Fin de semana en el paraíso 1

Maria Ines Falconi
Maria Ines Falconi

Fragmento

Capítulo 1

La camioneta se detuvo frente a la barrera baja. El señor con uniforme que estaba en la cabina reconoció inmediatamente a sus ocupantes y, con la eficiencia y la seriedad que se esperaban de él, corrió a levantarla para dejarlos pasar. Saludó con la mano al papá de Carla, que con un movimiento de cabeza le devolvió el saludo, y después volvió a bajar la barrera con la exactitud de un robot programado para esa tarea. Ese señor nunca sonreía.

La seguridad era importante. Él era importante: abría y cerraba las barreras, decidía quién podía estar adentro y quién debía estar afuera. Era el responsable de que nada ni nadie de afuera molestara a nada ni nadie de adentro, y cuando él bajaba la barrera no sólo quedaban afuera los que no podían pasar, sino también el tránsito, el calor y el ruido, junto con la escuela, la tarea, las notas, el trabajo, el cansancio y también el aburrimiento. Entrar al country El Paraíso era como pasar del otro lado del espejo. Durante dos días, la realidad iba a desvanecerse y con ella todas las preocupaciones, todos los peligros, todos los miedos. En los verdes jardines recortados, todo estaba en su lugar, todo estaba organizado, todo estaba previsto y limpio, todo era perfecto. O al menos eso era lo que esperaban los propietarios cuando llegaban cada fin de semana.

—Llegamos —anunció Carla reacomodándose en el asiento para ver mejor por la ventanilla.

Patán movió su cola sin cola y pegó un ladridito.

—Si no me lo decías, no me daba cuenta —se burló Agustina.

Era obvio que habían llegado, pero como Agustina venía al country por primera vez, Carla se sintió en la obligación de anunciarlo. En realidad, el “llegamos” quería decir “por fin llegamos”, después de un viaje infernal, con un tránsito más infernal, al lado de su hermano más infernal todavía, que no paró de saltar sobre el asiento durante todo el trayecto ni de hacer chistes malos que a nadie le causaban la mínima gracia, y de los que él se reía a carcajadas.

Durante el viaje, Carla se había quejado un par de veces, pero sin ningún resultado. Un “Luciaaano…” estirado, lánguido y desinteresado de su mamá había sido la única respuesta que había obtenido. Como mucho, la variante “Luciaaano, no molestes…” dicha con el mismo desgano. Y por supuesto Luciano había seguido molestando.

Es que sus papás se habían pasado todo el viaje discutiendo por la compra de las cortinas nuevas que traían en el baúl prolijamente dobladas adentro de una bolsa verde, y que a su mamá le parecían imprescindibles, tanto como a su papá un gasto excesivo. Dos horas de viaje y no se habían puesto de acuerdo. A Carla no le importaba para nada que las cortinas viejas dejaran entrar demasiado el sol o que las nuevas costaran una fortuna; lo único que le importaba este fin de semana era que Agustina, su nueva amiga de las clases de teatro, disfrutara de cada uno de los minutos que iba a pasar en El Paraíso. Quería que lo viviera así, como ella se lo venía contando desde principio de año: como lo mejor del mundo, lo más divertido, lo genial, lo más. Y lo cierto es que, al menos el viaje, había estado muy lejos de ser lo más. O mejor dicho, sí, había sido lo más: lo más imbancable del mundo.

Pero a Agustina eso parecía no importarle mucho. Estaba acostumbrada a viajar en el destartalado auto de su papá, sin aire acondicionado, con la ventanilla de la izquierda que no cerraba y la puerta de la derecha que no abría, con su hermano saltándole al lado, igualito que Luciano, y con los juegos y las revistas, que siempre llevaban en la luneta cuando iban de vacaciones, cayéndosele en la cabeza cada vez que su papá frenaba. ¿Imbancable?... Para nada. Todo era nuevo para ella y lo estaba disfrutando, aunque Patán hubiera decidido viajar arriba suyo.

