Introducción
Este libro cuenta la historia de las clases populares en el territorio que hoy ocupa la República Argentina, desde el arribo de los primeros españoles en 1516 hasta el surgimiento de la “Argentina Moderna” hacia el año 1880. Es la historia de la gente común, la que formaba la base de la pirámide social, de aquellos cuyo recuerdo se ha perdido o es difícil de recuperar, de quienes no tienen calles que lleven sus nombres.
El término “clases populares” que se usa aquí para denominarlos es arbitrario y un poco impreciso, como cualquier categoría que se utilice para definir conjuntos sociales. Pero en esa vaguedad hay una ventaja: permite reunir a una serie de grupos que se caracterizaron por su heterogeneidad. El libro abarca un período muy largo, de más de tres siglos y medio, en el que hubo muchos cambios. Y se ocupa de un espacio grande y diverso, en el que había grupos populares diferentes (y no una sola clase popular).
Mientras el poder económico, social y político estaba en manos de las elites, quienes pertenecían al variado “mundo popular” tenían pocas formas de decidir e influir en la dirección de sus destinos. Lo que los unificaba, lo que los reunía en un mismo conjunto, era su relación con esas otras clases que marcaban cuáles eran las líneas divisorias de la sociedad; su subalternidad respecto de las elites las hacía clases populares. Por esa importancia de lo relacional aquí se habla de “clases” —más allá de las dificultades para definir a cada una de ellas si se las analiza por separado y en profundidad— y no de “sectores populares”. Sus experiencias vitales estaban marcadas por la fragilidad: opresión, pobreza, discriminación, eran elementos clave de su existencia. Pero en esa situación predominantemente adversa las clases populares encontraron formas de actuar y contribuir a moldear de algún modo su realidad.
¿Quiénes pertenecían a las clases populares? Eso estuvo determinado por diferentes factores, que variaron ligeramente de acuerdo al lugar y fueron cambiando a medida que pasaba el tiempo, como se irá explicando a lo largo de los capítulos. Lo que se puede adelantar a nivel general es que eran los no considerados “blancos” —que en la etapa colonial eran incluso jurídicamente inferiores—, la gran mayoría de los pobres, buena parte de quienes trabajaban en tareas manuales para vivir y los que no tenían ocupaciones definidas; también quienes no gozaban de respetabilidad social, las personas que eran dependientes de otras y las que no accedían a ningún tipo de educación. El límite entre las clases populares y los grupos intermedios de la sociedad no es sencillo de marcar y variaba de acuerdo al momento y el espacio. Un esclavo, un habitante común de cualquier “pueblo de indios”, una vendedora ambulante o lavandera de una ciudad, una tejedora campesina o un peón son todos fácilmente identificables con el mundo popular. Pero en el caso de un pequeño productor rural o de un artesano, por ejemplo, depende de otros factores, como su nivel de riqueza, si eran o no analfabetos y el grado de respetabilidad local que tenían, lo cual variaba de lugar en lugar.
Este libro narra, entonces, la historia de grupos diferentes: los indígenas que fueron sometidos por los españoles y los que resistieron a ultranza esa conquista, los que integraron pueblos de indios y los que fueron parte de reducciones religiosas, los mestizos, pardos y blancos pobres, los esclavos y los morenos que obtuvieron su libertad, los plebeyos urbanos, los pequeños productores rurales (los “campesinos”), los gauchos, los artesanos, los peones, los arrieros, los soldados, las mujeres trabajadoras, los mendigos y otros miembros del universo popular. Se ocupa, en suma, de lo que durante buena parte del período considerado se llamó el “bajo pueblo”. Éste es el sentido de “popular” que aquí se adopta.
Originariamente el trabajo fue pensado como un libro en coautoría: mientras yo me ocupaba del período anterior a 1880, Ezequiel Adamovsky tomaba el que va desde entonces hasta 2003. Finalmente el proyecto se extendió mucho y la obra fue dividida en dos libros independientes. Pero el plan original dejó su marca: de ahí proviene la decisión de incluir en este volumen la historia de los grupos indígenas que en el Chaco, en la Pampa y en la Patagonia conservaron su independencia hasta la ofensiva del Estado Argentino entre 1879 y 1885. A partir de entonces, muchos de los vencidos pasaron a integrar las clases populares, pero pocos lo hicieron antes de esas fechas, cuando pertenecían a otras sociedades. De todos modos acordamos incorporarlos por la gran conexión que tenían con los hispano-criollos desde tiempos coloniales y también para entender el origen de una parte de las clases populares en el período posterior a 1880, que ahora quedó en el otro libro.
Otra impronta del plan inicial es la proyección del actual mapa argentino hacia atrás, a una época en la que Argentina no era ni siquiera un proyecto. Por eso, lugares que hoy no forman parte del país pero son fundamentales para entender aspectos de la historia popular aparecen en la narración en ciertos momentos y luego no vuelven a ser mencionados: es por ejemplo el caso de la Banda Oriental (hoy Uruguay) a fines del siglo XVIII y durante la Guerra de Independencia. En cambio, en todo el libro son considerados los espacios que hoy integran la Argentina, aunque su presencia varía de acuerdo al tema y a la información de la que se dispone sobre ellos. Por ejemplo, las provincias de San Juan y San Luis no son muy aludidas porque es poco lo que hay escrito sobre sus clases populares en esta época; por el contrario, Buenos Aires aparece mucho, tanto por el peso que tuvo como por la gran cantidad de análisis históricos que ha recibido. Aun así, el libro hace un esfuerzo por abarcar enteramente el territorio “nacional” y contar la historia de todas sus clases populares. Hay períodos que ocupan más páginas que otros, ya sea porque hubo más acontecimientos con protagonismo popular o porque hay más investigaciones sobre ellos (o por las dos cosas). Algunas cuestiones tratadas, como las políticas y militares, eran predominantemente masculinas, con lo cual los hombres ocupan más lugar en el libro que las mujeres, pero también ellas son parte importante del relato.
