
Nunca olvidaré el primer día de quinto curso.
¡¿Cómo era posible que la vuelta al cole escondiese tantas sorpresas, tantas aventuras y tantos peligros?! Siempre me acordaré de ese día, no porque justo cumpliese diez años, ni por la alegría de volver a ver a mis amigos, ni siquiera por batir un nuevo récord en lo que a castigos se refiere. Ese día me castigaron, exactamente, a los dos minutos y cuarenta y seis segundos de que empezara la primera clase, y no fue por mi culpa, o mejor dicho, casi no tuve nada que ver, pero eso ya os lo contaré un poco más tarde. Lo alucinante fue lo que nos pasó ese día a toda la pandilla. ¡Fue increíble, insuperable, para mear y no echar gota! ¿Queréis acompañarme, queréis flipar?
Antes de empezar a contaros mis aventuras, me presentaré: soy conocido en todo el mundo. Soy famoso, muy famoso, mucho más de lo que me merezco, y con esto no pretendo parecer un creído o un chulo. Podríamos decir que soy una celebrity, pero esta palabra da repelús. Pensad que mi popularidad no se debe a nada bueno, todo lo contrario: la gente me conoce por mis trastadas, mis salidas de tono, mis gamberradas, mis respuestas indebidas y mi mal comportamiento. Muy a mi pesar, mi conducta ha traspasado fronteras, y en todo el planeta se cuentan historias de un niño que a veces no se porta como debería; vamos, que todos sabéis que me porto mal, bastante mal. Algunas anécdotas parecen verdad, otras son mentira y tengo la sensación de que muchas acabarán sucediendo en un futuro no muy lejano. Sí, yo soy Jaimito, el de los chistes.
Jaimito, Jaimito a secas, aunque en algunos lugares tienen la mala costumbre de cambiarme el nombre. Ni Pepito, ni Albertito, ni Juanito, ni ningún mote raro. Dejaos de chorradas, tan solo Jaimito. Mis padres podrían haberme puesto un nombre más moderno, más glamuroso, ¡más molón!, pero no lo hicieron y en el fondo este me gusta. ¡Qué le voy a hacer, es mi nombre y solo tengo uno!
Hay gente que dice de mí que solo soy un niño muy travieso y mal hablado, y otros cuentan que me han visto en mil lugares distintos haciendo verdaderas barbaridades. Todos se equivocan. He llegado a oír, por increíble que parezca, que he estado en las situaciones más disparatadas: por ejemplo, en el ejército contestando tonterías al general más malcarado y poniendo mi pellejo en peligro (¡ni que estuviera loco!), o trabajando en una oficina, insultando al jefe sin que me despidiera (¡insultar no me gusta!). Incluso me han situado como presidente del Gobierno arruinando a todo un país (menuda chorrada, si eso lo hacen todos). Siempre están que si Jaimito eso, que si Jaimito lo otro, que si he hecho o dejado de hacer, que si he dicho no sé qué. No os lo creáis, yo os contaré la verdad.
Soy un chico normal, un poco bajito para mi edad, pero nada del otro mundo; eso sí, con el pelo rebelde, casi imposible de peinar, y que cada dos por tres empuja a mi madre a pasarme la mano llena de babas por encima de la cabeza para intentar peinármelo. ¿Por qué quieren peinarnos con saliva las madres? ¿Acaso ellas se peinan así? Aunque quiera mucho a mi madre, su saliva me da mucho asco. ¡Mamá, guárdate las babas en la boca! Lo más destacable en mí son los grandes ojos verdes, son enormes, pero es algo muy característico en mi familia. He oído que son sinónimo de inteligencia, aunque también hay quien dice que reflejan maldad, que hay algo de diabólico en ellos. Yo creo que solo son ojos, pero de color verde. Digan lo que digan de mí, no me considero un mal chico, acepto que soy un poco travieso, pero creo que como la mayoría de los niños.
Aunque si digo que soy un chaval normal, algunos se preguntarán: «¿Y no tiene nada maravilloso ese famoso Jaimito del que tanto se habla? ¿Qué le hace diferente?». Yo tampoco lo sé, la verdad. Si fuera por mí, apostaría a que se trata de un detalle tan poco importante como mi famosa incapacidad para mentir. Nunca, nunca, nunca, bajo ningún concepto, dejo de decir la verdad. El problema es que mi verdad a veces no coincide con la verdad de los demás, especialmente la de los profesores. Es algo superior a mí: he intentado engañar, falsear, embaucar, soltar bolas, trolas y patrañas, pero no lo consigo. Una extraña fuerza interior me lo impide. Por eso todo lo que os contaré en estas páginas será verdad; eso sí, mi verdad. La verdad de Jaimito.