PENSAMIENTO DE PERRO

Estoy entumecido. Quiero que respeten mi lugar en el auto. Asiento de atrás, al medio. Viajar sobre las piernas de Agustina no está tan mal, pero no me pude rascar en todo el viaje. ¿Me pondrán alguna vez el antipulgas? Ya pasaron más de dos meses y las pulgas me están matando. Tengo una debajo de la cola que se hizo una panzada. A veces odio ser un perro educado. Me muero por pasarme la lengua por la cola, pero no me parece bien hacerlo cuando estoy sentado arriba de una señorita. ¿Faltará mucho?

Carla miró de reojo a su amiga. No, Agustina no parecía disgustada como ella. Con la boca abierta, girando la cabeza como un periscopio, miraba por todas las ventanillas al mismo tiempo. En fin, el viaje podía no haber sido muy bueno, pero El Paraíso era tal como ella se lo había contado, tal vez mejor. Después de todo, eso era lo único que importaba. Si su mamá y su papá discutían, no serían una molestia muy duradera. Carla sabía que, en cuanto se bajaran del auto, casi no iba a volver a verlos hasta el domingo a la noche. La vida en el country era muy agitada durante los fines de semana y todos tenían millones de cosas que hacer. Hasta el inútil de Luciano.

La camioneta se deslizaba suavemente por las callecitas arboladas. Una curva, otra curva, otra curva. Agustina se preguntaba cómo haría el papá de Carla para no perderse ahí adentro.

—Ésas son las canchas de tenis —señaló Carla, dispuesta a seguir haciendo de guía turística.

—Sí, Car, me di cuenta. En cuanto vi el piso naranja y a esa gente con una raqueta en la mano pegándole a una pelotita que pasa por arriba de una red, me dije: “¡Oh!... ésas deben ser las canchas de tenis”.

—Es que, como mi hermana es tonta —aprovechó Luciano—, cree que todo el mundo es tan tonto como ella.

—Vos te callás —dijo Carla, y le tiró un manotón que Luciano esquivó con un “¡ole!…”.

—Ahí está el club-house —siguió señalando.

Agustina miró. Era una casa enorme, con un jardín más enorme todavía.

—¿Ahí vive una sola familia? —preguntó girando la cabeza para seguir mirando por el vidrio de atrás.

—Bueno… las tontas son dos —canturreó Luciano.

—No, nena. El club-house no es una casa, es… es… como el centro de reunión del country, ¿entendés? Ahí te encontrás a todo el mundo y está el restaurante y la pileta común y el SUM.

—¿Como el de una escuela?

—Bueno, técnicamente sí, pero mucho más lindo. Al de las escuelas lo llaman SUM pero es cualquier cosa.

Agustina no entendió muy bien lo que Carla quería decir, pero se dio cuenta de que iba a ser mejor cerrar la boca si no quería quedar como una tonta, como decía Luciano.

La camioneta se cruzó con dos chicos en bicicleta y uno de ellos los saludó con la mano.

—Ése es Diego —dijo rápidamente Carla, mientras le apretaba la pierna a Agustina para decirle que Diego era “ese Diego”.

—El novio de mi hermana —acotó Luciano.

—¿Te querés callar, nene? Diego no es mi novio.

—¿Ah… no? ¿Y por qué tu agenda dice Diego, Diego, Diego por todos lados?

—¡Mentira!

—¡Verdad! Yo lo leí.

—¿Y quién te dio permiso para agarrar mi agenda?

—Yo no la agarré. Vos la dejaste tirada.

—¡En mi cuarto!

—No importa dónde. Estaba tirada.

—¡Ma!... ¡Miralo!

—Luciaaaano… —volvió a repetir la mamá.

Pero Luciano ya estaba cantando: “Diego es tu novio, Diego es tu novio” y nada lo podía parar, aunque Carla intentara pegarle con las dos manos, pasando por arriba de la cabeza de Agustina y de la cola de Patán.

—Dejalo, Car… Mi hermano hace lo mismo. Si no le das bolilla se aburre y se calla.

Carla no pensaba dejarlo, pero justo pasaron por delante de la casa de los Fernández Marín, y Leandro estaba saliendo con la pelota de rugby bajo el brazo.