El material con el que se escribió este libro está constituido por una gran cantidad de textos historiográficos, algunos muy recientes (sólo una parte de lo que expongo sobre la ciudad de Buenos Aires en la primera mitad del siglo XIX es fruto de investigaciones mías). Entre la bibliografía consultada hay obras que se han ocupado de los indígenas que fueron sometidos al dominio español, que han estudiado a los que se mantuvieron independientes de ese dominio, que han analizado a los esclavos y a los afrodescendientes, que han tenido como objeto a los trabajadores rurales y también están las que han trabajado sobre la familia o sobre distintos aspectos de la cultura popular. Es una producción amplia, pero los cruces entre unos y otros estudios han sido escasos. El campo específico de “historia popular” en Argentina es entonces pequeño y por eso casi no existen miradas parciales sobre este tema. La información utilizada aquí ha sido tomada de libros, artículos y capítulos que en ciertas ocasiones se ocupan directamente de lo popular y en otras lo hacen indirectamente, en escritos que tienen otra preocupación principal. También de ellos se han tomado los ejemplos y las citas textuales que aparecen a lo largo de los capítulos. Por las características de esta colección, los autores no se mencionan en el texto ni se consigna la procedencia de las citas; la mayoría del material empleado se detalla en el ensayo bibliográfico con el que concluye el libro.
Aunque la bibliografía es muy diversa en cuanto a sus formas de ver lo popular y de historizarlo, aquí se han omitido referencias a métodos y no se explicitan debates entre historiadores. Todo se centra en un relato que explica aspectos de la historia social, política, económica y cultural de las clases populares. Pequeñas anécdotas individuales han sido incluidas junto con los trazos generales, para ayudar a reconocer lo que hace muchos años un historiador llamó “los rostros de la multitud” y a que la historia de las clases populares no sea sólo la de masas anónimas.
Esto es de todos modos complejo y generalmente sólo momentos o fragmentos de vidas populares son aprehensibles para los historiadores. En el largo período que abarca el libro la enorme mayoría de los miembros de las clases populares era analfabeta (en el censo nacional de 1869, hacia fines de la época aquí tratada, menos del 22% de los habitantes de Argentina sabía leer y escribir). Por lo tanto, casi no se dispone de testimonios escritos, como sí existen para el estudio de las elites, que escribieron cartas, diarios, periódicos, peticiones y otros textos. De acuerdo a la temática que se estudie, las investigaciones sobre cuestiones populares entre los siglos XVI y XIX utilizan censos, padrones, inventarios de bienes que algunos dejaban antes de morir; la legislación de la época y los documentos creados por los cabildos, los gobiernos y la policía; descripciones sobre las clases populares y sus acciones realizadas por miembros de la elite, por la prensa y por viajeros extranjeros; solicitudes de distinto tipo presentadas a las autoridades por la población, y también juicios, criminales y civiles, en los cuales muchas veces aparecen “voces” populares acusando, defendiéndose o testimoniando sobre un conflicto. La posibilidad de leer palabras vertidas por quienes no han dejado otras huellas, y pese a que lo hacían en circunstancias especiales —un juicio no es algo habitual en la vida de la mayoría de los individuos— que condicionaban sus dichos, hacen de los juicios un tipo de documento muy utilizado por los historiadores de lo popular y de allí provienen varios casos comentados en este libro.
Al abordar la historia de las clases populares del período colonial o del siglo XIX no es raro decir que se hace la historia de los “olvidados”, los que no fueron incluidos en las miradas sobre el pasado. Ello es en cierta medida correcto: salvo algunos personajes populares que llegaron a ser celebrados en la historia patriótica por haber realizado hazañas militares en la Guerra de Independencia, como el sargento Cabral, el tamborcito de Tacuarí, el negro Falucho o los tres sargentos de Tambo Nuevo —y también el “gaucho” Rivero que se rebeló contra los ocupantes británicos de las Malvinas en 1833—, las clases populares ocuparon un lugar poco relevante en la mayoría de las narraciones de historia argentina que circulaban socialmente. La historia escolar las recuperaba solamente en las celebraciones de efemérides —el 25 de Mayo y el 9 de Julio— donde solían aparecer imágenes de miembros de las clases populares como modo de mostrar que los momentos fundacionales de la nación habían implicado positivamente a toda la sociedad.
Antes del último cuarto del siglo XX muchos historiadores centraron sus preocupaciones sobre las centurias previas fundamentalmente en los grandes hombres y sus decisiones —es decir que la clave del devenir histórico la tenían personajes como Belgrano, Moreno, Saavedra, San Martín, Rivadavia, Rosas, Sarmiento, Alberdi, Urquiza, Mitre y Roca— o se interesaron principalmente en el desarrollo de las instituciones. Hubo de todos modos distintos autores que se ocuparon de las clases populares. Algunos publicaron miradas pintoresquistas que describían a los negros de Buenos Aires o a los gauchos de la región pampeana. Otros, escritores de mucho peso con diversos posicionamientos, se refirieron en varias ocasiones a la acción del pueblo o de las masas, incluso dándole un papel protagónico en algunos acontecimientos, pero no acompañaron esas afirmaciones con análisis de cómo fue ese protagonismo o con investigaciones sobre las características de las clases populares; ocurre por caso en las obras de grandes nombres como Ricardo Levene, José María Rosa, Rodolfo Puiggrós, Carlos Segreti, David Viñas o Jorge Abelardo Ramos. Otros historiadores —tal vez menos influyentes— sí profundizaron en diversos aspectos del mundo popular, como por ejemplo Eduardo Artesano, José Torre Revello, Boleslao Lewin, Emilio Coni, Mario Serrano, Ricardo Rodríguez Molas y algunos más que son citados en el ensayo bibliográfico al final de este libro; sus trabajos, sin embargo, no formaron un “campo” de historia popular con alto impacto.
A veces se tiene la impresión de que muchos creían que antes del surgimiento del movimiento obrero organizado la importancia de la participación popular no era demasiado significativa. En esto fue perjudicial la difundida imagen de una “Argentina aluvial” según la cual a fines del siglo XIX el país prácticamente empezó de nuevo, a partir sobre todo de la presencia inmigrante. Aunque la fuerza de ese cambio es innegable y es cierto que en esa etapa empieza una historia diferente, eso no borra todo lo ocurrido antes, que en parte condicionó a la Argentina posterior, ella misma resultado de luchas y desarrollos en los que las clases populares fueron actores importantes.