Antes de empezar, os presentaré a mi peculiar familia, perdón, quería decir a mi increíble familia. Vale, he dicho que no mentiría, así que os hablaré de los chalados con los que vivo. Lo mejor será que mi padre sea el primero: ¡él sí que es un hombre extraordinario, un tipo especial! Todos los padres son un poco raros, pero tengo la impresión de que el mío se lleva la palma. Papá tiene detalles muy graciosos (que es la manera suave de decir que está un poco loco), como los juegos de palabras absurdos. Le encanta decir tonterías que solo él entiende. El otro día me comentó, muy serio:
—¿Tú sabes por qué se acabó el Imperio romano?
—Ni idea, no se me da muy bien la historia —le contesté sin saber de qué hablaba.
—Pues porque se quedaron sin CENTURIONES... y se les cayeron los PANTALIONES.
Me fascina lo chorra que puede llegar a ser papá, ¡me parto con él! Siempre tiene alguna broma con la que hacerte sonreír, y esto compensa su gran defecto: es un vago. Sus amigos le llaman Musgo, porque siempre que puede se queda tumbado a la sombra sin hacer nada. Dicen que se mueve menos que un avión de mármol o que un gato de escayola. Es como un muñeco de trapo en una cama de velcro. En resumen, es más holgazán que un oso perezoso, que se mueve a una velocidad de dos kilómetros por hora. No es un vago cualquiera, es el hombre más gandul del mundo. Me apuesto lo que queráis a que no conocéis a nadie con tanta capacidad para estar sin hacer nada de nada durante tanto tiempo seguido. Yo no lo he visto trabajar nunca, y eso que ya tengo diez años. Se comenta en el pueblo que un día encontró trabajo, pero, después de pensárselo un rato, decidió devolverlo. ¡Qué grande es! Eso sí, compensa su holgazanería con un corazón enorme, gigante. Su bondad es proporcional a su pereza. Soy su hijo y sé que su actitud resulta un poco impresentable, es un caradura y un vividor; pero os prometo que es un gran tipo, muy divertido, simpático y, lo mejor de todo, adora a sus hijos, nos quiere con locura.
En el lado opuesto tenemos a mamá, que es todo lo contrario de papá. A veces creo que le debe de sorber a él toda la energía para quedársela ella y aprovecharla. Él, que no se mueve aunque se hunda la casa, y ella, que no para nunca quieta. No descansa ni un segundo. Se mueve más que un manco remando, más que un garbanzo en la boca de un viejo. Mamá es enérgica, pero también estricta, trabajadora y severa. Queda claro que, gracias a ella, nuestra familia tira adelante y no se derrumba. Mucha gente se pregunta cómo puede ser que un hombre y una mujer tan diferentes como mis padres estén juntos, pero eso es porque no saben que en el fondo están hechos el uno para el otro. Si los vieran convivir, lo entenderían enseguida. Mi padre es un burlón y mi madre se ríe por cualquier cosa, cualquier bobada le arranca una sonrisa, así de simple. Es capaz de reírse con el vuelo de una mosca, así que, con mi padre, se lo pasa en grande. Una vez papá le dijo:
—Cariño, el otro día en la plaza del pueblo conté que había diez mil palomas.
—¿De verdad, amor? —le preguntó sin dejar de hacer las doscientas tareas que tenía entre manos—. ¿Mensajeras?
—No, no te exagero.
Mi madre estuvo riéndose una semana entera. Se meó de risa, literalmente. Si además de hacerla reír papá trabajara de vez en cuando, seríamos la familia perfecta. Es una lástima, porque solo trabaja ella y por eso no nos sobra el dinero. Tenemos suficiente para ir tirando, no penséis que somos pobres, pero tampoco estamos para tirar cohetes. Recuerdo que un día, en clase, la profesora me preguntó:
—Jaimito, si tienes doscientos veintisiete euros en un bolsillo del pantalón y ochenta y tres en el otro, ¿qué tienes en total?
—Los pantalones de otro —le respondí.
Para variar, la profe me castigó. Más tarde os hablaré de la «seño», la mujer que más castigos es capaz de poner en un solo minuto, la mujer a la que más veces he hecho enfadar. Siempre la saco de sus casillas, pero en el fondo sé que me adora... o eso creo. Pero, antes de hablar de los profesores, quiero acabar de presentaros a mi familia.
Somos cuatro hermanos y yo soy el penúltimo, es decir, que ni soy el mayor ni el más pequeño. Ahí estoy, en medio de todo; soy un ni fu ni fa.
Mi hermana mayor se llama Edna. Tiene catorce años pero parece mucho mayor, no por su aspecto, sino por lo que sabe: es muy lista, pero que muy lista, pura sabiduría e inteligencia. Es difícil entender cómo puede ser que en nuestra familia haya una niña con tantísimos conocimientos (supongo que habrá salido a algún tío abuelo al que no conocemos). Ella sabe un montón de cosas y yo no tengo ni idea de nada, ¡qué injusticia! Y no solo es culta, además es guapísima y no lo digo porque sea mi hermana. Es la chica más bonita que se ha visto nunca en nuestro pueblo, una verdadera belleza. Tan bonita como su nombre. A simple vista, parece la niña perfecta..., pero no os fieis de las primeras impresiones.
Recuerdo que un día le regalaron un loro. Era viejo y un poco cascarrabias, pero mi hermana lo adoraba. Pronto descubrimos que el pájaro siempre estaba de mal humor y que era un maleducado. Cada frase que decía iba adornada con alguna palabrota; a la mínima, soltaba un insulto. Era un impresentable. Edna intentó corregir la actitud del pajarraco con palabras bondadosas, educación y un montón de paciencia. Le ponía música suave y lo trataba con mucho cariño. Pero no funcionaba: el loro seguía hablando mal a todo el mundo, insultando a cualquiera que pasara cerca, y siempre estaba enfadado.
Un día mi hermana se cansó, por un momento perdió la calma y le gritó con todas sus fuerzas. El loro se puso aún más grosero que de costumbre y soltó auténticas barbaridades.

Como no se callaba y Edna ya no sabía qué hacer, agarró al loro y lo metió en el congelador. Durante un par de minutos, todavía se pudo oír al pajarraco chillando y armando un gran alboroto dentro de la nevera, pero de repente todo paró. Se hizo el silencio más absoluto. Mi hermana se asustó, tuvo miedo de haber hecho daño a su mascota y abrió enseguida la puerta del congelador. El pájaro estaba en perfecto estado. Salió muy tranquilo, extrañamente calmado, dio un par de pasos y saltó hasta el hombro de Edna.
—Siento mucho haberte ofendido con mi lenguaje soez y mi mala actitud —se disculpó el loro con voz suave y pausada—. Te pido que me perdones y te prometo que en el futuro mejoraré mi comportamiento.
Toda la familia alucinó, especialmente mi hermana. Nadie se explicaba a qué se debía aquel cambio de actitud.
—¿Te puedo preguntar una cosa? —añadió el loro con educación.
—Sí, cómo no —le respondió Edna.
—¿Qué fue lo que hizo el pollo?
A partir de ese día, la mascota de Edna cambió de actitud y empezó a comportarse como es debido, aunque a veces, si le haces enfadar, todavía se le escapa algún insulto. Pensaréis que es una suerte tener una hermana mayor como Edna, guapa, inteligente, perspicaz y culta. Pero, si queréis, os la regalo... ¡porque está loca! No me refiero a un poco chiflada, no, quiero decir loca de remate, como una cabra, para que la encierren.
Edna es una chica imprevisible, pues sufre personalidad múltiple. Es capaz de tener unos cuarenta y ocho estados de ánimo en un solo minuto. Resulta absolutamente desconcertante: cuando crees que va a estar de buen humor es la chica más malcarada del mundo; si esperas que esté enfadada, te regalará sonrisas y besos; si todo indica que estará triste, no parará de reírse. Es una niña imposible.
Tremendamente guapa y lista, pero con un montón de cambios de humor. Seguro que más de uno ha pensado: «No sé de qué se queja tanto, todos tenemos nuestras cositas». Yo también tengo defectos, pero estáis muy equivocados, amigos: no son solo los cambios de humor; si fuera eso, aún podríamos sobrellevarlo. Si se limitase a pasar de alegre a triste o de enfadada a calmada en el momento menos esperado, todavía sería soportable; pero es que, encima, ella cambia de personalidad. Se despierta siendo mi hermana Edna y, de repente, se cree una estrella del rock; desayuna siendo una princesa de cuento y, sin previo aviso, se cree una cazadora de renos en los fiordos noruegos; va a la escuela creyendo ser la modista personal de las veintinueve esposas del sultán de Brunei y vuelve a casa segura de ser una adiestradora de lombrices albinas. Mi hermana es estresante. Lo he dicho antes y lo repetiré para que no quede ninguna duda: está chalada. Pero tranquilos, que la cosa aún puede empeorar; somos cuatro hermanos y los demás no están mejor que Edna.
Iván viene justo detrás de Edna. Tiene doce años y os confesaré que es mi preferido, pero no se lo digáis a nadie. Me encanta jugar con él. Es un niño enorme y cuando digo enorme me refiero a gigante, inmenso, y ya sabéis que yo no miento. Es tan, tan, tan grande que cuando se acaba de vestir ya necesita una talla más. Parece mucho mayor de lo que es, a causa de su tamaño, y por eso no tiene demasiados amigos de su edad, da un poquitín de miedo. Es decir, que los niños de su clase lo ven llegar y se cagan encima. Lo que no saben es que su bondad es proporcional a su tamaño. La definición perfecta para mi hermano es que es un GRAN chico, en todos los sentidos. El único problema de Iván —y me sabe muy mal contarlo— es que es un poco lento. Un pelín lelo; supongo que ya sabéis a lo que me refiero: que le cuesta entender las cosas. Un día que repasaban ortografía en clase se quedó asombrado.
—¿Ayer se escribe con hache? —le preguntó con curiosidad a su profesora.
—No, Iván —le respondió ella con suavidad—. Ayer se escribe sin hache.
—¿Y hoy? —le consultó.
—Sí, hoy sí que lleva hache —aclaró la profe.
—¡Uau, cómo cambian las cosas de un día para el otro!
Es un buenazo bobalicón. Él es consciente de que los otros chicos no están cómodos a su lado y de que la mayoría no quieren ser sus amigos. Quizá por eso Iván se ha creado un álter ego, una personalidad secreta. Tiene una marca en el hombro derecho con forma de B que atrae todas las miradas, es una señal de nacimiento y la verdad es que resulta de lo más curiosa. Nadie sabe por qué, pero cuando le da el sol desprende un brillo metalizado que hace que pase del color verdoso al morado según cómo la mires. No es nada usual y, aunque para algunos queda un poco asquerosa, yo la encuentro chulísima. ¿Habéis visto alguna vez una de esas moscas gigantes que dan tanto asco? Pues es del mismo color, color caca de mosca. Mi hermano está convencido de que esa marca es muy especial: tiene la absoluta seguridad de que la B metalizada de su hombro es capaz de darle superpoderes; sí, SUPERPODERES. Cree firmemente que es un superhéroe con habilidades secretas, el único problema es que esas habilidades son tan secretas que ni él mismo las ha descubierto.
Un día íbamos él y yo en bici, se cayó y se dio un buen golpetazo. No vi cómo pasó, pero acabó con el manillar atascado en el cuello y una de las ruedas a modo de cinturón. Lo más raro es que se tragó el timbre y, cada vez que intentaba hablar, emitía un divertido ruido: «Ring, ring». En vez de ir al médico, decidió que a partir de ese día su nombre sería Biciman. Por fin había encontrado una relación entre la marca de su hombro y sus habilidades: la letra B y la bicicleta, Biciman. Se creía capaz de subir las cuestas más empinadas, de moverse a gran velocidad, de llevarte a cuestas y de arrollarte si te ponías en su camino.
Por fin podía ayudar a los demás. Era Biciman y creía que podría llevar la paz a nuestro pueblo, al mundo entero si hacía falta, pero no era tan fácil como imaginaba. Un día creyó ver a un ladrón atracando a una viejecita y decidió ir a salvarla. Resultó que la señora, la anciana, había sido campeona olímpica de taekwondo en el pasado y le dio una buena paliza al atracador. Lo dejó K.O. Cuando vio llegar a mi hermano, un niño enorme, manchado de grasa, con un manillar de bici en el cuello, una rueda en la cintura y emitiendo extraños ruiditos, creyó que era un compinche del malo y también le dio lo suyo. Tendríais que haber visto qué bofetones daba la vieja. Con los golpes, el pobre Iván expulsó el timbre de la garganta y se le cayeron el manillar y la rueda.

