1
Vita tensó la mandíbula y saludó a la ciudad con una inclinación de cabeza, como un boxeador a su oponente antes del combate.
Estaba sola en la cubierta del barco. El mar, picado y tormentoso, lanzaba rociones de agua salada a más de diez metros de altura, y todos los pasajeros del transatlántico, incluida su madre, habían tomado la sensata decisión de refugiarse en sus camarotes.
Pero no siempre es sensato ser sensato.
Vita se había escabullido y quedado sola a la intemperie, aferrada a la barandilla con las dos manos, cuando el barco coronó la cresta de una ola del tamaño de un teatro de la ópera. Así que había sido la primera en avistar la ciudad.
«¡Ahí está! —gritó un miembro de la tripulación—. ¡A lo lejos, a la izquierda!»
Nueva York surgió de entre la niebla, alta, de un azul grisáceo, bellísima; tan bella que Vita fue hasta la proa del barco para contemplarla. Mientras estaba inclinada sobre la barandilla, tanto como se atrevía, algo se abalanzó volando hacia su cabeza.
Se agachó con una exhalación. Una gaviota perseguía a un joven cuervo por el cielo, picoteándole el lomo, revoloteando y graznando sin parar. Vita frunció el ceño. No le parecía una pelea justa. Se metió la mano en el bolsillo y la cerró en torno a una canica verde esmeralda. Apuntó con rabia, calculando brevemente el ángulo y la distancia, echó hacia atrás el brazo y lanzó el proyectil.
La canica impactó justo en el centro del cráneo de la gaviota, que soltó un chillido escandalizado, como de marquesa ofendida, y el cuervo dio media vuelta en el aire y salió disparado hacia los rascacielos de Nueva York.
Tomaron un taxi en el puerto. La madre de Vita contó con cuidado un puñado de monedas y dio la dirección al conductor.
—Todo lo cerca que pueda dejarnos por esta suma, por favor —le pidió.
El hombre cogió el dinero que tanto esfuerzo les había costado reunir y asintió.
Manhattan se deslizaba velozmente al otro lado de la ventanilla, con estallidos de colores brillantes vibrando sobre la piedra y el ladrillo azotados por la tormenta. Pasaron por delante de un cine con carteles de Greta Garbo y junto a un vendedor ambulante de pinzas de langosta al vapor. Un tranvía pasó por un cruce con gran estruendo y estuvo a punto de chocar con una furgoneta de encurtidos Colonial. Vita respiró el olor de la ciudad. Intentaba memorizar el trazado de las calles para hacerse un mapa mental, e iba susurrando los nombres:
—Washington Street, Greenwich Avenue...
Cuando se terminó el dinero, siguieron a pie por la Séptima Avenida. Caminaban todo lo deprisa que podían, con el feroz viento de cara y las maletas en la mano, esquivando a hombres con traje de raya diplomática y a mujeres con tacones altos y afilados.
—¡Ahí! —exclamó la madre de Vita—. Ése es el piso del abuelo.
El bloque de apartamentos, alto, imponente y de piedra marrón, se alzaba sobre la ajetreada acera de la esquina de la Séptima Avenida con la calle 57Oeste. Delante de la entrada, un vendedor de periódicos anunciaba los titulares gritando por encima del viento.
En la acera de enfrente, había un edificio de ladrillo rojo con una ornamentada fachada de arcos. De la pared sobresalían dos mástiles con sendas banderas que aleteaban con furia. Por encima de ellas, en letras de cristal de colores, se leía CARNEGIE HALL.
—Todo parece muy... elegante —dijo Vita.
El bloque de apartamentos parecía mirar al mundo por encima del hombro.
—¿Estás segura de que es aquí?
—Estoy segura —respondió su madre—. Tu abuelo vive en la última planta, justo debajo del tejado. Antes era el piso de la portera. Estaremos un poco apretados, pero tampoco nos quedaremos mucho.
Tenían reservado el billete de vuelta para tres semanas después. Tiempo de sobra, había dicho la madre de Vita, para arreglar los papeles del abuelo, recoger sus escasas pertenencias y convencerlo para que regresara a casa con ellas.