—Ése es Leandro —anunció Carla—. Es insoportable, no me lo banco.

Leandro era insoportable pero educado, así que también saludó levantando la mano.

—Y ésa es Daniela. Es re-pesada. No te la podés sacar de encima.

Agustina miraba pasar una cara tras otra, tratando de reconocerlos. Miles de veces Carla le había hablado de los chicos del country e incluso le había mostrado fotos, pero ahora, por fin, los iba a conocer a todos personalmente.

—¡Uy! ¡Ahí viene tu amiga! —dijo Luciano, irónico.

—Ésa es Vanesa.

El nombre no necesitaba aclaración. Agustina sabía muy bien que Carla odiaba a Vanesa y que se había peleado con ella un montón de veces.

De pronto Carla se puso a gritar:

—¡Pará, pa! ¡Pará que ahí está Julieta!

—No molestes, Carla. ¡Si la vas a ver en cinco minutos!

—Dale, porfi…

—¡Mirá si voy a parar para que saludes a Julieta, Carla! ¡Por favor! No veo la hora de tirarme a la pileta.

La camioneta siguió de largo y Carla se tuvo que conformar con hacerle señas a Julieta por el vidrio de atrás hasta que dejó de verla. Después se sentó con los brazos cruzados y cara de mufa. Patán se estiró y le lengüeteó la cara.

—No te costaba nada parar un segundo —protestó Carla, tratando de sacarse de encima al perro y sus demostraciones de cariño.

—Los encuentros entre vos y Julieta nunca duran un segundo. Quiero llegar a casa —contestó el papá.

—Obvio —dijo Carla—. Siempre, lo que vos querés es lo más importante.

Agustina miró a Carla y le apretó la mano. Era una forma de decirle no te enojes, o tenés razón, o no arruines todo; ni ella lo sabía. Sólo sentía que tenía que transmitirle de alguna manera que estaba de su lado, como lo había hecho Patán. Pero Carla estaba demasiado enojada como para darse cuenta; retiró la mano y se puso a mirar por la ventanilla.

La camioneta pegó la última curva y después entró por el caminito de piedras que llevaba hasta la casa.

Los ojos de Agustina se abrieron más todavía.

—Sí, ya sé, no me digas —dijo—. Ésta es tu casa.

Pero esta vez Carla no se rió.

PENSAMIENTO DE PERRO

¡Vamos! ¡Bajen de una vez! ¿Qué esperan? Sí, está bien, me quedo quieto, me quedo quieto, pero si ustedes dejaran de discutir y abrieran las puertas, todo sería más sencillo. Si ladraran en vez de hablar, también sería más sencillo: se pelearían menos. Aunque… ¡je! A veces, como hoy, no hablan, se ladran. Y eso que hay invitados. Invitada. Agustina me cae mejor que los amigos de Luciano. Al menos no dijo nada sobre mi cola. Bueno, sobre mi no-cola. “¡¿Le cortaron la cola como a los doberman?!”, preguntan todos. No, tontos, nací así. ¿Quién querría cortarle la cola a un enano deforme como yo? Agustina ni lo mencionó. Me cae bien, aunque se le fue la mano con las caricias. A nadie puede gustarle que durante dos horas le estén pasando la mano por la cabeza. Seguro que me dejó una peladita. ¡Sólo eso me faltaba!

¡Vamos! ¡Dejen de discutir y bajen de una vez, che!

Capítulo 2

Agustina, como Patán, esperaba que al llegar a la casa las discusiones se terminaran. No era que le importara mucho cómo se llevaba Carla con su familia, pero la hacía sentirse muy incómoda estar en medio de las peleas.

Cuando en su familia pasaba algo así, su papá tenía una frase típica: “después lo arreglamos en casa”. Tema terminado hasta el momento de llegar a casa… ¡y su papá nunca se olvidaba de retomarlo! No es que ese sistema le gustara mucho más. De hecho era mucho peor, porque a solas no había nada ni nadie que alivianara el reto, pero al menos no complicaban a los extraños, a los invitados, a las visitas. Y ella era una visita, y no tenía ganas de que su amiga se peleara con su papá delante de ella todo el tiempo, y mucho menos que se enojara tanto por una tontería. Así que cuando se abrieron las puertas del auto Agustina respiró aliviada… pero se equivocó.