Sin artilugios por el cuerpo, dejó de ser Biciman y creyó que había perdido los poderes. Lo habían vencido, pero, en vez de deprimirse, tuvo una revelación: estaba más convencido que nunca de que poseía facultades ocultas y de que esos poderes tenían que ver con la letra B de su hombro. Ese día decidió dejar de llamarse Biciman y pasó a llamarse B-man. Desde entonces ha puesto todo su empeño en encontrar algún superpoder, alguna habilidad, que tenga que ver con la letra B. Yo estoy convencido de que algún día lo encontrará.
Ha sido Bonsaiman, Basuraman y Bisturiman. Este último nos trajo bastantes problemas, no sabéis lo que llegan a cortar los bisturís. ¡Qué afilados están! Me da miedo el día que decida ser Boñigaman, tendré papel de váter preparado por si acaso.
Cuando B-man se transforma en superhéroe es un niño fuerte, decidido y atrevido, que no conoce el miedo. Los demás niños lo admiran y quieren jugar con él. Si es simplemente Iván, es un chico enorme, bonachón, tímido, algo distraído, y algunos compañeros de clase se ríen de él. No es que sea tonto: es que vive en su propio mundo. No hace muchos días estaba duchándose y empezó a gritar pidiendo champú. Me acerqué al lavabo y le pregunté qué quería.
—Pásame el champú, que ya no queda —me rogó, empapado.
—Pero si ahí mismo tienes un bote entero, justo ahí —le señalé el jabón.
—Ya lo he visto —me dijo un poco enfadado—, pero en ese pone «champú para pelo seco» y yo ya me lo he mojado.
Él es así, adorable pero distraidillo. El primer día de clase la profesora se dio cuenta enseguida de cómo era.
—Chico —le inquirió—, dame tu nombre y tus apellidos.
—Sí, anda —le contestó—. Y luego ¿yo cómo me llamo?
Adoro a mi familia. Me encantan mi padre gandul y chorras, mi madre hiperactiva y risueña, mi hermana guapa, lista y chalada, y mi hermano, el enorme superhéroe en busca de poderes. Solo queda presentar a la pequeña de la casa, Iris, la adorable niña que nunca dice nada.
Mi hermana menor es una monada. A sus cinco años dan ganas de comérsela de lo dulce que es, y la verdad es que creo que alguna de mis tías lo ha intentado en más de una ocasión. Su inocente mirada es capaz de derretir hasta al hombre más duro y rudo del planeta. Las coletas y su aparente fragilidad le dan un aire de niña indefensa que te empujaría a pasarte el día dándole achuchones. Parece un angelito, toda inocencia, pero id con cuidado: lo mejor es mantenerse alejado de ella, mucho. Iris es la peor de la familia y nadie lo sabe. Yo os aviso, por si acaso.
Si, por casualidad, alguna vez estáis un largo rato cerca de la niña, empezaréis a tener miedo. No hay ninguna explicación objetiva, pero le pasa a todo el mundo. Ella, monísima, se coloca a tu lado y te mira sin más. Al principio la abrazarías con cariño, pero hay algo en su mirada que te hace desistir. Luego, simplemente le darías unas palmaditas afectuosas en la espalda, aunque en realidad estás deseando que se vaya. Cuando ya lleva un buen rato sin apartar sus ojos de ti ni un segundo, sin parpadear, con su malévola sonrisita, empiezas a ponerte impaciente. Solo existe una solución y es que te alejes todo lo que puedas. Vete lejos, muy lejos: sin saber por qué, sentirás su presencia eternamente y no habrá manera de que estés tranquilo. A partir de ese instante, siempre te la encontrarás en el lugar menos esperado. Estará sin hacer nada, estudiándote con una leve sonrisa y la mirada clavada en ti. Sin decir nada, observándote fijamente. Iris es mi hermana pequeña, pero da repelús, asusta.
Siempre que se produce algún accidente o suceso inesperado e inexplicable, mi hermanita anda cerca. Un día, en el parque, mientras los adultos estaban distraídos charlando sobre sus cosas, los niños empezaron a llorar. Nadie vio lo que había pasado, pero todos los críos del parque sollozaban desesperados. Una única niña parecía tranquila, mientras se columpiaba impasible. Era Iris, que miraba a los demás niños sin decir nada. Nunca han encontrado una explicación a lo ocurrido, pero desde ese día, cada vez que Iris va al parque, los otros niños se ponen a gimotear desconsolados. La ven y se cagan de miedo.
El incidente más sonado del pueblo también tiene que ver con ella. Un verano, una jauría de perros salvajes se apoderó del pueblo. Era una gran camada de animales enormes, daban auténtico pánico. Los vecinos estáb