—¡Venga! —exclamó su madre, haciendo un esfuerzo por sonar animada—. Vamos a verlo.
El ascensor estaba estropeado y Vita subió las escaleras casi corriendo, a trompicones, tan rápido como le permitían las piernas. Su maleta iba chocando contra las paredes mientras ella avanzaba por los estrechos tramos de escalera, haciendo caso omiso del creciente dolor de su pie izquierdo. Se paró a descansar, sin aliento, delante de la puerta. Luego llamó, pero no hubo respuesta.
La madre de Vita subió los últimos peldaños resollando. Se agachó para sacar la llave del apartamento de debajo del felpudo. Vaciló, mirando a su hija.
—Seguro que no está tan mal como pensamos, pero...
—¡Mamá! ¡Nos está esperando!
La mujer abrió la puerta y Vita echó a correr por el pasillo. Al llegar al final, se quedó de piedra.
Su abuelo siempre había sido muy delgado, guapo y esbelto; tenía las manos bonitas y largas, y unos sagaces ojos azul verdoso. Ahora estaba demacrado y se le veían los ojos hundidos. Los dedos se le habían enroscado hacia dentro formando un puño, como si todas las partes de su cuerpo hubieran decidido retirarse del mundo. En la pared que había junto a su butaca tenía apoyado un bastón; nunca había necesitado uno antes.
Su abuelo aún no la había visto, y Vita, durante ese segundo, alcanzó a ver un velo de insondable tristeza en su cara.
—¡Abuelo! —exclamó la niña.
Cuando se dio la vuelta, su expresión se había llenado de luz, y Vita respiró aliviada.
—¡Granujilla!
Se levantó y Vita se lanzó a sus brazos; él rompió a reír, casi sin aliento por el impacto.
—Julia —dijo al ver entrar a la madre de Vita—, recibí tu telegrama hace sólo tres días; de lo contrario, te habría impedido...
Ella negó con la cabeza.
—No habrías podido detenernos, papá.
Él se volvió hacia Vita.
—¿Me enseñas esa sonrisa otra vez, Granujilla?
Vita sonrió, al principio con naturalidad, y luego, al ver que él no dejaba de mirarla, de manera exagerada, hasta que sintió que le estaba enseñando hasta el último diente.
—Gracias, Granujilla. Aún tienes la sonrisa de tu abuela.
A Vita se le encogió el corazón cuando vio que al anciano se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Abuelo?
Él tosió, sonrió y carraspeó.
—Caramba, cómo me alegro de veros. Pero no era necesario.
Julia empujó a Vita hacia la puerta.
—Ve a ver tu habitación, cielo.
—Pero...
—Por favor. —Estaba pálida y parecía agotada—. Ahora.
—Es la del final del pasillo —le dijo su abuelo—. Me temo que es más un armario que una habitación, pero las vistas son muy bonitas.
Vita recorrió despacio el pasillo con la maleta en la mano. Notó que los tablones del suelo crujían y que la pintura de la pared se estaba desconchando. Empujó la puerta; estaba atascada. Se apoyó en la pared y dio una patada con su pie más fuerte. La puerta se abrió de golpe y saltaron finos pedacitos de yeso.
El cuarto era tan pequeño que prácticamente podía tocar las cuatro paredes a la vez, pero tenía un armario de madera y una ventana que daba a la calle. Vita se sentó en la cama, se quitó el zapato izquierdo y se agarró el pie con ambas manos. Se masajeó la planta, flexionando los dedos del pie, e intentó pensar.
Ya habían llegado. Debería de estar entusiasmada. Habían cruzado el océano, recorrido medio mundo, y Nueva York aguardaba al otro lado de la ventana, estirándose hacia el cielo como la caligrafía de un dios extravagante.
Pero nada de eso le importaba lo más mínimo, porque su abuelo no estaba tan mal como temían: estaba peor.
Vita tenía los bolsillos de la falda llenos de piedrecillas del jardín trasero de su casa. Escogió las más grandes y empezó a lanzarlas contra la puerta del armario. La ayudaba a pensar.