Carla bajó dándole un tirón a su bolso, cerró con furia y fue a pararse a la puerta de la casa, haciendo más que evidente su disgusto. Patán, viendo cerrado el paso, saltó al asiento de adelante y bajó por la puerta del acompañante para perderse en el jardín, sin hacer caso a los gritos de la mamá. A Agustina no le quedó más remedio que esperar que Luciano también bajara, y todavía no había salido de la camioneta cuando escuchó al papá:

—¡Carla, vení a ayudar con las cosas!

Pero Carla no se movió. Agustina, por las dudas, hizo gala de su mejor educación y fue hasta el baúl para ayudar con los bolsos, bolsitas y paquetes.

—Dale… no te mufes… No pasó nada tan grave… —le dijo a Carla cuando llegó a su lado.

—¡Es un tarado! —dijo Carla señalando con la cabeza a su papá—. No le costaba nada parar un segundo. Yo quería que conocieras a Julieta.

—Pero podemos ir ahora, Car… No seas tonta…

—No, porque no sé para dónde iba.

Luciano, que ya iba como por el quinto viaje cargando bolsos, empezó a quejarse.

—¡Yo ya llevé muchas cosas! Ahora que las lleve Carla —gritó con toda intención, mientras dejaba la bolsa de las cortinas, sin ningún cuidado, tirada junto a los bolsos.

—Dale, vamos —insistió Agustina.

—¡Carla! ¡Te dije que vinieras a ayudar! —volvió a gritar el papá, más enojado que antes.

—Dale… —pidió Agustina otra vez.

Y consiguió que Carla, sin dejar de demostrar su disgusto, se acercara al baúl del auto a traer lo poco que quedaba.

Cuando la mamá de Carla abrió la puerta de la casa, Agustina abrió la boca... por segunda vez. Esa casa era hermosa… ¡y con chimenea!

—¿Prenden la chimenea? —preguntó tontamente.

—No, está de adorno —contestó Luciano, que pasaba cargado de bolsas.

—Sí, en invierno —se apuró a contestar Carla, después de echarle una mirada de furia a su hermano—. Pero este lugar es para los grandes nada más; a los chicos no nos dejan usarlo. Vení que te muestro mi cuarto.

Carla, sin preocuparse por la cantidad de bultos que faltaba entrar, arrastró a Agustina de la mano por la escalera de madera que llevaba a los cuartos del primer piso.

La mamá, abajo, seguía protestando, ahora con Luciano.

—¡No dejes todo tirado! —le decía.

—Al final, yo estoy ayudando y las ligo todas. ¿Por qué no te enojás con Carla, que no bajó nada?

—Eso no tiene nada que ver. Podés tener cuidado igual.

Luciano tiró el último bolso en el medio del living, y también huyó escaleras arriba.

El papá, que entraba cargado con unas cajas de vinos, tropezó con el bolso y casi se cae con botellas y todo.

—¿Quién dejó este bolso en el medio del paso, se puede saber? —dijo furioso.

—¿Quién va a ser? Luciano —le contestó la mamá, entrando y saliendo.

—Y vos no le dijiste nada, por supuesto.

—¡Sí que le dije! —contestó la mamá de muy mal humor—. También le podrías decir vos, si tanto te preocupa.

Las voces de los papás de Carla se apagaron detrás de la puerta de la cocina.

Luciano también dio un portazo en su cuarto.

—Siempre es así cuando llegamos —dijo Carla, tratando de justificar lo que sucedía—. Pero no te preocupes, en seguida se les pasa.

Y diciendo esto, abrió la puerta.

—Éste es tu cuarto —se anticipó Agustina.

Esta vez, Carla sí se rió. Era obvio que su hermano no iba a tener un cuarto de colchas rosadas, con un póster de Leonardo DiCaprio en la pared.

Carla la arrastró adentro y cerró la puerta.

