Deseos reprimidos

Marcela Villavella
Marcela Villavella

Fragmento

PRÓLOGO

por Eduardo Müller

Hay una frase hecha, un lugar común que dice que toda interpretación fuera de contexto es una agresión. Se trata de un dicho equivocado. En realidad toda interpretación fuera de contexto es… una pavada. A los analistas les sucede todo el tiempo. Quieren contar a algún colega o amigo alguna intervención de las que se enorgullecen y cuando la cuentan algo falla, al interlocutor le resulta una pavada. No por la interpretación en sí misma. Lo que falló fue el relato. Un buen relato clínico es aquel en que una interpretación no resulta una pavada (aunque la haya sido). Esa es la motivación oculta de muchos relatos: que las intervenciones del analista no resulten al lector una pavada.

Marcela Villavella, en cambio, es llevada por otra motivación: la de escribir. Quiere escribir lo que quiere contar. Y la clínica psicoanalítica le resulta una cantera inagotable para inventar rigurosamente lo que sucede en un análisis. Cada sesión parece un cuento por el modo en que la cuenta. Por el modo en que da cuenta de cómo se cuenta un análisis.

Ana, la analista del libro, es como ese personaje de la película de Jean-Jacques Annaud La guerra del fuego, que cuidaba el fuego en una jaulita para que no se apague. Se trataba de una tribu que todavía no sabía cómo encenderlo y cuando la naturaleza les regalaba algún fueguito llamaban al guardián para vigilarlo y no dejar que se extinga. Ana parece la guardiana de las palabras. Quiere evitar que la sesión se apague y como soplando la jaulita les dice a sus pacientes: hable, hable…

Se trata de una misteriosa fe que los analistas tienen en la palabra. En la palabra hablada. Como algunos escritores que se ponen a escribir sobre un tema para enterarse de qué piensan, los analistas esperan que el hablar del paciente los conduzca a ambos por caminos nuevos. Habla, habla que algo saldrá…

Un famoso y provocador crítico literario norteamericano, Harold Bloom, especialista en Shakespeare, decía que Freud había tomado todo de don William. En efecto, en las obras de Shakespeare, dice Bloom, sucede algo que nunca antes había sucedido en la literatura: que un sujeto hable, que se escuche hablar y que como consecuencia de ese escucharse hablar cambie. La asociación libre es algo que Freud leyó en Shakespeare. Lo que le agregó se llama psicoanálisis.

Lo que podemos llamar la “conversación analítica” es algo absolutamente diferente de una conversación común. Se trata de dos personas que se juntan a hablar sólo de una de ellas: la que paga. La persona que habla lo hace de un modo ridículo (todo lo que le pase por la cabeza sin importar el orden o la lógica) y la persona que escucha (y cobra) ejercita un escuchar insensato (dejando de lado el sentido común y deteniéndose en detalles in-significantes).

Para decirlo de un modo más estricto el diálogo analítico es un monólogo autobiográfico y desordenado llamado “asociación libre” interrumpido cada tanto por ocurrencias que surgen de un estado particular del analista llamado “atención flotante”. Esas ocurrencias no son las que se le ocurren al analista sino las que ocurren en él. Y tienden a sorprender a ambos. Se las puede llamar interpretación.

Que el que pague sea el que más trabaja subvierte, claro, la lógica capitalista.

Uno de los méritos del libro es el evitarle al lector la incomodidad de estar espiando una intimidad ajena. Al contrario, lo invita a entrar en el consultorio, ponerse cómodo y presenciar (en silencio, como si leyera) lo que se desplegará ante él.

Se trata de una invitación a presenciar escenas de psicoanálisis explícito, aunque de modo erótico y no pornográfico. Nada se desnuda del todo. Cada verdad viene con su velo. El diván está a media luz.

Pero la estructura del relato hace que ni los protagonistas de la sesión sean exhibicionistas, ni el lector se sienta un voyeur. Eso sí: el lector descubre al final que estuvo presente desde el principio.

El libro genera una fructífera y literaria contradicción: si bien se trata de ficción, también se trata de psicoanálisis. Las sesiones tienen el mismo rigor conceptual y narrativo que tendría con sujetos reales. Que los pacientes no existan en (lo que sea que es) la vida real es apenas un detalle sin importancia. El rigor psicoanalítico y narrativo con que son construidos le da tanta “realidad” como la del “hombre de las ratas” freudiano. Quiero decir que este libro se puede leer como ficción pero también como casuística psicoanalítica. O ambas cosas juntas.

No toda historia es historial, no todo historial es una historia. Acá se trata de un ramillete de historias que cuentan psicoanálisis, la narradora cuenta lo que escucha, lo que dice, lo que calla y lo que piensa. Esa suma “da” analista. Analista como resultado de operaciones que dan cuenta de cómo se hace la cuenta.

Pero no sólo es un libro de psicoanálisis, sino más bien de cómo se habla en un análisis. Villavella, además de buena escucha, muestra sobre todo un gran oído. Oído para captar el modo en que se habla en un análisis. Oído para registrar el modo en que se calla, se interrumpe, se titubea. Este libro tiene muy buen oído para registrar ese modo de conversación. Eso que a su manera tan bien hacía Roberto “el negro” Fontanarrosa contando conversaciones de gauchos, de amigos en un bar, de perros y cotorras con personas, etc. O el oído de Bioy Casares que escribía en “argentino”. En todas sus novelas y cuentos se conversaba como se conversa en la calle (su monumental y póstumo Borges no es más que una larga conversación entre ellos contada como los dioses).

Hay algo de lo musical (Freud era un negado para la música) que la autora despliega en su relato. Le agrega música a la letra. Más allá de la aparente simpleza con que el lector sigue esas conversaciones, es necesario que se advierta que es muy difícil reproducir lo verosímil de un diálogo analítico. Muchos de los relatos clínicos publicados fallan justo en ese punto. Mucha letra sin música, o con música desafinada que impide al lector presenciar esa conversación.

Otra de las virtudes de este libro es la valentía con que se muestran algunas de las inevitables transgresiones que un analista comete en su práctica, y que en general se ocultan o callan. Ana la analista a veces se enoja, a veces un paciente le hace perder la paciencia, a veces “baja línea”, a veces aconseja. Son como pequeñas actuaciones que surgen y rápidamente se van. Revelan, aunque suene cursi, lo más humano de un analista: cuando tambalea su lugar y lucha por recuperarlo. Es que no se es analista, se está analista. Los buenos analistas no son los que más están sino los que saben qué hacer cuando dejan de estarlo. Muchos no volvieron. Muchos aferrados religiosamente al dogma jamás dejaron de parecer que son todo el tiempo analistas. Son los que aportaron gestos y estereotipos que alimentaron merecidas caricaturas con las infaltables pipas y barbas.

Ana, sin pipa y sin barba, se ríe, se entristece, se asombra, se divierte, se angustia, se distrae. A Ana, como a Marcela Villavella, le encanta su oficio de analista. Y deben tener un modo similar de ejercerlo. Pero hay algo esencial que las diferencia. La autora es además escritora. Ana es analista gracias a Marcela. Marcela es escritora gracias a Ana.

Gracias a las dos.

Cerviño 1809.

La alfombrita de la entrada, gris.

Hall espejado, mármol en el piso.

Edificio de los años setenta.

Ascensor. Chirrido metálico de la puerta.

Departamento B.

ANA VEGA, PSICOANALISTA

ABRIL

Lunes

Martes

Miércoles

Jueves

Viernes

10

Dolores

Silvina

Edith

Dolores

(análisis)

10.45

Eduardo

Gutiérrez

Elenita

11.30

Magdalena

Lis

Magdalena

12.15

Alberto

Alberto

13.45

Lis

Supervisión

Lis

15.15

Supervisión

(análisis)

Edith

16.45

Bernardo

Lacan

Bernardo

17.30

Edith

Gutiérrez

Elenita

19

Claudio y Martina

Seminario de Clínica

Eduardo

Claudio y Martina

PRIMER MENSAJE NUEVO

Buenos días, mi nombre es Edith, con “th” al final. Me dijeron que usted atiende a personas como yo, que se lavan las manos hasta lastimarse, que caminan por la casa para gastar energía o para bajar la tensión sexual. Yo sufro de tensión sexual. ¿Se dedica a eso? Soy soltera. Vivo con mi madre y mi hermano mayor. Soy dependiente de ella. ¿Eso también se cura? Me olvidaba de decirle, también tengo un hermano menor, que es cura. Soy modista, mi mamá quiere que diga que soy diseñadora. No quiero que se corte la comunicación. Mi número es 157 723 8933. Me llamo Edith, con “th” al final. Espero su llamado. ¡Si es hoy mejor!

LUNES, 10
DOLORES

—¿Dolores? Mucho gusto, soy Ana.

—Gracias por recibirme, pero se me hizo tarde. Perdón. ¡Qué vergüenza llegar tarde a la primera entrevista! No sé qué me pasó. Salí temprano. No supe calcular bien el tiempo.

—Ya ha llegado. Adelante, ¿qué la trae por aquí?

—Albina, mi prima que fue paciente suya hace muchos años, me dio su teléfono. ¿La recuerda? Ella siempre la recomienda. Le fue muy bien en su análisis. Acaba de tener un bebé. Le puso Ana, por usted. ¿Sabía?

—Sí.

—¡Pensé que le daba una sorpresa! Ella tuvo un parto muy bueno. La bebita muy sana. Todo bien. Está contenta, casi no engordó. No la deja dormir bien a la noche, pobre. Albina está muy ojerosa. No todas son rosas al tener un hijo. Una hija. Igual está contenta.

—…

—No sé si es importante lo que digo. Estoy un poco nerviosa por ser la primera vez. Albina la recomendó mucho. Sé que en todas las familias hay conflictos. Nadie sabe quién es el padre de Anita. No le conocemos novio. Cuando usted la atendía, ella tenía un novio, pero después se peleó o ella lo dejó. Me parece que lo dejó. Quizás cuando se embarazó se lo sacó de encima. Creen que pueden solas. Eso es lo que hacen muchas mujeres al hacerse madres. Yo la quiero mucho, es mi prima querida, pero la critican por sus actitudes muy independientes. Bueno, usted la debe de conocer mejor que yo. Se acordará de sus determinaciones con la vida. Mi papá le dice: caprichosa.

—…

—Llegué tarde y encima estoy hablando de mi prima. Muchas veces me voy por las ramas. Ese es un problema que tengo. Albina es una mujer inteligente, valiente. Yo no. Confío en ella. Es mi prima mayor.

—…

—Por eso vine a verla.

—Cuénteme mejor “eso” que la hizo venir.

—Últimamente la vida se me complicó demasiado. No sé ni por dónde empezar. Me enamoré de un hombre que no me quiere. Y no hay caso: no me quiere. Hice de todo para ser querida. Me porté bien, lo cuidé. Eso me tiene muy mal: hace más de un mes lloro sin parar. Ya se me están cayendo las lágrimas, ahora mismo. Pero en realidad tengo ganas de llorar a gritos todo el tiempo. No estoy bien, vine para dejar de llorar. Para hablar.

—Se enamoró de un hombre que no la quiere, hizo “de todo” para ser querida. Está llorando desde hace un mes. ¿Qué pasó hace un mes?

—La típica: me dejó. Se fue del departamento donde vivíamos juntos desde diciembre. Era la primera vez que me decidía a vivir con alguien. No le dimos tiempo a nada. Era un momento donde había que adaptarse, dar valor a una relación. Cuatro meses es muy poco para evaluar algo, para saber cómo nos iba a ir juntos, cómo nos llevaríamos en la convivencia. No entiendo qué sucedió. Siento que la situación me pasó por encima. Yo estaba en Babia. No sé qué hay que hacer para retener a un novio.

—¿Quiere “retener” a una persona?

—Ay. Eso es otro tema. No es para hoy. Hoy lo único que me queda claro es que él no me quiere dar otra oportunidad.

—A veces no hay más oportunidades.

—Pero renunció demasiado pronto. Él tendría que recapacitar y dar una posibilidad más a la relación. Creo que es necesario que lo haga.

—¿Necesario para quién?

—No sé. Para mí, yo necesito que recapacite, que vuelva.

—Parece que habla de otra persona.

—Hablo de Damián. Así se llama.

—Pero usted dice que le tiene que dar algo, que es necesario que le dé algo.

—Por lo menos tenía que cumplir con su palabra. Si me quería, no puede a los pocos meses no quererme más. Yo hice mucho por él. Esto no me lo esperaba, Ana. A mí se me rompe todo. Todo lo que pensé y esperé. Todo lo que por primera vez pude ilusionar se cae. No es justo…

—La vida no es justa, es vida…

—No es justa conmigo. Con Albina fue justa. Ella quería tener un hijo y lo tuvo. Conmigo no. No quería hablar de esto hoy.

—Todavía tiene tiempo. Parece que la está rondando algo. La escucho.

—Antes dijo que yo quería retener a una persona. Antes de Damián, sufrí un abandono peor. Moralmente peor. Hace ocho años mi mamá se fue a Río Negro a cuidar a mi abuela. A los dos meses mi abuela se murió. Mi mamá se quedó allá a vivir. No quiso volver. Dijo que allá era su provincia. Dijo que mi papá la sometía mucho. Dijo que había cosas que nunca más iba a soportar. Ahora no le puedo contar también esto, pero me acuerdo todos los días de ella. Yo sólo tenía veintiún años, entendía poco de la vida. Ahora tengo veintinueve. Tampoco puedo entender mucho. Durante estos ocho años viví con mi papá y mi hermano menor. Mucho tiempo rumiando y sufriendo por el abandono de mi mamá.

—…

—Hace cinco meses me fui a vivir con Damián. Nos conocimos hace dos años. Estoy aturdida, me duele la cabeza. Tengo una presión en la frente, como si tuviese que darme cuenta de algo y no lo logro. Y no lo logro. Ahora que Damián se fue, ¿yo qué hago? ¿Qué tengo que hacer?

—¿Qué querría hacer y con qué?

—No sé. No sé. Es todo demasiado difícil. No sé si puedo seguir manteniendo el departamento sola o si tengo que volver a vivir con mi viejo. No querría eso. No sé, no querría eso. No es por un problema de dinero. O sí. No lo tengo tan claro. Ya me fui de la casa, eso lo tengo que pensar bien.

—A lo mejor no es algo que tiene que pensar bien o mucho. Estuvieron pasándole cosas que todavía son impensables. Volver a la casa familiar, incluso, debe de generarle otros cuestionamientos. Usted misma dice que no es un problema de dinero. Quizás le resulte muy difícil aceptar lo que pasó. Su mamá no regresó, usted salió de la casa y no sabe si es posible regresar. No se puede volver atrás en el tiempo…

—Ese es un grave problema. Soy muy impulsiva. Y muchas veces me equivoco. Soy celosa también. Me entristezco fácil. A veces de pequeños detalles se me pega una gran tristeza. A lo mejor Damián me dejó de querer por mis ataques de celos. O por vivir con miedo a ser abandonada. Lo cuidé mucho, por eso también me puse muy celosa. Sé que soy insoportable con los celos, pero él no me quiso dar una nueva oportunidad. Lo cerqué demasiado, eso no estuvo bien. Querría cambiar, pero ya se fue del departamento.

—¿En qué se detuvo?

—En el día antes de que Damián me dejara…

—Qué pasó en la víspera.

—A usted le va a parecer una tontería lo que le cuento, pero para mí fue terrible. Después fue más terrible todavía: le leí un email de una compañera de trabajo. No decía nada malo, pero, en realidad, todo me ponía mal en esos días. Sé que yo venía buscando algo. Algo me daba miedo. Miedo a perderlo. Todo me daba celos, miedo. En los últimos días que estuvimos juntos, le hice una escenita terrible porque fue a comer con su mamá. Me dijo que prefería ir solo para hablar con su madre.

—¿Le dio celos que pudiese ir a conversar con su mamá?

—Yo me equivoqué mucho, ni sé bien cómo explicarle. No me malinterprete. Yo quería que viviéramos juntos porque desconfiaba mucho. Cuando salíamos, él me dejaba en casa y yo me empezaba a dar máquina: ¿y ahora adónde se irá? Ahora que lo digo me parece horrible lo que hice. Pero ya lo hice. Ya me di cuenta, no lo voy a volver a hacer. Pero él no me cree más. Eso que usted dijo, no hay vuelta atrás.

—…

—Entiendo que llegué lejos. Llamé a su compañera de oficina por teléfono. Le dejé mensajes feos. Le dije que toda la oficina sabía que ella era una puta, una calientabragueta. Nunca digo esas cosas, pero me hice pasar por otra persona y decía cosas que yo nunca diría. Lo peor es que Damián se enteró, y lo asoció enseguida con mis celos: “Esto fue lo último, no sé quién sos”. Estaba muerta de celos, por eso lo hice.

—Sin embargo parece lo contrario: quería matar por los celos.

—En mi familia no vivíamos muy bien: mis viejos eran muy celosos entre ellos. Se llevaban pésimo. Mi papá no la dejaba en paz. Le hacía escenitas con cualquiera que entrara en la casa. O por cómo ella se vestía. O si salía y a qué hora llegaba. En cambio, mi mamá era celosa, no tanto de mi papá porque no lo consideraba mucho, pero con mi hermano y conmigo era terrible. No nos dejaba ir a dormir a la casa de nadie. Cuando éramos chicos se peleó con mi abuela paterna, porque ella nos mimaba mucho. Mi mamá se ponía loca, se peleaba con mi viejo, porque le decía: “Tu madre me quiere robar a mis hijos”…

—En los celos siempre está la fantasía del robo…

—Y sí… yo también creo que me van a robar a mi novio. Cuando estuve con Cristian me pasó lo mismo. Y lo dejé por la inseguridad que me daba. Era modelo publicitario. Habíamos sido compañeros del colegio. Empezamos a salir cuando yo estaba ya en la facultad. Me lleno de rabia con esas cosas. Salí con él hasta después que mi mamá se fue a Río Negro. Después de eso todo se hizo peor. Será eso lo que me pone tan mal. ¿Qué es lo que me hace llorar tanto?

—En una pérdida se reavivan otras pérdidas. En un dolor duelen otros dolores.

—Damián primero me trataba muy bien, me protegía mucho. Cuando empecé a ponerme celosa de sus amigos, de sus padres, él se reía. No le daba importancia, pero cuando ya me lo tomé como una ley entre nosotros el “hacerle escenas”, se pudrió todo. Me fue quitando todos los derechos.

—Quizás no tenía los derechos que usted creía. Así como su mamá no tenía el derecho de privarle la relación con su abuela, con sus amigas…

—Pero no quiero parecerme a mi mamá en eso. Preferiría ser más generosa, pero no lo soy. ¿Separarme de ella no sirvió para ser distinta?

—Separarse de esa mamá, no sabemos bien qué quiere decir en este momento de su vida. Tendríamos que considerarlo como una tarea que puede comenzar ahora.

—…

—¿Quiere volver el jueves?

—¿Puedo venir mañana? Estoy cansada de llorar.

—Mañana no es posible. La espero el jueves. Mañana es martes, sólo son dos días. Quizás va a llorar algunos días más, pero su horario la espera.

NOTAS

Llora. O grita en silencio al llorar. Hace diez días Albina me llamó por teléfono para decirme si podía darle a su prima Dolores mi teléfono. Recuerdo algo que comentó: “Dolores está siempre al borde de un abismo… desde que se fue mi tía, ella vive buscando madres. Yo tengo mi hijita y a mi prima no la aguanto más, ojalá pueda ayudarla…”. ¿Se dejará ayudar?... Le di un horario para el jueves, quizás la tendría que haber citado antes, estaba un poco angustiada, quizás yo misma no quería verla antes…

LUNES, 10.45
EDUARDO

—Anaaaa… ¡Buen día!

—Qué contento que llegó.

—Hoy estoy fenómeno. ¡Pero ayer tuve un día! Me hago mucha mala sangre por las cosas. Soy quejoso, ya sabe. Mejor me pongo a hablar, y me dejo de dar vueltas como hago siempre. Descubrí una novedad: ¿se acuerda de que antes no le quería contar algunas cosas, porque pensaba que si hablaba de eso me volvería a sentir mal con los recuerdos?

—Sí.

—Bueno, descubrí que ahora me pasa al revés. Me pasa exactamente lo contrario: si no le cuento me parece que se pueden repetir las cosas. ¿Será que estoy más valiente o que son los mismos rituales con otra cara?

—¿Qué son esos rituales con doble cara?

—Rituales es una palabrita bien complicada para mí. Sé que los obsesivos hacen rituales. ¿Quién no lo sabe? Pero en las religiones hay muchos rituales muy valiosos. A ver si soy capaz de explicarme bien. Cuando lo vi en la película de Jack Nicholson, Mejor imposible, no podía parar de reírme. Claro, después me di cuenta de que a mí me pasan casi las mismas cosas. Pero disminuido. Soy hipocondríaco, ya sabemos.

—¿Sabemos?

—Sí, soy carne de diván o un personaje de libro. Ahora también me siento obsesivo…

—Lo calma más ser obsesivo que ser hipocondríaco. Mire qué opciones que se da para “ser alguien”…

—Mejor le cuento: la vi a Mónica. ¡Chan! ¿Se acuerda de que me peleé con ella por no haber comprado vino para la cena? ¿Cómo puede ser que nos hubiésemos separado por eso?

—Es un motivo dudoso para una separación. Pero sigue pensando que fue por un “vino”… ¿o por una falta?

—Entendí que era por otra cosa, pero aclaremos que ella tampoco estuvo bien. Tuvo un impulso. Un arranque. No lo pensó. Pero ese no es el tema que quiero hablar ahora: quiero contarle cómo la encontré a Mónica “otra vez”. Yo estaba en el supermercado, en la góndola de los lácteos. Siempre miro el vencimiento de las cosas. Y ella estaba agarrando un yogurt de frutillas (las minas siempre comen yogurt de frutillas, es una fija). Y miré la cara de quien tenía el potecito: ¡era Mónica! Se tiñó el pelo: de rubia. Me costó unir su cara, la cara de antes, con el pelo rubio. Pero ella me sonrió. Me dijo: “¿Viniste a comprar vino?”.

—Lo desafió…

—Se puso irónica, no me gustó. Pero sí, un poco me desafió. Eso me gustó. Ahora estoy un poco menos neurótico. Le dije: “Te invito a cenar a casa para remediar aquella torpeza mía. Hay vino”. Me sentí elegante. Seductor.

—…

—Sentí que podía seducirla. Antes la trataba de forma distante. Me importaba más la limpieza de las sábanas que acostarme con ella. No le aseguro que eso esté solucionado, pero me pasó algo bueno y algo malo. Qué quiere que le cuente primero…

—Eduardo. Son sus cosas, puede elegir el orden de su cuento.

—No se engancha en ninguna usted.

—…

—Sigo contando. Llegó a mi casa a la noche. Todo correcto. Yo estaba contento de que ella estuviera ahí. Conmigo. Después de aquella desaparición horrible. Después de haberme rechazado en plena calle. Ahora me acuerdo de que tuve una bronquitis fea después de cortar con ella. Tomé dos cajas de antibióticos de los más fuertes y no se me iba. Sigo con lo que estaba contando. Ella me rechazó y ahora vino contenta a mi casa. Trajo una botella de vino. Yo también había comprado. Tomamos las dos botellas hasta las tres de la mañana. Pero me empecé a sentir mal, tenía ganas de vomitar. Había tomado mucho. Ella era una lechuga. Me empezó a molestar la diferencia de estado, pero no le dije nada. Después me dijo que quería estar conmigo en la cama, como antes. Yo le sonreía pero no le decía nada. Quería que se fuera a su casa, sentía que me iba a desmayar…

—¿Todo eso porque ella le dijo que sí?

—No creo. Pero no sé. No le dije que se fuera. La abracé y fuimos al dormitorio así. Cuando nos acostamos, me dijo que había pensado mucho en mí, que hubiera querido llamarme, pero se arrepentía siempre que agarraba el teléfono. Me expresó que le costaba la relación conmigo, porque soy muy rígido. Me dolió, pero es verdad que me comporté siempre rígido con ella. Igualmente le gustaría volver a intentar, con la condición de que solucionara eso de mi rigidez…

—¿Ella le pidió que se ocupe de su rigidez y usted pidió algo?

—Yo me olvidé de mi malestar con el vino. Ella me besaba y me tocaba. Yo estaba tan caliente que le decía a todo que sí. La acariciaba y la besaba. Me da vergüenza contarle esto a usted.

—…

—Estaba fantástico, la desnudaba despacito, pero todo el tiempo con una frase que no me soltaba: ¿rígido en qué? Cuando ella estaba más entregada a mis caricias, más pensaba en la cantidad de veces que ya me habían tildado de rígido. Creí que lo mejor era que habláramos de eso, pero ella insistía en que no era momento. Yo le decía que sí, que precisaba saber en qué me veía rígido. Ella no me respondía. La verdad, yo no soporto que no me respondan, queda un agujero en la conversación que me llena de ansiedad. Le dije: “Este es el momento indicado para aclarar todo”.

—Las conversaciones se van dando. Hay impasses, silencios, esperas, desvíos. Usted quiere que todo quede cerradito en cuanto ve un punto saltado. Sólo le interesa su calma.

—Puede ser, pero fue un momento demasiado complicado para mí, es como si hubiese vuelto todo al punto de la rabia del día del vino. Me puse tan obsesivo insistiendo en que me dijera en qué yo le parecía rígido. Ella que no, y yo que la seguí. Ella que lo dejara para otro momento. Y yo que era necesario aclarar todo para empezar de nuevo. Ella que no, y yo que sí. Hasta que perdí la erección y ella la sonrisa…

—En lugar de dar por postergada la conversación, por perder un poquitito su necesidad de ser completado, termina perdiendo algo más valioso: la sonrisa de ella...

—¿Y mi erección no cuenta?

—Su erección podría haber sido, para usted, la versión positiva de “su rigidez”…

—…

—…

—Me mató.


¿Sin cuenta? Crea uno aquí
Añadido a tu lista de deseos