Si alguien la hubiera visto, quizá habría reparado en que todos los lanzamientos daban con precisión matemática en el centro del tirador del armario... pero allí no había nadie, y ni siquiera Vita prestaba demasiada atención a ese detalle. Tenía la cabeza en otro sitio.
Tenía que hacer algo para enderezar las cosas. Todavía no sabía qué, ni cómo, pero el amor consigue que las personas sientan que no tienen elección.
2
La desgracia del abuelo había llegado de forma inesperada, como suele ocurrir con las desgracias. El telegrama que recibió Julia era breve: ANOCHE MURIÓ TU MADRE.
Vita se quedó sentada en el felpudo de la entrada, incapaz de moverse. Su madre, blanca como el papel, la llevó a la cama, y juntas bebieron zumo de grosella negra y recordaron anécdotas de la abuela, que había viajado por todo el mundo con el abuelo y tenía una risa gutural, como de marinero. Las historias las consolaron un poco, como suele pasar con las historias.
Pero aquello no fue todo. Llegaron más cartas. Las primeras eran breves e inquietantes. El abuelo les contaba que el castillo parecía estar lleno de fantasmas.
En realidad, el castillo del Hudson era muy pequeño para ser un castillo. El tatarabuelo de Vita lo había arrancado de la cima de su montaña en Francia y lo había trasladado, piedra a piedra, a través del océano hasta Estados Unidos. En su día, fue considerado algo grandioso y también una locura. Ahora el castillo estaba desmoronándose; era un lugar destartalado y precioso donde el abuelo vivía completamente solo.
Y entonces cruzó el cielo un rayo de esperanza. En una de esas cartas les contó que un hombre quería alquilar el castillo del Hudson. Le había ofrecido transformarlo en un colegio y que él fuera el director; eso le daría un nuevo propósito en la vida, algo que hacer. No habían firmado aún ningún documento, pero el hombre estaba ansioso por empezar con las reformas. Se llamaba Sorrotore y era un millonario neoyorquino.
Su abuelo adjuntaba un recorte de periódico en el que se veía a un hombre delante de un enorme bloque de pisos de Nueva York, sonriendo a cámara con actitud hollywoodense. «Victor Sorrotore frente a su casa, en el edificio Dakota», rezaba el pie de foto.
«Victor Sorrotore», susurró Vita, y memorizó su cara por si acaso.
Al cabo de una semana, Sorrotore atacó. Una tarde, al volver de pasear, su abuelo se encontró con que habían cortado el camino de acceso al castillo. Un desconocido salió con dos perros de la casita del guarda, le apuntó con un rifle y le soltó: «El castillo del Hudson es propiedad del señor Sorrotore. ¡Lárguese!».
En toda su vida adulta, a su abuelo jamás le había dicho nadie que se largara. Cuando intentó apartar al guardia, uno de los perros le mordió el tobillo; no fue un mordisquito, sino que le dejó una dentellada sangrante. El rifle le apuntaba al pecho. Desconcertado, el anciano tomó un tren a Nueva York, alquiló el minúsculo apartamento de la Séptima Avenida y buscó al abogado de Sorrotore.
El abogado expresó su sorpresa como sólo los de su gremio saben hacer, alzando tanto las cejas que casi le llegaron a la nuca. Le dijo que él sabía perfectamente que le había vendido el castillo a Sorrotore. ¿O acaso el dinero no estaba en su cuenta corriente? Era una suma muy pequeña —sólo doscientos dólares—, pero conscientes de que el castillo del Hudson se había convertido en una carga, estaban seguros de que el abuelo se alegraba de librarse de ella.
El anciano consultó su cuenta bancaria y vio la transferencia. Entonces intentó contratar a un abogado y exigir que Sorrotore mostrara la escritura de la propiedad, pero no encontró a ninguno que aceptara el caso sin cobrarle más dinero del que tenía. «La justicia —escribió en su última carta— parece ser sólo para aquellos que pueden permitírsela.» Añadía que, a partir de ese momento, intentaría olvidar la casa donde había nacido. Intentaría olvidar su vida allí con Lizzy, su esposa: era lo más sensato.
Tras leer la última carta, a Vita se le partió el corazón. El castillo del Hudson era el hogar de su abuelo. Era el único lugar donde podía vivir rodeado de todos sus recuerdos de la abuela Lizzy. «No», se dijo.
Al ver la cara de su madre, Vita se sintió esperanzada. Julia Marlowe era una mujer de constitución robusta, voz dulce y voluntad de hierro. Las dos tenían los mismos ojos marrones y el mismo mentón tozudo.
Al día siguiente, su madre se presentó en casa con dos billetes en la mano. «Vamos a traernos a tu abuelo, tanto si quiere como si no. El barco zarpa de Liverpool. Salimos esta noche.»
Vita se dio cuenta de que el anillo de compromiso y la alianza de boda habían desaparecido de la mano izquierda de su madre. No le preguntó nada; tan sólo se fue a su dormitorio a hacer el equipaje, con las botas resonando en el suelo como las de un soldado de camino a la batalla.
Era su abuelo quien le había enseñado a lanzar.
Su abuelo se llamaba Jack Welles, o mejor dicho, William Jonathan Theodore Maximilian Welles, pues pertenecía a esa clase de familias devotas de los nombres largos, los coches largos y las comidas largas. Hacía mucho que la fortuna familiar se había esfumado, pero no la costumbre de los nombres extravagantes. El padre de su abuelo era estadounidense; la madre y la educación de Jack, inglesas. Jack era joyero de oficio, lo bastante alto para que los dinteles de las puertas fueran un peligro en potencia y lo bastante flaco para que le cupieran las piernas por la boca de un buzón.
Cuando Vita tenía cinco años, sucedieron dos cosas: su padre murió en la Primera Guerra Mundial y ella contrajo la polio. Su madre luchó contra la enfermedad con fiereza e incansable determinación. Durante esos meses oscuros e interminables, Vita permaneció tendida en una cama de hospital, y sólo la levantaban para bañarla en harina de almendra y agua electrolizada. Le daban de beber cloruro de oro y vino de pepsina. Empezó a parecer mayor de lo que era.
Y un buen día sus abuelos llegaron de Estados Unidos. Su abuelo se sentó junto a su cama, le regaló una pelota de ping-pong y le dijo que lo llamara cuando fuera capaz de darle un pelotazo en la cabeza al cirujano jefe. Luego, con la mano firme de un joyero, dibujó una diana diminuta en la pared de enfrente.
Vita falló y falló, hasta que ya no falló.
Su abuelo la entrenaba como si se tratara de una atleta. Él mismo era un magnífico tirador, y Vita se pasó horas y horas lanzando todo tipo de objetos. Guijarros, canicas, dardos, aviones de papel. Cuando salió del hospital y regresó a casa, con siete años, Vita podía lanzar un cuchillo de carne y, dibujando una elegante trayectoria en bucle, hacerlo aterrizar en vertical sobre una porción de mantequilla situada al otro lado de la habitación.
Vita se hizo mayor, sus huesos se fortalecieron, y al final le sacaron la férula de la pierna. La pantorrilla izquierda se le había quedado más delgada que la derecha y el pie izquierdo, torcido hacia dentro. Un zapatero le hizo, gratis, unas botas con la piel más blanda que pudo encontrar. Su madre las forró con seda roja y les cosió un bordado de pájaros. Ya podía correr, aunque a costa de calambres y ardores en los músculos; sin embargo, Vita, que lloraba desconsolada con un corte de nada y pedía una tirita a la mínima gota de sangre, jamás se quejó del dolor de la pierna izquierda.
Creció poco, era callada y observadora. Tenía seis clases de sonrisas, y cinco eran verdaderas. Valía la pena verlas todas. Su pelo tenía el tono castaño rojizo de un zorro recién lavado.
La única vez que su madre se preguntó por qué Vita practicaba constantemente la puntería, el abuelo dijo: «Vita no lo tendrá fácil. Parece muy frágil. Le vendrá muy bien saber lanzar piedras».
Al cumplir ocho años, Vita le daba a las manzanas de las ramas más altas de los árboles a cincuenta pasos de distancia. Podía hacer cabrillas con una piedra y lograr que rebotara veintitrés veces sobre la superficie del agua.