A partir de los años ochenta fueron surgiendo más investigaciones específicas sobre la historia de distintos grupos populares del período colonial y el siglo XIX, aunque muchos de los aportes han circulado poco fuera de los espacios universitarios. Este libro es por un lado una presentación a un público amplio de los resultados de esos muchos y variados trabajos (y también de algunos más viejos). Sin embargo, al proponer una lectura en conjunto y una línea interpretativa que no se desprende de esos textos —que tienen posiciones diversas— se convierte en algo diferente: una historia general de las clases populares en Argentina. Y realizada en una época, la que vivimos, que es muy estimulante para volver a pensar lo popular.
Hacerlo no implica solamente descubrir y rescatar aspectos poco recordados de nuestra historia, hurgar en los márgenes, sino también indagar en el centro. Porque la impronta popular marcó a fuego la cultura argentina. En los años noventa, cuando era estudiante de historia en la Universidad de Buenos Aires, tuve la suerte de asistir a las clases de Oscar Terán, quien solía afirmar con vehemencia que había cuatro puntales en la historia de la literatura y el pensamiento argentinos: el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento, el Martín Fierro de José Hernández, Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla y la obra de Jorge Luis Borges. Podrían agregarse otros, por supuesto, pero probablemente pocos discutirían el peso de éstos. Bien, es notable que en esos cuatro hitos de la cultura nacional lo popular es absolutamente principal: gauchos, indios, negros y “compadritos” urbanos ocupan un lugar clave, ya sea temido, estigmatizado o celebrado.
Pero además ocurre en otros escritos fundamentales del siglo XIX: tanto en el relato fundacional y emblemático de Esteban Echeverría, El Matadero, como en la primera novela argentina, Amalia de José Mármol, las clases populares son protagonistas. Y también tienen gran importancia en las obras iniciadoras de la historiografía argentina: la Historia de Belgrano de Bartolomé Mitre y la Historia de la República Argentina de Vicente Fidel López (y por supuesto en Las multitudes argentinas de José María Ramos Mejía). Está además el aporte de Eduardo Gutiérrez: Juan Moreira, Hormiga Negra, Los Montoneros, Juan Cuello… Y la lista podría seguir.
Esto no obedece solamente a la atracción que el “otro” popular podía generar en autores del siglo XIX (y también en Borges), sino que refleja el importante espacio ocupado por los miembros de las clases populares en el devenir del país, que fue experimentado directamente por quienes vivieron en la época. Esta presencia popular en obras clave de nuestra cultura es un claro indicador de que estudiar la historia de las clases populares no es sólo una “reparación”, no es simplemente completar una historia para incluir a todos; es mucho más que eso. Sin entender la presencia popular en la historia argentina también ella se hace incomprensible.
PRIMERA PARTE (1516-1810)
1. El mundo dado vuelta
Esta historia empieza con una invasión, la española, al continente que más tarde iba a ser llamado América. Ella ocasionó, entre otras cosas, la aparición de un nuevo imperio interoceánico, que al disolverse siglos más tarde daría lugar al surgimiento de una serie de países, uno de los cuales sería Argentina. La invasión española provocó, asimismo, la formación de una nueva sociedad, cuya estratificación, cuya desigualdad —diferente a la existente en el continente hasta entonces— es el origen de las clases populares de nuestro país. De ahí que el presente relato se inicie con ese gran drama colectivo que fue la conquista europea.
La invasión no fue azarosa. En el siglo XV Europa occidental comenzó a superar una larga crisis económica y social, y necesitaba ampliar su territorio. Los europeos precisaban oro y plata, alimentos y materias primas. El impulso llevó primero a Portugal y muy pronto a España a buscar nuevas rutas comerciales, a avanzar sobre nuevas tierras. Producto de esta energía expansiva fue el encuentro en 1492 de un “nuevo mundo” para los europeos, un continente que no había mantenido relaciones con el resto en las centurias previas. A lo largo del siglo XVI, el reino de España se dedicó de lleno a ese nuevo espacio: a explorarlo, saquearlo, conquistarlo, colonizarlo, evangelizarlo y reorganizarlo tanto económica como políticamente bajo su mando.
Invasores e invadidos
El primer contacto europeo con el territorio que nos ocupa tuvo lugar en 1516. La expedición estaba al mando de Juan Díaz de Solís, quien aparentemente murió en un enfrentamiento con los charrúas, pobladores de la orilla oriental del que iba a ser bautizado Río de la Plata. La segunda incursión —que se produjo en el mismo momento en que los españoles vencían al gran reino mexica (o azteca) en Mesoamérica— no tuvo mucho más éxito. Se adentró por el río Paraná tras haber encontrado a un sobreviviente de la tripulación de Solís, quien comunicó la existencia de una “sierra de la plata” en el interior. El contingente fundó en 1527 el fuerte de Sancti Spiritu en la actual provincia de Santa Fe. En un primer momento logró una coexistencia pacífica con los habitantes de la zona, los carcaraes y corondas (pueblos chaná-timbúes), pero cuando los españoles comenzaron a maltratarlos y a abusar de ellos fueron atacados; la mayoría de los europeos murió y el fuerte fue destruido.
Pocos años después se produjo un intento más ambicioso. Una expedición numerosa partió desde España, llegó en 1536 al Río de la Plata y construyó un fuerte, Santa María de los Buenos Aires, mientras que algunos integrantes de la empresa siguieron viaje hacia el Norte y al año siguiente fundaron Asunción en la zona que llamarían Paraguay. Ambas poblaciones tuvieron que enfrentar la resistencia de los locales. Los de Buenos Aires intentaron ser aprovisionados de alimentos por los habitantes de la zona, los querandíes, y eso llevó a choques armados. Tras cinco años de hostilidades, los querandíes lograron expulsar a los invasores. Una parte de ellos volvió a Europa pero otros marcharon hacia el Norte y se establecieron en Asunción, que había conseguido sobrevivir.
Su éxito es ilustrativo de cómo los europeos iban a lograr controlar el territorio. A diferencia de lo que les ocurrió frente al imperio azteca o al imperio inca, en los territorios que aquí estamos describiendo no había un Estado centralizado. Su existencia en los casos antedichos había facilitado muchísimo el triunfo de los invasores a través de un doble método: descabezar la administración mediante la captura del gobernante y explotar los descontentos de los pueblos oprimidos por aztecas e incas. En cambio, en territorios sin Estados, los españoles tuvieron que desarrollar otras estrategias, porque el cacique de un grupo podía ser vencido sin que eso afectara en lo más mínimo la resistencia del grupo vecino. Obviamente, la superioridad técnica militar fue importante, tal como ocurrió en toda la conquista de América. La combinación de armas de fuego, armas blancas de acero, caballos y mastines entrenados hacía que fuera muy difícil derrotar a los españoles con el armamento local en un combate abierto, sin importar el número de oponentes.
La ocupación del Paraguay comenzó de hecho con un choque militar: los españoles llegaron a la zona donde vivían los carios, un grupo guaraní, los vencieron en batalla y fundaron Asunción. En los años siguientes, 1538 y 1539, los carios buscaron expulsarlos pero como fracasaron decidieron establecer una alianza con los invasores y se edificó una coexistencia pacífica. Les daban alimentos, a cambio de lo cual los españoles los ayudaban en sus enfrentamientos con los guaycurúes del Chaco. En un principio, el arreglo pareció provechoso para todos, pero pronto los carios comenzaron a molestarse por la falta de cumplimiento de los españoles y por los abusos que cometían. Los guaraníes esperaban un trato recíproco que no recibían. También en España era fundamental la idea de que existían obligaciones mutuas que había que respetar, pero eso sólo se observaba entre ellos: en las tierras que ahora invadían no tenían ninguna otra intención que la dominación y si no lo mostraban abiertamente era porque no contaban todavía con la fuerza suficiente para asegurarla. El descontento cario fue en aumento y desembocó en resistencia abierta: a partir de 1542 y durante casi cuatro décadas hubo varios levantamientos, que fueron duramente reprimidos. La situación siguió siendo precaria para los europeos pese a su victoria y sólo empezó a mejorar un poco después de 1580 con la instalación de reducciones a cargo de los frailes franciscanos.
La supervivencia de Asunción fue un hecho fundamental porque se iba a convertir en la pieza clave del dominio español en el litoral de los ríos Paraná, Uruguay y de la Plata (que denominaré de aquí en adelante el Litoral). Desde la ciudad partiría la segunda oleada de ocupación de la región, que consistió en expediciones en las cuales eran mayoritarios los “mancebos de la tierra”, es decir mestizos (principalmente hijos de los conquistadores y mujeres guaraníes). Fundaron Santa Fe en 1573, Buenos Aires en 1580 —en el mismo lugar donde había estado la anterior— y Corrientes en 1588. No faltaron las resistencias: el fundador de las dos primeras, Juan de Garay, murió a manos de los llamados minuanos y en los alrededores de Buenos Aires hubo algunos enfrentamientos en los años posteriores, pero los conquistadores lograron su objetivo. Fueron venciendo, matando, desplazando y sometiendo a los pobladores del río Paraná, que eran distintos grupos chaná-timbúes y consolidaron su dominio sobre la región. En cambio, su presencia fue escasa en torno al río Uruguay, en cuyas márgenes habitaban los guenoas, bohanes, yaros, caingang, minuanos y charrúas, grupos que en su mayoría se mantuvieron independientes en los siguientes dos siglos.
Lo mismo ocurrió al oeste del Paraná, pero no por falta de intentos de los conquistadores. Desde Asunción se envió también una expedición que fundó en 1585 Concepción del Bermejo (en lo que hoy es la provincia de Chaco), pero su posición fue siempre precaria y los españoles no pudieron avanzar más allá. De hecho, la vasta región del Chaco —que incluía a la actual provincia homónima, Formosa, el este de Jujuy, de Salta y de Santiago del Estero, y el norte de Santa Fe— iba a resistir la ocupación española y quedó en manos de las distintas etnias originarias: grupos guaycurúes (abipones, mocovíes, pilagás, tobas), los ava (llamados chiriguanos por los incas), los vilelas, los lules y los wichi (a quienes los incas daban el nombre de matacos). Lograron rechazar tanto las incursiones desde el Este como las que provenían del Norte y occidente, el otro eje de la conquista.
El Perú fue el punto de origen de la ocupación de lo que actualmente es el noroeste argentino. Entre 1532 y 1534 los españoles habían sometido al Imperio Inca, que controlaba toda la región andina central; la victoria les brindó una gran cantidad de materiales preciosos y de fuerza de trabajo en las personas de los vencidos. Ese gran éxito impulsó nuevas exploraciones y renovados avances, en particular de quienes no habían obtenido lo que querían en la conquista del Perú o que habían participaron en ella pero habían tenido que abandonar ese lugar por enfrentamientos con otros españoles. Las autoridades promovían que se lanzaran a nuevas búsquedas, lo que se denominaba “descargar la tierra”. Así, se dirigieron hacia el Sur siguiendo las rutas del caído imperio. Se iban a encontrar con territorios que habían sido incas, en los cuales vivían comunidades con producción agraria, ganadera y artesanal, acostumbradas al pago de tributo.
Una primera entrada tuvo lugar en 1533, pero encontró fuertes resistencias y no obtuvo ningún beneficio. Hubo luego una expedición importante en 1543, que llegó más allá de las fronteras incaicas hasta lo que hoy es la provincia de Córdoba. Los españoles no se aventuraron enteramente en lo desconocido sino que fueron avanzando junto con grupos aliados que conocían la zona; de todos modos, la incursión tuvo muchos problemas, como la muerte de su jefe Diego de Rojas por una flecha envenenada.
Poco después se hicieron otras entradas. La misma estrategia aplicada en las decisivas conquistas de los imperios azteca e inca fue empleada en el Sur: involucrarse en los conflictos entre los habitantes locales y usarlos a su favor. Así, varios de los grupos que anteriormente habían sido aliados de los incas se asociaron con los españoles y los ayudaron a luchar con otros grupos que habían resistido a los incas y con los que ellos mismos estaban enemistados.
Un ejemplo de esto fue lo ocurrido con los tonocoté, quienes poblaban la mesopotamia santiagueña (las tierras bajas situadas entre los ríos Salado y Dulce) y se habían aliado con los incas como defensa contra los belicosos ava, con los que lindaban. Muchos tonocoté fueron trasladados al Oeste como “mitimaes” (colonos) al sur de los valles Calchaquíes, donde los incas los usaban para controlar una región poco obediente a su poder. Cuando llegaron los españoles, los tonocoté primero los resistieron militarmente, pero pronto negociaron con ellos y reeditaron un esquema parecido al que mantenían con los incas.
A los europeos les fue más fácil apoderarse de las tierras bajas que de las tierras altas. En aquéllas lograron de a poco establecer algunas ciudades —en realidad, aldeas— con las que fueron consolidando su presencia en la zona. La primera fue El Barco (en la actual provincia de Tucumán) en 1550 y tres años después fue el turno de Santiago del Estero, la única de las ciudades iniciales destinada a durar. Luego se expandieron hacia el Sur, sobre tierras de los sanavirones (en la misma mesopotamia santiagueña). El problema que tenían era que los grupos que poblaban las tierras bajas solían vivir de una modesta agricultura, de la caza y de la recolección, con lo cual era difícil extraer de ahí alimentos para los nuevos dominadores.
En cambio, las tierras altas tenían una mayor densidad de población y había grupos que generaban y guardaban mayores excedentes alimentarios. En la Puna habitaban los casabindos, los cochinocas y los atacamas, mientras que en las quebradas y las sierras que se extienden por las actuales Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca y La Rioja vivían en la parte norte los omaguacas, tilcaras, paipayas, osas y ocloyas; del lado sur, numerosos y muy diversos grupos de lengua cacán, llamados diaguitas por los incas. Se trataba de sociedades que habían sufrido el dominio del imperio andino. Así como en su momento resistieron la invasión incaica, que había requerido tres ofensivas para someter a los Valles Calchaquíes, ahora lucharon contra la invasión europea. Al principio tuvieron éxito: los conquistadores no lograron establecerse allí. En las tierras altas no podían desplegar su potencial militar y los locales maximizaban el suyo: ataques rápidos, emboscadas, fosos contra los caballos enemigos, envenenamiento de pozos, derrumbes de piedras en caminos estrechos. Pocos años después de la primera invasión empezaron también a utilizar algunas armas españolas que capturaban.
De todos modos, en la segunda mitad de la década de 1550 los españoles realizaron una serie de negociaciones fructíferas, obtuvieron la paz con las distintas parcialidades y pudieron instalar tres poblaciones en los Valles Calchaquíes. Casi al mismo tiempo, los conquistadores que partiendo desde el Perú se habían apoderado de la zona a la que denominaron Chile marcharon sobre el lado oriental de los Andes a comienzos de la década de 1560 y fundaron dos ciudades, Mendoza y San Juan. En esa zona habitaban los huarpes, que no opusieron gran resistencia. Toda la región, Cuyo, iba a quedar firmemente en manos europeas.
En cambio, más al Norte iban a tener menos suerte. En 1562 los españoles no cumplieron los pactos y hubo un gran levantamiento en las tierras altas y bajas, cuyo principal líder fue el cacique tolombón Juan Calchaquí. Distintos grupos diaguitas aliados con ocloyas, omaguacas, lules y tonocoté intervinieron en el movimiento. Todas las fundaciones españolas fueron arrasadas, salvo Santiago del Estero, que quedó sitiada. La ciudad se salvó porque se enviaron refuerzos desde el Alto Perú (la actual Bolivia) y porque los ataques de los aliados perdían fuerza cuando no lograban su objetivo rápidamente, dado que los períodos de siembra y cosecha alejaban a los guerreros de la acción. La resistencia de Santiago fue determinante, tal como había ocurrido con Asunción en el este. En los años sucesivos los españoles recompusieron sus fuerzas y pese a que solían tener disputas entre ellos mismos —muchas veces armadas— que los debilitaban, fueron consolidando su poder. Entre 1573 y 1593 fundaron ciudades que pudieron mantenerse: Córdoba —en tierras de los comechingones, que al principio presentaron una importante oposición—, Salta, La Rioja y San Salvador de Jujuy.
Las resistencias persistieron en la región. En 1594 el cacique omaguaca Viltipoco comenzó a organizar una alianza para realizar un gran levantamiento, pero fue denunciado a los españoles, quienes lo apresaron mientras almacenaba alimentos en Purmamarca antes de la rebelión; Viltipoco moriría en prisión. Finalmente, hacia el final del siglo, los españoles consiguieron afianzar su control sobre un vasto espacio, al que llamaron Tucumán (incluía a la actual provincia homónima más La Rioja, Catamarca y las partes de Jujuy, Salta, Santiago del Estero y Córdoba que estaban en manos de los europeos).
Sin embargo, en el corazón de ese territorio hubo una populosa región que conservó su independencia, rodeada por ciudades españolas: los Valles Calchaquíes. Cuando en 1577 los europeos intentaron tomarlos fueron vencidos, otra vez, por una coalición que conducía Juan Calchaquí. Y en 1578 un grupo local atacó e incendió San Miguel de Tucumán.
No fue el único espacio en quedar fuera del alcance hispano. En el sur de lo que hoy es Chile, los reche (más tarde llamados mapuches y denominados araucanos por los españoles) derrotaron completamente distintos intentos de tomar sus territorios a lo largo de todo el siglo XVI. A la vez, del lado este de la cordillera, el grueso de la región pampeana y la Patagonia no fueron ocupadas. Los españoles no tenían demasiados incentivos para avanzar hacia allí, su empuje perdió ímpetu y debieron enfrentar la hostilidad de los locales, grupos no dedicados a la agricultura sino a la caza, la pesca y la recolección. Así, los pampas, que habitaban la zona homónima; los pehuenches que vivían junto a los Andes en el sur de la actual Mendoza y en Neuquén; los tehuelches, divididos en distintos grupos extendidos entre la Pampa y el sur de la Patagonia; los yamanas y los onas fueguinos pudieron evitar la dominación europea. Con la excepción de los residentes en los Valles Calchaquíes y algunos de los del río Uruguay, los grupos mencionados, al igual que los del Chaco, nunca serían sometidos por los españoles.
Entonces, a fines del siglo XVI y luego de un proceso violento y largo, el grueso de la conquista estaba terminado. Una serie de pequeñísimas ciudades bastante desperdigadas (separadas por más de 200 kilómetros entre sí) había logrado instalarse y dominar sus alrededores. Hubo disputas entre los conquistadores por la organización del espacio, pero después de un tiempo los territorios adquiridos donde hoy se encuentra Argentina se dividieron entre las gobernaciones del Tucumán y del Río de la Plata (que incluía a Buenos Aires, la Banda Oriental y el Litoral); la gobernación del Paraguay se ocupó de la zona de Asunción, mientras que Cuyo siguió dependiendo de la gobernación de Chile. Y todas estas jurisdicciones quedaron dentro del Virreinato del Perú.
Se trataba de un espacio que iba a ser marginal en el nuevo imperio español en América. No contaba con riquezas acumuladas significativas, no había grandes minas para explotar e incluso en el más poblado Tucumán la población vernácula era bastante menor a la de la región andina central, donde se concentró el poder colonial en América del Sur. En la gobernación del Río de la Plata muy pocos de los habitantes originarios fueron efectivamente dominados por los invasores. Por lo tanto, no había grandes alicientes para que un español se dirigiera al sur de los dominios del imperio. Era, además, una zona de frontera, dado que al no haber logrado someter a vastas poblaciones se formó un límite entre las tierras bajo control hispano y las que seguían en poder de sus antiguos dueños.
De todos modos, los territorios sojuzgados por los conquistadores en la actual Argentina eran muy vastos y apenas lograron asegurar sus adquisiciones empezaron a querer aprovecharlas. Un nuevo orden, moldeado durante los años de conflicto, se fue consolidando. En él apareció rápidamente una estratificación: abajo estaban los vencidos, que tuvieron que pagar tributo a los vencedores. Para unos y otros el mundo como lo habían conocido había muerto y uno diferente estaba naciendo. Surgió así una nueva sociedad, en la que iba a establecerse un nuevo tipo de explotación.
“Indios”
La invasión española realizó en un primer momento una gran homogeneización. Ahora había dos grandes grupos: los españoles mandaban y los vencidos obedecían. Esa brutal simplificación —que se aplicó sólo donde los conquistadores lograron afirmar su dominio y se iría extendiendo de a poco— fue el origen de la sociedad hispano-criolla de la cual proviene la argentina. Y, también, fue el origen de sus clases populares.
Hasta la conquista española había existido el amplio espectro de grupos étnicos que hemos ido consignando, con lenguas, costumbres y actividades económicas muchas veces diferentes. Los españoles los unieron a todos en un mismo conjunto: los “indios” (donde también incluyeron a los que no habían podido someter). Todos ellos, caciques y comunes, eran indios y por lo tanto eran considerados como inferiores a los europeos.
Los indígenas conocían bien la dominación, la explotación, la estratificación social y la desigualdad antes de la llegada de los invasores, lo mismo que las guerras de conquista y saqueo. Un ejemplo lo ilustra con claridad: en el siglo XIV los ava, grupo de lengua tupí-guaraní que había emigrado desde el Amazonas hacia el sur, venció y subyugó a los chané, una etnia de lengua arawak (originaria del Caribe) que habitaba en el este de la actual Bolivia. En el nuevo grupo emergente de esta conquista y posterior mezcla, los ava mandaban y los chané trabajaban para ellos. Juntos continuaron en dirección austral antes de la llegada de los españoles, guerrearon con los incas, que no pudieron someterlos, y se instalaron en el Chaco. Los ava tomaban prisioneros en las batallas y los hacían trabajar, pero algunos de los cautivos tenían otro destino: la antropofagia ritual. Al llegar los españoles, los ava establecieron con ellos la relación que habían tenido con los incas: la guerra. Conservaron su independencia y sostuvieron su propia dominación sobre los chané. Cuando los europeos introdujeron el caballo en América los ava empezaron a usarlo; a los chané, en cambio, les prohibieron hacerlo.
Los grupos ava, así como muchos grupos que habitaban lo que hoy es Argentina al momento de la invasión castellana, estaban dirigidos por líderes guerreros. No eran jefes dinásticos y no había una distinción demasiado clara entre nobles y comunes. En cambio, las sociedades ubicadas en el actual noroeste tenían estructuras más complejas, aunque los caciques no solían controlar territorios muy extensos ni poblaciones demasiado numerosas; una unidad política podía llegar a tener como máximo —y no era lo más habitual— unos 2.500 integrantes bajo el poder de un jefe. La división social en las etnias de la región se acentuó cuando el Imperio Inca las sometió en el siglo XV. Los incas consideraban que las tierras, los metales preciosos y los rebaños eran suyos tras la conquista; por ende, quienes los usufructuaban desde antes de ser vencidos ahora le debían algo a cambio al imperio. Esa contraparte era en ocasiones un tributo, pagado con frutos de la tierra o con textiles, y en otras, algún tipo de trabajo, llamado “mita”. La organización de esta prestación estaba en ciertas oportunidades en manos de funcionarios imperiales, pero otras veces eran las mismas autoridades locales las que se encargaban de ella y por eso obtenían recursos de los incas, con los cuales afianzaban su posición social y aumentaban su distancia con respecto a la gente del común.
La opresión inca permite entender bien por qué los españoles obtuvieron apoyo de grupos dominados por aquéllos para combatirlos. Al principio muchos indígenas vieron a los recién llegados como una oportunidad, tanto en la lucha contra el poderoso imperio andino como en otras disputas con sus vecinos. Algunos de esos conflictos eran antiguos mientras que otros eran también producto de la invasión incaica. Miles de mitimaes habían sido conducidos por los incas desde otras regiones dominadas por ellos. El traslado podía haberse debido a un deseo de castigar a una etnia rebelde llevándola fuera de su tierra y así debilitándola, o a que no habían logrado extraer tributos de una zona ocupada, por resistente o difícil de administrar, y para resolverlo habían recurrido a colonos más dóciles o más acostumbrados a los pagos y servicios a un Estado, o que habían negociado una alianza con los imperiales. Este último fue el caso más habitual en el actual noroeste argentino —ya consigné el caso de los tonocoté— pero también hubo grupos conducidos desde territorios serranos de los actuales Perú y Bolivia; por ejemplo, los chichas del altiplano fueron ubicados en los Valles Calchaquíes y en la Quebrada de Humahuaca. Estos grupos andinos de habla quechua —que era también la lengua de los incas— contribuyeron a difundir ese idioma en el actual territorio argentino. Otros colonos tenían una procedencia distinta: en Cuyo los incas instalaron pobladores oriundos del centro de Chile.
