo y los presionó contra la columna vertebral hacia abajo. De un golpe sacó los intestinos y el resto de los órganos. Cortó el diafragma, puro músculo, situado debajo de los pulmones. Extrajo los dos órganos como una cirujana experta y los dejó caer a peso en la encimera; el móvil se había oscurecido pero no bloqueado, así que corrió rápido a darle con el dedo justo para leer: «Algunas personas prefieren comer el corazón y los pulmones, aunque es cuestión de gustos personales».
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2
Chami Palmeira, cuarenta y ocho años, palpó con mucha suavidad dos músculos que había leído que se encontraban en la raíz del pene. Movía los dedos laboriosamente, como un oncólogo a la caza de tumores. Reparó en que se estaba mordiendo la lengua en un extremo de la boca, como cuando de niño trataba de dibujar en un folio; pensó con amargura repentina en la decadencia del ser humano y su destino: reservar los mismos gestos dulces y tiernos de la niñez a estos lastimosos engorros.
Estaba incómodo. Apenas podía estirar las piernas y sus brazos tropezaban todo el rato con las paredes. Pero la misión le obsesionaba.
Siguió con las manos el nervio dorsal hasta que se enterraba en su cuerpo. Lo masajeó estúpidamente, pensando en que había operaciones que liberaban esa parte del nervio y la hacían aflorar, ganando el pene dos o tres centímetros. Con una mano (con dos dedos, en realidad, el pulgar y el índice) agarraba su miembro endeble y con la otra sostenía en precario equilibrio el móvil, donde leía de qué estaba hecho el cuerpo que sostenía: «Se compone de tres cilindros de tejido eréctil, los dos cuerpos cavernosos, que se extienden desde los pilares, y el cuerpo esponjoso. Los cuerpos cavernosos se encuentran en la parte media-superior del cuerpo del pene y están formados por numerosos vasos sanguíneos. Cuando el pene está erecto, el tejido muscular de esos vasos se relaja y los cuerpos cavernosos se llenan de sangre. En consecuencia, la presión sanguínea en su interior aumenta y el pene se vuelve rígido y erecto».
Dedicó los segundos siguientes a acariciar con una mano el perineo y, con la otra, su miembro. Hizo pasar imágenes por su cabeza, primero con suavidad, nada que fuese a frustrar el proceso, hasta llegar a donde sospechaba que acudiría como atajo para ponerse cachondo a toda prisa: un trío con una chica venezolana y su novio, a los que había conocido años atrás en el Why Not de Madrid durante una tarde en la que terminaron reunidos en casa de ellos, en el barrio de Tribunal, tomando mefe, coca y tusi. La noche se animó cuando el chico y él se pusieron a follar entre ellos; al principio despacio, era la primera vez de ambos, y luego a golpes bruscos; el sonido de las carnes batiendo que a él le recordaría después, tratando de sacárselo de la cabeza, al ruido de las pechugas de pollo que tiraba su madre una a una al mármol de la cocina antes de empanarlas. Durante el último polvo empezó a colarse la luz del día por las rendijas de la persiana, unas líneas naranjas y blancas que bañaron de forma insólita, casi milagrosa, los muebles limpios y ordenados del salón. Aquel seguro que había sido un piso heredado porque había una gran biblioteca llena de tomos, muchos de ellos de Derecho, pero de un Derecho extinguido con la democracia —se fijó colocado a cuatro patas, el culo muy arriba—; incluso había fotos de marcos antiguos que probablemente fuesen de la familia de su hombre (aguantó la risa). Cuando el chico se corrió dentro, los dos cubiertos por una película de sudor pringoso, sonó la alarma que se había puesto la mañana anterior para recoger por sorpresa a Pastora en el aeropuerto.
Notó en ese momento que se le endurecía (el tejido eréctil en acción, cuerpos cavernosos repletos de sangre fresca) y empezó a masturbarse concentrándose en las imágenes de Tribunal. Por fin podía agarrarla con la mano, no con dos dedos, y ya estaba a ello, si bien penosamente. Cuánto llevaba sin tenerla así. Y a qué había tenido que recurrir.
Su culo empezó a dar saltos en el váter; uno, dos y tres. Pero no los provocaba él, no estaba tan eufórico.
De repente, una fuerza lo lanzó con violencia contra la puerta sin apenas separar los pies del suelo, pues el cubículo era estrechísimo, y luego de nuevo contra la pared del váter, y así dos o tres veces como si fuese un pulpo trasteado. Se produjo un silencio.
Chami rompió a sudar con ganas y la camisa blanca se le pegó al cuerpo de tal forma que se le transparentaban los pelitos oscuros del pecho.
—Señor, ¿está bien? —Escuchó al otro lado de la puerta una voz femenina—. Debería volver a su asiento, estamos atravesando una zona de turbulencias.