—¿Qué cama querés? —le preguntó señalando las dos camas idénticas que había contra las paredes.

—Me da lo mismo. ¿Vos dónde dormís?

—En ésta, pero si querés cambiamos.

—No, está bien. Yo duermo en la otra —dijo Agustina acostándose para probar la cama.

—Si querés, podés dormir acá… —insistió Carla.

Muchas de sus amigas del country, sobre todo Julieta, se quedaban a dormir en su casa, pero era la primera vez que sus papás habían aceptado que trajera a alguien “de afuera”. Para ella era una experiencia tan nueva como para Agustina y quería ser toda amabilidad.

—Mostrame el disfraz que trajiste —dijo Carla de repente, mientras abría el bolso para sacar el suyo.

Esa noche iba a haber una fiesta en el club-house. Micaela cumplía catorce y había decidido festejar su cumpleaños con un baile de disfraces. Agustina no había hecho más que hablar de eso toda la semana. Las fiestas en el country eran buenísimas. Siempre había una para los grandes y otra para los chicos, en diferentes salones, cada una con su disc-jockey que pasaba la música adecuada para cada edad, luces, carnaval carioca, disfraces o lo que se le ocurriera al que la organizaba. Micaela se había decidido por el baile de disfraces porque no quería quemar nada de lo que tenía pensado para sus quince. Una simple fiesta, había dicho. Sólo estaban invitados los chicos y chicas del country que tenían de doce para arriba. Los más chicos, como Luciano, se iban a tener que conformar con estar en un salón aparte con un animador que les iba a organizar juegos; y los grandes, por supuesto, tendrían como siempre su propia fiesta.

Carla había estado pensando en su disfraz (y hablando de su disfraz) durante los últimos quince días. Era genial que Agustina hubiera podido venir justo este fin de semana y participar del baile.

—¿De qué es? —preguntó Carla, impaciente por ver el disfraz de su amiga.

—Pocahontas —dijo Agustina sacándolo de la bolsa.

Agustina sostuvo sobre su cuerpo un vestido de india hecho de arpillera, con unos dibujos incaicos pintados en el ruedo, que terminaba con flecos desparejos y que, según parecía, le quedaba bastante corto.

—Está bueno… —dijo Carla tratando de disimular su desilusión.

—Me quedó de un acto que hicimos en la escuela. Me lo hizo mi abuela. Me queda un poco corto, pero por suerte me entra. Va con la vincha, los collares y estas ojotas —Agustina iba sacando los accesorios a medida que los nombraba.

—Sí, está bueno… —repitió Carla.

Y era cierto. El disfraz estaba bueno y Agustina, con su largo pelo negro trenzado y la vincha, iba a estar re-linda; pero Carla se preocupó. Ella sabía muy bien cómo eran las fiestas de disfraces en el country: todos se esforzaban porque su traje fuera el más original y el más llamativo, y por supuesto, como no había tiempo para inventarlo, ni buscarlo y mucho menos para coserlo, los trajes se alquilaban, y eran realmente fantásticos. El problema se reducía entonces a saber de qué se iban a disfrazar, para sumarle a la perfección del traje, la originalidad de la elección, y en el caso de las chicas, que les quedara bien o, más que bien, perfecto. Frente a esa perspectiva, frente a ese despliegue de brillo y originalidad, lentejuelas, plumas, tules, rasos, aros, capas y antifaces, el disfraz de su amiga sin duda iba a desentonar. ¡Qué tonta! ¿Por qué no le había avisado? ¡Si hasta podrían haber ido juntas a alquilarlo!

—¿Y el tuyo?... ¿Quedó bueno? —le preguntó Agustina doblando nuevamente su vestido.

—Espectacular. Esperá que te lo muestro.

Carla se sintió incómoda. Su mamá le había alquilado un disfraz de odalisca, con babuchas de gasa, top con lentejuelas, collares, zapatitos especiales, velo y todos los accesorios que se puedan imaginar. Le daba un poco de vergüenza mostrarlo frente al sencillo traje de Agustina, pero ¿qué podía hacer?...

Sacó del fondo de su bolso una bolsita que sólo tenía las

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos