Profesión: mamá

Irma Gallo

Fragmento

Profesión: mamá

Introducción

Soy periodista. Trabajo a deshoras, no tengo días fijos de descanso y me pueden mandar de viaje de un momento a otro.

Cuando era niña (y todavía en la adolescencia y más allá, de los 20 a los 30 años de edad), estaba convencida de que no quería ser mamá. Decía -como muchas mujeres de mi generación, hijas de aquellos padres que vivieron su juventud en los revolucionarios años sesenta- que un hijo(a) iba a “entorpecer” mis planes, se iba a “interponer” entre mi “brillante” futuro y yo.

Pero cuando cumplí los 31, el deseo de tener un bebé se hizo más y más grande; más y más urgente; no era el hecho de sentir que el reloj biológico aceleraba su marcha; tampoco que mi familia me lo estuviera exigiendo (como ocurre, lamentablemente, en muchos casos). Sólo me di cuenta de que mi vida no estaría completa sin haberle dado la vida a otro ser. Así de cursi, anti feminista o tradicional como pueda escucharse.

Algunas mujeres experimentamos esta necesidad en algún momento de nuestra existencia; otras no. Ellas también merecen todo mi respeto y admiración. Sólo una puede intuir, desde lo más profundo de su intimidad, lo que es mejor para su desarrollo personal, e incluso para su salud emocional y física. Y si mi hija decide que no quiere ser mamá la apoyaré con la convicción de que sabe bien porqué lo hace; de que su felicidad es lo más importante. A fin de cuentas, de eso se trata la vida: de trabajar día a día para ser felices, lo que sea que eso signifique para cada quien.

Este libro no tiene la intención de convencer a nadie en un sentido o en el otro; sólo quiero compartirles mi experiencia y la de otras mujeres por lo que pueda aportar a las suyas.

Como he dicho antes, a mi y a mi hermana Valeria nadie nos presionó para tener hijos. Mis padres, los más amorosos que hubiéramos podido tener, formaron una familia sólida; en nuestra casa había regaños cuando era necesario pero sobre todo había conversación, acuerdos, consenso, libertad de pensamiento. Ya adultas, nunca se hubieran atrevido a violentarnos exigiendo nietecitos para complementar su vida en la edad madura.

Yo primero (y Vale después) decidimos, con toda la conciencia de lo que implicaba la decisión (o al menos eso creíamos) ser mamás. Pero cuando nació Camila, como le sucede a muchas mujeres, me sentí muy sola. No sabía qué hacer ni mucho menos cómo hacerlo.

Empezaron las noches sin dormir y el cansancio permanente; todo el glamour de la idea que yo tenía de ser madre se fue a la basura, junto con la pila de pañales que cambiaba y cambiaba sin cesar, y la ropa sucia de bebé que se amontonaba en el cesto como acto de brujería.

Por si fuera poco, al mes y medio de que ella llegó regresé a trabajar. Como he dicho, esta profesión no tiene horarios ni días fijos de descanso, y un par de semanas después la leche se me acabó: mucho

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