«En casa —le dijo la abuela Lizzy—, tu abuelo es el mejor tirador del pueblo. —Era una mujer alta, de nariz prominente y ojos sumamente amables—. Pero creo que tú eres mejor.»
Un día su abuelo la observaba mientras ella lanzaba piedras al mar levantando la mano por encima de la cabeza.
«Ahora aprende de velocidad; aprende cómo hace girar las cosas el aire —le dijo—. ¡Busca! ¡Aprende! Aprende todo lo que puedas, ¡porque aprender es justo lo contrario de la muerte! ¡Es lo más maravilloso!»
Su abuelo era la única persona que Vita conocía que parecía emitir chispas de electricidad al hablar, como si sus palabras golpearan el mundo como el hierro al pedernal.
Al final los abuelos regresaron a Estados Unidos, al castillo del Hudson. Poco tiempo después todo cambió, y ahora Vita estaba allí, en la diminuta habitación del desván, contemplando la puesta de sol sobre la ciudad de Nueva York.
3
Aquella primera noche no había luna ni estrellas en el cielo, pero Nueva York nunca está a oscuras. Vita se levantó de madrugada y descubrió que la ciudad seguía despierta. La contemplaba desde la ventana. El bloque de apartamentos era alto, más que los de su alrededor, y se alcanzaba a ver las calles que se adentraban en la inmensa oscuridad de Central Park. Farolas, luces en las casas, sótanos con resplandor de taberna clandestina, faros de coches, destellos de cigarrillos. Manhattan se estremecía y relumbraba.
Vita sabía que le resultaría imposible volver a dormirse. En el edificio de al lado, había un restaurante del que salía la melodía de dos violines y la estridente voz de un hombre que cantaba desafinando.
En la acera de enfrente, el Carnegie Hall se había vuelto de bronce bajo las luces de la calle, y su fachada destilaba una solemnidad silenciosa. Vita parpadeó y miró con más atención.
En ese preciso momento el edificio no era silencioso ni solemne, porque había un chico a punto de saltar desde la ventana de la tercera planta.
Había escalado y estaba inmóvil en el alféizar. Era muy delgado, de piel negra y orejas de soplillo, y no miraba hacia abajo sino hacia la ciudad.
Un segundo chico, más bajito, apareció corriendo por la esquina del edificio, riendo y arrastrando por la acera un colchón fino con ambas manos. Soltó el colchón y gritó: «¡Preparado! ¡Listo! ¡Ya!».
El chico del alféizar levantó los brazos por encima de la cabeza y, antes de que Vita pudiera gritarle que se detuviese, saltó y se lanzó al vacío. A ella se le cortó la respiración. Pero el chico dobló las rodillas pegándolas al pecho e hizo dos volteretas en el aire; luego se estiró, tieso como un palillo, justo a tiempo para aterrizar de pie en el colchón. Dio un paso, cayó de rodillas y se levantó de un brinco. El más bajo soltó un grito triunfal y el otro esbozó una media sonrisa.
Entonces el alto alzó la vista y vio a Vita asomada peligrosamente a su ventana, con el alféizar por el ombligo. Durante un segundo, los tres se miraron con los ojos muy abiertos en medio de la noche oscura. Luego el más alto esbozó de nuevo aquella sonrisa particular y enigmática, y el chico más bajito, al verla, se echó a reír y la saludó. Justo cuando Vita iba a decirles algo, los dos echaron a correr, el más bajito tirando del colchón, y doblaron la esquina.
Vita miró hacia abajo, a la acera, pero allí no había nadie que pudiera corroborar que aquel chico había volado de verdad.
«Recuérdalos —se dijo—. Por si acaso. Sólo por si acaso.» Como si ella pudiera olvidarlos...
En su primera mañana en Nueva York Vita se despertó con la música que sonaba al otro lado de la ventana. Se frotó los ojos soñolientos y se asomó a la calle. En la acera, apoyado en un árbol, había un hombre con un sombrero calado hasta las cejas tocando un organillo.
El día era soleado y de un azul respla