A los mitimaes les otorgaron tierras que fueron quitadas a otras comunidades y muchos de ellos se mantuvieron en esos lugares tras el colapso imperial. Algunos de los que habían perdido sus tierras intentaron recuperarlas y esas luchas interétnicas estaban en desarrollo cuando los españoles irrumpieron en el área; iban a participar en más de una ocasión como aliados de uno de los grupos en pugna.
Lo que la mayoría de las comunidades tardó en notar fue que la alianza con los europeos conducía al sometimiento, y a uno diferente a los conocidos. Aquellos que caían bajo el dominio de otra etnia americana o incluso bajo el poder inca compartían muchos rasgos culturales con los dominadores, lo cual les permitía interpretar sus exigencias, negociar y también resistir. Los españoles, en cambio, se comportaban de un modo desconocido, sus pautas eran otras y sus objetivos no incluían la negociación más que como un medio necesario cuando no obtenían la sumisión plena, o como una instancia previa a conseguirla.
Es indudable que en lo inmediato hubo algunos que se beneficiaron de esos planes hispanos. Fue el caso de los líderes étnicos que lograron acrecentar su poder gracias a la intervención de los europeos en sus disputas con otros grupos, o el de las mujeres que se casaron legalmente con los nuevos dominadores y se convirtieron en parte del estamento principal de la nueva sociedad, favoreciendo también a sus parientes masculinos. Pero ello iba a tener corta vida: la intención española no era ser un actor más en el escenario americano sino que fuera exclusivamente suyo. Las indígenas que llegaban a esposas legales fueron un fenómeno del primer momento de la conquista que pronto tendería a desaparecer; las alianzas interétnicas se irían transformando en dependencia de los españoles a medida que éstos afianzaban su poder; los caciques mantuvieron su preeminencia comunitaria, pero su lugar era menor en el conjunto de la nueva sociedad colonial que el anterior, y ahora eran considerados inferiores. El dominio español tuvo, en el mediano plazo, consecuencias muy duras para el conjunto de los “indios”.
La marca ibérica
Los invasores provenían de una sociedad feudal que desde el siglo XIV experimentaba una serie de grandes cambios: la servidumbre medieval estaba en un franco declive, se afianzaban los latifundios y muchas aldeas campesinas se despoblaban cuando sus habitantes partían hacia las ciudades. En Castilla se impuso la ganadería trashumante, es decir que las ovejas eran conducidas por distintos campos para alimentarse, arruinando las actividades agrícolas tradicionales; en Andalucía casi desaparecieron las pequeñas propiedades. De ambas zonas provendría buena parte de los conquistadores de América.
Lo que seguía en pie era que la mayoría de la población estaba obligada a pagar un tributo u otras cargas a los nobles, a la Iglesia o a la Corona, o a todos ellos juntos; lo mismo le pasaba a la mayoría de los que vivían en las ciudades. Todos ellos eran llamados “pecheros”. En cambio, los “hidalgos”, una vasta capa de pequeños nobles que cumplían tareas militares, estaban exentos de tributos y cargas (al igual que los grandes nobles, los miembros del clero y una categoría no nobiliaria, los “caballeros villanos”). Y, más allá de su fortuna, podían hacerse servir por otros. En total, los exentos de tributar por privilegio no eran pocos: en 1540, pleno período de la conquista, eran aproximadamente 108.000 entre los cabezas de familia del reino de Castilla, mientras que los pecheros rondaban los 897.000 (en una población total de más de cinco millones de habitantes). La lista no contemplaba a ciertos dependientes de los exentos a quienes éstos excusaban de la carga ni a la masa de los más pobres, como los jornaleros o los campesinos sin tierras, que no pagaban pechos.
Para muchos hombres del común alcanzar la condición de hidalgo era un gran anhelo. Ese ascenso era muy difícil pero no imposible mientras duró la activa vida militar contra el dominio musulmán sobre la Península, cuya última etapa fue en el siglo XV. De acuerdo a la costumbre y a lo establecido en el cuerpo de leyes de Castilla (las “Siete Partidas” del siglo XIII), la forma de llegar a la nobleza era “por linaje, o por seso, o por bondad que haya en sí”. Esto implicaba que ser noble no se podía comprar pero sí se podía obtener. La “bondad” incluía los hechos destacados realizados en la paz y, sobre todo, en la guerra; si el monarca así lo reconocía, la hidalguía era otorgada por mérito. Buscar “ganar honra” era entonces un aliciente que estaba presente en quienes decidieron probar suerte con la nueva oportunidad que se les abría más allá del Atlántico. La ambición de “valer más” se combinó con la de obtener una fortuna, algo necesario porque tener un patrimonio holgado era importante para poder disfrutar de los privilegios de la hidalguía.
Esto se combinó con el entusiasmo cristiano de una sociedad que vivió una guerra larguísima contra los “herejes” musulmanes. Como se consideraba que fuera del cristianismo no había posibilidad de salvación, era menester incorporar a los infieles a la feligresía católica, a través del bautismo. Ese ideario portaban los hispanos que arribaron al continente que iban a llamar América.
Hubo muchos hidalgos que partieron de España a la aventura, buscando mayor gloria y fortuna, algo difícil de ganar en la Península una vez concluida la lucha contra los musulmanes en 1492. Pero la mayoría de los expedicionarios tenía un origen social más modesto: eran soldados, marineros, artesanos, campesinos, trabajadores de las ciudades y los puertos, menestrales pobres (los que hacían tareas mecánicas) o personas sin oficio. En general los jefes eran aquellos que podían obtener fondos para encarar la empresa, a cambio de parte de lo que se pudiera encontrar, y que tenían capacidad de liderazgo. Financiar la expedición requería bastante dinero, pero no hacía falta una gran inversión para ser un integrante de las huestes o compañías. Muchos de los expedicionarios se endeudaban con los financistas para conseguir el equipamiento. Necesitaban fundamentalmente tener armas blancas, que no eran muy costosas. Las armas de fuego eran más caras, y algunos iban a caballo; eso sí implicaba una diferencia y de hecho los jinetes ganaban el doble de botín si el grupo lograba hacerse de uno.