—Estoy bien —respondió todavía con el pene, de nuevo encogido, perdido por la palma de su enorme mano—. Pero necesito..., necesito algo más de tiempo.
¿Qué estaría haciendo ahora aquella pareja? En esa época vivían demasiado cerca, temió durante un tiempo encontrárselos por la calle: si alguien tenía esa mala suerte era él. Le obsesionó durante meses la idea de cruzárselos en una tienda, en un bar.
Fingir que no los conocía, que es lo que él hubiera querido hacer, era demasiado poco moderno; él era moderno, si bien moderno con problemas de pudor. ¿Cuál era el código de los tríos bisexuales? ¿Cómo se saludan tres desconocidos que pasaron una noche así juntos? Eso le había angustiado hasta tal punto que llegó a fantasear con la idea de no volver a salir nunca de casa. Gracias a Dios, descarriló tanto los años siguientes que su problema pasó a ser uno menor, vieja táctica aprendida en la noche: líala más grande, líala mejor y todo perderá importancia. Pero nada tuvo la electricidad de la primera vez. Ni encontró nunca, sobrio, el punto de suciedad ni la excitación que obtenía con gente de la que no habría querido saber nada si no hubiese estado colocado.
—Entiendo que necesite tiempo. Pero debe abandonar el baño cuanto antes, sentarse en su asiento y ponerse el cinturón.
Chami se agachó y le dio la primera calada a un cigarro sin filtro de una cajetilla arrugada que encontró en el bolsillo trasero de sus vaqueros. Echó de menos estar en un cuarto de baño convencional, uno de esos en los que tiras el cigarro al váter y luego, con la meada, lo vas deshaciendo como si fuese un insecto con alas. En sus peores momentos, en aquella «depresión técnica» que le dijo su psiquiatra que padecía (él sospechaba que para evitar darle medicación), pasaba un montón de tiempo deshaciendo cigarros con el pis.
—¿Señor? Se lo pido por favor.
Chami salió mareado por las dos caladas profundas que le había pegado al cigarro. Pidió disculpas con educación a la azafata, que ya estaba sentada con el arnés puesto, como si el avión se dispusiese a salir de la atmósfera.
Al llegar a su asiento, agarró la primera revista que vio, la abrió distraídamente para despejar su cabeza y, pasando las páginas, se encontró de golpe con un reportaje sobre él. No se acostumbraba a aquello, tantos años después de haberse retirado. Pero ahí estaba, ya no como futbolista, sino como estrella amenazada por derribo. Daba audiencia; «despertaba interés», ese eufemismo que se había ido al «da clics». A la gente le fascina el infierno, pero prefiere enviar corresponsales que hayan pasado por el cielo: lo que les gusta es el viaje.
Enfrentarse por sorpresa a su propia cara, y a tanta distancia del suelo, le sacudió como la primera vez, y su reacción fue dirigirse a aquel extraño: «¿Qué quieres?». Fue directo hacia la firma de la periodista. Recordó no haberle dado declaraciones y prohibir a sus amigos que hablasen con ella. «No se cuida en absoluto: atenta contra él con lo que tiene más a mano, y las consecuencias están a la vista. Lo que pasó este otoño en la televisión fue un síntoma, de verdad que no creo que fuese un escándalo, sino un síntoma». Pero en la vida de Chami Palmeira hacía tiempo que nadie sabía quiénes eran sus amigos y quiénes no, y, en un momento de lucidez, leyendo aquí y allá fuentes anónimas, supo que había más posibilidades de que hubiesen hablado sus amigos de siempre —los más peligrosos y repugnantes— que las decenas de almas rotas que lo acompañaban en su exploración por los días y las noches de Madrid. «Es un hombre vulnerable, autodestructivo, que ha perdido la noción de la autoridad en otros, la auctoritas: ni a su familia, ni a sus amigos, ni a los médicos; solo escucha a su madre».
«Habla quien cree que no tiene nada que ocultar; pero ya veremos si no tienen nada que ocultar», se dijo Chami mientras le temblaban los dedos.
«En realidad es buena persona, tiene un buen corazón escondido bajo los escombros, que es todo lo demás», así comenzaba el reportaje, con esta afirmación entrecomillada y anónima debajo de un titular a cinco columnas: «Qué pasa con Chami Palmeira» con la tipografía juguetona propia de un enfermo mental severo (sintió mareos al verlo, era una de esas revistas). Aquello le partió el estómago en tres.
Un trueno retumbó en el cielo, sacudiendo el avión. Se apagaron las luces, se hizo una oscuridad apocalíptica y la gente empezó a chillar. Chami cerró los ojos y chilló también, chilló como nadie en el avión, de pura rabia.
(...)
La víspera, de Manuel Jabois, sigue aquí.
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