Varios de los integrantes de las huestes conquistadoras alcanzaron lo que querían: dinero y prestigio, en particular en la captura de los imperios, donde saquearon grandes riquezas acumuladas. Algunos incluso obtuvieron su hidalguía por los servicios prestados al rey con la conquista, o volvieron a España con las riquezas conseguidas y gracias a eso accedieron al título en su lugar de origen. Un famoso ejemplo de ascenso fue el de Francisco Pizarro, conquistador del Perú: era hijo ilegítimo de un hidalgo, descendía por vía materna de una familia de labradores y tuvo una infancia pobre, pero tras su victoria llegó a ser marqués. Muy pocos, claro, tuvieron esa suerte. Algunos afortunados alcanzaron el título de Don, que marcaba el prestigio de un linaje pero que también podía ser otorgado por el rey premiando servicios destacados. Más numerosos fueron los que lograron llegar a hacerse servir, al convertirse en encomenderos, es decir al tener indígenas a su cargo y hacerlos tributar o trabajar para sí. Pero no todos ganaron: la época de la conquista está jalonada de luchas entre sus protagonistas por las diferencias en los repartos. Los que se aventuraron sobre lo que hoy es Argentina raramente obtuvieron lo que buscaban. No contaron, en general, con la posibilidad de enriquecerse rápidamente y volver a Europa, pero sí pudieron establecerse y dominar a las poblaciones locales. Además, los pecheros que viajaron a América dejaron de tener que tributar: sólo por el hecho de ser españoles disfrutaban de ese privilegio.
Entonces, desde el punto de vista hispano, la conquista implicó un ascenso social. Cientos de integrantes de las clases populares de la Península lograron convertirse en parte de la nueva clase dominante de los territorios de los que se apoderaron. Esto tuvo límites: aunque en las huestes el funcionamiento era bastante igualitario y los jefes tenían que hacerse obedecer en virtud no tanto de su procedencia social sino de su capacidad de conducir a sus hombres a la victoria, una vez logrado el objetivo la posición social de origen y el puesto jerárquico pesaba en los repartos de los beneficios. Pero muchos obtuvieron algo y a eso contribuía que los conquistadores eran poco numerosos.
La campaña que destruyó el Imperio Azteca se inició en Cuba con menos de 700 guerreros, mientras que la conquista del Perú la comenzaron sólo 168. La fracasada expedición que fundó Buenos Aires en 1536 fue una gran excepción porque incluía a más de 1.000 integrantes llegados directamente desde Europa. Pero generalmente la situación era otra: la primera entrada al Tucumán en 1543 la encabezó una columna de sólo 60 españoles (más numerosos “indios amigos”) y la expedición con la cual Juan de Garay fundó Santa Fe incluía a nueve españoles, 80 “mancebos de la tierra” y 75 guaraníes. Aunque las cifras de esa época son fragmentadas y requieren interpretaciones cautelosas, se ha calculado que en la ocupación del Tucumán entre un 20% y un 25% de los conquistadores era de origen mestizo. En cambio, en la de la región platense el predominio mestizo, asunceño, fue decisivo: sólo el 15% de los colonizadores eran de origen peninsular. Hacia 1570 había unos 350 españoles instalados en lo que hoy es Argentina; constituían menos del 1% de la cantidad de colonizadores establecidos en toda América. Ese número fue aumentando de a poco.
La movilidad ascendente fue un hecho en la primera y poco poblada sociedad conquistadora, aunque enseguida eso cambiaría. La ambición de todos por convertirse en señores era imposible de satisfacer: la cantidad de indígenas que podían ser repartidos entre los triunfadores era una y no permitía más que el establecimiento de un número determinado —y no demasiado amplio— de encomenderos. Por lo tanto, las siguientes oleadas de españoles encontrarían la parte del león ya en manos de quienes llegaron primero y la estructura social española en América empezaría a volverse más compleja.
La conquista no constituyó solamente una oportunidad de ascenso social, también fue una posibilidad de prosperar para aquellos que afrontaban persecuciones en la Península por cuestiones religiosas. En 1391 hubo una gran matanza en la judería de Sevilla y desde entonces creció la presión sobre los judíos, hasta llegar a su expulsión de toda España en 1492. Los que querían evitarla debían convertirse al cristianismo y es lo que muchos hicieron, transformándose en “cristianos nuevos”. Pero ya desde antes de la expulsión los conversos también enfrentaban problemas: en 1449 tuvo lugar una revuelta contra ellos en Toledo y en 1478 se instaló la Inquisición, que se encargaba de vigilar la observancia de los antiguos judíos, a los que llamaban marranos. Los conversos no podían acceder a ningún tipo de cargo municipal, militar o eclesiástico, dado que no tenían “limpieza de sangre”. La hostilidad alcanzó a los habitantes que vivían en el que fue hasta 1492 el último reino musulmán de España, Granada: fueron obligados a convertirse al cristianismo y también ellos, denominados moriscos, sufrieron vigilancia inquisitorial. Por eso, la partida hacia las Indias, América, trajo la perspectiva de conseguir una mejor vida. Varios cristianos nuevos, fundamentalmente marranos, participaron de las primeras oleadas de conquistadores y en general pudieron aprovechar el momento igualitario de las huestes, confundiéndose con el resto y “limpiando” su sangre. En las sucesivas inmigraciones hubo muchos otros de la misma condición, fenómeno que por momentos intentó ser controlado, aunque con poco éxito, por la Corona de España.
Esa España era una creación novísima, surgida del matrimonio de los reyes católicos, que habían unido a las coronas de Castilla y de Aragón. Cada una de ellas mantenía administraciones diferentes y únicamente había una institución que no tenía fronteras entre ambas: la inquisición. Sólo Castilla se ocupó de América. El reino incluía a la región homónima y a varias otras, entre las cuales Vizcaya, León, Galicia, Andalucía y Extremadura proveyeron muchos hombres para la em
